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Asignatura: Pedagogia comunitaria, Profesor: jose maria, Carrera: Pedagogía, Universidad: USAL
Tipo: Apuntes
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Hagamos a continuación un breve desarrollo de cada una de estas fases: (Ander- Egg, 1982; Marchioni, 1987; Cembranos, Montesinos y Bustelo, 1988; Rezsohazy, 1988; Ucar, 1992; Nogueiras Macareñas, 1996; Sánchez Alonso, 2000; Ventosa Pérez, 1994, 2001; Sarrate Capdevila, 2002).
Supone ubicar la intervención comunitaria dentro de un marco de referencia teó- rico-científico (apoyos teóricos, legales y experienciales), en el que se busquen acuerdos consensuados acerca, entre otras cosas, de los espacios y tiempos de
actuación, el marco normativo, los principios y valores inspiradores de la acción, el paradigma teórico de referencia, los modelos y estrategias metodológicas funda- mentales y el papel asignado a los distintos agentes sociales y comunitarios.
ANÁLISIS DE REALIDAD Y DIAGNÓSTICO PARTICIPATIVO
Esta fase pretende un conocimiento de la realidad para cambiarla y superarla. Su objetivo fundamental es poner de manifiesto la realidad de una comunidad, el escrutinio de sus recursos disponibles, la historia de sus prácticas y experiencias y la evidencia de sus problemas, necesidades e intereses. Y ello no sólo a partir de una constatación externa y objetiva (análisis de la realidad social o estudio técnico de la comunidad por parte de profesionales cualificados), sino también a través de la participación de los miembros de la propia comunidad: una percepción social sen- tida y reconocida, una situación colectivamente explicada e interpretada y una pro- puesta de acción-solución planteada por los miembros de la propia comunidad (diagnóstico participativo).
A través del diagnóstico participativo la comunidad comparte mediante un pro- ceso de aprendizaje mutuo y de reflexión, abordando e identificando problemas y necesidades; explicando e interpretando sus causas, consecuencias y previsiones de desarrollo; tomando conciencia de una realidad; verbalizando intereses y aspiracio- nes; señalando y priorizando demandas sociales (referidas a todo el territorio y a determinadas franjas de población o a ciertos sectores); buscando creativamente alternativas, tomando decisiones, asumiendo riesgos y apuntando posibles solucio- nes. Aparte de la aportación y recogida decisiva de información, este diagnóstico participativo va a permitir también crear una primera implicación y responsabili- dad en los asuntos comunitarios, generar una motivación y actitud positiva hacia la acción comunitaria, iniciar la experiencia participativa del colectivo y, por último, detectar posibles líderes y personas-recurso. El diagnóstico participativo implica ya una estrategia de educación comunitaria.
Este diagnóstico no debe entenderse exclusivamente como una primera fase, anterior a la acción. Muy al contrario, durante el desarrollo de la acción comunita- ria se está también en inmejorables condiciones para completar un estudio y aná- lisis de la percepción social. El diagnóstico participativo debe pues ser considera- do como un proceso permanentemente abierto y dinámico.
Para el análisis de realidad, el agente de desarrollo utiliza técnicas como la obser- vación o el análisis documental, mientras que para el diagnóstico participativo puede acudir a otras como la observación participante, entrevista, cuestionario, reunión de análisis, coloquio, grupo de discusión, de estudio o de diagnóstico, mesa redon- da, debate, asamblea o torbellino de ideas. La colaboración en la aplicación de algu- nas de estas técnicas y actividades por parte de miembros de la comunidad no hará sino reforzar aún más el carácter educativo de esta fase.
momento en el que deben aflorar y encarar los conflictos, las carencias, las necesi- dades, los problemas, los intereses y adoptar colectivamente posturas reflexivas y críticas tanto en su análisis como en sus posibles soluciones. Estamos ante un cono- cimiento para evolucionar, cambiar, mejorar y transformar. Nótese la importante función educativa que conlleva esta fase.
Es importante que la comunidad se haga consciente de una necesidad y sea capaz de elaborar un juicio realista y relevante sobre la misma. Pero aún más, se debe abrir un interés común, una expectativa positiva, una esperanza activa, en definitiva una activación motivadora en la población capaz de movilizarla, de mane- ra real, intensa y duradera, hacia la participación y la acción optimizadora y trans- formadora de su propia y cercana realidad.
