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República de Sócrates, Resúmenes de Derecho Procesal Administrativo

República de Sócrates , libro que habla de como platón redacta el concepto de justicia que tiene Sócrates antes sus amigos

Tipo: Resúmenes

2017/2018

Subido el 10/04/2023

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dino-paolo-nunez-arista 🇵🇪

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LA REPÚBLICA Ó DE LO JUSTO
(1).
SÓCRATES.
GLAUCON.
POLEMARCO.
TRASIMACO.
ADIMANTO.
CÉFALO.
—CLITOFON.
LIBRO PRIMERO.
SÓCRATES.
Ful ayer alPireo conGlaucon (2), hijo de Aristón, para
dirigir mis oraciones á la diosa (3), y ver cómo se veri-
ficaba la fiesta que por primera vez iba á celebrarse. La
Pompa (4) de los habitantes de aquel punto, me pareció
muy preciosa; pero á mi juicio, la de los tracios no se
quedó atrás. Terminada nuestra plegaria, y vista la cere-
monia, tomamos el camino de la ciudad. Polemarco, hijo
de Céfalo, al vernos desde lejos, mandó al esclavo que le
seguía, que nos alcanzara y nos suplicara que le aguar-
dásemos. El esclavo nos alcanzó, y tirándome
pior
la capa,
dijo:
Polemarco os suplica, que le esperéis.
(f) La escena de este diálogo, referida por Sócrates, pasa en
el Pireo, en casa
de
Céfalo.
(2)
Uno de los
hermanos de Platón.
(3) La diosa
Bendis,
divinidad kmar de la Tracia, cuyo culto
acababa de ser importado en Atenas. Las
fiestas
que se hacian
en
su honor, se llamaban
Bendidias.
(4)
Pompa,
significa propiamente una ceremonia, en la que se
llevaban en procesión las estatuas de los dioses.
Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 7, Madrid 1872
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LA REPÚBLICA Ó DE LO JUSTO (1).

SÓCRATES. — GLAUCON. — POLEMARCO.

TRASIMACO. — ADIMANTO. — CÉFALO. —CLITOFON.

LIBRO PRIMERO.

SÓCRATES. Ful ayer alPireo conGlaucon (2), hijo de Aristón, para dirigir mis oraciones á la diosa (3), y ver cómo se veri- ficaba la fiesta que por primera vez iba á celebrarse. La Pompa (4) de los habitantes de aquel punto, me pareció muy preciosa; pero á mi juicio, la de los tracios no se quedó atrás. Terminada nuestra plegaria, y vista la cere- monia, tomamos el camino de la ciudad. Polemarco, hijo de Céfalo, al vernos desde lejos, mandó al esclavo que le seguía, que nos alcanzara y nos suplicara que le aguar- dásemos. El esclavo nos alcanzó, y tirándome pior la capa, dijo: — Polemarco os suplica, que le esperéis.

(f) La escena de este diálogo, referida por Sócrates, pasa en el Pireo, en casa de Céfalo. (2) Uno de los hermanos de Platón. (3) La diosa Bendis, divinidad kmar de la Tracia, cuyo culto acababa de ser importado en Atenas. Las fiestas que se hacian en su honor, se llamaban Bendidias. (4) Pompa, significa propiamente una ceremonia, en la que se llevaban en procesión las estatuas de los dioses.

Me volví, y le pregTinté, que dónde estaba su amo. — Me sigue, respondió ; esperadle un momento. —Le esperaremos, dijo Glaucon. Un poco después llegaron Polemarco y Adimanto (1), hermano de Glaucon, Nicerates, hijo de Nicias (2), y a l - gunos otros que volvían de la Pompa. Polemarco, al al- canzarnos , me dijo: —Sócrates, me parece que os retiráis de la ciudad. —No te equivocas, le respondí. —¿Has reparado cuántos somos nosotros?

