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La estructura de la afectividad humana: corazón, amor y anhelos, Diapositivas de Antropología

Este texto analiza la estructura de la afectividad humana, desde la forma y los estratos del corazón hasta las tendencias instintivas, las relaciones personales y los anhelos espirituales. Se abordan conceptos como el amor, la benevolencia y la concupiscencia, y se discuten su importancia en la vida humana.

Tipo: Diapositivas

2020/2021

Subido el 09/04/2021

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Tema 5.
Afectos y emociones
Anhelos y tendencias espirituales
1. La reacción afectiva
2. La forma y los estratos del corazón
3. Los anhelos o tendencias espirituales
4. El sentido en el ser humano
"Pero cuando el tren se estremeció y se puso en marcha, en el
punto más importante de su pecho -allí donde se encuentra el
corazón o donde está el alma- sintió un zarpazo que le tiraba
hacia lo que dejaba" (A. Solzhenitsyn, Pabellon de cáncer,
párrafos finales).
"Mi amigo Critóbal siempre estaba triste... no, no es ésa la
palabra; era aquello una frialdad, una indiferencia, una
abstinencia de toda emoción fuerte, confiada, entusiástica... No
cómo explicarlo... Hacía daño la vida junto a él" (Clarín,
Cristales, inicio del cuento).
1. La reacción afectiva
Es característico del ser humano y también de todos los animales reaccionar
interna y espontáneamente ante la realidad que conoce. Lo que aparece en la conciencia
suele producir reacciones inmediatas que son sentidas: algo se pone en movimiento. El
vocabulario para designar este fenómeno es muy variado. Hablamos de afectos,
apetencias, tendencias, impulsos. En el fondo de nuestra conciencia aparece una
estructura de preferencias, que reacciona ante lo que nos va pasando. Unas cosas atraen
y otras repelen. A esto se le llama afectividad. La afectividad es muy importante para
entender la conducta humana.
Interesa mucho localizar el fenómeno básico y describirlo bien. En la experiencia
de la reacción afectiva se dan, por lo menos, cinco elementos
a) Se trata de una reacción ante lo que se manifiesta en la conciencia. Viene
después de haber percibido de algún modo lo que tenemos delante. Las cosas y las
personas no me son indiferentes. En general, reaccionamos ante ellas. Y esa reacción es
afectiva tiene forma de afecto o sentimiento, que valora las cosas. “Siento” algo en
relación con las cosas y las personas. Me atraen o me repelen.
b) Afecta al cuerpo. Lo que se siente son reacciones corporales que tienen cierta
forma típica. Es propio de los movimientos de la afectividad ser "sentidos"; provocan
cambios fisiológicos característicos que sentimos y sabemos interpretar: deseo o
rechazo, miedo o ansiedad, etc.
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¡Descarga La estructura de la afectividad humana: corazón, amor y anhelos y más Diapositivas en PDF de Antropología solo en Docsity!

Tema 5.