Se trabajan en este momento técnicas y actividades de choque, especialmente movilizadoras, provocativas e interesantes, concertadas con los centros de interés de la población, muy adaptadas a las peculiaridades de los distintos colectivos y perso- nas que viven en la comunidad y algunas de ellas con un marcado carácter formati- vo: actividades lúdico-culturales favorecedoras de encuentros intracomunitarios (semanas culturales, fiestas del barrio/pueblo, jornadas de convivencia, comidas colectivas, ferias, concursos, exposiciones y muestras, excursiones); acciones reivindicativas; parti- cipación en actividades de otras comunidades; puntos de lectura (fijos o móviles, con dis- posición de libros y documentación); técnicas de dinámica de grupos (simposio, panel de expertos, tribuna abierta, mesa redonda, entrevista pública, entrevista colectiva, debate público, conferencia, asamblea, debate dirigido, foro, vídeo-fórum, libro- fórum, cine-fórum, panel de debates, discusión por objetivos, pequeño grupo de dis- cusión o discusión libre, tertulia, coloquio, seminario, reunión, sociodrama, juego de roles, tribunal popular, cuento dramatizado, método del caso, torbellino de ideas, noticiero popular, consejo de redacción, dilema moral, fotopalabra, diagnóstico de situaciones, clarificación de valores); talleres monográficos y cursos de formación; forma- ción a distancia (a través de distintos medios de comunicación social y por medio de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación); panel sobre experiencias (similares en la propia comunidad o en otras comunidades locales, regionales, nacio- nales o internacionales).
La participación se convierte en el eje central para la implicación de las personas y los grupos (informales, asociativos, organizaciones...) en su propio desarrollo como comunidad. Los miembros de la comunidad, de forma individual o colectiva, han de ser protagonistas responsables, agentes activos en las situaciones y decisiones que les afectan y a través de las cuales buscarán solventar todo tipo de necesidades y problemas o satisfacer determinados intereses y aspiraciones.
Participar significa voluntad, decisión y esfuerzo individual y colectivo. La par- ticipación es una decisión libre. Participar significa responsabilizarse, aunque no
todas las personas estén obligadas a participar de la misma manera y en todo momento. Cada persona o grupo tendrá que elegir libre y autónomamente el nivel de participación que desea y, consecuentemente, el grado de implicación y respon- sabilidad en el proceso. Podemos hablar, en este sentido, de varios niveles de partici- pación posibles, desde los más elementales hasta los más complejos: a) el apoyo moral a la iniciativa; b) la asistencia puntual o extraordinaria a una reunión o actividad convocada, organizada y decidida por otros en calidad de público o receptor (más o menos pasivo); c) la colaboración puntual o coyuntural en la puesta en marcha de alguna actividad, cuyo control básico o responsabilidad principal son ajenos al par- ticipante; y d) el compromiso, que supone ya involucrarse en el desarrollo de un pro- yecto determinado, asumir responsabilidades, tomar decisiones, dedicar tiempo y trabajo, implicarse directa, activa y efectivamente en la programación, gestión, eje- cución y evaluación de un proyecto con el que se pretende abordar una necesidad, interés o problema que afecta a la comunidad.
La participación de las personas va a depender de muchas variables, entre ellas: las aspiraciones, intereses y necesidades, el nivel socioeconómico y cultural, el grado de actividad o pasividad de los individuos, la existencia de organizaciones de base, el historial participativo, la actitud frente al organismo patrocinador, el poder de los diferentes grupos existentes en la comunidad, las formas de dominancia imperantes, el nivel de resistencia a los cambios, la existencia de líderes comunita- rios, etc. Una buena participación es aquélla que consigue armonizar la participa- ción individual con la participación de los grupos (informales, asociaciones, orga- nizaciones...) que forman parte del colectivo destinatario.
A fin de poder establecer unas adecuadas y eficaces estrategias correctoras, habría que intentar comprender las posibles causas –no saber, no querer, no poder– de los niveles negativos de participación individual, o las razones de una obstrucción de la acción decidida colectivamente.
