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Asignatura: siglo 18, Profesor: , Carrera: Dobles grados con Filología Hispánica, Universidad: UCA
Tipo: Apuntes
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1. El periodismo en el siglo XVIII.
1.1. El nacimiento del periodismo en el siglo XVIII.
Antecedentes .- Las hojas volanderas aparecen en el siglo XV – Venecia, Viena-, recogían sucesos o noticias de interés general y alcanzan difusión y popularidad con la difusión de la Imprenta llegando a circular por toda Europa. Son hojas sueltas que aún no tienen una periodicidad, solo aparecen en el momento que ocurre algo.
El siglo XVI conoció la existencia de “almanaques anuales”, con periodicidad muy larga (una vez al año, y hasta de publicaciones semestrales. También desde comienzos del XVI surgen los mercurios , (Dios protector del correo y del comercio) se inician como periódicos semestrales dedicados a la actividad comercial, con noticias de carácter económico y mercantil, pero cuajaron como publicaciones mensuales y adquirieron un tono más literario y, sobre todo, de comentario político. En la Inglaterra del XVII se convirtieron en vehículos de la inquietud política y acogieron colaboraciones literarias de primera calidad debidas a Steele, Addison, Defoe, Swift, y otros escritores de la época, donde se hacía crítica moral y sátira de costumbres.
A comienzos del XVII aparecen ya las gacetas hebdomadarias (semanales) gracias a la creación de correos que salen semanalmente de las grandes ciudades y hacia mediados de siglo se consolida el tipo de gaceta oficial. A medida que el correo y los postillones permiten una circulación de noticias más rápida, la periodicidad de los papeles públicos será mayor y más fija.
Periodismo del siglo XVIII español.
Etapas - Según Caso González se distinguen tres: formación hasta 1758; consolidación (1758-81); 1781-1808; etapa polémica. La primera etapa viene marcada por los periódicos oficiales: la Gaceta y el Mercurio. La segunda por El Pensador (1762), de José Clavijo y Fajardo. Y la tercera por El Censor (1781), surge un periodismo crítico.
Junto a todos estos aparecen otros muchos como El diario de los literatos, El duende especulativo… Debemos tener en cuenta que estamos en una sociedad casi analfabeta, en la que la burguesía se va uniendo a las letras, inclusive las mujeres.
El periodismo tiene dos fines: por un lado la información, que produce todo lo relacionado con la noticia, y por otro la creación de la opinión pública. Dentro de la opinión, el siglo XVIII, donde todavía no hay libertad de imprenta, encontramos un tipo de discurso de tipo didáctico-crítico, cuyo modelo será The Spectator inglés, que se conocerá por medio de su imitación francesa.
El periodismo español es, pues, muy pobre en la primera parte del siglo, reinado de Felipe V (1683-1746; muere Carlos II en 1700 y en su testamento lo declara sucesor, Guerra de Sucesión hasta 1712), despega durante el de Fernando VI (1713-1759, sube al trono en el 46) y se consolida en el de Carlos III (1716-88, reina desde 1759). Durante el reinado de Carlos IV (+ 1819) -1788-1808- se publican 57 títulos. En cualquier caso, siempre tendrá carácter minoritario. Según Richard Herr, entre 1784 y 1785 -dice- una tercera parte de los 460 libros aproximadamente que se publicaron en España, trataba de asuntos religiosos: colecciones de sermones, vidas de santos, libros de d3evoción, tratados de teología, etc; sólo 7% libros científicos, 3% de industria, artes y comercio; 2% problemas filosóficos, principalmente morales, de índole no estrictamente religiosa. capital misión de la prensa periódica.
Su público principal coincide con el de las Sociedades Económicas de Amigos del País y los eclesiásticos. Las Sociedades alcanzan su máximo apogeo entre 1765 y 1808, y desarrollan una importante labor de divulgación en el campo de la agricultura, el comercio, las artes y los oficios.
1.2 Géneros periodísticos y características.
Dos fundamentales: información y crítica (ensayo).
Guinard habla también del género presentativo (proyectos, prospectos, discursos preliminares), informativo y didáctico (conocimientos y reflexión crítica)
Crítica de costumbres: dos modalidades: carta – no estrictamente periodístico- y discurso. Este último procede de la traducción francesa de The Spectator , = pensamiento, utilizado por El Pensador. También a este propósito, viaje imaginario, cuento moral, y el «sueño» satírico o alegórico al estilo de los de Quevedo. Harán una reflexión moral sobre las costumbres españolas comparadas con otras europeas o con las de otros países.
