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Asignatura: Historia Antigua I, Profesor: Nicolas Marin Diaz, Carrera: Historia, Universidad: UGR
Tipo: Apuntes
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H E R Ó D O T O D E H A L I C A R N A S O
y rey. -Cronología de los Egipcios. -División del Egipto en doce artes. -El Laberinto. -Psamético se apodera de todo el Egipto: su descendencia: Neco, Psamis, Apríes. -Amasis vence a Apríes y con su buena administración hace prosperar al Egipto.
Después de la muerte de Cyro, tomó el mando del imperio su hijo Cambyses, habido en Casanda- na, hija de Farnaspes, por cuyo fallecimiento, mu- cho antes acaecido, había llevado Cyro y ordenado en todos sus dominios el luto más riguroso. Camby- ses, pues, heredero de su padre, contando entre sus vasallos a los Jonios y a los Eólios, llevó estos Grie- gos, de quienes era señor, en compañía de sus de- más súbditos, a la expedición que contra el Egipto dirigía. II. Los Egipcios vivieron en la presunción de haber sido los primeros habitantes del mundo, hasta el reinado de Psamético^1. Desde entonces, cediendo este honor a los Frigios, se quedaron ellos en su concepto con el de segundos. Porque queriendo aquel Rey averiguar cuál de las naciones había sido realmente la más antigua, y no hallando medio ni
(^1) Reinaba Psamético por los años del mundo 3300, casi 700 antes de Jesucristo.
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camino para la investigación de tal secreto, echó mano finalmente de original invención. Tomó dos niños recién nacidos de padres humildes y vulgares, y los entregó a un pastor para que allá entre sus apriscos los fuese criando de un modo desusado, mandándole que los pusiera en una solitaria cabaña, sin que nadie delante de ellos pronunciara palabra alguna, y que a las horas convenientes les llevase unas cabras con cuya leche se alimentaran y nutrie- ran, dejándolos en lo demás a su cuidado y discre- ción. Estas órdenes y precauciones las encaminaba Psamético al objeto de poder notar y observar la primera palabra en que los dos niños al cabo pro- rrumpiesen, al cesar en su llanto e inarticulados ge- midos. En efecto, correspondió el éxito a lo que se esperaba. Transcurridos ya dos años en expectación de que se declarase la experiencia, un día, al abrir la puerta, apenas el pastor había entrado en la choza, se dejaron caer sobre él los dos niños, y alargándole sus manos, pronunciaron la palabra becos. Poco o ningún caso hizo por la primera vez el pastor de aquel vocablo; mas observando que repetidas veces, al irlos a ver y cuidar, otra voz que becos no se les oía, resolvió dar aviso de lo que pasaba a su amo y señor, por cuya orden, juntamente con los niños,
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la educación de las dos criaturas; mas lo que llevo arriba referido es cuanto sobre el punto se me decía. Otras noticias no leves ni escasas recogí en Memfis conferenciando con los sacerdotes de Vulcano; pero no satisfecho con ellas, hice mis viajes a Tebas y a Heliópolis con la mira de ser mejor informado y ver si iban acordes las tradiciones de aquellos lugares con las de los sacerdotes de Memfis, mayormente siendo tenidos los de Heliópolis, como en efecto lo son, por los más eruditos y letrados del Egipto. Mas respecto a los arcanos religiosos, cuales allí los oía, protesto desde ahora no ser mi ánimo dar de ellos una historia, sino sólo publicar sus nombres, tanto más, cuanto imagino que acerca de ellos todos nos sabemos lo mismo^3. Añado, que cuanto en este punto voy a indicar, lo haré únicamente a más no poder, forzado por el hilo mismo de la narración. IV. Explicábanse, pues, con mucha uniformidad aquellos sacerdotes, por lo que toca a las cosas pú- blicas y civiles. Decían haber sido los Egipcios los primeros en la tierra que inventaron la descripción del año, cuyas estaciones dividieron en doce partes
(^3) Ignoro lo que pretenda significar el autor con estas pala- bras, sino que sea una misma la mitología griega y egipcia, o que no sea dable a nadie penetrar el sentido de ella.
