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Textos Herodoto, Apuntes de Historia del Arte

Asignatura: LITERARA ANTIGUA, Profesor: , Carrera: Historia del Arte, Universidad: UCM

Tipo: Apuntes

2017/2018

Subido el 30/01/2018

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Literatura del mundo antiguo. Grupo C.
Prof. J. David Castro de Castro
Materiales prácticos. Selección de textos de Heródoto
HERÓDOTO: TEXTOS
TEXTO 1. HERÓDOTO, PADRE DE LA HISTORIA. Cic. De legibus 1.1.5. Trad. de M. Menéndez
Pelayo
Quinto.- Te comprendo, hermano mío; en tu opinión, las leyes de la historia no son las mismas que las
de la poesía.
Marco.- Sí, puesto que en aquélla todo se refiere á la verdad, y en ésta casi todo al deleite. No quiere
decir esto que en Heródoto, padre de la historia, y en Teopompo, no se encuentren innumerables
fábulas
TEXTO 2. LOS PRESOCRÁTICOS, HECATEO Y HERÓDOTO SOBRE EL NILO. Heródoto,
Historia II 20-24. Traducción del P. Bartolomé Pou, S. J.
XX. No ignoro que algunos griegos, echándola de físicos insignes, discurrieron tres explicaciones de los
fenómenos del Nilo; dos de las cuales creo más dignas de apuntarse que de ser explanadas y discutidas.
El primero de estos sistemas [SC. EL DE TALES] atribuye la plenitud e inundaciones del río a los
vientos Etésios, que cierran el paso a sus corrientes para que no desagüen en el mar. Falso es este
supuesto, pues que el Nilo cumple muchas veces con su oficio sin aguardar a que soplen los Etésias. El
mismo fenómeno debiera además suceder con otros ríos, cuyas aguas corren en oposición con el soplo de
aquellos vientos, y en mayor grado aun, por ser más lánguidas sus corrientes como menores que las del
Nilo. Muchos hay de estos ríos en la Siria; muchos en la Libia, y en ninguno sucede lo que en aquel.
XXI. La otra opinión, aunque más ridícula y extraña que la primera, presenta en sí un no sé qué de
grande y maravilloso, pues supone que el Nilo procede del Océano, como razón de sus prodigios, y que
el Océano gira fluyendo alrededor de la tierra.
XXII. La tercera [SC. DE ANAXÍMENES], finalmente, a primera vista la más probable, es de todas las
más desatinada; pues atribuir las avenidas del Nilo a la nieve derretida, son palabras que nada dicen. El
río nace en la Libia, atraviesa el país de los etíopes, y va a difundirse por el Egipto; ¿cómo cabo, pues,
que desde climas ardorosos, pasando a otros más templados, pueda nacer jamás de la nieve deshecha y
liquidada? Un hombre hábil y capaz de observación profunda hallará motivos en abundancia que lo
presenten como improbable el origen que se supone al río en la nieve derretida. El testimonio principal
será el ardor mismo de los vientos al soplar desde aquellas regiones; segunda, falta de lluvias o de
nevadas, a las cuales siguen siempre aquellas con cinco días de intervalo; por fin, el observar que los
naturales son de color negro de puro tostados, que no faltan de allí en todo el año los milanos y las
golondrinas, y que las grullas arrojadas de la Escitia por el rigor de la estación acuden a aquel clima para
tomar cuarteles de invierno. Nada en verdad de todo esto sucediera, por poco que nevase en aquel país
de donde sale y se origina, el Nilo, como convence con evidencia la razón.
XXIII. El que haga proceder aquel río del Océano [SC. HECATEO], no puede por otra parte ser
convencido de falsedad cubierto con la sombra de la mitología. Protesto a lo menos que ningún río
conozco con el nombre de Océano. Creo, si, que habiendo dado con esta idea el buen Homero o alguno
de los poetas anteriores, se la apropiaron para el adorno de su poesía.
XXIV. Mas si, desaprobando yo tales opiniones, se me preguntare al fin lo que siento en materia tan
oscura, sin hacerme rogar daré la razón por la que entiendo que en verano baja lleno el Nilo hasta
rebosar. Obligado en invierno el sol a fuerza de las tempestades y huracanes a salir de su antiguo giro y
ruta, va retirándose encima de la Libia a lo más alto del cielo. Así todo lacónicamente se ha dicho, pues
sabido es que cualquier región hacia la cual se acerque girando este dios de fuego, deberá hallarse en
breve muy sedienta, agotados y secos los manantiales que en ella anteriormente brotaban.
TEXTO 3. HERÓDOTO. LA HISTORIA Y LA MEMORIA. Heródoto, Historia, Proemio. Traducción
de C. Schrader
Ésta es la exposición del resultado de las investigaciones de Heródoto de Halicarnaso para evitar que,
con el tiempo, los hechos humanos queden en el olvido y que las notables y singulares empresas
realizadas, respectivamente, por griegos y bárbaros y, en especial, el motivo de su mutuo
enfrentamiento- queden sin realce.
TEXTO 4. HERÓDOTO Historias I 1-5. Traducción del P. Bartolomé Pou, S. J.
La publicación que Herodoto de Halicarnaso va á presentar de su historia, se dirige principalmente á que
no llegue á desvanecerse con el tiempo la memoria de los hechos públicos de los hombres, ni menos a
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Prof. J. David Castro de Castro Materiales prácticos. Selección de textos de Heródoto

