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Asignatura: Etnología Regional, Profesor: , Carrera: Antropología Social y Cultural, Universidad: UCM
Tipo: Resúmenes
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Tema 1:
GUERRERO, Ana Clara, Viajeros británicos en la España del siglo XVIII, Madrid, Aguilar, 1990, pp. 17-54.
Prólogo
Importancia de los viajeros ingleses en el siglo XVIII:
CAP. 1- “El viaje y los libros de viajeros en el siglo XVIII”
Causas que mejoran y aumentan los viajes:
Junto a los libros de viajes se suceden:
Será en el siglo XIX cuando surja y ser perfile la diferenciación entre:
BRANDES, Stanley 'España como objeto de estudio' en Antropología de los pueblos de España Madrid: Taurus, 1991 pp. 141-
El etnógrafo norteamericano comienza su trabajo de campo en España, debe cumplir las normas que se imponen en España durante la Guerra Civil, esto implica cierta conformidad a las normas de una manera u otra ajenas al investigador; sobre todo en el campo donde estudia y reside Hace alusión al hecho de que en España no existe división marcada entre informante y amigo por lo que se produce una función de roles que implica emplear muchas horas con los informantes.
La diversidad cultural española es muy representativa tiene repercusiones tan significantes o más que la americana; tales como:
1º La tendencia en la política española a estimular la consciencia de diferencias culturales ej: líderes políticos para incrementar sus intereses
2º Las distinciones culturales en España, coinciden en fronteras geográficas ( lo que unes a los españoles es un sentido de diferenciación cultural entre territorios, comarcas, regiones…y terminando en barrios, pueblos, aldeas…)
El autor elige un sitio que representa lo más distinto a lo suyo: Becedas, un pueblo de la provincia de Ávila, con 800 habitantes
El objetivo principal es ofrecer una visión más o menos similar a la de la propia gente.
Para el antropólogo, la selección fue seleccionar a los amigos e informantes entre los vecinos que él consideraba más representativos, eliminando a los gitanos por no ser representativos y favoreciendo a los más representativos. Reconoce que estas ideas le afectaron a la representatividad de los informantes y que practicó una especie de autocensura.
COMAS D’ ARGEMIR, Dolors (1992) ‘La Antropología Social frente al análisis
de problemas sociales en el propio contexto cultural’ Papers d’Antropología, 3: 3-
contexto
Una reflexión sobre orientaciones de la Antropología frente al análisis de problemas sociales forzosamente ha de tener en cuenta el contexto en que se desarrolla la práctica de la investigación, lo que implica considerar dos dimensiones complementarias: la situación actual de la sociedad española y la forma específica del desarrollo de la Antropología Social de España. La intención es presentar los factores que cristalizan en una determinada forma de pensar y de hacer antropología, discutiendo algunos problemas relacionados con la práctica de la Antropología y con los fundamentos epistemológicos de la disciplina.
Lo que más se destaca en la sociedad española es la rapidez (espacio de unos treinta años) con que han tenido lugar grandes mutaciones políticas y sociales (industrialización y urbanización con enormes trasvases de población, movilidad social y secularización, etc.), que han implicado cambios profundos de prácticas y de mentalidad. La mayor parte de cambios de las cuestiones sociales son comunes a otros países de Europa, y lo específico al caso español es que han sido precipitadas en un tiempo bastante corto, lo que hace más difíciles asimilar. En muchos casos se han perdido eslabones que unen viejas y nuevas formas, implicando pérdida de referentes y desestructuración, no sólo implicando retos y propuestas creativas sino también implicando problemas y dificultades. Las ciencias sociales, y entre ellas la Antropología, han sido requeridas como fruto de esas demandas.
