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Tipo: Monografías, Ensayos
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2.6) Teorías de la opinión pública^1
2.6.1) Aproximaciones al estudio de la opinión pública
2.6.1.1) Antecedentes históricos
En sus orígenes, la doxa u opinión del vulgo, del populacho, adquiere caracteres eminentemente negativos: la opinión, en la filosofía platónica, es una forma de semi – ignorancia que se opone al saber, a la ciencia filosófica; la opinión se asocia, como categoría, al pueblo, y es vista negativamente. Sin embargo, la opinión del pueblo no carece totalmente de valor, puesto que se hace necesario contar con el público, con sus puntos de vista, para dar validez a una ley determinada, emanada del poder. Se observa la opinión pública como una instancia con la que necesariamente han de contar los gobernantes.
Los gobernantes romanos, los papas y los emperadores del Sacro Imperio apelan constantemente a la opinión pública para apoyar su acción de gobierno; la opinión pública está en el origen de la propaganda política, la vía a través de la
(^1) Para configurar este apartado, que de alguna manera es un resumen de un espectro muy amplio de contribuciones desde muy variados campos, hemos contado con algunos textos fundamentales: para una completa revisión de las distintas teorías de la opinión pública, véase Muñoz-Alonso et alii (1992); para un estudio de la aparición de la opinión pública asociada a la clase burguesa en la Ilustración. Véase Habermas (1997); para un resumen de la evolución del pensamiento político, véase Sabine ( A History of Political Theory , Nueva York, Henry Holt and co., 1936), en la exposición de sistemas políticos, y José Carlos García Fajardo ( Comunicación de masas y pensamiento político , Madrid, Pirámide, 1992), en cuanto a pensadores; para una revisión general de los principales estudiosos de la sociedad, véase Salvador Giner ( Historia del pensamiento social , Barcelona, Ariel, 1994)- También es preciso reseñar que hay muchos autores que desde un ámbito u otro se han acercado al estudio de la opinión pública, que hemos decidido obviar en este apartado por una cuestión de espacio, pero que también tenemos en cuenta en el estudio. Podríamos citar a Edgar Morin ( L’Esprit du temps , Paris, Grasset, 1962), Wright Mills (1956, 1959), Hannah Arendt ( Los orígenes del totalitarismo , Madrid, Taurus, 1998), y por supuesto Max Weber ( Economía y sociedad –dos vols.-, México, Fondo de Cultura Económica, 1983; Historia económica general , México, Fondo de Cultura Económica, 1997) cuyas observaciones están en la base de buena parte de los estudios que aquí analizamos. Otros muchos autores han efectuado acercamientos, de una forma u otra, al estudio de la opinión pública que son relevantes para la investigación. Trataremos de mostrar sus aportaciones a lo largo de este trabajo, si es menester.
cual los poderosos intentan influir en la opinión del vulgo exponiendo sus propuestas y atacando las de los contrarios; las modernas campañas electorales podrían leerse, en este sentido, como un sencillo intento, más o menos institucionalizado, de influir en el vulgo.
Porque la opinión del pueblo, ya en la Edad Media, comienza a adquirir cierta importancia para los gobernantes; el proceso de secularización ya comenzado en los siglos previos al Renacimiento implica una asimilación entre la “opinión del público” y la “opinión divina” ( vox populi, vox Dei) que, en cierto sentido, establece unos límites a la acción de los poderosos; a fin de cuentas, el absolutismo real surge como resultado de la alianza entre los reyes y la opinión pública, representada por la burguesía urbana.
