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Técnicas para aprender a vender, Monografías, Ensayos de Técnicas de la Comunicación

Este ensayo nos lleva a la cabeza del comprador y nos enseña como vender un producto

Tipo: Monografías, Ensayos

2022/2023

Subido el 15/02/2023

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EL VENDEDOR MÁS
GRANDE DEL MUNDO
OG MANDINO
Este libro fue pasado a formato Word para facilitar la difusión, y con el propósito deque así
como usted lo recibió lo pueda hacer llegar a alguien más. HERNÁN
Para descargar de Internet: Biblioteca Nueva Era
Rosario – Argentina
Adherida al Directorio Promineo
FWD: www.promineo.gq.nu
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EL VENDEDOR MÁS

GRANDE DEL MUNDO

OG MANDINO

Este libro fue pasado a formato Word para facilitar la difusión, y con el propósito deque así como usted lo recibió lo pueda hacer llegar a alguien más. HERNÁN

Para descargar de Internet: Biblioteca Nueva Era Rosario – Argentina Adherida al Directorio Promineo

FWD: www.promineo.gq.nu

EL VENDEDOR MÁS GRANDE DEL MUNDO

Cada generación produce su «literatura de poder». Esta clase de literatura tiene en sí el poder de transformar la vida del lector. Siguiendo esta tradición, EL VENDEDOR MAS GRANDE DEL MUNDO está destinado a ejercer influencia en incontables vidas. Se presenta aquí la leyenda de Hafid, un camellero de hace dos mil años, y su ardiente deseo de mejorar su humilde condición. A fin de poner a prueba su habilidad en potencia, es enviado a Belén por su señor Pathros, el gran mercader de caravanas, a vender un solo manto. Fracasa y, en cambio, en un momento de compasión, regala el manto para abrigar a un bebé recién nacido en una cueva cerca de la posada. Hafid retorna a la caravana avergonzado, pero viaja acompañado de una estrella brillante que resplandece sobré su cabeza. Este fenómeno es interpretado por Pathros en el sentido de que es una señal de los dioses, y le obsequia a Hafid diez pergaminos antiguos que contienen la sabiduría necesaria para que el joven realice todas sus ambiciones. Esta historia obsesionante presenta también los escritos completos de los pergaminos originales. Hafid aplicó los principios de éxito de dichos pergaminos, para convertirse en el vendedor más grande del mundo… y lo que esos principios lograron para él, lo lograrán también para usted… porque todos somos «vendedores»… y el éxito que alcanzamos en la vida depende enormemente de cómo nos presentamos a los demás. El capítulo final del libro le dejará una impresión imborrable… en momentos en que el anciano y próspero Hafid, EL VENDEDOR MAS GRANDE DEL MUNDO, hace entrega de los diez pergaminos a una persona muy especial.

SOBRE EL AUTOR

OG MANDINO es editor ejecutivo de Success Unlimited (Éxito sin límites), revista de éxito, que señala rumbos en los Estados Unidos. A Treasury of Success Unlimited es una antología de los mejores escritos que han aparecido en la revista desde su fundación en

  1. Presenta en este novísimo libro el conocimiento y la sabiduría adquiridos en casi dos décadas como vendedor y jefe de ventas. Sus artículos y cuentos han sido aclamados nacionalmente por su sensibilidad y compasión.

DEDICATORIA

Este libro está respetuosamente dedicado al gran vendedor W. CLEMENT STONE, que ha armonizado el amor, la compasión y un sistema singular del arte de vender, creando una filosofía viva para el éxito que motiva y guía a incontables millares de individuos todos los años para descubrir mayor felicidad, buena salud mental y física, paz mental, poder y riquezas.

RECONOCIMIENTOS

una fuente inagotable de consuelo e inspiración.

