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habla sobre lo que defendía chonsky
Tipo: Esquemas y mapas conceptuales
Subido el 16/01/2026
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Antes de 1960 Noam Chomsky, un investigador de primera línea, propuso que semejante salto solo sería explicable si un potente mensaje genético impulsase el desarrollo lingüístico del bebé guiándole literalmente por la maraña de sonidos que lo rodean, por ese caos florido y zumbón que es el lenguaje ambiental de su entorno. Ese mensaje genético ayudaría al bebé a distinguir lo mollar (cosas como el verbo o el nombre sintácticos) de lo accesorio (cosas como otro nombre común más, o un nuevo adverbio de lugar). Un «gen» humano que supiera gramática universal sería el puente que explicaría la enorme distancia que media entre los estados inicial y final. Una carga genética específicamente lingüística, algo parecido a esa intuición tan extendida de que «los niños nacen sabiendo». Para esta idea lo importante no es que el estado final sea tan adulto y tan sofisticado como el de leer o escribir un libro. Porque eso no es algo que necesariamente hagan todos los hablantes. Pero todos los hablantes sí parecen compartir el salto que hay entre el nivel lingüístico del bebé y el nivel que se alcanza a los tres o cuatro años. Un gen humano que «supiera» gramática universal podría explicar cómo ha llegado a hablar tan claro, a componer tan bien, a entender lo dicho y lo implícito o a preguntar tan fino un crío de solo tres o cuatro años, y además a hacerlo aunque viva inmerso en varias lenguas ambientales, no solo en una. Un segundo tipo de idea, muy diferente, apareció en esos mismos momentos. Los niños quieren ser como los demás, como los mayores: también ellos quieren hablar. Quieren y pueden. Así pues, lo hacen. ¿Cómo? Imitando a sus mayores, por lo que reciben un refuerzo positivo. El paralelo intuitivo es que los niños son “monillos de repetición” y así es como aprenden el lenguaje. En sus términos conductistas, hace mucho tiempo, Skinner habló de las respuestas «ecóicas» (uno de los operantes verbales con que propuso analizar la conducta verbal humana). Ecóicas, y que van acercándose paulatinamente al modelo. Al principio muy lejos del nivel adulto, pero poco a poco cada vez más similares. Estas dos clases de ideas son, ambas, de la segunda mitad del siglo xx. Una es muy racionalista e innatista, la otra, muy empirista y ambientalista. Como suele pasar con la investigación científica, ninguna de ellas está completamente desechada hoy, desde entonces se ha producido muchísima matización y bastantes descubrimientos sorprendentes. Al final, resultó que un gen-que-sabe-gramática era un imposible biológico y que un niño-que-repite-y-repite nunca dice nada nuevo, ni propio, y ese no es el caso del lenguaje. Sin embargo, hay acuerdo en que los niños nacen sabiendo ciertas cosas que veremos más adelante, y en que además imitan constantemente el lenguaje ambiental, con firmeza y dedicación, incluso aunque no los oigamos cuando lo hacen. Fue a partir de esas dos grandes clases de ideas-motor como se puso de moda la investigación en este campo. Se realizaron muchos experimentos, extremadamente ingeniosos, dirigidos a comprobar la validez de sus predicciones. Experimentos conductuales, y también observaciones sistemáticas de carácter descriptivo del desarrollo lingüístico de los niños. No se contaba entonces con la ayuda de la neuroimagen, con la que sí contamos ahora. Tampoco con instrumentos de medida psicofisiológicos. Tanto trabajo desembocó, a partir de los años noventa, en una tercera opción: una nueva clase de hipótesis (que a su vez se divide en muchísimos subgrupos).
Esa tercera opción acepta que existen algunas condiciones cognitivas generales de origen genético que, junto a otras condiciones sociales innatas, y combinadas con una actividad permanente, tozuda, imparable, mantenida, constante y omnipresente de adquisición del lenguaje, llevan primero a ese gran éxito de los tres años y medio, y luego a no soltar el hueso y seguir desarrollándolo. Un ejemplo puede servir para presentar el espíritu de esta tercera clase de hipótesis: supongamos que usted le lee el periódico a un bebé de cuatro meses. Es una situación algo rara, sí, pero usted lo hace, y además le añade una entonación emocional interesante. Ese bebé se interesará por la melodía que produce su voz y el ritmo al que discurren las palabras, y quizá hasta identifique alguna silaba suelta, si es muy clara. El resto, para ese bebé, es ruido. Aunque para usted sea lenguaje, para él es el fondo que acompaña a unas melodías y a alguna sílaba que usted dice. Y no se le plantean problemas de caos zumbón y florido. Está todo muy claro. Usted produce melodías -y alguna sílaba- mirando un periódico, y además proporciona una buena compañía. El ruido, el resto de lo que no entiende -que es casi todo-, protege al bebé, en palabras de Elman, de intentar dar sentido de golpe a la señal completa, extremadamente compleja. Si lo intentase, nunca adquiriría el lenguaje. Y por más que el bebé del ejemplo quisiera repetir lo que oye, lo más que usted puede esperar es un alegre gorjeo tras la lectura emotiva del periódico; ni siquiera puede esperarse que el bebé reproduzca su melodía-del-periódico. De momento. Esta tercera clase de idea no es solo una cuestión científica. También resulta intuitiva, también es razonable a los ojos de un lego. Algún escritor ya se ha fijado en ese hacer de los niños pequeños, ese convertir algo extraordinariamente complejo en algo pequeño y tratable. Recordemos, por ejemplo, las reflexiones de Francisco Umbral sobre «el niño» del que dice que «sabe reducir lo enorme a su medida, compendiar el mundo y entenderse con lo inmenso mediante lo pequeño». Por supuesto, no es que el bebé ni el niño pequeño sepan lo que conviene hacer con el lenguaje, sino que lo encaran desde sus enormes limitaciones. Afrontan el problema como pueden, atendiendo a músicas, percibiendo solo gradualmente, recordando el bienestar de las interacciones comunicativas, olvidando casi todo. Al final, al bebé no le hace falta un conocimiento lingüístico específico de origen genético para aprender a comunicarse con usted. Tampoco necesita imitar su lenguaje de lectura del periódico para alimentar esa misma comunicación. Si sigue así (ya para iremos viendo cómo), acabará por adquirir el lenguaje, porque tiene mucho tiempo. Y eso de tener mucho tiempo obedece a una causa genética, pues la infancia humana es muy prolongada y el crecimiento de los niños, lento. Esa larga duración también la facilita el ambiente, porque, en general, está dispuesto a cuidar del bebé-niño durante muchos años, esperándole, aguardando pacientemente a que construya sus habilidades y pueda valerse por sí mismo. En lo referente al desarrollo del lenguaje, lo importante es que, por un lado, la maduración biológica lenta facilita que el ambiente contribuya a darle forma al cerebro que se está desarrollando, y por otro, que el ambiente “que cuida y espera al niño” se adapta a los tempos que tiene su maduración cerebral. TAREA DE COMPRENSIÓN LECTORA (NO HAY QUE PRESENTARLA):
**1. RESUME LA PRIMERA HIPÓTESIS (CHOMSKY)