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Tuya libro Sandra siemens, Monografías, Ensayos de Lengua y Literatura

Literatura de Sandra siemens, tuya libro escolar

Tipo: Monografías, Ensayos

2023/2024

Subido el 26/11/2024

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julian-1423 🇨🇱

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Claudia Piñeiro
Tuya
AlfaguaraBuenos Aires Argentina
Mayo 2008
ISBN: 9789870409878
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Vista previa parcial del texto

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Claudia Piñeiro

Tuya

Alfaguara—Buenos Aires Argentina

Mayo 2008

ISBN: 978— 987 — 04 — 0987 — 8

Para aquel entonces hacía más de un mes que Ernesto no me hacía el amor. O quizá dos meses. No sé. No era que a mí me importara demasiado. Yo llego a la noche muy cansada. Parece que no, pero las tareas de la casa, cuando una quiere tener todo perfecto, te agotan. Si por mí fuera, apoyo la cabeza en la almohada y me quedo dormida ahí mismo. Pero una sabe que si el marido no la busca en tanto tiempo, no sé, se dicen tantas cosas. Yo pensé, lo tendría que hablar con Ernesto, preguntarle si le pasaba algo. Y casi lo hago. Pero después me dije, ¿y si me pasa como a mi mamá que por preguntar le salió el tiro por la culata? Porque ella lo veía medio raro a papá y un día fue y le preguntó: "¿Te pasa algo, Roberto?". Y él le dijo: "¡Sí, me pasa que no te soporto más!". Ahí mismo se fue dando un portazo y no lo volvimos a ver. Pobre mi mamá. Además, yo más o menos me imaginaba lo que le estaba pasando a Ernesto. Si trabajaba como un perro todo el día, y cuando le sobraba un minuto se metía a hacer algún curso, a estudiar algo, ¿cómo no iba a llegar agotado a la noche? Y entonces me dije: "Yo no voy a andar preguntando, si tengo dos ojos para ver, y una cabeza para pensar". Y lo que veía era que teníamos una familia bárbara, una hija a punto de terminar la secundaria, una casa que más de uno envidiaría. Y que Ernesto me quería, eso nadie lo podía negar. Él nunca me hizo faltar nada. Entonces me tranquilicé y me dije: "El sexo ya volverá cuando sea el momento; teniendo tantas cosas no me voy a andar fijando justo en lo único que me falta". Porque además uno ya no vive en los años sesenta, ahora uno sabe que hay otras cosas tanto o más importantes que el sexo. La familia, el espíritu, llevarse bien, la armonía. ¿Cuántos hay que en la cama se llevan como los dioses y en la vida se llevan a las patadas? ¿O no? ¿Para qué iba a buscarle la quinta pata al gato, como hizo mi mamá?

Pero al poco tiempo me enteré de que Ernesto me engañaba. Fui a buscar una lapicera y como no encontraba ninguna, abrí su maletín y ahí estaba: un corazón dibujado con rouge, cruzado por un "te quiero", y firmado "tuya". Una reverenda grasada, pero la verdad es que en ese momento me dolió. Estuve a punto de ir ahí mismo y refregarle el papel por la cara y decirle: "¡Pedazo de hijo de puta, ¿qué es esto?!". Pero por suerte conté hasta diez, respiré hondo, y dejé todo como estaba. Me costó fingir en la cena. Lali estaba en uno de esos días en que nadie la soporta, excepto Ernesto. A mí ya ni me afectaba, así era nuestra hija y estaba acostumbrada. Pero a Ernesto le costaba. Él le hablaba y ella contestaba con monosílabos. Yo no estaba en condiciones de aportar nada; con lo que había descubierto tenía suficiente. Pero tenía miedo de que se me notara. Yo siempre tapo todos los silencios, cubro los baches cuando una conversación no está bien armadita. Es como un don que tengo. Para evitar sospechas les dije que me sentía mal, que me dolía la cabeza. Creo que me creyeron. Y mientras Ernesto monologaba con Lali yo me iba imaginaba qué le iba a decir. Porque mi primera reacción de preguntarle "¿qué es esto?", ya la había descartado. ¿Qué me iba a contestar? Un papel, con un corazón, un te quiero, una firma. No, ésa era una pregunta estúpida. Lo importante era saber si ese papel significaba algo importante para él, o no. Porque en definitiva, y por más que a una le pese, a toda mujer, en algún momento, le meten

