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Orientación Universidad
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THE TEACHER MAN., Apuntes de Idioma Inglés

Asignatura: ingles, Profesor: ANTONIO ANTONIO, Carrera: Educación Primaria, Universidad: UMU

Tipo: Apuntes

2014/2015

Subido el 11/06/2015

pepitilla85
pepitilla85 🇪🇸

4.1

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Prólogo
Si yo supiera algo de Sigmund Freud y de psicoanálisis, podría encontrar el origen de
mis problemas en mi desgraciada infancia en Irlanda. Esa infancia desgraciada me dejó
sin autoestima, me produjo ataques de autocompasión, me paralizó las emociones, me
volvió cascarrabias, envidioso e irrespetuoso con la autoridad, retrasó mi desarrollo,
obstaculizó mis contactos con el sexo opuesto, me impidió triunfar en la vida y casi me
incapacitó para el trato humano. Que llegara a profesor y lo siguiera siendo es un
milagro, y debo ponerme un sobresaliente por haber sobrevivido a todos esos años en
las aulas de Nueva York. Deberían instituir una medalla para quienes sobreviven a las
infancias desgraciadas y llegan a profesores, y yo debería ser el primero en la cola para
la medalla y todos los distintivos que se le pudieran añadir por las desgracias
resultantes. Podría achacar culpas. Una infancia desgraciada no se produce sin más. La
producen. Existen fuerzas oscuras. Si he de achacar culpas, habrá de ser con espíritu de
perdón. Por tanto, perdono a todos los siguientes: al papa Pío XII; a los ingleses en
general y al rey Jorge VI en particular; al cardenal MacRory, que gobernaba Irlanda
cuando yo era niño; al obispo de Limerick, que, según parecía, creía que todo era
pecado; a Eamonn de Valera, primer ministro (Taoiseach) y presidente que fue de
Irlanda. El señor De Valera era un medio español fanático del gaélico (estofado irlandés
con cebolla española), que encargó a todos los maestros de Irlanda que nos inculcaran la
lengua autóctona y nos quitaran la curiosidad a golpes. Nos provocó horas de
sufrimiento. Veía con desdén e indiferencia los cardenales que producían las varas de
los maestros en nuestros jóvenes cuerpos. También perdono al cura que me expulsó del
confesionario cuando le confesé los pecados de la masturbación y los robos de peniques
del bolso de mi madre. Dijo que no daba muestras del debido propósito de enmienda,
sobre todo en los pecados de la carne. Y aunque era cierto, su negativa a concederme la
absolución puso mi alma en tal peligro, que si al salir de la iglesia me hubiera aplastado
un camión, él habría sido responsable de mi condenación eterna. Perdono a diversos
maestros brutales que me levantaran del asiento por las patillas, que me vapulearan
regularmente con vara, correa y palmeta cuando vacilaba al dar las respuestas del
catecismo o cuando no era capaz de dividir mentalmente 937 entre 739. Mis padres y
otras personas mayores me decían que todo era por mi propio bien. Les perdono esas
hipocresías galopantes, mientras me pregunto dónde están en estos momentos. ¿En el
cielo? ¿En el infierno? ¿En el purgatorio (si es que existe todavía)?
Hasta puedo perdonarme a mí mismo, aunque cuando vuelvo la vista atrás a diversas
etapas de mi vida suelto un gemido. Qué burro. Qué temores. Qué estupideces. Qué
indecisiones e irresoluciones. Pero después vuelvo a mirar. Me había pasado la infancia
y la adolescencia haciendo examen de conciencia y encontrándome en estado perpetuo
de pecado. Ésa fue la formación, el lavado de cerebro, el condicionamiento, y
desincentivaba los sentimientos de satisfacción con uno mismo, sobre todo entre los
miembros de la clase pecadora. Ahora creo llegado el momento de reconocerme al
menos una virtud: la terquedad. No tiene tanto glamour como la ambición, el talento, el
intelecto o el encanto, pero no deja de ser lo único que me sacó adelante a lo largo de
los días y las noches. Scott Fitgerald dijo que en las vidas americanas no hay segundas
partes. Sencillamente, no vivió lo suficiente. En mi caso, se equivocó. Durante los
treinta años que pasé enseñando en los institutos de secundaria de Nueva York, nadie
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Prólogo Si yo supiera algo de Sigmund Freud y de psicoanálisis, podría encontrar el origen de mis problemas en mi desgraciada infancia en Irlanda. Esa infancia desgraciada me dejó sin autoestima, me produjo ataques de autocompasión, me paralizó las emociones, me volvió cascarrabias, envidioso e irrespetuoso con la autoridad, retrasó mi desarrollo, obstaculizó mis contactos con el sexo opuesto, me impidió triunfar en la vida y casi me incapacitó para el trato humano. Que llegara a profesor y lo siguiera siendo es un milagro, y debo ponerme un sobresaliente por haber sobrevivido a todos esos años en las aulas de Nueva York. Deberían instituir una medalla para quienes sobreviven a las infancias desgraciadas y llegan a profesores, y yo debería ser el primero en la cola para la medalla y todos los distintivos que se le pudieran añadir por las desgracias resultantes. Podría achacar culpas. Una infancia desgraciada no se produce sin más. La producen. Existen fuerzas oscuras. Si he de achacar culpas, habrá de ser con espíritu de perdón. Por tanto, perdono a todos los siguientes: al papa Pío XII; a los ingleses en general y al rey Jorge VI en particular; al cardenal MacRory, que gobernaba Irlanda cuando yo era niño; al obispo de Limerick, que, según parecía, creía que todo era pecado; a Eamonn de Valera, primer ministro (Taoiseach) y presidente que fue de Irlanda. El señor De Valera era un medio español fanático del gaélico (estofado irlandés con cebolla española), que encargó a todos los maestros de Irlanda que nos inculcaran la lengua autóctona y nos quitaran la curiosidad a golpes. Nos provocó horas de sufrimiento. Veía con desdén e indiferencia los cardenales que producían las varas de los maestros en nuestros jóvenes cuerpos. También perdono al cura que me expulsó del confesionario cuando le confesé los pecados de la masturbación y los robos de peniques del bolso de mi madre. Dijo que no daba muestras del debido propósito de enmienda, sobre todo en los pecados de la carne. Y aunque era cierto, su negativa a concederme la absolución puso mi alma en tal peligro, que si al salir de la iglesia me hubiera aplastado un camión, él habría sido responsable de mi condenación eterna. Perdono a diversos maestros brutales que me levantaran del asiento por las patillas, que me vapulearan regularmente con vara, correa y palmeta cuando vacilaba al dar las respuestas del catecismo o cuando no era capaz de dividir mentalmente 937 entre 739. Mis padres y otras personas mayores me decían que todo era por mi propio bien. Les perdono esas hipocresías galopantes, mientras me pregunto dónde están en estos momentos. ¿En el cielo? ¿En el infierno? ¿En el purgatorio (si es que existe todavía)? Hasta puedo perdonarme a mí mismo, aunque cuando vuelvo la vista atrás a diversas etapas de mi vida suelto un gemido. Qué burro. Qué temores. Qué estupideces. Qué indecisiones e irresoluciones. Pero después vuelvo a mirar. Me había pasado la infancia y la adolescencia haciendo examen de conciencia y encontrándome en estado perpetuo de pecado. Ésa fue la formación, el lavado de cerebro, el condicionamiento, y desincentivaba los sentimientos de satisfacción con uno mismo, sobre todo entre los miembros de la clase pecadora. Ahora creo llegado el momento de reconocerme al menos una virtud: la terquedad. No tiene tanto glamour como la ambición, el talento, el intelecto o el encanto, pero no deja de ser lo único que me sacó adelante a lo largo de los días y las noches. Scott Fitgerald dijo que en las vidas americanas no hay segundas partes. Sencillamente, no vivió lo suficiente. En mi caso, se equivocó. Durante los treinta años que pasé enseñando en los institutos de secundaria de Nueva York, nadie

