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El libro completo de Michael Ende.
Tipo: Resúmenes
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¡No te pierdas las partes importantes!





























































































E n la noche brilla tu luz. D e dónde, no lo sé. T an cerca parece y tan lejos. C ómo te llamas, no lo sé. L o que quiera que seas: luce, pequeña estrella
( S egún una vieja canción infantil de I rlanda).
Primera parte:
Momo y sus amigos
E n los viejos, viejos tiempos cuando los hombres hablaban todavía muchas otras lenguas, ya había en los países ciudades grandes y suntuosas. S e alzaban allí los palacios de reyes y emperadores, había en ellas calles anchas, callejas estrechas y callejuelas intrincadas, magníficos templos con estatuas de oro y mármol dedicadas a los dioses; había mercados multicolores, donde se ofrecían mercaderías de todos los países, y plazas amplias donde la gente se reunía para comentar las novedades y hacer o escuchar discursos. S obre todo, había allí grandes teatros. T enían el aspecto de nuestros circos actuales, sólo que estaban hechos totalmente de sillares de piedra. L as filas de asientos para los espectadores estaban escalonadas como en un gran embudo. V istos desde arriba, algunos de estos edificios eran totalmente redondos, otros más ovalados y algunos hacían un ancho semicírculo. S e les llamaba anfiteatros.
H abía algunos que eran tan grandes como un campo de fútbol y otros más pequeños, en los que sólo cabían unos cientos de espectadores. A lgunos eran muy suntuosos, adornados con columnas y estatuas, y otros eran sencillos, sin decoración. E sos anfiteatros no tenían tejado, todo se hacía al aire libre. P or eso, en los teatros suntuosos se tendían sobre las filas de asientos tapices bordados de oro, para proteger al público del ardor del sol o de un chaparrón repentino. E n los teatros más humildes cumplían la misma función cañizos de mimbre o paja. E n una palabra: los teatros eran tal como
E n realidad, sólo las gentes de los alrededores conocía el curioso edificio redondo. A pacentaban en él sus cabras, los niños usaban la plaza redonda para jugar a la pelota y a veces se encontraban ahí, de noche, algunas parejitas.
P ero un día corrió la voz entre la gente de que últimamente vivía alguien en las ruinas. S e trataba, al parecer, de una niña. N o lo podían decir exactamente, porque iba vestida de un modo muy curioso. P arecía que se llamaba M omo o algo así.
E l aspecto externo de M omo ciertamente era un tanto desusado y acaso podía asustar algo a la gente que da mucha importancia al aseo y al orden. E ra pequeña y bastante flaca, de modo que ni con la mejor voluntad se podía decir si tenía ocho años sólo o ya tenía doce. T enía el pelo muy ensortijado, negro, como la pez, y con todo el aspecto de no haberse enfrentado jamás a un peine o unas tijeras. T enía unos ojos muy grandes, muy hermosos y también negros como la pez y unos pies del mismo color, pues casi siempre iba descalza. S ólo en invierno llevaba zapatos de vez en cuando, pero solían ser diferentes, descabalados, y además le quedaban demasiado grandes. E so era porque M omo no poseía nada más que lo que encontraba por ahí o lo que le regalaban. S u falda estaba hecha de muchos remiendos de diferentes colores y le llegaba hasta los tobillos. E ncima llevaba un chaquetón de hombre, viejo, demasiado grande, cuyas mangas se arremangaba alrededor de la muñeca. M omo no quería cortarlas porque recordaba, previsoramente, que todavía tenía que crecer. Y quién sabe si alguna vez volvería a encontrar un chaquetón tan grande, tan práctico y con tantos bolsillos.
D ebajo del escenario de las ruinas, cubierto de hierba, había unas cámaras medio derruidas, a las que se podía llegar por un agujero en la pared. A llí se había instalado M omo como en su casa. U na tarde llegaron unos cuantos hombres y mujeres de los alrededores que trataron de interrogarla. M omo los miraba asustada, porque temía que la echaran. P ero pronto se dio cuenta de que eran gente amable. E llos también eran pobres y conocían la vida.