Características: elaboración unipersonal (a medida que avanza el siglo intervienen varios redactores, últimos decenios del siglo, empresa periodística gestión y redacción separada, asalariados) dirigido a un público restringido, escasamente instruido, brevedad y variedad de los “artículos”, en un formato de periódico que es el de octavo o dieciseisavo. A caballo entre la literatura didáctica y de ocio / género del tratado; finalidad docente a la que se subordina su pretensión de entretenimiento; ecos estilísticos de la literatura oral (a veces lectura en voz alta, tertulias) lucha con la censura gubernativa e inquisitorial; limitada distribución geográfica fuera de la capital (Distribución geográfica, costa de Barcelona a Cádiz), difícil difusión (tardía introducción del sistema de suscripción, 1760 Caxon de sastre ).
Pronósticos y Almanaques , pervivencia de un género de “papeles”, vigente hasta la censura de 1767. Afamado autor de pronósticos fue Diego de Torres Villarroel, conocido como El Piscator de Salamanca , con el que se puso de moda una serie de pronósticos denominados piscatores. Los almanaques se relacionan con los calendarios
y tiene en ellos especial importancia el tiempo litúrgico y sus festividades, así como el calendario agrícola marcado por el orto y ocaso del sol y de la luna.
Primeros periódicos: La Gaceta de Madrid (fundada en 1661) y el Mercurio Histórico y Político (creado en 1737 por el gaditano José Mañer; más tarde Mercurio de España ) son publicaciones que llegarán a adquirir carácter oficial, y continúan la tradición de los siglos anteriores, el primero informativo, el segundo de política, economía y varia literatura.
El Diario de los literatos de España apareció en abril de 1737 (= Poética de Luzán). Modalidad literario-erudita, cultivada por ingleses y franceses en el siglo anterior. Propósito de hacer una crítica regular de las publicaciones españolas.
El Duende especulativo de la vida civil (1761) fue uno de los primeros periódicos que imitó el modelo del Spectator aunque según la crítica no alcanzó en absoluto su misma altura. En él el autor se sirve del recurso de que los redactores del periódico eran los concurrentes de una tertulia que deciden hacerse eco de lo que se comenta en la nación y exponer una serie de reflexiones sobre tales asuntos. Tras el nombre de Juan Antonio Mercadal se esconde la autoría de Juan Graef, autor también de
Escritores de papeles públicos. La labor al frente de un periódico era una aventura que, como en el caso de los libros y otras publicaciones debía contar con la aprobación del Consejo de Castilla, que ejercía la censura previa y podía además cotejar la publicación con el manuscrito original al que se había concedido el permiso de publicación. Además, cualquier papel podía ser denunciado posteriormente al Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición.
En este sentido y teniendo en cuenta la novedad de esta actividad y su reducido público, dedicarse casi profesionalmente a estas empresas era con frecuencia una temeridad. Eso explica que Francisco Mariano Nipho (1719-1803), hábil divulgador, hubiera de innovar una y otra vez. Fue autor de:
El Pensador (1762-67) de Josef Clavijo y Fajardo es el fundamental junto con la obra periodística de Nipho en el segundo periodo de la prensa. En los 86 pensamientos publicados por el autor, hizo la crítica de la sociedad española a modo de ensayo, para censurar la situación del teatro y criticar especialmente los autos sacramentales, pero también para repasar otros asuntos de la vida social y cultural del momento.
Luis García Cañuelo (1744-1802), principal responsable del polémico semanario El Censor (1781-87, que mantuvo una notable controversia con el apologista Forner) inicia el periodo polémico de la prensa. Guinard ofrece una visión no tan reaccionaria de este último frente a una supuesta progresía rebelde del primero. En todo caso, lo cierto es que fue pensionado por el ministro Floridablanca, para que dejara de escribir mientras viviera.
Ambos periódicos siguen el modelo de The Tatler (1709-11) y The Spectator (1711- y 1714-, aunque no pueden permitirse ofrecer ni siquiera una opinión política imparcial sobre el gobierno, como hacían Addison y Steele. Al igual que el Mercure galant también se permitían comentar las tendencias de la moda y las costumbres, por ejemplo del uso de los abanicos, con inclusión de cartas de sus lectores, y abordaban cuestiones científicas, filosóficas, y de literatura en general. Como ellos se propusieron desterrar la ignorancia y el vicio.
Se le comienza a dar cierta importancia a las mujeres, que son un público no iniciado que pueden estar interesadas en este género periodístico y en sí pueden ser un mercado por explotar. Poco a poco la periodicidad se hace menor. Muchas veces se consigue la periodicidad diaria, aunque cabe decir que las noticias llegaban lentamente. A medida que mejoran los transportes, la periodicidad también lo hace.
