Docsity
Docsity

Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes

Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity


Consigue puntos base para descargar
Consigue puntos base para descargar

Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium


Orientación Universidad
Orientación Universidad


Afectividad, Guías, Proyectos, Investigaciones de Ciencias de la Salud

sentimientos, emociones y pasiones

Tipo: Guías, Proyectos, Investigaciones

2015/2016

Subido el 10/05/2016

rosita_ca
rosita_ca 🇵🇪

3.7

(3)

2 documentos

1 / 19

Toggle sidebar

Esta página no es visible en la vista previa

¡No te pierdas las partes importantes!

bg1
El ámbito de la afectividad humana
en el pensamiento filosófico de Dietrich von Hildebrand
The Field of Human Affectivity
in the Philosophical Thought of Dietrich von Hildebrand
Ramón Díaz
Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla
México
Acta fenomenológica latinoamericana. Volumen IV (Actas del V Coloquio Latinoamericano de Fenomenología)
Círculo Latinoamericano de Fenomenología
Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú
2012 - pp. 163-181
pf3
pf4
pf5
pf8
pf9
pfa
pfd
pfe
pff
pf12
pf13

Vista previa parcial del texto

¡Descarga Afectividad y más Guías, Proyectos, Investigaciones en PDF de Ciencias de la Salud solo en Docsity!

El ámbito de la afectividad humana

en el pensamiento filosófico de Dietrich von Hildebrand

The Field of Human Affectivity in the Philosophical Thought of Dietrich von Hildebrand

R amón Díaz Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla México

Acta fenomenológica latinoamericana. Volumen IV (Actas del V Coloquio Latinoamericano de Fenomenología) Círculo Latinoamericano de Fenomenología Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú 2012 - pp. 163-

La presente comunicación pretende abordar el ámbito de la afectividad humana tal como aparece desarrollada en el pensamiento filosófico de Die- trich von Hildebrand, importante pensador alemán perteneciente al llamado Círculo fenomenológico de Gotinga, que tuvo en las Investigaciones lógicas de Edmund Husserl su principal inspiración metodo- lógica. El cometido de este pensador fue mostrar el papel que juega el ámbito de la afectividad en el desarrollo pleno de la vida estética, moral y reli- giosa del hombre. Para lograrlo, no solo se propu- so explorar las principales manifestaciones de la afectividad humana de manera rigurosa, poniendo de relieve el carácter “intencional” y, por lo tanto, espiritual de las mismas, sino también desenmas- carar de manera crítica las distorsiones y per- versiones más comunes que afectan la adecuada dinámica de este ámbito, que no tienen punto de comparación con las de otros ámbitos de la sub- jetividad humana, como el entendimiento y la voluntad.

The present communication attempts to approach the field of human affectivity such as it is developed in Dietrich von Hildebrand’s philosophy. Dietrich von Hildebrand was an important German thinker member of the so-called Göttingen Phenomeno- logical Circle, mainly methodologically inspired by Husserl’s Logical Investigations. Hildebrand wanted to show the role played by the field of affectivity in the full development of mankind’s aesthetic, moral and religious life. In order to achieve this, not only did he purport to explore the main manifesta- tions of human affectivity in a rigorous manner, highlighting the “intentional” and hence spiritual character of the same, but also to critically unmask the most common distortions and perversions that affect the adequate dynamics of this field, that is not to be compared to the other fields of human subjectivity, such as understanding and will.

