





















































































Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Prepara tus exámenes con los documentos que comparten otros estudiantes como tú en Docsity
Encuentra los documentos específicos para los exámenes de tu universidad
Estudia con lecciones y exámenes resueltos basados en los programas académicos de las mejores universidades
Responde a preguntas de exámenes reales y pon a prueba tu preparación
Consigue puntos base para descargar
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Comunidad
Pide ayuda a la comunidad y resuelve tus dudas de estudio
Ebooks gratuitos
Descarga nuestras guías gratuitas sobre técnicas de estudio, métodos para controlar la ansiedad y consejos para la tesis preparadas por los tutores de Docsity
En este documento se presenta la trama de la famosa tragedia de william shakespeare: othello. Se narran los planes de iago para destruir la felicidad de othello y desdémona, utilizando la celosía y la manipulación para lograr sus fines. El texto muestra la conversación entre othello, iago y otros personajes, donde se desvelan sus intenciones y acciones.
Tipo: Apuntes
1 / 93
Esta página no es visible en la vista previa
¡No te pierdas las partes importantes!






















































































William Shakespeare
BRABANCIO, senador.
OTROS SENADORES.
GRACIANO, hermano de Brabancio.
LUDOVICO, pariente de Brabancio.
OTELO, noble moro, al servicio de lo República de Venecia.
CASSIO, teniente suyo.
IAGO, su alférez.
RODRIGO, hidalgo veneciano.
MONTANO, predecesor de Otelo en el gobierno de Chipre.
BUFÓN, criado de Otelo.
DESDÉMONA, hija de Brabancio y esposa de Otelo.
EMILIA, esposa de Iago.
BLANCA, querida de Cassio.
UN MARINERO, ALGUACILES, CABALLEROS, MENSAJEROS, MÚSICOS, HERALDOS y ACOMPAÑAMIENTO.
ESCENA: En el primer acto, en Venecia; durante el resto de la obra. en un puerto de mar de la isla de Chipre.
Escena Primera
Venecia. -Una calle
Entran RODRIGO e IAGO
RODRIGO.- ¡Basta! ¡No me hables más! Me duele en el alma que tú, Iago, que has dispuesto de mi bolsa como si sus cordones te pertenecieran, supieses del asunto...
IAGO.- ¡Sangre de Dios! ¡No queréis oírme! ¡Si he imaginado nunca semejante cosa, aborrecedme!
RODRIGO.- Me dijiste que sentías por él odio.
IAGO.- ¡Execradme si no es cierto! Tres grandes personajes de la ciudad han venido personalmente a pedirle, gorra en mano, que me hiciera su teniente; y a fe de hombre, sé lo que valgo, y no merezco menor puesto. Pero él, cegado en su propio orgullo y terco en sus decisiones, esquiva su demanda con ambages ampulosos, horriblemente henchidos de epítetos de guerra; y, en conclusión, rechaza a mis intercesores; «porque ciertamente (les dice) he elegido ya mi oficial». ¿Y quién es este oficial? Un gran aritmético, a fe mía; un tal Miguel Cassio, un florentino, un mozo a pique de condenarse por una mujer bonita, que nunca ha hecho maniobrar un escuadrón sobre el terreno, ni sabe más de la disposición de una batalla que una hilandera, a no ser la teoría de los libros, que cualquiera de los cónsules togados podría explicar tan diestramente como él. Pura charlatanería y ninguna práctica es toda su ciencia militar! Pero él, señor, ha sido elegido, y yo (de quien sus ojos han visto la prueba en Rodas, Chipre y otros territorios cristianos y paganos) tengo que ir a sotavento y estar al pairo por quien no conoce sino el deber y el haber por ese tenedor de libros. Él, en cambio, ese calculador, será en buen hora su teniente; y yo (¡Dios bendiga el título!), alférez de su señoría moruna.
RODRIGO.- ¡Por el cielo, antes hubiera sido yo su verdugo!
IAGO.- Pardiez, ¡y qué remedio me queda! Es el inconveniente del servicio. El ascenso se obtiene por recomendación o afecto, no según el método antiguo en que el segundo heredaba la plaza del primero. Juzgad ahora vos mismo, señor, si en justicia estoy obligado a querer al moro.