El periódico tiene mucho que ver con la comunicación, con el correo y con la carta. En primer lugar, porque el periódico, como el ensayo tiene mucho de diálogo ficticio - enunciados en una primera persona- con el público lector. Y la periodicidad de esta nueva literatura estaba en relación directa con la velocidad de los correos, con la existencia de las postas, aquellos lugares donde el correo se detenía a descansar y a refrescar -renovar- sus caballos.
Por otra parte, es evidente que los primeros artículos periodísticos tienen mucho de ensayos periodísticos, con una voz muy personal que se dirige a un tú impersonal pero con el que, en principio, el lector debe identificarse, y así pueden considerarse
aunque parece que antes de salir de España ya sabía leer. En todo caso el francés se sobrepone al español infantil aprendido en su patria. Al volver a Madrid, sus padres lo pusieron interno en las Escuelas Pías de la calle de Hortaleza donde continuó la enseñanza, ahora en español. Tuvo, por lo tanto, que habituarse en su instrucción al cambio de lengua. Esto es lo que quiso decir cuando en 1835, desde París, en una carta a su editor explicándole la "gran dificultad" que representaba para él tener que escribir en francés, le indicaba que "el francés fue mi primera lengua y estaba rouillé, como los goznes de una puerta”. A partir de los nueve años, Mariano José sigue lo que Mesonero Romanos, en sus Memorias, considera "pasos contados" en la educación de un muchacho madrileño de su clase en aquella época.
Son los años que van del Trienio Liberal (etapa revolucionaria, 1821-1823) a la Ominosa Década (1823-1833). Asiste al colegio de los Escolapios (1818-1822). 1823 es el año de la invasión de los Cien mil hijos de San Luis, en nombre de la Santa Alianza, para restablecer en España el Absolutismo. Empieza la represión política de la Ominosa Década. Su padre se traslada a Cáceres y el hijo, de nuevo en Madrid, asiste a clases de taquigrafía y de economía política en la Sociedad Económica de Amigos del País y de matemáticas en el Colegio Imperial de los Jesuitas (1823-1824). Durante el curso de 1824-1825 estudia en la Universidad de Valladolid, mientras su padre pasa de Cáceres a Aranda de Duero. No se presentó a los exámenes de junio, quizás se debido a aquel "acontecimiento misterioso" que alteró su carácter completamente, según refiere Cayetano Cortés, uno de los primeros biógrafos del escritor, seis años después de su muerte. Luego se ha dicho que lo que ocurrió fue que descubrió que una mujer mucho mayor que él de la que estaba enamorado era la amante de su propio padre. Deja los estudios de Valladolid y vuelve a Madrid. En 1825-1826 se matricula en los Estudios de San Isidro donde estudia física y griego y se pone a trabajar de escribiente en la Junta Reservada de Estado y en las oficinas de la Inspección de Voluntarios Realistas, por lo que tuvo que ingresar en el cuerpo, con todo lo que ello significaba como contradicción política. (Se afilia por motivos económicos).
Los Voluntarios eran fervientes militantes del Absolutismo y elementos significados de la opresión realista que dominaba en aquellas fechas. Si hubiera que darle una interpretación ideológica a la afiliación a este cuerpo paramilitar no podría ser precisamente la de una manifestación de la ideología propia del realismo moderado. Absolutistas obstinados, los Voluntarios Realistas eran contrarios a cualquier inclinación moderada del realismo fernandista. Luego, en 1835, en una carta desde Londres, le señala a su padre precisamente aquel año de 1826, a sus diecisiete años, como inicio de su inseguridad vital: "y como estoy viviendo de milagro desde el año 26, me he acostumbrado a mirar el día de hoy como el último". Y añade: "usted dirá que vuelvo a mis ideas juveniles; yo no sé si algún día pensaré de un modo más alegre; pero aunque esto empezara a suceder mañana, siempre resultaría que había pasado rabiando una tercera parte lo menos de la vida; todavía quedaría por averiguar cuál de las tres es la más importante".
En la misma carta relaciona la angustia vital iniciada en aquellos años de su adolescencia con las circunstancias políticas actuales de la guerra carlista: "hasta ahora no he visto nunca delante de mí un horizonte bueno, y ahora empiezo a verlo malo si triunfa D. Carlos". Se anuncia ya la desesperanza y la melancolía de su visión de Madrid como un cementerio, pocos meses antes de su suicidio. A lo largo de su obra la desazón existencial se manifiesta siempre en función de la desesperanza política.
