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Asignatura: Teorías Criminológicas, Profesor: , Carrera: Dret + Criminologia, Universidad: UA
Tipo: Resúmenes
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La familia es la principal correa de transmisión para la difusión de las normas culturales en la generación siguiente.
Existen:
reducir los impulsos, para la canalización social de las tensiones y para la renuncia a las satisfacciones instintivas, según las palabras de Freud.
Con los recientes progresos de la ciencia social, estas concepciones han sufrido una modificación básica:
guerra incesante entre el impulso biológico y la coacción social.
cada vez más a las perspectivas y los conceptos sociológicos.
El propósito fundamental es descubrir cómo algunas estructuras sociales ejercen una presión definida sobre ciertos miembros de la sociedad para inducirles a adoptar una conducta inconformista y no una conducta conformista.
Elementos de la estructura social:
legítimos todos los individuos de la sociedad o los miembros de esta situados en diversos niveles. Los objetivos están más o menos integrados y ordenados en una cierta jerarquía de valores (“proyectos para la vida en grupo”). Aunque algunos de estos objetivos culturales se relacionan directamente con los impulsos, no están determinados por éstos.
modos admisibles de alcanzar estos objetivos. Estas normas reguladores no se identifican necesariamente con las normas técnicas. Muchos procedimientos que desde el punto de vista de los individuos particulares serían altamente eficaces para alcanzar los valores deseados están proscritos de la zona institucional de la conducta permitida.
Los sociólogos hablan a menudo de estos controles como si radicasen en las costumbres o como si operasen a través de instituciones sociales (formulaciones elípticas). Pueden representar normas de conducta prescritas en forma definida, o bien preferentes, o permisivas o proscritas. Al examinar el comportamiento de los controles sociales hay que tener en cuenta estas variaciones (indicadas por los términos prescripción, preferencia, permiso y proscripción).
Se encuentra un segundo tipo extremo en aquellos grupos cuyas actividades, concebidas en un principio como instrumentales, se transforman en prácticas autárquicas, carentes de objetivos ulteriores. Los objetivos originales se olvidan y la adhesión escrita a la conducta institucionalmente prescrita se convierte en un rito. El conformismo adquiere categoría de valor central.
Sólo se conserva el equilibrio efectivo entre estas dos fases de la estructura social mientras los individuos obtienen satisfacciones ajustadas a las dos presiones culturales, es decir, satisfacciones por la consecución de objetivos y satisfacciones que provienen directamente de los canales institucionalizados para conseguirlos.
Los sacrificios que comporta ocasionalmente la conformidad a las normas institucionales han de compensarse en forma socializada. La distribución del status mediante la competencia ha de organizarse de tal modo que todas las posiciones comprendidas en el orden distributivo gocen de incentivos positivos para adherirse a las obligaciones del status.
Tipo de sociedad: una sociedad que atribuye una importancia excepcional a los objetivos específicos sin atribuir una importancia correspondiente a los procedimientos institucionalizados.
Ninguna sociedad carece de normas de regulación de la conducta. Pero las sociedades difieren en el grado en que la tradición, las costumbres y los controles institucionales de integran efectivamente en los objetivos que ocupan los niveles superiores en la jerarquía de los valores culturales.
La leve sensación de desasosiego en este último caso y su carácter subrepticio de delito público indican claramente que las reglas institucionales del juego son conocidas por los que las infringen. Pero la exageración cultural (o idiosincrática) del éxito como objetivo induce a los hombres a retirar a reglas todo apoyo emocional.
Este proceso de exaltación del que Jericó que termina engendrando una desmoralización literal de los medios se produce en muchos grupos donde los dos componentes de la estructura social no están muy integrados.
La cultura norteamericana contemporánea atribuye una gran importancia a los objetivos y al éxito sin dar una importancia equivalente a los medios institucionales. El anonimato que comporta la sociedad urbana, unido a estas peculiaridades del dinero, permite que la riqueza sirva como símbolo de status elevado. Además, en el “sueño norteamericano” no hay ningún punto final. En este flujo de normas cambiante amo hay ningún punto estable de reposo o, mejor dicho, hay un punto que siempre resulta estar “un poco más adelante”.
Decir que el objetivo del éxito monetario se ha intentado llanamente en la cultura norteamericana quiere decir únicamente, que los norteamericanos se ven bombardeados por todas partes con preceptos que afirman el derecho y, a menudo el deber, de luchar por este objetivo, incluso en caso de frustración repetida. La familia, la escuela y el lugar de trabajo se unen para inculcar la disciplina necesaria para que el individuo siga creyendo en un objetivo constantemente fuera de su alcance, para que siga moviéndose por la promesa de una recompensa que nunca se cumple.
Las escuelas son, naturalmente, el organismo oficial para la transmisión de los valores dominante.
Las más diversas fuentes presionan continuamente para la inducir a conservar estas elevadas ambiciones. El simbolismo del hombre ordinario que se eleva al estado de realeza económica está profundamente imbricado en la pauta cultural norteamericana.
