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sanchez roman, Apuntes de Periodismo

Asignatura: Historia del mundo actual, Profesor: Jose Antonio Ruiz San Roman, Carrera: Periodismo, Universidad: UCM

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 01/03/2014

adriana083
adriana083 🇪🇸

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Historia.
Tema 4- ¿Qué es modernidad? La ciudad moderna.
Las grandes urbes y la vida del espíritu.
Los problemas de la vida moderna manan de la pretensión del individuo de conservar la autonomía
y peculiaridad de su existencia frente a la prepotencia de la sociedad. La vida moderna está
caracterizada por la resistencia del individuo a ser nivelado y consumido en un mecanismo técnico-
social. Allí donde son cuestionados los productos de la vida moderna según su interioridad, y el
cuerpo de la cultura según su alma, allí deberá investigarse la respuesta a la ecuación que tales
figuras establecen entre los contenidos individuales de la vida y los supraindividuales, las
adaptaciones de la personalidad por medio de las que se conforma con las fuerzas que le son
externas.
El fundamento psicológico sobre el que se alza el tipo de individualidades urbanitas es el
acrecentamiento de la vida nerviosa, que tiene su origen en el rápido e ininterrumpido intercambio
de impresiones internas y externas. El hombre es un ser de diferencias, esto es, su consciencia es
estimulada por la diferencia entre la impresión del momento y la impresión precedente. Las
impresiones persistentes, la insignificancia de sus diferencias, la regularidades habituales de su
transcurso y de sus oposiciones, consumen menos consciencia que la rápida aglomeración de
imágenes cambiantes. La gran urbe crea precisamente estas condiciones psicológicas; produce ya
en los elementos sensoriales de la vida anímica una profunda oposición frente a la pequeña ciudad
y la vida del campo, con el ritmo de su imagen senso-espiritual de la vida que fluye más lenta, más
habitual y más regular.
A partir de aquí se torna conceptuable el carácter intelectualista de la vida anímica urbana, frente al
de la pequeña ciudad que se sitúa más bien en el sentimiento y en las relaciones conforme a la
sensibilidad. Pues éstas se enraízan en los estratos más inconscientes del alma y crecen con la
mayor rapidez en la tranquila uniformidad de costumbres ininterrumpidas. Los estratos de nuestra
alma transparentes, conscientes, más superiores, son el lugar del entendimiento. El entendimiento
es, de entre nuestras fuerzas interiores, la más capaz de adaptación; por lo que sólo el sentimiento
más conservador sabe que tiene que acomodarse al mismo ritmo de los fenómenos. De este modo,
el tipo del urbanita se crea un órgano de defensa frente al desarraigo con el que le amenazan las
corrientes y discrepancias de su medio ambiente externo: en lugar de con el sentimiento, reacciona
frente a éstas en lo esencial con el entendimiento.
Esta racionalidad se ramifica en y con múltiples fenómenos particulares. Las grandes ciudades han
sido la sede de la economía monetaria. Pero economía monetaria y dominio del entendimiento están
en la más profunda conexión. Les es común la pura objetividad en el trato con hombres y cosas, en
el que se empareja a menudo una justicia formal con una dureza despiadada. El hombre racional es
indiferente a lo auténticamente individual, pues a partir de esto resultan relaciones y reacciones que
no se agotan con el entendimiento lógico. Todas las relaciones anímicas entre personas se
fundamentan en su individualidad, mientras que las relaciones conforme al entendimiento calculan
con los hombres como con números, como con elementos en sí indiferentes que sólo tienen interés
por su prestación objetivamente sopesable.
Lo esencial en el ámbito psicológico-económico es que en relaciones más primitivas se produce
para el cliente que encarga la mercancía, de modo que productor y consumidor se conocen
mutuamente. Pero la moderna gran ciudad se nutre casi por completo de la producción para el
mercado, esto es, para consumidores completamente desconocidos, que nunca entran en la esfera de
acción del auténtico productor. En virtud de esto, el interés de ambos partidos adquiere una
objetividad despiadada.
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Historia.

Tema 4- ¿Qué es modernidad? La ciudad moderna.

Las grandes urbes y la vida del espíritu.

Los problemas de la vida moderna manan de la pretensión del individuo de conservar la autonomía y peculiaridad de su existencia frente a la prepotencia de la sociedad. La vida moderna está caracterizada por la resistencia del individuo a ser nivelado y consumido en un mecanismo técnico- social. Allí donde son cuestionados los productos de la vida moderna según su interioridad, y el cuerpo de la cultura según su alma, allí deberá investigarse la respuesta a la ecuación que tales figuras establecen entre los contenidos individuales de la vida y los supraindividuales, las adaptaciones de la personalidad por medio de las que se conforma con las fuerzas que le son externas.

