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determinación natural del trabajo se sigue que el hombre que no posea otra propiedad que su propia fuerza de trabajo, en cualesquiera situa- ciones sociales y culturales, tiene que ser el esclavo de los otros hom- bres, de los que se han hecho con la propiedad de las condiciones ob- jetivas del trabajo. Sólo puede trabajar con el permiso de éstos, es decir: sólo puede vivir con su permiso.” Y a eso aún habría que añadir hoy, tras siglo y cuarto de experiencia histórica, que la apropiación tiránica de las riquezas naturales por parte de particulares, combinada con el uso tiránico de fuerza humana natural de trabajo, no siempre crea más riqueza, sino que, más y más, genera también destrucción, saqueo y ruina irreversible del común patrimonio natural tincluida la fuerza natural de trabajo). Los socialistas del siglo XXI han de empezar por admitir, como quería el último Manuel Sacristán, que “ellos mismos han estado demasiado deslumbrados por los ricos, por los des- creadores de la Tierra”, es decir, por los tiranos que albergan la megalóma- ña -y suicida— pretensión de que la Tierra misma, y no sólo los humanos a ellos sujetos, les pida permiso para existir, De aquí y hasta aquí- “sin permiso”. María Julia Bertomeu, Antoni Doménech, Adolfo Gilly, Raquel Gutiérrez, Joaquín Miras, Jordi Mundó, Daniel Raventós, Rhina Roux, Carlos Abel Suárez Barcelona; Buenos Aires; México, D.F. República y socialismo, también para el siglo XXI Antoni Doménech m Una nueva belle époque capitalista? Se ha dicho a veces que el capitalismo contrarreformado de nues- tros días recuerda mucho al de la era del imperialismo clásico (1871-1914). Y si hay que creer a muchos de sus pregoneros, la llamada “globalización” neoliberal es una especie de nueva belle époque, de reju- imi lel capitalismo. e verdad que Tambien ahora los grandes “caudillos empresariales” —los “tiranos económicos" vituperados por Robespierre; los "monarcas fi- nancieros" denunciados por Roosevelt siglo y medio después- que para el Schumpeter de 1911 debían protagonizar la dinámica de las sociedades industriales avanzadas vuelven a dominar políticamente a sus anchas los mercados, y a través de ellos, la vida económica. También ahora, como en la Era de la Codicia norteamericana, como —décadas después- en la ago- nía de la República de Weimar, las dinastías empresariales y los Sande imperios privados económicos vuelven a desafiar con éxito al genes 19) inalienable de las Repúblicas a determinar el bien público. También al o los "rentistas”, cuya “eutanasia” consideró Keynes imprescindible pa desarrollo de una economía productiva sana, vuelven a tener un papel e primer orden en una economía remundializada, crecientemente dirigida por el capita! financiero. También ahora vivimos en una época de mercados de capitales liberalizados, desregulados y políticamente descontrolados. Y consiguientemente, es verdad, también ahora vivimos en una época neo- colonialista o neoimperialista de avilantez belicista amalgamada con una espectacular penetración de la cultura material y espiritual del capitalismo en zonas del planeta hasta ahora, mal que bien, 'substraídas a su voraz dinámica esquilmadora de ecosistemas, desorganizadora de ancestrales economías naturales y aniquiladora de tradicionales múndos de vida popu- lares. Y dicho sea sólo de pasada: es verdad, como nos recuerdan ácidamente de vez en cuando algunos científicos sociales que todavía conservan el buen sentido académico tradicional, que también ahora parece dominar la escena intelectual una mediocre vulgata gacetillera hecha de contusioriarias modas terminológicas pseudoacadémicas: "postmodernidad", "globaliza- ción", "tlexibilidad", "sociedad del riesgo", "multiculturalismo”, "gobernanza", “comunitarismo”, “deconstrucción”, "competitividad", "choque de civilizacio- nes”. Desde luego que esa vulgata es capaz de hinchar nóminas universita- rías, de llenar con "debates" los medios de comunicación más “respetables”, y hasta de fabricar con las más avanzadas tecnologías verdaderos Retablos de maravillas en los que, como en el entremés de Cervantes, (post)modernísimos Chanfallas y (post)novísimas Chirinos sacan truhanes- camente ventaja de la arcana sabiduría del sabio Tontonelo. No es menos superficial, veleidosa y la predicción es fácil- episódica que el "darwinis- mo social” spenceriano, el discurso spengleriano de la "decadencia de occi- dente”, u otras aportaciones por el estilo que contribuyeron a dar tono y gala a la vida publicística de la belle époque. Pero la belle époque de un capitalismo en pleno despliegue mundializa- dor tuvo la grandeza de una tragedia, y terminó trágicamente: con revolu- ciones y contrarrevoluciones por doquier, con una terrible y duradera depre- sión económica planetaria y con dos devastadoras guerras mundiales. En la llamada "globalización" de nuestros días, la belle époque se repite, si acaso, y por lo pronto, como farsa insegura de sí misma. Índices tal vez in- falibles: el ninguneante martilleo difamatorio aplicado a los más variados enemigos de un sistema supuestamente sin alternativa concebible, y las grandes absolvederas con que los confesores de sus insolencias están dis- puestos a dar la bendición a ese mismo sistema. Para resistir la retórica difamatoria de los autoproclamados vencedores no es necesario —ni menos suficiente en la partida del "Fin de la Histor : el dogmatismo abroquelado de los incorregibles. Guiados por el Caballero de los espejos, basta quizá con intuir la íntima inseguridad de los inquisi- dores triunfantes: .... tanto el vencedor es más honrado, cuanto más el vencido es reputado. Y para oponerse a las grandes absolvederas neojesuíticas de los apolo- getas del capitalismo contrarreformado de nuestros días, tampoco es nece- saria —ni menos suficiente la pesadez moralizante de los redentores de cátedra. Basta tal vez una mirada sobria, escépticamente empírica a lo ocu- rrido en los últimos treinta años. Medida la obra con la vara de quien obra, los “globalizadores” han fracasado Si las obras han de empezar a medirse con la vara de quien obra, el caso es que la contrarreforma neoliberal del capitalismo iniciada a finales de los 70 no ha cumplido ninguno de los criterios de éxito fijados por sus propios peritos en legitimación: 1. Crecimiento— Por lo pronto, no sólo no ha repetido las espectaculares tasas de crecimiento económico y beneficio empresarial productivo del capitalismo prerreformado de la belle époque, sino que tampoco ha logra- do reestablecer la senda de crecimiento económico y beneficios empresa- riales medios de los años de oro del capitalismo reformado (1945-1970).