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Este texto analiza la estructura de la afectividad humana, desde la forma y los estratos del corazón hasta las tendencias instintivas, las relaciones personales y los anhelos espirituales. Se abordan conceptos como el amor, la benevolencia y la concupiscencia, y se discuten su importancia en la vida humana.
Tipo: Diapositivas
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c) Nuestros sentimientos aportan una valoración básica a lo que tenemos delante: nos gusta o nos disgusta, nos inclinan en un sentido o en otro. Esta valoración se hace espontáneamente, aunque luego puede haber también otra valoración pensada y deliberada. Concentran la atención, nos motivan y predisponen a obrar. d) Los movimientos afectivos pueden tener distintos grados de intensidad. En el vocabulario de la psicología moderna, se suelen llamar “sentimientos” a los movimientos pasajeros y poco profundos. Y “emociones”, a los que afectan más hondamente y son más duraderos. Al ser corporales, se perciben con distintos grados de intensidad, según la alteración que producen. También tienen una curiosa inercia, se pueden alargar más o menos, ya independientemente del estímulo que los provocó. Un capítulo aparte son los “estados de ánimo”. Se sienten, pero propiamente no son una respuesta a algo que aparezca en la conciencia ni encierran una valoración. Los estudiaremos en el siguiente capítulo. Las emociones van unidas a fuertes alteraciones en el cuerpo (ritmo cardíaco, excitación, tensión). Por la importante unidad entre lo psicológico y lo orgánico - entre el corazón y el cuerpo-, las emociones graves - sobre todo las negativas: enfados y disgustos- pueden llegar a dañar la salud. e) Por las reacciones, se puede conocer el fondo de la persona: la estructura de su afectividad. El fondo afectivo es como un mar de tendencias diversas que reaccionan de diverso modo ante las distintas expectativas. Tiene una estructura. Tiene forma. Cada hombre tiene sus gustos y sus manías, sus inclinaciones y repugnancias, sus preferencias, sus objetos y sus seres queridos. Esta estructura está en el fondo de la conciencia, pero sólo se nota cuando reacciona. Es una característica muy importante de las personas. La estructura de afectos define a una persona tanto o más que su pensamiento. Y pesa mucho en su motivación y en su conducta.
2. La forma y los estratos del corazón El corazón Estamos dotados de un “sistema de preferencias”, como decía Ortega y Gasset. Un sistema de preferencias que es muy rico. A la capacidad de sentir afectos o afectividad, le llamamos también, en un lenguaje más literario, corazón. El hombre no es sólo un ser que conoce, es también un ser que tiene inclinaciones. Le llamamos afectividad o en términos más literarios, corazón. Preferimos retomar esta noción, porque resulta muy expresiva. La tradición occidental tiene un corte bastante racionalista, tiende a olvidar el papel de la afectividad en la vida humana y se preocupa más por la razón y la voluntad o ejercicio de la libertad. Esto lleva a perder la profunda unidad del ser humano. El corazón es mucho más difícil de entender que la mente porque es mucho más oscuro. Lo notamos, pero no lo vemos. Influye muchísimo en nuestra conducta, a veces sin que nos demos cuenta. Si nos fijamos atentamente ante qué reacciona y cómo reacciona podemos descubrir cómo es. Tiene una estructura muy rica y compleja, con distintos estratos, y además se modifica constantemente con la propia historia. Hay un fondo innato que, casi desde el inicio de la vida psicológica, es modificado por el ambiente y la experiencia y, más tarde, muy poderosamente, por la propia inteligencia. Por eso es prácticamente imposible describirlo "en estado puro".
