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La Familia: El Precio de la Deshonra - Prof. Maite, Ejercicios de Periodismo

Este texto explora la relación complicada entre cinco hermanos y la lucha por el poder y el respeto en una familia. Se trata de karim, el hermano ausente, y abdul, el heredero legítimo, y cómo sus roles se intercambian y se desequilibran. Se analiza la lógica de la autoridad y el poder en la familia, y cómo las hermanas se posicionan en este escenario. El texto también aborda temas como la belleza, la libertad y la manipulación emocional.

Tipo: Ejercicios

2016/2017

Subido el 22/11/2017

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usuario desconocido 🇪🇸

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El precio de la deshonra
Hoy incineran a su hermana y a un posible sobrino; hoy encierran a su hermano, un
presunto asesino.
Karim lleva un buen rato ahí de pie. No dice nada ni nadie le interrumpe el
pensamiento. El fuego aún no ha cesado. Ya casi no queda ni un rastro de ella ni de su
pequeño. Hoy son dos menos.
Ellos son cincos; ellas eran cuatro. De ellos tres son los benjamines y aún no tienen ni
voz ni voto. Es más: son los recaderos, los correveidile, los juguetes, los cojines o
cualquier otra cosa que los mayores quieran que sean. El resto son Abdul su
hermano y él: la cara y la cruz, el blanco y el negro, el día y la noche, la autoridad y
el refugio, el patriarca y el repatriado. Claro, tiene su lógica cuando se sabe que Abdul
es el hermano militar dos días cada cuatro meses y el hermano obrero el resto del año,
quien trae el pan a casa, quien dicta las normas o quien mea las esquinas para marcar su
territorio; mientras Karim es aquel hermano siempre ausente, al que no se le pide nada
porque nunca tiene nada que dar, el que escribe y lee poesía, el que, en cierto modo,
tampoco tiene ni voz ni voto en esto que ellos llaman familia.
Ellas, como ya he dicho, eran cuatro. A cada cual más guapa; a cada cual más guerrera.
Para Karim, qué queréis que os diga, que sean guapas o no se la trae bastante al pairo.
La belleza de una mujer, por muy hermana suya que fuera, nunca le ha dicho nada más
de lo que le diría la belleza de cualquier otra cosa que pueda considerarse bella. En
cambio, que sean guerreras sí le importa y mucho, en un reino donde la mujer que no lo
es nunca pasa de ser propiedad de algún macho alfa: primer del padre, luego del
hermano, luego del marido, luego del hijo y, por último, propiedad del sepulturero.
Su hermano, Abdul, como heredero legítimo del bastón de mando familiar, pronto tuvo
que adaptarse a ello: agravar la voz a la hora de reñir, imponer su criterio a sabiendas
que es erróneo, perfeccionar su mirada asesina, encadenar un cigarrillo tras otro para
ganarse ese punto de macarra, rodearse de buenos compañeros de batalla, aprender a
jugar al mus, ganar siempre en cualquier deporte… Karim, en cambio, sonríe cuando
nadie le ve y sus hermanas hacen lo mismo. El uno y el otro son como los extremos de
un imán.
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El precio de la deshonra

Hoy incineran a su hermana y a un posible sobrino; hoy encierran a su hermano, un presunto asesino.

Karim lleva un buen rato ahí de pie. No dice nada ni nadie le interrumpe el pensamiento. El fuego aún no ha cesado. Ya casi no queda ni un rastro de ella ni de su pequeño. Hoy son dos menos.

Ellos son cincos; ellas eran cuatro. De ellos tres son los benjamines y aún no tienen ni voz ni voto. Es más: son los recaderos, los correveidile, los juguetes, los cojines o cualquier otra cosa que los mayores quieran que sean. El resto son Abdul —su hermano— y él: la cara y la cruz, el blanco y el negro, el día y la noche, la autoridad y el refugio, el patriarca y el repatriado. Claro, tiene su lógica cuando se sabe que Abdul es el hermano militar dos días cada cuatro meses y el hermano obrero el resto del año, quien trae el pan a casa, quien dicta las normas o quien mea las esquinas para marcar su territorio; mientras Karim es aquel hermano siempre ausente, al que no se le pide nada porque nunca tiene nada que dar, el que escribe y lee poesía, el que, en cierto modo, tampoco tiene ni voz ni voto en esto que ellos llaman familia.