* 2. Generalización por “derrame” de la riqueza.— Tampoco ha pasado la prueba de los hechos el pronóstico de la llamada "teoría del derrame” o del “chorreo". Al frontal ataque gubernamental y empresa- rial a los derechos adquiridos de los trabajadores del pri- mer mundo —y señaladamente, de los EEUU—, ha se- guido desde luego un desplome de las organizaciones y 1, Cfr. Robert Brenner, Th de las condiciones de vida de los mismos. Eso lo reco- Boom and the Buble, Verse Londres, 2002. noció hace unos meses, ante su junta de accionistas, nes públicas directas, o de un vergonzoso régimen neoproteccionista de patentes, que llega en muchos casos a expropiar y desposeer a la humani- dad toda det patrimonio natural común, entregándolo a la tiranía particular de magnates del agrobusiness y del biobusiness (como en el caso de las patentes y "derechos intelectuales" sobre secuencias genéticas, incluido el genoma humano). Sin olvidar el robustecimiento del poder político sobre los mercados (y sobre las gobiernos) de gigantescos imperios privados autocráticamente regidos, tal vez más peligrosos políticamente y desde luego mucho más despilfarradores de recursos que el más faraónico de los despotismos estatales. En su eficaz balance de los añ sn Ñ años 90, Jo: ha dejado dicho: seph Stigliz El mantra conservador sostiene que, cuanto más pequeño el gobierno y cuanto más bajos los impuestos, tanto mejor; el dinero gastado por el gobierno sería, por mucho, un despilfarro, mientras que el gastado por el sector privado, bien gastado estaría. Los acontecimientos de los 90 deberían haber acabado con este tipo de pretensiones: pues el sector privado despitfarró dinero en formas y ritmos que ni siquiera en sueños podría haber imaginado el grueso de los funcionarios estatales. Los eje- cutivos de las corporaciones manejan sus imperios de maneras comple- tamente incontroladas, rívalizando con el menos democrático de los gobiernos.* 4. intervención del Estado.—Ni es verdad tampoco 4. The roaring nineties, Lon- dres, Allen Lane, 2003, pág. 283. Pero no es necesario si- quiera ser un crítico modera- do del sistema para reco- nocer las amenazas que esa realidad pone a las libertades públicas; nada menos que Alan Greenspan acaba de re- conocerlo: "Creo que el ín- cremento efectivo en la con- centración del ingreso que anda implícito en todo esto no es deseable en una sociedad democrática — (Washington Post, 22 de julio de 2004). que la contrarreforma neoliberal del capitalismo haya traído siempre menos intervención estatal en el plano interior. En primer lugar, lo que sí ha habi- do es redistribución del gasto y de la intervención pública en la vida social: hoy, por ejemplo, el gasto público en instituciones penitenciarias en algunos estados norteamericanos (como Florida y Califor- nia) se acerca al presupuesto educativo, y mien- tras que en una Europa que después de Maas- tricht y de los Acuerdos de Lisboa va en carrera libre hacia el desmontaje del Estado social la tasa de población reclusa es todavía de 1 por 600 mil, en los Estados Unidos es ya de 1 por 60 mil. En segundo lugar, las desgravaciones fiscales a los muy ricos y a las grandes empresas (no sólo en EEUU: la BMW alemana, multimillonaria en benefi- cios, dejó de pagar impuestos en 1993, y desde 1994, y crecientemente, tiene declaraciones negativas de impuestos) equivalen, en términos de cos- tes de oportunidad, a inversiones públicas. En tercer lugar, las políticas neo- liberales de patentes, y la creación estatal de monopolios privados a través de ellas, son otra forma de intervención estatal. Y no hay ni que hablar de las ayudas financieras estatales directas a las grandes empresas, particu- tarmente al agrobusiness. 5. Guerra y paz.— Ni es verdad tampoco que la "globalización" y el famoso “final de la Historia”, tan celebrado a comienzos de los 90, hayan traído con- sigo una vuelta a los buenos y viejos tiempos del orden internacional libe- ral clásico del segundo tercio del siglo XIX —paz y libre comercio"—, sino, precisamente, un orden internacional que recuerda inevitablemente cada vez más al del período clásico del imperialismo, el colonialismo rapaz y las belicistas rivalidades interimperialistas del tercer tercio del siglo XX y la pri- mera mitad del XX. La máscara liberal de los "globalizadotes neoliberales" se ha caído definitivamente en este nuevo cambio de siglo, y asoma, des- camado, el rostro de los nacionalistas —'universalistas", es decir, de los imperialistas. Los múltiples y dramáticos ejemplos son demasiado recientes o siguen todavía ahí, palpitando ante nuestra horrorizada vista, y no preci- sa recordarlos. Pero, sólo por enlazar con el punto anterior, se puede recor- dar el agresivo keynesianismo militar del segundo mandato del neoliberal por excelencia (Reagan) y el desorbitado presupuesto militar público que, en sólo cuatro años de gobierno, conseguió hacer aprobar, amenaza terro- rista mediante, la primera administración de Bush júnior: más de medio billón de dólares anuales, que han contribuido decisivamente a que el défi- cit por cuenta corriente norteamericano rebase la astronómica cuota de un 5% de su PIB. Con un diez por ciento de esa cifra se erradicaría el hambre en el mundo, y empezaría tal vez a cegarse una de las fuentes sociales más importantes de las que se alimenta la geométrica expansión de los tunda- mentalismos religiosós de los pobres. (Dicho sea de paso: cegar la fuente caudal de la que se alimentan los tundamentalismos religiosos de los ricos, parece harto más complicado.) 6. Igualdad de género.