HERÓDOTO: TEXTOS

TEXTO 1. HERÓDOTO, PADRE DE LA HISTORIA. Cic. De legibus 1.1.5. Trad. de M. Menéndez Pelayo Quinto.- Te comprendo, hermano mío; en tu opinión, las leyes de la historia no son las mismas que las de la poesía. Marco.- Sí, puesto que en aquélla todo se refiere á la verdad, y en ésta casi todo al deleite. No quiere decir esto que en Heródoto, padre de la historia , y en Teopompo, no se encuentren innumerables fábulas TEXTO 2. LOS PRESOCRÁTICOS, HECATEO Y HERÓDOTO SOBRE EL NILO. Heródoto, Historia II 20-24. Traducción del P. Bartolomé Pou, S. J. XX. No ignoro que algunos griegos, echándola de físicos insignes, discurrieron tres explicaciones de los fenómenos del Nilo; dos de las cuales creo más dignas de apuntarse que de ser explanadas y discutidas. El primero de estos sistemas [SC. EL DE TALES] atribuye la plenitud e inundaciones del río a los vientos Etésios, que cierran el paso a sus corrientes para que no desagüen en el mar. Falso es este supuesto, pues que el Nilo cumple muchas veces con su oficio sin aguardar a que soplen los Etésias. El mismo fenómeno debiera además suceder con otros ríos, cuyas aguas corren en oposición con el soplo de aquellos vientos, y en mayor grado aun, por ser más lánguidas sus corrientes como menores que las del Nilo. Muchos hay de estos ríos en la Siria; muchos en la Libia, y en ninguno sucede lo que en aquel. XXI. La otra opinión, aunque más ridícula y extraña que la primera, presenta en sí un no sé qué de grande y maravilloso, pues supone que el Nilo procede del Océano, como razón de sus prodigios, y que el Océano gira fluyendo alrededor de la tierra. XXII. La tercera [SC. DE ANAXÍMENES], finalmente, a primera vista la más probable, es de todas las más desatinada; pues atribuir las avenidas del Nilo a la nieve derretida, son palabras que nada dicen. El río nace en la Libia, atraviesa el país de los etíopes, y va a difundirse por el Egipto; ¿cómo cabo, pues, que desde climas ardorosos, pasando a otros más templados, pueda nacer jamás de la nieve deshecha y liquidada? Un hombre hábil y capaz de observación profunda hallará motivos en abundancia que lo presenten como improbable el origen que se supone al río en la nieve derretida. El testimonio principal será el ardor mismo de los vientos al soplar desde aquellas regiones; segunda, falta de lluvias o de nevadas, a las cuales siguen siempre aquellas con cinco días de intervalo; por fin, el observar que los naturales son de color negro de puro tostados, que no faltan de allí en todo el año los milanos y las golondrinas, y que las grullas arrojadas de la Escitia por el rigor de la estación acuden a aquel clima para tomar cuarteles de invierno. Nada en verdad de todo esto sucediera, por poco que nevase en aquel país de donde sale y se origina, el Nilo, como convence con evidencia la razón. XXIII. El que haga proceder aquel río del Océano [SC. HECATEO], no puede por otra parte ser convencido de falsedad cubierto con la sombra de la mitología. Protesto a lo menos que ningún río conozco con el nombre de Océano. Creo, si, que habiendo dado con esta idea el buen Homero o alguno de los poetas anteriores, se la apropiaron para el adorno de su poesía. XXIV. Mas si, desaprobando yo tales opiniones, se me preguntare al fin lo que siento en materia tan oscura, sin hacerme rogar daré la razón por la que entiendo que en verano baja lleno el Nilo hasta rebosar. Obligado en invierno el sol a fuerza de las tempestades y huracanes a salir de su antiguo giro y ruta, va retirándose encima de la Libia a lo más alto del cielo. Así todo lacónicamente se ha dicho, pues sabido es que cualquier región hacia la cual se acerque girando este dios de fuego, deberá hallarse en breve muy sedienta, agotados y secos los manantiales que en ella anteriormente brotaban. TEXTO 3. HERÓDOTO. LA HISTORIA Y LA MEMORIA. Heródoto, Historia , Proemio. Traducción de C. Schrader Ésta es la exposición del resultado de las investigaciones de Heródoto de Halicarnaso para evitar que, con el tiempo, los hechos humanos queden en el olvido y que las notables y singulares empresas realizadas, respectivamente, por griegos y bárbaros – y, en especial, el motivo de su mutuo enfrentamiento- queden sin realce. TEXTO 4. HERÓDOTO Historias I 1- 5. Traducción del P. Bartolomé Pou, S. J. La publicación que Herodoto de Halicarnaso va á presentar de su historia, se dirige principalmente á que no llegue á desvanecerse con el tiempo la memoria de los hechos públicos de los hombres, ni menos a

