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reconquista, Apuntes de Historia de la Edad Media

Asignatura: historia medieval de España, Profesor: Isabel Montes Camacho, Carrera: Historia, Universidad: US

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 04/02/2014

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Características generales
El proceso reconquistador y la consecuente repoblación supusieron el trasvase
permanente de contingentes humanos que se desplazaban desde las tierras
septentrionales hacia las meridionales. En el plano económico, la incorporación de las
tierras ganadas a los musulmanes significaba un incremento notable, a la vez que una
diversificación, de las posibilidades productivas de los núcleos cristianos. Asimismo, la
Reconquista y la repoblación desempeñaron un papel de primer orden en la formación
de la sociedad de la España medieval cristiana, ya fuera a través de la participación en
las campañas militares o en los procesos de colonización posteriores. No podemos dejar
al margen, por último, el significado político de la 'guerra divinal', como se denominó a
la pugna mantenida con los musulmanes, motivo de permanentes encuentros y
desencuentros entre los diversos núcleos de la España cristiana.
A mediados del siglo VIII Alfonso I recorrió la cuenca del Duero, contribuyendo a
despoblarla pues, al decir de una crónica posterior, "yermó los campos llamados
góticos". En el siglo IX el reino astur fue progresando hacia Galicia y hacia las llanuras
de la cuenca del Duero, en la medida en que se lo permitían tanto sus posibilidades
demográficas como la oposición de los musulmanes. De todas formas la ocupación de
ese territorio no requería su conquista militar previa, pues se trataba de una auténtica
tierra de nadie que no estaba sometida a ningún poder político. En tiempos de Ordoño I
la frontera meridional del núcleo astur llegaba a la línea marcada por las localidades de
Tuy, repoblada el año 854, Astorga, colonizada en la misma fecha, y León, que se
incorporó al dominio cristiano en el año 856. Al finalizar el siglo IX, siendo rey Alfonso
III, los cristianos, aprovechándose de los conflictos internos que habían estallado en al-
Andalus, alcanzaron la línea del Duero.
Los orígenes de la Reconquista desde la zona pirenaica
Paralelamente se constituyeron diversos núcleos políticos en la zona pirenaica: el reino
de Pamplona (de Navarra) al oeste, el condado de Aragón en el centro y la Marca
Hispánica en el este. Un papel decisivo lo desempeñó el reino franco de los Carolingios,
deseoso de establecer una barrera al sur de sus dominios para impedir el avance de los
musulmanes. Coaligados con los nativos hispani, los Carolingios conquistaron Gerona
(785) y Barcelona (801), estableciendo en aquel territorio un mosaico de condados, que
en su conjunto formaban la llamada Marca Hispánica.
En la segunda mitad del siglo IX el conde de Barcelona Guifré el Pilós repobló la plana
de Vic y otros territorios contiguos, fijándose la frontera meridional en el curso de los
ríos Llobregat y Cardoner. Por su parte, los reyes de Navarra se acercaron al valle del
Ebro, conquistando, a comienzos del siglo X, las villas de Calahorra y de Nájera.
Avances y retrocesos cristianos
La Reconquista se vio paralizada en el siglo X, debido a la hegemonía mantenida en
dicha época sobre toda la península Ibérica por el califato de Córdoba. Solamente el
triunfo cristiano de Simancas (939), logrado por el rey leonés Ramiro II, permitió
iniciar la expansión al sur del Duero. El año 940 se ponía en marcha la colonización del
valle del Tormes (Salamanca, Ledesma, entre otras). Paralelamente, el conde de Castilla
Fernán González ponía pie en Sepúlveda. Pero esa labor se perdió al poco tiempo, pues
en la segunda mitad del siglo X los cristianos se vieron obligados a retroceder a la línea
del Duero. La causa fundamental de ese repliegue fueron las terroríficas campañas
llevadas a cabo por el caudillo cordobés Almanzor, que atacó todos los flancos de la
España cristiana, desde Barcelona, al este, hasta Santiago de Compostela, al oeste.
Al mismo tiempo los reyes de Aragón se acercaban al Prepirineo, conquistando Huesca
(1096) y Barbastro (1100). En el año 1085, por su parte, Alfonso VI de Castilla había
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Características generales