— Ni es verdad tampoco que las "soluciones de mercado" y la progresiva erradicación del estilo de producción industrial de tipo fordista (con varones de calificación media trabajando por buenos suel- dos en la fábrica, mientras sus mujeres, económicamente dependientes de ellos —y a ellos sujetas en el hogar—, no tenían sino atender a tas labores reproductivas pretendidamente "propias de su sexo") hayan traído consigo una nueva igualdad de género. Salvo para las mujeres de clase media y alta, particularmente de los países det núcleo capitalista, la "globalización! ha traído consigo fenómenos como éstos: creciente feminización de ta pobreza, en el primer y en el tercer mundo (familias monoparentales); cre- ciente incorporación de las mujeres al mercado de trabajo para compensar la disminución de los salarios reales de sus maridos o -sobre todo en el ter- cer mundo— el paro de éstos, forzadas a trabajar ellas mismas por sueldos inferiores a los de los varones, sin dejar de llevar el peso principal de los trabajos del hogar. Y más importante aún, si cabe: creciente deterioro de las condiciones materiales y morales de su vida. Cada vez más se han ido convirtiendo las mujeres trabajadoras en el verdadero soporte último de las familias, y del ámbito socia) reproductivo en general, en la medida en que los nuevos pro- cesos productivos implican una verdadera intromisión desestructurante en la vida y en la socialidad privadas de las poblaciones trabajadoras. Pues la ”globalización” ha traído consigo una especie de "capitalización" de la vida social familiar, el uso desgastante del "capital social" familiar preexistente —mucho, o poco— como un factor productivo más, capitalizable por las empresas. Tal vez sea éste el hecho sociológico más radicalmente novedo- so y uno de los más tremebundos y preñados de consecuencias que ha generado la contrarreforma capitalista planetaria, porque apunta a una especie de fusión tendencial de los ámbitos productiva y reproductivo, a una verdadera colonización del mundo de vida del segundo por parte del primero. Quizá eso explique en parte el hecho de que, de ser tradicional- mente una de las reservas del voto y la opinión conservadores, estén pa- sando las mujeres a ser en todas partes una reserva de la sensatez resistente, como se pudo acaso vislumbrar en las últimas elecciones pre- sidenciales en los EEUU. 7. El final de la era de los combustibles fósiles baratos.— Ni es verdad, por acabar en algún sitio, que la contrarreforma del capitalismo haya situado a la humanidad en una situación mejor para emprender la verdadera reforma de la civilización que se necesita para afrontar la inminente transición a una era de petróleo crecientemente escaso. Unos combustibles fósiles más y más caros —el barril de brent ha rebasado ya ampliamente los 70 dólares, en el momento de escribir estas líneas— tendrán un impacto catastrófico so- bre la economía mundial, y acelerarán el deterioro ecológico del planeta a medida que la creciente escasez obligue a la extracción de crudos de peor calidad. Nadie tiene honradamente derecho a esperar que el mercado inter- nacional, en su constitución actual, pueda contribuir a regular eficientemen- te la transición a una civilización sostenible, fundada en energías renovables. Entre otras cosas, porque ese mercado (con la interesante excepción del eje geopolítico que se está formando en el continente sudamericano en torno al gobierno de Venezuela) está hoy tiránicamente dominado por los intereses económicos de cinco corporaciones firmemente aliadas a intereses políticos -geoestratégicos, o de supervivencia oligárquica— tan poco recomendables como los del propio gobierno “petrolero” de los EEUU -que ha boicoteado activa y criminalmente los modestos acuerdos internacionales de Kyoto—, los de los generales nigerianos, los de los príncipes sauditas, los de la clepto- cracia rusa, y los de otros ministros de la iniquidad por el estilo. Esas corpo- raciones están, como es natural, completamente dispuestas a sacar el máximo provecho de las ingentes rentas monopólicas que inevitablemente trae consigo el valor de cambio creciente de un recurso no renovable que se agota. Si esas rentas, transferidas de los consumidores a la industria petro- lera y a sus protectores políticos, llegan a alcanzar, como algunos especia- listas han sugerido, más de un bilión de dólares por década, el primer tercio del siglo XXI registrará, en paralelo a la mayor catástrote ecológica antropo- génica global conocida, el mayor latrocinio perpetrado por una elite rentista en toda la historia de la humanidad. A la necesidad lo que es de la necesidad, y a la virtud lo que es de la virtud Cuando en la segunda mitad de los 90, y por vez primera desde 1973, la economía capitalista pareció encontrar inopinadamente una senda de cre- cimiento y hasta de creación de empleo, se desató una euforia fatalista-pro- gresista que al tiempo que llevó a delirar sobre una "nueva economía”, pareció dar la razón ex post a todos los desmanes reaganistas y thatche- que, ambos, corresponden a una época histórica definitivamente pasada. La nostalgia, abierta o velada, directa o rodeada, de esos dos grandes mundos arruinados es tal vez uno de los mayores obstáculos intelectuales que se atraviesan hoy en el camino de renovación programática de una izquierda socialista no falsaria, es decir: realista de verdad, no irracional- mente palabrera --como la que hace de la virtud una falsa necesidad-, ni hiperrealistamente fifistea como la que hace de la necesidad una faisa vir- tud-, ni logreramente acomodaticia —como la que falsea por igual virtud y necesidad—. El nauiragio de los socialismos del siglo XX, némesis del socialismo decimonónico De las múltipies experiencias que cómodamente se agrupan bajo el rótulo de “socialismo real" fuera del capitalismo, tas peores tienen directamente que ver con la refutación de uno de los pronósticos centrales de Marx. Contra lo esperado, el siglo XX na conoció grandes revoluciones encabeza- das por el proletariado industrial urbano en tos países del núcleo capitalis- ta, particularmente violentas en aquellos que, a la vez que altamente in- dustrializados, conservaran formas monárquicas más o menos autocráticas de gobierno. El siglo XX ha conocido, básica y principalmente, insurreccio- nes revolucionarias rurales y guerras campesinas de liberación nacional. No combates industriales decisivos victoriosos en los países metropolita- nos —pacíficos o armados, según la naturaleza de su régimen político— por Una superación democrática de la economía política tiránica que conserva- ra y continuara con otras formas sociales —socialistas—- su acumulación de riqueza. Sino sobre tado luchas encarnizadas en los países "periféricos", espoleadas por la expropiación y la desposesión imperialista de sus masas campesinas. (La gran importancia de la triunfante Revolución rusa de 1917 y de la fracasada Revolución española de 1934-1938 para la historia social y política det siglo XX deriva en buena parte de que tanto Rusia como España constituían un unicum sui generis: viejas monarquías imperial e in- dustrialmente fracasadas, se hallaban precisamente en un quicio, entre la "periferia" y el "centro".) Ese es el tondo de verdad de ta lúcida premonición benjamintana sobre el designio de las revoluciones en el siglo XX: no el de acelerar ta marcha de la historia, sino acaso el de echar un circunspecto treno de urgencia a la enloquecida locomotora. 