RODRIGO.- En ese caso, no seguiría yo a sus órdenes.
IAGO.- ¡Oh! Estad tranquilo, señor. Le sirvo para tomar sobre él mi desquite. No todos podemos ser amos, ni todos los amos estar fielmente servidos. Encontraréis más de uno de esos bribones, obediente y de rodillas flexibles, que, prendado de su obsequiosa esclavitud, emplea su tiempo muy a la manera del burro de su amo, por el forraje no más, y cuando envejece, queda cesante. ¡Azotadme a esos honrados lacayos! Hay otros que, observando escrupulosamente las formas y visajes de la obediencia y ataviando la fisonomía del respeto, guardan sus corazones a su servicio, no dan a sus señores sino la apariencia de su celo, los utilizan para sus negocios, y cuando han forrado sus vestidos, se rinden homenaje a sí propios. Estos camaradas tienen cierta inteligencia, y a semejante categoría confieso pertenecer. Porque, señor, tan verdad como sois Rodrigo, que a ser yo el moro, no quisiera ser Iago. Al servirlo, soy yo quien me sirvo. El cielo me es testigo; no tengo al moro ni respeto ni obediencia; pero se lo aparento así para llegar a mis fines
RODRIGO.- Mi nombre es Rodrigo.
BRABANCIO.- Tanto peor llegado. Te he advertido que no rondes mis puertas. Me has oído decir con honrada franqueza que mi hija no es para ti; y ahora, en un acceso de locura, atiborrado de cena y de tragos que te han destemplado, vienes por maliciosa bellaquería a turbar mi reposo.
RODRIGO.- Señor, señor, señor...
BRABANCIO.- Pero puedes estar seguro de que mi carácter y condición tienen en sí poder para que te arrepientas de esto.
RODRIGO.- Calma, buen señor.
BRABANCIO.- ¿Qué vienes a contarme de robo? Estamos en Venecia. Mi casa no es una granja en pleno campo.
RODRIGO.-Respetabilísimo Brabancio, vengo hacia vos con alma sencilla y pura.
IAGO.- ¡Voto a Dios, señor! Sois uno de esos hombres que no servirían a Dios si el diablo se lo ordenara. Porque venimos a haceros un servicio y nos tomáis por rufianes, dejaréis que cubra a vuestra hija un caballero berberisco. Tendréis nietos que os relinchen, corceles por primos y jacas por deudos.
BRABANCIO.- ¿Quién eres tú, infame pagano?
IAGO.- Soy uno que viene a deciros que vuestra hija y el moro están haciendo ahora la bestia de dos espaldas.
BRABANCIO.- ¡Eres un villano!
IAGO.- Y vos sois... un senador.
BRABANCIO.- Tú me responderás de esto. Te conozco, Rodrigo.
RODRIGO.- Señor, responderé de todo lo que queráis. Pero, por favor, decidme si es con vuestro beneplácito y vuestro muy prudente consentimiento (como en parte lo juzgo) como vuestra bella hija, a las tantas de esta noche, en que las horas se deslizan inertes, sin escolta mejor ni peor que la de un pillo al servicio del público, de un gondolero, ha ido a entregarse a los abrazos groseros de un moro lascivo...; si conocéis el hecho y si lo autorizáis, entonces hemos cometido con vos un ultraje temerario e insolente; pero si no estáis informado de ello, mi educación me dice que nos habéis reprendido sin razón. No creáis que haya perdido yo el sentimiento de toda buena crianza hasta el punto de querer jugar y bromear con vuestra reverencia. Vuestra hija, os lo digo de nuevo (si no le habéis otorgado este permiso), se ha hecho culpable de una gran falta, sacrificando su deber, su belleza, su ingenio, su fortuna a un extranjero, vagabundo y nómada, sin patria y sin hogar. Comprobadlo vos mismo inmediatamente. Si está en su habitación o en vuestra casa, 4
entregadme a la justicia del Estado por haberos engañado de esta manera.
BRABANCIO.- ¡Golpead la yesca! ¡Hola! ¡Dadme una vela! ¡Despertad a todas mis gentes!... Este accidente no difiere mucho de mi sueño. El temor de que sea cierto me oprime ya. ¡Luz, digo! ¡Luz! (Desaparece de la ventana.)