El proceso reconquistador y la consecuente repoblación supusieron el trasvase permanente de contingentes humanos que se desplazaban desde las tierras septentrionales hacia las meridionales. En el plano económico, la incorporación de las tierras ganadas a los musulmanes significaba un incremento notable, a la vez que una diversificación, de las posibilidades productivas de los núcleos cristianos. Asimismo, la Reconquista y la repoblación desempeñaron un papel de primer orden en la formación de la sociedad de la España medieval cristiana, ya fuera a través de la participación en las campañas militares o en los procesos de colonización posteriores. No podemos dejar al margen, por último, el significado político de la 'guerra divinal', como se denominó a la pugna mantenida con los musulmanes, motivo de permanentes encuentros y desencuentros entre los diversos núcleos de la España cristiana.

A mediados del siglo VIII Alfonso I recorrió la cuenca del Duero, contribuyendo a despoblarla pues, al decir de una crónica posterior, "yermó los campos llamados góticos". En el siglo IX el reino astur fue progresando hacia Galicia y hacia las llanuras de la cuenca del Duero, en la medida en que se lo permitían tanto sus posibilidades demográficas como la oposición de los musulmanes. De todas formas la ocupación de ese territorio no requería su conquista militar previa, pues se trataba de una auténtica tierra de nadie que no estaba sometida a ningún poder político. En tiempos de Ordoño I la frontera meridional del núcleo astur llegaba a la línea marcada por las localidades de Tuy, repoblada el año 854, Astorga, colonizada en la misma fecha, y León, que se incorporó al dominio cristiano en el año 856. Al finalizar el siglo IX, siendo rey Alfonso III, los cristianos, aprovechándose de los conflictos internos que habían estallado en al- Andalus, alcanzaron la línea del Duero.

Los orígenes de la Reconquista desde la zona pirenaica

Paralelamente se constituyeron diversos núcleos políticos en la zona pirenaica: el reino de Pamplona (de Navarra) al oeste, el condado de Aragón en el centro y la Marca Hispánica en el este. Un papel decisivo lo desempeñó el reino franco de los Carolingios, deseoso de establecer una barrera al sur de sus dominios para impedir el avance de los musulmanes. Coaligados con los nativos hispani , los Carolingios conquistaron Gerona (785) y Barcelona (801), estableciendo en aquel territorio un mosaico de condados, que en su conjunto formaban la llamada Marca Hispánica.

En la segunda mitad del siglo IX el conde de Barcelona Guifré el Pilós repobló la plana de Vic y otros territorios contiguos, fijándose la frontera meridional en el curso de los ríos Llobregat y Cardoner. Por su parte, los reyes de Navarra se acercaron al valle del Ebro, conquistando, a comienzos del siglo X, las villas de Calahorra y de Nájera.

Avances y retrocesos cristianos

La Reconquista se vio paralizada en el siglo X, debido a la hegemonía mantenida en dicha época sobre toda la península Ibérica por el califato de Córdoba. Solamente el triunfo cristiano de Simancas (939), logrado por el rey leonés Ramiro II, permitió iniciar la expansión al sur del Duero. El año 940 se ponía en marcha la colonización del valle del Tormes (Salamanca, Ledesma, entre otras). Paralelamente, el conde de Castilla Fernán González ponía pie en Sepúlveda. Pero esa labor se perdió al poco tiempo, pues en la segunda mitad del siglo X los cristianos se vieron obligados a retroceder a la línea del Duero. La causa fundamental de ese repliegue fueron las terroríficas campañas llevadas a cabo por el caudillo cordobés Almanzor, que atacó todos los flancos de la España cristiana, desde Barcelona, al este, hasta Santiago de Compostela, al oeste.

Al mismo tiempo los reyes de Aragón se acercaban al Prepirineo, conquistando Huesca (1096) y Barbastro (1100). En el año 1085, por su parte, Alfonso VI de Castilla había

entrado en Toledo, mediante un acuerdo previo con el taifa que la gobernaba. Toledo había sido la vieja capital visigoda así como una ciudad clave en el mundo de al- Andalus. Poco después cayeron en poder cristiano diversas villas de la zona comprendida entre el sistema Central y el valle del Tajo, como Atienza, Guadalajara o Talavera. En esa zona la repoblación consistió en la mera superposición de gentes originarias del norte sobre la población allí establecida de antemano, en buena parte mudéjar.