— Y bien —dijo uno de los hombres—, parece que te gusta esto.
— S í —contestó M omo.
—¿ Y quieres quedarte aquí?
— S í, si puedo.
— P ero, ¿no te espera nadie?
— N o.
— Q uiero decir, ¿no tienes que volver a casa?
— É sta es mi casa.
—¿ D e dónde vienes, pequeña?
M omo hizo con la mano un movimiento indefinido, señalando algún lugar cualquiera a lo lejos.
—¿ Y quiénes son tus padres? —siguió preguntando el hombre.
L a niña lo miró perpleja, también a los demás, y se encogió un poco de hombros. L a gente se miró y suspiró.
— N o tengas miedo —siguió el hombre—. N o queremos echarte. Q ueremos ayudarte.
M omo asintió muda, no del todo convencida.
— D ices que te llamas M omo, ¿no es así?
— S í.
— E s un nombre bonito, pero no lo he oído nunca. ¿ Q uién te ha llamado así?
— Y o —dijo M omo.
—¿ T ú misma te has llamado así?
— S í.
—¿ Y cuándo naciste?
M omo pensó un rato y dijo, por fin:
— P or lo que puedo recordar, siempre he existido.
—¿ E s que no tienes ninguna tía, ningún tío, ninguna abuela, ni familia con quien puedas ir?
L a gente volvió a intercambiar miradas, a suspirar y a asentir.
— S abes, M omo —volvió a tomar la palabra el hombre que había hablado primero—, creemos que quizá podrías quedarte con alguno de nosotros. E s verdad que todos tenemos poco sitio, y la mayor parte ya tenemos un montón de niños que alimentar, pero por eso creemos que uno más no importa. ¿ Q ué te parece eso, eh?
— G racias —dijo M omo, y sonrió por primera vez—. M uchas gracias. P ero, ¿por qué no me dejáis vivir aquí?
L a gente estuvo discutiendo mucho rato, y al final estuvo de acuerdo. P orque aquí, pensaban, M omo podía vivir igual de bien que con cualquiera de ellos, y todos juntos cuidarían de ella, porque de todos modos sería mucho más fácil hacerlo todos juntos que uno solo.
E mpezaron en seguida, limpiaron y arreglaron la cámara medio derruida en la que vivía M omo todo lo bien que pudieron. U no de ellos, que era albañil, construyó incluso un pequeño hogar. T ambién encontraron un tubo de chimenea oxidado. U n viejo carpintero construyó con unas cajas una mesa y dos sillas. P or fin, las mujeres trajeron una vieja cama de hierro fuera de uso, con adornos de madera, un colchón que sólo estaba un poco roto y dos mantas. L a cueva de piedra debajo del escenario se había convertido en una acogedora habitación. E l albañil, que tenía aptitudes artísticas, pintó un bonito cuadro de flores en la pared. I ncluso pintó el marco y el clavo del que colgaba el cuadro.
E ntonces vinieron los niños y los mayores y trajeron la comida que les sobraba, uno un pedacito de queso, el otro un pedazo de pan, el tercero un poco de fruta y así los demás. Y como eran muchos niños, se reunió esa noche en el anfiteatro un nutrido grupo e hicieron una pequeña fiesta en honor de la instalación de M omo. F ue una fiesta muy divertida, como sólo saben celebrarlas la gente modesta.
A sí comenzó la amistad entre la pequeña M omo y la gente de los alrededores.
D esde entonces, M omo vivió muy bien, por lo menos eso le parecía a ella. S iempre tenía algo que comer, unas veces más, otras menos, según fuesen las cosas y según la gente pudiera prescindir de ellas. T enía un techo sobre su cabeza, tenía una cama, y, cuando tenía frío, podía encender el fuego. Y , lo más importante: tenía muchos y buenos amigos.
S e podía pensar que M omo había tenido mucha suerte al haber encontrado gente tan amable, y la propia M omo lo pensaba así. P ero también la gente se dio pronto cuenta de que había tenido mucha suerte. N ecesitaban a M omo, y se preguntaban cómo habían podido pasar sin ella antes. Y cuanto más tiempo se quedaba con ellos la niña, tanto más imprescindible se hacía, tan imprescindible que todos temían que algún día pudiera marcharse.