Lester J. Bradshaw, (hijo) Ex decano, Instituto de buena oratoria y relaciones públicas Dale Carnegie

Quedé sobrecogido por «El vendedor más grande del mundo». Es sin duda, la historia más grande y conmovedora que he leído. Es tan bueno que hay dos imperativos que quiero añadir:1) no debe dejarlo hasta que lo termina de leer; y 2) todo vendedor que vende algo, y eso nos abarca a todos nosotros, debe leerlo.

Robert B. Hensley, presidente Life Insurance Company, of Kentucky

Og Mandino, en forma estimulante, nos aguijonea la atención fascinándonos, al relatar en forma maestra su historia. «El vendedor más grande del mundo» es un libro que tiene atracción emocional para millones.

Roy Garn, director ejecutivo de Emotional Appeal Institute.

Hay muy pocos hombres que cuentan con el talento de escritor con que ha sido dotado Og Mandino. Los pensamientos contenidos en este libro simbolizan la importancia del arte de vender en lo que respecta a la existencia de todo el mundo.

Sold Polk, presidente de Polk Brother Incorporated

Acabo de terminar la lectura ininterrumpida de «El vendedor más grande del mundo». El argumento es original e ingenioso. El estilo es interesante y fascinante. El mensaje conmueve inspira. Cada uno de nosotros es un vendedor, no importa cuál sea nuestra ocupación o profesión. Primero de todo debe efectuar la venta de sí mismo a sí mismo a fin de hallar la felicidad personal y la paz mental. Este libro, si es leído, absorbido y obedecido cuidadosamente, puede ayudar a cada uno de nosotros a ser su mejor vendedor.

Doctor Louis Binstock, rabí, del Templo Sholom, Chicago

Me gusta la historia… me gusta el estilo… me gusta el libro. Todo vendedor y todo miembro de su familia debe leerlo.

W. Clement Stone, presidente de Combined Insurance Company of America Según mi opinión, «El vendedor más grande del mundo» por Og Mandino se convertirá en un libro clásico. He publicado centenares de libros durante los años, pero el poderoso mensaje de Og Mandino halló un sitio en el lugar más recóndito de mi ser. Me siento orgulloso de ser el editor de este libro.

FREDERICK V. FELL

CAPÍTULO I

Hafid se demoró frente al espejo de bronce y estudió su imagen reflejada en el metal bruñido. «Sólo los ojos conservan su juventud», murmuró al darse vuelta y caminar lentamente por el espacioso piso de mármol. Pasó entre columnas de ónice negro que sostenían el cielorraso bruñido de plata y de oro, y sus ancianas piernas lo llevaron más allá de las mesas esculpidas en madera de ciprés y marfil. Las incrustaciones de carey brillaban en los sofás y divanes, y las paredes, adornadas con piedras preciosas, relucían con brocados del más esmerado diseño. Enormes palmeras crecían plácidamente en vasijas de bronce sirviendo de marco a una fuente de ninfas de alabastro, mientras que grandes floreros, incrustados de piedras preciosas, competían con su contenido en llamar la atención. Ningún visitante al palacio de Hafid podía dudar de que se tratara en realidad de una persona con grandes riquezas. El anciano pasó por un jardín cercado y entró a su almacén que se extendía más allá de su mansión en una distancia de 500 pasos. Erasmo, su principal tenedor de libros, esperaba inseguro un poco más allá de la entrada. —Mis saludos, señor —dijo Erasmo. Hafid inclinó levemente la cabeza y continuó en silencio. Erasmo lo siguió sin poder ocultar la preocupación de su rostro ante la extraordinaria solicitud de su amo para celebrar una entrevista en este lugar. Cerca de las plataformas de carga, Hafid se detuvo contemplando las mercancías que eran sacadas de vagones de carga y contadas en puestos separados. Había lana, lino fino, pergaminos, miel, alfombras y aceite del Asia Menor; cristales, higos, nueces, y bálsamo de su propio país; textiles y drogas de Palmira; jengibre; canela y piedras preciosas de Arabia; maíz, papel, granito, alabastro y basalto de Egipto; tapizados de Babilonia; pinturas de Roma; y estatuas de Grecia. Flotaba en el ambiente un intenso aroma a bálsamo y el fino olfato de Hafid percibía la presencia de dulces ciruelas, manzanas, queso y jengibre. Finalmente se volvió a Erasmo. —Mi viejo amigo, ¿cuánta riqueza hay ahora acumulada en nuestro tesoro? Erasmo palideció. —¿En total?