El fundamento psicológico sobre el que se alza el tipo de individualidades urbanitas es el acrecentamiento de la vida nerviosa, que tiene su origen en el rápido e ininterrumpido intercambio de impresiones internas y externas. El hombre es un ser de diferencias, esto es, su consciencia es estimulada por la diferencia entre la impresión del momento y la impresión precedente. Las impresiones persistentes, la insignificancia de sus diferencias, la regularidades habituales de su transcurso y de sus oposiciones, consumen menos consciencia que la rápida aglomeración de imágenes cambiantes. La gran urbe crea precisamente estas condiciones psicológicas; produce ya en los elementos sensoriales de la vida anímica una profunda oposición frente a la pequeña ciudad y la vida del campo, con el ritmo de su imagen senso-espiritual de la vida que fluye más lenta, más habitual y más regular.

A partir de aquí se torna conceptuable el carácter intelectualista de la vida anímica urbana, frente al de la pequeña ciudad que se sitúa más bien en el sentimiento y en las relaciones conforme a la sensibilidad. Pues éstas se enraízan en los estratos más inconscientes del alma y crecen con la mayor rapidez en la tranquila uniformidad de costumbres ininterrumpidas. Los estratos de nuestra alma transparentes, conscientes, más superiores, son el lugar del entendimiento. El entendimiento es, de entre nuestras fuerzas interiores, la más capaz de adaptación; por lo que sólo el sentimiento más conservador sabe que tiene que acomodarse al mismo ritmo de los fenómenos. De este modo, el tipo del urbanita se crea un órgano de defensa frente al desarraigo con el que le amenazan las corrientes y discrepancias de su medio ambiente externo: en lugar de con el sentimiento, reacciona frente a éstas en lo esencial con el entendimiento.

Esta racionalidad se ramifica en y con múltiples fenómenos particulares. Las grandes ciudades han sido la sede de la economía monetaria. Pero economía monetaria y dominio del entendimiento están en la más profunda conexión. Les es común la pura objetividad en el trato con hombres y cosas, en el que se empareja a menudo una justicia formal con una dureza despiadada. El hombre racional es indiferente a lo auténticamente individual, pues a partir de esto resultan relaciones y reacciones que no se agotan con el entendimiento lógico. Todas las relaciones anímicas entre personas se fundamentan en su individualidad, mientras que las relaciones conforme al entendimiento calculan con los hombres como con números, como con elementos en sí indiferentes que sólo tienen interés por su prestación objetivamente sopesable.

Lo esencial en el ámbito psicológico-económico es que en relaciones más primitivas se produce para el cliente que encarga la mercancía, de modo que productor y consumidor se conocen mutuamente. Pero la moderna gran ciudad se nutre casi por completo de la producción para el mercado, esto es, para consumidores completamente desconocidos, que nunca entran en la esfera de acción del auténtico productor. En virtud de esto, el interés de ambos partidos adquiere una objetividad despiadada.

El espíritu moderno se ha convertido cada vez más en un espíritu calculador. Son las condiciones de la gran ciudad las que para este rasgo esencial son tanto causa como efecto. Las relaciones y asuntos del urbanita típico acostumbran a ser tan variados y complicados, esto es, por la aglomeración de tantos hombres con intereses tan diferenciados se encadenan entre sí sus relaciones y acciones en un organismo tan polinómico, que sin la más exacta puntualidad en el cumplimiento de las obligaciones y prestaciones, el todo se derrumbaría en un caos inextricable.

Si bien no son en modo alguno imposibles en la ciudad las existencias soberanas; sí son, sin embargo, contrapuestas a su tipo. Y a partir de aquí se explica el apasionado odio de naturalezas como las de Ruskin y Nietzsche contra la gran ciudad; naturalezas que sólo en lo esquemáticamente peculiar, no precisable para todos uniformemente, encuentran el valor de la vida y para las cuales, por tanto, el valor de la vida surge de la misma fuente de la que brota aquel odio contra la economía monetaria y contra el intelectualismo.

Quizá no haya ningún otro fenómeno anímico que esté reservado tan incondicionalmente a la gran ciudad como la indolencia. En primer lugar, es la consecuencia de aquellos estímulos nerviosos que se mudan rápidamente y que se apiñan estrechamente en sus opuestos, a partir de los cuales también nos parece que procede el crecimiento de la intelectualidad urbanita. También las impresiones más anodinas, en virtud de la velocidad y divergencias de sus cambios, arrancan a la fuerza a los nervios respuestas tan violentas, que alcanzan sus últimas reservas de fuerzas y, permaneciendo en el mismo medio ambiente, no tienen tiempo para reunir una nueva reserva. La incapacidad surgida de este modo para reaccionar frente a nuevos estímulos con las energías adecuadas a ellos, es precisamente aquella indolencia, que realmente muestra ya cada niño de la gran ciudad en comparación con niños de medios ambientes más tranquilos y más libres de cambios.