D e ahí viene que M omo tuviera muchas visitas. C asi siempre se veía a alguien sentado con ella, que le hablaba solícitamente. Y el que la necesitaba y no podía ir, la mandaba buscar. Y a quien todavía no se había dado cuenta de que la necesitaba, le decían los demás:
—¡ V ete con M omo!
E stas palabras se convirtieron en una frase hecha entre la gente de las cercanías. I gual que se dice: “¡ B uena suerte!”, o “¡ Q ue aproveche!”, o “¡ Y qué sé yo!”, se decía, en toda clase de ocasiones: “¡ V ete con M omo!”.
P ero, ¿por qué? ¿ E s que M omo era tan increíblemente lista que tenía un buen consejo para cualquiera? ¿ E ncontraba siempre las palabras apropiadas cuando alguien necesitaba consuelo? ¿ S abía hacer juicios sabios y justos?
N o; M omo, como cualquier otro niño, no sabía hacer nada de todo eso.
E ntonces, ¿es que M omo sabía algo que ponía a la gente de buen humor? ¿ S abía cantar muy bien? ¿ O sabía tocar un
vivieran enemistados. L os dos hombres, al principio, se habían negado, pero al final habían accedido a regañadientes.
A hí estaban los dos, en el anfiteatro, mudos y hostiles, cada uno en un lado de las filas de asientos de piedra, mirando sombríos ante sí.
U no era el albañil que había hecho el hogar y el bonito cuadro de flores que había en la “salita” de M omo. S e llamaba N icola y era un tipo fuerte con un mostacho negro e hirsuto. E l otro se llamaba N ino. E ra delgado y siempre parecía un poco cansado. N ino era el arrendatario de un pequeño establecimiento al borde de la ciudad, en el que por lo general sólo había unos pocos viejos que en toda la noche no bebían más que un solo vaso de vino y hablaban de sus recuerdos. T ambién N ino y su gorda mujer estaban entre los amigos de M omo y muchas veces le habían traído cosas buenas que comer.
C omo M omo se dio cuenta de que los dos estaban enfadados, no supo, al principio, con quién sentarse primero. P ara no ofender a ninguno, se sentó por fin en el borde de piedra de la escena a la misma distancia de uno y de otro y miraba alternativamente a uno y a otro. S implemente esperaba a ver qué ocurría. A lgunas cosas necesitan su tiempo, y tiempo era lo único que M omo tenía de sobra.
D espués de que los hombres hubieran estado así un buen rato, N icola se levantó de repente y dijo:
— Y o me voy. H e demostrado que tenía buena voluntad al venir aquí. P ero tú ves, M omo, lo obstinado que es él. ¿ A qué esperar más?
Y , efectivamente, se volvió para irse.
— S í, ¡lárgate! —le gritó N ino—. N o hacía ninguna falta que vinieras. Y o no me reconcilio con un criminal.
N icola giró en redondo. S u cara estaba roja de ira.
—¿ Q uién es un criminal? —preguntó en tono amenazador y volvió a su sitio—. ¡ R epítelo!
—¡ L o repetiré cuantas veces quieras! —gritó N ino—. ¿ T ú te crees que porque eres grande y fuerte nadie se atreve a
decirte las verdades a la cara? Y o me atrevo, y te las cantaré a ti y a cualquiera que quiera escucharlas. A delante, ven y mátame, como ya dijiste una vez que harías.
—¡ O jalá lo hubiese hecho! —chilló N icola y apretó los puños—
. Y a ves, M omo, cómo miente y calumnia. S ólo lo agarré una vez por el cuello y lo tiré al charco que hay detrás de su covacha. A llí no se ahoga ni una rata. — V olviéndose de nuevo a N ino, gritó—: P or desgracia vives todavía, como se puede ver.