IAGO.- Adiós, pues debo dejaros. No me parece conveniente, ni conforme con el puesto que ocupo, ser llamado en justicia (como sucederá, si me quedo) a deponer contra el moro. Porque, a la verdad, aunque esta aventura le cree algunos obstáculos, sé que el Estado no puede, sin riesgos, privarse de sus servicios. Son tan grandes las razones que han movido a la República a confiarle las guerras de Chipre (en curso a la hora presente), que no hallarían, ni aun al precio de sus almas, otro de su talla para dirigir sus asuntos. Por consiguiente, aunque le odio como a las penas del infierno, las necesidades de mi vida actual me obligan, no obstante, a izar el pabellón, y la insignia del afecto, simple insignia, verdaderamente. Si queréis hallarle con seguridad, conducid hacia el Sagitario a los que se levanten para ir en su busca, que allí estaré con él. Y con esto, adiós. (Sale.)
Entran, arriba, BRABANCIO y CRIADOS con antorchas
BRABANCIO.- ¡Es una desgracia demasiado cierta! Ha partido, y lo que me queda por vivir de mi odiada vejez no será ya sino amargura.- ¡Hola, Rodrigo! ¿Dónde la viste? ¡Oh, hija miserable!- ¿Con el moro, dices?- ¿Quién quisiera ser padre?- ¿Cómo supiste que era ella?- ¡Ah, me engaña por encima de toda imaginación!- ¿Qué os dijo?- ¡Traed más luces! ¡Despertad a todos mis parientes!- ¿Creéis que se han casado?
RODRIGO.- Verdaderamente, lo creo.
BRABANCIO.- ¡Oh!, cielo!- ¿Cómo pudo salir?- ¡Oh, traición de la sangre!- Padres, no os fiéis desde hoy de las almas de vuestras hijas por lo que las veis obrar. ¿No existen encantos que permiten abusar de la juventud y de la inocencia? ¿No habéis leído de estas cosas, Rodrigo?
RODRIGO.- Sí, en verdad, señor.
BRABANCIO.- ¡Que se llame a mi hermano!- ¡Oh, que no la hubiereis tenido vos! ¡Vayan los unos en una dirección, y los otros en otra!- ¿Sabéis dónde podríamos cogerles a ella y al moro?
RODRIGO.- Creo que a él podré descubrirle, si os place proveeros de una buena guardia y venir conmigo.
BRABANCIO.- Por favor, guiadnos. Llamaré en todas las casas. Puedo mandar en la mayor parte.- ¡Traed armas, eh! Y levantad a algunos oficiales del servicio de noche.- Marchemos, buen Rodrigo. Yo recompensaré vuestras molestias. (Salen.)
CASSIO.- A lo que he podido adivinar, de algo referente a Chipre. Es un asunto de cierta prisa. Esta misma noche las galeras han enviado una docena de mensajeros sucesivos, pisándose los talones unos a otros; y buen número de cónsules están ya levantados y reunidos con el dux. Se os ha llamado aceleradamente, y cuando han visto que no se os hallaba en vuestro alojamiento, el Senado ha despachado tres pesquisas diferentes para proceder a vuestra busca.
OTELO.- Está bien que seáis vos quien me haya encontrado. Voy a decir sólo una palabra aquí en la casa, e iré con vos. (Sale.)
CASSIO.- ¿Qué hacía aquí, alférez?
IAGO.- A fe mía, esta noche ha abordado a una carraca de tierra; si la presa es declarada legal, se hace rico para siempre.
CASSIO.- No entiendo.
IAGO.- Se ha casado.
CASSIO.- ¿Con quién?
Vuelve a entrar OTELO
IAGO.- Por mi fe, con... Vamos, capitán, ¿queréis venir?
OTELO.- Soy con vos.
CASSIO.- He aquí otra tropa que viene a buscaros.
IAGO.-Es Brabancio. General, tened cuidado. Viene con malas intenciones.
Entran BRABANCIO, RODRIGO y oficiales con antorchas y armas
OTELO.- ¡Hola, teneos!
RODRIGO.- Signior, es el moro.
BRABANCIO.- ¡Sus, a él! ¡Al ladrón! (Desenvainan por ambas partes.)
IAGO.- ¡A vos, Rodrigo! ¡Vamos, señor, soy vuestro hombre!
OTELO.- Guardad vuestras espadas brillantes, pues las enmohecería el rocío. Buen signior, se obedecerá
mejor a vuestros años que a vuestras armas.