A la hora de poner en marcha las diversas técnicas y actividades para recabar participación es necesario tener en cuenta que algunos aspectos pueden reforzar su eficacia: 1) la efectividad en el desarrollo de las fases anteriores de información- comunicación y de motivación, sensibilización y toma de conciencia; 2) la defini- ción y oferta de diversos niveles de participación; y 3) la colaboración en su aplica- ción de miembros de la comunidad.
Veamos ahora algunas de las técnicas y actividades más importantes para reca- bar participación, muchas de ellas basadas en la persuasión a través del lenguaje escrito u oral: soporte escrito (manifiestos de apoyo, listas y boletines de inscripción); soporte oral o sonoro (reunión o asamblea, conversaciones cara a cara, radio local, teléfono); soporte audiovisual (televisión local); soporte multimedia (correo electróni- co, CD-ROM , DVD, página web, telefonía móvil).
La acción necesitará ya de una metodología apropiada y de una programación propia, ya sea en formato de proyecto o actividad. La implicación y participación en esta tarea de aquéllos que se han comprometido asegura la minimización de su posible desconfianza y resistencia al cambio, su compromiso posterior en la gestión y ejecución y un proceso de convergencia hacia la autogestión y permanencia de los logros
Se inicia de esta forma un proceso de apropiación y aceptación de la acción por parte de la comunidad y un proceso de diálogo y consenso sobre las acciones que se emprendan. La capacidad de decisión final está en manos del colectivo, o sea, nace de la reflexión crítica de las personas en interacción, alcanzándose con ello un mayor grado de motivación, participación y compromiso.
Para este momento pueden utilizarse algunas actividades y técnicas: puntos de lectura (fijos o móviles, con disposición de libros y documentación); visitas a otras comunidades (locales, regionales, nacionales o internacionales donde se han aborda- do proyectos y actividades semejantes a las decididas); técnicas de dinámica de grupos (simposio, panel de expertos, tribuna abierta, mesa redonda, entrevista pública, entrevista colectiva, debate público, conferencia, torbellino de ideas, técnicas favo- recedoras de toma de decisiones); panel sobre experiencias (llevadas a cabo en otras comunidades locales, regionales, nacionales o internacionales, e incluso, si las hubiere, en la propia comunidad); reuniones intergrupos (de coordinación e integra- ción de propuestas); seminarios, cursos o talleres de formación (sobre la temática del proyecto y las diversas actividades seleccionadas, fijación de objetivos, programa- ción y organización de tareas, gestión administrativa y de recursos, evaluación).
El proyecto necesita ahora de un marco organizativo apropiado; se busca generar núcleos organizados de trabajo en torno a intereses comunes y la articulación-inte- gración de plataformas organizativas ya existentes en la comunidad (asociaciones, ONG, movimientos sociales, redes en el territorio...). Es el momento de articular la participación de manera racional, con continuidad, llegando a acuerdos conjuntos, distribuyendo funciones y responsabilidades y tareas o áreas concretas del proyec- to en torno a grupos operativos de trabajo (o comisiones, equipos, departamentos, secciones, áreas...). Serán estos grupos quienes a través de su órgano de autogobier- no, el grupo de acción local, van a asumir el proceso de gestión y realización del proyecto de desarrollo.
La organización es pues un instrumento al servicio de las personas. La comuni- dad se organiza para conseguir una mejora y avance en sus condiciones de vida, para enfrentarse y resolver sus problemas y necesidades colectivas, para satisfacer sus intereses y aspiraciones, evitando la dispersión de esfuerzos y garantizando una mayor capacidad de respuesta y un mínimo de efectividad a la acción comunitaria. Se está empezando ya a articular un nuevo tejido social.
Entre las técnicas y actividades podríamos destacar aquí las siguientes: técnicas de dinámica de grupos (formación de grupos, técnicas para la elaboración de normas intragrupales, técnicas para desarrollo óptimo de roles grupales; técnicas de comu- nicación y participación, técnicas de autodiagnóstico y autovaloración crítica, téc- nicas para la resolución de problemas y conflictos); creación de una comisión de coor- dinación; seminarios, cursos o talleres de formación (necesidad y requisitos del trabajo en equipo, cómo se hace una reunión de trabajo).