  • S í. —Pues ó sois más fuertes que nosotros, ó permanece- réis aquí. —Hay otro medio, que es convenceros de que tenéis que dejarnos marchar. — ¿Cómo podremos convencernos, si no queremos es- cucharos? — E n efecto, dijo Glaucon, entonces no es posible. —Pues bien, replicó Polemarco, estad seguros de que no os escucharemos. —¿No sabéis, dijo Adimanto, que esta tarde, la car- rera de las antorchas encendidas en honor de la diosa se h a r á á caballo? —¿Á caballo? es cosa nueva. ¡ Cómo I ¿correrán á ca- ballo, teniendo en la mano las antorchas, que en la car- rera habrán de entregar los unos á los otros? (3). —Si, dijo Polemarco, y además habrá una velada (4)

(1) Otro hermano de Platón. {2) Es el famoso Nicias, que pereció en el sitio de Siracusa du- rante la guerra del Peloponeso. (3) Lucrecio (lib. II) alude á esta especie de carrera al hablar de las generaciones que se suceden unas á otras. £í quasi curso- res vitai lampada tradunt. (4) El Pervigüiwm Veneris ó vela de las fiestas en Venus, ha debido tener lugar en Roma en ocasión poco más ó menos se- mejante.

me parece natural que averigüemos de ellos si el camino es penoso ó fácil, y puesto que tú estás ahora en esa edad, que los poetas llaman el umbral de la vejez(l), me com- placerías mucho si me dijeras lo que tú piensas en este punto, y si consideras semejante situación como la más cruel de la vida. —Sócrates, me respondió, te diré mi pensamiento sin ocultarte nada. Me sucede muchas veces, según el antiguo proverbio (2), que me encuentro con muchos hombres de mi edad, y toda la conversación por su parte (3) se re- duce á quejas y lamentaciones; recuerdan con sentimiento los placeres del amor, de la mesa, y todos los demás de esta naturaleza, que disfrutaban en su juventud. Se afli- gen de esta pérdida, como si fuera la pérdida de los más grandes bienes. La vida de entonces era dichosa, dicen ellos, mientras que la presente no merece ni el nombre de vida. Algunos se quejan además de los ultrajes á que les expone la vejez de parte de los demás. En fin, hablan sólo de ella para acusarla, considerándola causa de mil males. Tengo para mí, Sócrates, que no dan en la verdadera causa de esos males, porque si fuese sólo la vejez, debería producir indudablemente sobre mí y sobre los demás an- cianos los mismos efectos. Porque he conocido á algunos de un carácter bien diferente, y recuerdo que, encon- trándome en cierta ocasión con el poeta Sófocles, como le preguntaran en mi presencia si la edad le permitía aún gozar de los placeres del amor, «Dios me libre, respondió, há largo tiempo que he sacudido el yugo de ese furioso y brutal tirano.» Entonces creí que decía verdad, y la edad no me ha hecho mudar de opinión. La vejez, en efecto, es un estado de reposo y de libertad res-

(1) Homero, Iliada XXIV, v. 487. (2) Las personas de la misma edad gustan de estar juntas. (3) Cicerón ha traducido casi todo este discurso de Céfalo en su tratado De Senectute, poniéndolo en boca de Catón el antiguo.

pecto de los sentidos. Cuando la violencia de las pasio- nes se lia relajado y se ha amortiguado su fuego, se ve uno libre, como decia Sófocles, de una multitud de furio- sos tiranos. En cuanto á las lamentaciones de los ancia- nos de que hablo, y á los malos tratamientos de que se quejan, hacen muy mal, Sócrates, en achacarlos á su ancianidad, cuando la causa es su carácter. Con costum- bres suaves y convenientes, la vejez es soportable; pero con un carácter opuesto, lo mismo la vejez que la juventud son desgraciadas. Me encantó esta respuesta y para comprometerle más y más en la conversación, añadí: estoy persuadido, Cé- falo, de que al hablar tú de esta manera, los más no esti- marán tus razones, porque se imaginan que contra las in- comodidades de la vejez encuentras recursos, más que en tu carácter, en tus cuantiosos bienes, porque los ricos, dicen ellos, pueden procurarse grande alivio. —Dices verdad; ellos no me escuchan, y ciertamente tienen alguna razón en lo qiie dicen, pero no tanta como se imaginan. Ya sabes la respuesta, que Temístocles dio á un habitante de Serifa (1) que le echaba en cara que su reputación la debiaá la ciudad donde habia nacido, más tien que ásu mérito: «Es cierto, respondió, que si yo hu- biera nacido en Serifa, no seria conocido; pero tú no lo se- rias aunque hubieras nacido en Atenas.» La misma obser- vación puede hacerse á los ancianos poco ricos y de mal carácter, diciéndoles que la pobreza baria quizá la vejez insoportable al sabio mismo, pero que sin la sabiduría Dunca las riquezas la harían más dulce. —Pero, repliqué yo, esos grandes bienes que tú posees, Céfalo, ¿te han venido de tus antepasados ó los has adqui- rido tú en su mayor parte? —¿Que qué he adquirido yo, Sócrates? En este punto

(1) La más pequeña de las islas Cicladas. TOMO v i l.