BRABANCIO.- ¡Oh, tú, odioso ladrón! ¿Dónde has escondido a mi hija? Condenado como eres, has debido hechizarla, pues me remito a todo ser de sentido, si a no estar cautiva en cadenas de magia es posible que una virgen tan tierna, tan bella y tan dichosa, tan opuesta al matrimonio que esquivó los más ricos y apuestos galanes de nuestra nación, hubiera incurrido nunca en la mofa general, escapando de la tutela paterna para ir a refugiarse en el seno denegrido de un ser tal como tú, hecho para inspirar temor y no deleite. Séame juez el mundo si no es de toda evidencia que has obrado sobre ella con hechizos odiosos, que has abusado de su delicada juventud por medio de drogas o de minerales que debilitan la sensibilidad. Haré que se examine el caso. Es probable, palpable al pensamiento. Te prendo, pues, y te acuso, como corruptor de personas y practicante de artes prohibidas y fuera de la ley. Apoderaos de él; si resiste, sometedle a sus riesgos y peligros.
OTELO.- ¡Detened vuestras manos, vosotros, los que estáis de mi parte, y vosotros también, los del otro partido! Si mi réplica fuera reñir, la sabría sin apuntador. ¿Dónde queréis que vaya a responder a vuestro cargo?
BRABANCIO.- A la cárcel, hasta que el plazo establecido por la ley y el curso regular de la justicia te llamen a responder.
OTELO.- ¿Qué sucederá si obedezco? ¿Cómo podría entonces satisfacer al dux, cuyos mensajeros están aquí, a mi lado, para conducirme ante él, a propósito de cierto asunto urgente del Estado?
OFICIAL.- Es cierto, muy digno signior. El dux se halla en Consejo y estoy seguro de que ha enviado a buscar a vuestra noble persona...
BRABANCIO.- ¡Cómo! ¡El dux en Consejo! ¿Y a esta hora de la noche? Llevadle. No es una causa ociosa la mía. El dux mismo o cualquiera de mis hermanos de Estado no pueden sino sentir mi ultraje como si les fuera propio. Porque si tales acciones pudieran tener paso libre, los esclavos y los paganos fueran nuestros estadistas. (Salen.)
Escena Tercera
El mismo lugar.-Cámara del Consejo
El DUX y los SENADORES sentados a una mesa; oficiales en funciones de servicio
DUX.- No hay concordancia en estas noticias para que se le dé crédito.
SENADOR PRIMERO.- Son muy divergentes, en verdad. Mis cartas dicen ciento siete galeras.
designios hacia Chipre. El signior Montano, vuestro fiel y muy valeroso servidor, os presenta sus respetuosos deberes, informándoos del hecho y suplicándoos que le creáis.
DUX.- Es cierto, entonces, que van contra Chipre. ¿No se encuentra en la ciudad Marcos Luccicos?
SENADOR PRIMERO.- Está ahora en Florencia.
DUX.- Escribidle de nuestra parte, para que vuelva a correo seguido.
SENADOR PRIMERO.- He aquí venir a Brabancio y al valiente moro.
Entran BRABANCIO, OTELO, IAGO, RODRIGO y oficiales
DUX.- Valeroso Otelo, es menester que os empleemos inmediatamente contra el otomano, nuestro común enemigo. ( A Brabancio .) No os veía. Sed bien venido, noble signior; necesitamos de vuestro consejo y de vuestra ayuda esta noche.
BRABANCIO.- Y yo de los vuestros. Que vuestra virtuosa gracia me perdone. No son mis funciones, ni todo lo que he oído de los asuntos de Estado, lo que me ha levantado del lecho; ni el interés público tiene influencia en mí. Porque mi dolor particular es de una naturaleza tan desbordante, tan impetuosa y parecida a las aguas de una esclusa, que engulle y sumerge las demás penas, y él queda siempre igual.
DUX.- Pues ¿qué ocurre?
BRABANCIO.- ¡Mi hija! ¡Oh, mi hija!
DUX y SENADORES.- ¿Muerta?
BRABANCIO.- ¡Sí, para mí! Ha sido seducida, me la han robado y pervertido con sortilegios y medicinas compradas a charlatanes, pues la naturaleza, no siendo ella imbécil, ciega o coja de sentido, no podría haberse engañado tan descabelladamente sin el auxilio de la brujería.
DUX.- Sea quien fuere el que por este odioso procedimiento ha privado así a vuestra hija de sí propia y a vos de ella, sufrirá la aplicación del sangriento libro de la ley interpretado por vos mismo, como os convenga en su texto más implacable; sí, lo será, aun cuando vuestra acusación recayera en nuestro propio hijo.
BRABANCIO.- Lo agradezco humildemente a Vuestra Gracia. He aquí el hombre, este moro, a quien ahora, por mandato especial, habéis traído aquí, parece, para asuntos de Estado.