1. Balance del socialismo real, pretendidamente fuera del capitalismo.-- El arranque de la !Il Internacional comunista pudo en buena medida enten- derse como una audaz e interesante respuesta a la incapacidad de la |! Internacional socialdemócrata para reaccionar políticamente a esa refuta- ción empírica de las previsiones de Marx y Engels y fijar una estrategia socialista adaptada a la era del colonialismo y el imperiafismo del cambio de siglo: una política que tuviera en cuenta más la dinámica exprapiatoria, desposesora y esquilmadora, que la dinámica de "reproducción ampliada" de la vida económica capitalista madura. Gracias a la Ill Internacional empezaron a prestar todos los socialistas "políticos" al campesinado prole- tarizado de los países industrializados una atención que hasta entonces sólo los socialistas libertarios les habían prestado. Gracias a la lil Inter- nacional se deshicieron muchos prejuicios "obreristas" y empezaron todos los socialistas a prestar a las viejas clases medias europeas en vías de *proletarización” y expropiación, y a los defensivos y complejos sentimien- tos nacionales de éstas, una atención política que sólo los socialistas "revi- sionistas" alemanes y los socialistas republicanos franceses les habían prestado antes, Sólo con la Iil internacional ingresó de lleno en la cons- ciencia socialista occidental el problema de los pueblos y las "culturas infe- riores" (como se las llamaba en la 1I Internacional) y su fabuloso potencial revolucionario, antiimperialista y emancipatorio. Sólo con la lil Internacional regresó al fulcro de la consciencia democrática —¡más de un siglo después de que Robespierre hubiera proclamado: périssent jes colonies plutót que les príncipes!- el problema de fas naciones oprimidas y saqueadas. Y lo que tal vez tue la principal aportación del bolchevismo inicial a la democracia contemporánea, da también la medida de los más graves fra- casos de sus epígonos. Pues si se mira con cierta perspectiva histórica, los peores vicios -los grandes crímenes— del "socialismo real" tuvieron que ver central y precisamente con su condición de despotismo industrializador. Con su pretensión de realizar con otros métodos, insólitos en la tradición del movimiento obrero socialista del siglo XIX —y en buena parte aprendi- dos del llamado "socialismo de guerra” burocrático-estatalista ensayado con éxito por la monarquía Guillermina en 1914-1918-, procesos de indus- trialización forzada (de "reproducción ampliada") fundados, como en el capitalismo imperialista moderno, en la expropiación, en la desposesión, en la aniquilación tiránica de toda “economía política popular”. Del estalinismo del propia e históricamente dicho— podría decirse lo que con toda razón afirmó una vez Franz Fanon a propósito del nazismo, y es a saber: que aprendió a tratar a sus propios ciudadanos como los Estados coloníalistas, también los "democráticos", venían tratando desde hacía décadas a los que - ¡todavía en 19301 el liberal Ortega llamaba "pueblos-masa”. 2. Balance del socialismo reformista dentro del capitalismo.— Por otra parte, del socialismo reformista de la segunda mitad del siglo XX queda, cuando mucho, y sobre todo en Europa occidental y septentrional, un Estado social o de bienestar en evidente retroceso. Más allá de polémicas académicas superficiales, ese tipo de régimen está grave e irreversiblemente dañado allí dónde triunfó, y no es hoy reproducible o revivible en otras zonas del pla- neta, porque con el capitalismo contrarretormado de nuestros días se ha roto la médula del consenso político-social atlantista de la postguerra que lo alumbró. Por al menos estas tres vértebras cruciales: * En el plano microeconómico, se ha roto la "ecuación humana” predicada por Henry Ford Ill en 1946, de acuerdo con la cual, en las relaciones indus- triales, los trabajadores y sus organizaciones sindicales renunciaron a la libertad republicana en el puesto de trabajo (control democrático obrero de las decisiones empresariales: el santo y seña del movimiento obrero socia- fista anterior a la guerra), a cambio de seguridad en el empleo y bienestar material, mientras que la patronal, por su parte, se acomodó al pleno emplea, se allanó a negociar colectivamente salarios crecientes y aceptó la imposición gubernamental de derechos constitucionales mínimos en el puesto de trabajo a cambio de creciente productividad. Muerta la "monar- quía constitucional" que aquelia ecuación humana instituía en la empresa capitalista, ha regresado una monarquía empresarial neoabsolutista, en la que lo que se cambia es, si acaso, mayor productividad por un puesto de trabajo cada vez menos seguro en todos los sentidos de la palabra. * En el plano macroeconómico, ha quedado destruido el vínculo que ligaba las economías de escala, el abaratamiento de costes resultante y el incre- mento de productividad en la producción en masa de bienes de consumo, de un lado, con, del otro, el consumo masivo de esos mismos bienes por parte de unos trabajadores que, gracias a los incrementos de productividad y ala negociación salarial apoyada en esos incrementos, velan crecer año tras año su salario real. Eso puede verse hoy en la vida cotidiana de muchas maneras, pero tal vez la más llamativa de ellas sea la patente quie- bra del carácter "democrático" de los antiguos mercados domésticos fordis- tas, más o menos homogéneos, en los que todos consumían aproxima- damente la misma gama de productos. Esos mercados han sido substituidos por mercados de consumo harto más segmentados. Aparecen (desde luego. en Europa y en EEUU) mercados en los que los productos más baratos —que consumen básicamente los estratos más bajos de la población traba- jadora— se importan de países con mano de obra prácticamente esclaviza- da, en un extremo; y en el otro, mercados con productos carísimos que manufacturan nuevas pequeñas y medianas empresas del primer mundo, a ser posible, convenientemente desindicalizadas, para un público planetario de snobs y nuevos y viejos ricos (los happy few). * En el plano sociológico, los nuevos núcleos hegemónicos de las clases rectoras no son ya burguesías industriales productivistas, sólidamente arraigadas nacionalmente y más o menos dispuestas a