Escribe versos en la tradición dieciochesca, lo que entonces se consideraba poesía útil: la oda y la sátira. Tomás de Iriarte, Moratín y Quintana son sus modelos. Pero por muy obligado que esté el aprendiz de poeta a lo consabido de los poemas satíricos y a sus temas tópicos, no podemos menos de ver una expresión personal e imaginarnos al joven escribiente metido en su covachuela, recién abandonados sus estudios, cuando encontramos expresada, en su sátira a Delio, una insatisfacción que se repite a lo largo de toda su obra ("escribir en Madrid es llorar").
Su primera publicación fue un folleto de dieciséis páginas con una Oda a la exposición de la industria española del año 1827 en la que los industriales Fernández y Martínez se codean con los dioses mitológicos Júpiter, Minerva y Vulcano, como indicio de la presencia de la clase burguesa sobre la que se asienta el Liberalismo político, en un género ya anacrónico. Recordemos que la Revolución francesa se había vestido de ropajes helénicos. Su poética neoclásica queda inadecuada para las necesidades expresivas requeridas por las circunstancias sociales a las que se refiere.
La burguesía industrial rompe el molde de la oda aristocrática. La poesía moderna apunta a otros derroteros inaccesibles al joven literato que encuentra en la prosa del ensayo periodístico el medio expresivo adecuado a las exigencias históricas de su tiempo. Este nuevo camino lo entronca también con la tradición dieciochesca ilustrada, pero en una dirección que desde el siglo anterior apunta a la modernidad. La publicación que Larra saca a lo largo del año 1828, El duende satírico del día , es una serie de cinco cuadernos en la línea de las revistas de ensayos inauguradas en Inglaterra a comienzos del XVIII con The Spectator , de Addison y Steeles, y que en España representan El duende especulativo de la vida civil, El Pensador y El Censor , dedicados a la crítica de la sociedad de su tiempo, a "lo que ocurre entre nosotros", según El Pensador.
". Aquí nos interesa destacar que, aunque el joven literato no se empeña en una abierta actividad de oposición al régimen (¿cómo iba a hacerlo si pertenecía al cuerpo de Voluntarios Realistas?), no era un conspirador, ni había participado en reuniones subversivas, siquiera como sus compañeros Numantinos, El duende satírico constituye una acusación a la situación social y política del momento y no es una empresa solitaria de su autor, sino que representa a un grupo de jóvenes inquietos, disconformes, agrupados a su alrededor, que se juntan ahora en el Café de Venecia y de allí se pasan luego al del Príncipe para fundar "El Parnasillo". En el mismo café se reúne otra tertulia de signo contrario, de gente mayor, la de José María Carnerero, director del Correo literario y mercantil, único periódico estable no oficial permitido en Madrid,
contribuyen fundamentalmente a asentar la literatura de costumbres como corriente principal de la prosa española de su tiempo. En El Pobrecito Hablador, Larra infunde en este género literario una intensidad subjetiva y una preocupación social renovadora que trasciende lo circunstancial de la mirada costumbrista, profundizando la observación benevolente y conservadora con que Mesonero Romanos había iniciado la serie del Panorama matritense en las Cartas españolas (1831-32), de José María Carnerero. Un ejemplo de cómo logra adaptar su formación clasicista a las necesidades expresivas modernas y a la temática social de su tiempo es el antológico artículo de costumbres "El castellano viejo", basado en una sátira en verso de Boileau. El Pobrecito Hablador, aquí y a lo largo de toda la serie, nos ofrece una visión esperpéntica de la España casticista, representada por el título proverbial del artículo, y un anhelo de europeización, aspiración constante de la tradición ilustrada y liberal frente a los peligros del nacionalismo fomentado por ciertas direcciones reaccionarias de procedencia romántica tradicionalista. En la sátira de El Pobrecito Hablador se percibe la ilusión ilustrada y progresista de que es posible superar, con la esperanza en el mañana, el castellanismo viejo de un patriotismo anquilosado en el pasado. Todavía quiere creer que es posible progresar, traspasar la pared que parece infranqueable, "que los españoles son capaces de hacer lo que hacen los demás hombres". Lo cree como buen ilustrado, todavía no abrumado por la desesperanza romántica.
