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Asignatura: historia del mundo actual, Profesor: Ana Boned Colera, Carrera: Periodismo, Universidad: UCM
Tipo: Apuntes
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El gobierno provisional, consciente de las expectativas creadas por el cambio de régimen, anuncia enseguida que se propone transformar el estado para hacerlo más moderno, laico y democrático. El presidente Alcalá Zamora hace ante las cámaras su diagnóstico: “la crisis de España es histórica con toda su trascendental amplitud”.
España sigue siendo en 1931 un país subdesarrollado en el que el débil sector industrial tan solo da trabajo a la cuarta parte de los obreros. Las ciudades se han ido llenando de gentes que acuden desde el campo con la esperanza de mejorar su vida.
Madrid y Barcelona, que han duplicado su población en lo que va de siglo, tienen ya un millón de habitantes, pero más de la mitad de la población, el 60%, continúa viviendo y trabajando en el campo donde la pobreza alcanza limites extremos. Eso sucede sobretodo en la mitad sur del país, donde un puñado de propietarios posee la casi totalidad de las tierras, el trabajo es escaso y está mal pagado. Uno de los primeros problemas que aborda el gobierno provisional es el de la enseñanza primaria. Faltan tantas escuelas y maestros como los que en ese momento hay. De cada 100 españoles, 44 no saben leer ni escribir. El ministerio de instrucción pública aumenta el presupuesto de la educación un 50% para poder abrir cada año 5.000 nuevas escuelas. El objetivo esencial es el de poner en pie un sistema de educación pública, totalmente laica, capaz de sacar al país del atraso que padece.
La reforma del ejército es otro de los asuntos que el gobierno aborda de forma inmediata. Manuel Azaña, ministro de la guerra, busca la modernización del ejército y sobretodo una renovación política de los mandos militares, que aunque no se han opuesto a la república, la han recibido con evidente recelo.
Azaña recurre a las jubilaciones anticipadas para reducir la desproporcionada cantidad de oficiales. Limita el ámbito de la jurisdicción militar, en beneficio de la civil, revisa los ascensos de la guerra de Marruecos y cierra tres de las cinco academias militares. Las medidas de Azaña son mal recibidas por un sector del ejército que se aleja así de la república.
El problema religioso le estalla a la republica de forma accidental, un mes después de su proclamación. En Madrid un grupo de exaltados saquea e incendia varios edificios religiosos. El anticlericalismo se hace presente una vez más en la calle, pero el gobierno, desbordado por los acontecimientos, no pone los medios para detenerlo. Los disturbios se extienden a otras ciudades. Después de tres días de violencia, más de un centenar de edificios religiosos han sido incendiados en todo el país. Las relaciones entre la iglesia católica y la república, no harán sino empeorar a partir de entonces.
La vida de la joven republica transcurre a toda prisa. El gobierno convoca para el mes de junio elecciones a cortes constituyentes. El país se llena de mítines a los que, por primera vez, los españoles acuden en masa. Se presentan a estas elecciones partidos de todas las tendencias, desde monárquicos a comunistas.
Los partidos de la coalición republicano-socialista, que formaron el gobierno provisional, salen vencedores. El más votado es el partido socialista, seguido por el partido radical, ahora centrista de Alejandro Lerreux. La derecha queda reducida a una minoría.
En diciembre de 1931, después de 6 meses de tensos debates, las cortes aprueban sin consenso la constitución de la república. El nuevo texto constitucional establece la democracia parlamentaria, introduce el modelo autonómico para intentar resolver el problema regional,
establece la separación de la iglesia y el estado, reconoce el derecho al voto para las mujeres e incluye el derecho de importantes derechos sociales para las clases trabajadoras.
Después de aprobada la constitución, Niceto Alcalá Zamora, es proclamado presidente de la república. La comitiva presidencial se dirige desde las cortes al palacio real, que va a ser desde ese día, sede de la presidencia de la república. Como presidente del gobierno es designado Manuel Azaña.
