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Psicobiologia tema 14, Apuntes de Psicobiología

Asignatura: Psicobiologia, Profesor: , Carrera: Psicología, Universidad: UDIMA

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 16/04/2014

patatita69
patatita69 🇪🇸

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TEMA 14
La Sociedad
Psicológica
Trabajadoras montando repetidores telefónicos en la fábrica Hawthome, de la Western
Electric Company. Tras las Primera Guerra Mundial, la psicología aplicada ganó
importancia rápidamente, a medida que los psicólogos iban intentando solucionar los
numerosos problemas provocados por la urbanización y la industrialización. Uno de
los problemas consistía en adaptar a los trabajadores al repetitivo trabajo industrial y
aumentar su productividad. La fábrica Hawthorne fue la sede del estudio más
conocido de adaptación humana al trabajo, lugar del descubrimiento de lo que se
denomina «el efecto Hawthorne>>.
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TEMA 14

La Sociedad

Psicológica

Trabajadoras montando repetidores telefónicos en la fábrica Hawthome, de la Western Electric Company. Tras las Primera Guerra Mundial, la psicología aplicada ganó importancia rápidamente, a medida que los psicólogos iban intentando solucionar los numerosos problemas provocados por la urbanización y la industrialización. Uno de los problemas consistía en adaptar a los trabajadores al repetitivo trabajo industrial y aumentar su productividad. La fábrica Hawthorne fue la sede del estudio más conocido de adaptación humana al trabajo, lugar del descubrimiento de lo que se denomina «el efecto Hawthorne>>.

EL DESARROLLO DE LA SOCIEDAD PSICOLÓGICA

La psicología profesional en los años cincuenta

Los psicólogos estadounidenses entraron en la década de los cincuenta con una confianza en el futuro compartida por el resto de sus compatriotas -hay que decir que, en los cincuenta, la p sicología ya era una ciencia estadounidense (Reisman, 1966)-. La guerra había terminado, la depresión de 1929 no era más que un desagradable recuerdo, y la economía y la población vivían una época de prosperidad. Para Fillmore Sanford, secretario de la A.P.A., el futuro de la psicología estaba en la psicología profesional, y era un futuro deslumbrante porque había empezado una nueva era, la «era del hombre p sicológico>>: Nuestra sociedad parece voluntariamente dispuesta a adoptar formas psicológicas de pensamiento, así como los resultados de la investigación psicológica. El pueblo estadounidense parece necesitar consciente e imperiosamente el tipo de servicios profesionales que los psicólogos están preparados para prestar. ... Ya hemos entrado en la era psicológica y los psicólogos deben aceptar la responsabilidad no sólo de haber anunciado su llegada, sino también de orientar su curso futuro. Nos guste o no, la sociedad tiende cada vez más a pensar en términos de conceptos y métodos creados y fomentados por los psicólogos. Y nos guste o no, los psicólogos seguirán siendo un factor trascendental en la toma de decisiones sociales y en la estructuración de nuestra cultura (1951, p. 74). Sanford alegaba que los psicólogos tenían ante sí una oportunidad sin precedentes de «crear una profesión nunca v ista, ni en forma ni en contenido... la primera profesión deliberadamente diseñada de toda la historia». El optimismo de Sanford estaba totalmente justificado. Los miembros de la A.P.A. pasaron de 7.250 en 1 950 a 1 6.644 en 1 959. El crecimiento se produjo más rápidamente en las secciones de psicología aplicada, y los psicólogos diseñaron su profesión deliberadamente, como esperaba Sanford, a través de comisiones diversas creadas en el seno de la A.P.A. A pesar de las escaramuzas con la otra A.P.A., la de los psiquiatras (American Psychiatric Association) , que se resistía a abandonar su monopolio sobre el cuidado de la salud mental y se oponía al reconocimiento legal de la psicología clínica, los distintos estados comenzaron a aprobar leyes para regular los títulos académicos y las licencias para el ejercicio profesional de la p sicología aplicada, especialmente en el campo de la p sicología clínica y de la orientación psicológica, lo que los definía legalmente como tales y los reconocía como legítimos profesionales (Reisman, 1 966). La psicología prosperó en la industria al mismo ritmo que ésta; los empresarios admitieron que «no necesitaban "cambiar la naturaleza humana", sino sólo saber cómo controlarla, y hacerlo» ( B aritz, 1 960). Comenzaron a aparecer regularmente artículos sobre p sicología en diversas publicaciones, en los que se solía explicar cómo distinguir a los verdaderos psicólogos clínicos de los impostores. Los psicólogos