Ellas, como ya he dicho, eran cuatro. A cada cual más guapa; a cada cual más guerrera. Para Karim, qué queréis que os diga, que sean guapas o no se la trae bastante al pairo. La belleza de una mujer, por muy hermana suya que fuera, nunca le ha dicho nada más de lo que le diría la belleza de cualquier otra cosa que pueda considerarse bella. En cambio, que sean guerreras sí le importa y mucho, en un reino donde la mujer que no lo es nunca pasa de ser propiedad de algún macho alfa: primer del padre, luego del hermano, luego del marido, luego del hijo y, por último, propiedad del sepulturero.

Su hermano, Abdul, como heredero legítimo del bastón de mando familiar, pronto tuvo que adaptarse a ello: agravar la voz a la hora de reñir, imponer su criterio a sabiendas que es erróneo, perfeccionar su mirada asesina, encadenar un cigarrillo tras otro para ganarse ese punto de macarra, rodearse de buenos compañeros de batalla, aprender a jugar al mus, ganar siempre en cualquier deporte… Karim, en cambio, sonríe cuando nadie le ve y sus hermanas hacen lo mismo. El uno y el otro son como los extremos de un imán.

Donde Abdul impone, Karim consulta; donde hay silencio por la presencia del primero, hay júbilo por la del segundo; donde hay frío en las palabras del discurso de uno, hay calor en las del otro; donde Abdul ve una pelea que hay que ganar, Karim ve un imbécil al que hay que ignorar; donde Abdul ve a una mujer que no se respeta, Karim ve a una mujer libre; donde el patriarca cree establecer su reino, el repatriado ve una plebe con rencor… Y a pesar de no parecernos en nada en absoluto, eran hermanos y mejores amigos. Porque cuando Karim estaba en casa, Abdul era menos Abdul y sus hermanas eran menos plebe y más reinas.

Ellas, por la parte que les toca, eran una suerte de escalera de valores. La una negaba el poder, la otra era nihilista, la mediana fingía obedecer —y lo hacía de fábula— y la pequeña acudía a papá con un sofisticado sistema de manipulación emocional. ¿Qué se les podía reprochar? Nada. El fin, a veces, sí justifica los medios.

«Eres un blando» le decían algunos. «Si no te haces respetar, no serás respetado jamás» le decían otros. Y Karim aguantaba los embistes como un chopo aguanta tempestades, vendaval y huracanes.

Y es que no podía ser más irónica la situación. Porque cuando un zapatero cree conocer sus zapatos, estos recorren caminos que él jamás vislumbrará. Y con los reinos de aquellos que rigen con mano firme y corazón de hierro pasa algo muy similar, que de noche se les escapa la plebe y se reúne con su libertad, y folla y ríe y corre y no obedece absolutamente a nadie. ¿Qué le queda a un rey sin reino?, el destierro, me temo. ¿Qué le queda a un macho alfa sin manada?, el abandono, me temo. ¿Qué le queda a una mujer soltera y embarazada?, la muerte, me temo.

Ella había pasado de ser propiedad de su padre a ser propiedad de Abdul, porque Karim abdicó en él. A ella nadie le preguntó de quién quería ser propiedad —si es que así lo quería. Ella, que tenía un sofisticado sistema de manipulación emocional, bajó la guardia un segundo. Se descuidó una sola vez. Se descuidó y Abdul, que ya era perro viejo en el lugar, supo leer entre costuras.

Cogió su arma imaginaria, vistió sus ropas de gala y salió ayer por la tarde sin decir nada a nadie. Fue donde sabía que estarían, apuntó con el arma a la cabeza de ella y dejó salir su rabia. Luego apuntó al vientre y terminó el trabajo. Se había cobrado la deshonra. Y en un reino como el suyo, el precio siempre es la vida.