me prestaba la menor atención, salvo mis alumnos. Yo era invisible en el mundo fuera del instituto. Después escribí un libro sobre mi infancia y me convertí en el irlandesito del momento. Había tenido la ilusión de que el libro sirviera para explicar la historia familiar a los hijos y nietos de los McCourt. Tenía la ilusión de vender unos cuantos centenares de ejemplares, y de que me invitaran quizá a asistir a debates en algunos clubes de lectura. En lugar de ello saltó a la lista de libros más vendidos y se tradujo a treinta idiomas, y me quedé atónito. El libro fue mi segunda parte. Yo llegué tarde al mundo de los libros, soy un rezagado, un novato. Mi primer libro, Las cenizas de Ángela, se publicó en 1996, cuando yo tenía sesenta y seis años. El segundo, Lo es, en 1999, cuando tenía sesenta y nueve. A esa edad resulta admirable que tuviera fuerzas siquiera para levantar la pluma. Algunos nuevos amigos míos (adquiridos recientemente, a causa de mi ascensión en las listas de más vendidos) habían publicado libros con veintitantos años. Unos mozalbetes. Entonces, ¿por qué tardó usted tanto? Porque estaba enseñando: por eso tardé tanto. No en un colegio universitario ni en una facultad, donde uno tiene todo el tiempo del mundo para escribir y para otras diversiones, sino en cuatro institutos públicos distintos de Nueva York. (He leído novelas que recrean las vidas de catedráticos de universidad, donde parecen tan ocupados con los adulterios y las rencillas académicas que uno se pregunta de dónde sacaban el tiempo para ejercer además un poco la enseñanza.)