El que, al examinar su conducta, la encuentra llena de in- justicias, tiembla y se deja llevar de la desesperación, y algunas veces, durante la noche, el terror le despierta despavorido como á los niños. Pero el que no tiene ningún remordimiento, ve sin cesar en pos de sí una dulce espe- ranza, que sirve de nodriza á su ancianidad, co;no dice Plndaro, que se vale de esta graciosa imagen al hablar del hombre que ha vivido justa y santamente:

La esperanza le acompaña , meciendo dulcemente su corazón F amamantando su ancianidad; La esperanza, que gobierna á su gusto El espíritu fiw^tuante de los mortales (1).

Está esto admirablemente dicho. Y porque las ri- quezas preparan tal porvenir y son á este fin un gran auxilio, es por lo que á mis ojos, son tan preciosas, no para todo el mundo, sino sólo para el sabio. Porque á ellas debe en gran parte el no haberse visto expuesto á ha- cer daño á tercero, ni aun sin voluntad, ni á usar de menti- ras, con la ventaja además de abandonar este mundo libre del temor de no haber hecho todos los sacrificios conve- nientes á los dioses, ó de no haber pagado sus deudas á los hombres. Las riquezas tienen además otras ventajas sin duda; pero, bien pesado todo, creo que daria á éstas la preferencia sobre todas las demás, por el bien que propor- cionan al hombre sensato. —Nada más precioso, repuse yo, que lo que dices, Céfalo. Pero ¿está bien definida la justicia haciéndola consistir simplemente en decir la verdad, y en dar á cada uno lo que de él se ha recibido? ¿Ó más bien, son estas cosas justas ó injustas según las circunstancias? Por ejemplo, si uno después de haber confiado sus armas á su amigo, se

(1) Píndaro, Fragmentos, t. III, p. 80.

las reclamase estando demente, todo el mundo conviene en .que no debería devolvérselas, y que cometería un acto injusto, dándoselas. También están todos acordes en que obraría mal, si no disfrazaba algo la verdad, atendida la situación en que su amigo estaba. —Todo eso es cierto. —Por consiguiente, la justicia no consiste en decir la verdad, ni en dar á cada uno lo que le pertenece. —Sin embargo, en eso consiste, dijo interrumpiéndome Polemarco, si hemos de creer á Simónides. —Pues bien, continuad la conversación, dijo Céfalo. Yo os cedo mí puesto; tanto más cuanto que voy á concluir mi sacrificio. —¿Es Polemarco el que te sustituirá? le dije yo. —Sí, repuso Céfalo, sonriéndose; y al mismo tiempo salió para ir á terminar su sacrificio. —Dime, pues, Polemarco, puesto que ocupas el lugar de tu padre, lo que dice Simónides de la justicia y dime también en qué compartes su opinión. —Dice que el atributo propio de la justicia es dar á cada uno lo que se le debe (1), y en esto encuentro que tiene razón. —Difícil es no someterse á Simónides, porque era un sa- bio, un hombre divino. ¿Pero entiendes quizá, Polemarco, lo que quiere decir con esto? Yo no lo comprendo. ¿Es evidente, que no entiende que deba darse un depósito, cualquiera que él sea, como dijimos antes, cuando le pide un hombre que no está en su razón. Sin embargo, este depósito es una deuda; ¿no es así? —Sí. —Luego es preciso guardarse de volverle al que le pide, si no está en su razón. —Es cierto. —Luego Simónides ha querido decir otra cosa.

(1) Simónides. Fragmentos CLXI.