Se atribuye una gran importancia a la penalización de lo que veían en sus ambiciones. Se enseña a los norteamericanos a no desertar, para ellos no existe la palabra
Está basado en el uso de medios institucionalmente proscritos pero a menudo muy efectivos de alcanzar, por lo menos, el simulacro del éxito: la riqueza y el poder. Esta reacción se produce cuando el individuo ha asimilado la importancia cultural atribuida al objetivo, sin interiorizar con la misma intensidad las normas institucionales que rigen las vías y los medios para conseguirlos.
Una gran inversión emocional en un objetivo puede crear una predisposición a asumir riesgos.
En los niveles económicos superiores, la presión hacia la innovación borra con frecuencia la distinción entre los esfuerzos aceptados por las costumbres y las prácticas violentas al margen de estas. No se conocen todas las desviaciones de las normas institucionales en los estratos económicos superiores y lo más probable es que sean también muy pocas las desviaciones entre las clases medias sus salen a la luz.
Existen dos rasgos importantes:
La presión dominante lleva a la atenuación de los esfuerzos legítimos y al uso creciente de los medios ilegítimos, pero más o menos efectivos.
La cultura impone exigencias imposibles a los situados en los niveles inferiores de la estructura social. Por un lado le pide que orienten su conducta hacia la meta de la riqueza, y por otro lado, se les niega en gran parte las posibilidades efectivas de alcanzar esta meta por vía institucional. Todo esto produce un elevado índice de conducta divergente.
La conducta divergente solo existe en una gran escala cuando un sistema de valores culturales exalta algunos objetivos de éxito comunes para la población en general, al tiempo que la estructura social restringe rigurosamente y cierra del todo el paso a las vías aprobadas de acceso a estos objetivos para una parte considerable de esta misma población. Por el contrario, se considera aplicable a todos el mismo conjunto de símbolos del éxito. La ambición fomenta uno de sus vicios cardinales: la conducta divergente.
Este análisis teórico puede ayudar a explicar las diversas correlaciones entre la delincuencia y la pobreza. La pobreza no es una variable aislada que opere de la misma manera en todas partes; es una más dentro de un complejo de variables sociales y culturales interdependientes e identificables como tales. Pero ella sola no basta para producir un alto índice de conducta criminal. Pero cuando la pobreza y las desventajas que comporta en la competencia por los valores culturales aprobados por todos los miembros de una sociedad van
unidas a un gran énfasis cultural en el éxito pecuniario como objetivo dominante, los elevados índice de conducta criminalidad son el resultado normal. Las estadísticas elementales de la delincuencia indican que la pobreza tiene menos relación con la delincuencia en la Europa sudoriental que en los EEUU. Cuando tenemos en cuenta la configuración general parece posible encontrar una explicación de por qué en nuestra sociedad existe una mayor correlación entre la pobreza y la delincuencia que en otras sociedades caracterizadas por una estructura de clases rígida y por símbolos del éxito diferentes para cada clase.
Las víctimas de esta clase son conscientes de una discrepancia entre el valor individual y la recompensa social, pero no siempre comprenden la causa de ella. En esta sociedad, los hombres tienden a atribuir la máxima importancia al misticismo: a la obra de la fortuna, de la casualidad o de la suerte.
Tanto el triunfador eminente como el fracasado eminente de nuestra sociedad atribuyen no pocas veces el resultado a la suerte.
La casualidad y la suerte cumplen funciones distintas según las han los que han alcanzado los objetivos culturalmente importantes o los que no los han alcanzado. Para el triunfador constituyen, en términos psicológicos, una simple expresión de modestia. En términos sociológicos, la doctrina de la suerte, expuesta por los triunfadores, cumple una función doble: la de explicar la frecuente discrepancia entre el medio y la recompensa, manteniendo online de toda crítica una estructura social que permite que esta discrepancia forja con frecuencia.
Para el fracasado la doctrina de la suerte cumple la función psicológica de permitirles conservar la estimulación de sí mismos ante el fracaso. Desde el punto de vista sociológico, como viene a decir Bakke, la doctrina puede reflejar la incapacidad de comprender la acción del sistema social y económico y puede ser disfuncional en la medida que desvíe los esfuerzos en pro de cambios estructurales que seguiremos una mayor equidad con respecto a las oportunidades y recompensas.
El tipo ritualista implica el abandono o la reducción de los altos objetivos culturales del éxito pecuniario y de la rápida movilidad social en la medida justa en que pueden satisfacerse las apariciones individuales. La adaptación es una decisión interna y que la conducta franca y abierta es institucionalmente permitida aunque no culturalmente preferida, no se la considera, en general, como un problema social. Tanto si se considera una conducta divergente como si no, es indudable que representa un alejamiento del modelo cultural en que los hombres están obligados a esforzarse activamente, de preferencia a través de procedimientos institucionalizados, para avanzar y ascender en la jerarquía social.