Otra parte se forma por nuestra experiencia personal. Unas veces, se forma espontáneamente de acuerdo con las satisfacciones o insatisfacciones que nos ha producido: adquirimos afición por el cine y manía al pescado, por ejemplo. Son nuestros gustos y aficiones. Además, como somos seres inteligentes, podemos proponernos fines o asumir ideales para nuestra vida. Podemos decidir aprender a tocar el piano o ser arquitectos. Desde entonces los queremos y buscamos conscientemente. Esta determinación puede entrar a formar parte de nuestro sistema de preferencias. En nosotros hay algo parecido a los reflejos condicionados de los animales, aunque con una fuerte mediación de la inteligencia. Nuestra sensibilidad se modela con los "premios" y "castigos" de experiencias anteriores: los bienes que nos han proporcionado más satisfacción (premio) son queridos con una intensidad reforzada. Y huimos "instintivamente" (en realidad, "condicionadamente") de las cosas que nos han producido molestias o sufrimientos (castigo). Nos interesa el dinero, la fama, el ser conocidos; nos pueden gustar el fútbol, el esquí, los perros... depende de las satisfacciones que hayamos encontrado. Porque tenemos inteligencia, podemos descubrir muchos más bienes que los del instinto, mediante el análisis teórico o práctico. Hay que tener en cuenta el enorme poder de la inteligencia que, a partir de un cierto momento, interviene siempre en todo el proceso de valoración y decisión. c) En la vida humana ocupan un lugar muy importante los amores personales , las relaciones de afecto con otras personas: padres, amigos, pareja, etc. Como consecuencia del trato humano, se producen amores y afectos (o también odios y rencores) por muchas personas. El trato con otras personas conduce a formar vínculos. El intercambio de intereses y atenciones produce lazos de afecto (o sus contrarios, recelos, rencores y odios). Estamos dotados naturalmente para poder enlazar con otras personas. Sentimos simpatía, aprecio, compasión y solidaridad, agradecimiento, ternura, etc. Cuatro tipos de amor Toda convivencia humana, si es satisfactoria, genera un cierto afecto y espíritu de cuerpo, una cierta conciencia de ser parte unos de otros. De aquí procede el sentimiento de solidaridad, que se expresa, entre otras cosas, en una inclinación a ayudar al compañero necesitado. Pero llamamos propiamente “amor” cuatro formas más intensas. Nos guiamos por la clasificación que hizo C. S. Lewis en su excelente libro sobre Los cuatro amores. a) El afecto familiar. Esta solidaridad es mucho mayor cuando hay lazos de sangre y cuando se ha convivido en el mismo hogar. Además, hay un tipo de amor específico de los padres hacia los hijos y de los hijos hacia los padres. Los padres sienten la inclinación y la responsabilidad de querer y criar a sus hijos. Y el ejercicio ordinario de esta responsabilidad lleva a quererlos con un amor particularmente intenso. También los hijos suelen sentir vínculos fuertes de agradecimiento y responsabilidad hacia sus padres. Si la convivencia es suficientemente gratificante, se crean lazos de afecto muy fuertes. Y también de solidaridad ante las dificultades exteriores al círculo familiar. Los miembros de la propia familia – más o menos ampliada- se sienten parte unos de otros, sienten colectivamente las desgracias o las afrentas dirigidas a un miembro, y tienden a ayudarse. La forma más inmediata del amor y la primera experiencia se vive generalmente en familia. Es la experiencia de ser querido y acogido. Conviene advertir que al niño se le manifiestan ordinariamente muestras de afecto y se le prestan una gran cantidad de servicios, sin que él propiamente pueda corresponder. Exige una entrega sin contrapartida, por parte de los padres. Los niños pequeños inspiran ordinariamente el afecto y atraen la dedicación de sus padres y, en general, de