La importancia de esta opinión del vulgo es puesta de relieve en la obra de Nicolás Maquiavelo, El Príncipe^2 , donde el pensador italiano destaca la necesidad de que el buen príncipe tenga en cuenta, al menos en apariencia, la opinión del público, independientemente de que se considere que dicha opinión no reviste apenas valor; entramos en el terreno de las apariencias. Como indica Alejandro Muñoz Alonso:
La opinión no es valorada sino despreciada, pero debe ser tenida en cuenta pues es útil para mantenerse en el poder. Debe destacarse, en todo caso, cómo la idea de reputación , que Maquiavelo utiliza, tiene mucho que ver con la moderna opinión pública y puede considerarse un claro precedente de la misma. Por otra parte, sus reflexiones sobre la apariencia pueden considerarse como un anticipo de los contemporáneos análisis sobre la imagen y su valor y utilidad en política. (1992: 29)
(^2) Manejamos la edición de Alianza Editorial, Madrid, 1992. José Carlos García Fajardo indica, respecto de la revolución (e, incluso, elemento básico) que para la ciencia política supuso esta obra: “Para Maquiavelo el saber político es, por lo pronto, un saber más. El político es un saber pragmático. El sabio político será aquel que sabe mandar. El contenido del saber político no es sino el mando. Y saber mandar no es sino saber ser obedecido con perfección. He aquí el saber político”. (1992: 145)
pública de raíz burguesa se apoyarán bien pronto en los medios de comunicación entonces incipientes, el libro, en primer lugar, y las publicaciones periódicas a continuación (y cada vez en mayor medida en estas últimas); la difusión de escritos en ambos soportes será fuertemente reprimida por los poderes político y religioso, que lo ven –acertadamente- como una instancia debilitadora de su poder. Esta oposición es puesta de relieve por Habermas:
Los ‘capitalistas’, comerciantes, banqueros, editores y manufactureros, pertenecen a una categoría de lo ‘burgués’, que es tan poco ‘burguesa’ en sentido tradicional (habitante del burgo) como el nuevo estamento de los sabios. Esa capa ‘burguesa’ es la verdadera sostenedora del público, el cual es, desde el principio, un público de lectores (...) La autoridad provoca en esa capa, afectada y requerida por la política mercantilista, un eco que permite la toma de consciencia del publicum –el abstracto oponente del poder público-, su autocomprensión como un competidor en el juego, como público de la naciente publicidad burguesa. Una publicidad tal se desarrolla en la medida en que el interés público de la esfera privada de la sociedad burguesa deja de ser percibido exclusivamente por la autoridad, y comienza a ser tomado en consideración como algo propio por los mismos súbditos. (1997: 61)
La opinión pública, en cuando opinión de una clase social determinada, la burguesía, va estrechamente unida al desarrollo de las ciudades a partir de la Baja Edad Media; las ciudades se constituyen como espacios de libertad, ajenos en cierta medida al represor sistema feudal, donde las opiniones y las ideas pueden circular entre el público; la ciudad constituye un espacio público que es también un espacio urbano, representado en los salones, cafés, lugares de reunión de la nueva y pujante clase social en los que se produce el intercambio de opiniones. Cassirer de nuevo indica que
Diderot y los pensadores del círculo de la Enciclopedia se hallan bien convencidos de que puede uno confiarse al progreso de la cultura espiritual y que este progreso, merced a su propia dirección interna y a la ley inmanente a que obedece, producirá por sí mismo la
independientemente de él. El contenido del concepto del derecho no se funda en la esfera del mero poder
nueva forma mejor del orden social. El refinamiento de las costumbres y el ensanchamiento y comunicación de los conocimientos acabará también por cambiar la moralidad y proporcionar un seguro fundamento. Esta fe es tan fuerte que para la mayoría de estos pensadores el concepto de comunidad que buscan y por cuyo fundamento y justificación se empeñan, no sólo coincide con el de sociedad, sino hasta con el de ‘vida social’. En la expresión francesa société juegan constantemente ambas significaciones. Se reclama una filosofía y una ciencia ‘sociables’. No sólo los ideales políticos, sino también los teóricos, éticos y artísticos se forman por y para los salones. (1993: 297)
Las discusiones de la clase burguesa en estos espacios públicos se centran, en el campo de la política, en la necesidad de poner limitaciones al ejercicio del poder, establecer controles que impidan el poder absoluto por parte de unos pocos; y el principal mecanismo de control que se busca es el del llamado “régimen de opinión”. Para ello, es preciso establecer una comunicación entre gobierno y ciudadanos que haga posible que el poder tenga presentes las opiniones de sus representados en su acción política; de otra forma no puede funcionar la opinión pública, sino como expresión de una sociedad civil que ya tiene una identidad separada del Estado. Como indica Hans Speier^4 , la opinión pública “debe ser entendida primariamente como comunicación entre los ciudadanos y su gobierno". (1992: 35) Esta comunicación precisa, para que sea efectiva, la sustitución de los esquemas de poder jerárquico y unidireccionales propios del Antiguo Régimen por un nuevo sistema político, el liberalismo, emanado de la clase social que se constituye en opinión pública, la burguesía, basado en el respeto a las libertades individuales, la limitación y división del poder, que además es sujetado por determinadas instancias de control, etc^5.