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o espacios de tiempo, gobernándose en esta eco- nomía por las estrellas. Y en mi concepto, ellos aciertan en esto mejor que los Griegos, pues los úl- timos, por razón de las estaciones, acostumbran intercalar el sobrante de los días al principio de cada tercer año; al paso que los Egipcios, ordenando do- ce meses por año, y treinta días por mes, añaden a este cómputo cinco días cada año, logrando así un perfecto círculo anual con las mismas estaciones que vuelven siempre constantes y uniformes. De- cían asimismo que su nación introdujo la primera los nombres de los doce dioses que de ellos toma- ron los Griegos^4 ; la primera en repartir a las divini- dades sus aras, sus estatuas y sus templos; la primera en esculpir sobre el mármol los animales, mostran- do allí muchos monumentos en prueba de cuanto iban diciendo. Añadían que Menes fue el primer hombre que reinó en Egipto; aunque el Egipto todo fuera del Nomo^5 Tebano, era por aquellos tiempos un puro cenagal, de suerte que nada parecía entonces
(^4) Estos doce dioses, según Ennio los comprende en dos ver- sos, son: Juno, Vesta, Minerva, Céres, Diana, Venus, Mars,
5 Mercurius, Jove, Neptunus, Vulcanus, Apollo. Nomo equivalía a provincia o distrito, y recibía el nombre de su metrópoli o capital
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canías se dilata el monte Casio, no es menor de 60 schenos. Uso aquí de esta especie de medida por cuanto veo que los pueblos de corto terreno suelen medirlo por orgias; los que lo tienen más conside- rable, por estadíos ,^7 los de grande extensión, por para- sangas, y los que lo poseen excesivamente dilatado, por schenos. El valor de estas medidas es el siguiente: la parasanga comprende treinta estadios, y el scheno, medida propiamente egipcia, comprende hasta se- senta. Así que lo largo del Egipto por la costa del mar es de 3.600 estadios. VII. Desde las costas penetrando en la tierra hasta que se llega a Heliópolis, es el Egipto un país bajo, llano y extendido, falto de agua, y de suyo ce- nagoso. Para subir desde el mar hacia la dicha He- liópolis, hay un camino que viene a ser tan largo como el que desde Atenas, comenzando en el Ara de los doce Dioses, va a terminar en Pisa en el templo de Júpiter Olímpico, pues si se cotejasen uno y otro camino, se hallaría ser bien corta la diferencia entre los dos, como solo de 45 estadios, teniendo el que va desde el mar a Heliópolis 1.500 cabales, faltando 15 para este número al que una a Pisa con Atenas.
(^7) El estadio consta de 125 pasos o de 625 pies.
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VIII. De Heliópolis arriba es el Egipto un an- gosto valle. Por un lado tiene la sierra de los montes de Arabia, que se extiende desde Norte al Mediodía y al viento Noto, avanzando siempre hasta el mar Eritrheo; en ella están las canteras que se abrieron para las pirámides de Memfis. Después de romperse en aquel mar, tuerce otra vez la cordillera hacia la referida Heliópolis, y allí, según mis informaciones, en su mayor longitud de Levante a Poniente viene a tener un camino de dos meses, siendo su extremi- dad oriental muy feraz en incienso. He aquí cuanto de este monte puedo decir. Al otro lado del Egipto, confinante con la Libia, se dilata otro monte pedre- goso, donde están las pirámides, monte encubierto y envuelto en arena, tendiendo hacia Mediodía en la misma dirección que los opuestos montes de la Arabia. Así, pues, desde Heliópolis arriba, lejos de ensancharse la campiña, va alargándose como un angosto valle por cuatro días^8 enteros de navega- ción, en tanto grado, que la llanura encerrada entre las dos sierras, la Líbica y la Arábica, no tendrá a mi parecer más allá de 200 estadios en su mayor estre-
(^8) Si el número de cuatro días no es error de los copistas, será una equivocación del autor, pues según convence la expe-
