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Práctica Reportaje., Ejercicios de Periodismo

Asignatura: Proyecto de comunicación en prensa, Profesor: Gobantes Maite, Carrera: Periodismo, Universidad: UniZar

Tipo: Ejercicios

2016/2017

Subido el 22/11/2017

usuario desconocido
usuario desconocido 🇪🇸

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En busca de la dignidad
> La emoción es la clave para que seamos capaces de comprender las realidades
que no son nuestras y que sin embargo están a nuestro alrededor
> Las imágenes como la de Aylan Kurdi yaciendo en la playa no deben ser
ocultas al público
> Europa esconde sus vergüenzas en el fondo del mar Mediterráneo
La ciudad se le queda pequeña; el país también. El continente, el hemisferio y
hasta la vida misma la asfixian. Un día tiene una idea y al siguiente la teme. Al tercero
la idea sigue ahí y al cuarto se convierte en anhelo. Al quinto se la intenta borrar de la
mente y al sexo se compra una maleta nueva; más grande. Al mes la idea cobra sentido
y a los dos convierte a un amigo en cómplice; a los cinco deja el trabajo y a los seis
abandona el país.
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Corría el año 2015. Ni una sola pantalla de ni un solo dispositivo digital
occidental se libró de, al menos, una visita de la imagen de «la vergüenza de Europa».
La muerte había estado campando a sus anchas durante toda la noche, mientras Europa
dormía. Y, al rozar el alba, esa cruel relación que la más de las veces se establece entre
ella y el mar escupió en la arena esa inhumana imagen.
Sí. Exacto. Inhumanidad. Yo soy de ese sector del periodismo que defiende que
el mundo tiene que ver esa clase de imágenes. Tiene que verlas para ser consciente de
que eso pasa. Pasa y le pasa a gente para nada diferente a nosotros. Lo que hizo especial
esa imagen es que era un niño blanco, como lo nuestros; vestido de corto, como los
nuestros; tumbado en la arena, como los nuestros era la misma postura que adopta un
niño en su siesta vespertina—… solo que este no respiraba.
Una mañana de principio del mes de septiembre de ese año Europa se quitó la
venda de los ojos. Pudo ver de la mano de Nilüfer Demi, fotógrafa de la agencia de
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En busca de la dignidad

**> La emoción es la clave para que seamos capaces de comprender las realidades que no son nuestras y que sin embargo están a nuestro alrededor

Las imágenes como la de Aylan Kurdi yaciendo en la playa no deben ser ocultas al público**

> Europa esconde sus vergüenzas en el fondo del mar Mediterráneo

La ciudad se le queda pequeña; el país también. El continente, el hemisferio y hasta la vida misma la asfixian. Un día tiene una idea y al siguiente la teme. Al tercero la idea sigue ahí y al cuarto se convierte en anhelo. Al quinto se la intenta borrar de la mente y al sexo se compra una maleta nueva; más grande. Al mes la idea cobra sentido y a los dos convierte a un amigo en cómplice; a los cinco deja el trabajo y a los seis abandona el país.


Corría el año 2015. Ni una sola pantalla de ni un solo dispositivo digital occidental se libró de, al menos, una visita de la imagen de «la vergüenza de Europa». La muerte había estado campando a sus anchas durante toda la noche, mientras Europa dormía. Y, al rozar el alba, esa cruel relación que la más de las veces se establece entre ella y el mar escupió en la arena esa inhumana imagen.

—Sí. Exacto. Inhumanidad. Yo soy de ese sector del periodismo que defiende que el mundo tiene que ver esa clase de imágenes. Tiene que verlas para ser consciente de que eso pasa. Pasa y le pasa a gente para nada diferente a nosotros. Lo que hizo especial esa imagen es que era un niño blanco, como lo nuestros; vestido de corto, como los nuestros; tumbado en la arena, como los nuestros —era la misma postura que adopta un niño en su siesta vespertina—… solo que este no respiraba.

Una mañana de principio del mes de septiembre de ese año Europa se quitó la venda de los ojos. Pudo ver de la mano de Nilüfer Demi, fotógrafa de la agencia de

noticias turca Dogan, cuál era la realidad en la que vivían los refugiados que llegaban a sus puertas. Bombardeados en su país por —quién sabe a ciencia cierta— su propio gobierno, terroristas del ISIS, “aliados” internacionales, etc.; desalojados de sus hogares y sus seres queridos por el miedo; saqueados en el camino por traficantes de seres humanos con todo a su alcance excepto humanidad; víctimas del derecho de admisión en las puertas de Europa y recibidos con los brazos abiertos por el fondo del mar Mediterráneo.

A María Torres Solanot, fotoperiodista freelance de origen zaragozano, la imagen de la muerte la sorprendió en Budapest.

—Turquía ya no era una barrera para la entrada de inmigrantes sirios a Europa. Grecia, de los pelos con la Comisión Europea, el FMI y BCE, tampoco lo era. Era el turno de la capital Húngara. Ahí habían cerrado la estación; nadie salía hacia ninguna parte. Lo curioso es que ese nadie solo se refiere a quien provinieran de Siria, de Afganistán o de cualquier país vecino. Para los europeos y turistas seguía estando abierta. Yo llevaba varios días por ahí. Hablaba con los pocos refugiados que sabían inglés e intercambiaba impresiones con algún que otro local. En los ojos de los unos se leía el terror y el desasosiego; en los ojos de los otros uno podía encontrar de todo. Había quienes les traían comida y juguetes y se quedaban a alegrarle la mañana, la tarde o la noche a cuantos niños había en el lugar; había a quien solo le faltaba escupir en el rostro inocente de un niño para evidenciar su rechazo.