quiso besar, pero él la apartó. Ernesto parecía enojado. Discutieron. Ella lloraba y lo abrazaba, él estaba cada vez más furioso. Yo me empecé a tranquilizar, evidentemente no era una relación que funcionara. A mí Ernesto nunca en la vida, en los diecisiete años que llevábamos de matrimonio, me trató de esa manera. Él se quiso ir y ella trató de detenerlo. Él se deshizo de ella. Ella insistió, y él terminó empujándola. Con tanta mala suerte que fue a dar justo con la cabeza en un tronco que había en el piso, y se quedó seca. Ernesto se puso como loco, la zamarreaba, le tomó el pulso, hasta trató de hacerle respiración boca a boca. Pero nada, una desgracia. Yo no sabía qué hacer, no me iba a presentar así como así, y decirle "Ernesto, ¿te doy una mano?".

Entonces me fui para casa, era lo más sensato.

—Hola... ¿Paula?

—Sí, ¿quién es?

—Lali...

—Ah, no te conocí la voz estoy medio dormida.

—…

—Estás llorando.

—No, estuve, pero ahora no.

—¿Hablaste con tu viejo?

—No, no sé si voy a hablar. ¿Viste lo denso que estuvo hoy?

—Sí, la verdad...

—Nada le venía bien.

—¿Siempre es así?

—No, siempre no. Pero con este viaje está atacado.

—Tiene miedo, pobre.

—Sí, si vamos en avión porque vamos en avión; si vamos en micro porque vamos en micro.

—Nena, de lo que tiene miedo tu viejo es de que curtas. ¡Pobre!

—¡Qué boluda!

—Es un chiste. Pero no me digas que no es gracioso...

—A mí no me causa ninguna gracia.

—Reíte un poco. Te pasaste todo el día llorando.

—Tengo mis motivos.

—Sí, ya sé.

—…

—¿Y si hablas con tu vieja?

—Cero. Mi vieja no existe.

—Bueno, con alguien tenés que hablar.

—Pensé llamarlo a Iván.

—No, córtala, picase. Por ese lado ya fuiste y te fue como el culo.

—…

—Ay, no llores...

—Bueno, no hables con nadie. Déjalo para después del viaje, ¿okey?

—Mi viejo se muere.

—Por eso, mejor que se muera después del viaje.

—Vas a terminar haciéndome reír...

—Prométeme que no vas a llamar a Iván.

—…

—Prometeme, dale.

—Okey, chau.

—Chau.

—Hola...

—…

—¡Hola!

—¿Está Iván?

—¿Quién le habla?

—Una amiga.

—Las amigas de mi hijo tienen nombre.

—Laura...

—Laura... o Lali...

—Sí...

—Iván está pero no te puede atender. Está durmiendo.

—Ah, bueno...

—¡Espera, no cortes! Iván me contó todo. ¿Sabías?

—No.

—Yo, realmente, estoy muy apenada por vos, por lo que estás pasando.

—…

—Soy mujer y te entiendo, ¿viste?

—…

—Pero justamente como mujer que soy te voy a decir algo, vos no lo tenés que llamar más a Iván. Este problema es exclusivamente tuyo...

—…

—Y mira que, como le digo a Ivi, yo no pongo en duda tu buena fe, ni dudo de que esto haya sido un accidente, ¿viste?

—...

—Porque otro podría dudar.

—…

—Pero, bueno, te vas a tener que hacer cargo de tu error.

—…

—Porque el error fue tuyo, ¿estamos de acuerdo, no?

—Mi hijo no sabía que podía pasar esto. Si vos no le avisas, ¿cómo iba a saber?

—Yo...

—Una mujer siempre tiene que avisar.

—Nosotras dos sabemos que lo que hiciste vos no fue leal, ¿o no?

