Docsity
Docsity

Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes

Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity


Consigue puntos base para descargar
Consigue puntos base para descargar

Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium


Orientación Universidad
Orientación Universidad


Tema2, Apuntes de Derecho

Asignatura: Principios de Economia Politica, Profesor: , Carrera: Derecho, Universidad: UAM

Tipo: Apuntes

2014/2015

Subido el 02/10/2015

yay96
yay96 🇪🇸

2.3

(12)

12 documentos

1 / 11

Toggle sidebar

Esta página no es visible en la vista previa

¡No te pierdas las partes importantes!

bg1
pf3
pf4
pf5
pf8
pf9
pfa

Vista previa parcial del texto

¡Descarga Tema2 y más Apuntes en PDF de Derecho solo en Docsity!

2012 y CA? 32 ¡ACABAD YA CON ESTA CRISIS! llamaría la Gran Depresión. Pero dejando a un lado unos pocos arcaísmos de estilo, podrían ser palabras escritas hoy. Ahora, igual que antes, vivimos eclipsados por una catástrofe económica. Aho- ra, como entonces, nos hemos empobrecido de repente. Pero si ni nuestros recursos ni nuestro conocimiento se han reducido, ¿de dónde proviene esta pobreza repentina? Y por último, ahora, como entonces, parece que nuestras posibilidades de enriqueci- miento podrían echarse a perder durante bastante tiempo. ¿Cómo puede ser que esto suceda así? La verdad es que no hay ningún misterio. Comprendemos —o comprenderíamos, si no hu- biera tantas personas que se niegan a escuchar— cómo suceden estas cosas. Keynes nos legó buena parte del marco analítico que se necesita para explicar las depresiones económicas; la teoría eco- nómica moderna también puede recurrir a las investigaciones de sus contemporáneos John Hicks e Irving Fisher, investigaciones que se han ampliado y refinado con el trabajo de un nutrido grupo de economistas modernos. El mensaje central de todo este trabajo es que esto no tenía que pasar. En aquel mismo ensayo, Keynes declaraba que la economía estaba teniendo «problemas con el magneto», un término anticua- do para referirse a problemas con el sistema eléctrico de un coche. Una analogía más moderna y posiblemente más precisa diría que hemos sufrido un fallo del software. En cualquier caso, la cuestión es que el problema no se encuentra en el motor económico, que si- gue siendo tan potente como siempre. Al contrario, estamos ha- blando de algo que es básicamente un problema técnico, un pro- blema de organización y coordinación, un «lío de proporciones colosales», como decía Keynes. Resolvamos este problema técnico y la economía recuperará su rugiente vitalidad. Bien, muchas personas creen que este mensaje es esencialmente inverosímil, o incluso ofensivo. Parece de lo más normal pensar que los grandes problemas deben derivarse de grandes motivos; que un paro tan cuantioso debe ser resultado de algo más profun- do que un mero lío, Por esto Keynes utilizó la analogía del magne- to. Todos sabemos que, a veces, basta con sustituir una batería de 100 dólares para devolver al asfalto un coche de 30.000 dólares ECONOMÍA DE LA DEPRESIÓN 33 que había dejado de funcionar; y él tenía la esperanza de conven- cer a los lectores de que a las depresiones económicas se les podía aplicar una desproporción parecida entre la causa y el efecto. Pero ya entonces, igual que ahora, esta cuestión resultaba difícil de aceptar para muchas personas, incluidas las que creen estar ente- radas de todo. En parte, esto sucede porque parece erróneo imaginar que fa- llos relativamente menores puedan provocar semejante devasta- ción. En parte, también, hay un gran deseo de ver la economía como una obra moral en la que los malos tiempos son un castigo ineludible por los excesos previos. En 2010, mi esposa y yo tuvi- mos ocasión de escuchar un discurso sobre política económica de Wolfgang Scháuble, el ministro de Economía alemán; a media Charla, ella se inclinó hacia mí y me susurró: «A la salida, nos