Afectos y emociones

Anhelos y tendencias espirituales

  1. La reacción afectiva
  2. La forma y los estratos del corazón
  3. Los anhelos o tendencias espirituales
  4. El sentido en el ser humano "Pero cuando el tren se estremeció y se puso en marcha, en el punto más importante de su pecho - allí donde se encuentra el corazón o donde está el alma- sintió un zarpazo que le tiraba hacia lo que dejaba" (A. Solzhenitsyn, Pabellon de cáncer , párrafos finales). "Mi amigo Critóbal siempre estaba triste... no, no es ésa la palabra; era aquello una frialdad, una indiferencia, una abstinencia de toda emoción fuerte, confiada, entusiástica... No sé cómo explicarlo... Hacía daño la vida junto a él" (Clarín, Cristales , inicio del cuento). 1. La reacción afectiva Es característico del ser humano y también de todos los animales reaccionar interna y espontáneamente ante la realidad que conoce. Lo que aparece en la conciencia suele producir reacciones inmediatas que son sentidas: algo se pone en movimiento. El vocabulario para designar este fenómeno es muy variado. Hablamos de afectos, apetencias, tendencias, impulsos. En el fondo de nuestra conciencia aparece una estructura de preferencias , que reacciona ante lo que nos va pasando. Unas cosas atraen y otras repelen. A esto se le llama afectividad. La afectividad es muy importante para entender la conducta humana. Interesa mucho localizar el fenómeno básico y describirlo bien. En la experiencia de la reacción afectiva se dan, por lo menos, cinco elementos a) Se trata de una reacción ante lo que se manifiesta en la conciencia. Viene después de haber percibido de algún modo lo que tenemos delante. Las cosas y las personas no me son indiferentes. En general, reaccionamos ante ellas. Y esa reacción es afectiva tiene forma de afecto o sentimiento, que valora las cosas. “Siento” algo en relación con las cosas y las personas. Me atraen o me repelen. b) Afecta al cuerpo. Lo que se siente son reacciones corporales que tienen cierta forma típica. Es propio de los movimientos de la afectividad ser "sentidos"; provocan cambios fisiológicos característicos que sentimos y sabemos interpretar: deseo o rechazo, miedo o ansiedad, etc.

c) Nuestros sentimientos aportan una valoración básica a lo que tenemos delante: nos gusta o nos disgusta, nos inclinan en un sentido o en otro. Esta valoración se hace espontáneamente, aunque luego puede haber también otra valoración pensada y deliberada. Concentran la atención, nos motivan y predisponen a obrar. d) Los movimientos afectivos pueden tener distintos grados de intensidad. En el vocabulario de la psicología moderna, se suelen llamar “sentimientos” a los movimientos pasajeros y poco profundos. Y “emociones”, a los que afectan más hondamente y son más duraderos. Al ser corporales, se perciben con distintos grados de intensidad, según la alteración que producen. También tienen una curiosa inercia, se pueden alargar más o menos, ya independientemente del estímulo que los provocó. Un capítulo aparte son los “estados de ánimo”. Se sienten, pero propiamente no son una respuesta a algo que aparezca en la conciencia ni encierran una valoración. Los estudiaremos en el siguiente capítulo. Las emociones van unidas a fuertes alteraciones en el cuerpo (ritmo cardíaco, excitación, tensión). Por la importante unidad entre lo psicológico y lo orgánico - entre el corazón y el cuerpo-, las emociones graves - sobre todo las negativas: enfados y disgustos- pueden llegar a dañar la salud. e) Por las reacciones, se puede conocer el fondo de la persona: la estructura de su afectividad. El fondo afectivo es como un mar de tendencias diversas que reaccionan de diverso modo ante las distintas expectativas. Tiene una estructura. Tiene forma. Cada hombre tiene sus gustos y sus manías, sus inclinaciones y repugnancias, sus preferencias, sus objetos y sus seres queridos. Esta estructura está en el fondo de la conciencia, pero sólo se nota cuando reacciona. Es una característica muy importante de las personas. La estructura de afectos define a una persona tanto o más que su pensamiento. Y pesa mucho en su motivación y en su conducta.

2. La forma y los estratos del corazón El corazón Estamos dotados de un “sistema de preferencias”, como decía Ortega y Gasset. Un sistema de preferencias que es muy rico. A la capacidad de sentir afectos o afectividad, le llamamos también, en un lenguaje más literario, corazón. El hombre no es sólo un ser que conoce, es también un ser que tiene inclinaciones. Le llamamos afectividad o en términos más literarios, corazón. Preferimos retomar esta noción, porque resulta muy expresiva. La tradición occidental tiene un corte bastante racionalista, tiende a olvidar el papel de la afectividad en la vida humana y se preocupa más por la razón y la voluntad o ejercicio de la libertad. Esto lleva a perder la profunda unidad del ser humano. El corazón es mucho más difícil de entender que la mente porque es mucho más oscuro. Lo notamos, pero no lo vemos. Influye muchísimo en nuestra conducta, a veces sin que nos demos cuenta. Si nos fijamos atentamente ante qué reacciona y cómo reacciona podemos descubrir cómo es. Tiene una estructura muy rica y compleja, con distintos estratos, y además se modifica constantemente con la propia historia. Hay un fondo innato que, casi desde el inicio de la vida psicológica, es modificado por el ambiente y la experiencia y, más tarde, muy poderosamente, por la propia inteligencia. Por eso es prácticamente imposible describirlo "en estado puro".