La reinstitucionalización de la Antropología se produce en este mismo contexto de cambios y es fruto de él. Durante el franquismo las ciencias sociales y humanas habían pasado por unos años particularmente difíciles, ya que o bien han sido eliminadas del panorama universitario, o bien habían sido sometidas a los principios ideológicos del régimen. Respecto a la antropología, hay que destacar a Julio Caro
Volviendo al hilo inicial, tal como lo señala Prat (1991) en una representación en síntesis sobre aspectos teórico-metodológicos de la Antropología en España, la mayor parte de los antropólogos españoles han hecho trabajo de campo en el propio país. Inicialmente buscaron comunidades campesinas de pequeño tamaño, o bien grupos sociales y/o minorías con clara especificidad cultural. Tenían muchos puntos en común con los colegas británicos, norteamericanos o franceses que hacían sus investigaciones en España: un mismo lenguaje académico y una misma metodología, principalmente. Pero muchos factores de tipo cultural los separaba también, relacionados sobre todo con la distribución del poder profesional.
Al cabo de los años bastantes antropólogos españoles cambiaron de terreno incorporando el estudio a ámbitos urbanos y empezando a trabajar sobre distintos temas relacionados con cuestiones sociales cruciales. La autora piensa, que en muchos casos no fue una decisión premeditada, sino que respondía a una preocupación profunda por los cambios sociales que se estaban produciendo. Además piensa que no era nueva, pues esa misma preocupación estaba presente en las investigaciones sobre el campesinado. Pasado el tiempo puede decirse, que fue una secuencia lógica el que muchos antropólogos españoles pasaran a analizar problemas claves y centrales de la sociedad en que vivían, teniendo como resultado que muchos estudiantes siguieran esa línea.
Pero volviendo a la pregunta antes formulada: ¿Dónde está la identidad de la Antropología? El Departamento del que forma parte la autora, en Tarragona, puede ilustrar esta evolución específica de la Antropología en España, ya que es producto de ella. Las líneas de investigación existentes se desarrollan mayoritariamente (pero no exclusivamente) en España y se refieren todas a cuestiones sociales de distinto tipo:
movimientos religiosos, procesos migratorios e identidades colectivas, cambios en la relación familia-trabajo, salud-enfermedad y formas de asistencia. A partir de este punto de referencia, la autora realiza una especie de autorreflexión sobre el trabajo como grupo (aunque en algunos aspectos se refiera a sus propias investigaciones), como medio de analizar algunos problemas relacionados con la práctica etnográfica y con los fundamentos epistemológicos de la disciplina.
sobre las dimensiones humanistas de la antropología
De lo anterior podría deducirse que los antropólogos que trabajan en le propio país son más sensibles a los problemas sociales y que, por tanto, están más predispuestos a incorporarlos a sus investigaciones. Debido a la creciente práctica de lo que los británicos llamas “anthropology at home”, se ha tendido a reificar las diferencias entre los antropólogos autóctonos y los extranjeros en el terreno. Así, los autóctonos parecen tener la ventaja de una mayor eficacia en el trabajo de campo. Tienen como peligro, sin embargo, la falta de distancia respecto al objeto de estudio, lo que les hace ser más volubles y maleables a la demanda social, con el riesgo de que ésta sea la que determine la construcción del objeto de estudio, cayendo al mismo tiempo en un excesivo pragmatismo y empirismo. No obstante, la división entre estos dos tipos de antropólogos no es relevante para cuestiones más fundamentales. Puede serlo a nivel práctico, desde luego. Los antropólogos autóctonos suelen ser más accesibles para las instituciones y medios de comunicación locales, por lo que son más requeridos para divulgar sus trabajos, o para hacer estudios concretos. Por lo demás, no hay diferencias substanciales. A unos y a otros se le plantea de la misma forma la objetividad versus la subjetividad, que la autora tratará a partir del problema de la alteridad y de las dimensiones humanistas de la disciplina.