y voluntad, sino en la de la pura razón”. (1993: 267) 4 5 Cit. en Muñoz-Alonso^ et alii^ (1992) Y, naturalmente, la libertad de mercado, que está en el origen del celo con que la nueva clase social defiende sus libertades frente al Estado. No en vano, según indica Habermas, “Como hombre privado es el burgués las dos cosas en una: propietario sobre bienes y personas y, al mismo tiempo, hombre entre los hombres, bourgeois y homme. También la publicidad permite observar esa ambivalencia visible en la esfera privada; no se sabe bien si las personas privadas se ponen de acuerdo qua hombres en el raciocinio literario acerca de experiencias de su subjetividad, o bien si las personas privadas se ponen de acuerdo qua propietarios en el raciocinio político acerca de la regulación de su esfera privada (...) la publicidad
Aunque no podemos hablar aún de un público de masas (la sociedad de masas comienza a desarrollarse a partir del siglo XIX), la difusión e importancia de las publicaciones periódicas no hace sino aumentar a lo largo de todo el siglo XVIII, particularmente en Inglaterra, donde bien pronto, como dijimos, se constituye en contrapeso del poder político, mientras en otros países, como Francia, no pueden desprenderse de la dependencia del poder, lo que les confiere un tono oficialista que merma su interés para el público. En Francia (y en España también) los temas de debate de la prensa excluyen demasiado a menudo la política, con lo que la oposición al gobierno absoluto, y por tanto el desarrollo de la opinión pública como tal, se limita a círculos reducidos, pertenecientes a las elites de la sociedad.
El concepto primigenio de opinión como término opuesto a verdad se va degradando, configurándose la “opinión del pueblo” como categoría positiva. Como indica Alejandro Muñoz Alonso:
El concepto de opinión se ve sometido a un doble proceso. En cuanto conocimiento vulgar, no racional, se va degradando, en cuanto opinión individual se va sobrevalorando a medida que se fortalecen los criterios autónomos individuales. (1992: 45)
2.6.1.2) El modelo clásico de la opinión pública
La aparición de la opinión pública como elemento constituyente de la acción de gobierno implica la desaparición del poder ilimitado; a partir de este momento, el Poder será limitado por la acción del público, estableciéndose una división de poderes que emana de Montesquieu y cuyo objetivo fundamental es el de establecer un equilibrio de poder entre los ciudadanos y sus representantes.
Porque el poder ya no se constituye como un elemento divino, es decir, ya no dimana de Dios, sino de los hombres: la concepción medieval según la cual el
poder es concedido a los hombres por la gracia divina y, por tanto, todas sus arbitrariedades están justificadas en cuando el poder en última instancia no corresponde a la sociedad es sustituida por un nuevo modelo de persona, el ciudadano, que ya no es una categoría política pasiva (como lo habían sido los súbditos medievales), sino que es capaz de interactuar con el gobierno en la toma de decisiones.
Sin embargo, en un primer momento el liberalismo limitará el derecho de sufragio, en cuanto base del poder de los ciudadanos, a una parte minoritaria de la sociedad, según criterios de capacidad económica y social que derivan de la concepción burguesa de la opinión pública y que benefician, como es obvio, a esta clase social, que se confunde y representa de forma exclusiva a la opinión pública. La opinión pública, la discusión como base de la toma de decisiones en el sistema político, no deja de ser en un primer momento un correlato de la creencia en la capacidad del mercado, en el plano económico, para autorregularse; la creencia en la bondad natural del hombre, de raíz rousseauniana, a la que se llegará indefectiblemente gracias a la discusión de los asuntos públicos, es una consecuencia de la bondad natural del mercado, su capacidad para repartir los bienes de forma más o menos equitativa, que está en la base del liberalismo. Por ello, a la libertad de expresión comercial, es decir, la posibilidad de ejercer el comercio sin traba alguna, correspondería la libertad de expresión de la clase burguesa como mecanismo de defensa frente a los abusos del poder, que pueden controlarse gracias a la vigilancia del público y la adopción de medidas que el poder, en función de lo que los ciudadanos demanden, ha de tomar.
control del poder y, por tanto, limitar sus abusos^7. La relación entre la opinión pública y el Parlamento podría leerse, indica Baker^8 , como distinción entre la soberanía política, representada en la opinión pública, y la soberanía legal, que reside en el poder legislativo; sin embargo, el propio Baker destaca que la base de cualquier soberanía política, en última instancia, ha de ser legal; es la ley la que oficializa el poder de la opinión.