Otra parte se forma por nuestra experiencia personal. Unas veces, se forma espontáneamente de acuerdo con las satisfacciones o insatisfacciones que nos ha producido: adquirimos afición por el cine y manía al pescado, por ejemplo. Son nuestros gustos y aficiones. Además, como somos seres inteligentes, podemos proponernos fines o asumir ideales para nuestra vida. Podemos decidir aprender a tocar el piano o ser arquitectos. Desde entonces los queremos y buscamos conscientemente. Esta determinación puede entrar a formar parte de nuestro sistema de preferencias. En nosotros hay algo parecido a los reflejos condicionados de los animales, aunque con una fuerte mediación de la inteligencia. Nuestra sensibilidad se modela con los "premios" y "castigos" de experiencias anteriores: los bienes que nos han proporcionado más satisfacción (premio) son queridos con una intensidad reforzada. Y huimos "instintivamente" (en realidad, "condicionadamente") de las cosas que nos han producido molestias o sufrimientos (castigo). Nos interesa el dinero, la fama, el ser conocidos; nos pueden gustar el fútbol, el esquí, los perros... depende de las satisfacciones que hayamos encontrado. Porque tenemos inteligencia, podemos descubrir muchos más bienes que los del instinto, mediante el análisis teórico o práctico. Hay que tener en cuenta el enorme poder de la inteligencia que, a partir de un cierto momento, interviene siempre en todo el proceso de valoración y decisión. c) En la vida humana ocupan un lugar muy importante los amores personales , las relaciones de afecto con otras personas: padres, amigos, pareja, etc. Como consecuencia del trato humano, se producen amores y afectos (o también odios y rencores) por muchas personas. El trato con otras personas conduce a formar vínculos. El intercambio de intereses y atenciones produce lazos de afecto (o sus contrarios, recelos, rencores y odios). Estamos dotados naturalmente para poder enlazar con otras personas. Sentimos simpatía, aprecio, compasión y solidaridad, agradecimiento, ternura, etc. Cuatro tipos de amor Toda convivencia humana, si es satisfactoria, genera un cierto afecto y espíritu de cuerpo, una cierta conciencia de ser parte unos de otros. De aquí procede el sentimiento de solidaridad, que se expresa, entre otras cosas, en una inclinación a ayudar al compañero necesitado. Pero llamamos propiamente “amor” cuatro formas más intensas. Nos guiamos por la clasificación que hizo C. S. Lewis en su excelente libro sobre Los cuatro amores. a) El afecto familiar. Esta solidaridad es mucho mayor cuando hay lazos de sangre y cuando se ha convivido en el mismo hogar. Además, hay un tipo de amor específico de los padres hacia los hijos y de los hijos hacia los padres. Los padres sienten la inclinación y la responsabilidad de querer y criar a sus hijos. Y el ejercicio ordinario de esta responsabilidad lleva a quererlos con un amor particularmente intenso. También los hijos suelen sentir vínculos fuertes de agradecimiento y responsabilidad hacia sus padres. Si la convivencia es suficientemente gratificante, se crean lazos de afecto muy fuertes. Y también de solidaridad ante las dificultades exteriores al círculo familiar. Los miembros de la propia familia – más o menos ampliada- se sienten parte unos de otros, sienten colectivamente las desgracias o las afrentas dirigidas a un miembro, y tienden a ayudarse. La forma más inmediata del amor y la primera experiencia se vive generalmente en familia. Es la experiencia de ser querido y acogido. Conviene advertir que al niño se le manifiestan ordinariamente muestras de afecto y se le prestan una gran cantidad de servicios, sin que él propiamente pueda corresponder. Exige una entrega sin contrapartida, por parte de los padres. Los niños pequeños inspiran ordinariamente el afecto y atraen la dedicación de sus padres y, en general, de