— El médico. —¿y en el mar, en caso de peligro? —El piloto. —Y el hombre justo, ¿en qué y en qué ocasión puede hacer mayor bien á sus amigos y mayor mal á sus ene- migos? —En la guerra, á mi parecer, atacando á los unos y defendiendo á los otros. —Muy bien; pero mi querido Polemarco, no hay nece- sidad de tropezar con el médico cuando no hay enfer- medad. — Eso es cierto. —Ni con el piloto, cuando no se está en la mar. —También es cierto. —Por la misma razón, ¿es inútil el hombre justo cuando no se hace la guerra? —Yo no lo creo. —Entonces la justicia, ¿sirve también para tiempo de paz? —Sí. —Pero la agricultura sirve también en este tiempo; ¿no es así? — S í. • —¿En la recolección de los frutos de la tierra?

  • S í. — Y el oficio de zapatero, ¿sirve en igual forma?
  • S í. —Me dirás que sirve para tener calzado. —Sin duda. —Dime ahora en qué es útil la justicia durante la paz. —Es útil en el comercio. —¿Entiendes por esto las relaciones en los negocios mercantiles, ó alguna otra cosa? —Nó; es eso mismo lo que yo entiendo. —Cuando se quiere aprender á jugar á los dados, ¿á

quién conviene asociarse? á un hombre justo, á á un ju- gador de profesión? —A un jugador de profesión. —Y para la construcción de una casa, ¿vale más diri- girse á un hombre justo que al arquitecto? —Todo lo contrario. —Mas asi como para aprender la música, me dirigiré al músico con preferencia al hombre justo; ¿en qué caso me dirigiré más bien á éste que á aquél? —Cuando se trate de emplear dinero. —Quizá nó cuando sea preciso hacer uso de él; porque si quiero comprar ó vender un caballo en unión con otro, me asociaré con preferencia á un chalan. —Yo pienso lo mismo. —Y con el piloto ó arquitecto, si se trata de una nave. —Sí. —¿En qué, pues, me será el hombre justo particular- mente útil cuando quiera yo dar con otro algún destino á mi dinero? —Cuando se trate, Sócrates, de ponerlo en depósito y de conservarlo. —Es decir, ¿cuando no quiera hacer ningún uso de mi dinero, sino dejarlo ocioso? —Si, verdaderamente. —De esa manera la justicia me será útil, cuando mi dinero no me sirva para nada. —Al parecer. —Luego la justicia me servirá, cuando sea preciso con- servar una podadera sola ó con otras; pero si quiero ser- virme de ella, me dirigiré al viñador. —En buen hora. —Asimismo me dirás que si quiero guardar un bro- quel ó una lira, la justicia me será buena para esto; pero que si quiero servirme de estos instrumentos, deberé acu- dir al músico y al maestro de esgrima.

- — No, ipor Júpiterl no sé lo que he querido decir. Me parece, sin embargo, que la justicia consiste siempre en favorecer á sus amigos y dañar á sus enemigos. — ¿Pero qué entiendes por amigos? Son los que nos parecen hombres de bien ó los que lo son en realidad, aun cuando no los juzguemos tales? Otro tanto digo de los enemigos. —Me parece natural amar á los que se creen buenos, y aborrecer á los que se creen malos. —¿No es frecuente que los hombres se engañen sobre este punto, y tengan por hombre de bien al que lo es sólo en la apariencia ó por un bribón al que es hombre de bien? — Convengo en ello. —Aquellos á quienes esto sucede, tienen por enemigos hombres de bien, y por amigos hombres malos.

  • S í. —Y así, respecto de ellos, la justicia consiste en hacer bien á los malos y mal á los buenos. — Así parece. —Perolosbuenos son justos é incapaces de dañar anadie. —Es cierto. — Es justo, por consiguiente, según dices, causar mal á los que no nos lo causan. —Nada de eso, Sócrates, y es un crimen decirlo. — Luego será preciso decir, que es justo hacer daño á los malos y hacer bien á los buenos. —Eso es más conforme á la razón que lo que decíamos antes. —De aquí resultará, Polemarco, que para todos aque- llos, que se engañan en los juicios que forman de los hombres, será justo dañar á sus amigos , porque los mirarán como malos, y hacer bien á sus enemigos por la razón contraria: conclusión completamente opuesta á lo que supusimos que decía Simónides.