intenciones personales controlan la conducta. Esperaba que la psicología diese con modos sistemáticos de conocer la experiencia personal de otros porque así la terap ia mejoraría considerablemente. Rogers alegaba que el conductismo no era más que una visión parcial y deforme de la naturaleza humana que se limitaba al modo de conocimiento objetivo y entendía a los seres humanos como objetos manipulables y controlables, y no como sujetos con experiencias. Según Rogers, el conductismo había cometido el pecado kantiano de tratar a las personas como cosas sin libertad en lugar de como agentes morales. En clara contraposición con Skinner, Rogers hizo hincapié en la libertad experimentada por cada persona, rechazando la concepción puramente física de causalidad mantenida por aquél. Rogers afirmó (1964) que «La experiencia de elegir, de la libertad de elección, no es sólo una gran verdad, sino también un elemento importante en la terapia». Como científico, aceptó el determinismo, pero como terapeuta aceptó la libertad: ambos «existen en dimensiones diferentes» (p. 135 ; transcripción parcial de un debate). Abraham Maslow fue el más destacado teórico y organizador de la psicología humanista. Comenzó como p sicólogo animal y experimental, pero más tarde se interesó por el problema de la creatividad en el arte y en las ciencias. Estudió a personas creativas y concluyó que actuaban siguiendo necesidades latentes e insatisfechas en el resto de las personas. Maslow denominó a estas personas «autorrealizadoras» porque actualizan -hacen realidad- sus capacidades creativas, a diferencia de la gran mayoría, que sólo trabaja para satisfacer sus necesidades animales de alimento, cobijo y seguridad. Para Maslow los genios creadores no eran seres humanos excepcionales, ya que todos poseemos talentos creativos latentes que podrían llevarse a la práctica si no fuese por las inhibiciones impuestas socialmente. Las ideas de Maslow y Rogers coincidían en procurar que las personas abandonasen lo que consideraban rutinas psicológicas cómodas, pero embrutecedoras. Uno de los principales objetivos de la psicología humanista era ayudar a las personas a desarrollar todo su potencial como seres humanos. Así, aunque en ocasiones la psicología humanista parecía suponer una crítica a la modernidad, en realidad compartía la tendencia del pensamiento moderno a entender al individuo como el único ser capaz de definir valores, despreciando el papel de la tradición y de la religión. En 1954 Maslow creó una lista de correo para todas aquellas «personas interesadas en el estudio científico de la creativ idad, el amor, los valores superiores, la autonomía, el crecimiento, la autorrealización, la satisfacción de las necesidades básicas, etc.» (citado por Sutich y Vich, 1969, p. 6). El número de personas de la lista aumentó rápidamente, y en 1 957 ya era ev idente que el mov imiento humanista necesitaba más medios formales de comunicación y organización. Maslow y sus seguidores lanzaron la publicación Journal of Humanistic Psychology en 1961 , y en 1963 fundaron la Asociación de Psicólogos Humanistas (Association for Humanistic Psychology). Los psicólogos humanistas creían, como los humanistas de la Grecia clásica, que «los valores que han de guiar la acción humana se deben encontrar dentro de la naturaleza humana y de la propia realidad natural » (Maslow, 1973, p. 4). Sin embargo, no podían aceptar los valores naturalistas de los conductistas, que trataban a los seres humanos como objetos, sin apreciar su subjetiv idad, su conciencia y su libre albedrío. Según los p sicólogos humanistas, los