seguir el consejo de Keynes de practicar la "eutanasia del rentista”, sino en buena medida, y precisamente, elites financieras rentistas cosmopolitas, muy alejadas de la necesidad de "consenso social" nacional. Baste una comparación ilustrati- va: si el alto ejecutivo de la Ford Robert MacNamara fue el hombre tuerte en la Administración Kennedy, el ejecutivo de Enron y Haliburton —Dick Cheney- lo es ahora en la administración Bush júnior, como lo fue el ban- quero Rubin en la administración Clinton. Y el encargado de preparar la "Constitución" europea que sucumbió al masivo "No" del pueblo francés, el aristócrata Valery Giscard d'Estaign, es ni más ni menos que el último vás- tago de la vieja dinastía financiera imperialista que fundó el Banco de Indochina. Podrá asombrar, pero entra dentro de lo razonable que hasta el New York Times editorialice ahora sobre la "lucha de clases desde arriba" Y del núcieo de la base social que, por parte de los de "abajo", forjó el con- senso de postguerra, mostrándose dispuesto a cambiar libertad republicana en la empresa democracia económica— por bienestar material y seguridad en el puesto de trabajo (la clase obrera fordista tradicional, abrumadora- mente compuesta por varones medianamente calificados profesionalmente, que fue en Francia y en Italia la base social central del PCF y del PCI, o en Alemania, la de la SPD). lo menos que se puede decir es que ha encogido seguida antes de 1914—, sino que esas organizaciones podían, además, llegar a integrarse verticalmente en las complejas estructuras burocráticas de los Estados modernos y hacerse financiera y políticamente dependien- tes de las "políticas sociales” neocorporativamente articuladas y vertical- mente desplegadas por esos mismos Estados.* De fas múltiples experiencias que por comodidad agrupamos bajo el rótu- lo de "socialismo reformista" dentro del capitalismo, tas peores tienen direc- tamente que ver con la refutación de esa última previsión de Marx. Los negocios políticos del Estado estuvieron reservados hasta bien entra- do el siglo XX a la aristocracia y a los estratos más altos de la burguesía industrial y financiera; la política con posibilidades de gobierno estaba reservada a un pequeño y selecto club de honoratiores ricos y socialmente selectos. La posibilidad de que alguien venido de abajo llegara a ocupar una alta magistratura estaba completamente descartada; antes de 1914, el único no aristócrata que llegó a desempeñar un papel importante en la potí- tica británica fue el liberal Lloyd George, y esto, ya entrado el siglo XX. El final de la Gran Guerra trajo consigo, no sólo el desplome de todas las monarquías meramente constitucionales -no plenamente parlamentariza- das- en Europa, sino una democratización por doquier del acceso a las altas instancias de la vida política: la "rebelión de las masas" de Ortega y el "siglo del hombre común" de Wallace. Y llevó por vez primera a cargos de gobierno a partidos obreros de masas y a dirigentes de humildísimo origen: el antiguo obrero socialdemócrata Ebert tue el primer presidente de la República de Weimar; para estupefacción general, el obrero Ramsay McDonald formó un efímero gobierno laborista (apoyado parlamentaria- mente en los liberales) por vez primera en Inglaterra en 1924. Ebert y su ministro del interior Noske —otro socialdemócrata de modestísimos oríge- nes sociales- fueron los responsables directos del asesinato, a manos de milicias de la extrema derecha nacionalista, de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht en 1919; después de su fracaso en 1924, en plena Gran Depresión, Ramsay McDonald construyó en 1931 una coalición de gobier- no con los conservadores, y aplicó con éstos —y contra el criterio de los libe- rales— una política económica "ortodoxa" que agravó indeciblemente la cri- sis económica, hundió literalmente en ta miseria a la clase obrera británica y arrebató al Partido Laborista toda posibilidad ulterior de gobierno hasta pasada la Il Guerra Mundial. La idea de que bastaba romper el monopolio político de los honorables, abriendo a las clases populares el acceso al selecto club de las altas magistraturas y dignidades del Estado, no ya para iniciar una vía de transformación socialista, sino siquiera para democratizar y hacer socialmente contro- lable el juego de la vieja política, se reveló ilusoria. La ancestral y verticalísima etiqueta del club era a menudo de estricta observancia también para los recién llega- dos; el final del "Estado de algunos" del liberalismo euro- peo tradicional y el comienzo del "Estado de todos" sedi- centemente democrático no disolvió el éthos del viejo monstruo. Podía traer tal vez el fina! del capitalismo regí- do por caballeros y ricachos, pero no, por sí solo, des- truir o depotenciar la "excrecencia parasitaria" que es el Estado moderno,* ní menos abrir un camino para acabar con la economía tiránica del capitalismo. El nuevo tipo de político de extracción popular, el “hombre común” injertado desde abajo —o cooptado desde arriba- en inveteradas y entreveradas estructuras burocráticas de dominación, podía comportarse también como una temible serva-padrona, según la agudisima caracterización que de ese espécimen hiciera en su día Gramsci. Algo parecido a lo que vale para la sirvienta convertida en “estadista”, vale para el self made man convertido en patrón y encaramado a la cúspide buro- crática de las grandes corporaciones privadas del capi- talismo de siglo XX. Libido domínandi, o “verticaltis agu- da” del neófito, valdrían tal vez como nombres de esa nueva patología de la política del siglo XX —tal vez sólo verdaderamente intuida por los augurios premonitorios del viejo Bakunin—, si Adorno no la hubiera ya diagnos- ticado con la más teliz de las locuciones: “sindrome del ciclista” —el que padece quien, feliz de creerse finalmen- te reconocido por los de arriba, y por lo mismo, más ser- vilmente agachado ante ellos que nunca, patea a su sabor a quien tiene por debajo—. 