— La consecuencia es necesaria; pero alteremos algo la definición que hemos dado del amigo y del enemigo, porque no me parece exacta. —¿Qué era lo que decíamos, Polemarco? — Dijimos que nuestro amigo es el que nos parece hombre de bien. —¿Qué alteración quieres hacer? —Quisiera decir, que nuestro amigo debe á la vez pa- recemos hombre de bien y serlo realmente, y que el que lo parece, sin serlo, sólo es nuestro amigo en apariencia. Lo mismo debe decirse de Iiuestro enemigo. — En este concepto el verdadero amigo será el hombre de bien, y el malo el verdadero enemigo.

  • S í. — ¿Quieres, por consiguiente, que mudemos algo á lo que dijimos tocante á la justicia, al decir que consistia en hacer bien á su amigo y mal á su enemigo, y que aña- damos siempre que el amigo sea hombre de bien y que el enemigo no lo sea? — Sí, encuentro eso muy en su lugar. — ¿Pero es posible que el hombre justo haga mal á otro hombre, cualquiera que él sea? —Sin duda; debe hacerlo á sus enemigos, que son los malos. —Cuando se maltrata á los caballos, ¿se hacen peores ó mejores? — Se hacen peores. —¿Pero se hacen tales en la virtud que es propia de esta especie de animales, ó en la que es propia de los perros? —En la que es propia de su especie. —¿No diremos, igualmente, que los hombres á quienes se causa mal, se hacen peores en la virtud, que es propia del hombre? — Sin duda.

entiende que el hombre justo no debe más que mal á sus enemigos así como bien á sus amigos, este lenguaje no es el propio de un sabio, porque no es conforme ala verdad, y nosotros acabamos de ver que nunca es justo hacer daño á otro. — Estoy de acuerdo. — Y si alguno se atreve á sostener que semejante máxima es de Simónides, de Bias, de Pitaco ó de cualquier otro sabio, tú y yo le desmentiremos. — Estoy dispuesto á ponerme de tu lado. — ¿Sabes de quién es esta máxima: que esjtisto hacer bien d sus amigos y mal á sus enemigos? — ¿De quién? —Creo que es de Periandro (1), de Pérdicas (2), de Jerjes, de Ismanias el Tebano ó de cualquiera otro rico y poderoso. —Dices verdad. —Sí, pero puesto que la justicia no consiste en esto, ¿en que consiste? Durante nuestra conversación, Trasimaco habia abierto muchas veces la boca, para interrumpirnos. Los que estaban sentados cerca de él se lo impedían, porque que- rían oírnos bástala conclusión; pero cuando nosotros cesamos de hablar, no pudo contenerse, y volviéndose de repente, se vino á nosotros como una bestia feroz, para devorarnos. Polemarco y yo nos sentimos como aterrados. En seguida tomándola conmigo me dijo: Sócrates, ¿á qué viene toda esa palabrería? ¿Á qué ese pueril cambio de mu- tuas concesiones? ¿Quieres saber sencillamente lo que es la justicia? No te limites á interrogar y á procurarte la necia gloria de refutar las respuestas de los demás. No ignoras que es más fácil interrogar que responder. Respóndeme

(1) Tirano de Corinto. (2) Rey de Macedonia, padre de Arquelao.

ahora tú. ¿Qué es la justicia? Y no me digas que es lo que conviene, lo que es útil, lo que es ventajoso, lo que es lucrativo, lo que es provechoso; responde neta y precisa- mente; porque yo no soy hombre que admita necedades como buenas respuestas. Al oir estas palabras yo quedé como absorto. Le mi- raba temblando, y creo que hubiera perdido el habla, si él me hubiera mirado primero (1); pero yo habia fijado en él mi vista en el momento en que estalló su cólera. De esta manera mé consideré en estado de poderle responder, y le dije, no sin algún miedo: Trasimaco, no te irrites contra nosotros. Si Polemarco y yo hemos errado en nues- tra conversación, vive persuadido de que ha sido contra nuestra intención. Si buscáramos oro, no nos cuidariamos de engañarnos uno á otro,haciendo así imposible el descu- brimiento; y ahora que nuestras indagaciones tienen un fin mucho más precioso que el oro, esto es, la justicia, ¿nos crees tan insensatos, que gastemos el tiempo en en- gañarnos, en lugar de consagrarnos seriamente á descu- brirla? Guárdate de pensar así, querido mió. No por eso dejo de conocer, que esta indagación es superior á nues- tras fuerzas. Y así á vosotros todos, que sois hombres en- tendidos , debe inspiraros un sentimiento de compasión y no de indignación nuestra flaqueza.