Cuando impartes cinco clases de instituto al día, cinco días por semana, no vuelves a casa con la idea de despejarte la cabeza y crear prosa inmortal. Después de cinco clases, tienes la cabeza llena del barullo del aula. Nunca esperé que mi libro Las cenizas de Ángela llamase la atención; pero cuando llegó a las listas de libros más vendidos, me convertí en el niño mimado de los medios de comunicación. Me retrataban centenares de veces. Era una novedad de la tercera edad con acento irlandés. Me entrevistaron para docenas de publicaciones. Conocí a gobernadores, alcaldes, actores. Conocí al presidente Bush padre, y a su hijo el gobernador de Texas. Conocí al presidente Clinton y a Hillary Rodham Clinton. Conocí a Gregory Peck. Conocí al Papa y le besé el anillo. Me entrevistó Sarah, duquesa de York. Me dijo que yo era el primer premio Pulitzer que entrevistaba. Yo le dije que ella era la primera duquesa que conocía. Ella dijo «ooh», y preguntó al cámara: «¿Has grabado eso? ¿Has grabado eso?». Me nominaron para el Grammy en la categoría de palabra hablada, y estuve a punto de conocer a Elton John. La gente me miraba de manera distinta. Me decían: «Oh, usted es el que escribió ese libro... pase por aquí, señor McCourt, tenga la bondad» o «¿le apetece cualquier cosa, lo que sea?». Una mujer se me quedó mirando fijamente en una cafetería y me dijo: «Yo le he visto a usted en la tele. Debe de ser alguien importante. ¿Quién es usted? ¿Me da un autógrafo?».La gente me escuchaba. Me pidieron opinión sobre Irlanda, la conjuntivitis, la bebida, el cuidado delos dientes, la educación, la religión, la angustia de los adolescentes, William Butler Yeats, la literatura en general. «¿Qué libros está leyendo este verano? ¿Qué libros ha leído este año?» Elcatolicismo, el arte de la escritura, el hambre. Hablé ante convenciones de dentistas, de abogados,de oftalmólogos y, por supuesto, de profesores. Viajé por el mundo en calidad de irlandés, encalidad de profesor, de autoridad especializada en las desgracias de todo tipo, una luz de esperanza

y chicas, de esos fontaneros, electricistas, esteticistas, carpinteros, mecánicos, mecanógrafas, torneros.Te nominarán para recibir premios: Profesor del Año, Profesor del Siglo. Te invitarán aWashington. Eisenhower te dará la mano. Los periódicos te pedirán a ti, un simple profesor desecundaria, tu opinión sobre la educación. Esto será un notición: a unprofesor de secundaria lepiden su opinión sobre la educación. Caray. Saldrás en la televisión.En la televisión.Figúrate: un profesor de secundaria en la televisión.Te llevarán en avión a Hollywood, donde saldrás en películas sobre tu propia vida. Comienzoshumildes, niñez miserable, problemas con la Iglesia (a la que plantaste cara con valor), imágenes deti mismo solitario en un rincón, leyendo a la luz de una vela a Chaucer, Shakespeare, Austen,Dickens. Tú estás allí en el rincón, abriendo con dificultad tus pobres ojos enfermos, leyendo valerosamente hasta que tu madre te quita la vela, te dice que si no lo dejas se te van a caer los ojosde la cara. Tú le suplicas que te devuelva la vela, que sólo te quedan cien páginas para terminarDombey e hijo, y ella te dice: «No, no quiero tener que hacerte de lazarillo por Limerick y que lagente me pregunte cómo es que te has quedado ciego si hace un año estabas dando patadas a una pelota como el que más».Tú dices que sí a tu madre porque conoces la canción: Frank McCourt El profesor 9 El amor de una madre es una bendiciónvayas por donde vayascuídala mientras la tengasla echarás de menos cuando falte.Además, cómo ibas a replicar a una madre de película, representada por alguna de esas actricesirlandesas mayores, Sarah Ailgood o Una O'Connor, con esas lenguas mordaces y esas caras desufrimiento. Tu madre de verdad también tenía una buena cara de pesadumbre, pero nada comoverla en la gran pantalla, en blanco y negro o a todo color. A tu padre podría representarlo Clark Gable, sólo que a) a lo mejor no era capaz de reproducir elacento del norte de Irlanda que tenía tu padre, y b) sería caer muy bajo después de Lo que el vientose llevó, que, como recuerdas, estuvo prohibida en Irlanda, según se dice, porque Rhett Butlerllevaba en brazos a Scarlett, su propia esposa, escaleras arriba y hasta la cama, lo que inquietó a los censores cinematográficos de Dublín y les hizo prohibir la película entera. No; haría falta otrapersona para representar el papel de tu padre, porque los censores irlandeses estarían vigilando conatención, y tú te llevarías una gran desilusión si a la gente de Limerick, tu ciudad, y a la del resto deIrlanda les privaran de la oportunidad de ver la historia de tu infancia desgraciada y tu subsiguientetriunfo como profesor y estrella del cine.Pero la historia no terminaría allí. La verdadera historia sería la de cómo, al final, te resististe a los cantos de sirena de Hollywood; la de cómo, después de noches de ser obsequiado con cenas,vinos, fiestas e invitaciones al lecho de las estrellas femeninas, consagradas y en ciernes,descubriste la vacuidad de sus vidas, cómo te abrían sus corazones recostadas sobre diversasalmohadas de satén, cómo las