1968 fue la némesis de Marx y Engels, su desquite moral por la refutación empírica de dos de sus pronósti- 8. Quizá haya que recordar a los lectores más jóvenes que las "políticas sociales” empezaron su larga carrera no como aliados de la auto- organización de los trabaja- dores, del socialismo y de la democracia social, sino co- mo su antídoto. No sólo en la autocrática Alemania Gui- lermina; también en la mo- nárquico-parlamentaria in- glaterra victoriana. Uno de los pioneros británicos de las políticas sociales desple- gadas desde "arriba". A Balfour, sostenía en 1890 "La legislación social no sólo ha de ser distinguida de la legislación socialista, sino que es su más directo anta- gonísta y su más eficaz antí- doto.” 9. ¿Quién se acuerda de la opinión de Marx sobre el Es- tado moderno? He aquí una cala (del 18 Brumario, 1852): "esta estratificada y artificiosa maquinaria estatal, una legión de medio millón de funciona- rios junto a otro medio millón en el ejército, esta excrecen- cia parasitaria ceñida al cuer- po de la sociedad francesa como una malla epidérmica que obstruye todos sus poros, surgió de la monarquia abso- luta, en la decadencia del feu- dalismo, cuyo final contribuyó a acelerar. (...) Todas las revo- Iuciones habidas hasta ahora. en vez de destruir esa ma- quinaria, no han hecho sino colmarla" Número 1, mayo 2006 cos centrales a largo plazo y por el imprevisto desarrollo en el siglo XX, a sotavento de esa refutación, del "socialismo real" pretendidamente fuera del capitalismo y del "socialismo reformista" dentro del capitalismo. Después de dos décadas de cháchara académica atlantista sobre el "fin de las ideologías", de sesudas teorías sobre la "inexorable convergencia” de las "sociedades postindustriales" del este y del oeste (del socialismo real y del capitalismo reformado), de complacidos —o jeremíacos- discursos sobre la "integración" de la clase obrera en el "neocapitalismo", o aun en el "postcapitalismo", y de otras justamente olvidadas piezas retóricas por el estilo de la autosatisftecha ciencia social de la guerra fría, de repente, todo estalló. Lo de menos es que en la academia prét-a-penser se pusiera frené- ticamente de moda el “marxismo”. Esa especie de neomarxismo energumé- nico a la Tartarin, tan ayuno de empiria como ebrio de escolástica, filosófi- camente sectario, históricamente analfabeto, políticamente volandero y, sal- vadas unas pocas excepciones, intelectualmente mediocre. Incapaz siquie- ra de entender y no digamos reanudar el complejo debate autocrítico que los marxistas serios —y que iban en serio: Trotsky, el viejo Kautsky, Arthur Rosenberg, Otto Bauer, Karl Korsch, Walter Benjamin, Gramsci, Otto Kirchheimer o Joaquín Maurín y Andreu Nin— habían empezado a desarro- llar en los años treinta sobre la derrota del movimiento obrero en Europa, sobre el fascismo, sobre la Guerra Civil española y sobre el estalinismo. (Un gran debate que quedó trunco con la Guerra Mundial, y que prácticamente se hizo perdidizo luego, tras la restauración manu militari norteamericana de un capitalismo reformado en el occidente europeo y Japón y la recrea- ción mitológica de Stalin como enterrador militar del nazismo.) La verdadera medida de la némesis moral de Marx la da en ese período (1965-1975) el registro de conflictos obreros, estudiantiles y de emancipa- ción nacional antiimperialista. Se trató de verdaderas revueltas de intención revolucionaria contra el capitalismo fordista reformado y el orden internacional por él coinducido: el masivo movimiento mundial de protesta contra la guerra de los EEUU en Vietnam; el mayo parisino de 1968 —con la mayor huelga general política obrera de toda la historia de Europa-; el “otoño caliente” italiano de 1969; el “cordobazo” obrero en la Argentina de 1969; el triunfo de la Unidad Popular de Allende en 1970; las ráfagas de conflictividad laboral en 1970, de intensidad nunca vista en los EEUU desde los años 30; la gigantesca ANTONI DOMENECH; República y socialismo, también para el siglo XXI oleada huelguística británica en 1972; el lustro de rebeliones y protestas continuas en los campus universitarios del mundo entero, en donde cayó en completo descrédito la democracia autoritaria, neocorporativa y paternalis- ta instituida en la postguerra; la proliferación en América Latina, Asia y África de múltiples focos de guerrilla rural y urbana, de los que la figura moral del Che Guevara, que no deja de agrandarse con el tiempo, resultó emblemática; la “revolución de los claveles” en Portugal en 1974, que tuvo una importancia geoestratégica de primer orden al conllevar la drástica liquidación de los últimos restos del colonialismo europeo clásico; el enton- ces incierto principio del fin de las consentidas dictaduras española y grie- ga en 1975... Y se trató también del rechazo y el descrédito generalizados e irreversi- bles del “socialismo real” y del orden internacional por él coinducido, sobre todo después de que los tanques del Pacto de Varsovia pusieran fin al expe- rimento subversivo de “socialismo con rostro humano” de la primavera de Praga de 1968. Lo global y lo local, lo vertical y lo horizontal También en la derrota con que se saldó ese período, lo de menos fue la “cri- sis del marxismo” decretada de un día para otro por los mismos Tartarines y Chanfallas que una década antes habían empezado a hacerse con un pequeño lugar en la vida académica y mediática, especializados en repar- tir pro domo sua bulas de ortodoxia “marxista”. Era una forma de seguir hablando y viviendo a costa de lo único a lo que, mal que bien, se habían asomado intelectualmente en su vida. La verdadera medida de la derrota la dan otras cosas. Por ejemplo, el imponente registro del colapso de los conflictos laborales y de los movi- mientos de protesta y contestación. Pongamos ltalia: entre 1949 y 1969, se perdieron anualmente, de pro- medio, 80 millones de horas de trabajo en huelgas; entre 1965 y 1975, el segmento temporal aquí considerado, 100 millones de horas de promedio; en 1969 y en 1970, el momento culminante, el pico de ese segmento, Se perdieron más 270 millones de horas de trabajo. Compárese con el pro- medio anual de horas perdidas en la década de los 90: ¡no llegaba ya a 15 millones! Sin embargo, a la contrarreforma, a la vuelta de una especie de nueva belle époque y al aparente rejuvenecimiento del “capitalismo de siempre”, no puede oponerse simplemente una vuelta a algo así como el "socialismo libres e iguales” (Marx, también) que libre, igualitaria y 10, Citado por Guillermo Al- fraternalmente se apropian en común de las fuentes y mería, La protesta social en la Argentina, Buenos Aires, medios de la generación de riqueza—. Ediciones Continente, pág de siempre”, el socialismo de antes de 1914. Las cosas son desgraciada- mente más complicadas. Ni es verdad que el capitalismo se haya rejuve- necido con su contrarretorma —según se ha sugerido ya, el núcleo de su vida económica (amalgamado con su base energética en los combustibles fósiles) da desde 1973 más de una señal de peligrosa tatiga senil--, ni lo es que el socialismo originario pueda recuperar su vigor juvenil poniendo meramente entre paréntesis, como si nada hubiera pasado, las experien- cias del “siglo corto”. Entre varios otros, tres son sobre todo los hechos morales que parecen ahora de crucial importancia para evitar la nostalgia de la belle époque de un socialismo de todo punto político, pero antiestatista, todavía no prosti- tuido por sus distintos ensayos estatistas dentro y fuera del capitalismo. 