Cuando se analizan temas relacionados con la marginación social, la organización asistencial, o los cambios de valores, estamos tratando problemas presente sen nuestro universo cultural, con los que estamos familiarizados y que pueden generar una fuerte preocupación en la opinión pública y en los medios de comunicación
En contra podría argumentarse que un antropólogo que estudia una sociedad muy diferente a la propia (“exótica” desde su punto de vista) se encuentra menos implicado con sus problemas sociales, ya que los analiza desde fuera y puede distanciarse de ellos tanto intelectualmente como físicamente. En tal caso, la práctica de la Antropología, no tiene otras connotaciones que las puramente académicas, por lo que parecería estar en condiciones más adecuadas para hacer contribuciones a la teoría. Un recorrido por la historia de la Antropología demuestra que esto no es así (uso político de los materiales etnográficos que se ha traducido en reflexiones abundantes acerca de los aspectos éticos de la disciplina; las monografías etnográficas son siempre subjetivas, ya que en ellas pueden reflejarse tanto las preocupaciones y personalidad del antropólogo, como los aspectos que la población indígena destaca como más relevantes; además, la propia creación de conceptos y categorías no es algo neutro).
La Antropología reflexiva ha puesto a la luz suficientemente estas cuestiones, por lo que hoy en día resulta insostenible partir de una supuesta objetividad en abstracto. Lo que ocurre al analizar el propio contexto cultural es que estos componentes humanistas aparecen de forma mucho más visible, porque son prácticamente ineludibles. Lo problemático es que la perspectiva adoptada por el antropólogo aparece como una de las posiciones posibles entre el conjunto de alternativas que aparecen en la sociedad. ¿Qué es lo que da legitimidad y validez a la visión del antropólogo? ¿Cuáles son las premisas para que sea un punto de referencia crucial para la lectura de los problemas sociales, en lugar de ser considerada como una perspectiva más, entre otras muchas? Considera, la autora, que la clave de esta cuestión crucial se encuentra en dos aspectos básicos:
Estos aspectos lo trata en los siguientes apartados.
sobre la práctica de la antropología
Una buena etnografía es un constructo que deriva de la observación y el análisis. La forma de investigar distingue claramente al antropólogo de otros profesionales. Una mirada cercana sirve para zambullirse en la sociedad que se estudia, para reconstruir las experiencias y percepciones de las personas, para comprender , en definitiva. Una mirada lejana en necesaria, en cambio, para analizar, para establecer comparaciones, para interpretar. Es importante tener presente estas dos dimensiones complementarias e irrenunciables, ya que es lo que asegura el rigor científico en la práctica de la Antropología y es también la principal aportación que el antropólogo puede hacer a un equipo interdisciplinario. Preservando la lógica de éstas dos perspectivas puede evitarse lo que parece más problemático al tratar cuestiones sociales del propio contexto cultural, como es le peligro de caer en la trivialidad y, por tanto, de contribuir a un deterioro irremediable de las bases en que se asienta la Antropología, a una des-antropologización , en definitiva. Pero vayamos por partes.
Sería necesario debatir específicamente hasta qué punto el trabajo de campo, entendido en su forma más clásica (estancias prolongadas con el grupo que se analiza) es “el” instrumento de la Antropología. Si es así, las investigaciones en Tarragona son bastante heterodoxas (no obstante se intenta preservar las condiciones para alcanzar un conocimiento del objeto de estudio y alcanzar descripciones etnográficas densas y precisas). La observación, junto con la entrevistas en profundidad y la reconstrucción de relatos biográficos constituyen las principales técnicas utilizadas. En el método biográfico, las unidades de análisis se delimitan de acuerdo con el problema a investigar, a partir del que se establece el contexto social e histórico que resulta pertinente para la interpretación. La cuestión es que, puesto que se analizan profundamente segmentadas, el trabajo de campo clásico no garantiza en ideal holístico de abarcar todo el conjunto social. Por ello, podemos ahora matizar que sí hacemos trabajo de campo, pero las características de la sociedad estudiada
mujeres en cada una de las ciudades. La propuesta respondía a la preocupación de aquellas instituciones ante las dificultades de la inserción laboral de las mujeres, que presentaban altos índices de desempleo. Aceptó por diversos motivos: era un tema que se alejaba de sus intereses generales; influyó que como persona, y como mujer específicamente, el problema le preocupaba también; además, cada proyecto permitía contratar a seis antropólogos sociales durante seis meses. Quizá el factor que más pesó, fue lo último, pues significaba experiencia y trabajo para sus licenciados e implicaba la obligación de dirigir unos equipos bastante amplios, que habían de trabajar de forma intensiva, pues existía el compromiso de presentar resultados en un período de tiempo limitado.