La esencia de la indolencia es el embotamiento frente a las diferencias de las cosas, no en el sentido de que no sean percibidas, sino del modo que la significación y el valor de las diferencias de las cosas y, con ello, las cosas mismas, son sentidas como nulas. Este sentimiento anímico es el fiel reflejo subjetivo de la economía monetaria completamente triunfante. En la medida en que el dinero equilibra uniformemente todas las diversidades de las cosas y expresa todas las diferencias cualitativas entre ellas por medio de diferencias acerca del cuánto, en la medida en que el dinero, se erige en denominador común de todo valor, en esta medida, se convierte en el nivelador más pavoroso, socava el núcleo de las cosas, su peculiaridad, su valor específico, su incomparabilidad.

Por esto las grandes ciudades, en las que en tanto que sedes principales del tráfico monetario la adquiribilidad de las cosas se impone en proporciones distintas de lo que lo hace en relaciones más pequeñas, son también los auténticos parajes de la indolencia.

A la par que el sujeto tiene que ajustar completamente consigo esta forma existencial, su automantenimiento frente a la gran ciudad le exige un comportamiento de naturaleza social no menos negativo. La actitud de los urbanitas entre sí puede caracterizarse desde una perspectiva formal como de reserva. Si al contacto constantemente externo con innumerables personas debieran responder tantas reacciones internas como en la pequeña ciudad, en la que se conoce a todo el mundo con el que uno se tropieza y se tiene una relación positiva con cada uno, entonces uno se atomizaría internamente por completo y caería en una constitución anímica completamente inimaginable. En parte esta circunstancia psicológica, en parte el derecho a la desconfianza que tenemos frente a los elementos de la vida de la gran ciudad que nos rozan ligeramente en efímero contacto, nos obligan a esta reserva.

La cara interior de esta reserva externa no es sólo la indiferencia, sino una silenciosa aversión, una extranjería y repulsión mutua, que en el mismo instante de un contacto más cercano provocado de algún modo, redundaría inmediatamente en odio y lucha. Toda la organización interna de un tráfico vital extendido de semejante modo descansa en una plataforma extremadamente variada de simpatías, indiferencias y aversiones tanto del tipo más breve como del más duradero. La esfera de

La esfera vital de la pequeña ciudad está en lo esencial concluida en y consigo misma. Para la gran ciudad es decisivo esto: que su vida interior se extienda sobre un ámbito nacional o internacional más amplio. La gran ciudad se caracteriza precisamente por su esencial independencia incluso de las personalidades particulares más significativas.

La esencia más significativa de la gran ciudad reside en este tamaño funcional más allá de sus fronteras físicas.

Hay que entender la libertad individual, no en sentido negativo, como mera libertad de movimiento y supresión de prejuicios y estrechez de miras; lo esencial en ella es que la especificidad e incomparabilidad que en definitiva posee toda naturaleza en algún lugar, se exprese en la configuración de la vida. Que sigamos las leyes de la propia naturaleza.

Las ciudades son en primer lugar las sedes de la más elevada división del trabajo económica. Exactamente en la medida de su extensión, ofrece la ciudad cada vez más las condiciones decisivas de la división del trabajo: un círculo que en virtud de su tamaño es capaz de absorber una pluralidad altamente variada de prestaciones, mientras que al mismo tiempo la aglomeración de individuos y su lucha por el comprador obliga al individuo particular a una especialización de la prestación en la que no pueda ser suplantado fácilmente por otro.

El que ofrece debe buscar provocar en el cortejado necesidades siempre nuevas y específicas. La necesidad de especializar la prestación para encontrar una fuente de ganancia todavía no agotada, una función no fácilmente sustituible, exige la diferenciación, refinamiento y enriquecimiento de las necesidades del público que deben conducir a crecientes diferencias personales en el interior de este público.