Otros pensadores, como Hegel, consideraban imposible conciliar el interés particular de los grupos constituyentes del Parlamento, en cuanto representantes “parciales” de la opinión pública, y el interés general del Estado, restando validez, por tanto, a la idea liberal del Estado; sin embargo, para Hegel la opinión pública sí que posee un valor importante, dado que no sólo corresponde al ámbito de la discusión pública, sino que también estaría en el fondo de la “conciencia colectiva” de los ciudadanos. Como subraya Habermas:
Hegel resume su análisis de la opinión pública en la siguiente sentencia: ‘La subjetividad, que como disolución de la estatalidad existente tiene su más externa manifestación en el opinar y el raciocinar –avaladores de la contingencia de ella y por tanto autodestructivos- , tiene su verdadera realidad en su contraria, la subjetividad como idéntica a la voluntad substancial, la cual constituye el concepto del poder principesco’. En el seno del Estado,
(^7) Sobre las relaciones entre política, libertad de información y moralidad pública en Kant, véase esta ilustrativa cita de Habermas: “En la filosofía política de Kant hay dos versiones claramente divisables. La versión oficial sirve a la construcción de un orden cosmopolita que supera la constricción de la naturaleza, orden bajo cuyo presupuesto puede luego la doctrina del derecho derivar las actuaciones políticas de las actuaciones morales: pero aun en una situación de justicia real (...) no significa la política moral sino un actuar recto a partir de la obligación y bajo leyes positivas. El dominio de las leyes es garantizado mediante la notoriedad pública, esto es, mediante una publicidad cuya capacidad de funcionamiento posibilita la base natural de la situación de derecho o de justicia. La otra visión de la filosofía de la historia, la inoficial, parte de que la política ha de urgir a la construcción de una situación de derecho. Para este fin se sirve ella de la construcción de un orden cosmopolita surgido de la constricción de la naturaleza y, especialmente , de la política moral. La política no puede ser exclusivamente entendida de un modo moral, como un actuar según obligación y bajo leyes positivamente existentes, leyes cuya positivización, entendida como fin propio de ese actuar, necesita más bien de la consideración hacia una voluntad colectivamente unificada por la finalidad general del público; a saber: el bienestar. Esa voluntad tiene a su vez que ser preservada por medio de la publicidad. Pero ahora tiene la publicidad que mediar entre política y moral en un sentido específico; en ella ha de aparecer de un modo inteligible la unificación de las finalidades empíricas de todos, la legalidad ha de resultar de la moralidad”. (1997: 147-
alcanza la libertad subjetiva su derecho, como en un juego de palabras, en el sujeto del monarca. (1997: 153)
Sin embargo, está en el interés de este concepto de la opinión pública situarse en el ámbito de la sociedad civil, colisión entre lo público y lo privado de la que surge el proceso de formación de opiniones libres. Siguiendo a Cándido Monzón:
La opinión pública se ubica en la sociedad civil (en la esfera de lo privado y no en la esfera del Estado, como pretendía Hegel) y será en esta privacidad donde deba surgir el raciocinio que, al hacerse público y versar sobre la cosa pública, convertirán sus opiniones en opinión pública. (1996: 65)
Otro elemento problemático de la amplitud de las libertades en el régimen de opinión está en la delimitación entre libertad individual y libertad colectiva, es decir, el respeto a los derechos individuales cuando pueden colisionar con los derechos de la colectividad; a esta cuestión se dedica intensamente el filósofo John Stuart Mill, que si bien no consigue fijar unos límites precisos entre libertad individual y libertad social, sí que parece resaltar en cierta medida la importancia de los derechos colectivos, o la necesidad de edificar una sociedad liberal que sostenga al sistema político liberal, sin reducirlo todo a una cuestión de autonomía individual, con el concepto de propiedad como base. El régimen de opinión, después de todo, no deja de ser un sistema de interactuación de los ciudadanos, autónomos, sí, pero no por ello exentos de ciertas responsabilidades para con el cuerpo social. El bien común, por más que muchas veces pueda erosionar el bien individual, muy a menudo acaba incidiendo positivamente en este último. Mill tiende a primar el interés social en lo que concierne a los actos^9 :
(^8) Cit. en Muñoz-Alonso et alii (1992) (^9) John Stuart Mill, Sobre la libertad , Madrid, Alianza Editorial, 1992.
peligro del régimen de opinión es el de caer el gobierno en manos de una mayoría inculta y desinformada. Para Tocqueville existen dos tendencias en la sociedad moderna, una a la jerarquización que distingue a los mejores, y otra a la igualación, la tendencia de la democracia de masas, en la que se impide el ascenso de los más válidos y la diferenciación; el vulgo se iguala en la mediocridad^11.