conductistas no estaban equivocados sino más bien desorientados. Los conductistas aplicaban un modo de conocimiento de los seres humanos perfectamente válido --el modo objetivo de Rogers- peró con él sólo podían ser conocidos parcialmente. Lo que consternaba a los humanistas era el hecho de que los conductistas rechazasen la voluntad, el libre albedrío y la autonomía del ser humano. Mientras que Hull: «poco menos que un santo del período previo a la ruptura en p sicología [es decir, el período prehumanista]» consideraba a los seres humanos como robots, los p sicólogos humanistas proclamaban: «El hombre es consciente... El hombre es capaz de elegir... El hombre es intencional» (Bugental, 1964, p. 36). Los p sicólogos humanistas, por l o tanto, n o pretendían acabar con los conductistas n i con los p sicoanalistas, sino construir sobre sus errores e ir más allá de ellos «Interpreto que esta tercera psicología [la humanista] engloba las psicologías primera y segunda ... Soy freudiano, soy conductista y soy humanista» (Maslow, 1973, p. 4). Así, aunque la psicología humanista ofrecía una crítica y una alternativa al conductismo, aún aspiraba a vivir en el espíritu ecléctico de los años cincuenta. Y aunque pensaba que el conductismo era limitado, también pensaba que era válido en su terreno, por lo que sólo aspiraba a comp letarlo añadiéndole la conciencia, con el objetivo de perfeccionar el panorama científico.

La <<revolución>>social de los años sesenta

En medio de la sensación de prosperidad y bienestar general de los años cincuenta existía una corriente inquietante, limitada pero creciente, que fue apenas percibida dentro de la psicología pero que sí se dejó sentir en la cultura estadounidense: un descontento general hacia los valores, las actitudes y la ética de la adaptación. Robert Creegan (1953) escribió en American Psychologist que «la función de la psicología es criticar y mejorar el orden social, en lugar de hacer que se adapte pasivamente y esperar a que engorde». El sociólogo C. Wright Milis condenó la aplicación de la psicología al control social de la industria, en el que, «en un movimiento desde la autoridad hacia la manipulación, el poder pasa de lo visible a lo invisible, de lo conocido a lo anónimo. Y con criterios crecientemente materialistas, la explotación se vuelve menos material y más p sicológica» (Bariz, 1960). El p sicoanalista Robert Lindner (1953) criticó la idea del ajuste o adaptación por considerarla una «mentira» peligrosa que había reducido a los seres humanos a un estado «lamentable» y había amenazado con «enviar a la especie a las tinieblas de la evolución». Lindner culpaba a la p siquiatría y a la p sicología clínica de preservar el mito de la adaptación al considerar a los neuróticos y a otros seres infelices como «enfermos», mientras que en realidad, según Lindner, lo que les pasa es que experimentan una rebelión saludable, aunque mal dirigida, contra la sofocante cultura del conformismo. El objetivo de la terapia no debería ser adecuar al paciente a una sociedad enferma, sino trabajar «para transformar la protesta y la rebelión negativa del paciente en una expresión positiva del impulso de rebelión>). Fuera de la p sicología la rebelión contra la adaptación estaba más extendida, e iba in crescendo. En sociología, los libros The Lonely Crowd [La muchedumbre solitaria] (1950), de David Riesman, y The Organization Man [El hombre organización] (1956) , de William H. Whyte, analizaron y criticaron minuciosamente la cultura estadounidense del conformismo. En política,