a estos gerentes corno recompensa por sus años de lealtad, para que puedan surtir de nuevo sus estantes y anaqueles como deseen. Erasmo comenzó a hablar pero la mano en alto de Hafid le impuso silencio. —¿Te parece desagradable esta tarea? El tenedor de libros sacudió la cabeza y esbozo una sonrisa. —No, señor, solo que no puedo comprender su razonamiento. Sus palabras son las de un hombre cuyos días están contados. —Es propio de ti, Erasmo, que te preocupes por mí en vez de ti. ¿No piensas en tu futuro cuando nuestro imperio comercial quede disuelto? —Hemos sido camaradas durante muchos años. ¿Cómo puedo yo ahora pensar solo en mí mismo? Hafid abrazó a su viejo amigo y le contestó: —No es necesario. Te pido que transfieras in mediatamente 50.000 talentos de oro a tu nombre y te ruego que te quedes conmigo hasta que se cumpla una promesa que hice hace muchísimos años. Cuando esa promesa se haya cumplido te legaré esté palacio y el almacén a ti, porque estaré entonces listo para reunirme con Lisha. El anciano tenedor de libros miró fijamente a su señor, incapaz de comprender las palabras que había oído. —El palacio, 50.000 talentos de oro, el almacén; no los merezco… Hafid asintió. —He considerado siempre tu amistad como mi mayor bien. Lo que ahora te lego a ti es de ínfima importancia comparado con tu inagotable lealtad. Has llegado a dominar el arte de vivir, no solo en lo que a ti respecta, sino en lo referente a los demás, y esta solicitud te ha sellado por sobre todo como un hombre entre los hombres. Ahora te insto a que te apresures a consumar mis planes. El tiempo es la mercancía más valiosa que poseo y el reloj de arena de mi vida está casi lleno. Erasmo volvió el rostro para ocultar sus lágrimas. Con voz quebrada le preguntó: —¿Y qué me dice de su promesa que aún tiene que cumplirse? Aunque hemos sido como hermanos nunca le he oído hablar de tal asunto. Hafid se cruzó de brazos y sonrió. —Nos reuniremos de nuevo cuando hayas cumplido las órdenes que te he dado esta mañana. Entonces te revelaré un secreto que no he compartido con nadie, excepto con mi amada esposa, por más de 30 años.