da- rán un látigo para que nos fustiguemos». Hay que reconocer que Scháuble gusta de predicar sermones apocalípticos aún más que la mayoría de dirigentes económicos, pero muchos comparten la ten- dencia. Y la gente que dice estas cosas —que declara sabiamen- te que nuestros problemas tienen raíces muy profundas y la solu- ción no es fácil; que nos tenemos que adaptar a un panorama más austero— parece sabia y realista, aunque esté completamente equivocada. En este capítulo tengo la esperanza de convencerles de que, de verdad, solo tenemos un problema con el magneto del coche. Los orígenes de nuestro sufrimiento son relativamente triviales en el orden del universo, y se podrían arreglar con relativa rapidez y fa- cilidad si en los puestos de poder hubiera suficientes personas que comprendieran la realidad. Además, para la gran mayoría de gen- te, el proceso de arreglar la economía no tendría que ser doloroso ni implicar sacrificios; al contrario, terminar con esta depresión sería una experiencia que haría sentirse bien a casi todo el mundo, con la sola excepción de los que están sumidos, política, emocio- nal y profesionalmente, en doctrinas económicas obcecadas. Pues bien, permítanme que sea claro: cuando digo que las cau- sas de nuestro desastre económico son relativamente triviales, no estoy afirmando que hayan aparecido por azar ni que hayan salido O | 36 ¡ACABAD YA CON ESTA CRISIS! Demos cierto crédito a Riedl: a diferencia de muchos conserva- dores, admite que su argumento se aplica a cualquier fuente de nuevo gasto. Esto es, admite que su argumento (según el cual un programa de gasto gubernamental no puede aumentar el empleo) supone igualmente que, por ejemplo, un boom en la inversión em- presarial tampoco puede aumentar el empleo. Y esto debería apli- carse a la caída del gasto, igual que a la subida. Digamos que si los consumidores agobiados por la deuda deciden gastar 500.000 mi- llones de dólares menos, ese dinero —según la gente como Riedl— irá a parar necesariamente a los bancos, que lo sacarán al mercado en forma de préstamos, de modo que las empresas u otros consu- midores gastarán 500.000 millones de dólares más. Si las empre- sas que tanto temen a ese «socialista» de la Casa Blanca reducen su gasto de inversión, el dinero que liberan de este modo lo han de gastar consumidores o empresarios menos nerviosos. Según la gica de Riedl, pues, una falta de demanda general no puede causar daños a la economía, simplemente porque tal situación no puede darse. Obviamente, yo no creo que las cosas sean así y, en general, la gente sensata tampoco. Pero ¿cómo demostramos el error? ¿Cómo podemos convencer a la gente de que eso es erróneo? En principio, se puede tratar de recurrir a una exposición verbal lógica; pero mi experiencia me ha enseñado que, cuando intentamos tener esta clase de conversación con ciertos antikeynesianos, acabamos enre- dados en juegos de palabras, sin que nadie se convenza de nada. También se puede escribir un breve modelo matemático tal que ilustre bien estos temas; pero solo funcionará con los economistas, no con los seres humanos normales (y ni siquiera funciona con al- gunos economistas). O puedes contar una historia verdadera. Aquí paso a mi histo- ria económica preferida: la cooperativa de canguros. La historia se narró por primera vez en 1977, en un artículo del Journal of Money, Credit and Banking, escrito por Joan y Richard Sweeney, que vivieron la experiencia y la titularon: «La teoría mo- netaria y la gran crisis de la cooperativa de canguros del Capi lio». Los Sweeney eran miembros de una cooperativa de canguros: 37 ECONOMÍA DE LA DEPRESIÓN una asociación formada por unas 150 parejas jóvenes, en su ma- yoría trabajadores del Congreso, que se ahorraban el dinero de la atención infantil haciéndose cargo entre ellos de los niños de las demás parejas. El hecho de que la cooperativa fuese relativamente grande su- ponía