todos los individuos adultos. Y se consideran desnaturalizadas (inhumanas) a las personas que no cuidan o que maltratan a sus hijos. Se espera esa entrega de los padres, como algo normal. Tiene como peculiar esta experiencia de amor, que el niño es acogido en cuanto tal, independientemente de sus cualidades personales, y antes de que pueda corresponder de verdad. b) La amistad. Es una intensificación particular de la camaradería. Se forja porque se comparte algún interés. Y puede llegar a ser un amor intenso. Un amigo es, como se dice clásicamente, un alter ego , otro yo, alguien que piensa como yo, que quiere lo que yo, que está dispuesto a ayudar como yo estoy dispuesto a ayudarle. Sus elementos fundamentales son un afecto mutuo y una sintonía, por lo menos en algunos puntos de mentalidad y de aficiones. Según la famosa expresión de Cicerón: “La amistad no es otra cosa que un acuerdo, con benevolencia y afecto, sobre todas las cosas divinas y humanas” ( De amicitia , VI, 20). La amistad satisface la necesidad que todo hombre tiene de compañía; le permite abrir su intimidad y encontrar comprensión y ayuda. Para los autores clásicos griegos y romanos, es el mayor de los bienes humanos. De tal forma que consideraban que una vida sin amistad no vale la pena. La ponían por encima de las relaciones familiares. Esto se entiende si se recuerda que era una sociedad elitista que valoraba mucho el ocio; es decir, el cultivo de los bienes espirituales (el saber y la belleza). Estos bienes no se pueden recibir y gozar si no es en diálogo y en compañía: “Si alguien ascendiera hasta el cielo y contemplara claramente la estructura del universo y la belleza de las estrellas, no podría complacerse en aquella maravilla, si no tuviera a quien podérselo contar” ( De amicitia , XXII, 88). c) El amor conyugal (eros). Es el amor que se crea por el trato entre hombre y mujer. Une el afecto mutuo, la convivencia de vida y el trato sexual. Todo crea unos lazos muy fuertes, que llevan a sentir al otro como parte de uno mismo. Pese a lo que pueda parecer, con los años, este amor se consolida y se fundamenta en el agradecimiento, por los muchos favores y la mucha ayuda recibida, más que en cualquier otra consideración. Ayuda mucho, de todas formas, la calidad de la convivencia, la buena educación y los detalles. La amistad conyugal, que da origen al matrimonio es un tipo de amistad peculiar. Lo que tienen en común los dos son sus propias personas, el interés de uno por el otro. Un interés que abarca todos los aspectos de las personas, el aspecto sexual y también el espiritual. Sobre esa base se forja ordinariamente una intensa comunidad de vida, que genera sólidos lazos de afecto y solidaridad mutua. Y con los hijos, se refuerza lo que tienen en común. Lo estudiaremos a continuación. d) La caridad cristiana (agapé). Está fundada en el mandato de Jesucristo a sus Apóstoles: “amaos los unos a los otros como yo os he amado”. Tal como Jesucristo describió, este amor está dirigido a todos los hombres, incluso a los enemigos. Porque se los considera hijos de Dios. A todos se pide dar signos de benevolencia. Del amor de caridad procede la idea de la fraternidad universal y de la filantropía (literalmente, amor de lo humano o del hombre). La idea de que toda persona merece ser amada por el hecho de ser persona. En términos inspirados en la fenomenología, Juan Pablo II ha hablado de la “norma personalista”: la actitud adecuada al reconocer a una persona es amarla. El valor de cada persona es tal que merece siempre ser recibida con esa actitud de benevolencia. Esto exige vencer la desconfianza hacia el extraño y el espíritu de competencia (no ver en él un competidor). Esto es independiente de que, por diversas circunstancias, una persona haya podido degradarse y resulte peligrosa o poco deseable en el trato. Como principio, merece siempre amor, aunque en determinadas circunstancias exija precaución en la forma de ser tratada.

