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ejercicios resueltos prácticas sintaxis ii
Tipo: Ejercicios
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Paseándose un día junto a un bosquecillo, Zadig vio venir corriendo un caballerizo de la reina, acompañado de varios empleados de palacio: todos parecían llenos de zozobra, y corrían a todas partes como locos que andan buscando lo más precioso que han perdido. “¿Habéis visto al perro de la reina?”, le dijeron. “Es perra, que no perro. Es una perra fina muy chiquita – respondió Zadig- que ha parido hace poco. Es coja del pie izquierdo delantero, y que tiene las orejas muy largas”. “Es tal y como la defines. ¿Dónde la habéis visto”, dijeron preocupados los sirvientes de la reina. “No, ni la he visto, ni sabía que la reina tuviese perra ninguna”, sentenció Zadig-. (…) Explicó Zadig: “El suceso ha sido como voy a contar. Andaba paseando por el bosquecillo donde luego encontré al caballerizo mayor. Observé en la arena las huellas de un animal, y fácilmente conocí que era un perro chico. Unos surcos largos y ligeros, impresos en montoncillos de arena entre las huellas de las patas, me dieron a conocer que era una perra, y que le colgaba la tripa, de donde colegí que había parido hacía pocos días. Otros vestigios en otra dirección, que se dejaban ver siempre al ras de la arena al lado de los pies delanteros, me demostraron que tenia las orejas largas; y como las pisadas del un pie eran menos hondas en la arena que las de los otros tres, saqué por consecuencia que era algo coja la perra de nuestra augusta reina (VOLTAIRE, El perro y el caballo ). Pero al presente toda esta gloria de las prisiones me molestaba; cuanto más leía en el alma de estos criminales más se descubrían ante mis ojos y yo me sentía llevado a condenar a la sociedad que nutría a semejante gentuza. Ya no experimentaba ese sentimiento de comunidad en la desgracia que antes me había inspirado; crueles experiencias y la madurez de la edad me habían revelado la necesidad de distinguirme de ese pueblo de bandidos, de quien despreciaba las ayudas y su abominable lenguaje. Decidido a tomar partido contra ellos, no importándome lo que pudiese ocurrir, le escribí al señor Henry [la policía] para ofrecerle nuevamente mis servicios, sin otra condición que la de no ser enviado a galeras, resignándome a completar mi tiempo en cualquier prisión. Mi carta indicaba con tanta precisión las informaciones que yo podía proporcionarle que el señor Henry quedó sorprendido. Pero había algo que lo detenía: era el ejemplo de numerosos detenidos y condenados que, luego de haberse comprometido a guiar a la policía en sus investigaciones, solo le habían dado a la policía informaciones insignificantes… (VIDOCQ, Memorias )