una gran ventaja, puesto que había bastantes probabilida- des de encontrar a alguien capaz de ocuparse de los niños cuando, una noche, una pareja quería salir. Pero surgió un problema: ¿cómo podían asegurarse los fundadores de la cooperativa de que todo el mundo cumplía con la parte que le correspondía como canguro? La cooperativa respondió con un sistema de vales canjeables: las parejas que se unían a la cooperativa recibían 20 cupones, váli- do cada uno para media hora de canguro. (Se esperaba que, al abandonar la cooperativa, entregasen el mismo número de vales.) Cada vez que se hacía un canguro, quienes dejaban a los niños en- tregaban a la pareja cuidadora el número de vales correspondien- te. De este modo se aseguraban de que, con el tiempo, todas las parejas habrían hecho tantos canguros como habían solicitado, porque tendrían que recuperar los cupones entregados a cambio del servicio. No obstante, al final, la cooperativa se metió en un lío enorme. De media, las parejas intentaban tener una reserva de cupones de canguro en los cajones del escritorio, por si acaso tenían que salir varias veces seguidas. Pero, por motivos en los que no vale la pena entrar ahora, se llegó a un punto en el que el número de cupones en circulación era notablemente inferior a la media de reserva que las parejas querían tener disponibles. ¿Qué había sucedido? Las parejas, nerviosas porque tenían poca reserva de cupones, se mostraban reticentes a salir hasta que hubie- ran aumentado las provisiones haciendo de canguro para otros ni- ños. Pero, precisamente porque había muchas parejas reticentes a salir, las oportunidades de adquirir nuevos cupones cuidando a ni- ños ajenos empezaron a escasear. Eso hizo que las parejas con me- nos cupones se mostrasen aún menos dispuestas a salir, y el volu- men de canguros en la cooperativa cayó estrepitosamente. 38 ¡ACABAD YA CON ESTA CRISIS! En resumen, la cooperativa de canguros entró en una depresión que se prolongó hasta que los economistas del grupo lograron per- suadir a la dirección de que incrementase el suministro de cupones. ¿Qué lección podemos extraer de esta historia? Si el lector res- ponde que «ninguna», porque le parece demasiado trivial y simpá- tica, es un error. La cooperativa de canguros del Capitolio era un sistema monetario real, aunque diminuto. Carecía de muchos de los elementos característicos del enorme sistema al que denomina- mos «economía mundial», pero contaba con un rasgo crucial para comprender lo que ha fallado en esa economía mundial; un rasgo que al parecer escapa, una vez tras otra, a la capacidad de com- prensión de políticos y asesores. ¿Cuál es ese rasgo? Es el hecho de que tu gasto es mi ingreso y mi gasto es tu ingreso. Es obvio, ¿verdad? Pero no lo es para muchas personas influ- yentes. Por ejemplo, no cabe duda de que no le pareció tan obvio a John Boehner, el presidente de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, que mostró su oposición a los planes económicos de Obama. Sostenía que, como los estadounidenses lo estaban pa- sando mal, había llegado el momento de que el gobierno de los Estados Unidos también se apretase el cinturón. (Para gran cons- ternación de los economistas liberales, Obama acabó haciéndose eco de esa misma línea de pensamiento en sus propios discursos.) La pregunta que Boehner no se hizo fue esta: si los ciudadanos de a pie se están estrechando el cinturón —están gastando menos— y el gobierno hace lo mismo, ¿quién comprará los productos estadou- nidenses? De un modo similar, tampoco les resulta obvio a muchos diri- gentes alemanes, que sugieren que el proceso que su país ha expe- rimentado desde finales de la década de 1990 hasta hoy es un mo- delo a seguir por todo el mundo. La clave de ese proceso fue un cambio por parte de Alemania, que pasó del déficit al superávit comercial; esto es, pasó de comprar en el extranjero más de lo que vendía a la situación