CAPÍTULO II

Y fue así que una caravana fuertemente protegida partió al poco tiempo de Damasco, con certificados de propiedad y oro para aquellos que administraban cada uno de los emporios comerciales de Hafid. Desde Obed en Jope, hasta Reuel en Petra, cada uno de los diez gerentes recibió con asombro y en silencio la noticia de la jubilación de Hafid y de sus regalos. Finalmente, después de haber hecho la última parada en el emporio de Antipatris, la caravana dio por terminada su misión. El imperio comercial más poderoso de su época había quedado disuelto. Con el corazón cargado de profunda tristeza, Erasmo le envió la noticia a su señor de que el almacén estaba ahora vacío, y que los emporios no enarbolaban ya la orgullosa bandera de Hafid. El mensajero regresó con la petición de que Erasmo se reuniera con su señor de inmediato junto a la fuente en el peristilo. Hafid estudió el rostro de su amigo y le preguntó: —¿Has cumplido la misión? —Sí, la he cumplido. —No te apenes, amigo mío, y sígueme. Sólo el ruido de sus sandalias resonaba en la gigantesca cámara, mientras Hafid conducía V Erasmo hacia la escalera de mármol en el fondo. Disminuyó un tanto la marcha al acercarse a un solitario jarrón múrrino en un alto pedestal de madera de citrus y observó cómo los rayos del sol cambiaban el cristal del blanco al púrpura. Su viejo rostro sonrió. Luego los dos viejos amigos comenzaron a subir los peldaños interiores que llevaban a la habitación ubicada dentro de la cúpula del palacio. Erasmo observó que el guardia armado, que siempre estaba de centinela al pie de la escalera, ya no estaba allí. Finalmente llegaron a un descanso de la escalera e hicieron una pausa, puesto que ambos estaban sin aliento debido a la subida. Luego continuaron ascendiendo hasta un segundo descanso y Hafid sacó una pequeña llave de su cinto. Abrió una pesada puerta de roble y se apoyó en ella hasta que se abrió rechinando. Erasmo vaciló hasta que su señor le hizo señas de que entrara y penetró tímidamente en la sala a la cual no se había admitido a nadie durante más de tres décadas. Una luz grisácea, plomiza, se filtraba por las torrecillas del techo y Erasmo se aferró del brazo de Hafid hasta que sus ojos se acostumbraron a la penumbra. Con débil sonrisa, Hafid observaba cómo Erasmo miraba la sala vacía con la excepción de un pequeño cofre de cedro alumbrado por un haz de luz en un rincón. —¿No estás desilusionado, Erasmo? —No sé qué decir, señor. —¿No has quedado desilusionado con el moblaje? Indudablemente el contenido de esta sala ha sido tema de conversación entre muchos. ¿No ha sido para ti motivo de extrañeza, de preocupación, el misterio de lo que hay aquí, y que yo he guardado tan celosamente

Erasmo, consternado, fijó la vista en los viejos pergaminos. —¿Tan rico como usted? —Mucho más rico, si así lo desea. —Usted me ha dicho que todos estos pergaminos, con la excepción de uno, contienen principios sobre el arte de vender. ¿Qué es lo que contiene el último pergamino? —El último pergamino, como tú lo llamas, es el primer pergamino que debe leerse, puesto que cada uno está numerado para ser leído en un orden especial. Y el primer pergamino contiene un secreto que ha sido revelado a un simple puñado de sabios a través de la historia. El primer pergamino, en realidad, nos enseña la manera más eficaz de aprender lo que está escrito en los otros. —Parece ser una tarea que cualquiera puede dominar. —Es en realidad una tarea sencilla siempre que uno esté dispuesto a pagar el precio en lo que respecta a tiempo y concentración», hasta que cada uno de los principios se convierta en parte integral de su personalidad; hasta que cada principio se convierta en un hábito de vida. Erasmo metió la mano en el cofre y quitó un pergamino. Sosteniéndolo suavemente entre sus dedos y señalando con él a Hafid dijo: —Perdóneme, señor, pero ¿por qué es que usted no ha compartido estos principios con otros, especialmente con aquellos que han trabajado con usted durante largo tiempo? Ha demostrado siempre tanta generosidad en otros asuntos, ¿cómo es que aquellos que formaban parte de su personal de ventas no han recibido la oportunidad de leer estas palabras de sabiduría y de esta manera enriquecerse también? Cuando menos, todos hubieran sido mejores vendedores de mercancías con tales valiosos conocimientos. ¿Por qué fue que no reveló a nadie estos principios durante todos estos años? —No me quedaba otra alternativa. Hace muchos años, estos pergaminos fueron confiados a mi cuidado, y tuve que prometer bajo juramento que compartiría su contenido solo con una persona. Aún no comprendo la razón que motivaba este extraño pedido. Sin embargo se me ordenó aplicar los principios de los pergaminos a mi propia vida, hasta que algún día apareciera uno que necesitara la ayuda y las directivas contenidas en estos pergaminos, mucho más que yo cuando era joven. Se me dijo que mediante alguna señal yo reconocería al individuo a quien debía transmitir los pergaminos, aún cuando fuese posible que el individuo no supiera que estaba buscando los pergaminos. —He esperado pacientemente, y mientras esperaba apliqué estos principios según se me dio permiso para hacerlo. Con su conocimiento me convertí en lo que muchos llaman el vendedor más grande del mundo, de la misma manera que aquel que me legó estos pergaminos fue aclamado como el más grande vendedor de su época. Ahora bien, Erasmo, quizá entiendas por fin por qué algunos de mis actos a través de los años parecían singulares e imprácticos para ti, y sin embargo han resultado todo un éxito. Tanto mi conducta como mis decisiones fueron guiadas siempre por estos pergaminos; por lo tanto no fue por mi propia sabiduría que adquirimos tantos talentos de oro. Yo fui solo el instrumento de su cumplimiento. —¿Cree aún que aquel que va a recibir estos pergaminos de usted aparecerá después de todos estos años? —Sí.