James Bryce, por su parte, observando el funcionamiento del régimen de opinión en los EE.UU. ( The American Commonwealth ), define tres estadios sucesivos en la evolución de la opinión pública: en un primer momento, la opinión pública es puramente pasiva y sólo aparece como apoyo secundario de regímenes de corte autoritario; en segundo lugar, la evolución de la opinión pública determina un enfrentamiento entre los gobernantes, de corte absolutista, y una opinión que ya empieza a configurarse como contrapeso de un poder que no quiere trabas de ningún tipo; por último, al triunfo de la opinión pública corresponde la instauración del régimen de opinión, en el que las decisiones son tomadas en función de los deseos expresados a través del voto por esta opinión pública preponderante. En este último estadio, los partidos políticos, las elecciones y la prensa son, según Bryce, los tres pilares sobre los que se asienta el régimen de opinión.
De cualquier manera, Bryce mantiene una postura bastante pesimista sobre el funcionamiento efectivo de la opinión pública en sistemas democráticos; la masa no estaría lo suficientemente educada para conseguir que el régimen de
(^10) Dos vols, Paris, Gallimard, 1996. (^11) Recomendamos el excelente resumen del análisis de Tocqueville que efectúa Salvador Giner. Respecto de estas dos tendencias divergentes apreciadas por el pensador francés, Giner considera que: “Tocqueville ve en el mundo moderno dos tendencias generales, una que lleva al aumento de la libertad y otra hacia la creación de un nuevo modo de despotismo, el despotismo de una sociedad dominada por masas a la vez satisfechas e incultas; queda claro también que nunca creyó que tal sociedad podría existir en términos absolutos”. (1994: 443)
opinión funcione como vigilancia del gobierno, pues es susceptible de ser manipulada por el poder político o los medios de comunicación^12 :
In examining the process by which opinion is formed, we cannot fail to note how small a part of the view which the average man entertains when he goes to vote is really of his own making. His original impression was faint and perhaps shapeless: its present definiteness an strength are mainly due to what he has heard and read. He has been supplied to him from without, and why to think it. Arguments have been supplied to him from without, and controversy has imbedded them in his mind. Although he supposes his view to be his own, he holds it rather because his acquaitances, his newspapers, his party leaders all hold it. His acquaintances do the like. Each man believes and repeats certain phrases, because he thinks that everybody else on his own side believes them, and of what each believes only a small part is his own original impression, the far larger part being the result of the commingling and mutual action and reaction of the impressions of a multitude of individuals, in which the element of pure personal conviction, based on individual thinking, is but small. (1995: 911)
Para Laurence Lowell ( Public Opinión and Popular Government , 1913), la opinion pública debiera considerarse exclusivamente como las opiniones formadas racionalmente y tras una reflexión previa, diferenciándose, por tanto, de las opiniones de tipo digamos superficial, consecuencia de un estímulo más o menos primario de las masas; es una concepción, en este sentido, de tipo elitista,
(^12) Este pesimismo de Bryce prefigura las posteriores críticas a la teoría clásica de la opinión pública por parte del marxismo y la psicología de las masas. Obsérvese este texto del autor irlandés: “This tendency to acquiescence and submission, this sense of the insignificance of individual effort, this belief that the affairs of men are swayed by large forces whose movement may be studied but cannot be turned, I have ventured to call the fatalism of the multitude. It is often confounded with the tyranny of majority, but is at bottom different, though, of course, its existence makes abuses of power by the majority easier, because less apt to be resented. But the fatalistic attitude I have been seeking to describe does not imply any compulsion exerted by the majority. It may rather seem to soften and make less odious such an exercise of their power, may even dispense with that exercise, because it disposes a minority to submit without the need of a command, to renounce spontaneously its own view and fall in with the view which the majority has expressed. In the fatalism of the multitude there is neither legal nor moral compulsion; there is merely a loss of resisting power, a diminished sense of personal responsibility and of the duty to battle for one’s own opinions, such as has been bred in some peoples by the belief in an overmastering fate. It is true that the force to which the citizen of the vast democracy submits is a moral force, not that of an unapproachable Allah, nor of the unchangeable laws of matter. But it is a moral force acting on so vast a scale, and from causes often so obscure, that its effect on the mind of the individual may well be compared with that which religious or scientific fatalism engenders”. (1995: 998 – 999)
de la opinión de unos pocos que manejan a las masas, incapaces de reaccionar frente a los argumentos de los individuos situados en posiciones de poder; el individuo se diluye en la masa de carácter acrítico (concepción negativa de las masas emergente a principios del siglo XX); la visión de las masas como asociaciones de individuos acríticos, incapaces de reaccionar ante los estímulos externos y, por tanto, de constituirse en opinión pública racional, tiene un considerable empuje con los acontecimientos de la Primera Guerra Mundial, donde los gobiernos usaron de forma indiscriminada, y con éxito en la mayoría de los casos, la propaganda política con el fin de manipular a sus ciudadanos (ver Harold D. Laswell^15 : Propaganda Technique in World War , 1927; manejamos la edición de 1971.)