inversa. Pero eso solo pudo darse porque otros países (principalmente, del sur de Europa) entraron, a su vez, ECONOMÍA DE LA DEPRESIÓN 39 en un profundo déficit comercial. Ahora todos tenemos proble- mas, pero no podemos vender todos más de lo que compramos. Aun así, parece que los alemanes no lo captan; tal vez sea porque no quieren hacerlo. Y como la cooperativa de canguros, debido a su simplicidad y escala reducida, contaba con este rasgo crucial —y nada obvio— que también es cierto en lo tocante a la economía mundial, las ex- periencias de la cooperativa pueden servir como «prueba de con- cepto» para algunas ideas económicas importantes. En este caso, podemos extraer al menos tres lecciones importantes. Primero: sabemos que es perfectamente posible que se dé un ni- vel inadecuado de la demanda general. Cuando, en la cooperativa de canguros, los miembros que iban cortos de cupones decidieron dejar de gastarlos y renunciaron a salir por la noche, eso no provocó ningún automático y compensatorio incremento del gasto por parte de otros miembros de la cooperativa; al contrario, la reducida dis- ponibilidad de oportunidades de cuidar a otros niños hizo que todo el mundo gastase menos. Personas como Brian Riedl tienen razón al decir que el gasto siempre se iguala a los ingresos: el número de cu- pones obtenidos en una semana siempre era igual al número de cu- pones gastados. Pero esto no significa que la gente siempre vaya a gastar suficiente para aprovechar toda la capacidad productiva de la economía; al contrario, puede significar que una capacidad suficien- te no se aproveche y los ingresos bajen hasta el nivel de los gastos. Segundo: una economía puede caer en una depresión real debi- do a los problemas con el magneto, esto es, por fallos en la coordi- nación, más que por una deficiencia de capacidad productiva. La cooperativa no tuvo problemas porque los miembros cuidasen mal a los niños, porque los impuestos fuesen demasiados altos, porque unos subsidios gubernamentales demasiado generosos provocasen un rechazo a la hora de aceptar el trabajo de canguros o porque, inexorablemente, estuvieran pagando caros los excesos cometidos en el pasado. Los problemas lle zaron por una razón aparentemen- te trivial: las existencias de cupones eran demasiado bajas y eso generó un «lío de proporciones colosales», tal como decía Keynes, en el que cada miembro de la cooperativa intentaba hacer algo, a 42 ¡ACABAD YA CON ESTA CRISIS! a los estadounidenses de que Japón había llegado a un punto en el que imprimir más moneda no podía resucitar su economía depri- mida; y que aquí, en Estados Unidos, nos podía pasar lo mismo. Ya entonces, otros muchos economistas compartían mis preocu- paciones. Entre ellos estaba el mismísimo Ben Bernanke, ahora presidente de la Reserva Federal. ¿Qué nos ha pasado, entonces? Que nos vemos en la infeliz si- tuación conocida como «trampa de la liquidez». La TRAMPA DE LA LIQUIDEZ A mediados de la década pasada, la economía de Estados Uni- dos respondía a dos grandes motores: muchísima construcción in- mobiliaria y un fuerte gasto de los consumidores. Ambas cosas, a su vez, se veían impulsadas por un precio de la vivienda muy eleva- do y siempre en aumento, lo cual llevaba tanto a una explosión de la construcción como a un gasto elevado por parte de los consumi- dores, que se sentían ricos. Pero, al final, resultó ser una burbuja basada en expectativas poco realistas. Y cuando la burbuja estalló, arrastró con ella la construcción y el gasto de los consumidores. En 2006, el momento cúspide de la burbuja, los constructores pu- sieron la primera piedra de 1,8 millones de viviendas; en 2010, solamente comenzaron 585.000. En 2006, los consumidores esta- dounidenses compraron 16,5 millones de coches y furgonetas; en 2010, solo compraron 11,6 millones. Durante casi un año, desde que estallara la burbuja inmobiliaria, la economía estadounidense