desencadenarlas, del mismo modo Szasz afirmaba que cuando alguna conducta nos parece molesta, pensamos que el fantasma debe de estar enfermo e inventamos el concepto (erróneo) de las enfermedades mentales. «A aquellos que sufren a consecuencia de su propia conducta y que se quejan de ella se los suele calificar de "neuróticos"; y a aquellos que hacen sufrir a otros con su conducta se los suele calificar de "psicóticos")) , Así, según Szasz, «la enfermedád mental no es algo que uno tiene [no existe ningún fantasma enfermo] , sino que es algo que uno hace o es)) (1960b, p. 267). Szasz pensaba que la creencia en enfermedades mentales había acarreado consecuencias fatídicas. Para empezar, los diagnósticos p siquiátricos eran como etiquetas estigmatizadoras que imitaban las categorías de las enfermedades físicas pero que, en realidad, sólo servían para otorgar poder político a los psiquiatras y a sus aliados en el campo de la salud mental. A las personas clasificadas como «enfermos mentales» se les privaba de libertad y se las encerraba durante períodos de tiempo indeterminados, a pesar de no haber cometido delito alguno. En su encierro se les suministraban medicinas en contra de su voluntad, algo que no se hacía ni en la cárcel a los delincuentes más peligrosos: «No existe ninguna justificación médica, moral ni legal para las intervenciones psiquiátricas sin consentimiento. Se trata de crímenes contra la humanidad» (p. 268). Con esta opinión tan libertaria, Szasz argumentaba que el concepto de enfermedad mental socava la libertad humana, la creencia en la responsabilidad moral y las nociones legales de culpabilidad o inocencia que se derivan de ellas. En lugar de tratar a un ser humano que ha cometido un delito o un crimen como a un agente responsable, lo tratamos como un objeto enfermo y sin voluntad. El mito de la enfermedad mental es una conspiración de la bondad, es decir, de nuestro deseo de exculpar y ayudar a quien ha obrado mal. Esta conspiración ha tenido como consecuencia que las personas diagnosticadas como «enfermas mentales », y por lo tanto consideradas no responsables de sus actos, acepten en casi todos los casos su propia supuesta indefensión y dejen de verse a sí mismas como agentes moralmente libres. Y por extensión, si la ciencia afirma que los actos están predeterminados y fuera del control voluntario, se dejará de creer en la libertad y en la responsabilidad moral. Por tanto, el mito de la enfermedad mental afecta al núcleo mismo de la civilización occidental, comprometida como está con la libertad humana y con la responsabilidad por las acciones personales. Szasz no dijo que todo lo que se denominaba «enfermedad mental» fuese una ficción, sino que el concepto de enfermedad mental en sí mismo era una ficción o, más exactamente, una construcción social, como lo fue la histeria en el siglo XIX (véase el Capítulo 8). Evidentemente, el cerebro podía contraer enfermedades y provocar pensamientos extraños y una conducta antisocial, pero en esos casos no se trata en absoluto de enfermedades mentales, sino de auténticas enfermedades orgánicas. Szasz mantenía que casi todo lo que recibe el nombre de enfermedad mental es en realidad un «problema vital» y no una enfermedad verdadera. Los problemas vitales son muy reales, por supuesto, y una persona afligida por ellos puede necesitar ayuda profesional para solucionarlos. Por tanto, la p siquiatría y la p sicología clínica sí son para Szasz profesiones legítimas: «La p sicoterapia es un método eficaz para ayudar a los demás, no para ayudarles a recuperarse de una enfermedad, sino más bien para ayudarles a que se conozcan a sí mismos, a los demás y la vida» (Szasz, 1 960a, pp. XV-XVI). Szasz concluyó que desde un punto de vista médico la psiquiatría es

una «pseudociencia», pero desde un punto de vista educativo se trata de una vocación respetable. Las ideas de Szasz fueron y siguen siendo muy controvertidas. Para los psiquiatras ortodoxos y para los psicólogos clínicos Szasz no era más que un peligroso hereje, cuyas «filosofías nihilistas y crueles tenían buena aceptación pero lo único que ofrecían era una justificación para abandonar» a los enfermos mentales (Penn, 1985). Sin embargo, para otros sus ideas resultaban atractivas porque ofrecían una concepción alternativa del sufrimiento humano que no convierte necesariamente a un sujeto en un paciente. Szasz y sus seguidores del «movimiento antipsiquiátrico», como se les llamaba en ocasiones, ganaron algunos procesos legales en los que se juzgaba la reclusión de pacientes en hospitales psiquiátricos contra su voluntad. En numerosos estados de Estados Unidos estas situaciones están ahora protegidas por garantías legales y ya no es p osible internar a nadie en una institución mental basándose sólo en la opinión de un único p iquiarrn.. ocurría en los sesenta, cuando Szasz escribía. Además, en los años sesenta un gran número de enfermo mentales fu e liberado de los p siquiátricos debido a que tales instituciones llegaron a ser consideradas como cárceles en las que se retenía a personas injustamente, en lugar de como hospitales en los que se protegía y cuidaba a enfermos mentales.