—Pero yo...

—No sé qué dirán tus padres de todo este asunto, no los conozco. Ni los quiero conocer, no me malinterpretes. Pero yo, como madre de Iván, tengo muy claro cómo fueron las cosas, y quiero que a mi hijo lo dejes tranquilo, ¿me entendés, querida?

—…

—Y si tus padres tienen algo que decir, que me llamen directamente a mí o a mi marido. Porque si vos o alguien de tu familia siguen molestando a mi hijo, voy a tener que hacer la denuncia.

—…

—¿Estás ahí?

—Sí, pero tengo que cortar.

—Es una suerte que hayas llamado así pudimos aclarar estas cosas, ¿no?

—Tengo que cortar.

—Que estés bien y no vuelvas a llamar.

—…

—Chau, querida.

—,,,

lluvia. Me acordé de las escobillas, de las de mi auto. De esa que no barría y que tendría que haber cambiado hacía meses. La izquierda. Y me dije: "Mejor ocuparme en algo útil mientras espero". Y fui al garaje a cambiar las escobillas. Ernesto siempre tiene repuestos para el auto. Bujías, fusibles, esas cosas. Yo sé bastante de mecánica, pero él no sabe que sé, porque ocuparse de los autos es una tarea de los hombres, y como decía mi mamá, el día que cambias un cuento, sonaste, porque ya creen que sos plomera diplomada y no agarran un destornillador ni que se esté inundando la casa. Abrí la caja donde Ernesto guardaba los repuestos y la revolví. Las escobillas estaban debajo de todo. En realidad debajo de todo no; cuando saqué las escobillas encontré un sobre que, por supuesto, abrí. Porque yo tengo mucha intuición, y sabía que tenía que abrirlo. ¿Y qué había adentro? Más cartas de Tuya. Con el rouge de Tuya. "¡Qué diálogo de mierda hay que tener para necesitar tanta carta!", pensé. Las leí. Eran una asquerosidad. "Este hombre es un reverendo idiota", pensé, "¿en cuántos lugares de la casa habrá dejado pistas de su romance?". Tiré las escobillas al cuerno y me puse a hacer una revisión a fondo de toda la casa. Yo ya le venía revisando desde hacía un tiempo bolsillos, attaché, cajones del escritorio, la mesita de luz, la guantera. Pero la caja de repuestos del auto supera la imaginación de cualquiera. Agité libros, desarmé bollos de medias, saqué fondos de valijas y bolsos. Sólo encontré una foto carnet de Ernesto, atravesada por los labios de Tuya. Adentro de una cajita de preservativos. La foto tenía una dedicatoria: "Para que los disfrutemos juntos". Fue en ese momento en que me quedó claro por qué Dios puso ese tronco donde lo puso. Guardé la foto y los preservativos con el material que había encontrado en mi primera revisión, unas semanas atrás. Pensé en quemar todo antes de que viniera Ernesto. Dadas las circunstancias, no se podía correr el riesgo de que alguien las encontrara. Pero no sé, las guardé. Una nunca sabe. Yo había armado una especie de escondite en el garaje cuando todavía no había abierto mi cuentita en el banco. Un trabajo verdaderamente prolijo: había aflojado un ladrillo, lo había sacado limpito, lo había partido al medio, y otra vez al lugar de donde lo había sacado. Pero esta vez sólo la mitad del ladrillo. Con los billetitos atrás claro. Los billetitos ahora están en un lugar más seguro. "¡Vaya uno a saber dónde terminan estas porquerías!", pensé mientras doblaba las fotos y las notas para que entraran.

En ese momento llegó Ernesto. Me agaché detrás de mi auto para que no me viera. Me parecía muy fuerte que bajara del auto y me encontrara ahí en el garaje. Se iba a sentir espiado. Era mejor dejarlo tomarse su tiempo antes de que me largara todo el rollo. Tal vez un whisky, unos mimos si hiciera falta. No sé, algo que lo entonara. Y después la charla y el alivio de una vez por todas. Ernesto salió y le di tiempo a que subiera. Sabía perfectamente lo que yo tenía que hacer: ir a la cocina y calentar un poco de leche. Después subir y decirle: "Hola, mi amor, me desvelé. ¿Vos todo bien?".