Prof. J. David Castro de Castro Materiales prácticos. Selección de textos de Heródoto oscurecer las grandes y maravillosas hazañas, así de los Griegos, como de los bárbaros. Con este objeto refiere una infinidad de sucesos varios é interesantes, y expone con esmero las causas y motivos de las guerras que se hicieron mutuamente los unos á los otros.

  1. La gente más culta de Persia y mejor instruida en la historia, pretende que los fenicios fueron los autores primitivos de todas las discordias que se suscitaron entre los griegos y las demás naciones. Habiendo aquellos venido del mar Eritreo al nuestro, se establecieron en la misma región que hoy ocupan, y se dieron desde luego al comercio en sus largas navegaciones. Cargadas sus naves de géneros propios del Egipto y de la Asiria, uno de los muchos y diferentes lugares donde aportaron traficando fue la ciudad de Argos, la principal y más sobresaliente de todas las que tenía entonces aquella región que ahora llamamos Helada. Los negociantes fenicios, desembarcando sus mercaderías, las expusieron con orden a pública venta. Entre las mujeres que en gran número concurrieron a la playa, fue una la joven Io, hija de Inacho, rey de Argos, a la cual dan los persas el mismo nombre que los griegos. Al quinto o sexto día de la llegada de los extranjeros, despachada la mayor parte de sus géneros y hallándose las mujeres cercanas a la popa, después de haber comprado cada una lo que más excitaba sus deseos, concibieron y ejecutaron los fenicios el pensamiento de robarlas. En efecto, exhortándose unos a otros, arremetieron contra todas ellas, y si bien la mayor parte se les pudo escapar, no cupo esta suerte a la princesa, que arrebatada con otras, fue metida en la nave y llevada después al Egipto, para donde se hicieron luego a la vela.
  2. Así dicen los persas que lo fue conducida al Egipto, no como nos lo cuentan los griegos, y que este fue el principio de los atentados públicos entre asiáticos y europeos, mas que después ciertos griegos (serían a la cuenta los Cretenses, puesto que no saben decirnos su nombre), habiendo aportado a Tiro en las costas de Fenicia, arrebataron a aquel príncipe una hija, por nombre Europa, pagando a los fenicios la injuria recibida con otra equivalente. Añaden también que no satisfechos los griegos con este desafuero, cometieron algunos años después otro semejante; porque habiendo navegado en una nave larga hasta el río Fasis, llegaron a Ea en la Cólquide, donde después de haber conseguido el objeto principal de su viaje, robaron al rey de Colcos una hija, llamada Medea. Su padre, por medio de un heraldo que envió a Grecia, pidió, juntamente con la satisfacción del rapto, que le fuese restituida su hija; pero los griegos contestaron, que ya que los asiáticos no se la dieran antes por el robo de Io, tampoco la darían ellos por el de Medea.