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con aquel tan admirable y gigantesco. Porque nin- guno de los ríos que con su poso llegaron a cegar los referidos contornos es tal y tan grande, que se pueda igualar con una sola boca de las cinco^11 por las que el Nilo se derrama. Verdad es que no faltan algunos que sin tener la cuantía y opulencia del Ni- lo, han obrado, no obstante, en este género grandio- sos efectos, muchos de los cuales pudiera aquí nombrar, sin conceder el último lugar al río Aque- loó, que corriendo por Acarnia y desaguando en sus costas, ha llegado ya a convertir en tierra firme la mitad de las islas Equinadas. XI. En la región de Arabia, no lejos de Egipto, existe un golfo larguísimo y estrecho, el cual se mete tierra adentro desde el mar del Sud, o Erithreo^12 ; golfo tan largo que, saliendo de su fondo y navegándole a remo, no se llegará a lo dilatado del Océano hasta cuarenta días de navegación y tan estrecho, por otra parte, que hay paraje en que se le atraviesa en medio día de una a otra orilla; y siendo
ción del que se forje un mundo entero, viviente, expuesto a continuas alteraciones y a palingenesias periódicas. 11 El autor solo da al Nilo cinco bocas, omitiendo las dos que abrió la industria del hombre. 12 Así es llamado entre los y antiguos el mar del Sud desde la Arabia hasta la India.
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tal, no por eso falta en él cada día su flujo y reflujo concertado. Un golfo semejante a éste imagino debió ser el Egipto que desde el mar Mediterráneo se internara hacia la Etiopía, como penetra desde el mar del Sud hacia la Siria aquel golfo arábigo de que volveremos a hablar. Poco faltó, en efecto, para que estos dos senos llegasen a abrirse paso en sus extremos, mediando apenas entre ellos una lengua de tierra harto pequeña que los separa. Y si el Nilo quería torcer su curso hacia el golfo Arábigo, ¿quién impidiera, pregunto, que dentro del término de veinte mil años a lo menos, no quedase cegado el golfo con sus avenidas? Mi idea por cierto es que en los últimos diez mil años que precedieron a mi venida al mundo, con el poso de algun río debió quedar cubierta y cegada una parte del mar. ¿Y dudaremos que aquel golfo, aunque fuera mucho mayor, quedase lleno y terraplenado con la avenida de un río tan opulento y caudaloso como el Nilo? XII. En conclusión, yo tengo por cierta esta lenta y extraña formación del Egipto, no sólo por el di- cho de sus sacerdotes, sino porque vi y observé que este país se avanza en el mar más que los otros con que confina, que sobre sus montes se dejan ver
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Egipto que está más abajo de Memfis; siendo nota- ble que entonces no habían trascurrido todavía no- vecientos años desde la muerte de Meris. Pero al presente ya no se inunda aquella comarca cuando no sube el río a la altura de dieciseis codos, o de quince por lo menos. Ahora bien; si va subiendo el terreno a proporción de lo pasado y creciendo más y más de cada día, los Egipcios que viven más abajo de la laguna Meris, y los que moran en su llamado Delta^14 , si el Nilo no inundase sus campos, en lo futuro, están a pique de experimentar en su país para siempre los efectos a que ellos decían, por burla, que los Griegos estarían expuestos alguna vez. Sucedió, pues, que oyendo mis buenos Egip- cios en cierta ocasión que el país de los Griegos se baña con agua del cielo, y que por ningún río como el suyo es inundado, respondieron el disparate, «que si tal vez les salía mal la cuenta, mucho apetito ten- drían los Griegos y poco que comer.» Y con esta burla significaban, que si Dios no concedía lluvias a estos pueblos en algún año de sequedad que les en-
velación, y van a buscar en las fábulas orientales la base de un nuevo sistema de la naturaleza. 14 Delta es aquella porción del Egipto desde el Cairo hacia el Mediterráneo, encerrada en los dos brazos del Nilo que van el uno a Alejandría y el otro a Damiata.