La llegada a la Península de los almorávides, que volvieron a unificar al-Andalus, se tradujo en un parón del proceso reconquistador. En esas condiciones los cristianos, que en el Tratado de Tudillén (1151) se habían repartido las futuras zonas de conquista, reanudaron el avance militar por tierras de al-Andalus. Castellanos y leoneses avanzaron por la Meseta meridional; Alfonso VIII conquistó Cuenca en 1177, en tanto que el monarca leonés Fernando II ocupaba las plazas de Yeltes y Alcántara. Por su parte Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona y príncipe de Aragón, incorporó a sus dominios el bajo valle del Ebro, al conquistar Tortosa en 1148 y Lérida en 1149. Su sucesor, Alfonso II, avanzó por los montes de Teruel, entrando en la ciudad del mismo nombre el año 1171. Castilla y Aragón suscribieron en 1179 un nuevo tratado de reparto, el de Cazorla. Por lo demás, la principal actividad militar de la segunda mitad del siglo XII se desarrolló en la Meseta meridional, siendo sus protagonistas las órdenes militares hispanas (Santiago, Calatrava, Alcántara), que acababan de ser creadas.

Antes de concluir el siglo XII al-Andalus fue otra vez unificado, en esta ocasión por los almohades, lo que supuso un nuevo alto en la marcha de la Reconquista.

El principal avance reconquistador

La victoria lograda por Alfonso VIII de Castilla y sus aliados sobre los almohades en las Navas de Tolosa (1212), preparada cuidadosamente como una auténtica cruzada, significó la caída del Imperio islamita. Al-Andalus se dividió nuevamente en un mosaico de taifas. Así las cosas el siglo XIII conoció el máximo impulso reconquistador de los cristianos de Hispania. En poco más de treinta años la Corona de Aragón incorporó las islas Baleares y el reino de Valencia, en tanto que la de Castilla hacía lo propio con la Andalucía Bética y Murcia.

Inmediatamente se procedió a un repartimiento de Valencia y sus ricos territorios próximos, acudiendo al mismo tanto catalanes como aragoneses. La tercera fase consistió en la conquista del sur del reino, siendo sus momentos claves la toma de Cullera (1239) y la de Alcira (1245), el último hecho de armas importante. En el reino de Valencia permanecieron numerosos mudéjares, particularmente en la zona meridional.

El rey Fernando III el Santo. Éste inició la actividad militar en el alto Guadalquivir en el año 1224, cuando sólo era rey de Castilla, logrando la conquista de plazas como Andújar y Baeza. Tras la unión de los reinos de Castilla y León, en 1230, Fernando III reanudó la ofensiva en tierras andaluzas. A la ocupación de Úbeda (1233) siguió la de Córdoba, en el año 1236 y, años más tarde, la de Jaén (1246). En el avance hacia Sevilla fueron cayendo en poder cristiano lugares como Carmona, Lora o Alcalá de Guadaira. Por fin, tras un largo asedio, tanto terrestre como fluvial, a finales de 1248 se rindió Sevilla, la antigua capital de los almohades. La labor reconquistadora en el valle del Guadalquivir la completó Alfonso X, sucesor de Fernando III, con la toma de Jerez y, finalmente, de Cádiz (1262).

También se realizaron repartimientos en los territorios andaluces recién ocupados, de cuyas ciudades fue expulsada la población musulmana. Mas después de la revuelta que protagonizaron en 1264, los mudéjares tuvieron que abandonar la Andalucía Bética. Por su parte, el reino de Murcia, territorio que había sido adjudicado en los tratados de

reciente repoblación aragonesa. Asimismo inició Alfonso I la penetración en la zona de los montes de Teruel, avanzando hasta la localidad de Torre la Cárcel. En cambio la ocupación del bajo valle del Ebro fue su espina para el Batallador. Aunque unos años más tarde pudo conquistar la plaza de Mequinenza, en 1134 fue derrotado y muerto ante los muros de Fraga.