Antes de salir del garaje me detuve a observar el auto de Ernesto. Tenía barro hasta la manija. Se me hizo evidente que, por un tiempo, iba a tener que pensar por los dos.

Material fotocopiado de una publicación española de práctica forense, encontrado en la mesa de luz de Inés Pereyra, con notas en los márgenes y a pie de página, incorporadas entre paréntesis al texto en la versión transcripta a continuación.

La tierra de la escena del crimen y aledaños a la misma, es el lugar por donde empiezan su revisión los agentes forenses. Aunque no es una prueba en sí misma, los agentes nunca dejan de tomar una muestra de dicha tierra cuando realizan su inspección en busca de pruebas. Hoy en día, la investigación forense cuenta con técnicas muy precisas para comprobar si hay restos de la misma tierra en la ropa o el vehículo del sospechoso. (¡Ojo, lavar ropa urgente!)

La cosa también funciona a la inversa. Si tienen al sospechoso, pero aún no saben dónde se llevó a cabo el crimen, una minuciosa revisión de su ropa, su automóvil, su vivienda, o su lugar de trabajo, puede dar cuenta clara de una zona o área particular en donde encontrar el cadáver, si fuera el caso.

La revisión del vehículo es decisiva. Hay que revisar con esmero carrocería y paragolpes. Si se comprueba que la tierra allí acumulada y la tierra de la escena del crimen son la misma, los agentes estarán ante una importante evidencia. (¡Limpiar a fondo los dos autos!)

El agente también levantará cualquier trozo de barro que encuentre en la escena del crimen, y con posterioridad lo comparará con los restos de tierra pegada en el chasis del auto sospechado. Si una pieza encaja con la otra como en un rompecabezas, quien usa el vehículo en cuestión no podrá negar que estuvo en el lugar de los hechos.

Otro elemento que estudian los agentes forenses es la marca o huella de neumáticos o pisadas. Incluso utilizan una técnica similar a la de los odontólogos para obtener moldes de yeso de las huellas halladas, y luego poder examinarlas con más claridad. En el caso de que la huella del neumático sea importante, en cuanto a tamaño y claridad, los agentes podrán deducir el modelo, tamaño y marca del automóvil utilizado en el hecho en cuestión. Si los neumáticos estaban deteriorados, harán una identificación mucho más exacta porque el dibujo estándar del fabricante se habrá transformado en otro, particular, según cómo se hayan gastado dichos neumáticos. (Irrelevante con lo que llovió.)

Las huellas de zapatos también son analizadas. Como mínimo indican cuánto calza quien llevaba esos zapatos. Pero además, dada la diversidad de modelos de suela que hay en el mercado, muy probablemente el agente forense estará en condiciones de averiguar el tipo de calzado utilizado por quien o quienes estuvieron en la escena del crimen. Es mas, los agentes forenses se creen capaces de deducir de qué forma camina la persona que dejó esa huella analizando, a través de la misma, cómo gastó la suela de su zapato. (Interesante, pero también irrelevante.)

abrió. "Mala señal, ya empieza a hacer burradas", pensé. Ernesto nunca sale de casa sin leer el diario. Y el punto número uno del decálogo del asesino perfecto es ser fiel a sus rutinas diarias. Si no, es como estar llamando a la policía. "Eh, chicos, miren, acá estoy yo, con la vista perdida, la cara desencajada, el café chorreado porque no le emboco a la boca, ¿no les parece que debo estar metido en algo extraño?" "Ernesto, ¿ya leíste el pronóstico del tiempo para este fin de semana?", le dije mientras le abría el diario y casi se lo ponía en las manos. Ernesto fingió que leía. "Dios mío", pensé, "¡qué difícil va a ser esto!". "Ernesto... ¿se solucionó el problema de sistemas que tenías?". Ernesto me miró y casi me da un ataque: se le llenaron los ojos de lágrimas. Me agarré la cabeza, abatida. Lo miré y le dije de una: "Ernesto, se debe haber solucionado mientras ibas en camino y te volviste porque a la media hora estabas en casa, yo oí que tu auto entraba, eran las diez y media de la noche a más tardar; y ya no saliste más. ¿Okey? Saliste a las diez y estabas de vuelta a las diez y media. Eso no da tiempo para llegar a ninguna parte, ni para hacer nada. ¿Me entendés, no?". No sé si me entendió. No sólo no decía nada sino que además me miraba con esos ojos que me daban ganas de mandarlo a la esquina en penitencia. Porque en el fondo Ernesto, y ése es su grave problema, es un chico. No termina de crecer nunca. Y yo a veces me canso de hacerle de madre. Porque por más que una quiera a un hombre, una tiene sus límites, y hay momentos en que, francamente, le pegaría un tiro.