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viara, perecerían de hambre sin remedio, no pu- diendo obtener agua para el riego sino de la lluvia que el cielo les dispensara. XIV. Bien está: razón tienen los Egipcios para hablar así de los Griegos; pero atiendan un instante a lo que pudiera a ellos mismos sucederles^15. Si lle- gara, pues, el caso en que el país de que hablaba, situado más debajo de Memfis, fuese creciendo y levantándose gradualmente como hasta aquí se le- vantó, ¿qué les quedará ya a los Egipcios de aquella comarca sino afinar bien los dientes sin tener dónde hincarlos? Y con tanta mayor razón, por cuanto ni la lluvia cae en su país, ni su río pudiera entonces salir de madre para el rico de los campos. Mas por ahora no existe gente, no ya entre los extranjeros, sino entro los Egipcios mismos, que recoja con me- nor fatiga su anual cosecha que los de aquel distrito. No tienen ellos el trabajo de abrir y surcar la tierra con el arado, ni de escardar sus sembrados, ni de prestar ninguna labor de las que suelen los demás la- bradores en el cultivo de sus cosechas, sino que, saliendo el río de madre sin obra humana y retirado
(^15) Nuestro autor participa más del gusto y animación de un viajante que de la seriedad de un historiador severo; y reina
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¿a qué el blasón o hidalguía que pretenden de habi- tantes del mundo más antiguos? ¿A qué la experien- cia verificada en sus dos niños para observar el idioma en que por sí mismos prorrumpiesen? Mas no soy en verdad de opinión que al brotar de las olas aquella comarca llamada Delta por los jonios, levantasen al mismo tiempo los Egipcios su cabeza. Egipcios hubo desde que hombres hay, quedándose unos en sus antiguas mansiones, avanzando otros con el nuevo terreno para poblarlo y poseerlo. XVI. Al Egipto pertenecía ya desde la antigüedad la ciudad de Tebas, cuyo ámbito es de 6.120 esta- dios. Yerran, pues, completamente los Jonios, si mi juicio es verdadero. Ni ellos ni los Griegos, añadiré, aprendieron a contar, si por cierta tienen su opinión. Tres son las partes del mundo, según confiesan: la Europa, el Asia y la Libia^16 ; mas a estas debieran añadir por cuarta la Delta del Egipto, pues que ni al Asia ni a la Libia pertenece, por cuanto el Nilo, único que pu- diera deslindar estas regiones, va a romperse en dos corrientes en el ángulo agudo de la Delta, quedando
(^16) La Libia de Herodoto es el África entera de los latinos, quienes sólo daban el nombre de Libia a aquella porción de
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de tal suerte aislado este país entre las dos partes del mundo con quienes confina. XVII. Pero dejemos a los Jonios con sus cavila- ciones, que para mí todo el país habitado por Egip- cios, Egipto es realmente, por tal debe ser reputado, así como de los Cilicios trae su nombre la Cilicia, y la Asiria de los Asirios, ni reconozco otro límite verdadero del Asia y de la Libia que el determinado por aquella nación. Mas si quisiéramos seguir el uso de los Griegos, diremos que el Egipto, empezando desde ha cataratas^17 y ciudad de Elefantina, se divide en dos partes que lleva cada una el nombre del Asia o de la Libia que la estrecha. Empieza el Nilo desde las cataratas a partir por medio el reino, corriendo al mar por un solo cauce hasta la ciudad de Cercaroso; y desde allí se divide en tres corrientes o bocas di- versas^18 hacia Levante la Pelusia, la Canobica hacia
la península que desde la Etiopía se extiende hacia el Océano Atlántico y mar Mediterráneo. 17 Los antiguos contaban dos de estos altos derrumbaderos por donde se precipita el Nilo: la catarata menor cerca de Elefantina en el confín de Egipto, y la mayor dentro de la Etiopía. 18 No es fácil concordar las descripciones de los antiguos, acerca de la madre principal del Nilo y de sus cauces natura- les y artificiales, y sustituir con los nombres modernos los que entonces tenían. Sábese únicamente que la boca Canobi-