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pablo abelardo, Apuntes de Ética

Asignatura: etica, Profesor: Mercè Rius, Carrera: Filosofia, Universidad: UAB

Tipo: Apuntes

2017/2018

Subido el 01/02/2018

smnoelia8711
smnoelia8711 🇪🇸

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b) Análisis e las ideas principales: Este libro posee 27 capítulos y está dividida en dos
partes: La primera (cc.1-17) trata sobre los vicios del alma y el pecado, y la segunda (cc.
17-27) consiste en los remedios para curar la enfermedad del pecado; para después
reconciliarse así con Dios.
. La primera parte (cc.1-17) se basa en determinar la naturaleza de los vicios del alma y del
pecado como enfermedades de esta.
Los vicios: se asientan en el alma y afectan a las costumbres, empujando o disponiendo a la
voluntad hacia pecado. (c.1 y c.2) Los vicios no son pecado, ni mala acción: sino son las
pasiones desenfrenadas. La lucha del hombre contra las pasiones desenfrenadas es la virtud.
El pecado: es ella culpa del alma debida al consentimiento o intención (consensus) del deseo
de ejecutar- si nos fuera posible- acciones que sabemos contrarias a Dios o a su Ley objetiva.
Los son pecados propios únicamente del alma, pues echa sus raíces en el la razón, no en el
cuerpo. (c.6, Pág. 36). El pecado, se da cuando se presta consentimiento a aquello que se sabe
prohibido por Dios, es por ello la única manera de desprecio y ofensa hacia Él. Al ser
omnipotente nada puede dañarlo, solo se le puede despreciar mediante el pecado que mancha
nuestras almas. (c.3)
El pecado será no la acción, sino la intención de ejecutar la acción prohibida por la voluntad
de Dios, que después será juzgada. “Dios juzga la intención o propósito, pero no el resultado
de la obra externa”. (c.7, Pág.40) “La ejecución del pecado no se llama propiamente pecado y
nada añade a la gravedad del mismo” (c. 5, Pág. 33); esto es así porque Dios al castigar una
obra no castiga la obra en sino a la intención. Pero los hombres no tienen en cuenta la
intención, sino la obra que se conoce exteriormente. (c.5, Pág. 35 y c.7, Pág.37) Los hombres
castigan únicamente los actos, el juicio divino se centra en castigar los pecados. Los hombres
tratamos de corregir más los males públicos que los privados, dejando las culpas del alma al
juicio de Dios. (c.7, Pág. 37 y 38).
Se puede ver aquí el fuerte carácter subjetivo de la moral de Abelardo, donde la acción no es
buena o mala en sí, sino que la bondad depende únicamente de la buena intención. (c.11,
Pág.48) La intención es buena cuando coincide con la voluntad divina y, por tanto mala
cuando va contra ella. Sin embargo, si no hay conocimiento de tal voluntad, no puede haber
pecado ni culpa si se cree que se obra de acuerdo con Dios; en conclusión: los infieles pueden
salvarse. Esta parte de la doctrina fue condenada por el Concilio de Sens, pues esto último
implica que: “aquellos que crucificaron a Cristo no pecaron, debido a la ignorancia”. (c.7,
Pág. 52).
2. Tras presentar las “heridas del alma” Abelardo comienza a exponer sus curas, que
consisten en la reconciliación con Él (cc. 17-27). Hay tres maneras de reconciliación con
Dios: “el arrepentimiento, la confesión y la satisfacción”. (c.17, Pág. 69).
En primer lugar esta el arrepentimiento “infructuoso” que es: el dolor del alma por haber
delinquido, fruto del amor a Dios. Mientras que Abelardo también distingue la penitencia
saludable: que consiste en arrepentirse de haber ofendido y despreciado a Dios, esta es la
“penitencia verdadera” y que nos reconcilia al instante con Él. Sin embargo, la penitencia o
arrepentimiento no perdona toda la pena sino tan solo la pena eterna, aun quedan reservadas
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b) Análisis e las ideas principales: Este libro posee 27 capítulos y está dividida en dos partes: La primera (cc.1-17) trata sobre los vicios del alma y el pecado, y la segunda (cc. 17-27) consiste en los remedios para curar la enfermedad del pecado; para después reconciliarse así con Dios.