Hafid volvió a colocar suavemente los pergaminos en el cofre y lo cerró. Aún de rodillas habló con solemnidad diciendo: —¿Te quedarás conmigo, Erasmo, hasta ese día? Y en aquella habitación iluminada por una luz tenue y plomiza, el tenedor de libros extendió su mano y estrechó la de su señor. Asintió con la cabeza y luego se retiró de la sala como si hubiese recibido un mandamiento sin palabras de su señor. Hafid volvió a atar el cofre con las correas de cuero y luego se puso de pie y caminó hasta una pequeña torrecilla. Pasó a través de ella hasta el andamio que rodeaba la gran cúpula. Un viento oriental azotó el rostro del anciano, trayendo consigo el olor de los lagos y del desierto que se extendía en lontananza. El anciano sonrió, parado allí, encima de los techos de Damasco, y sus pensamientos se extendieron retrospectivamente a través del tiempo…

CAPÍTULO III

Era invierno y soplaba un viento tajante en el monte de los Olivos. Desde Jerusalén, a través de la angosta quebrada del valle de Cedrón, llegaba el olor a humo, incienso y carne quemada en el templo y su fetidez se mezclaba con el olor a trementina de los árboles de terebinto en las montañas. En una abierta pendiente, a poca distancia de, la villa de Bethpagé, descansaba la inmensa caravana comercial de Pathros, de Palmira. Era tarde, y hasta el semental favorito del gran mercader había dejado de mordisquear en los arbustos de pistacho y se había recostado contra la suave cerca de laureles. Más allá de la larga hilera de tiendas silenciosas, hebras de grueso cáñamo ceñían los troncos de cuatro antiquísimos árboles de olivo. Formaban un corral cuadrado en el que estaban encerrados informes bultos de camellos y asnos, acurrucados unos contra otros para darse calor. Con la excepción de dos guardias que hacían ronda cerca de los vagones de mercancías, el único movimiento que se observaba en el campamento era el de la alta y movediza sombra que se proyectaba contra la pared de pelos de camellos de la espaciosa tienda de Pathros.