logró mantener la cabeza fuera del agua incrementando las expor- taciones; pero a finales de 2007 se ahogó y todavía no se ha recu- perado realmente. La Reserva Federal, tal como mencioné antes, respondió con un rápido incremento de la base monetaria. No obstante, la Reserva —a diferencia de la junta directora de la cooperativa de canguros— no reparte cupones entre las familias; cuando quiere aumentar el abastecimiento de dinero, fundamentalmente le presta los fondos a los bancos, con la esperanza de que, a su vez, los bancos vuelvan a ECONOMÍA DE LA DEPRESIÓN 43 prestarlos. (Por lo general, compra bonos de los bancos, más que realizar préstamos directos; pero es más o menos lo mismo.) Esto suena muy distinto de lo que se hizo en la cooperativa, pero en realidad no es tan diferente. Recordemos que, según las reglas de la cooperativa, al abandonarla había que devolver tantos cupones como se recibieron al entrar; por lo tanto, estos cupones eran, en cierto modo, un préstamo de la Administración. En con- secuencia, incrementar las reservas de cupones no hacía más ricas a las parejas: seguían teniendo que hacer el mismo número de can- guros que les hacían a ellos. Pero sí sucedió que consiguieron más liquidez; aumentaron su capacidad de gastar cuando quisieran, sin tener que preocuparse porque se les terminasen los fondos. Ahora bien, aquí fuera, en el mundo que no es la cooperativa, las personas y las empresas siempre pueden aumentar su liquidez, pero con costes: pueden pedir dinero prestado, pero tendrán que pagar intereses por ello. Lo que la Reserva Federal puede hacer al inyectar más dinero a los bancos es bajar la tasa de interés, o sea, el precio de la liquidez; y también, por supuesto, el precio de los prés- tamos para financiar inversiones u otros gastos. Por tanto, en una economía que no sea la de la cooperativa de canguros, si la Reser- va puede manejar la economía es por la vía de su capacidad para alterar las tasas de interés. Pero, he aquí la cuestión: solo puede bajar esas tasas hasta un punto. En concreto, no puede bajarlas por debajo de cero; porque cuando las tasas se acercan al cero, sentarse encima del propio dinero pasa a ser mejor opción que prestarlo a otras personas. Y en la depre- sión actual, la Reserva no tardó en tocar este «límite inferior »: em- pezó a rebajar las tasas de interés a finales de 2007 y había tocado el cero a finales de 2008. Por desgracia, la tasa cero todavía no resultó lo suficientemente baja, con todo el daño que había hecho el estallido de la burbuja inmobiliaria. El gasto de los consumidores seguía sien- do escaso; la vivienda seguía sin remontar; la inversión empresarial era baja, porque ¿para qué expandirse si las ventas no son fuertes? Y el desempleo continuaba desastrosamente por las nubes. Y he aquí la trampa de la liquidez: es lo que sucede cuando ni siquiera el cero es lo suficientemente bajo; cuando la Reserva Fe- 44 ¡ACABAD YA CON ESTA CRISIS! deral ha saturado la economía con liquidez hasta el punto en que tener más efectivo ya no supone ningún coste, pero la demanda general sigue siendo demasiado escasa. Déjenme volver una última vez a la cooperativa de canguros, para ofrecer lo que espero que sea una analogía útil. Supongamos que, por alguna razón, todos los miembros de la cooperativa (o al menos la gran mayoría) deciden que este año quieren lograr un superávit: dedicarán más tiempo a atender a los niños de otras per- sonas que el total de canguros que reciban a cambio, de modo que el año siguiente puedan hacerlo a la inversa. En ese caso, la coope- rativa habría tenido un problema, sin que importara la cantidad de cupones que la junta directiva 1ubiera repartido. Cualquier pa- reja, de forma individual, podría acumular cupones y guardarlos para el año siguiente; pero la cooperativa en su conjunto no podría hacerlo, puesto que el tiempo de cuidar a los niños no se puede al- macenar. Por tanto, se