En toda esta etapa, su principal temor radicó en que un excesivo pragmatismo hiciera caer en la misma clase de trivialidades en que incurren otros profesionales al estudiar el tema, limitándose a cuantificar lo que ya se conoce y reproduciendo las opiniones de la gente en jerga científica. Piensa que en buena medida se pudo conseguir los propósitos que se habían fijado, aunque sospecha que las instituciones que hicieron el encargo esperaban otra cosa. Por ello piensa también que el planteamiento por el que optó venía facilitado porque, al fin y al cabo, ella estaba arriesgando un poco. Su posición académica le proporcionaba un grado de libertad considerable, puesto que ni su salario ni su medio de vida dependían de esas investigaciones concretas. Esto hay que subrayarlo, porque cada año salen nuevos licenciados del ramo que no son absorbidos por el mundo académico y son los que lógicamente han de realizar estos estudios por encargo. Y cuando la Antropología Social se sitúa en la competencia del mercado resulta difícil mantener el rigor científico necesario.
No hay duda de que otras ciencias sociales cuentan con medios más rápidos y espectaculares para obtener y difundir resultados, por lo que en términos de mercado es muy difícil competir con ellas. El peligro es el de empezar a hacer renuncias de método, a favor de aproximaciones más superficiales y que los análisis cualitativos se sacrifiquen en aras a la presentación de los datos susceptibles de ser cuantificados.
Considera un error caer en esta clase de opciones y desde luego, la disyuntiva no está en la confrontación entre métodos cuantitativos y cualitativos, sino en la prioridad que se les otorga. Los antropólogos no deberíamos hacer renuncias, sino, por el contrario, reivindicar el valor de nuestra forma de trabajo. La principal aportación del antropólogo al estudio de cuestiones sociales radica precisamente en su aproximación cualitativa , en su capacidad para hacer una etnografía densa y para desvelar la lógica que subyace a los comportamientos sociales. Ahí se encuentra la eficacia de la Antropología y sobre esta clase de eficacia hay que saber convencer. (aunque reconoce que no es fácil). Si se privilegia el pragmatismo y se sacrifican los métodos de la Antropología para poder suministrar respuestas rápidas y concisas a la demanda social, no se hace más que poner los medios para ir hacia un proceso lento pero imparable de des-antropologización.
sobre las contribuciones a la teoría
El peligro de una des-antropologización no procede sólo de un exceso de pragmatismo o de intento de emular los métodos de otras disciplinas renunciando a los propios. También puede producirse en el nivel de análisis e interpretación, en el que pesan también los resultados en un lenguaje inteligible y acorde con las grandes líneas que orientan las preocupaciones sociales por un determinado tema. (La autora se refiere a las consecuencias que poseen determinadas formas de análisis para la formulación de teoría y esto es más difícil de plantear.).
A la hora de elaborar los resultados de un estudio concreto, podemos optar por presentar “hechos” reproduciendo así los rasgos sociales y culturales en la misma forma en que son recibidos. Esto en sí mismo ya es una serie limitación, porque la mera traducción de lo que se observa a un lenguaje científico no aporta nada nuevo, por lo que puede considerarse una trivialidad. Presenta, además, dos problemas importantes para la elaboración teórica: el confundir ideología con sistema y el convertir rasgos descriptivos en teoría. Es evidente que toda investigación se basa en datos empíricos y que debe recogerse también las representaciones que las
incorrecto es convertirla al rango de categoría explicativa, cuando se trata de un rasgo cultural que requiere él mismo de explicación.