Las relaciones, ya tirantes de antemano, de la republica con la iglesia, se tensan aún más con la separación entre iglesia y estado que la nueva constitución oficializa. La iglesia pierde todos los privilegios que hasta ahora había tenido en su relación con el estado. La nueva legalidad acaba con pagos de haberes al clero, establece el matrimonio civil y el divorcio, prohíbe a las órdenes religiosas que se dediquen a la enseñanza, elimina los símbolos religiosos de todas las instituciones públicas, disuelve la compañía de Jesús por lo que muchos jesuitas se irán al exilio.
Los socialistas, con tres ministros, entran en el gobierno por primera vez en su historia. Uno de ellos, Largo Caballero, con una larga trayectoria sindical, ocupa la cartera de trabajo y adopta una serie de medidas destinadas a favorecer a los trabajadores: subida de sueldos, jornada laboral de 8 horas para los jornaleros, vacaciones pagadas, establecimiento de un salario mínimo, seguridad y seguro de enfermedad obligatorio.
La división del movimiento obrero en torno a los dos grandes sindicatos (la UGT y la CNT) se hace patente pasada la euforia por la llegada de la república. Los socialistas consideran que la republica es un paso necesario para alcanzar sin violencia el estado socialista. La CNT sin embargo, le declara la guerra a la republica desde el primer momento.
Los anarquista, liderados por el sector más radical, la FAI, son partidarios de la insurrección más violenta y continua, lo que ellos llaman gimnasia revolucionaria, hasta acabar con el estado burgués republicano y establecer el comunismo libertario. Las huelgas y los estallidos revolucionarios de los anarquistas, son reprimidos con firmeza por el gobierno.
Agosto de 1932, el general San Jurjo encabeza desde Sevilla el primer intento de golpe militar contra la república. Cuenta con el apoyo de un grupo de monárquicos y un reducido número de mandos militares. La sublevación es fácilmente neutralizada por el gobierno. El general San Jurjo, detenido y condenado a muerte, es finalmente indultado. Tras beneficiarse de una amnistía, se exilia en Lisboa, desde allí esperara una mejor ocasión para volver a intentarlo.
El éxito del gobierno frente a los golpistas, sirve a Azaña para sacar adelante dos proyectos que seguían atascados en el congreso, el estatuto catalán y la reforma agraria. En ese momento hay en España casi dos millones de campesinos sin tierra. Braceros eventuales que pasan gran parte del año en paro y que malviven con míseros jornales. El objetivo de la reforma agraria es que los jornaleros sin tierra acaben convirtiéndose en propietarios, con ese propósito, el gobierno pone en marcha una política de expropiaciones con dinero público de los latifundios mal explotados.
Septiembre de 1932. Miles de personas se echan a la calle en Barcelona para recibir a Azaña. Azaña va a hacer la entrega oficial al pueblo catalán des estatuto de Cataluña que las cortes españolas acaban de aprobar. Los estatutos del país vasco y Galicia están todavía en fase de discusión. El estatuto proclama a Cataluña región autónoma dentro del estado español. El apoteósico recibimiento que los catalanes hacen a Azaña es una prueba de agradecimiento por
Asturias, 5 de octubre de 1934. La insurrección obrera que los socialistas han estado preparando, se pone en marcha en la cuenca minera. La víspera, el jefe de gobierno había anunciado la entrada en el gabinete de tres ministros de la CEDA. Los revolucionarios asturianos asaltan los cuarteles de la guardia civil, del ejército y de las fábricas de armas. Después de hacerse con la cuenca minera, toman Oviedo. Asturias es el único lugar donde las izquierdas, incluidos anarquistas y los comunistas, se han unido para una sublevación que allí, de momento, ha triunfado.
Barcelona, 6 de octubre. Lluís Companys, nuevo presidente de la generalitat, rompe con el gobierno central y proclama el estado catalán dentro de la república federal española. La insurrección catalana, que no cuenta con el respaldo de los anarquistas, es aplastada después de 10 horas de lucha por el ejército. Se producen 46 muertos. El gobierno republicano suspende temporalmente el estatuto y encarcela a su presidente.