todos los individuos adultos. Y se consideran desnaturalizadas (inhumanas) a las personas que no cuidan o que maltratan a sus hijos. Se espera esa entrega de los padres, como algo normal. Tiene como peculiar esta experiencia de amor, que el niño es acogido en cuanto tal, independientemente de sus cualidades personales, y antes de que pueda corresponder de verdad. b) La amistad. Es una intensificación particular de la camaradería. Se forja porque se comparte algún interés. Y puede llegar a ser un amor intenso. Un amigo es, como se dice clásicamente, un alter ego , otro yo, alguien que piensa como yo, que quiere lo que yo, que está dispuesto a ayudar como yo estoy dispuesto a ayudarle. Sus elementos fundamentales son un afecto mutuo y una sintonía, por lo menos en algunos puntos de mentalidad y de aficiones. Según la famosa expresión de Cicerón: “La amistad no es otra cosa que un acuerdo, con benevolencia y afecto, sobre todas las cosas divinas y humanas” ( De amicitia , VI, 20). La amistad satisface la necesidad que todo hombre tiene de compañía; le permite abrir su intimidad y encontrar comprensión y ayuda. Para los autores clásicos griegos y romanos, es el mayor de los bienes humanos. De tal forma que consideraban que una vida sin amistad no vale la pena. La ponían por encima de las relaciones familiares. Esto se entiende si se recuerda que era una sociedad elitista que valoraba mucho el ocio; es decir, el cultivo de los bienes espirituales (el saber y la belleza). Estos bienes no se pueden recibir y gozar si no es en diálogo y en compañía: “Si alguien ascendiera hasta el cielo y contemplara claramente la estructura del universo y la belleza de las estrellas, no podría complacerse en aquella maravilla, si no tuviera a quien podérselo contar” ( De amicitia , XXII, 88). c) El amor conyugal (eros). Es el amor que se crea por el trato entre hombre y mujer. Une el afecto mutuo, la convivencia de vida y el trato sexual. Todo crea unos lazos muy fuertes, que llevan a sentir al otro como parte de uno mismo. Pese a lo que pueda parecer, con los años, este amor se consolida y se fundamenta en el agradecimiento, por los muchos favores y la mucha ayuda recibida, más que en cualquier otra consideración. Ayuda mucho, de todas formas, la calidad de la convivencia, la buena educación y los detalles. La amistad conyugal, que da origen al matrimonio es un tipo de amistad peculiar. Lo que tienen en común los dos son sus propias personas, el interés de uno por el otro. Un interés que abarca todos los aspectos de las personas, el aspecto sexual y también el espiritual. Sobre esa base se forja ordinariamente una intensa comunidad de vida, que genera sólidos lazos de afecto y solidaridad mutua. Y con los hijos, se refuerza lo que tienen en común. Lo estudiaremos a continuación. d) La caridad cristiana (agapé). Está fundada en el mandato de Jesucristo a sus Apóstoles: “amaos los unos a los otros como yo os he amado”. Tal como Jesucristo describió, este amor está dirigido a todos los hombres, incluso a los enemigos. Porque se los considera hijos de Dios. A todos se pide dar signos de benevolencia. Del amor de caridad procede la idea de la fraternidad universal y de la filantropía (literalmente, amor de lo humano o del hombre). La idea de que toda persona merece ser amada por el hecho de ser persona. En términos inspirados en la fenomenología, Juan Pablo II ha hablado de la “norma personalista”: la actitud adecuada al reconocer a una persona es amarla. El valor de cada persona es tal que merece siempre ser recibida con esa actitud de benevolencia. Esto exige vencer la desconfianza hacia el extraño y el espíritu de competencia (no ver en él un competidor). Esto es independiente de que, por diversas circunstancias, una persona haya podido degradarse y resulte peligrosa o poco deseable en el trato. Como principio, merece siempre amor, aunque en determinadas circunstancias exija precaución en la forma de ser tratada.
satisfechos. Al analizarlo, se observa que estos anhelos ser refieren a los grandes bienes (verdad, bien, belleza, amor). Siempre nos interesan. Las experiencias de alcanzar la verdad, el amor o percibir la belleza mueven el corazón humano. Y aspira entonces a una plenitud que trasciende lo que lo ha provocado. Viktor Frankl habla de un inconsciente espiritual. Espiritual, porque son bienes que satisfacen los deseos del espíritu. Inconsciente porque sus tendencias están en nosotros sin que muchas veces nos demos cuenta. Sólo al observar nuestras reacciones, nos damos cuenta del interés permanente y alto que despiertan algunos bienes espirituales. Un interés que crece en la medida en que se descubren. Tipos de anhelos