El territorio incorporado al reino de Aragón, de gran amplitud, fue objeto de inmediata repoblación. Permanecieron en él buena parte de sus antiguos ocupantes musulmanes, aunque en el caso de la ciudad de Zaragoza se les expulsó del casco urbano, obligándoles a residir en un arrabal. Los repobladores eran de diverso origen: nativos de las comarcas pirenaicas y francos, aparte de los ya citados mozárabes. En el medio rural apenas se produjeron cambios, salvo que los castillos y la jurisdicción fueron otorgados a personajes de la nobleza, en tanto que, como cultivadores de la tierra, permanecían básicamente los mudéjares, a los que se conocerá en adelante por el nombre de 'exaricos'. En la zona sur del reino, la que marcaba la línea que unía a las villas de Calayatud, Daroca y Belchite, la repoblación recordaba a la puesta en marcha en las Extremaduras de Castilla y León, pues el papel protagonista lo ostentaban los caballeros, que organizaban expediciones sobre el territorio enemigo. En el orden religioso, por otra parte, se restauraron las diócesis de Zaragoza y Tarazona.

El reino de Castilla

El condado de Castilla se convirtió en reino a mediados del siglo XI. Temporalmente se vinculó al reino de Navarra, pero tras la muerte de Sancho III el Mayor (1035) el condado pasó a su hijo Fernando. A los pocos años, Fernando se enfrentó con el rey leonés Vermudo III, al que derrotó y dio muerte en la batalla de Tamarón (1037). Fernando, casado con Sancha, hermana de Vermudo III asumió la condición regia tanto en sus dominios patrimoniales castellanos como en León. Tras la muerte de Fernando I (1065) Castilla y León se separaron. Pero esta situación se modificó al poco tiempo, primero fue Sancho II (1065-1072) quien consiguió establecer su hegemonía, pero con su muerte en el cerco de Zamora, los reinos de Castilla y León quedaron bajo la soberanía de Alfonso VI (1072-1109). La unión se mantuvo durante los reinados de Urraca (1109-1126) y Alfonso VII (1126-1157). Desde la muerte de Alfonso VII los reinos quedaron separados hasta 1230, fecha en la que Fernando III el Santo protagonizó una nueva fusión de Castilla y de León que resultaría definitiva.

Durante los siglos XI al XIII, la actividad más importante de los núcleos cristianos fue la Reconquista y repoblación del territorio musulmán. La ofensiva militar la inició Fernando I aprovechando la fragmentación política de al-Andalus tras el hundimiento del califato de Córdoba (1031) y el surgimiento de los reinos de taifas. Fue, sin embargo, su hijo Alfonso VI quien dio el paso decisivo al ocupar Toledo en 1085. Esta conquista posibilitó la repoblación del territorio situado entre el Duero y el sistema Central, conocido como las Extremaduras, donde surgieron comunidades de villa y tierra. A partir de este momento, el avance de los castellanos y leoneses tuvo altibajos como consecuencia de la llegada a la Península primero de los almorávides y más tarde de los almohades. A pesar de las dificultades, los castellanos prosiguieron su expansión por la Meseta sur. El punto de inflexión se produjo en el año 1212, con la victoria cristiana sobre los almohades en la batalla de las Navas de Tolosa, que dejaba abierta la expansión sobre las tierras del Guadalquivir.

A lo largo del siglo XIII, con la constitución de lo que se ha dado en llamar Corona de Castilla, el reino de Castilla pasó a conformar nominalmente dicha Corona junto con el de León, Galicia, Murcia y, desde 1492, Granada.

La economía y la sociedad castellana

La Reconquista debe entenderse como una manifestación más del despegue económico, social y político de Castilla en estos siglos. La expansión económica se tradujo en el crecimiento de la producción agropecuaria y artesanal, en la intensificación de las relaciones comerciales y en el desarrollo del mundo urbano. La agricultura no experimentó cambios importantes, pero la trashumancia de la ganadería ovina progresó espectacularmente, hasta convertirse en el eje de la economía castellana. El avance militar permitió la incorporación de territorios semivacíos y con abundantes pastos, especialmente en la Meseta meridional. Aunque el mundo rural seguía siendo predominante, desde el siglo XI se observa un importante crecimiento de la vida urbana. El desarrollo de las villas y ciudades fue resultado de la expansión económica y de la creciente división del trabajo, condiciones que exigían la existencia de núcleos de población especializados en la producción de manufacturas y en la práctica del comercio. El centro por excelencia del desarrollo urbano fue el camino de Santiago, pero el fenómeno no fue exclusivo de la ruta jacobea. Las ciudades se desarrollaron también en la fachada septentrional, en las llanuras del Duero, y en las Extremaduras. La actuación de los poderes públicos fue decisiva al otorgar fueros a los nuevos núcleos y al crear en ellos ferias y mercados.

