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Orientación Universidad
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practica de narrativa, Apuntes de Lenguaje y práctica musical

solo contiene una lectura detallada

Tipo: Apuntes

2020/2021

Subido el 23/07/2025

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isabel-sanchez-6yh 🇵🇪

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SIN TÍTULO
[Sánchez Huamaní, Isabel Victoria]
Tres, dos, o quizás solo fue un mes desde que terminé encerrado en el sótano, un lugar vacío
donde solo habitaban arañas y ratas. Diría que muchas personas me estuvieron buscando;
pero sería solo mentir, después de todo, ¿quien buscaría a un niño huérfano? La asistente de
ese lugar sabía de mi paradero, ella hizo que yo cayera en aquella trampa; gritos y gritos
salían de mi voz muda, al parecer nadie podía ayudarme.
En un día nublado se escuchó la llegada de varios carros alrededor del orfanato, me mantuve
en el mismo lugar al cual fui lanzado hace meses, se oían murmullos, hasta podía sentir que
estaban cerca a la puerta del sótano. Cuando la puerta se abrió y dejó ver a una mujer, una
rata que se encontraba a lado mio huyó, tal vez fue por la luz. Ella se acercó a mí y sin temor
alzó mi cuerpo que estaba tirado, me observó de pies a cabeza y yo solo podía buscar sus
ojos, aquellos que no lograban transmitir nada.
Unos minutos después fui sacado del sótano aún en brazos de la mujer, la cual ahora se
encontraba hablando con un señor. Hablaban de un hospital y una caja, la verdad no entendía
muy bien.
—Al parecer necesita que un doctor lo atienda, no hay nada que nosotros podamos hacer sin
ayuda—dijo aquella mujer al hombre quien traía consigo una cara de preocupación.
—Tal vez si no hubiéramos tardado tanto las cosas serían más sencillas—mencionó el señor
y después sacó una manta para envolverme con ella.
Salimos completamente del orfanato, aunque se me hizo raro no encontrarme con ninguno de
mis amigos al pasar. Mi cuerpo fue pasado a una camilla que dos hombres vestidos de blanco
conducían, luego de aquello ya no pude más y terminé dormido. Al despertar noté que todo
estaba apagado, lo único que iluminaba ese lugar era la luz de afuera, sentí miedo al pensar
que me encontraba en otro sótano, hasta que los dos señores entraron al lugar acompañado de
otro vestido de verde.
—Las cosas resultaron bien y el niño fue dado como muerto—mencionó el hombre de verde.
La verdad no entendí, ¿qué niño murió?, ¿yo morí? Coloqué sutilmente una de mis manos por
mi nariz y en efecto, estaba respirando, yo no estaba muerto. La mujer volvió a tomar mi
cuerpo pero esta vez con una sonrisa en su rostro, fui llevado a otra habitación en donde solo
se encontraba un par de camillas y una caja rectangular en medio, junto a este último estaba
un hombre vestido de plomo haciéndole orificios.
—¿Te tardarás mucho? Los brazos ya me duelen por cargar a este niño—dijo la señora con
una mueca de desagrado.
—Fácilmente puede dejarlo en una de esas camillas, señora—le respondió el hombre sin
quitar su vista de la caja y esta vez apresurando todo.
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SIN TÍTULO