Y esto conduce a la individualización espiritual en sentido estricto de los atributos anímicos. Una serie de causas saltan a la vista. En primer lugar, la dificultad para hacer valer la propia personalidad en la dimensión de la vida urbana. Lo que entonces conduce finalmente a las rarezas más tendenciosas, a las extravagancias específicamente urbanitas del ser-especial, del capricho, del preciosismo, cuyo sentido ya no reside en modo alguno en los contenidos de tales conductas, sino sólo en su forma de ser-diferente, de destacarse y, de este modo, hacerse notar. En el mismo sentido actúa un insignificante, pero cuyos efectos son perceptibles: la brevedad y rareza de los contactos que son concedidos a cada individuo particular con el otro.

La razón más profunda a partir de la que precisamente la gran ciudad supone el impulso hacia la existencia personal más individual me parece esta: el desarrollo de las culturas modernas se caracteriza por la preponderancia de aquello que puede denominarse el espíritu objetivo sobre el subjetivo; esto es, tanto en el lenguaje como en el derecho, tanto en las técnicas de producción como en el arte, tanto en la ciencia como en los objetos del entorno cotidiano, está materializada una suma de espíritu cuyo acrecentamiento diario sigue el desarrollo espiritual del sujeto sólo muy incompletamente y a una distancia cada vez mayor. Frente a la proliferación de la cultura objetiva, el individuo ha crecido menos y menos.

Las grandes ciudades son los auténticos escenarios de esta cultura que crece por encima de todo lo personal. Aquí se ofrece una abundancia tan avasalladora de espíritu cristalizado, que se ha tornado impersonal, que la personalidad, por así decirlo, no puede sostenerse frente a ello. Para que esto más personal se salve, se debe movilizar un máximo de especificidad y peculiaridad, se debe exagerar esto, para ser también por sí misma, aunque sólo sea mínimamente. La atrofia de la cultura individual por la hipertrofia de la cultura objetiva es un motivo del furioso odio que los predicadores del más extremo individualismo, Nietzsche el primero, dispensan a las grandes ciudades.

Junto a este ideal del liberalismo creció en el siglo XIX, lo siguiente: los individuos liberados de las

ataduras históricas se querían también diferenciar los unos de los otros. El portador del valor “hombre” no es ya el “hombre general” en cada individuo particular, sino que precisamente unicidad e intransformabilidad son ahora los portadores de su valor.

Tema 13- India en el período de entreguerras.

La crisis del orden colonial: reforma, desilusión, división, 1919-1939.

El año 1919 constituyó una línea divisoria en la historia moderna de la India. A finales de ese año se pusieron en práctica las reformas Montagu-Chelmsford. Aunque las reformas detuvieron el swaraj, el “autogobierno” exigido por los nacionalistas, anunciaron un período en el que los indios decidiría su propio destino. El año trajo también los decretos represivos de Rowlatt y la catástrofe de la matanza de Amristar. Para muchos indios, las reformas se habían convertido en un cáliz envenenado. Optaron por una novedosa modalidad de acción política, la de “no cooperación no

Gujarat. En las pequeñas poblaciones aisladas de los estados principescos de la región, la educación inglesa tenía escasa presencia, mientras que la familia de Gandhi mantenía estrechos vínculos con el jainismo, una religión con muchos seguidores en el Gujarat. Junto con su pertenencia a la casta comerciante, estos vínculos alentaron su creencia en una forma no violenta de hinduismo, pues tanto el jainismo como la vida del comercio rechazaban la violencia y el quitar la vida.

Su asociación con los vegetarianos ingleses introdujo a Gandhi en una corriente del pensamiento occidental que tuvo para él un atractivo especial. Sobre todo, a partir de sus lecturas de Tólstoi y Ruskin, con su compromiso con el pacifismo y una vida ética, Gandhi empezó a formular su propia crítica del Occidente materialista. Al mismo tiempo encontró una manera de aceptar su propia herencia. Empezó a construir una “nueva valentía” en la cual la no violencia y la resistencia pasiva se transformaban en fuerza.

En el transcurso de sus 20 años en Sudáfrica, Gandhi dio forma a su nueva visión de la sociedad. En el fondo de ésta había una crítica feroz de lo que él veía como una obsesión occidental por las cosas materiales y la cultura de la competencia necesaria para conseguirlas. Había que evitar no solamente la adquisición de artículos ingleses sino el desarrollo industrial en sí. Expuso el ideal de una vida sencilla basada en una sociedad, como la de su imaginaria aldea india tradicional, en la cual cada miembro cuidaba altruistamente de los demás. La verdadera independencia no era cuestión de que los indios reemplazaran a los británicos en la sede del gobierno. Supondría una total transformación de la sociedad de arriba abajo en la cual todos los individuos se daría cuenta de su verdadero valor espiritual. La forma ideal del estado, para Gandhi, sería una agrupación de repúblicas de pueblos casi autosuficientes, con unos vínculos poco rigurosos.