La psicología humanista y la crítica a la adaptación

Una parte de la antipsiquiatría constituía un rechazo integral de la teoría de la adaptación. Los pacientes mentales no eran enfermos, sino que rechazaban formar parte de una sociedad enferma y se los encerraba por su coraje. A medida que la sociedad estadounidense de los años sesenta se volvía más agitada por la lucha de los derechos civiles, los disturbios callejeros, la delincuencia, y sobre todo, por la guerra de Vietnam y toda la polémica que la rodeaba, cada vez más estadounidenses rechazaban el valor de la adaptación -el conformismo-. Las raíces de este descontento estaban en los cincuenta, como hemos visto, pero fue en los sesenta cuando toda la crítica contra el conformismo afloró y se propagó. En las ciencias sociales, por ejemplo, Snell y Gall J. Putney arremetieron contra el conformismo en The Adjusted Ame rica: Normal Neuroses in the Individual and Society [La América adaptada: las neurosis normales en los individuos y la sociedad] (1964). En El malestar de la cultura Freud había argumentado que las personas civilizadas son necesar iamente un poco neuróticas, precio p sicológico que se paga por la civilización, de modo que el psicoanálisis no podía hacer más que reducir las neurosis a una simple infelicidad. Según Putney y Putney, sin embargo, las «neurosis normales» no son simple infelicidad, sino que son neurosis reales, y por tanto pueden y deben ser curadas. Los Putney afirmaban que todos los estadounidenses adaptados habían aprendido a ceñirse a un patrón cultural que disfrazaba sus verdaderas necesidades. Como «la normalidad es el tipo de enfermedad, trauma o atrofia que todos compartimos, no la percibimos» (Maslow, 1973). Así, los estadounidenses adaptados ignoran sus anhelos más profundos e intentan satisfacer las necesidades que se les han inculcado a través de la cultura en lugar de satisfacer sus verdaderas necesidades, por lo que sienten frustración y ansiedad constantes. Los Putney rechazaron el valor de la adaptación,

expresión libre, privada y emocional sólo se permitía en los círculos más íntimos, y sólo dentro de los límites fijados culturalmente. En cambio los psicólogos humanistas contraponían la autenticidad a los buenos modales, enseñando que el control emocional y la expresión emocional engañosa -la falsedad, como decía Maslow- eran males p sicológicos y que, por lo tanto, las personas debían ser abiertas, francas y honestas entre sí , desnudando sus almas como harían con el p sicoterapeuta. Consideraban la hipocresía como un pecado y definían el ideal de la vida por la psicoterapia: la persona buena (Maslow, 1973) no se está turbada por sus complejos, sino que experimenta sus emociones con profundidad y comparte libremente sus sentimientos con los demás. Los psicólogos humanistas dejaron muy claro que estaban en guerra con la civilización occidental y que intentaban llevar a cabo una revolución no sólo p sicológica, sino también moral. Maslow (1967) denunciaba «el tipo de falsedad más común en el que todos participamos» utilizando como el ejemplo las fórmulas de cortesía en torno a las bebidas en una fiesta, y afirmaba que «para las buenas personas, la lengua inglesa está corrompida». Rogers ( 1 968) acabó un artículo sobre relaciones interpersonales, «lnterpersonal Relationships: U.S.A. 2000» [Relaciones interpersonales: EE.UU. 2000] , citando la «nueva moralidad de los estudiantes » propugnada por el Antioch College: « [Negamos que] las formas no afectivas de interacción social, determinadas por las reglas de urbanidad, constituyan un patrón aceptable para las relaciones humanas». Evidentemente, las ideas de Rogers no eran nuevas en la civilización occidental. Valorar los sentimientos y emociones, confiar en la intuición y cuestionar la autoridad de la razón era algo que ya habían hecho los románticos, los místicos cristianos y los cínicos y escépticos de la época helenística. Pero Rogers, Maslow y los demás humanistas expresaban esas mismas ideas en el contexto de una ciencia, la psicología, y lo hicieron apelando a la propia autoridad de la ciencia. La prescripción de la ataraxia (sentir y compartir) que hacían los p sicólogos humanistas ya se había aplicado en la Grecia helení stica. A medida que aumentaban los problemas de la civilización, muchas personas se sintieron incapaces de enfrentarse a la vida cotidiana, y como había ocurrido en la época helení stica, buscaban nuevas formas de felicidad fuera de los límites de la cultura. La psicología humanista, producto moderno de la academia, abogaba por una forma de escepticismo igualmente moderno. Maslow describía así la «cognición inocente» de los autorrealizadores: Si uno no espera nada, si uno carece de expectativas o temores, si no hay futuro ... no puede haber sorpresas ni decepciones. Ambas tienen las mismas posibilidades ... Sin previsión no hay preocupaciones, ni ansiedad, ni expectativas, ni premoniciones ... Todo esto está relacionado con mi concepción de la personalidad creadora como perteneciente a una persona que vive aquí y ahora, que vive la vida sin futuro y sin pasado (1962, p. 67). En este párrafo, Maslow captura la receta de la ataraxia de los escépticos helenísticos: no hacer generalizaciones y, así, no inquietarse por lo que ocurre. Los autorrealizadores, al igual que los antiguos escépticos, aceptan lo que viene sin preocupación, se dejan llevar sin problemas por el constante flujo de cambios de la vida moderna estadounidense. Los hippies fueron una manifestación mucho más visible del nuevo helenismo. Como los antiguos cínicos, abandonaron la sociedad convencional que despreciaban y rechazaban. Al igual que los psicólogos humanistas, estaban en guerra con su cultura, desconfiaban de la razón y valoraban los sentimientos, pero