El Pobrecito Hablador muere de tanto hablar, en marzo de 1833, cuando ya hacía varios meses que Larra escribía en La Revista Española, el periódico de José María Carnerero, que había sucedido a las Cartas españolas en noviembre de 1832 (el primer número es del día 7), aprovechando la circunstancia de que la reina María Cristina había tomado la gobernación del país por la enfermedad de su marido, abriendo las esperanzas de los liberales. El nuevo periódico representaba estos cambios en la política del país, a la expectativa de la anunciada muerte de Fernando VII que por fin llegó un año después. Larra empieza a escribir artículos de teatro, generalmente, sin firmar, hasta que el 15 de enero, con el artículo "Mi nombre y mis propósitos", adopta el pseudónimo de Fígaro, firma de sus artículos de costumbres después de que, en marzo de 1833, Mesonero Romanos dejara el periódico en que había continuado la serie del Panorama matritense. El artículo "Ya soy redactor" (19 de marzo) anuncia la entrada en la redacción del periódico, pocos días antes de que del último número de El Pobrecito Hablador (26 de marzo). En el nuevo espacio que se le asigna en el periódico, con el artículo "En este país" (30 de abril) Fígaro continúa la vena de El Pobrecito Hablador, todavía con la esperanza en el progreso, cuando el país se halla "en aquel crítico momento en que se acerca a una transición, y en que, saliendo de las tinieblas, comienza a brillar en sus ojos un ligero resplandor" y contrapone "la esperanza de mañana" con el "recuerdo de ayer". Desde sus publicaciones primerizas, Larra vive esperanzado en una transformación social.
Mientras sigue en la redacción de La Revista, a mediados de aquel año se encarga durante seis meses de redactar El correo de las damas, semanario dedicado, como indica el título, al público femenino. El gran cambio que significa la muerte de Fernando VII,
el 29 de septiembre, y el comienzo de la guerra carlista le abre la posibilidad de intensificar su actividad profesional escribiendo artículos de política comprometidos con la causa liberal en contra de la facción carlista. Del primero de estos, que apareció sin firma, "Nadie pase sin hablar al portero, o los viajeros en Vitoria" (18 de octubre), ante la demanda, el periódico tuvo que hacer una tirada aparte, a pesar de haber aumentado con previsión la tirada normal del número. En la serie de artículos de sátira política que se suceden en el otoño de 1833, Larra, con su visión grotesca, ataca la España del Antiguo Régimen representada tanto por los carlistas como por los castellanos viejos. Con su genio satírico, alcanza reconocimiento de periodista liberal. Fígaro es ya una firma prestigiosa que se manifiesta en la Revista Española como testigo comprometido con la transformación política que significa la transición del Absolutismo al Liberalismo: la guerra carlista y el gobierno de Martínez de La Rosa y el Estatuto Real. La transición política le parece insuficiente sin un cambio de las estructuras sociales. Larra concibe los cambios políticos como expresión de la revolución social, según los principios de la Revolución Francesa.
Al comenzar el año 1834, Larra ha logrado ya con los artículos de Fígaro el pleno reconocimiento de su labor periodística y muestra una gran actividad literaria en el teatro y en la novela. Ahora, entre enero y marzo, aparecen los cuatro tomos de su novela histórica El doncel de don Enrique el doliente , cuyo protagonista lo es también del drama histórico Macías que había sido prohibido por la censura el año anterior. Este estreno abre el camino del drama romántico en España, antes de Don Álvaro (1835), El trovador y Los amantes de Teruel (1836).
Si la proclamación del Estatuto Real, especie de carta otorgada, había abierto algunas esperanzas de cambio ("primera piedra que ha de servir al edificio de la regeneración de España", según Larra), pronto los pasos políticos del moderantismo le van a parecer a Fígaro tímidos e insuficientes: "tan menudos que ni los recuerdo", dirá en su "Revista del año 1834". Con el desencanto se acentúa su radicalización política.
Abril de 1834, el mes en que se estrena el drama de Martínez de la Rosa, es cuando empieza la temporada teatral con una nueva empresa renovadora en la que Juan Grimaldi lleva la dirección artística. Larra y Bretón de los Herreros son sus más estrechos colaboradores. El compromiso del crítico con la empresa suscita animosidad entre los partidarios de la anterior, especialmente del actor Agustín Azcona a quien la nueva Administración había dejado en la calle. Azcona lanza una revista, el Semanario Teatral, para atacarla.
