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Asignatura: Evaluación de instituciones y programas socioeducativos, Profesor: maria maria, Carrera: Pedagogía, Universidad: UNIOVI
Tipo: Apuntes
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Se habrá preguntado el lector por el título del artículo que tiene en sus manos, aunque el subtítulo le ha puesto en la pista de la contes- tación. La evaluación puede conce- birse y utilizarse como un fenómeno destinado al aprendizaje y no sólo a la comprobación de la adquisición del mismo. Como un instrumento de mejora y no sólo como un ejer- cicio de medición del logro. Como un camino que conduce a la trans- formación de la práctica y no sólo como un movimiento que se cierra sobre sí mismo. La evaluación no es el momento final de un proceso y, aún cuando así fuera, debería con- vertirse en el comienzo de un nuevo proceso más rico y fundamentado.
La pregunta "para qué" es fun- damental a la hora de enjuiciar y de realizar evaluaciones. ¿Cuál es su finalidad?, ¿qué pretende?, ¿qué consigue? Responder a estas cues- tiones resulta más importante que poner en marcha evaluaciones que pueden resultar no sólo estériles si- no contraproducentes. Las pregun-
aprender y mejorar. Y son reproba- bles aquellas evaluaciones de las que se derivan comparaciones in- justas, clasificaciones insensatas, descalificaciones agraviantes o ex- clusiones perversas. Son admira- bles los usos didácticos, éticos y po- líticos de la evaluación. Son inadmi- sibles los abusos (Santos Guerra, 1995).
Una de las finalidades que ha de perseguir la evaluación es el aprendizaje. El aprendizaje de los patrocinadores, de los evaluadores,
tas esenciales de la evaluación son éstas: ¿qué beneficios persigue?, a qué personas ayuda?, ¿a qué valo- res sirve? (Santos Guerra, 1998a). No tiene mucho sentido evaluar por evaluar. Tiene menos lógica y nin- guna ética evaluar para jerarquizar, atemorizar, perseguir y castigar.
Las evaluaciones que se cierran sobre sí mismas, que no tienen más finalidad que decir que se han he- cho no tienen razón de ser. Aquellas que tienen fines pedagógicamente pobres tienen poco significado para
de los evaluados y de los testigos de la evaluación.. Aprendizajes que se pueden derivar del proceso y tam- bién del contenido o resultado de la evaluación. Para que el aprendizaje se produzca hacen falta unas con- diciones en la dinámica de la eva- luación y unas actitudes en los pro- tagonistas. Las condiciones se refie- ren a la transparencia, al rigor, a la difusión. Las actitudes que hacen posible el aprendizaje tienen que ver con la apertura, con la humil- dad y con la responsabilidad. Quien no quiere aprender no aprenderá.
Obsérvese que la evaluación tiene dos componentes esenciales. En uno de ellos se ha hecho tradi- cionalmente mucho hincapié. Me refiero a la comprobación. La eva- luación permite saber (con mayor o menor rigor) si se han alcanzado los fines que se perseguían. Pero tie- ne otro componente en el que no se ha reparado. O, si se ha hecho, ha sido de forma interesada y arbitra- ria. Me refiero a la explicación o atribución. En efecto, la evaluación no sólo dice si se han alcanzado los fines sino por qué no (o sí) se han conseguido. En el caso de la eva- luación de los alumnos se ve con claridad que cuando éstos no han conseguido realizar los aprendiza- jes exigidos (componente de com- probación) es por algún defecto su- yo (componente de explicación). Es decir o son torpes o son vagos o no estaban suficientemente prepara- dos (Santos Guerra, 1998b). Desde esta suposición, el aprendizaje de los docentes resulta imposible. Si el fracaso se explica de forma tan po- co rigurosa y exigente, es imposible poner en cuestión las prácticas pro- fesionales.
Explicaré a continuación el por qué del título que encabeza estas lí- neas. Me gusta realizar con mis alumnos y alumnas un ejercicio que refleja nítidamente el trasfondo de estas páginas. Contaré esquemáti- camente cómo se desarrolla la acti-
El ejercicio puede tener muchas variantes. Por ejemplo le doy va- rias vueltas sobre sí mismo al que va a realizar el lanzamiento, de manera que acabe casi marea- do. Ejemplifico así el caso de los evaluadores que disfrutan haciendo difícil la tarea a los evaluados. Otra variante es hacer la evaluación del lanzamiento, anotarla en el cuader- no de calificaciones, pero no infor- mar al lanzador del resultado. Pedirle que lo siga intentando sin comunicarle nunca el resultado.
Esta forma de hacer la evalua- ción permitiría clasificar a varios lanzadores (1º, 2º, 3º...) sin que ellos supieran exactamente por qué ocupaban un determinado lugar. De la misma forma podría hacerse una selección de los mejores o una
eliminación de los peores. En nin- guno de estos casos permite el pro- ceso aprender nada nuevo a los evaluados.
Puede también hacer el evalua- dor algún comentario después de realizar el primer lanzamiento (o, incluso antes, como sucede en las profecías de autocumplimiento). Por ejemplo:
O, lo que es peor:
vidad. De ella deducirá el lector, sin necesidad de muchas explicacio - nes, lo que quiero decir cuando ha - blo de la evaluación como aprendi- zaje.
Pido, en la clase, que un volun- tario se acerque al encerado. Una vez allí le vendo los ojos con un pa- ñuelo. Dibujo en el encerado una gran diana, con su blanco en el centro y cuatro o cinco anillos alre- dedor. Seguidamente coloco al inte- resado frente a la diana y le pido que lance hacia el centro un trozo de tiza que previamente le ha dado. Cuando hace impacto el proyectil hago una "evaluación" sobre una escala de cinco grados (muy mal - mal- regular-bien-muy bien) y co- munico al interesado el resultado sin explicarle las características de
su desviación. Seguidamente le in- vito a repetir el lanzamiento y le vuelvo a comunicar el resultado de la evaluación. Después de hacerlo tres o cuatro veces, hago una pre- gunta cuya respuesta es obvia y contundente por parte de los inte- grantes del grupo:
La respuesta es tajante: No.
Obsérvese que el lanzador no puede hacer su autoevaluación, ya que ni sabe dónde está ni sabe a dónde tiene que disparar ni conoce el resultado de su esfuerzo.