llevaron más lejos su anti-intelectualismo y su desprecio por las costumbres, intentando llevar sus vidas como flujos heraclíteos de sentimiento, libres del intelecto y las costumbres. El movimiento hippie comenzó en torno a 1964 y pronto se convirtió en una poderosa fuerza cultural, descrita bien como «una señal de alerta para el estilo de vida estadounidense», o bien como «una tranquilidad, un interés, algo positivo» o como «una ilusión peligrosa» (Jones, 1967). Los hippies recurrieron a las drogas para explorar y expresar sus sentimientos. Aunque pocos habían oído hablar de Carl Rogers o Abraham Maslow, los hippies compartían los valores de la p sicologí a humanista. Sin embargo, sí habían oído hablar de otros psicólogos como Timothy Leary. Leary era un joven psicólogo de Harvard, triunfador y ambicioso, cuyos problemas personales le llevaron a encerrarse en sí mismo y en sus sentimientos. Leary comenzó a consumir drogas, primero peyote y después L.S.D., al principio solo y luego acompañado, para conseguir el estado heraclíteo, el «proceso integrado de cambio» abierto a nuevas experiencias y consciente de cualquier sentimiento. Los hippies siguieron a Leary al mundo «psicodélico», al mundo de la mente sin fronteras, mediante las drogas (como habían hecho Coleridge y otros jóvenes románticos) para evadirse de sí mismos, de la conciencia discursiva (la Verstand de Kant) y reemplazarla con ráfagas de emoción, complejas alucinaciones y supuestos viajes cósmicos y trascendentales ( Vernunft). Para los hippies, al igual que para los idealistas post-kantianos, la realidad última era mental, no física, y creían que las drogas les abrióan las «puertas de la percepción>> al mundo espiritual más extenso de la mente. Incluso sin las drogas, los hippies y los psicólogos humanistas no eran de este mundo. En una carta, Maslow escribió: «Vivo tan inmerso en mi mundo de esencias platónicas... que sólo a los demás les parece que vivo en este mundo» (citado por Geige, 1973). n 1968 el movimiento hippie y el movimiento contrario a la guerra de Vietnam estaban en su punto álgido. Parecía que la Era de Acuario, una nueva época helenística, estaba a punto de llegar.