En 1922, Walter Lippmann^16 ( Public Opinion ) destaca las dificultades para configurar una opinión pública de tipo racional, tanto por la reducción de la realidad a estereotipos que realizan los medios de comunicación como la ausencia, en muchos casos, de los problemas políticos como objeto de la atención de la mayor parte de los ciudadanos, preocupados en mayor medida por cuestiones de otro tipo. Max Weber ( Economía y Sociedad , 1922), por último, destaca la irracionalidad de la opinión pública que influye sobre el gobierno, formada por estímulos preparados y dirigidos por los líderes de partido, que provocan una opinión pública irracional, basada en los sentimientos, que no sólo facilita y determina la buena acción de gobierno, sino que la dificulta en gran medida; para Weber, este tipo de opinión pública predominante está
(^15) Laswell también ofrece en otro lugar (Laswell, H., y Kaplan, A., “Public Opinion and the Public”, en Katz et alii (1960)) su propia definición del concepto opinión pública y su funcionamiento, si bien huye de todo tipo de valoración de carácter político: “Public opinion comprises all of the opinions maintained by various parts of the public in question, as well as a specification of the parts having no opinion. When ‘public opinion’ is spoken of in the singular, some one dominant opinion is referred to. The indices by which dominance has been determined must be specified. The dominant opinion is not necessarily the majority opinion ; the opinion of an influential minority may be that which is actually effective”. (1960:
caracterizada por la ausencia de reflexión racional y la manipulación por parte de agentes externos.
2.6.1.3) Críticas al modelo clásico
La aparición de la obra de Lippmann, Public Opinion (1922), el impacto de los nuevos medios de masas, particularmente la radio, y el inicio de la Communication Research con la obra de Laswell Propaganda Technique in the World War (1927) suponen una evolución en el estudio del fenómeno de la opinión pública. Si hasta el momento había sido estudiada como un concepto general, inserto en todos los ámbitos de la sociedad, y se había visto desde una perspectiva más bien histórica y política, ahora se busca realizar un estudio de corte empírico, influido por la psicología de las masas y la aparición de la nueva ciencia de la comunicación, en el que la opinión pública se observa como la suma de opiniones y actitudes de la gente. La opinión pública ya no se observa como el resultado del debate racional entre ciudadanos, sino como la consecuencia, en general negativa, de un nuevo modelo de sociedad: la sociedad de masas. Varias perspectivas van a realizar una revisión del concepto clásico de la opinión pública: el marxismo, la sociología del conocimiento, la psicología de las multitudes y la teoría de la sociedad de masas.