Pensaba en eso de pegarle un tiro cuando entró Lali. Saludó apenas, como siempre. Ernesto la siguió con la mirada hasta que se sentó, parecía que le iba a decir algo pero enseguida agarró el diario e hizo como que leía. Lali se sirvió azúcar y revolvió el café. Miraba dentro de la taza mientras revolvía una y otra vez. "Nena, lo vas a marear", le dije como para romper el hielo. Levantó la vista, me miró, y volvió a revolver como si nada. Son esos momentos en que una les daría vuelta la cara de un cachetazo. Pero, como dije, no estaba la cosa como para agregar leña al fuego. Lo mejor era dejarla correr. "¡Qué bien dormimos todos anoche, ¿no, Ernesto?!" Ahí Ernesto me miró y me entusiasmé. Pero enseguida volvió a dejar su vista perdida sobre el diario. No había nada que hacerle, Ernesto no la agarraba, estaba, yo diría, desconcertado. Un tipo que mata a una mujer, y después se desconcierta. Un mono con navaja. Un verdadero peligro. Yo arremetí: si no tomaba las riendas de la situación, estábamos perdidos. "A las diez y media de la noche ya estabas durmiendo como un angelito, ¿no, mi amor?" Me quedé con el "¿no, mi amor?" en el aire. Lali me miró con desaprobación, no tenía motivo, pero ella siempre me mira con desaprobación. Agarró su mochila y se fue. Siempre me pareció que el solo hecho de que yo dijera una palabra le molestaba. Dice que hablo mucho. ¿Cuándo hablo yo? Además se cree muy inteligente, "como papá", decía cada vez que traía el boletín. Yo sé que me subestima. Pero yo la perdono, ¿quién no puede perdonar cuando se trata de una hija? Ella fue siempre muy rígida, muy estructurada, se cree que ser inteligente es sacarse diez en matemáticas. Mi inteligencia es de bajo perfil, es inteligencia en las sombras, sin alharaca, sin muy bien diez felicitado. Inteligencia práctica, la que sirve para las cosas de todos los días. La que lo podía salvar a su papá de quedar tras las rejas. Porque mientras yo le armaba coartadas al inteligente de su padre, lo único que él hacía era sonarse los mocos.

Antes de irse, Ernesto se acercó a mí y me dijo: "Esta noche me gustaría que tuviéramos tiempo para hablar, tranquilos". Al fin. "Claro, mi amor", le dije. Y antes de salir agregó: "Si llaman de la oficina, avisa que voy a llegar recién al mediodía".

Me tentaba seguir a Ernesto, me aterraba pensar en la cantidad de burradas que podía hacer ese hombre en cuatro horas. Pero se me ocurrió una idea mejor: ir a su oficina. Abrí el placard y busqué qué ponerme. Tenía que verme bien. Sin llamar la atención, no nos olvidemos de que había una muerta de por medio. Nada me conformaba. De alguna manera, ésa era una ocasión especial. Una no se puede presentar en la oficina del marido en jeans y zapatillas. Por más que sean de marca. Es una cuestión de imagen. Una tiene que ser coherente con la imagen que los demás se van formando de la mujer de un ejecutivo. Y la mujer de Pereyra no era para ellos una gorda con batón y ruleros. De eso estoy segura. Mi marido siempre se viste muy bien, se combina la corbata con el color de las medias, me mata si la camisa que se quiere poner tiene una arruga o sus zapatos no están recién lustrados. Es muy detallista.