D urante un rato volaron en una y otra dirección los peores insultos, y M omo no podía entender de qué iba la cosa y por qué estaban tan enfadados los dos. P ero poco a poco fue sabiendo que N icola sólo había cometido aquella salvajada porque N ino, antes, le había dado una bofetada delante de algunos de sus parroquianos. A eso, por su parte, le había antecedido el intento de N icola de hacer añicos toda la vajilla de N ino.
—¡ N o es verdad! —se defendió amargamente N icola—. S ólo tiré a la pared una sola jarra que, además, ya tenía una grieta.
— P ero la jarra era mía, ¿sabes? —respondió N ino—. Y , además, no tienes derecho a eso.
N icola pensaba que sí tenía derecho a eso, porque N ino lo había ofendido en su honor de albañil.
—¿ S abes lo que dijo de mí? —gritó dirigiéndose a M omo—. D ijo que yo no era capaz de construir una pared derecha, porque estaba borracho día y noche. Q ue era igual que mi tatarabuelo, que había trabajado en la torre inclinada de P isa.
— P ero, N icola —contestó N ino—, si eso era una broma.
—¡ B onita broma! —protestó N icola—. N o tiene ninguna gracia.
R esultó que N ino sólo había devuelto una broma anterior de N icola. P orque una mañana se había encontrado con que en su puerta habían escrito con grandes letras rojas:
V ENTEROS Y GATOS, TODOS LATROS.
Y eso, a su vez, no le había hecho ninguna gracia a N ino.
E ntonces preguntó N ino:
— D ime ahora con toda honradez, N icola, ¿ya sabías de ese dinero antes del cambio o no?
— C laro que sí; si no, no hubiera hecho el cambio.
— E ntonces estarás de acuerdo en que me has estafado.
—¿ P or qué? ¿ E n serio que tú no sabías nada de ese dinero?
— N o, palabra de honor.
—¡ L o ves! E ras tú quien querías estafarme a mí. P orque, ¿cómo podías pedirme mi radio a cambio de un trozo de papel de periódico?
—¿ Y cómo te enteraste tú de lo del dinero?
— D os noches antes había visto cómo un cliente lo metía allí como ofrenda a san A ntonio.
N ino se mordió los labios:
—¿ E ra mucho?
— N i más ni menos que lo que valía mi radio —contestó N icola.
— E ntonces, toda nuestra pelea —dijo N ino pensativamente— solamente es por el san A ntonio que recorté de una revista.
N icola se rascó la cabeza:
— E n realidad, sí. S i quieres te lo devuelvo, N ino.
—¡ Q ué va! —contestó N ino, con mucha dignidad—. L o que se da no se quita. U n apretón de manos vale entre caballeros.
Y de repente, ambos se echaron a reír. B ajaron los escalones de piedra, se encontraron en medio de la plazoleta central, se abrazaron dándose palmadas en la espalda. D espués, ambos abrazaron a M omo y le dijeron:
—¡ M uchas gracias!
C uando, al cabo de un rato, se fueron, M omo siguió diciéndoles adiós con la mano durante mucho rato. E staba muy contenta de que sus amigos volvieran a estar de buenas.
O tra vez, un chico le trajo su canario, que no quería cantar. E so era una tarea mucho más difícil para M omo. T uvo que estarse escuchándolo toda una semana hasta que por fin volvió a cantar y silbar.
M omo escuchaba a todos: a perros y gatos, a grillos y ranas, incluso a la lluvia y al viento en los árboles. Y todos le hablaban en su propia lengua.
A lgunas noches, cuando ya se habían ido a sus casas todos sus amigos, se quedaba sola en el gran círculo de piedra del viejo teatro sobre el que se alzaba la gran cúpula estrellada del cielo y escuchaba el enorme silencio.
E ntonces le parecía que estaba en el centro de una gran oreja, que escuchaba el universo de estrellas. Y también que oía una música callada, pero aun así muy impresionante, que le llegaba muy adentro, al alma.
E n esas noches solía soñar cosas especialmente hermosas.
Y quien ahora siga creyendo que el escuchar no tiene nada de especial, que pruebe, a ver si sabe hacerlo tan bien.
— C ualquier cosa no es nada. ¿ A lguien tiene una idea?