La insurrección fracasa en el resto de España, incluida la capital, Madrid. Sin embargo, la llama revolucionaria sigue encendida en Asturias. El gobierno de la republica declara el estado de guerra y encarga al general Franco la dirección de las operaciones contra los sublevados. Los enfrentamientos duran casi dos semanas y son de una extrema brutalidad. Alcanzan la dimensión de una guerra civil. El ejército acaba por sofocar la revolución de octubre que deja tras de sí un balance trágico. 1000 muertos y más de 3000 heridos entre los sublevados, 300 muertos y 800 heridos entre las fuerzas del orden.
Cerca de 30.000 personas son encarceladas, entre ellas, los dirigentes del PSOE y la UGT. La represión que sigue a la derrota de los revolucionarios encona aún más los ánimos. La revolución de Asturias es el preludio de la Guerra Civil española.
200.000 personas llegadas de toda España se dirigen, en octubre de 1935, hacia el campo de comillas en Madrid, donde Manuel Azaña va a dar un meeting. Ha pasado un año desde la revolución de octubre y los partidos de izquierdas comienzan a recuperarse. Azaña pide el entendimiento de ellos para rescatar la republica de manos de la derecha. Su propuesta acabará cuajando en el Frente Popular, una coalición de partidos que incluye desde la izquierda republicana hasta los comunistas, pasando por los socialistas.
El gobierno de coalición de centro derecha cae y se convocan elecciones para gobierno de 1936. Es la oportunidad que esperaba el Frente Popular. Su campaña electoral se apoya en la petición de amnistía para los presos de octubre y el restablecimiento de las reformas de Azaña. El interés que han despertado entre los españoles en estas elecciones se refleja en el alto índice de participación. Cerca del 73%. En esta ocasión, incluso los anarquistas acuden a botar.
El Frente Popular gana las elecciones con un 47% de los votos, la derecha obtiene el 45% y el centro un 5%. Con lo que prácticamente desaparece. El mapa político queda asi dividido en dos grandes bloques enfrentados, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los simpatizantes del Frente Popular se echan a la calle para celebrar la victoria. Comienzan a circular rumores sobre una sublevación militar.
Manuel Azaña vuelve a hacerse cargo del gobierno, este formado únicamente por republicanos, los socialistas en esta ocasión han preferido quedarse fuera. El nuevo gobierno aprueba inmediatamente una amnistía para los presos políticos y acto seguido restablece la generalitat de Cataluña. El presidente catalán, Luís Companys, quien gracias a la amnistía aprobada ha salido de la cárcel, es aclamado en su triunfal regreso a Barcelona. Para acabar con los rumores que hablan de un inminente golpe de estado, Azaña aplica una política de traslado forzoso a los
generales que estarían en condiciones de encabezar un levantamiento. El general Franco es mandado a canarias, el general Goded a baleares y el general Mola a pamplona.
Lo que Azaña no sabe es que Mola, en contacto con el general Sanjurjo que continua en el exilio, puso ya en marcha la conspiración militar en el mismo momento en que el triunfo del Frente Popular se hizo público. Desde su nuevo destino en pamplona, Mola proseguirá sus contactos para atraerse a otros generales a la causa golpista.
Tres meses después de las elecciones, Azaña es elegido presidente de la república. A partir de las elecciones la radicalización de la política es cada vez más clara. Las organizaciones juveniles de los partidos que no dejan de crecer se militarizan. El partido que dirige José Antonio Primo de Ribera, que apenas consiguió 50.000 votos en las elecciones, está creciendo como la espuma. Las juventudes de la CEDA se pasan en masa al partido fascista.
En la primavera de 1936, el clima de violencia es ya general en toda España, más de 200 persona mueren en enfrentamientos políticos en los tres meses que siguen a las elecciones. En la derecha y en la izquierda, las juventudes de los partidos solo creen en las armas para solventar sus diferencias políticas.