Elegí un trajecito color arena, elegante pero discreto, que me compré para el civil de una amiga. Creo que me lo puse ese día y nunca más. Es que vivimos en un barrio residencial, todas casas con jardín y pileta, y para todos los días el taco aguja y la ropa de seda no van. Ni qué hablar de la medibacha. Una no puede regar las plantas o podar una Santa Rita con la medibacha puesta. Acá todas nos vestimos de elegante sport, un lindo pantalón, una linda blusa, chalequitos de bremer, de vez en cuando un blazer, una pashmina. Y buenos accesorios, que siempre ayudan a dar ese toquecito final.

Me hubiera gustado que mamá me viera. Ella siempre me critica lo que me pongo. Dice que no me pinto, que no me arreglo. Es que ella es tan chabacana, tan de departamento. Se viste a las nueve de la mañana como si fuera de noche, se pinta como una puerta, se baña en perfume. Y ya tiene casi setenta años. Me parece que le quedó esa costumbre de cuando todavía pensaba que papá podía volver. Pobre mamá. Se lo dije un día, y me cruzó la cara de un cachetazo.

La recepcionista me reconoció antes de que me presentara y se sorprendió por verme ahí. Yo no soy de ir a la oficina de Ernesto, de meterme en sus cosas. "Su marido todavía no llega, señora", dijo. "No, ya sé, justamente me pidió que avisara que hasta el mediodía no va a estar por acá, subo a decirle a su secretaria." "Ella tampoco llegó", dijo. "Ni va a llegar", pensé para mis adentros; y reconozco que sentí un poco de culpa por un pensamiento tan poco apropiado. Pero bueno, una no puede controlar hasta los pensamientos. Dije: "La espero arriba, tengo que darle un mensaje". Y sin más subí a la oficina de Ernesto. No había nadie. Ernesto siempre se queja de que nadie llega antes de la nueve. Tenía media hora para hacer mi trabajo. Revisé todos los cajones de Ernesto. Esta vez no encontré nada. "¡Bien hecho, Ernestito, una que

—¿Cómo se llama?

—Belén Aguirre.

—Ah, sí. ¿Vos sabes cómo es esto, madre?

—Sí, bah, más o menos.

—¿De cuánto estás?

—No sé.

—¿Cuándo fue tu última menstruación?

—No me acuerdo.

—Trata de acordarte porque eso es fundamental.

—Y... hace dos meses más o menos.

—Bueno, si es así, y si nos apuramos, podemos hacerlo por aspiración.

—¿Qué es eso?

—Se aspira, madre, con una pipetita muy chiquita que ni te molesta. Se mete, se aspira y sale todo. No hay que hacer raspaje ni nada.

—...

—Sale limpito, limpito.

—…

—¿Te sentís mal?

—Del estómago.

—Ah, quédate tranquila que eso es muy normal. Ya se te va a pasar. Ponemos una fecha, dos días de reposo relativo y después si te he visto no me acuerdo. Quedas como nueva, vida normal.

—¿Se me va a notar?

—¿Qué cosa?

—Lo que me voy a hacer.

—¡Y cómo se te va a notar si no te vamos a hacer nada!

—Madre, si vos no querés que nadie sepa, nadie va a saber, ¿sí?

—Sí.

—Yo te voy a ir haciendo una receta para unas cositas que vas a necesitar. Un antibiótico para después, y el día anterior vas a tener que tomar un Valium, para estar bien relajadita, ¿sí? Eso te puede voltear un poco. ¿Te va a acompañar alguien?

—No sé.

—Bueno, yo te recomiendo que te consigas alguien de tu confianza, una amiga, no sé, vos sabrás, porque entre el Valium y la anestesia vas a salir un poco mareada, y no es bueno que andes así por la calle sólita, madre.

—Bueno.

—¿Me querés hacer alguna preguntita?

—No.