— Y o sé una cosa —dijo un chico con una aguda voz de niña—: podríamos jugar a que las ruinas son un gran barco, y navegamos por mares desconocidos y vivimos aventuras. Y o soy el capitán, tú eres el primer oficial, y tú eres un investigador, porque es un viaje de exploración, ¿sabéis? Y los demás sois marineros.
— Y nosotras, las niñas, ¿qué somos?
— V osotras sois marineras; se trata de un barco del futuro.
¡ E so es un buen plan! I ntentaron jugar, pero no conseguían ponerse de acuerdo y el juego no funcionaba. A l rato, todos volvían a estar sentados en las gradas y esperaban.
E ntonces llegó M omo.
L a espuma saltaba furiosa cuando la proa cortaba el agua. E l buque oceanográfico “ A rgo” cabeceaba majestuosamente en el oleaje mientras avanzaba tranquilamente, a toda máquina, por el mar del coral del sur. N adie recordaba que un barco se hubiese atrevido a navegar por estos mares peligrosos, llenos de bajíos, arrecifes de coral y monstruos marinos desconocidos. H abía aquí, sobre todo, lo que llamaban el “tifón eterno”, un ciclón que nunca descansaba. R ecorría incansable esos mares buscando víctimas como si fuera un ser vivo, incluso astuto. S u camino era impredecible. Y todo lo que caía en las garras de ese huracán no volvía a aparecer hasta que quedaba reducido a astillas.
B ien es cierto que la nave expedicionaria “ A rgo” estaba muy bien preparada para un encuentro con el “ciclón andarín”. E staba hecha enteramente de acero especial, azul, elástico e irrompible como una espada toledana. Y , merced a un sistema de construcción especial, estaba fundido enteramente de una pieza, sin ninguna soldadura.
A ún así, es difícil que otro capitán y otra tripulación hubieran tenido el valor de exponerse a estos peligros. P ero el capitán G ordon tenía mucho valor. D esde el puente de mando miraba orgulloso a sus marineros y marineras, todos ellos grandes especialistas en sus respectivos campos.
A l lado del capitán estaba su primer oficial, don M elú, un lobo de mar de los que quedan pocos; había sobrevivido a ciento veintisiete huracanes.
U n poco más atrás, en la toldilla, se podía ver al profesor Q uadrado, director científico de la expedición, con sus dos auxiliares, M ora y S ara, que merced a su prodigiosa memoria suplían bibliotecas enteras. L os tres estaban inclinados sobre sus instrumentos de precisión y se consultaban en su complicada jerga científica.
U n poco más allá estaba, en cuclillas, la bella nativa M omosan. D e vez en cuando el profesor le preguntaba acerca de algún detalle de esos mares y ella le respondía en su hermoso dialecto hula, que sólo el profesor entendía.
E l objetivo de la expedición era hallar las causas del “tifón andarín” y, de ser posible, eliminarlo, para que esos mares volvieran a ser navegables para los demás barcos. P ero, de momento todo seguía tranquilo, y no había indicio de tempestad.
D e repente, un grito del vigía arrancó al capitán de sus pensamientos.
—¡ C apitán! —gritó desde la cofa haciendo bocina con las manos—. S i no estoy loco veo ahí delante una isla de cristal.
E l capitán y don M elú miraron inmediatamente a través de sus catalejos. T ambién el profesor Q uadrado y sus auxiliares se acercaron, interesados. S ólo la bella nativa se quedó tranquilamente sentada. L as misteriosas costumbres de su pueblo le prohibían mostrar curiosidad. P ronto llegaron a la isla de cristal. E l profesor bajó del barco por una escala de cuerda y pisó el suelo transparente. É ste era enormemente resbaladizo y al profesor Q uadrado le costaba mucho mantenerse en pie.
L a isla era totalmente redonda y tenía un diámetro de unos veinte metros. H acia el centro se levantaba como una cúpula. C uando el profesor hubo alcanzado el lugar más alto pudo distinguir claramente una luz titilante en su interior.