ambición es la de llegar a ser aún más grande que usted, el mercader más grande, el hombre más rico y el vendedor más grande del mundo. Pathros echó el cuerpo hacia atrás y estudió el rostro de piel oscura del joven. El olor de los animales impregnaba aún las ropas del joven, quien sin embargo desplegaba muy poca humildad en su manera de comportarse. —¿Y qué harás con todas las grandes riquezas y el temible poder que sin duda las acompañarán? —Haré lo que usted hace. Proveeré a mi familia de los bienes más exquisitos de esté mundo, y el resto lo repartiré entre aquellos qué sufren necesidad. Pathros sacudió la cabeza. —Las riquezas, hijo mío, no deben ser jamás la meta de tu vida. Tus palabras son elocuentes, pero son meras palabras. La verdadera riqueza es la del corazón, y no la de la billetera. Hafid persistió: —¿No es usted rico, señor? El anciano sonrió ante el atrevimiento de Hafid. —Hafid, en lo que a las riquezas materiales respecta, existe una sola diferencia entre yo y el más humilde pordiosero fuera del palacio de Herodes. El pordiosero piensa solo en su próxima comida, y yo pienso solo en la comida que será mi última. No, hijo mío, no aspires a las riquezas y no trabajes solo para enriquecerte. Esfuérzate por alcanzar la felicidad, por ser amado y amar, y lo que es de más importancia, procura con ahínco alcanzar la paz mental y la serenidad. Hafid siguió persistiendo. —Pero todas estas cosas son imposibles sin el oro. ¿Quién puede vivir en la pobreza y alcanzar la paz mental? ¿Cómo se puede ser feliz con el estómago vacío? ¿Cómo puede uno demostrar amor por su familia si no puede alimentarla, vestirla y darle albergue? Usted mismo ha dicho que las riquezas son buenas cuando proporcionan gozo a los demás. ¿Por qué entonces no es buena mi ambición de ser rico? La pobreza quizá sea un privilegio y hasta una forma de vida para el monje en el desierto, porque sólo tiene que sostenerse a sí mismo y agradar solo a su dios, pero yo considero que la pobreza es una señal de falta de capacidad o de falta de ambición. Y no creo que carezca de ambición ni de capacidad. Pathros frunció el entrecejo. —¿Qué es lo que ha provocado este repentino estallido de la ambición? Hablas de proveer para la familia y sin embargo no tienes familia, a menos que sea yo que te he adoptado el día en que la pestilencia se llevó a tu padre y tu madre.

armas que te obliga a ser mejor… o a abandonar la empresa. Cada desaire es una oportunidad de avanzar; si uno huye de los obstáculos o los evita, habrá echado a perder el futuro. El joven asintió con la cabeza e iba a hablar pero el anciano levantó la mano y continuó: —Además te embarcas en la profesión más solitaria del mundo. Hasta el despreciado recaudador de impuestos regresa a su hogar, a la puesta de sol, y las legiones de Roma tienen sus cuarteles que son como su casa. Pero tú te hallarás durante muchas puestas de sol lejos de tus amigos y de tus seres amados. Nada puede provocar con más rapidez en el corazón del hombre el sufrimiento de la soledad como cuando pasa frente a una casa extraña en la oscuridad y observa alumbrada por la lámpara en el interior, a una familia congregada para partir el pan de la noche. Es en estos períodos de soledad que las tentaciones te confrontarán —continuó Pathros—. La forma en que le hagas frente a estas tentaciones afectará profundamente tu carrera. Cuando te encuentres solo en el camino, acompañado solo de tu animal, te asaltará muchas veces una extraña y a menudo aterradora sensación. Con frecuencia, las perspectivas de la vida y nuestro sentido de los valores se olvidan transitoriamente y nos convertimos en niños, anhelando la seguridad y el amor de nuestros propios seres queridos. Lo que procuramos como substituto ha puesto fin a la carrera de muchos incluyendo a miles a quienes se les consideraba muy capacitados para el arte de las ventas. Además, no habrá nadie que satisfaga tus gustos ni te consuele cuando no hayas vendido las mercancías; ninguno excepto aquellos que tratan de aprovecharse de tu dinero. —Procederé con cuidado y cumpliré sus palabras de advertencia. —Luego entonces comencemos. Por ahora no recibirás más consejos. Te yergues ante mí como un higo verde. Hasta que el higo no está maduro no puede llamarse higo, y hasta que no hayas sido expuesto al conocimiento y a la experiencia, no puedes ser llamado un vendedor. —¿Cómo comenzaré? —Por la mañana te presentarás a Silvio en los vagones de mercancía. Te entregará, bajo tu responsabilidad, uno de nuestros más hermosos mantos sin costura. Está tejido con pelo de cabra y resistirá aún las más intensas lluvias, y está teñido de rojo con las raíces de la planta llamada rubia, de manera que no se desteñirá