DUX y SENADORES.- Sentimos por ello el más profundo pesar.
DUX.- (A Otelo.) ¿Qué podéis responder a esto en defensa propia?
BRABANCIO.- Nada, sino que es así.
OTELO.- Muy poderosos, graves y reverendos señores, mis muy nobles y muy amados dueños; es por demás cierto que me he llevado la hija de este anciano; es cierto que me casé con ella: la verdadera cabeza y frente de mi crimen tiene esta extensión, no más. Soy rudo en mis palabras, y poco bendecido con el dulce lenguaje de la paz, pues desde que estos brazos tuvieron el desarrollo de los siete años, salvo durante las nueve postreras lunas, han hallado siempre sus más caros ejercicios en los campos cubiertos de tiendas. Y fuera de lo que concierne a las acciones guerreras y a los combates, apenas puedo hablar de este vasto universo. Por consiguiente, poco embelleceré mi causa hablando de mí mismo. No obstante, con vuestra graciosa autorización, os haré llanamente y sin ambages el relato de la historia entera de mi amor. Os diré qué drogas, qué encantos, qué conjuros, qué mágico poder (pues de tales procedimientos se me acusa) he empleado para seducir a su hija.
BRABANCIO.- Una virgen nunca desenvuelta, de un carácter tan apacible y tímido, que al menor movimiento enrojecía; y, a despecho de su naturaleza, de sus años, de su país, de su reputación, de todo, ¡caer enamorada de quien tenía miedo de mirar! Mostraría un juicio mutilado y muy imperfecto quien declarase que la perfección puede errar a tal punto contra todas las reglas de la naturaleza; y ante un hecho parecido, debe buscarse la explicación en las prácticas astutas del infierno. Mantengo, pues, de nuevo que ha operado sobre ella con algunas poderosas mixturas sobre la sangre, o por alguna poción conjurada a este efecto.
DUX.- Mantenerlo no es probarlo. Necesitáis testimonios mucho más precisos y más claros que esas ligeras aserciones y las probabilidades superficiales de esas ordinarias apariencias.
SENADOR PRIMERO.- Pero hablad, Otelo. ¿Habéis conquistado y emponzoñado por medios indirectos y violentos las afecciones de esta joven doncella? ¿O ha sucedido ello por plegarias y esas bellas instancias que el corazón dirige al corazón?
OTELO.- Os lo suplico, enviad a buscar la dama al Sagitario y que se explique respecto de mí delante de su padre. Si en el relato me halláis culpable, no os contentéis con retirarme la confianza y el cargo que os debo, sino que vuestra sentencia caiga sobre mi propia vida.
DUX.- Traed acá a Desdémona.
OTELO.- Alférez, guiadles; vos conocéis mejor el sitio. (Salen Iago y acompañamiento.) Y mientras llega, tan sinceramente como confieso al cielo los vicios de mi sangre, así explicaré, con la misma franqueza, a vuestros graves oídos, cómo conquisté el amor de esta bella dama, y ella el mío.
DUX.- Referidlo, Otelo.
OTELO.- Su padre me quería; me invitaba a menudo; interrogábame siempre sobre la historia de mi vida, detallada año por año; acerca de las batallas, los asedios, las diversas suertes que he conocido. Yo le contaba mi historia entera desde los días de mi infancia hasta el momento mismo en que mandaba hablar. Le hacía
salvarse lo que se lleva el hado, lo mejor es transformar por la paciencia esta injuria en mofa. El hombre robado que sonríe roba alguna cosa al ladrón; pero a sí mismo se roba el que se consume en un dolor sin provecho.
BRABANCIO.- En ese caso, que el turco nos arrebate Chipre; no perderemos nada, mientras podamos reírnos. Lleva fácilmente esta máxima el que no lleva sino el torpe consuelo que encierra; pero lleva a la vez su dolor y la máxima el que para pagar la pena se ve obligado a pedir prestado a la pobre paciencia. Estas máximas, azúcar y hiel a un tiempo e igualmente fuertes de ambos lados, son equívocas. Las palabras no son más que palabras y todavía no he escuchado que se pueda penetrar en un corazón roto a través del oído. Os lo ruego humildemente, ocupémonos de los asuntos del Estado.