[Sánchez Huamaní, Isabel Victoria] Tres, dos, o quizás solo fue un mes desde que terminé encerrado en el sótano, un lugar vacío donde solo habitaban arañas y ratas. Diría que muchas personas me estuvieron buscando; pero sería solo mentir, después de todo, ¿quien buscaría a un niño huérfano? La asistente de ese lugar sabía de mi paradero, ella hizo que yo cayera en aquella trampa; gritos y gritos salían de mi voz muda, al parecer nadie podía ayudarme. En un día nublado se escuchó la llegada de varios carros alrededor del orfanato, me mantuve en el mismo lugar al cual fui lanzado hace meses, se oían murmullos, hasta podía sentir que estaban cerca a la puerta del sótano. Cuando la puerta se abrió y dejó ver a una mujer, una rata que se encontraba a lado mio huyó, tal vez fue por la luz. Ella se acercó a mí y sin temor alzó mi cuerpo que estaba tirado, me observó de pies a cabeza y yo solo podía buscar sus ojos, aquellos que no lograban transmitir nada. Unos minutos después fui sacado del sótano aún en brazos de la mujer, la cual ahora se encontraba hablando con un señor. Hablaban de un hospital y una caja, la verdad no entendía muy bien. —Al parecer necesita que un doctor lo atienda, no hay nada que nosotros podamos hacer sin ayuda—dijo aquella mujer al hombre quien traía consigo una cara de preocupación. —Tal vez si no hubiéramos tardado tanto las cosas serían más sencillas—mencionó el señor y después sacó una manta para envolverme con ella. Salimos completamente del orfanato, aunque se me hizo raro no encontrarme con ninguno de mis amigos al pasar. Mi cuerpo fue pasado a una camilla que dos hombres vestidos de blanco conducían, luego de aquello ya no pude más y terminé dormido. Al despertar noté que todo estaba apagado, lo único que iluminaba ese lugar era la luz de afuera, sentí miedo al pensar que me encontraba en otro sótano, hasta que los dos señores entraron al lugar acompañado de otro vestido de verde. —Las cosas resultaron bien y el niño fue dado como muerto—mencionó el hombre de verde. La verdad no entendí, ¿qué niño murió?, ¿yo morí? Coloqué sutilmente una de mis manos por mi nariz y en efecto, estaba respirando, yo no estaba muerto. La mujer volvió a tomar mi cuerpo pero esta vez con una sonrisa en su rostro, fui llevado a otra habitación en donde solo se encontraba un par de camillas y una caja rectangular en medio, junto a este último estaba un hombre vestido de plomo haciéndole orificios. —¿Te tardarás mucho? Los brazos ya me duelen por cargar a este niño—dijo la señora con una mueca de desagrado. —Fácilmente puede dejarlo en una de esas camillas, señora—le respondió el hombre sin quitar su vista de la caja y esta vez apresurando todo.

Y las palabras eran ciertas, se notaba en el semblante de la señora que le estaba cansando esta situación pero a la vez también había una chispa de felicidad, era como si yo valiera tanto que no podía dejarme solo. Fue ridículo pensar que tenía valor, después de todo solo era un niño sin familia, un niño sin familia y muerto. No pasó mucho y en un parpadear de ojos ya me encontraba dentro de aquella caja, volví a tener miedo, ¿esta era una situación en donde llegaban a enterrar a las personas vivas? La parte superior de la caja fue cerrada y mi respiración se iba cortando, tal vez habían huecos alrededor pero eso no ayudaba mucho a mi pánico de estar encerrado otra vez. Sin pensarlo golpeé muchas veces la madera, quería que notaran que seguía vivo, sin embargo, nadie iba a ayudarme. Ya no tenía fuerzas, mis manos me dolían y mis ojos se volvían a cerrar. Lo último que sentí fue la caja siendo levantada, después de aquello como si hubiera sido un acto de magia, ya me encontraba en una cama rodeado de juguetes y peluches. Me senté para observar mejor y lo que mayormente divisé fueron varios muñecos alrededor, al parecer me encontraba solo, o eso pensé hasta que por la puerta apareció un chico, no podría decirle señor porque se veía más joven que los otros, vestía un terno negro y portaba una radiante sonrisa como si algo en esa habitación le hiciera feliz. —Por fin te tengo conmigo, no sabes cuánto esperé este momento—dijo aquel joven alzándome de la cama y mirándome—¿No piensas decir nada?—sin querer mis ojos viajaron buscando los suyos, y con ello quise expresarle que era mudo. Él lo entendió y me volvió a dejar en la cama, aún manteniendo su sonrisa se acercó a un lugar lleno de ropa y empezó a sacar un par de estas. Volvió conmigo y sin pedir permiso empezó a desnudarme, me colocó aquellas prendas limpias y salimos de la habitación. Era una casa bastante grande, pero mientras más al fondo ibas las cosas se iban tornando peor. Fue exactamente un pasillo que me dejó con dudas, en cada puerta había insignias de algunos animales; un gato, un perro, un conejo. En la última puerta no había ninguna insignia, el joven la abrió pero no lograba ver nada hasta que la luz fue prendida. Allí se encontraban varias jaulas y dentro de las jaulas había niños, niños como yo o tal vez un poco menores. Sin pensarlo mi mirada se topó con uno de ellos y en sus ojos no había nada, solo eran dos agujeros en su rostro, dos agujeros sin vida. Me alarmé, quizás lo hice muy tarde pero quería salir de ese lugar. Empujé al joven con las pocas fuerzas que tenía mientras que de mis ojos salían lágrimas. No había remedio, estaba perdido. —Calma, ahora este es tu nuevo hogar—dicho eso fui lanzado a una de las jaulas vacías—te recomiendo obedecer sino quieres terminar herido como los otros—luego de eso la puerta fue cerrada, al igual que mis esperanzas.