escuchabas con punzadas de remordimiento cuando manifestaban su admiración por ti, porque tú, por tu entrega a tus estudiantes, te habías convertido en un ídolo y enun símbolo en Hollywood, cómo ellas, las estrellas femeninas encantadoras,

consagradas y enciernes, lamentaban haber ido por el mal camino, abrazando la vacuidad de sus vidas en Hollywood,sabiendo que, si renunciaban a todo aquello, podrían disfrutar a diario de la integridad de enseñar alos futuros artesanos, tenderos y mecanógrafas de América. Qué sensación debe dar, te dirían,despertarse por la mañana, saltar alegremente de la cama, sabiendo que tienes por delante todo undía en el que harás una labor santa con la juventud de América, satisfecho con tu escasaremuneración, pues tu verdadera recompensa es el brillo de agradecimiento en los ojos atentos de tus estudiantes cuando te entregan los regalos que te envían sus padres, agradecidos y llenos deadmiración: galletas, pan y pasta caseros, y de vez en cuando una botella de vino de las parras que tienen en el patio trasero las familias italianas, las madres y los padres de tus ciento setenta alumnos del Instituto de Formación Profesional y Técnico McKee, en el distrito de Staten Island, de laciudad de Nueva York.

Frank McCourt El profesor 10 PRIMERA PARTE

1 El camino de la pedagogía es largo. Ya llegan.Y yo no estoy preparado. ¿Cómo iba a estarlo?Soy un profesor nuevo, y estoy aprendiendo con la práctica. El primer día de mi carrera profesional como enseñante estuvieron a punto de despedirme porhaberme comido el bocadillo de un chico de secundaria. El segundo día estuvieron a punto dedespedirme por haber mencionado la posibilidad de mantener relaciones amistosas con una oveja.Aparte de esto, en los cerca de treinta años que pasé en las aulas de secundaria de Nueva York no pasó nada extraordinario. Yo dudaba a menudo de si debía estar allí siquiera. Al final mepreguntaba cómo había aguantado tanto. Estamos en marzo de 1958. Estoy sentado tras mi mesa en un aula vacía del Instituto de FormaciónProfesional y Técnico McKee, en el distrito de Staten Island, en la ciudad de Nueva York. Jugueteocon los instrumentos de mi nuevo oficio: cinco carpetas de papel fuerte, una para cada clase; unmanojo de anillas de goma que se deshacen; un bloc de papel marrón, fabricado en tiempo de guerray salpicado de motas de los ingredientes con que lo hicieron; un borrador de pizarradesgastado; untaco de fichas blancas que introduciré, por filas, en las ranuras de este archivador rojo descabaladopara que me ayuden a recordar los

adolescentes norteamericanos? Hasido por ignorancia. Por eso he tenido el valor. Es la era de Eisenhower, y los periódicos hablan delgran descontento de los adolescentes norteamericanos. Son «los hijos perdidos de los hijos perdidos de la generación perdida». Las películas, los musicales, los libros, nos hablan de su descontento:Rebelde sin causa, Rebelión en las aulas, West Side Story, El guardian entre el centeno. Sueltandiscursos desesperados. La vida no tiene sentido. Todos los adultos son unos farsantes. ¿De quésirve la vida, en todo caso? No tienen ninguna ilusión por el futuro, ni siquiera una guerra propia en la que puedan matar a indígenas en lugares remotos para luego desfilar por Broadway bajo unalluvia de serpentinas, con medallas y cojeras que despierten la admiración de las chicas. De nada lessirve quejarse a sus padres, que acaban de hacer una guerra, ni a sus madres, que esperaban a los padres mientras éstos hacían la guerra. Los padres dicen: «A callar. Déjame en paz. Tengo una libra de metralla en el culo, y noestoy para que me vengas a chinchar y lloriquear tú, con la tripa llena yel armario abarrotado de ropa. Caray, cuando yo tenía tu edad iba a trabajar a un desguace, antes depasar a trabajar en los muelles para poder mandarte a la escuela, desgraciado. Vete a reventarte lascondenadas espinillas y déjame leer el periódico».Hay tanto descontento entre los adolescentes, que forman bandas y tienen peleas con otras bandas; no se trata de escaramuzas como las que se ven en las películas, con amores imposibles yfondo de música dramática, sino peleas rabiosas en las que se gruñen e insultan mutuamente, en las que los italianos, los negros, los irlandeses y los puertorriqueños se atacan con cuchillos, cadenas, bates de béisbol, en Central Park y Prospect Park, y manchan la hierba con su sangre, que siempre es roja, venga de donde venga. Y si hay una muerte, la opinión pública se indigna y se lanzan acusaciones de que estas cosas tan terribles no pasarían si los centros de enseñanza y los profesores estuvieran haciendo su trabajo como es debido. Hay patriotas que dicen: «Si estos chicos tienen tiempo y energía para luchar entre sí, ¿por qué no podemos enviarlos al extranjero a luchar contra los malditos comunistas, y así arreglamos el problema de una vez para todas?». Muchos consideraban los institutos de formación profesional como vertederos para arrojar en ellos a los estudiantes que no estabancapacitados para asistir a los institutos de enseñanza secundaria. Eso era esnobismo. Al público no le importaba que miles de jóvenes quisieran ser mecánicos de automóviles, esteticistas, torneros, electricistas, fontaneros, carpinteros. No querían perder el tiempo con la Reforma, la Guerra de 1812, Walt Whitman, la apreciación