. La primera parte (cc.1-17) se basa en determinar la naturaleza de los vicios del alma y del pecado como enfermedades de esta. Los vicios: se asientan en el alma y afectan a las costumbres, empujando o disponiendo a la voluntad hacia pecado. (c.1 y c.2) Los vicios no son pecado, ni mala acción: sino son las pasiones desenfrenadas. La lucha del hombre contra las pasiones desenfrenadas es la virtud. El pecado: es ella culpa del alma debida al consentimiento o intención ( consensus ) del deseo de ejecutar- si nos fuera posible- acciones que sabemos contrarias a Dios o a su Ley objetiva. Los son pecados propios únicamente del alma, pues echa sus raíces en el la razón, no en el cuerpo. (c.6, Pág. 36). El pecado, se da cuando se presta consentimiento a aquello que se sabe prohibido por Dios, es por ello la única manera de desprecio y ofensa hacia Él. Al ser omnipotente nada puede dañarlo, solo se le puede despreciar mediante el pecado que mancha nuestras almas. (c.3) El pecado será no la acción, sino la intención de ejecutar la acción prohibida por la voluntad de Dios, que después será juzgada. “Dios juzga la intención o propósito, pero no el resultado de la obra externa”. (c.7, Pág.40) “La ejecución del pecado no se llama propiamente pecado y nada añade a la gravedad del mismo” (c. 5, Pág. 33); esto es así porque Dios al castigar una obra no castiga la obra en sí sino a la intención. Pero los hombres no tienen en cuenta la intención, sino la obra que se conoce exteriormente. (c.5, Pág. 35 y c.7, Pág.37) Los hombres castigan únicamente los actos, el juicio divino se centra en castigar los pecados. Los hombres tratamos de corregir más los males públicos que los privados, dejando las culpas del alma al juicio de Dios. (c.7, Pág. 37 y 38). Se puede ver aquí el fuerte carácter subjetivo de la moral de Abelardo, donde la acción no es buena o mala en sí, sino que la bondad depende únicamente de la buena intención. (c.11, Pág.48) La intención es buena cuando coincide con la voluntad divina y, por tanto mala cuando va contra ella. Sin embargo, si no hay conocimiento de tal voluntad, no puede haber pecado ni culpa si se cree que se obra de acuerdo con Dios; en conclusión: los infieles pueden salvarse. Esta parte de la doctrina fue condenada por el Concilio de Sens, pues esto último implica que: “aquellos que crucificaron a Cristo no pecaron, debido a la ignorancia”. (c.7, Pág. 52). 2. Tras presentar las “heridas del alma” Abelardo comienza a exponer sus curas, que consisten en la reconciliación con Él (cc. 17-27). Hay tres maneras de reconciliación con Dios: “el arrepentimiento, la confesión y la satisfacción”. (c.17, Pág. 69). En primer lugar esta el arrepentimiento “infructuoso” que es: el dolor del alma por haber delinquido, fruto del amor a Dios. Mientras que Abelardo también distingue la penitencia saludable: que consiste en arrepentirse de haber ofendido y despreciado a Dios, esta es la “penitencia verdadera” y que nos reconcilia al instante con Él. Sin embargo, la penitencia o arrepentimiento no perdona toda la pena sino tan solo la pena eterna, aun quedan reservadas

las penas del purgatorio. (c. 19, Pág. 79). Sin embargo, hay un pecado imperdonable , la blasfemia contra el Espíritu Santo: que consiste en negar la posibilidad de perdón de Dios y desconfiar de su bondad, es decir; desconfiar en la efectividad del perdón por la penitencia y la satisfacción. (c.22, Pág. 85 y 86). Abelardo trata después la confesión de los pecados: que se debe hacer ante otros fieles por diferentes razones, la primera porque a quien confesamos nos ayuda con su oración y también porque es una manera de que “Yavé perdone nuestros pecados”. Y como última manera de obtener el perdón queda la satisfacción: donde tras confesar ante un sacerdote este nos impone una penitencia, necesaria para no volver a caer en el pecado, que debe corresponder a la voluntad divina. Sin embargo; Abelardo acaba el libro cuestionando la autoridad de los obispos y sacerdotes, pues estos pueden si no son justos imponer penitencias contrarias a la voluntad divina, lo cual quiere decir que en ellos no está la facultad de desatar los pecados. Esta puesta en cuestión del poder de los obispos sobre los pecados, es con seguridad un factor importante que condicionará la sentencia de Abelardo ante el Concilio de Sens.