Mujer. Treinta y pocos años. Dos criaturas bajo el brazo y dinero como para empezar una nueva vida. «Yo era de clase media» le decía a María. A esta se le encogía el alma mientras intentaba no perder la concentración en los juegos que llevaba a cabo con los dos pequeños. En su interior se batían a muerta la rabia y la frustración cuando, por una milésima de segundo, se le cruzaba por la cabeza la idea de que cualquiera de esas dos frágiles criaturas podía llamarse Aylan Kurdi, y estar hoy en una playa turca, boca abajo y sin aliento, en lugar de estar con ella sonriendo en Budapest, a la espera de que salga su tren.


—Seis años son muchos. Una aprende cuanto puede, se arma de valor para el resto del camino y despliega las alas. No fue fácil; nadie podrá jamás decir lo contrario.

En 2016, junto con Pablo Ibáñez y Judith Prat, otros dos fotoperiodistas aragoneses, presentaron en Zaragoza “Todos somos migrantes”, una exposición fotográfica que acercaba al asistente la realidad —mejor dicho “el calvario”— que vivían los refugiados sirios desde que son empujados por las bombas a abandonar su país, hasta su llegada a Francia.

Pablo cogió un día la mochila y se embarcó en esa travesía. Desde las islas griegas, a donde la gente en incontables ocasiones nunca llega a pisar tierra firme, hasta la jungla de Calais —campamento de refugiados provisional cercano a la ciudad francesa de Calais—. Judith aterrizó en el Líbano, y de ahí siguió la otra travesía: la marítima.

Ambos iniciaron la travesía procurando no perderle la pista a nadie que les acompañara en ella. Pero pronto se dieron de morros contra la realidad: la gente muere en las guerras y al intentar esquivarlas. Si esa gente es sin valor muere a un ritmo mucho más rápido.

—La emoción es lo que nos une. Lo que pretendo es que la empatía queme a quien vea mis imágenes. Tiene que sentir como suyo ese dolor, tiene que rechazar todo lo que tenga que ver con guerras o con violencia. Solo así podremos cambiar la realidad que nos rodea.

María, por su parte, aterrizó directamente en Atenas y de ahí se dirigió a Lesbos. La isla griega supuso para ella el colofón del conflicto sirio y la vergüenza que siente un europeo con el continente donde nació y creció.


Hay aproximadamente 16 kilómetros de distancia entre Lesbos y las costas de Turquía. Sin embargo son los 16 kilómetros más largos de la historia de un refugiado. Llegar a Turquí esquivando las bombas, los terroristas y el ejército nacional sirio se convierte en una mera anécdota para cualquiera procedente de oriente próximo cuando se tiene que enfrentar al mar.

Barcazas, botes, buques viejos y oxidados, barcos de pesca de madera… cualquier cosa sirve para que el más listo del colegio le saque tajada. Y así, en un bote de salvamento donde caben diez personas, se atocinan veinte a miles de euros la plaza. Y así, y sin escrúpulos, una bota con aroma a pescado podrido empuja el bote de noche y desaparece en la sombra. Y cuando sale el sol, al otro lado del charco, María se encuentra con un botecito acercándose a la orilla. A bordo, apenas cinco personas. El resto es —y son— historia.

En enero del año que maría partió a Lesbos, llegaron a sus costas más de setecientas personas. En febrero, alrededor de mil. En marzo fueron más de tres mil. En

abril rozaron los cinco mil. En mayo superaron los siete mil... El ritmo crecía casi exponencialmente. Pero, ¿cuantos se quedaban por el camino? Nadie podría cuantificar con exactitud cuántos Aylan Kurdi se quedaron por el camino aquel annus horribilis que fue 2015.

Un activista y bloguera graba y difunde vídeo en internet de la situación en Siria; guerra, hambruna y muerte. A ratos hace las veces de traductor para la prensa extranjera; a ratos lo ha de periodista para sus mismo paisano. Su situación se agrava cuando su mismo gobierno empieza a considerarlo una amenaza. Logra un mínimo de anonimato, acepta que se abuse de su desesperación en las fronteras, presiona bien fuerte a su familia contra sí y desembarca en Lesbos. María se lo encuentra y él, como si la hubiera estado buscando, le cuenta, como quien charla con un amigo de toda la vida, todo cuanto había dejado de vivir desde Siria hasta ahí. Solo pide que no se muestre su rostro, por si luego le represalian. Adil, se hace llamar.

Otro, por un soplo de aire fresco que traía consigo una suerte que nadie se imaginó jamás —mucho menos el mismo Osama—, es a día de hoy entrenador en el Club de Fútbol de Getafe. Dos hijos viven con él; su mujer y el resto de sus hijos siguen esperando en Turquí una más que improbable «reunificación familiar». Los Balcanes, Hungría, el frío, la desesperación, el miedo, la familia lejos y dividida y un nudo en la garganta cada vez que tiene que recordar su realidad. «A veces consigo olvidar» le confiesa a María.

El último de los despojados de su libertad que se ha cruzado en el camino de una luchadora por los derechos humanos como es María es Kossi Siméon. Es un asilado Togolés. «Todo es muy surrealista» sonríe ante la cámara. «Yo era periodista en mi país. Trabajaba para una revista hasta que mataron a mi jefe. Escribí un artículo donde

desmontaba la versión oficial del gobierno y empecé a recibir amenaza. Iba a correr la misma suerte que mi jefe. Así que me marché. Me refugié aquí, en España, lejos. Rezando para que nunca me encuentren».


—Hola, buenas tardes. Me llamo Ibrahim. Soy estudiante de periodismo y llamo preguntando por María Torres-Solanot.

—María hoy no está. Está de viaje.