artística, la vida sexual de la mosca de la fruta. Pero, hombre, si hay que hacerlo, lo haremos. Nos sentaremos en esas clases que no tienen nada que ver con nuestras vidas. Trabajaremos en nuestros talleres, donde aprendemos lo que es elmundo real, e intentaremos ser amables con los profesores y salir de aquí al cabo de cuatro años.

Frank McCourt El profesor 12 Ya están aquí. La puerta da un golpe contra la repisa de la pizarra, levanta una nube de polvo detiza. Entrar en un aula es toda una operación. ¿No podrían entrar tranquilamente en el aula, dar losbuenos días y sentarse? Oh, no. Tienen que darse empujones y codazos. Uno dice «eh» con tono de amenaza humorística, y otro le replica «eh». Se insultan mutuamente, no prestan atención al timbre que anuncia el principio de la clase, tardan lo suyo en sentarse. «Qué bien, nena, mira, ahí hay un profesor nuevo, y los profesores nuevos no saben una mierda. ¿Qué? ¿El timbre? ¿Profesor? Un tipo nuevo. ¿Quién es? ¿Qué mas da?» Hablan con amigos desde el otro extremo del aula, se repantigan en pupitres demasiado pequeños paraellos, estiran las piernas, se ríen si hacen tropezar a alguien. Miran por la ventana, a la bandera estadounidense que está por encima de mi cabeza o a los retratos que pegó a las paredes la señorita Mudd, ya jubilada, retratos de Emerson, Thoreau, Whitman, Emily Dickinson y (¿cómo habrá venido a parar aquí?) de Ernest Hemingway. Es la portada de la revista Life, y esa foto está por todas partes. Graban sus iniciales con cortaplumas en los pupitres, declaraciones de amor con corazones y flechas junto a las tallas hechas hace mucho tiempo por sus padres y sus hermanos. Algunos pupitres viejos están tallados tan profundamente que puedes verte las rodillas por los agujeros donde había corazones y nombres. Las parejas se sientan juntas, cogidas de la mano, susurran y se miran a los ojos mientras tres chicos, apoyados en los armarios del fondo, cantan doo—wop, bajo, barítono y agudos, hombre,

demás dieronmuestras de sorpresa. Este profesor, un profesor nuevo, acaba de detener una buena pelea. Se supone que los nuevos profesores no deben meterse en lo que no les importa, o que deben llamar al director o a un bedel, que tardan siglos en venir. Lo que significa que, mientras se les espera, se puede tener una buena pelea. Además, ¿qué se puede hacer con un profesor que te dice que dejes de tirar bocadillos cuando ya has tirado el bocadillo? Frank McCourt El profesor 13 Benny dijo en voz alta desde el fondo del aula: —Oiga, profe, ya ha tirao el bocata. ¿Para qué le dice ahora que no tire el bocata? El bocata ya está en el suelo. La clase rió. No hay en el mundo cosa más tonta que un profesor que te dice que no hagas una cosa cuando ya la has hecho. Un chico se cubrió la boca con la mano y dijo «estúpido», y yo supe que lo decía por mí. Me dieron ganas de derribarlo de un golpe, pero aquello habría sido el fin de mi carrera docente. Además, la mano con que se cubría la boca era enorme, y el pupitre le venía pequeño. Alguien dijo: —Eh, Benny, ¿es que eres abogado o algo así? Y la clase volvió a reírse. —Eso, eso —dijeron, y se pusieron a esperar mi reacción. ¿Qué hará este profesor nuevo? Los profesores de pedagogía de la Universidad de Nueva York nunca hablaban en sus lecciones de cómo resolver las situaciones de bocadillos voladores. Hablaban de teorías y filosofías de la educación, deimperativos morales y éticos, de la necesidad de dirigirse a todo el niño, de la gestalt, nada menos, las necesidades percibidas del niño, pero nunca de los momentos críticos en el aula. ¿Debo decir: «Eh, Petey, ven aquí y recoge este bocadillo, o te vas a enterar»? ¿Debo recogerlo yo mismo y tirarlo a la papelera, para mostrar mi desprecio hacia las personas que tiran bocadillos