  3. Refieren, además, que en la segunda edad que siguió a estos agravios, fue cometido otro igual por Alejandro, uno de los hijos de Príamo. La fama de los raptos anteriores, que habían quedado impunes, inspiró a aquel joven el capricho de poseer también alguna mujer ilustre robada de la Grecia, creyendo sin duda que no tendría que dar por esta injuria la menor satisfacción. En efecto, robó a Helena, y los griegos acordaron enviar luego embajadores a pedir su restitución y que se les pagase la pena del rapto. Los embajadores declararon la comisión que traían, y se les dio por respuesta, echándoles en cara el robo de Medea, que era muy extraño que no habiendo los griegos por su parte satisfecho la injuria anterior, ni restituido la presa, se atreviesen a pretender de nadie la debida satisfacción para sí mismos.
  4. Hasta aquí, pues, según dicen los persas, no hubo más hostilidades que las de estos raptos mutuos, siendo los griegos los que tuvieron la culpa de que en lo sucesivo se encendiese la discordia, por haber empezado sus expediciones contra el Asia primero que pensasen los persas en hacerlas contra la Europa. En su opinión, esto de robar las mujeres es a la verdad una cosa que repugna a las reglas de la justicia; pero también es poco conforme a la cultura y civilización el tomar con tanto empeño la venganza por ellas, y por el contrario, el no hacer ningún caso de las arrebatadas, es propio de gente cuerda y política, porque bien claro está que si ellas no lo quisiesen de veras nunca hubieran sido robadas. Por esta razón, añaden los persas, los pueblos del Asia miraron siempre con mucha frialdad estos raptos mujeriles, muy al revés de los griegos, quienes por una hembra lacedemonia juntaron un ejército numerosísimo, y pasando al Asia destruyeron el reino de Príamo; época fatal del odio con que miraron ellos después por enemigo perpetuo al nombre griego. Lo que no tiene duda es que al Asia y a las naciones bárbaras que la pueblan, las miran los persas como cosa propia suya, reputando a toda la Europa, y con mucha particularidad a la Grecia, como una región separada de su dominio.
  5. Así pasaron las cosas, según refieren los persas, los cuales están persuadidos de que el origen del odio y enemistad para con los griegos les vino de la toma de Troya. Mas, por lo que hace al robo de Io, no van con ellos acordes los fenicios, porque éstos niegan haberla conducido al Egipto por vía de rapto, y antes bien, pretenden que la joven griega, de resultas de un trato nimiamente familiar con el patrón de la nave; como se viese con el tiempo próxima a ser madre, por el rubor que tuvo de revelará sus padres su debilidad, prefirió voluntariamente partirse con los fenicios, a da de evitar de este modo su pública deshonra. Sea de esto lo que se quiera, así nos lo cuentan al menos los persas y fenicios, y no me meteré yo a decidir entre ellos, inquiriendo si la cosa pasó de este o del otro modo.