nunca. Cerca del ruedo descubrirás una pequeña estrella cosida en el interior. Esta es la marca de Tola, cuyo gremio fabrica los mejores mantos de todo el mundo. Junto a la estrella está mi marca, un círculo dentro de un cuadrado. Estas dos marcas son conocidas y respetadas en toda la tierra y hemos vendido incontables millares de estos mantos. He comerciado con los judíos durante tanto tiempo que sólo sé el nombre que ellos le dan a esta prenda. La llaman un abeyah. Luego de una pausa añadió: —Toma el manto y un asno y parte al amanecer para Belén, el pueblo que atravesó nuestra caravana antes de llegar aquí. Ninguno de nuestros vendedores visita jamás ese pueblo. Se afirma que es una pérdida de tiempo

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CAPÍTULO IV

Hafid empujó hacia un lado el pan a medio comer y se puso a pensar en su infeliz suerte. Mañana haría cuatro días que estaba en Belén y el manto rojo que había traído con tanta confianza estaba aún dentro del paquete sobre las ancas del animal, atado ahora a una estaca en una cueva detrás de la posada. No oía siquiera el ruido que lo rodeaba en aquel comedor atestado de gente, en circunstancias que miraba con gesto adusto a su comida sin terminar. Las dudas que han asaltado a todos los vendedores desde el comienzo de los siglos pasaron por su mente: «¿Por qué es que la gente no escucha mi historia? ¿Cómo puede uno cautivar su atención? ¿Por qué es que cierran la puerta antes de que haya pronunciado cinco palabras? ¿Por qué pierden interés en mis palabras y se alejan? ¿Son todos pobres en este pueblo? ¿Qué les responderé cuando me dicen que les gusta el manto pero que no tienen dinero para comprarlo? ¿Por qué es que tantos me dicen que vuelva después? ¿Cómo es que los otros venden cuando yo no puedo? ¿Qué temor es éste que se apodera de mí cuando me acerco a una puerta cerrada y cómo puedo vencerlo? ¿No está de acuerdo el precio que yo pido con el que piden los otros vendedores?» Sacudió la cabeza disgustado al pensar en su fracaso. Quizá ésta no fuera la vida para él. Quizá debiera quedarse de camellero y continuar ganando solo unos cobres por cada día de trabajo. En calidad de vendedor de mercancías se consideraría afortunado si regresaba a la caravana con alguna utilidad. ¿Qué es lo que Pathros lo había llamado? ¿Un joven soldado? Ansió, por unos momentos, estar con sus animales. Luego sus pensamientos se volvieron a Lisha y su severo padre Calneh, y las dudas desaparecieron de inmediato de su mente. Esta noche dormiría de nuevo en los cerros para ahorrar dinero, y mañana vendería el manto. Además, hablaría con tanta elocuencia que el manto le proporcionaría un buen precio. Comenzaría temprano, apenas se divisara la alborada, y se pondría cerca del pozo de la ciudad. Se dirigiría a todos los que se acercaran y al poco rato estaría de regreso al monte de los Olivos con plata en su bolsa. Extendió la mano y tomó el pan a medio comer y comenzó a comerlo mientras pensaba en su señor. Pathros se sentiría orgulloso de él porque no se había desanimado ni fracasado. En realidad cuatro días era un tiempo muy largo para vender solo un manto, pero si podía realizar la venta en cuatro días, sabía que podía aprender de Pathros, como efectuarla en tres días, luego en dos días. Con el tiempo, adquiriría tanta habilidad que vendería muchos mantos por hora. Y sería entonces en realidad un vendedor de fama. Salió de la bulliciosa posada y se dirigió hacia la cueva donde estaba su animal. El aire helado había endurecido la hierba, cubriéndola de una fina capa de hielo y cada hoja crujía como si se quejara bajo la presión de sus sandalias. Hafid desistió de ir esa noche a los cerros. En cambio descansaría en la cueva con su animal.