En este periódico, el actor insulta desaforadamente al crítico acusándole de rastrero y venal, echándole en cara que se había dado a conocer en tiempos en que él era uno de los pocos que tenían el privilegio de publicar, sin mencionar que había sido Voluntario Realista. De acuerdo con las exigencias sociales de la época, Larra fue a demandar al ofensor la reparación de los insultos personales en el campo del honor. Al negarse el actor a aceptar el desafío, Larra no tuvo más remedio que acudir a los tribunales. No fue la única acometida que por entonces sufrió el crítico. Parece que las cosas se le pusieron
después de haber calculado que hacer fortuna aquí es casi imposible, porque me falta la fe, es decir, la voluntad de amarrarme a la cadena en París para lograr o no lograr lo que en España ya tengo conseguido, visto que ha llegado el momento de que mi partido triunfe completamente, no quiero verme detenido aquí... Quiero ser libre", les escribe a sus padres en una carta del 24 de septiembre. Parece que durante el viaje de regreso, a primeros de diciembre, mejora su salud; por eso, desde Burdeos, les dice: "he de morir todavía de exceso de vida". A Larra le parece que han llegado los suyos y se anima con la perspectiva de escribir, con el buen sueldo ganado por su prestigio, en el nuevo periódico que, con la subida de Mendizábal, ha lanzado Andrés Borrego con todos los adelantos técnicos de la época. A su vuelta, Larra, bien conocido en los medios madrileños, percibe el reconocimiento que echaba de menos en el extranjero.
Fígaro aparece para anunciar que está de nuevo en la brecha después de su ausencia y que piensa revivir su reconocida figura de crítico de todos los aspectos de la vida social y cultural: teatro, literatura, política, costumbres; en fin, todo lo que entra en la jurisdicción de la crítica con una perspectiva moral. Advierte que vuelve a sus "antiguas mañas", y como antes, con un carácter "maligno un tanto y siempre independiente", en un tono jocoso y mordaz, según lo que esperaban de él sus lectores. Con ese tono sarcástico, a su vuelta del extranjero, dice irónicamente eso de que "inventen ellos": "¿Qué a mí tanta ciencia y tanta industria, tanto progreso, tanto teatro y tanto camino de hierro?", apuntando los logros materiales de los países modernos.
Si este primer artículo quiere ser una "profesión de fe" en que reivindica el carácter ingenioso y maligno de sus "antiguas mañas", en el segundo se pone serio para exponer los principios que van a inspirar su función de crítico literario. Es el artículo titulado "Literatura. Rápida ojeada sobre la historia e índole de la nuestra. Su estado actual. Su porvenir. Profesión de fe" (18 de enero), toda una declaración ideológica cuyo principio fundamental es la profunda relación entre literatura y sociedad. Empieza recordando "que la literatura es la expresión, el termómetro verdadero del estado de la civilización de un pueblo".
Aquí declara, con respecto a la Literatura, los principios ideológicos que había propuesto en La Revista Española con respecto a las costumbres como expresión de la libertad de un pueblo: "Libertad en literatura, como en las artes, como en la industria, como en el comercio, como en la conciencia. He aquí la divisa de nuestra época, he aquí la nuestra, he aquí la medida con que mediremos". Es toda una declaración de principios de un proyecto de revolución cultural burguesa, en favor de la cual propone la necesidad de una literatura "apostólica y de propaganda".
En aquel año de 1836, como crítico de El Español, tuvo ocasión de aplicar estos principios a las obras del teatro romántico francés y español que se representaron en Madrid. Las obras de la literatura francesa moderna, como las novelas de Balzac y el drama Antony de Alejandro Dumas, son expresión de la sociedad francesa que se halla en un grado de civilización muy avanzado con respecto al mundo social español, pero que es el mismo a donde este se dirige.
Larra se debate en la contradicción entre civilización y cultura. La sociedad moderna es el progreso, la industria y la ciencia, los "caminos de hierro", pero también el abismo que descubrimos leyendo al novelista francés: "Balzac ha recorrido el mundo social con planta firme... y ha llegado a su confín, para ver asomado allí ¿qué?, un abismo insondable, un mar salobre, amargo y sin playas, la realidad, el caos, la nada".
El pesimismo de Larra es la desesperación que resulta de criticar su propio proyecto revolucionario sin poder ofrecer una alternativa satisfactoria. Por un lado el lamento por el atraso en que se encuentra el país en el proceso de la civilización moderna (industria, ciencia, ferrocarriles) y por el otro el vértigo que siente ante el abismo que contempla al final de dicho proceso en las obras de la literatura francesa como expresión de una sociedad que ha alcanzado ya la "civilización extremada".
El Romanticismo, como autocrítica de la modernidad, es un callejón sin salida. Esta es la gran contradicción en que Larra coincide con otros jóvenes de su generación en Europa que se sitúan entre la rebeldía y la melancolía. Es el vértigo que produce la pérdida de la esperanza en la emancipación moral, en un mundo mecanizado en que el hombre, "un ser espiritual... se vuelve máquina él mismo a fuerza de hacer máquinas".