Prof. J. David Castro de Castro Materiales prácticos. Selección de textos de Heródoto TEXTO 9. CONVERSACIÓN ENTRE CIRO Y DEMARATO: LAS VIRTUDES DE LOS GRIEGOS. Heródoto, Historia VII 102- 104. Traducción del P. Bartolomé Pou, S. J. CII. Con esta seguridad en la fe de Jerjes, continuó Demarato: Pues que mandáis, señor, que hable francamente y os diga la verdad, yo os la diré de manera que no daré lugar a que después de esto me cojáis en mentira. La Grecia, señor, es una nación criada siempre sin lujo y con pobreza, pero hecha a la virtud, fruto de la sabiduría, y de la severa disciplina. Con la misma virtud que practica remedia su pobreza y se defiende de la servidumbre. Tal elogio debo darlo a todos los griegos que moran cerca de la región y países dóricos; pero no hablaré ahora de todos ellos, sino solamente de los lacedemonios. Y en primer lugar digo que de ningún modo cabe que den oídos a nuestras pretensiones, encaminadas a quitar la libertad a la Grecia, de suerte que aunque todos los demás griegos os presten vasallaje, ellos solos saldrán a recibiros con las armas en la mano. Ni os toméis el trabajo de preguntarme acerca del número de ellos para saliros al encuentro, porque, tened por sabido que si constare su ejército de mil hombres, con mil os darán la batalla; si menos fueren, con menos os la darán, y si fueren más, serán más los que la presenten.» CIII. Al oírle púsose Jerjes a reír: —«Demarato, le replica, ¿qué absurdo es eso que dices? Vamos al caso: ¿no aseguras haber sido rey de esos valientes? Pregúntote ahora: ¿quisieras tú solo apostártelas aquí mano a mano contra diez hombres juntos? Y en verdad que si la disciplina civil y el buen orden entre vosotros es en todo como me lo pintas, pide el honor y decoro de la corona, que tú, rey de esos héroes, puedas habértelas con doblado número de enemigos. De suerte que si cada uno de ellos es capaz de hacer frente a diez hombres de los míos, debo a ti solo suponerte bastante para resistir a veinte, pues así y no de otro modo puedes salvar la verdad de tu respuesta. Pero si esos hombres son tales en el valor y en el talle de su cuerpo cual eres tú y cuales son los griegos que vienen a mi presencia, mira no sean esos elogios que les das una mera baladronada y vana exageración. Porque, por Dios, ¿qué camino lleva que 1.000 hombres, o sean 10.000, o sean 50.000, iguales todos ellos e igualmente libres, y no sujetos al imperio de un soberano, puedan hacer frente a un ejército tan grande como el mío, especialmente siendo nosotros más de 1.000 por uno de ellos, si es que subieren a 50.000? Bien pudiera ser que sujetos a las órdenes de un soberano, como entre nosotros se usa, por miedo de él sacasen esfuerzo de necesidad, y obligados con el látigo, embistiesen pocos contra muchos más; pero sueltos como están y dejada su elección a su arbitrio, no es posible que hagan uno ni otro: antes bien soy de sentir; que cuando fuese igual el número de entrambos, no se atreverían los griegos a entrar con los persas solos en batalla. Lo que dices de tanta bravura y valentía se hallará entre los nuestros, no a cada paso ciertamente, sino en tal cual soldado, pues alguno habrá de mis alabarderos persas, que se atreverá a desafiar a tres de los griegos a un tiempo mismo. Tú empero no lo sabes ni lo conoces; por eso exageras y encomias a tu salvo.» CIV. A este discurso respondió Demarato: —«Bien veía señor, desde el principio que hablando verdad iba a perder vuestra gracia; pero como me obligabais a que os hablase con toda franqueza y sin lisonja, manifesté lo que según su deber harían los espartanos. (…) Porque los lacedemonios cuerpo a cuerpo no son por cierto los más flojos del mundo, y en las filas son los más bravos de los hombres. Libres sí lo son, pero no libres sin freno, pues soberano tienen en la ley de la patria, a la cual temen mucho más que no a vos vuestros vasallos. Hacen sin falta lo que ella les manda, y ella les manda siempre lo mismo: no volver las espaldas estando en acción a ninguna muchedumbre de armados, sino vencer o morir sin dejar su puesto. Pero ya que os parecen absurdas mis razones, hago ánimo en adelante de no hablaros más sobre ello; lo que ahora dije lo dije precisado. Deseo, señor, que todo os salga a medida de vuestros deseos.» TEXTO 10. CASTIGO A LA HYBRIS DE CRESO. Heródoto, Historia I 34. Traducción del P. Bartolomé Pou, S. J. Después de la partida de Solón, la venganza del cielo se dejó sentir sobre Creso, en castigo, a lo que parece, de su orgullo por haberse creído el más dichoso de los mortales.