—Entonces hablemos de los honorarios. Esto te sale mil pesos. Me lo tenés que traer en efectivo porque nosotros no trabajamos con cuenta bancaria, ¿sí? Dólares o pesos es lo mismo.

—…

—Tenés la plata, ¿no, madre?

—Sí, sí, la tengo.

—Bueno, no sé, ¿querés que pongamos la fecha ahora? ¿Te parece el 10 de julio?

—No, ese día me voy de viaje de egresadas.

—¿Pero vos cuantos años tenés, madre?

—Diecinueve.

—¿Seguro?

—Sí... repetí un año.

—Porque mira que nosotros menores, si no vienen con un mayor, no atendemos.

—Yo tengo diecinueve.

—En eso somos muy estrictos, no queremos tener problemas.

—Le digo que soy mayor.

Entré en el departamento de Tuya como si fuera mío. La llave más gruesa era la de la puerta de entrada. No me crucé con nadie, ni en la recepción del edificio ni en el palier. Antes de entrar, me coloqué unos guantes de goma que compré en el camino. A esa altura de mi vida llevaba vistas demasiadas series policiales como para andar dejando mis huellas por cualquier lado. Toqué el timbre, no fuera cosa que la muerta no viviera sola. Nadie respondió. Metí la llave en la cerradura y entré. Era un departamento de dos ambientes, chico pero coqueto, y muy ordenado.

Antes de inspeccionar cajones y armarios, hice una recorrida por el lugar. Sobraban portarretratos. Fotos familiares. Todos con sonrisas de publicidad de dentífrico. "Pensar que esta gente en poco tiempo va a estar llorando." Dos fotos se destacaban por el tamaño y la ubicación: un retrato de Tuya en blanco y negro, y una foto color donde se abrazaba a una chica de unos veintipico de años, muy alta, de pelo largo y negro. Busqué a mi marido mostrando su dentadura, pero no estaba. Eso me alivió, si no tenía su lugar entre tanto pariente sonriendo, por algo era. "No se puede andar poniendo la foto del amante entre la bisabuela y la prima, como si todos fueran la misma cosa", pensé. Pero me equivocaba, no era sólo eso.

Empecé la revisión más exhaustiva por el living. No encontré nada que pudiera incriminar, o que mencionara o pudiera relacionarse con mi marido; ni siquiera papeles de trabajo. Después me ocupé del baño y de la cocina. Tampoco encontré nada. Dejé el dormitorio para el final. Sabía que si iba a encontrar algo, ése era el lugar. Y así fue. Abrí la puerta y me shockeó encotrarme con una cama matrimonial. Por un momento me lo imaginé a Ernesto revolcándose en esa cama, sudando, trabajando y trabajando para darle amor a Tuya. Me empezó a invadir un sentimiento muy negativo, como una bronca o unas ganas de matar a alguien. Pero ella ya estaba muerta. Me relajé, respiré profundo, y me pude centrar otra vez en mi objetivo. Porque yo no estaba ahí para avivar el fuego sino para apagar el incendio. Y hay que verle el lado positivo a las cosas, en este caso a la cama, porque al fin y al cabo si lo que me molestaba era que Ernesto se hubiera revolcado en ella, estaba claro que ahí no se iba a volver a revolcar. Yo lo único que tenía que hacer en ese cuarto era borrar las huellas que pudieran incriminarlo. Y una cama matrimonial no incrimina a nadie, porque el revuelque no deja huellas. "O sí", pensé. Y me puse a revisar las sábanas. Estaban impecables, como si nadie hubiera dormido en ellas. Ni una mancha, ni un pelo, ni siquiera una arruga.

Veinte minutos después había terminado con el armario y con cada una de las cajitas donde Tuya guardaba todo tipo de porquerías. Todo muy naif. Postales, moños de paquetes, fotos, caracoles, servilletas de papel de distintas confiterías, cucharitas de tragos largos, boletines de la escuela primaria. Evidentemente Tuya era de juntar mucha porquería. Se me ocurrió tirar todo y hacerle un favor al deudo a quien le tocara vaciar el departamento, pero no quise disponer de lo que no era mío.