satisfechos. Al analizarlo, se observa que estos anhelos ser refieren a los grandes bienes (verdad, bien, belleza, amor). Siempre nos interesan. Las experiencias de alcanzar la verdad, el amor o percibir la belleza mueven el corazón humano. Y aspira entonces a una plenitud que trasciende lo que lo ha provocado. Viktor Frankl habla de un inconsciente espiritual. Espiritual, porque son bienes que satisfacen los deseos del espíritu. Inconsciente porque sus tendencias están en nosotros sin que muchas veces nos demos cuenta. Sólo al observar nuestras reacciones, nos damos cuenta del interés permanente y alto que despiertan algunos bienes espirituales. Un interés que crece en la medida en que se descubren. Tipos de anhelos

  1. En primer lugar, el más genérico. De una manera indeterminada pero eficaz toda persona aspira a su plenitud personal , a la perfección de sus capacidades y al éxito de sus tareas. Se podría hablar de una aspiración genérica a la felicidad y a la realización. El filósofo francés Maurice Blondel estudió la dinámica del querer, entre lo que él llama la volonté volue (voluntad querida), es decir la voluntad concreta de algo, y la volonté voulant (voluntad que quiere), que es la misma apertura general de la voluntad, que siempre desea la plenitud. Aunque realización y felicidad se pueden usar como sinónimos, no significan lo mismo: felicidad se refiere al estado subjetivo de dicha; realización, al logro objetivo de haber desarrollado las capacidades personales. Todo hombre tiene deseo genérico de felicidad y de realizarse como persona, alcanzando todo lo que le puede desarrollar. Es una tendencia permanente que mueve el interés ante todo lo que se entiende que tiene que ver con la realización. Todo lo que se refiere a la felicidad personal interesa. En castellano, se llama “ilusión” al interés que despiertan las cosas que parecen prometer la felicidad. El problema está en que esa inquietud hacia la realización o la felicidad no indica por sí misma en qué consiste. De manera que, en distintos momentos, cada persona intuye que algo se la puede proporcionar. Son pequeñas epifanías o manifestaciones de plenitud que parecen al alcance de la mano. Muchas veces tiene que ver con los bienes que se mencionan a continuación. Pero las personas ponen sus ilusiones en muchas otras cosas.
  2. Otros anhelos se dirigen a los bienes trascendentales o más absolutos: la verdad, la belleza y el bien. Estos anhelos se despiertan en la medida en que se tiene alguna experiencia de los buenos que son: de la maravilla de conocer la verdad y de dar sentido a la vida, de contemplar la belleza y participar en ella, de reconocer y hacer el bien. La experiencia del saber, del conocimiento, de la ciencia y de la sabiduría abren gusto por la verdad, pero no tiene límites. Los sentimientos de bondad, la admiración del bien obrar, de experimentar lo que significa ser bueno (ser honesto) o de hacer el bien, abren también perspectivas sin límites. Y tampoco parece tener límites la belleza que se intuye en las experiencias estéticas que siempre hablan de un más allá que sólo se da efímera y brevemente. Para entender bien este grupo, habría que estudiar la teoría de los trascendentales que procede de Platón.
  3. Los anhelos de amar y ser amado. En la medida en que se experimenta la calidad del bien que consiste en amar y ser amado, se desea sin límites. El amor lleva consigo siempre la donación, la entrega, el deseo de unidad. Es la realización del universo personal. El amor interpersonal es de otra categoría respeto a los bienes anteriores, que en la filosofía platónica se llaman trascendentales, aunque hay autores modernos que también lo consideran un trascendental (Leonardo Polo).