Una psicología entregada

En este panorama de agitación y alienación de finales de los sesenta, la psicología experimentó un estallido de «relevancia» en 1969 (Kessel, 1980). Los p sicólogos temían no estar haciendo lo suficiente para solucionar los problemas de la sociedad. Para ejemplificar este interés de los psicólogos por aumentar su relevancia social suele citarse el discurso presidencial de George Miller en 1969 ante la A. P.A., en el que afirmó: «No hay nada en nuestras manos más relevante par a el bienestar humano, ni nada que pueda plantear un mayor desafío para la siguiente generación de psicólogos, que descubrir cómo puede la psicología entregarse mejor a la sociedad». Miller afirmó que «La psicología científica es una de las empresas intelectuales de mayor potencial revolucionario que jamás haya concebido la mente humana. Si en algún momento consiguiésemos n progreso importante hacia nuestro objetivo (la comprensión, la predicción y el control de los fenómenos mentales y de la conducta), las implicaciones para todos los aspectos de la sociedad harían temblar a los hombres más valientes». Pero, seguía Miller, a pesar del continuo trabajo de los p sicólogos aplicados, éstos «habrían podido ser más eficaces» a la hora de ofrecer «liderazgo intelectual en la búsqueda de nuevas y mejores relaciones sociales».

Resulta irónico que los problemas que la psicología pretendía curar en la sociedad apareciesen dentro de la propia A.P.A. En los años setenta comenzó un agrio debate sobre si los tests normalizados tenían valor social, especialmente las pruebas de cociente intelectual. Hacía mucho tiempo que se sabía que los niños negros obtenían peores resultados en estos tests que los niños blancos. Arthur Jensen (1969) desencadenó una gran polémica cuando en una aparente vuelta a las antiguas posturas eugenésicas argumentó que la diferencia era genética. Los negros eran inferiores a los blancos debido a la herencia, de modo que los programas compensatorios de la Gran Sociedad* estaban destinados al fracaso. El debate entre los seguidores y los detractores de Jensen duró varios años. En la convención de la A.P.A. de 1 968, la B lack Psycological Association (Asociación de Psicólogos Negros) presentó una petición de moratoria en el uso de los tests de inteligencia en los colegios, alegando un abuso generalizado, concretamente denunciando el hecho de que los tests contribuían a la opresión de los niños negros relegándoles a grupos de bajo rendimiento escolar. La A.P.A. respondió al más puro estilo de la burocracia académica: nombrando un comité. Y éste en su informe publicado en 1975 (Cleary, Humphries, Kendrick & Wesman, 1975) concluyó, de un modo igualmente típico de la burocracia académica, que aunque era cierto que en ocasiones se abusaba de los tests, seguían siendo válidos en lo fundamental. Los descubrimientos del comité no resultaron satisfactorios para los p sicólogos negros. Como presidente de la Asociación de Psicólogos Negros, George D. Jackson (1975) calificó el informe de «ostensiblemente racista» y concluyó que «necesitamos más que una moratoria: ahora necesitamos una actuación del Estado y sanciones legales estrictas». El debate sobre los tests continuó y algunas escuelas restringieron su uso en la clasificación de los estudiantes por niveles. Resulta irónico que la p sicología institucional no fuese capaz de resolver en su propio seno problemas similares a los que presumía que iba a revolucionar dentro de la sociedad. Algunos estadounidenses, especialmente los conservadores, no aprobaban lo que hacían los psicólogos. En un discurso bien conocido, el por entonces v icepresidente S piro Agnew (1972) arremetió contra los psicólogos, especialmente contra B. F. Skinner y Kenneth Clark, por proponer «Una cirugía radical en la psique de la nación». Agnew utilizó la cita de John Stuart Mili según la cual «Todo lo que aplasta la individualidad es despotismo» y, añadió, «nos estamos enfrentando a un nuevo tipo de despotismo». El columnista conservador John Lofton (1972) colaboró en un especial del American Psychologist dedicado al excesivo número y consiguiente subempleo de los doctores en p sicología. A partir de algunas entrevistas, Lofton concluía que el gran público pensaba que «es bueno que esté cerrado el mercado de los doctores. Ya hay demasiadas personas con grandes conocimientos sobre cosas sin importancia» (p. 364). Según Lofton, el público se mostraba reticente hacia la psicología porque estaba preocupado por los abusos de las técnicas * Nota de los revisores: Great Society: programa de defensa de los derechos civiles y lucha contra la pobreza propuesto por el presidente L. B. Johnson. de modificación de conducta y los tests, y sentía el tradicional rencor de los estadounidenses hacia los «señoritos doctores» de cualquier disciplina. La psicología académica, incluida la p sicología cognitiva, también ha sido castigada desde fuera: «Continúan existiendo dos tipos de propuestas: las que son ciertas pero evidentes por