mientras millones de personas se mueren de hambre en todo el mundo? Era preciso que reconocieran que ahí mandaba yo, que era un tipo duro, que no estaba dispuesto a aguantar sus chorradas. El bocadillo, envuelto en papel de estraza, estaba casi fuera de la bolsa, y el aroma me indicó que ahí había algo más que mortadela. Lo recogí y lo saqué de su envoltorio. No era un bocadillo corriente, de esos en que se mete sin más el embutido entre dos rebanadas de insípido pan blanco norteamericano. Aquél era un pan grueso y moreno, cocido en Brooklyn por una madre italiana, un pan lo bastante firme para sostener lonchas de una rica mortadela, guarnecida con lonchas de tomate, cebolla y pimientos, bañada en aceite de oliva y sazonada con un aderezo delicioso. Me comí el bocadillo. Ése fue mi primer acto de gestión del aula. Mi boca llena de bocadillo concitó la atención de la clase. Me miraron pasmados, treinta y cuatro chicos y chicas, de dieciséis años de edad media. Vi la admiración reflejada en sus ojos: era la primera vez en suvida que un profesor recogía un bocadillo del suelo y se lo comía delante de todo el mundo. El hombre del bocadillo. Cuando yo era niño, en Irlanda, admirábamos a un profesor que todos los días pelaba una manzana y se la comía, y premiaba a los niños buenos entregándoles la peladura. Estos chicos miraban cómo me resbalaba el aceite por la barbilla y me goteaba en la corbata de dos dólares de los almacenes Klein—on—the— square. —Oiga, profesor, se ha comido mi bocadillo —dijo Petey. —Cállate —le dijo la clase—. ¿No ves que el profesor está comiendo? Me chupé los dedos. Dije «ñam», hice una bola con la bolsa y el papel de estraza y la tiré a la papelera. La clase me aclamó. «Uau», dijeron, y «sí, nena», y «ti-í-í-í-o». «¿Habéis visto? Se come el bocadillo. Acierta en la papelera. Uau.» ¿De manera que esto es enseñar? Sí, uau, me sentí como un campeón. Me había comido el bocadillo y había acertado en la papelera. Me sentí capaz de hacer cualquier cosa con esa clase. Me

expulsado ardillas de estas aulas, y no le digo nada de las ratas. Si no estuviésemos atentos, estos chicos y algunos profesores, sus colegas, joven, convertirían la escuela en un gran comedor. Me dieron ganas de decirle la verdad sobre el bocadillo y lo bien que había llevado la situación, pero podría haber supuesto el fin de mi trabajo de profesor. Quise decirle: «Mire usted, no era mi almuerzo. Era el bocadillo de un chico que se lo tiró a otro chico, y yo lo recogí porque soy nuevo aquí y pasó esto en mi clase y en las asignaturas de la universidad no nos enseñaron nada sobre bocadillos, lanzamiento y recuperación de. Sé que me comí el bocadillo, pero lo hice por desesperación, o para enseñar a la clase una lección sobre el derroche y mostrarles quién mandaba allí, o, joder, me lo comí porque tenía hambre. Prometo que no lo volveré a hacer, por miedo a perder este buen trabajo, aunque ha de reconocer usted que la clase estaba callada. Si ésa es la manera de ganarse la atención de los chicos de un instituto de formación profesional, debería usted encargar un montón de bocadillos de mortadela para las cuatro clases que todavía me quedan hoy por delante». No dije nada. El director dijo que había venido para ayudarme, porque, ja, ja, le había dado la impresión de que podía hacerme falta mucha ayuda. −Reconozco que se ganó toda su atención —dijo—. De acuerdo; pero pruebe aconseguirlo de una manera menos aparatosa. Pruebe a enseñar. Para eso está aquí, joven. Para enseñar. Ahora tiene que recuperar el terreno perdido. Eso es todo. Nada de comer en clase, ni profesores ni alumnos. Yo dije «sí, señor», y él me invitó a entrar de nuevo en el aula con un gesto. —¿Qué le ha dicho? —me preguntaron los alumnos. —Me ha dicho que no debo almorzar en el aula a las nueve de la mañana. −No estaba almorzando. —Ya lo sé, pero me vio con el bocadillo y me dijo que no volviera a hacerlo. −Hombre, eso es una injusticia.

−Le diré a mi madre que su bocadillo le ha gustado —dijo Petey—. Le diré que se ha metido usted en un buen lío por su bocadillo. −Está bien, Petey, pero no le digas que lo tiraste. —No, no. Me mataría. Es siciliana. Los de allí, de Sicilia, se acaloran mucho. −Dile que era el bocadillo más rico que he comido en mi vida, Petey. —Vale.