El agente de desarrollo deberá también asesorar en la búsqueda, optimización y gestión de los trámites administrativos y recursos (financieros, de infraestructuras, de servicios...), comunitarios o extracomunitarios, públicos o privados, que necesi- ten para poner en marcha el proyecto y las actividades. Es un buen momento tam- bién ahora para recuperar a las personas de la comunidad que manifestaron su inte- rés por implicarse en otros niveles de participación distintos al compromiso.
La comunidad, una vez organizada, está en condiciones de poner en marcha su pro- pia actividad, en manos hasta ahora casi exclusivamente del agente de desarrollo. Se proyecta hacia sí misma mediante la gestión y ejecución de un proyecto de desa- rrollo (realizable a corto, medio o largo plazo), generado en la fase de iniciativas y con el que se pretende abordar los problemas, la necesidad o el interés que se han detectado, manifestado y priorizado en la fase de diagnóstico.
Serán ahora funciones del agente de desarrollo: 1) dinamizar para un trabajo efi- caz que facilite la materialización del proyecto; 2) potenciar la comisión de coordi- nación; y 3) supervisar, coordinar, asesorar y servir de apoyo en todo momento a los diversos grupos operativos en todas las dudas y problemas que se les vayan plante- ando en la gestión y ejecución del proyecto.
Podrán aquí utilizarse diversas técnicas y actividades: técnicas para la resolución de problemas y conflictos grupales (relacionales o de trabajo); técnicas de motivación y dis- tensión; seminarios, cursos y talleres de formación (sobre métodos y medios de informa- ción, comunicación y marketing ).
Es el momento de la difusión y transferencia de la actuación realizada y de sus resultados a otras comunidades. Se establecen puntos de acuerdo, solidaridad, rela- ción y cooperación con otras comunidades (personas, grupos, colectivos, organiza- ciones, entidades e instituciones) que no comparten el mismo territorio, pero con similares problemas, inquietudes, aspiraciones y realizaciones. Todo ello con la fina- lidad de intercambiar ideas, iniciativas, proyectos, actividades y recursos, pero sobre todo para incentivar la coparticipación y coordinación en la elaboración, eje- cución y gestión de futuros proyectos de desarrollo, aunando y rentabilizando con
siendo extracomunitarias, actúan en ella; y 2) garantizar la estabilidad y permanencia de infraestructuras y recursos generados a lo largo de toda la intervención.
Entre las posibles técnicas y actividades a aplicar por el agente destacamos las siguientes: métodos y medios informativos (para informar sobre plataformas organiza- tivas que ya existen en la comunidad o que, siendo extracomunitarias, actúan en ella); creación de comisiones y reuniones de trabajo de cada comisión creada (a fin de impulsar y desarrollar cada una de las estructuras cuya permanencia y estabilidad se pretende); panel de experiencias; cursos de formación sobre normativa y legislación para la creación de plataformas organizativas estables (asociación, empresa, cooperati- va, fundación, federación...); técnicas de prospección e innovación («desde aquí hasta allí», «pasado mañana», «torbellino de ideas»).
La evaluación en un proceso de intervención comunitaria constituye un proceso de recogida y análisis e interpretación sistemática de información, un fundamento de decisiones, cuyos vectores de configuración y modalidad no difieren de los que se reclaman en cualquier proceso de intervención social: fundamentación (por qué eva- luar), objeto (qué evaluar) finalidad y objetivos (para qué evaluar), recursos humanos (quién ha de evaluar), metodología (cómo evaluar), recursos materiales y funcionales (con qué evaluar), fijación de un calendario (cuándo evaluar) , recursos económicos y financieros (cuánto va a costar evaluar) y ubicación (dónde se va a evaluar).