sí mismas, y las que son ciertas pero irrelevantes... [En] casi todos los aspectos que podrían ser importantes para la existencia humana ... [la psicología] no ofrece casi nada que no sea totalmente banal» (Robinson, 1983, p. 5). Diez años después del discurso de Miller se celebró un simposio para estudiar los avances que se habían conseguido en el propósito de la psicología de entregarse a la sociedad. La mayoría de los informes eran bastante negativos, e incluso los más optimistas pensaban que se había avanzado bastante poco. Dos autores fueron especialmente cáusticos. Sigmund Koch (1980) desmontó el discurso de Miller, revelando sus necedades, sus razonamientos exagerados y sus contradicciones internas. Koch argumentaba que si la psicología se había desarrollado socialmente en algún terreno, era en la psicoterapia popular y en la proliferación de libros de autoayuda, y demasiado bien. Koch afirmó: «En resumen, creo que lo más caritativo que podríamos hacer no sería entregar la p sicología, sino más bien quedárnosla». Michael Scriven (1980), filósofo convertido en evaluador de programas, emitió un informe sobre la psicología en el que la tachaba de deficiente. La psicología no triunfaba porque era ahistórica, porque no se aplicaba a sí misma las normas que aplicaba a los demás, por creerse libre de valores, y porque seguía instalada en la fantasía newtoniana. George Miller, que se ocupó de presentar a Koch y a Scriven, se mostró completamente abatido: «Dos de los hombres que más admiro acaban de destruir mi v ida».

Rebelión pero no revolución

El escritor satírico Tom Lehrer describió las famosas canciones de Gilbert y Sullivan como «llenas de ruido y furia, pero sin ningún tipo de significado». Los sesenta, en efecto, estuvieron repletos de ruido y furia, y quizás 1968 fue el peor año de la década: asesinato de Martin Luther King Jr. y de Robert F. Kennedy, brotes violentos en todos los guetos de las grandes ciudades estadounidenses, auge del mov imiento pacifista... Los versos de Yeats en «Second Coming» [Segunda Venida] nunca habían encontrado un reflejo tan claro en la realidad; parecía que todo se venía abajo, y los jóvenes estadounidenses no tenían convicciones (los hippies abandonaron la sociedad «convencional») o experimentaban sentimientos intensos contra sus padres o su país (la Weather Underground quería derrocar al gobierno con bombas y terrorismo). Numerosos ciudadanos se preguntaban qué dura bestia se arrastraba hacia Belén para nacer. En su Manifiesto «Prairie Fire» la Weather Underground vaticinó, erróneamente, que «vivimos en un torbellino, pero a pesar de todo el tiempo está del lado de las guerrillas». En p sicología, los p sicólogos humanistas estaban en guerra con la cultura del intelecto, inspirando y apoyando a los hippies y a su formación política, los Yippies, mientras que los psicólogos cognitivos reivindicaban una revolución kuhniana contra Hull, Spence y Skinner. Pero al igual que no hubo ninguna revolución cognitiva, tampoco hubo una revolución hippie socio-humanista. Aunque la psicología humanista se jactaba de ofrecer una crítica radical de la moderna sociedad estadounidense, en realidad era muy reaccionaria. En su concepto de autorrealización Maslow no hizo más que renovar (aunque quizás «empañar» sería la palabra más adecuada) la scala naturae de Aristóteles con la jerga de la psicología moderna. En su culto a los

sociales convencionales (Citado por Zilbergeld, 1983, p. 1 6). Ni los psicólogos humanistas ni los hippies se cuestionaban sinceramente el valor de la adaptación y del control social, sino sólo querían cambiar las normas a las que se tenía que adaptar la población. El legado de los sesenta sigue siendo polémico, pero cuando terminó el milenio los hippies no eran más que imágenes pintorescas por las calles, y cuando el Dow Jones alcanzó los 14.000 puntos o explotó la burbuja de las telecomunicaciones no se revivió la p sicología humanista ni su crítica casi romántica del trabajo libre. La atrocidad del 1 1 de septiembre de 200 1 demostró que había cosas más importantes por las que preocuparse que la baja autoestima.