1. El primero: a diferencia del socialismo político clásico, que lo fiaba casi todo al mecanismo de “acumulación ampliada” del capitalismo granidustrial —a su capacidad para generar riqueza-, el socialismo del siglo XX? tiene que poner por encima de todo, explícita y conscientemente, el acento en el mecanismo desposesor a expropiador del capitalismo remundializado dirigi- do por el capital financiero. Si la dinámica del capitalismo moderno ha deter- minado siempre procesos sociales de destrucción creativa —como los caliti- có con lacónico acierto Schumpeter—, hoy el lado destructivo de esa diná- mica es mucho más evidente y peligroso que el creativo. El socialismo del siglo XXI tiene que depurarse radicalmente del progresismo incauto que caracterizó al socialismo clásico, obnubilado por heredar la “creación” y ten- dente a contemplar la “destrucción” poco menos que como una condición histórica necesaria de la apropiación de la herencia. El socialismo del siglo XXI no puede aspirar ya meramente a la “expropiación de los expropiado- res” -según la célebre y elegante expresión de Marx-, esperando más o menos pacientemente a que los expropiadores cumplan con su supuesto destino histórico de expropiar, desposeer y convertir en asalarizable al grue- so de las poblaciones, para pasar entonces a expropiarles, sirviéndose de la riqueza por ellos acumulada al objeto de acabar con su economia tiránica, de democratizar a ésta radicalmente y de establecer un socialismo de la abundancia —el “benéfico sistema republicano de asociación de productores El socialismo del siglo XXI tiene que aspirar más bien, 62 y por lo pronto, a introducir el “sistema republicano de asociación de productores libres e iguales” como un medio de lucha contra la desposesión y la expropiación, contra la destrucción de las fuentes de vida y las bases de existencia mate- rial tradicionales y menos tradicionales. Tiene que aspirar, más en general, a abrir espacios sociales y políticos nueyos en los que esa lucha pueda desarrollarse bien. Hay varias tormas de hacerlo, y todas son buenas, todas deberían procurar ir de la mano. La idea de una renta básica universal de ciudadanía, concedida a todos los ciudadanos por el sólo hecho de serlo, con independencia de su situa- ción laboral, de su nivel de ingresos, de su orientación sexual y de sus con- vicciones religiosas, está seguramente ganando tantos adeptos en todas partes desde Canadá hasta Brasil y la Argentina, desde Suecia hasta Su- dáfrica, desde la Península Ibérica hasta el Japón—, porque incide de un modo sencillo y atractivo en este punto crucial de lucha contra la despose- sión. Una reciente pintada callejera en Buenos Aires resume estupendamente el programa de acción de los trabajadores argentinos que están recupe- rando centenares de empresas abandonadas por el capital —nacional y extranjero— tras el crash de 2001, e ilumina tal vez mejor que mil tratados el problema: Los patrones son un lujo que no nos podemos permitir porque somos demasiado pobres." Un socialista clásico habría preferido: ahora que se ha creado tanta rique- za, ahora que las fuentes de la abundancia manan caudalosamente, los patrones son un lujo anacrónico del que ya podemos prescindir. Pero las fuentes de la riqueza nunca manan tan caudalosamente, y cuando lo hacen, al precio de la desposesión, ya no compensan a los desposeídos... Cosas parecidas a ésta de los trabajadores manufactureros argentinos podrían decirse de ias decenas de millones de campesinos asiáticos expro- piados por la tiranía del agrobusiness y arrojados, sin expectativa alguna de mejorar su suerte, al agujero negro de miserables conurbaciones que no paran de crecer. O de los campesinos mexicanos desposeídos y arrojados al hambre o a la emigración (más de dos millones y medio, hasta ahora), después de la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. ¿Hay alguna esperanza de futuro para ellos que no pase por resistir la ulte- rior desposesión de sus fuentes tradicionales de vida? Y cosas parecidas podrían decirse de los trabajadores del primer mundo, crecientemente desposeídos del modesto jus ín re aliena (del derecho en cosa ajena) que el capitalismo reformado les había concedido respecto de las empresas en que trabajaban. Paradigmático al respecto es el caso Sinteten España, en el que, después de una larguísima y tenacísima lucha, los trabajadores, no conformes con el cierre injustificado de la empresa y con la indemnización pactados por la patronal, el gobierno y los principales sindicatos, han acabado asociándose republicanamente entre sí para crear con éxito su propia empresa democráticamente regida. 2. El segundo: a diferencia del socialismo político clásico, que partía de un conílicto previa y completamente verticalizado en lo social (el trabajo con- tra el capital) y en lo político (el démos contra un “Estado de algunos”), y cuya tarea consistía en amalgamar de un modo consistente y preparar y educar para la acción colectiva contra los de arriba a una “bestia horizon- tal” sin abismales líneas de fractura internas, el socialismo del siglo XXI se enfrenta a una situación muy distinta. Tras un cuarto de siglo de integración y concentración global del poder estratégico empresarial y de paralela desarticulación social local, ios con- flictos han tendido a desverticalizarse: el “patrón” da a menudo la impresión de estar tan sometido a los vaivenes de las tuerzas, si no anónimas, poco visibles de la “globalización” como el más modesto de los ciudadanos de a pie; y los propios Estados, incluso los que todavía logran aparecer como democráticos “Estados de todos”, y no cómo sectarios instrumentos direc- tamente manejados y gestionados por los ricos y poderosos, apenas con- siguen convencer a nadie de que su tradicional monopolio de la determi- nación del bien público no está gravemente amenazado por verdaderos imperios privados transnacionales que se to disputan con