DUX.- El turco navega rumbo a Chipre con poderosos preparativos. Otelo, la capacidad de resistencia de esta plaza os es particularmente conocida, y aunque tengamos allí un sustituto de probada suficiencia, sin embargo, la opinión, soberana señora de las circunstancias, halla en vos competencia más segura. Por consiguiente, debéis resignaros a ensombrecer el resplandor de vuestra nueva fortuna con esta más porfiada y borrascosa expedición.
OTELO.- La tirana costumbre, muy graves senadores, ha hecho de la cama pedernal y acero de la guerra mi lecho de pluma tres veces cernido. Ante las aventuras peligrosas, siento, lo confieso, un ardor natural y pronto. Me encargo, pues, de la presente guerra contra los otomanos. En consecuencia, inclinándome humildemente ante vuestro poder, solicito en favor de mi esposa disposiciones conformes a su rango, lugar de residencia y un sueldo en consonancia con su condición, y la casa y servidumbre que reclama su nacimiento.
DUX.- Puede alojarse en casa de su padre, si accedéis.
BRABANCIO.- No lo consiento.
OTELO.- Ni yo.
DESDÉMONA.- Ni yo tampoco. Me niego a residir allí; para evitar a mi padre los sentimientos de impaciencia que mi vista le haría experimentar. Muy gracioso dux, otorgad a mi petición una acogida favorable y que vuestro asentimiento me cree una protección que asista mi sencillez.
DUX.- ¿Qué deseáis, Desdémona?
DESDÉMONA.- Que he amado al moro lo suficiente para pasar con él mi vida, el estrépito franco de mi conducta y la tempestad afrontada de mi suerte lo proclaman a son de trompeta en el mundo. Mi corazón está sometido a las condiciones mismas de la profesión militar de mi esposo. En su alma es donde he visto el semblante de Otelo y he consagrado mi vida y mi destino a su honor y a sus valientes cualidades. Así, caros señores, si se me deja aquí como una falena de paz, mientras él marcha a la guerra, se me priva de participar en los ritos de esta religión de la guerra por la cual le he amado, y tendré que soportar por su querida ausencia un pesado ínterin. Dejadme partir con él.
OTELO.- Vuestro asentimiento, señores. Os lo suplico, que tenga vía libre su voluntad. Sedme testigos, cielos, de que no lo pido, pues, para satisfacer el paladar de mi apetito, ni para condescender con el ardor - difuntos en mí los transportes de la juventud- y la satisfacción propia. Y el cielo guarde a vuestras buenas almas de pensar que olvidaré vuestros serios y grandes asuntos porque ella esté conmigo. No, cuando los ojos ligeros del alado Cupido encapiroten en voluptuosa indolencia mis facultades de pensamiento y de acción hasta el punto de que mis placeres corrompan y manchen mis ocupaciones, que las amas de casa hagan una cazuela de mi yelmo y toda indigna y baja adversidad haga frente a mi estimación.
DUX.- Se quede o parta, decidlo vos particularmente; el asunto reclama urgencia y debe responderle la prontitud.
SENADOR PRIMERO.- Es menester que partáis esta noche.
DESDÉMONA.- ¿Esta noche, señor?
DUX.- Esta noche.
OTELO.- Con todo mi corazón.
DUX.- Nosotros volveremos a reunirnos aquí a las nueve de la mañana. Otelo, dejad tras vos alguno de vuestros oficiales y os llevará nuestro despacho, con todas las demás ordenanzas de títulos y mando que os conciernen.
OTELO.- Si place a Vuestra Gracia, dejaré aquí a mi alférez; es un hombre honrado y fiel. Dejo a su cuidado acompañar a mi esposa y remitirme todo cuanto vuestra virtuosa gracia juzgue necesario enviarme.
DUX.- Sea. Buenas noches a todos. (A Brabancio.) Noble señor, si es verdad que a la virtud no le falta el encanto de la belleza, vuestro yerno es más bello que atezado.
SENADOR PRIMERO.- ¡Adiós, bravo moro! Tratad bien a Desdémona.
BRABANCIO.- Vela por ella, moro, si tienes ojos para ver. Ha engañado a su padre y puede engañarte a ti. (Salen el Dux, Senadores, Oficiales, etc.)
OTELO.- ¡Mi vida en prenda de su fe! Honrado Iago, debo confiarte mi Desdémona. ¡Por favor, pon a tu mujer a su servicio, y llévalas luego en la ocasión más favorable! Ven, Desdémona. Sólo tengo una hora para emplearla contigo en el amor, asuntos mundanos y disposiciones que tomar. (Salen Otelo y Desdémona.)
RODRIGO.- ¡Iago!...