En las ciudades había numerosos oficios cuya producción se destinaba al consumo local: carniceros, vinateros, sastres, zapateros, carpinteros o herreros. Algunas actividades sobrepasaron este marco y se orientaron al gran comercio, como las ferrerías guipuzcoanas, o la construcción naval localizada en el mar Cantábrico y en Sevilla. Pero la actividad industrial que consiguió mayor desarrollo fue la textil. Castilla tenía inmejorables condiciones para fomentar esta actividad al contar con una abundante materia prima, especialmente la lana. Las expectativas no se cumplieron, pero en el siglo XIII la industria textil castellana estaba en claro proceso de crecimiento. Entre las principales ciudades pañeras destacaron Soria, Segovia, Zamora, Palencia y Toledo. Los artesanos se organizaron en cofradías religiosas que fueron adquiriendo progresivamente el carácter de asociaciones de oficios.

Paralelamente, el comercio experimentó un auge espectacular, debido al aumento de la producción y de la demanda. Asimismo el incremento de la circulación monetaria fue un estímulo para las transacciones comerciales. Alfonso VIII de Castilla acuñó maravedís de oro, pero muy pronto dejaron de acuñarse y se convirtieron en moneda de cuenta. Había también monedas de plata y monedas de vellón, llamadas dineros. Al mismo tiempo se desarrollaron diferentes tipos de mercados: permanentes, semanales y anuales o ferias. Estas instituciones estaban especialmente protegidas por los poderes públicos.

Los cambios afectaron también a la organización social. Jurídicamente, la sociedad estaba dividida en tres estamentos: los defensores, los oradores y los laboratores. Cada uno de ellos desempeñaba una función, los nobles la defensa del cuerpo cristiano, los eclesiásticos la salvación eterna de los fieles, y los trabajadores el mantenimiento del cuerpo social. De acuerdo con la importancia de cada función, se derivaba la existencia o no de privilegios jurídicos y fiscales. Este esquema, elaborado por los ideólogos de la época, tenía la función de justificar y fortalecer las relaciones sociales vigentes, es decir, la preeminencia de la nobleza y de la Iglesia sobre el resto de la sociedad. Al margen de estas divisiones jurídicas, la sociedad medieval se articulaba en torno a dos clases fundamentales: los señores y los campesinos. Los señores contaban con medios económicos y extraeconómicos para obtener una parte sustanciosa de la riqueza social, mientras que los campesinos se encontraban en situación de dependencia. Esta dicotomía social tenía su reflejo en el mundo urbano entre la aristocracia y la clase popular. El origen social de la aristocracia urbana de Castilla se encontraba tanto en los caballeros militares como en los burgueses, enriquecidos con la práctica del comercio.

Después de Ordoño III comenzó un periodo de crisis que coincidió con Sancho I (956-966), Ramiro III (966-984), Vermudo II (984-999) y Alfonso V (999-1028). Esta larga etapa se caracterizó por las luchas dinásticas, el auge del califato cordobés con Almanzor, el afianzamiento definitivo de Castilla y la preponderancia de Navarra en el territorio hispanocristiano. Vermudo III (1028-1037), sucesor de Alfonso V, fue derrotado por el rey castellano Fernando I, que consiguió así la primera unión de Castilla y León. Con la desaparición de Fernando el reino volvió a dividirse y su hijo Alfonso VI recibió León (1069-1109). La muerte de su hermano Sancho II de Castilla permitió a Alfonso reunificar Castilla y León (1072). Los reinos permanecieron unidos hasta la muerte de Alfonso VII (1157), que otorgó León a su hijo Fernando II (1157-1188). Bajo su mandato se recrudecieron las luchas fronterizas con Castilla y Portugal se independizó. Su sucesor Alfonso IX (1188-1230) impulsó la expansión territorial, pero su enfrentamiento con Castilla dejó a León fuera de la victoria cristiana de las Navas de Tolosa (1212). A su muerte, su hijo Fernando III conseguirá unificar definitivamente los reinos de Castilla y León.