creciente éxito.” Y lo que es tan o más grave que ta mencionada tendencia a desverticali- zar el conflicto: la creciente dispersión y desagregación, en el plano local, de la vida social productiva ha empezado a generar conflictos horizontales: de los trabajadores con empleo contra los desemplea- dos de larga duración; de los trabajadores estables y maduros contra los trabajadores inestables y jóvenes; de los trabajadores del primer mundo, cuyas empresas son deslocalizables, contra los trabajadores de la perite- ría; de los trabajadores lugareños contra los inmigrantes; de los inmigrantes con papeles contra los inmigrantes sin papeles; de los que, de uno u otro modorsiguen fun- 11. En el Último "barómetro latino" (octubre 2004), más de un 40% de los ciudada- nos españoles cree que las empresas tienen más poder que el gobierno; otro 20% discrepa, porque cree que son los bancos, Y sólo el 12% cree que el Parlamento es la institución más poderosa cionalmente incorporados a la vida económica contra los de! Reino de España, que están completamente fuera del sistema (unos mil millones de personas en todo el mundo); de los “cristia- nos” contra los “moros”, de los hindúes contra los mu- sulmanes, de los afroamericanos contra los latinos; en el puesto de trabajo, de los varones trabajadores contra las mujeres cre- cientemente incorporadas al mercado de trabajo; en el hogar, de los varo- nes trabajadores contra sus mujeres que, además de estar incorporadas al trabajo productivo, tienen que seguir cargando prácticamente en exclusiva con el grueso del trabajo reproductivo... El socialismo del siglo XXI, a diferencia de! socialismo clásico, tiene que enfrentarse a la doble tarea de reverticalizar unos conflictos que tienden peligrosamente a la horizontalización, y a la vez, horizontalizar la solidari- dad, rearticular una fraternidad de los de abajo que suture fracturas y sea humus de una nueva oleada de acción colectiva. La tarea no es nada fácil, huelga decirlo. Pero la común actitud de todos los socialistas debería ser al menos esta elementa! posición de partida: no hay posibilidades serias de fraternidad horizontal de las múltiples víctimas de la economía tiránica tar- docapitalista, si no se consigue reverticalizar et conflicto, si se prescinde o se descuida la orientación programática de las luchas políticas y sociales en una dirección que apunte inequívoca y derechamente a los tiranos, al núcleo causal de las tuerzas agentes del mal social. 3. Y el tercero: el socialismo política clásico se enfrentaba a Estados que eran el resultado de un secular proceso de expropiación de los medios pri- vados de ejercer la violencia (la violencia puramente física, como en el caso de los barones feudales, o físico-espiritual, como en el caso de la iglesia ca- tólica), un proceso que culminó con el monopolio de esos medios por parte del Estado y con la construcción de una esfera pública burocrática, sepa- 12. No es una efusión senti- 'mental: la industria farma- céutica, dominada por un pe- queño puñado de empresas transnacionales, gasta hoy mucho más en publicidad que en investigación. En la vieja supuestamente tranqui- la Europa, el consumo de ansiolíticos y antidepresivos crece a un ritmo de más del 15% anual. funda: es fácticamente posible y éticamente deseable un mundo que supere la monstruosa constitución tiránica de una vida económica tardocapitalista, conforme a la cual Una relativamente pequeña elite transnacional de mag- nates se arroga la potestad de organizar despótica e irra- cionalmente la producción, movilizando —o alternativa- mente, dejando en la estacada— a su antojo a miles de mitlones de desposeídos, a quienes, encima, no satiste- cha con obligarles diariamente a pedir permiso para vivir, dicta, manipulación publicitaria mediante, normas y pau- tas de consumo saqueadoras de la Tierra y enemigas de Ja Felicidad humana”. Hay que volver a empezar, pero no como los nacidos ayer. Lo que quiere decir: hay que reemprender la marcha por el viejo cami- no, y hacer camino nuevo al andar. No más viejos, pero sí más sabios; tal vez más escépticos, pero no menos resueltos, como los andarines que vie- nen de muy lejos con el firme propósito de pasar el testigo a otros, que lle- garán todavía más lejos, y harán más camino. Porque el que queda todavía por recorrer será probablemente largo, de muchísimas leguas, según cantó una vez, adivino fatalista, León Felipe: ¡Qué lástima si este camino fuese de muchísimas leguas y siempre se repitieran los mismos caminos, las mismas veredas los mismos ganados, las mismas recuas los mismos farsantes y las mismas sectas! Designio no menor de quienes hacemos sinpermiso: contribuir en la pe- queñísima medida de nuestra posibilidades a que los socialistas empecemos un nuevo andar, y a que en el camino que tenemos por delante no se repitan los mismos caminos, las mismas veredas, los mismos farsante: Y pasar a la ofensiva. Que la veraz percepción de la propia debilidad no excusa de tomar la iniciativa, según dejó audazmente sentado el modesto realismo del Galileo de Bertolt Brecht: Cuando la verdad es demasiado débil para defenderse, tiene que pasar a la ofensiva. "América Latina: mutación epocal y mundos de la vida Desde la insurrección de las comunidades indígenas de Chia- pas, México, en enero de 1994, encabezadas por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, que siguen controlando terri- torios y gobernando municipios autónomos, y en forma más generalizada a partir del 2000, en diversos países de América Latina han aparecido movimientos sociales de resistencia e insubordinación amplios, diversos y radicales que disputan el orden neoliberal e impiden su estabili- zación. Después del levantamiento zapatista y las consiguientes movilizaciones multitudinarias de apoyo a la lucha indigena en México, podemos mencio- nar entre los movimientos y levantamientos más importantes la toma de Quito por comunarios quechuas a comienzos de 2000; la Guerra del Agua y la sucesión de levantamientos aymaras en Bolivia en 2000 y 2001;la pos- terior Guerra del Gas que culminó con ta insurrección de octubre 2003 que derribó al presidente Gonzalo Sánchez de Losada; la rebelión urbana y popular de diciembre de 2001 en Buenos Aires que tumbó tres presidentes sucesivos, antecedida por una intensa resistencia piquetera; así como los menos conocidos movimientos colectivos anti-privatización en Arequipa, Perú y en Asunción, Paraguay; y las persistentes invasiones y luchas por la