Con respecto a la política, también el año 1836 marca un proceso de desencanto e insatisfacción. Si en principio se muestra favorable a Mendizábal como promotor de la revolución burguesa, pronto va a criticar su actuación.
A Larra le decepciona la trayectoria del proceso revolucionario emprendida por Mendizábal. A la vuelta de la esperanza lo espera el desengaño: "lejos de realizar las esperanzas fundadas en sus grandílocuas promesas, ha complicado el laberinto inextricable en que se halla cogida la mezquina revolución, destinada, según parece a no dar jamás un paso franco y desembarazado, a no poner un nombre claro y terminante a sus inhábiles operaciones".
Espronceda y Larra siguen al economista Álvaro Flores Estrada en la crítica de esta política desamortizadora en beneficio de los ricos contra los intereses de los proletarios, sin mirar "por la emancipación de esta clase". No hay que pensar, sin embargo, que él pretendiera promover la revolución de esos proletarios a los que quisiera ver interesados en su propia revolución burguesa. Nunca fue populista, ni mucho menos igualitario, como vemos en uno de sus últimos artículos, la crítica de la comedia El pilluelo de París donde dice que "si el prestigio hereditario puede ser un absurdo, las diferencias de clases no lo son". Frente a la aristocracia hereditaria contrapone la aristocracia del talento, manteniendo las diferencias con la mayoría. Larra en su apoyo a Espronceda, termina haciendo un llamamiento a la juventud: "La revolución ha desgastado y desgasta rápidamente los nombres viejos y conocidos: la juventud está llamada a manifestarse". Ha llegado la hora de desempeñar "la alta misión a que somos llamados".
La oposición a Mendizábal concertada desde varios frentes provocó su caída. Fue sustituido por un Gobierno moderado presidido por Istúriz con la participación de Alcalá Galiano y del Duque de Rivas. Aunque en un primer momento Larra se opone al
2.2. Obra periodística de Mariano José de Larra.
A continuación seleccionaremos algunos artículos y los comentaremos como ejemplo de su obra periodística, que en general podemos caracterizar de la siguiente manera:
Larra enseguida triunfó como articulista, debido a su mordacidad, pese a que esto le consiguiera bastantes antipatías entre sus coetáneos.
Escribió más de doscientos artículos con diferentes seudónimos: “El pobrecito hablador”, “Andrés Niporesas” y, sobre todo, “Fígaro”.
Sus artículos pueden dividirse en tres grupos:
a) Artículos de costumbres: Critican las costumbres de los españoles, a quien Larra consideraba poco cultivados y avanzados respecto al resto de los europeos.
b) Artículos literarios: Criticaba algunas de las obras románticas de la época (sentía cierto gusto por lo neoclásico porque se había educado en Francia).
c) Políticos: Defiende una ideología liberal y progresista.
Los más importantes son sus artículos costumbristas, género que cultivará junto a Mesonero Romanos
Cuando Larra se hace escritor tiene un compromiso social, su literatura es imagen de este compromiso y surge como proyecto de libertad; no solo porque se deba escribir sin ningún tipo de pauta estética, como dirán los románticos, ya que Larra no se considera romántico, sino que en muchas obras se considera neoclásico, porque considera que hay que hacer un uso de la palabra muy proceso y para ello hay que conocer muy bien los modelos literarios.
Lo que busca con sus artículos de costumbres es señalar las taras de la sociedad en que vivía. Los escritores costumbristas se consideran a sí mismos escritores moralistas, puesto que critican las mores de la sociedad. Un ejemplo de esta crítica moral es “Vuelva usted mañana” , que aún tiene pervivencias en la actualidad.
El artículo fue publicado en El Pobrecito Hablador, Revista Satírica de Costumbres, en enero de 1833.
El artículo de costumbres es una modalidad del artículo periodístico, que criticará costumbres y modos de proceder de los españoles. Como artículo periodístico, se emparenta con el ensayo. Como él, tiene características comunes como el uso de la primera persona, la visión subjetiva de un tema, que no dispone de un método ni intenta agotar la materia, no pretende la exhaustividad. Tiene voluntad estilística y reflexiva, busca la participación del lector manteniendo un diálogo con este. Se aprecia en el uso de “tú, apreciado lector”…
En este caso no hay una segunda persona pero sí un nosotros. El tema será la imagen que mantendrá sobre la sociedad española del autor mismo y el de un extranjero. España
se puso de moda como lugar turístico, se convierte en el imaginario del pueblo valiente capaz de derrotar a Napoleón. En ese imaginario, se cree que esto fue posible por el barbarismo de los españoles, con costumbres totalmente bárbara, procedente del norte de África. Además, cuando llegan los soldados traen una idea previa que va configurando una idea prejuiciosa de España. La imagen que se llevan los extranjeros tampoco es más real que la que piensan, puesto que encuentran un país en guerra que no mejora el concepto extranjero que se tendrá en España.