C omunicó sus observaciones a los demás, que esperaban, atentos, apoyados en la borda.
subir a bordo. E l “ A rgo” retrocedió un poco y se lanzó después con toda su potencia avante, hacia la medusa gigante. L a proa del buque era aguda como una cuchilla de afeitar. C ortó la medusa en dos mitades, sin que a bordo se notara apenas un pequeño temblor. L a maniobra no carecía de peligro para las dos submarinistas presas entre los tentáculos, pero el primer oficial había calculado su posición con la mayor exactitud y pasó por medio de las dos. A l instante, los tentáculos del monstruo perdieron toda su fuerza y las dos prisioneras pudieron librarse de ellos.
F ueron recibidas jubilosamente a bordo. E l profesor Q uadrado se acercó a las dos muchachas y les dijo:
— H a sido culpa mía. N o debería haberos enviado. P erdonadme por haberos puesto en peligro.
— N o hay nada que perdonar, profesor —respondió una de las chicas con una risa alegre—. A l fin y al cabo nos hemos embarcado para eso.
A lo que la otra chica añadió:
— E l peligro es nuestra profesión.
Y a no quedaba tiempo para más palabras. D urante los trabajos de rescate, el capitán y la tripulación se habían olvidado de observar el mar. D e modo que sólo ahora, en el último instante, se dieron cuenta de que por el horizonte había aparecido el “tifón andarín” que se dirigía a toda velocidad hacia el “ A rgo”.
L legó al barco una primera ola, impresionante, lo alzó en su cresta y lo lanzó por una sima acuosa de cincuenta metros de profundidad, por lo menos. D e haberse tratado de una tripulación menos experta y valerosa que la del “ A rgo”, en este primer embate la mitad habría sido arrastrada por la borda, mientras que la otra mitad se habría desmayado. P ero el capitán G ordon estaba bien plantado sobre el puente de mando, como si no hubiera pasado nada, y toda la tripulación había aguantado del mismo modo. S ólo la hermosa indígena M omosan, no acostumbrada a los peligros del mar, se había refugiado en un bote salvavidas.
E n pocos segundos se oscureció todo el cielo. E l torbellino se lanzó, ululante, sobre el barco, al que hacía saltar
sobre las olas como un corcho. S u furia parecía crecer de minuto en minuto por no poder romperlo.
E l capitán daba sus órdenes con voz sosegada, y su primer oficial las repetía en voz alta. I ncluso el profesor Q uadrado y sus auxiliares seguían junto a sus instrumentos. C alculaban dónde debía estar el centro del tifón, pues hacia allí tenía que ir el barco. E l capitán G ordon admiraba en silencio la sangre fría de los científicos que, al fin y al cabo, no conocían el mar como él y sus hombres.
E l primer rayo cayó sobre el buque de acero, que quedó cargado eléctricamente. H acia cualquier parte que se extendiera la mano saltaban chispas. P ero todos, a bordo del “ A rgo”, se habían entrenado durante meses para ello. A nadie le importaba ya.
L o único malo era que las partes más delgadas del barco, cables de acero y barras de hierro, se ponían incandescentes como el filamento de una bombilla, y eso dificultaba un poco el trabajo de la tripulación, aunque todos llevaban guantes de amianto. Q uiso la suerte que esa incandescencia se apagara pronto, porque comenzó a caer una lluvia tal, como nadie de a bordo —a excepción de don M elú— había visto jamás; una lluvia tan espesa que pronto desplazó todo el aire respirable. L a tripulación tuvo que ponerse gafas y escafandras de submarinista.
U n relámpago sucedía a otro, un trueno a otro. L a tempestad ululaba. S e levantaban olas enormes y blanca espuma.
E l “ A rgo”, con los motores a toda máquina, avanzaba metro a metro contra la fuerza incontenible del tifón. L os maquinistas y fogoneros, en el vientre del barco, hacían esfuerzos sobrehumanos. S e habían atado con gruesas sogas para que los bruscos movimientos del barco no los lanzaran hacia las fauces abiertas de las calderas.
P or fin llegaron al centro del tifón. ¡ Q ué espectáculo se les ofreció allí!
S obre la superficie del mar, liso como un espejo, porque la propia fuerza del huracán barría las olas, bailaba un ser gigantesco. S e sostenía sobre una pata, se ensanchaba por arriba y parecía realmente un trompo del tamaño de una montaña. D aba vueltas con tal rapidez, que no se podían distinguir los detalles.