habría dado una contradicción fundamen- al entre lo que las parejas querían hacer a nivel individual y lo que se podía hacer a nivel de toda la cooperativa: a nivel colectivo, los miembros de la cooperativa no podían gastar menos de lo que in- gresaban. Esto nos lleva de nuevo al punto clave ya indicado de que mi gasto es tu ingreso y tu gasto es mi ingreso. El resultado de que las parejas tratasen de hacer a nivel individual algo que no po- dían emprender como grupo habría sido, realmente, una coopera- va en depresión (y probable quiebra), sin que importase lo liberal que fuera la política sobre los cupones. Esto es, más o menos, lo que ha pasado en Estados Unidos y en 4 economía mundial en su conjunto. Cuando, de repente, todos de- cidieron que los niveles de deuda eran demasiado altos, los deudores se vieron obligados a gastar menos; pero los acreedores no estaban dispuestos a gastar más, y el resultado de ello ha sido una depresión; no una Gran Depresión, pero sí una depresión, sin lugar a dudas. Ahora bien, seguro que hay formas de arreglarlo. No puede te- ner sentido que una parte tan grande de la capacidad productiva del mundo se quede ociosa y que tanta gente que ansía trabajar no pueda encontrar un empleo. Y sí, desde luego, hay formas de salir A ECONOMÍA DE LA DEPRESIÓN bre los puntos de vista de aquellos que no dan ninguna credibili- dad a lo que acabo de decir. ¿Es UNA CUESTIÓN ESTRUCTURAL? Creo que a nuestra actual oferta de mano de obra le falta adaptabilidad y capacitación. No puede respor las oportunidades que la industria podría ofrecer. Esto ge- nera una situación de gran desigualdad: pleno empleo, mu- chas horas extraordinarias, sueldos elevados y una prospe- ridad notoria para determinados grupos favorecidos, en compañía de sueldos bajos, pocas horas de trabajo, desem- pleo y, posiblemente, la miseria para otros. EwAN CLAGUE Esta cita pertenece a un artículo del Journal of the American Statistical Association. Es un comentario que podemos oír hoy mismo en muchos lugares: que nuestros problemas esenciales van más allá de la mera falta de demanda; que demasiados trabajado- res carecen de la preparación que requiere la economía del siglo xx1; que hay demasiados que siguen atascados en posiciones o in- dustrias equivocadas. Ahora tengo que reconocer que he hecho un poco de trampa: el autor afirmaba que, artículo en cuestión se publicó en 1935. El aunque algo provocase un gran incremento en la demanda de tra- bajadores estadounidenses, el desempleo seguiria por las nubes, porque aquellos candidatos no estaban a la altura del trabajo. Pero se equivocaba del todo: cuando por fin llegó ese incremento de la demanda, gracias a la carrera militar que precedió a la entrada de Estados Unidos en la segunda guerra mundial, todos aquellos mi- llones de trabajadores desempleados resultaron estar perfectamen- te capacitados para reanudar un papel productivo Solo que ahora, como entonces, parece que hay una tendencia incontenible —que no se limita a un solo bando de la divisoria po- lítica— a considerar que nuestros problemas son «estructurales» y O E e 48 ¡ACABAD YA CON ESTA CRISIS! Así pues, nos encontramos con una economía mutilada por la escasez de la demanda; el sector privado, a nivel colectivo, inten- ta gastar menos de lo que gana, y la consecuencia es que los in- gresos han caído. Pero estamos en una trampa de liquidez: la Re- serva Federal ya no puede convencer al sector privado de que gaste más solo con aumentar la cantidad de dinero en circula- ción. ¿Qué solución hay? La respuesta es obvia... El problema es que haya tantas personas influyentes que se nieguen a ver esta respuesta obvia. EL GASTO, NUESTRO CAMINO HACIA LA PROSPERIDAD Mediado 1939, la economía de Estados Unidos había superado ya la peor parte de la Gran Depresión, pero la depresión no se ha- bía terminado, en absoluto. El gobierno aún no recogía datos ex- haustivos sobre