—¡Por Hércules! replicó Trasimaco con una risa for- zada; hé aquí la ironía acostumbrada de Sócrates. Sabia bien que no responderías, y ya habia prevenido á todos que apelarías á tus conocidas mañas y que harías cual- quier cosa menos responder. —Eres travieso, Trasimaco, le dije: sabias muy bien, que si preguntases á uno de qué se compone el número

(1) Era opinión popular que el hombre á quien miraba un lobo perdía la palabra, y que se evitaba esta desgracia mirando primero el hombre al lobo.

—Pero de buena fe, ¿qué respuesta quieres que yo te dé? En primer lugar, no sé ninguna, ni la oculto. En se- gundo, tú, que todo lo sabes, me has prohibido todas las respuestas que podia darte. A tí te toca más bien decir lo que es la justicia, puesto que te alabas de saberlo. Y así, no te hagas de rogar. Responde por amor á mí, y no ha- gas desear á Glaucon y á todos los que están aquí lá ins- trucción que de tí esperan. En el momento Glaucon y todos los presentes le conju- raron para que se explicara. Sin embargo, Trasimaco se hacia el desdeñoso, aunque se conocía bien que ardia en deseos de hablar para conquistarse aplausos; porque es- taba persuadido de que diría cosas maravillosas. Al fin accedió. —Tal es, dijo, el gran secreto de Sócrates; no quiere enseñar nada á los demás, mientras que va por todas partes mendigando la ciencia, sin tener que agradecerlo á nadie. —Tienes razón, Trasimaco, en decir que yo aprendo de los demás, pero no la tienes en añadir que no les esté agradecido. Les manifiesto mi reconocimiento en cuanto de mí depende, y les aplaudo, que es todo lo que puedo hacer, careciendo como carezco de dinero. Verás cómo te aplaudo con gusto en el momento que respondas, si lo que dices me parece bien dicho, porque estoy convencido de que tu respuesta será excelente. —Pues bien, escucha. Digo que la justicia no es otra cosa que lo que es provechoso al más fuerte. jY bien! ¿por qué no aplaudes? Ya sabia yo que no lo habias de hacer. —Espera, por lo menos, á que haya comprendido tu pensamiento, porque aún no lo entiendo. La justicia, dices, que es lo que es útil al más fuerte. ¿Qué en- tiendes por esto, Trasimaco? ¿Quieres decir que, por- que el atleta Polidamos es más fuerte que nosotros, y es ventajoso para el sostenimiento de sus fuerzas comer carne

de buey, sea igualmente provechoso para nosotros comer la misma carne? — Eres un burlón, Sócrates, y sólo te propones dar un giro torcido á lo que se dice. — 1 Yo I nada de eso; pero por favor explícate más cla- ramente. —¿No sabes que los diferentes Estados son monárqui- cos ó aristocráticos, ó populares? —Lo sé. —El que gobierna en cada Estado, ¿no es el más fuerte? —Seguramente. — ¿No hace leyes cada uno de ellos en ventaja suya, el pueblo leyes populares, el monarca leyes monárquicas, y asilos demás? Una vez hechas estas leyes, ¿no declaran que la justicia para los gobernados consiste en la obser- vancia de las mismas? ¿No se castiga á los que las tras- pasan , como culpables de una acción injusta? Aquí tienes mi pensamiento. Encada Estado, la justicia no es más que la utilidad del que tiene la autoridad en sus manos, y, por consiguiente, del más fuerte. De donde se sigue para todo hombre que sabe discurrir, que la justicia y lo que es ventajoso al más fuerte en todas partes y siempre es una misma cosa. —Comprendo ahora lo que quieres decir; ¿pero eso es cierto? Examinémoslo. Defines la justicia lo que es ven- tajoso , á pesar de que me hablas á mí prohibido defi- nirla de esa manera. Es cierto que añades : al más fuerte. — ¿Eso es nada? — Yo no sé aún si es una gran cosa; lo que sé es que es preciso ver si lo que dices es verdad. Convengo con- tigo en que la justicia es una cosa ventajosa; pero añades que lo es sólo para el más fuerte. Hé aquí lo que yo ig- noro , y lo que es preciso examinar. — Examínalo, pues.