La verdadera sorpresa me la llevé cuando abrí el cajón de la única mesa de luz que había en el dormitorio. Me encontré con un revólver, y debajo de él, dos sobres. No fue el revólver lo que me sorprendió. Es bastante común que una mujer sola, como era el caso de Tuya, tenga un revólver a mano. Hoy en día anda mucho loco suelto. Yo misma entiendo algo de armas porque, cuando papá se fue de casa, mamá compró un revólver y me enseñó a usarlo. "Dos mujeres solas no pueden estar seguras sin esto", me dijo. Pero nunca lo usamos. Creo que en el fondo mamá lo compró para pegarle un tiro a papá; por si el perfume y la pintura no daban resultado. Pero él no le dio el gusto, porque nunca volvió. Tomé el revólver y comprobé que estaba cargado. Como decía mi mamá, "ya que lo tenemos, que funcione".

Cuando terminé con el revólver abrí el primer sobre. Los guantes de goma hacían que mis movimientos fueran torpes. Me encontré con dos pasajes a Río. Uno a nombre de A. Soria, o sea Alicia Soria, Tuya. Y el otro a nombre de E. Pereyra, o sea Ernesto, mi marido. Eso me confirmaba que la relación era un mamarracho. Ernesto siempre odió la playa y el calor. Jamás hubiera planeado ir a Río, con nadie. Ni siquiera con Lali y conmigo. Llegué a la conclusión de que esa mujer lo había estado acosando. Seguramente ella había planeado el viaje y sacado los boletos. Tal vez la discusión que terminó con Tuya dándose la cabeza contra el tronco, había sido por ese viaje. Si el pasaje hubiera sido a Bariloche podría ser que la cosa hubiera sido planificada por él. Pero a Brasil, jamás. Yo lo conocía a Ernesto, hacía más de veinte años que lo conocía. El ticket estaba marcado para un par de semanas después. Pero Dios hizo justicia, porque para esa fecha, si todos teníamos suerte y la policía se tomaba sus tiempos, Tuya seguiría donde Ernesto la hubiera dejado.

Me guardé los pasajes en la cartera y abrí el otro sobre. Y eso sí que no me lo esperaba. En realidad, el contenido escapaba a la imaginación de cualquier persona con dos dedos de frente. Primero me enojé. Reconozco que me enojé mucho. Pero enseguida sentí lástima. ¿Qué otra cosa se podía sentir frente a esas imágenes? Fotos en blanco y negro, chiquitas, como esos contactos que te hacen en las fiestas para que después elijas una. Fotos de Ernesto. Desnudo. ¡A quién se le puede ocurrir hacer posar a Ernesto desnudo y sacarle fotos! Ernesto es un tipo que tiene su pinta, ¡pero vestido! Cuando está desnudo le cuelgan demasiadas cosas. Ya no tiene veinte años. Está flojo por todos lados. Yo misma, que soy su esposa, cuando sale desnudo del baño ni lo miro. No me parece atractivo. Vestido sí, vestido es otra cosa. Ernesto siempre fue un tipo buen mozo, elegante. Pero hacerlo sentarse en una silla en bolas, mirar a la cámara y poner esa cara de idiota. ¿No se le ocurrió pensar en la gente que lo iba a ver cuando mandaran a revelar el rollo? Como para poner la foto en un portarretratos.

Metí las fotos otra vez en el sobre, casi con asco, y las guardé en mi cartera. Dejé el resto exactamente como estaba. Pero cuando llegué a la puerta me volví. Abrí el cajón de la mesa de luz y me llevé el revólver. No sé, un arranque. Además, un revólver siempre se presta a suspicacias. Y cargado, mucho más.

Abrí apenas la puerta y me aseguré de que no hubiera nadie en el pasillo. Mientras bajaba en el ascensor me felicité por haber ido. Llevaba en la cartera demasiada evidencia en contra de Ernesto. Evidencia falsa, porque en definitiva él y yo sabíamos que todo había sido un accidente. Pero no sólo hay que ser, sino parecer. Y si alguien hubiera encontrado esas