Mea culpa. En vez de enseñar, les conté historias. 15 Lo que fuera, con tal de tenerlos callados y quietos en sus asientos. Ellos creían que yo estaba enseñando. Yo creía que estaba enseñando. Estaba aprendiendo. ¿Y usted se consideraba profesor? Yo no me consideraba nada. Era más que un profesor. Y menos. En el aula del instituto eres sargento instructor, rabino, paño de lágrimas, ordenancista, cantante, erudito de poca monta, administrativo, árbitro, payaso, consejero, controlador devestuario, director de orquesta, apologista, filósofo, colaborador, bailarín de claqué, político, psicoterapeuta, bufón, guardia de tráfico, sacerdote, madre-padre-hermano-hermana-tío-tía, contable, crítico, psicólogo, el último asidero. En el comedor de profesores, los veteranos me advertían: —Hijo, no les cuentes nada de ti mismo. Son chicos, maldita sea. Tú eres el profesor. Tienes derecho a la intimidad. Ya conoces el juego, ¿no? Esos cabroncetes son diabólicos. No son, repito, no son tus aliados naturales. Cuando te dispones a enseñarles una lección de verdad sobre gramática o algo así, ellos se lo huelen y te salen al paso, muchacho. No los pierdas de vista. Esos chicos llevan años con esto, once o doce años, y ya les han encontrado las cosquillas a los profesores. Si piensas siquiera en la gramática o la ortografía, ellos se dan cuenta y levantan las manitas y adoptan esa expresión suya de interés y te preguntan qué juegos te gustaban de pequeño, o quién crees que va a ganar la condenada Serie Mundial. Ah, sí. Y tú caes en la trampa. Al cabo de

santo que ve el bien en todas las criaturas. La misión del portavoz es hacer preguntas, preguntar lo que sea con tal que el profesor no imparta la aburrida lección. Aunque soy un profesor nuevo, comprendo la táctica de perder tiempo de Joey. Es universal. Yo también la aplicaba en Irlanda. Era el portavoz de mi clase en la Escuela Nacional Leamy. El profesor escribía en la pizarra un problema de álgebra o una conjugación de irlandés y los chicos me susurraban: 16 —Pregúntale algo, McCourt. Distráelo de la maldita lección. Venga, venga. Yo decía: —Señor profesor, ¿tenían álgebra en Irlanda en los tiempos antiguos? El señor O'Halloran me apreciaba, buen chico, letra clara, siempre educado y obediente. Dejaba la tiza y, al ver cómo se sentaba tras su mesa y la calma con que respondía, se advertía cuánto le agradaba librarse del álgebra y la sintaxis irlandesa. Decía: —Muchachos, tenéis todo el derecho del mundo a estar orgullosos de vuestros antepasados. Mucho antes que los griegos, incluso que los egipcios, vuestros ancestros de esta tierra entrañable sabían captar los rayos del sol en lo más crudo del invierno y dirigirlos a las oscuras cámaras interiores durante unos momentos dorados. Conocían los movimientos de los cuerposcelestes, y eso los hacía llegar más allá del álgebra, más allá del cálculo infinitesimal, más allá, muchachos, oh... más allá del más allá. A veces, en los días cálidos de primavera, se adormecía en su butaca y nosotros nos quedábamos en silencio, los cuarenta, esperando que despertara, sin atrevemos siquiera a salir del aula si seguía dormido cuando llegaba la hora de marcharse a casa. —No. No soy escocés. Soy irlandés. —¿Ah, sí? ¿Y qué es irlandés? —pregunta Joey con aire de sinceridad. —Irlandés es lo que viene de Irlanda. —Como san Patricio, ¿verdad? —Bueno, no, no exactamente. Esto me lleva a contar la historia de san Patricio, lo que nos libra de la lección de Lengua

Inglesa, tan a-b-u-r-r-i-d-a, lo que nos lleva a otras preguntas. —Oiga, señor. ¿Allá en Irlanda todos hablan inglés? —¿Qué deportes practicaban? —¿Son todos católicos, ustedes los de Irlanda? No consientas que se hagan los dueños del aula. Plántales cara. Muéstrales quién manda ahí. Si no eres firme, caes. No consientas chorradas. Diles: «Abrid los cuadernos. Es hora de la lista de palabras de ortografía». —Ay, profesor, ay. Dios, ay, tío. Ortografía, ortografía, ortografía. ¿Es necesario? La lista de palabras de ortografía, tan a-b-u-r-r-i-d-a —suspiran. Fingen darse de cabezazos con los pupitres, hunden la cara entre los brazos cruzados. Suplican permiso para ir al servicio—. Tengo que ir. Tengo que ir. Habíamos creídoque era usted un buen tipo, como es joven y todo eso. ¿Por qué todos estos profesores de Lengua Inglesa tienen que hacer lo mismo de siempre? Las mismas lecciones de ortografía de siempre, las mismas lecciones de vocabulario de siempre, la misma mierda de siempre, dicho sea con perdón. ¿No puede contarnos más cosas de Irlanda? —Oiga, profe... —Joey de nuevo. El portavoz al rescate. —Joey, ya te he dicho que me llamo señor McCourt, señor McCourt, señor McCourt. —Ya, ya. Así que, señor, ¿salían ustedes con chicas en Irlanda? —No, maldita sea. Con ovejas. Salíamos con ovejas. ¿Con qué te has creído que salíamos? La clase estalla. Se ríen, se llevan las manos al pecho, se dan empujones y codazos, hacen como que se caen de sus pupitres. «Este profesor. Está loco, tío. Qué cosas más graciosas dice. Sale con ovejas. Encerrad bien a vuestras ovejas.» —Bien, abrid los cuadernos, por favor. Tenemos que dar una lista de ortografía. Risas histéricas. —¿Saldrán las ovejas en la lista? Ay, hombre. Esa respuesta de listillo ha sido un error. Habrá problemas. El buenecito, el santo y el crítico darán parte, con toda seguridad: «Ay, mamá; ay, papá; ay, señor director, lo que ha dicho hoy el profesor en clase. Cosas feas sobre las ovejas».