Los escritores costumbristas tratarán de configurar una idea de España más real que la que ofrecen los extranjeros (dice que casi siempre tienen una imagen exagerada e hiperbólica).
Sus artículos tienen muchos tintes literarios, ya que juega con las descripciones y los diálogos, especialmente con estos últimos, que le permite ofrecer varias perspectivas. Además, la ironía y la jocosidad son características de su obra periodística.
En Larra hay cierta utilización de frases lexicalizadas a las que da la vuelta para producir el asombro del lector.
La pereza es el vicio fundamental de los españoles y es lo que motiva el retraso de España frente a otros países europeos. Hace mención a su trayectoria literaria cuando dice que tiene algo de diablo y ha sido duende. Ha firmado como el duende y lo diabólico ha sido usado anteriormente en obras como el diablo cojuelo de Quevedo. En ellas se realizan sátiras de costumbres a través de un personaje que ve lo que esconde Madrid bajo sus tejados. Hace referencia a la dicotomía entre la realidad aparente y la verdaderamente real. Esto se une a su idea de que este mundo es todo máscara que vive en perpetuo carnaval. Presente desenmascarar a la población.
Las palabras.
Los artículos de costumbres reflexionan sobre el comportamiento natural humano particular, pero tiene como referente los clásicos latinos que reflexionan sobre la naturaleza humana. Una modalidad costumbrista son las fisiologías, aquella parte de la ciencia que estudia la naturaleza. En esta época empieza a investigarse la naturaleza por clasificaciones de los elementos. Los naturalistas clasifican esta naturaleza. El costumbrista hace fisiología literaria, clasifica a los hombres seudocientíficamente.
Otro procedimiento característico de larra es el uso de la metáfora degradadora. Compara al hombre con animales para mostrar una imagen más degradada. El hombre se comporta de forma salvaje a pesar de ser racional.
De esa alegoría entre los hombres y los animales pasa al terreno de la política, tema particular. Habla del robo y la desidia, de si los elegidos deben ser elegidos por su cuna o por si no debe ser así. Tb habla de la situación bélica en la que se vive entre carlistas e isabelinos.
Otro de los hombres se acercó a Larra asegurándole que todos se equivocaban y los españoles debían desengañarse. En otra mesa hablaban sobre los diarios. Un hombre comentaba que los españoles eran unos brutos escribiendo. Un compañero le animaba a escribir una carta de reclamación pero, éste le contestó que el diarista ni siquiera se merecía una carta de ese tipo ya que había nacido sin cabeza. Empezó a contar una anécdota sobre un cartel que encontró donde se leía “El té de las damas” y pensó que se trataba de una nueva infusión medicinal para mujeres y buscó por cafés, farmacias, lonjas, etc., sin encontrar respuesta, sólo burlas de los comerciantes hacía él. Decidió volver a leer el cartel y se dio cuenta de que realmente se trataba de una novela, lo cual le pareció disparatado ya que las mujeres españolas no bebían té y ni si quiera hablaban al tomar cualquier infusión. Se despidió pronunciando “pobre España” y mirando su reloj.
El mozo del café se acercó a hablar con Larra y empezó a hablarle sobre un hombre que había por allí y le contó que siempre invitaba a sus compañeros para alargar un supuesta amistad pero que cuando se le acabara el dinero serían los primeros en reírse de él. Comentó también que siempre le daba propinas pero que al acercarse una pobre anciana a pedirle unos reales empezaba a decir que allá donde fuera siempre se encontraba pobres pedigüeños. Además era un gran deudor que siempre prometía al mozo pagarle las cuentas al día siguiente y nunca lo hacía.
Al observar otros panoramas del café Larra decidió marcharse sin ganas de reír siquiera ya que todo aquello le parecía que el hombre vivía de sus ilusiones y según las circunstancias. (Crítica a los ambientes aburguesados españoles, que son arrogantes y creen saber de todo.)
El correo literario y mercantil habla de la nimiedad de los contenidos que recogen los periódicos de su época, que no tratan los temas verdaderamente importantes.
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