el empleo y el desempleo, pero podemos decir que, en el mejor de los casos, la tasa de desempleo, tal como la definimos hoy, estaba por encima del 11 por 100. Y a muchas personas aque- llo les parecía un estado permanente: el optimismo de los primeros años del New Deal había sufrido un fuerte revés en 1937, cuando la economía se vio afectada por una segunda recesión grave. Pero al cabo de dos años, la economía estaba en auge y el desem- pleo descendía. ¿Qué pasó? La respuesta es que, por fin, alguien empezó a gastar lo sufi- ciente como para que la economía se animase otra vez. Y ese «al- guien», por supuesto, fue el gobierno. El objetivo de aquel gasto era, básicamente, destruir más que construir; tal como lo formularon los economistas Robert Gordon y Robert Krenn, en el verano de 1940 la economía de Estados Uni- dos «fue a la guerra». Bastante antes de Pearl Harbor, el gasto mi- litar se elevó mientras Estados Unidos corría a sustituir los barcos y otro armamento enviado a Gran Bretaña como parte del progra- ma de Préstamo y Arriendo; y se construían a toda prisa campa- mentos militares para albergar a los millones de reclutas nuevos incorporados tras el llamamiento a filas. Cuando el gasto militar ECONOMÍA DE LA DEPRESIÓN 49 empezó a crear empleos y aumentaron los ingresos familiares, también se recuperó el gasto de los consumidores (que a la postre se vería reducido por el racionamiento, pero eso llegaría más tar- de). Cuando las empresas vieron que subían las ventas, respondie- ron a su vez aumentando también el gasto. Y así fue como terminó la Depresión, y todos aquellos trabaja- dores con tan poca «adaptabilidad y capacitación» volvieron a trabajar. ¿Qué importancia tenía que el gasto fuera para programas de Defensa, y no nacionales? En términos económicos, no importó en absoluto: el gasto crea demanda, sea para lo que sea. En términos políticos, por supuesto que importaba, y muchísimo: durante la Depresión, muchas voces influyentes advirtieron sobre los peligros de un gasto gubernamental excesivo y, en consecuencia, todos los programas de creación de empleo del New Deal fueron siempre demasiado pequeños, dado el calado de la crisis. Lo que se consi- guió con la amenaza de guerra fue silenciar por fin las voces del conservadurismo fiscal y abrir la puerta a la recuperación; y por eso bromeaba yo, en el verano de 2011, y decía que lo que necesi- tamos de verdad es un amago de invasión alienígena que provoque un gasto masivo en la defensa antialienígena. Pero la cuestión fundamental es que lo que ahora necesitamos para salir de la depresión actual es otro arranque de gasto guber- namental. ¿De verdad es tan sencillo? ¿Sería, de verdad, tan fácil? Pues sí; básicamente, sí. Es muy necesario hablar del papel de la política monetaria, de las implicaciones del endeudamiento gubernamen- tal y de lo que hay que hacer para asegurar que la economía no vuelva a recaer en una depresión cuando se pare el gasto del go- bierno. Tenemos que hablar sobre las formas de reducir el exceso de deuda privada, que posiblemente se encuentra en la raíz de nuestra crisis. También tenemos que hablar sobre cuestiones inter- nacionales; en especial, de la peculiar trampa que Europa se ha tendido a sí misma. De todo esto me ocuparé a lo largo de este li- bro. Pero la noción clave —que lo que el mundo necesita ahora es que los gobiernos aumenten el gasto para sacarnos de esta depre- PI O pp pp DD D»DgD O IE a main mi Ds Dn Dn Dn Dm Dn Dm Dn Du Dg um DvD Dm DD Dn xxx O OO 50 ¡ACABAD YA CON ESTA CRISIS! sión— sigue siendo la misma. Terminar con esta depresión debería ser, y puede ser, casi increíblemente fácil. ¿Por qué no lo hacemos, entonces? Para responder a esta pre- gunta, tenemos que fijarnos en ciertos aspectos de la historia eco- nómica y, aún más importante, la historia política. Pero antes, ocupémonos un poco más de la crisis de 2008, que nos metió en esta depresión.