—En, ese momento me pareció que lo de las ovejas tenía algo de gracia. —Ah, sí, claro. Usted, allí plantado, propugnando el bestialismo. Trece padres exigiendo que lo despidan. Aquí en Staten Island hay gente recta. —Estaba de broma, nada más. —No, joven. Nada de bromas aquí. Las bromas tienen su momento y su lugar. Cuando dice algo en clase, lo toman en serio. Usted es el profesor. Si dice que iba con ovejas, se lo tragan todo de pe a pa. No conocen las costumbres sexuales de los irlandeses. —Lo siento. —Lo dejaré pasar por esta vez. Diré a los padres que no es más que un inmigrante irlandés recién desembarcado. —Pero si nací aquí... —¿Quiere cerrar la boca un momento y escucharme mientras le salvo la vida? ¿Eh? Haré la vista gorda por esta vez. No voy a poner una nota en su expediente. No se imagina lo grave que es que le pongan una nota en su expediente. Si tiene la menor ambición de ascender dentro de este sistema, director, director adjunto, tutor, la nota en el expediente lo frenará. Es el principio de una larga caída. —Señor, yo no quiero ser director. Lo único que quiero es enseñar. —Sí, sí. Eso dicen todos. Ya lo superará. Estos chicos le harán encanecer antes de que cumpla los treinta. Estaba claro que yo no estaba cortado paraser un profesor de esos decididos, que hacían caso omiso de todas las preguntas, peticiones, quejas, para seguir adelante con la lección bien planificada. Eso me habría recordado a aquella escuela de Limerick donde la lección era ley y nosotros no éramos nadie. Yo soñaba con una escuela donde los profesores fueran guías y mentores, en vez de capataces. No tenía ninguna filosofía de la educación concreta, salvo el hecho de que me sentía incómodo con los burócratas, con los de arriba, que habían huido de las aulas sólo para volverse contra los ocupantes de esas aulas, profesores y alumnos, y fastidiarlos. Nunca quise rellenar sus impresos, seguir sus directrices, administrar sus exámenes, tolerar sus

intromisiones, ceñirme a sus programas ni a sus planes de estudios. 18 Si un director hubiera dicho alguna vez: «La clase es suya, profesor. Haga con ella lo que quiera», yo habría dicho a mis alumnos: —Retirad las sillas. Sentaos en el suelo. Echaos a dormir. —¿Qué? —He dicho que os echéis a dormir. —¿Por qué? —Deducidlo vosotros mismos mientras estéis acostados en el suelo. Se tumbarían en el suelo, y algunos se irían quedando dormidos. Habría risitas cuando los chicos se acercaran poco a poco a las chicas. Los dormidos roncarían suavemente. Yo me tendería con ellos en el suelo y les preguntaría si alguno sabía una nana. Sé que empezaría una chica y que otros laseguirían. Un chico podría decir: «Tío, y si entrara ahora el director. Sí». La nana sigue sonando como un murmullo por el aula. «Señor McCourt, ¿cuándo nos levantamos?» «Cierra el pico, hombre», le dicen, y él cierra el pico. Suena el timbre, y tardan en levantarse del suelo. Salen del aula, relajados y confusos. Por favor, no me pregunten por qué tendría una sesión como ésta. Debe de ser el espíritu inspirador. 19 2

Si hubieran asistido a mis clases en los primeros tiempos del instituto McKee, habrían visto a un joven flacucho de algo menos de treinta años, de pelo negro revuelto, ojos enrojecidos por una infección crónica, dentadura en mal estado y ese aire de apocamiento que se ve en las fotografías de los emigrantes en la isla de Ellis o en los carteristas cuando los detienen. El aire de apocamiento tenía sus motivos: Nací en Nueva York, y me llevaron a Irlanda antes de cumplir los cuatro años. Tenía tres hermanos. Mi padre, alcohólico, hombre descontrolado, gran patriota, siempre dispuesto a morir por Irlanda, nos abandonó cuando yo tenía diez años, casi once. Murió una hermanita recién nacida,