Al entender de la autora la falta de distancia respecto al objeto de estudio resulta especialmente problemática en el nivel de análisis e interpretación, ya que contribuye a que el antropólogo reproduzca su propio sistema cultural de significados, utilizando los mismos lenguajes en que se expresan. La autoridad de la Antropología sólo deviene posible si esto se trasciende, si es capaz de ir más allá de lo que la gente dice, si suministra un verdadero marco de interpretación. Para ello se debe evitar confundir las construcciones locales o indígenas, de las construcciones científicas de carácter globalizador. Esto supone ser rigurosos en el uso de conceptos y categorías, cosa que implica que el discurso científico resultante sea seguramente menos inteligible para el público que la mera exposición de los hechos. Otra cosa es (y por ello no está en contradicción) efectuar una tarea divulgadora, que considera absolutamente necesaria.
Al mismo tiempo que, la autora, ve problemas en el hecho de que la antropología analice el propio contexto cultural del que ha surgido, está convencida también de que esto está resultando crucial para la renovación de la disciplina y está suministrando ya importantes elementos para sus bases epistemológicas. (A continuación se apunta algunos de los que la autora considera especialmente relevantes y que están saliendo a la luz a partir de las nuevas preocupaciones sociales que se van generando).
Uno de los aspectos es cómo tratar la diversidad cultural. Esta es precisamente una de las piezas claves sobre la que se ha construido la Antropología Social y sus distintos enfoques teóricos. En estos momentos se están planteando nuevas situaciones, que afectan directamente a las sociedades en que vivimos y que ponen de manifiesto una vez más aquella dimensión humanista de la Antropología. Los procesos migratorios, el asentamiento de nuevas minorías étnicas, los brotes del racismo, o el estallido de los nacionalismos obligan a abordar de nuevo el tema de la diversidad. Tal como señalan Goddard et alii (1992), el relativismo sólo puede
proporcionar una solución temporal y superficial, ya que no sólo puede conducir a una exotización del “otro”, sino que puede contribuir incluso a legitimar determinadas prácticas, tanto a nivel privado (la violencia contra los niños, por ejemplo), como a nivel público (las legislaciones reguladoras de la inmigración extranjera), La cuestión es cómo reconocer la diferencia y la especificidad cultural sin facilitar ni legitimar la opresión. Los antropólogos han de dar una respuesta a este tipo de problemas, lo que implica reformular de forma crítica las perspectivas sobre la diversidad.
Otro aspecto importante se relaciona con la necesidad de revisar los contenidos de algunas categorías analíticas. Cuando hablamos de familia, de nación, de sociedad, de comunidad, de individuos, de relaciones, o de sistemas, nos referimos a distintos niveles de abstracción que nos representamos como totalidades , como conjuntos unitarios y delimitables. El análisis de problemas sociales contemporáneos está imponiendo, en cambio, la idea de fragmentación. Formas de marginación y subordinación importantes que vinculan a determinados grupos étnicos. Las diferencias de género o raza cruzan las clases sociales, multiplicando los criterios de segmentación, y muchos de los problemas sociales más graves están asociados a distintas formas de división social. Un eje importante de reflexión es, pues, como unidad y fragmentación se integran como componentes indisociables de unas mismas realidades. En todo caso, esto obliga a revisar unas categorías analíticas que se hallan ampliamente difundidas, para incorporar en ellas esta idea de fragmentación. Y si hay “partes” o “fragmentos” y hay interpretación entre ellos, hay que pensar también en que los límites de aquellas categorías son mudables y difusos. Es una concepción que se aleja bastante de la vieja idea del holismo , que es necesario replantear también, para no perder justamente la noción de integración entre los distintos elementos que socialmente se perciben como separados y autónomos.
Finalmente, la observación y el análisis de los problemas sociales obliga a reconsiderar la relación entre estructura y sentimiento. La Antropología Social ha tendido a privilegiar el papel de las estructuras sobre los componentes emocionales del