  1. Un cuarto grupo de anhelos se despiertan por contraste : ante la experiencia del mal , en sus diversas manifestaciones. Las penalidades y trabajos de la vida hacen desear el descanso; la conciencia de los propios fallos, una regeneración; la experiencia de la enfermedad o la posibilidad de la muerte hacen desear el pervivir; al experimentar los conflictos humanos, se echa de menos la concordia (la paz) y la justicia en las relaciones humanas. En definitiva son deseos de salvación. A cada persona le gustaría ser mejor, corregir sus errores personales, resolver lo que ha hecho mal. Y lo mismo en relación a todo el mundo. Las experiencias duras de injusticia, de mal, de sufrimiento de los inocentes, se elevan como una protesta y despiertan la sed de justicia. La pena ante las enemistades humanas, hacen desear la paz. La perspectiva de la muerte excita el deseo de una vida eterna. Para entender bien este grupo se necesita una teoría del mal. El mal es sólo ausencia de bien y es percibido siempre como carencia, en relación a algo que debería estar. Por esa razón, toda experiencia del mal suscita como contrapartida el deseo del bien. Los cuatro tipos de anhelos mueven de distinta manera. El primero se manifiesta en toda la dinámica del querer humano: en el fondo de todo lo que hacemos se quiere la felicidad, en la superficie sólo se pueden desear bienes concretos que nunca dan la felicidad. El segundo manifiesta la trascendencia de algunos bienes, su apertura en principio infinita (la verdad, el bien, la belleza). El tercero es la clave de las relaciones interpersonales y, en general de todo el universo personal. El cuarto grupo aparece por contraste, como algo que se echa en falta (salud, pervivencia, paz, justicia). La afectividad espiritual Estos anhelos deben considerarse como la parte espiritual de nuestra afectividad. Se refiere a bienes que sólo pueden ser percibidos y representados por la inteligencia. Pero al mismo tiempo, es una valoración que “se siente” espontáneamente, sin ningún esfuerzo. En este sentido, se puede hablar de una sensibilidad espiritual, lo mismo que hablamos de una sensibilidad estética, que valora espontáneamente lo que es bello; y de una sensibilidad moral, que valora espontáneamente lo bueno y lo malo. Espontáneamente, en el campo de la estética, valoramos lo que es bonito o feo: nos sentimos maravillados de lo que es bello y nos repugna lo que es feo. Y no necesitamos pensarlo. Hay también, como veremos, una estética moral, que nos hace admirar las acciones nobles y que nos resulten repugnantes las acciones innobles. Estas reacciones son “sentidas” y nos suscitan emociones. Además, casi espontáneamente, al pensar en lo que vamos a hacer, percibimos si es bueno o no lo que nos proponemos. Esta valoración moral es inmediata, aunque puede ser seguida de una reflexión, y es "sentida": por eso, puede hablarse de un sentido moral, aunque no mueve unos sentimientos tan claros como el sentido estético. Lo que es bello lo captamos espontáneamente con el sentido estético. Lo que es bueno (en nuestro obrar concreto), con el sentido moral. Estos anhelos tienen mucho que ver con la dignidad y la realización humanas. Es bueno el que tiene un sistema de preferencias bien ordenado. Cuando los amores personales y los amores por los grandes valores dominan sobre los demás deseos y se imponen en la conducta. San Agustín dijo que la verdadera virtud consistía simplemente en el "orden de los amores" ( ordo amoris ), cuando prevalecen los amores más grandes. Y el filósofo alemán Dietrich von Hildebrand decía que un hombre bueno es, en definitiva, un gran corazón.