Éste tipo de adaptación ha de resultar bastante frecuente en una sociedad que hace depender el estatus social, en gran parte, de los éxitos del individuo. Ansiedad por el status: mitigar estas ansiedades en rebajar en forma permanente el nivel de las propias aspiraciones.
El síndrome del ritualista social es tan conocido como instructivo. Su filosofía de la vida se expresa en serie de valores culturales. El tema subyacente en todas estas actitudes es que las grandes ambiciones exponen a la frustración
valor supremo del objetivo del éxito. El conflicto se resuelve abandonando ambos elementos precipitantes: los objetivos y los medios.
En contraste con el conformista, que mantiene en funcionamiento el engranaje social, este extraviado es un riesgo improductivo; en contrates con el innovador que, por lo menos, es listo y se esfuerza activamente, no atribuye ningún valor al objetivo del éxito que en tan alta estima tiene la cultura; en contraste con el ritualista que, por lo menos, se ajusta a las costumbres, presta escasa atención a las prácticas institucionales.
Este cuarto modo de adaptación es, pues, el de los desheredados sociales que, si no reciben ninguna de las recompensas otorgadas por la sociedad, por lo menos escapan a la mayoría de las frustraciones que acompañan a la búsqueda constante de estas recompensas. Es, además, un modo privado y no colectivo de adaptación. Aunque las personas que siguen esta conducta divergente pueden gravitar hacia centros en los que entran en contacto con otros extraviados y aunque pueden llegar a participar en la subcultura de estos grupos divergentes, sus adaptaciones son esencialmente privadas y aisladas y no están unificadas bajo la égida de ningún nuevo credo cultural.
Lleva a los individuos situados fuera de la estructura social ambiental a imaginar y a intentar convertir en realidad una estructura social nueva, es decir, grandemente modificada. Supone el alejamiento de los objetivos y de las normas vigentes que se consideran como puramente arbitrarias.
Hemos de diferenciarla de un tipo superficialmente parecido pero esencialmente distinto: el resentimiento. El concepto de resentimiento fue introducido en un sentido técnico especial por Nietzsche y Max lo adoptó y lo desarrolló sociológicamente. Éste complejo sentimiento contiene tres elementos relacionados entre sí:
contra la persona o el estrato social que los provoca.
La diferencia esencial entre resentimiento y rebelion es que aquel no implica ningún cambio verdadero de valores. El resentimiento comporta siempre una pauta de acidez que se limita a afirmar que los objetivos deseados pero inalcanzables no encarnan los valores estimados. En cambio, la rebelión implica una auténtica transvaloracion en la que la experiencia directa o indirecta de la frustración induce a denunciar plenamente los valores anteriormente estimados. En el resentimiento se condena lo que uno anhela en secreto; en la rebelión de condena el anhelo mismo. Pero aunque son dos cosas distintas, la rebelión organizada puede aprovecharse de las reservas de resentidos y descontentos al agudizarse las dislocaciones institucionales.
Este orden social presiona para derrotar a los competidores, que no se limitan al resultado final del éxito. Pero cuando el énfasis cultural se desplaza de las satisfacciones provocadas por la competencia en si a un interés casi exclusivo
por el resultado, la tensión resultante provoca la destruccion de la estructura reguladora.
Esta tendencia no opera igualmente en toda la sociedad. En nuestro análisis hemos intentado señalar cuales son los estratos más vulnerables a las presiones inductoras de una conducta divergente y descubrir algunos de los mecanismos que producen estas presiones éxito monetario como principal objetivo cultural, aunque existen, desde luego, otros objetivos en el almacén de los valores comunes.
La familia es la principal corre de transmisión para la difusión de las normas culturales a las nuevas generaciones. Pero hasta hace poco no hemos comprendido que la familia transmite, en general, la porción de la cultura accesible al estrato y al grupo social en que los padres se encuentran. Con frecuencia, los niños descubren y asimilan uniformidades culturales incluso cuando son implícitas y no se han reducido a reglas. Las pautas del lenguaje proporcionan la prueba más impresionante, fácilmente observable en el aspecto clínico, de que en el proceso de socialización los niños descubren uniformidades que sus padres o sus contemporáneos no les han explícitamente formulado no los mimos niños formulan.
Es evidente que ha descubierto los modelos implícitos de la expresión del plural y de la conjugación de los verbos. Lo demuestra la naturaleza misma de su equivocación y la errónea. Se puede ingerir, por consiguiente, que está ocupado en descubrir los modelos implícitos de valoración cultural, de jerarquización de las personas y las cosas u de formación de objetivos estimables, en actuar de acuerdo con ellos.
Elemento más relevante para nuestro propósito: proyección de las ambiciones de los leer en el hijo.
Si queremos comprender el papel inconsciente de la disciplina familiar en la conducta divergente, desde la perspectiva de nuestro esquema analítico, es necesario emprender una investigación a fondo, centrada en la formación de objetivos ocupacionales de los diversos estratos sociales.