2.6.1.3.1) El planteamiento marxista
Para la teorización marxista, la opinión pública no es el reflejo del sentir de los ciudadanos, sino que es la opinión de una clase social determinada, esto es, existen tantas “opiniones públicas” como clases sociales. Lo que comúnmente se conoce como opinión pública no es sino la opinión impuesta por la clase dominante, la burguesía. La estructura de la sociedad se explica en términos de
de producción; la ideología es un resultado de estas relaciones de alineación del proletario, que, según indica Cándido Monzón, cumple varias funciones^17 :
La ideología (...) es un reflejo , porque no hace sino expresar las condiciones de la existencia material del hombre, el modo de producción. Es una ilusión , porque se utiliza para defender una serie de principios que rayan con la utopía, pero que vienen bien para reforzar los intereses de (la) clase (dominante) (...) Es un arma , porque las clases dominantes no se conforman sólo con dominar, sino de imponer la creencia de la legitimidad de su dominio. A través del control de las diferentes esferas del poder (cultura, educación, leyes, medios de comunicación, etc.) difunden su ideología penetrando fácilmente en los miembros de la clase antagónica (...) Finalmente es una supervivencia , porque ciertas ideas pueden haber penetrado con tal profundidad en el contrario que, aunque desaparezcan las condiciones objetivas que las sustentan, persisten en forma de 'residuos'o 'falsa conciencia'. (1992: 150 - 151)
Marx construye un modelo de la opinión pública basado en la aparición de estas ideologías, las más de las veces formas de una falsa conciencia, en interacción con la lucha de las clases; estas últimas se pueden clasificar según los puntos de vista diacrónico y sincrónico^18.
La opinión pública en la sociedad capitalista no existe como tal, puesto que no es sino un reflejo de los intereses de la clase dominante; los pequeños propietarios autónomos que debaten en condiciones de igualdad frente al poder, como modelo de la opinión pública raciocinante, no tiene sentido, porque estos propietarios son también parte del poder; el capitalismo genera una opinión
(^17) Véase también Tom Campbell ( Siete teorías de la sociedad , Madrid, Cátedra, 1988): “La moralidad y la religión de una sociedad son los medios con los que la clase dirigente mantiene su situación haciendo que se acepte su propia ‘ideología’ como la representación de los intereses de todas las clases, fenómeno que Marx describe como ‘falsa conciencia’, ya que todas las clases creen erróneamente en la objetividad y universalidad de las reglas e ideales que son simplemente la expresión de los intereses de clase (...) La función del Estado no es nada más que la protección violenta de la clase económica dominante. El gobierno es una manifestación y defensa del poder económico”. (1988: 150) 18 Como indica Cándido Monzón: "La burguesía sería la clase dominante, el proletariado, la dominada y ascendente, y la nobleza, la dominada y descendente. Todas estas clases tienen su ideología y, consecuentemente, cualquier fenómeno de opinión pública que se dé en la sociedad guardará algún tipo de relación con las ideologías de las clases en conflicto". (1992: 152)
pública de clase que intenta asimilarse a los intereses de la mayor parte de la población, pero defendiendo los intereses de la burguesía; la opinión pública, por tanto, sería una impostura^19.
El modelo clásico de la opinión pública considera dos tipos de autoridad: la de los ilustrados, que se constituyen en opinión pública, y la de los gobernantes, que interactúan con la sociedad para facilitar la comunicación con los intereses de esta sociedad civil. En el modelo socialista ambos tipos de autoridad se fusionan en la clase social del proletariado, que representa al mismo tiempo al Estado y a la sociedad; por tanto, la opinión pública será la opinión de la mayoría social representada por el proletariado, si bien puede ser función de un sector de este la intepretación correcta de los deseos de la opinión pública; a un nivel ideal, la diferenciación entre Estado y sociedad desaparece, por diluirse el Estado en la sociedad sin clases del proletariado.
Naturalmente, esta visión idílica de la sociedad sin clases plantea problemas inmediatos, que por otro lado han sido puestos de relieve por la experiencia histórica; el concepto de “público privado” enfrentado al poder desaparece, dado que se supone que el poder está en manos del conjunto de la sociedad, totalmente identificada con sus dirigentes. En consecuencia, estos dirigentes podrían (de hecho, pudieron) llevar a cabo una interpretación harto personalista de lo que desea la opinión pública, eliminando todo tipo de debate político ante unas masas que no pueden sino aclamar las acciones con las que, en teoría, están totalmente de acuerdo.
(^19) Una evolución del pensamiento marxista podría ser la representada por Augusto Ponzio (“Poder de la comunicación y comunicación del poder”, en Eutopías Vol. 32 , Valencia, Episteme, 1994), para quien, al igual que otros muchos autores, el mantenimiento del sistema capitalista ha pasado a estar garantizado por los medios de comunicación: “En cualquier forma social la realización, la gestión y la reproducción del poder se verifica a través del control de las estructuras de comunicación. En la fase actual del sistema