IAGO.- ¿Qué dices, noble corazón?
fuera de razón. Trata más bien de que te ahorquen después de satisfacer tu deseo, que de ahogarte y partir sin ella.
RODRIGO.- ¿Quieres servir fielmente a mis esperanzas, si me decido a la realización?
IAGO.- Confía en mí. -Ve, hazte con dinero- Te lo he dicho a menudo y te lo vuelvo a repetir una y mil veces: odio al moro; mi causa está arraigada en mi corazón; la tuya no es menos sólida; estamos estrechamente unidos en nuestra venganza contra él. Si puedes hacerle cornudo, te darás a ti mismo un placer y a mí una diversión. El tiempo está preñado de muchos acontecimientos que habrá de parir. ¡Adelante! ¡En marcha! Ve, provéete de dinero. Hablaremos de esto mañana con más espacio. Adiós.
RODRIGO.- ¿Dónde nos encontraremos mañana por la mañana? IAGO.- En mi alojamiento.
RODRIGO.- Estaré contigo temprano.
IAGO.- Márchate.-¿Me oís, Rodrigo?
RODRIGO.- ¿Qué decís?
IAGO.- ¡Nada de ahogarse! ¿Entendéis?
RODRIGO.- He cambiado de opinión. Voy a vender todas mis tierras.
IAGO.- Marchaos. ¡Adiós! Poned bastante dinero en vuestra bolsa. (Sale Rodrigo.) Así hago siempre de un imbécil mi bolsa. Porque profanaría la experiencia que he adquirido, si gastara mi tiempo con un idiota semejante, a no ser para mi provecho y diversión. Odio al moro y se dice por ahí que ha hecho mi oficio entre mis sábanas. No sé si es cierto; pero yo, por una simple sospecha de esa especie, obraré como si fuera seguro. Tiene una buena opinión de mí; tanto mejor para que mis maquinaciones surtan efecto en él. Cassio es un hombre arrogante... Veamos un poco... Para conseguir su puesto y dar libre vuelo a mi venganza por una doble bellaquería... ¿Cómo? ¿Cómo?... Veamos... El medio consiste en engañar, después de algún tiempo, los oídos de Otelo susurrándole que Cassio es demasiado familiar con su mujer. Cassio tiene una persona y unas maneras agradables para infundir sospechas; tallado para perder a las mujeres. El moro es de naturaleza franca y libre, que juzga honradas a las gentes a poco que lo parezcan y se dejará guiar por la nariz tan fácilmente como los asnos... ¡Ya está! ¡Helo aquí engendrado! ¡El infierno y la noche deben sacar esta monstruosa concepción a la luz del mundo! (Sale.)
Escena Primera
Puerto de mar en Chipre. Una explanada cerca del muelle
Entran MONTANO y dos CABALLEROS
MONTANO.- ¿Qué distinguís desde el cabo en el mar?
CABALLERO PRIMERO.- Nada en absoluto. Las olas están demasiado altas. No logro descubrir una vela entre el cielo y el océano.
MONTANO.- Me parece que el viento ha armado en tierra una batahola. Jamás sacudió nuestras murallas un huracán más fuerte. Si ha braveado tanto sobre el mar, ¿qué cuadernas de roble han podido quedar en sus muescas, cuando las montañas de agua disolvíanse encima? ¿Qué resultará de todo esto para nosotros?
CABALLERO SEGUNDO.- La dispersión de la flota turca, pues no tenéis más que acercaros a la espumosa orilla para ver cómo las olas irritadas semejan lanzarse a las nubes: cómo la ola sacudida por los vientos, con su alta y monstruosa cabellera, parece arrojar agua sobre la constelación de la ardiente Osa y querer extinguir las guardas del Polo, siempre fijo. No he presenciado jamás semejante perturbación en el oleaje colérico.
MONTANO.- Si los de la flota turca no se han guarecido y ensenado, han debido de ahogarse. Es imposible que hayan podido resistir.
Entra un tercer CABALLERO
CABALLERO TERCERO.- ¡Noticias, muchachos! ¡Nuestras guerras se han acabado! ¡Esta tempestad desencadenada zurró tan bien a los turcos, que renuncian a sus proyectos! Una gallarda nave de Venecia ha sido testigo del terrible naufragio y desastre de la mayor parte de su flota.
MONTANO.- ¿Cómo? ¿Es verdad?
CABALLERO SEGUNDO.- Voy allá. (Sale.)
MONTANO.- Pero, buen teniente, ¿se ha casado vuestro general?