Lo que sí constituye un rasgo definitorio e irrenunciable de la evaluación en los procesos de intervención comunitaria es su condición de participativa, y ello desde una doble consideración: 1) implica de manera especial en la evaluación al grupo de acción local y a los grupos operativos de trabajo tanto en su diseño como en su aplicación y posterior análisis de los resultados, lo que conlleva necesariamente la necesidad de una formación para la evaluación; y 2) recaba de todos los actores comunitarios implicados directa o indirectamente (agente de desarrollo, grupo de acción local, grupos operativos de trabajo, responsables de las instituciones impli- cadas y la comunidad) una percepción, opinión y valoración (realidad subjetiva) de la acción de desarrollo llevada a cabo, así como de sus distintos elementos.
La participación en la evaluación va a condicionar también la necesidad de contar con técnicas de carácter más general (entrevista, cuestionario, reunión de evaluación, asamblea) junto a otras especialmente diseñadas para la reflexión colectiva y la autoevaluación (desde aquí-hasta allí, le pido-le doy, lo mejor-lo peor-lo conseguido-propuestas, el juicio).
Pero la evaluación participativa afecta también a la finalidad y objetivos de la evaluación, por cuanto supone para todos los actores comunitarios un proceso de aprendizaje de efectos multiplicadores: evaluando se aprende a evaluar, a abordar los problemas comunitarios de una forma rigurosa y sistemática, a aplicar metodo- logías, técnicas e instrumentos, a recibir y saber utilizar el feedback.
En este modelo de intervención que hemos propuesto, con sus diferentes fases o momentos, la capacidad de decisión sobre los proyectos de desarrollo y las consiguientes actividades están en manos de la propia comunidad, es decir, nacen de la reflexión crítica de las personas en interacción comunitaria, alcan- zándose con ello un mayor grado de motivación, participación y compromiso. El papel del agente de desarrollo es crucial en todo este proceso, no sólo por su acción promotora, dinamizadora, coordinadora, y formativa, sino además, y como ya hemos tenido ocasión de comprobar, por la intensidad del seguimien- to grupal una vez iniciada la etapa de acción grupal. El agente irá pasando de un acompañamiento permanente o afectivo-relacional (iniciación grupal) a otro periódico u organizativo-formativo (crecimiento grupal: iniciativas. organización, proyección- acción) para terminar en un seguimiento de carácter más puntual, consultivo u orien- tador (madurez grupal: apertura, interrelación y coordinación, consolidación y estabilización). Todo ello en consonancia y paralelamente a los niveles de auto- nomía y responsabilidad progresiva que el colectivo comprometido va asumien- do (Ventosa Pérez, 2001, pp. 26-32).
Bien puede ocurrir sin embargo que, en función de las exigencias que la reali- dad impone en muchas ocasiones (entre ellas, la situación de comunidades muy desestructuradas), sea el propio grupo de acción local el que seleccione los proyec- tos y actividades concretos de desarrollo. La intervención intentaría entonces con- seguir la implicación de la comunidad en ese o esos proyectos decididos, con lo que se reduce inevitablemente el grado de implicación, participación y autonomía de la comunidad. La situación se palia si se parte de un diagnóstico participativo y la elección de los proyectos se hace verdaderamente desde un grupo de acción local, donde como ya hemos señalado, existe desde el comienzo una presencia participa- tiva de la comunidad, aunque sea mínima (líderes comunitarios, personas-recurso, etc.). Sería éste un modelo de desarrollo comunitario intermedio, posiblemente acepta- do y válido como comunitario.
Podíamos hablar aún de un modelo de desarrollo comunitario impuesto o dirigido, en el que la Administración o cualquier otra agencia externa a la comunidad, de índo- le social o privada, sobre la base de razones de operatividad y eficacia, busca la implicación y participación de la comunidad en unos proyectos ya decididos de antemano y que responden a unos análisis de realidad efectuados desde un proce- so de diagnóstico externo. Cuestionamos este modelo como auténticamente comu- nitario, aunque reconocemos ciertamente su necesidad en algunas circunstancias, especialmente cuando se adolece de recursos humanos y económicos o se trabaja en comunidades nada articuladas socialmente o con ineludibles y urgentes necesi- dades. Este tipo de actuación podría constituir, no obstante, un paso inicial y cimentador hacia los otros dos modelos, siempre que se tenga como objetivo a medio o largo plazo la puesta en marcha de un proceso de desarrollo verdadera- mente comunitario.