CASSIO.- De la manera más feliz. Ha hecho la conquista de una doncella que puede luchar con toda descripción y sobrepuja a toda fama; de una joven que excede los conceptos de las plumas brillantes y que por las galas esenciales de su naturaleza, fatiga la imaginación del artista. -¡Hola! ¿Quién ha entrado en el puerto?
Vuelve a entrar el CABALLERO SEGUNDO
CABALLERO SEGUNDO.- Es un tal Iago, alférez del general.
CASSIO.- Ha hecho la más favorable y rápida travesía. Las tempestades mismas, las mares gruesas, los vientos mugidores, las rocas estriadas y las congregadas arenas, traidores apostados para sorprender las inocentes quillas, como por sentimiento de la belleza, han renunciado a su natural mortífero, para dejar ir con toda seguridad a la divina Desdémona.
MONTANO.- ¿De quién se trata?
CASSIO.- De la que os hablaba, de la capitana de nuestro gran capitán, remitida a la conducción del audaz Iago, cuya llegada aquí avanza con una rapidez de siete días nuestras suposiciones. ¡Gran Júpiter, protege a Otelo e hincha su velamen con tu propio y poderoso aliento, a fin de que honre esta playa con su gallarda nave, que sienta en los brazos de Desdémona las ardientes palpitaciones del amor, que infunda renovado fuego en nuestro extinguido coraje, y traiga consuelo a toda Chipre!...
Entran DESDÉMONA, EMILIA, IAGO, RODRIGO y personas del acompañamiento
CASSIO.- ¡Oh, mirad! ¡Los tesoros de la nave llegan de la ribera! ¡Vosotros, hombres de Chipre, permitid que ella os tenga de rodillas! ¡Salve a ti, dama, y que la gracia del cielo te circuya alrededor y te rodee por todas partes!
DESDÉMONA.- Os lo agradezco, valeroso Cassio. ¿Qué noticias podéis darme de mi señor?
CASSIO.- Todavía no ha llegado; ni sé otra cosa sino que se encuentra bien y estará aquí dentro de poco.
DESDÉMONA.- ¡Oh, temo, no obstante!... ¿Cómo perdió vuestra compañía?
CASSIO.- La gran contienda entre el mar y los cielos nos separó... Pero ¡escuchad! ¡Una vela!
VOCES. (Dentro.) ¡Una vela! ¡Una vela! (Óyense de pronto disparos de artillería.)
CABALLERO SEGUNDO.- Envían sus saludos a la ciudadela. Son también amigos.
CASSIO.- ¡Id por noticias! (Sale el Caballero.) Buen alférez, sed bien venido. (A Emilia.) Sed bien venida, señora. -Buen Iago, no os incomodéis si llevo tan lejos mis maneras; es mi educación la que me impulsa a esta osada muestra de cortesía. (Besa a Emilia.)
IAGO.- Señor, si os regalara con sus labios tanto como me da a menudo con su lengua, ya os bastaría.
DESDÉMONA.-¡Ay! ¡Pero si no habla!
IAGO.- A fe mía, de sobra. Lo noto siempre que me entran ganas de dormir. Pardiez, estoy seguro de que delante de Vuestra Señoría pone un poco su lengua en el corazón y sólo murmura con el pensamiento.
EMILIA.- Tenéis pocos motivos para hablar así.
IAGO.- Vamos, vamos, sois pinturas fuera de casa, cascabeles en vuestros estrados, gatos monteses en vuestras cocinas, santas en vuestras injurias, diablos cuando sois ofendidas, haraganas en la economía doméstica y activas en la cama.
DESDÉMONA.- ¡Oh, vergüenza de ti, calumniador!
IAGO.- No, es la verdad, o soy un turco: os levantáis para vuestros recreos y os vais a la cama para trabajar.
EMILIA.- No os encargaré de escribir mi elogio.
IAGO.- No, no me lo encarguéis.
DESDÉMONA.- ¿Qué escribiríais de mí si tuvierais que hacer mi elogio?
IAGO.- ¡Oh, encantadora dama! No me encarguéis de semejante obra, pues no soy más que un censurón.
DESDÉMONA.- Vamos, prueba. ¿Ha venido alguien al puerto?
IAGO.- Si, señora.
DESDÉMONA.- No estoy alegre. Pero engaño la disposición en que me encuentro, haciendo parecer lo contrario. Veamos, ¿cómo haríais mi elogio?
IAGO.- No pienso en ello; pero, a la verdad, mi inspiración se agarra a mi mollera como la liga a la frisa; sale arrancando sesos y todo. Sin embargo, mi musa está de parto y he aquí lo que da a luz.