Ramón Díaz §§ 1.-2.

otro, es capaz de responder a estos con afectos propios. Es posible decir, por eso, que además de entendimiento y de voluntad, el hombre está dotado de “corazón”. Los objetos y sucesos del mundo encuentran en la afectividad del hombre el “órgano” adecuado para la recepción de su excepcional presencia; por un lado, ella es el “escenario” donde cada uno despliega la grandeza de su belleza, la dulzura de su bondad, el misterio de su sacralidad; por el otro, es la “caja” de resonancia de su original palabra, su voz específica, donde cada uno no solo sacude con relativa inten- sidad al hombre, sino también reverbera indefinidamente dentro de este. No es extraño, por ello, que la afectividad juegue un papel relevante en dimensiones fundamen- tales de la existencia humana, como la vida estética, la vida moral y la vida religiosa del hombre, que se alimentan constantemente de esto. No es posible entender, en el fondo, las experiencias estéticas, las experiencias morales y las experiencias religiosas del hombre más que como vivencias “afectivas” de su ser. Pero así como los objetos y sucesos del mundo encuentran en la afectividad del hombre el “santuario” que los salvaguarda de la pretensión o de la indiferencia, la “re- serva” que los sustrae de la publicidad y del escándalo, el “refugio” que los protege de la instrumentalización o del usufructo, objetos y sucesos del mundo ofrecen al hom- bre, a través de la afectividad, contenidos para sus pensamientos, estímulos para sus deseos, incentivos para sus decisiones, motivos para sus esperanzas, impulsos para sus acciones y, en definitiva, razones para su felicidad, pues todas las “venturas” y “desventuras”, las “dichas” y las “desdichas” que padece y prueba el hombre durante su existencia terrena tienen su punto de confluencia en ella.

La afectividad, con todo, ha sido poco entendida por el hombre mismo a través del tiempo. En la vida cotidiana es posible observar, por ejemplo, cómo el hombre no siempre logra apreciar de manera adecuada su dimensión afectiva. Cuando determinados obje- tos o sucesos del mundo reclaman –incluso de manera espontánea y clara– la partici- pación de su corazón, en lugar de responder a estos con una personal palabra afectiva o de experimentarlos vivamente en sus profundas entrañas, el hombre prefiere salir a su encuentro con determinaciones de su voluntad o con aprehensiones de su entendi- miento; privilegia, por encima de la relación afectiva, la relación cognoscitiva o la relación volitiva mediante las cuales “conoce” algo de ellos o “decide” algo con relación a ellos; ciertamente no deja de “sentir” algo por los objetos y sucesos del mundo, pero minimi- za, por un lado, y silencia , por el otro, los sentimientos de su corazón, pues considera que delante de las determinaciones de la voluntad o de las aprehensiones del enten- dimiento, los movimientos de su afectividad son quizá menos “serios” o demasiado “volubles”, meros epifenómenos “subjetivos” de importantes fenómenos objetivos.

§§ 2.-3. El ámbito de la afectividad humana en el pensamiento filosófico de Dietrich von Hildebrand

Pero donde mejor puede apreciarse la falta de entendimiento de la dimensión afectiva es en la vida intelectual del hombre, especialmente en el ámbito donde de- bería predominar por vocación propia la aprehensión explícita y la penetración profun- da, el discernimiento crítico y la exploración rigurosa de la inteligencia humana: la fi- losofía. En él más bien se constata, con bastante frecuencia, cómo existen sobre la afectividad múltiples concepciones equívocas e incluso flagrantes errores acerca de su estructura esencial y su naturaleza específica, como resultado, por lo general, de inve- terados aunque inconscientes prejuicios. El más pernicioso de todos ellos es el que niega a la afectividad del hombre un estatuto análogo al del entendimiento y al de la voluntad, esto es, un carácter verdaderamente “espiritual”. Para una buena parte de los filósofos del pasado inmediato pero también remoto, los afectos humanos son movimientos interiores completamente “irracionales”, indignos, por tanto, de ser in- vestigados por ellos mismos.

Un pensador que intentó enmendar el lamentable estado en el que se encuentra la afectividad en el ámbito de la filosofía con aportaciones fecundas y originales fue el alemán Dietrich von Hildebrand, nacido en Florencia el 12 de octubre de 1889 y muer- to en Nueva York el 26 de enero de 1977. Sexto hijo y único varón del célebre escultor y teórico del arte Adolf von Hilde- brand (1847-1921) 1 , estudió filosofía en la Universidad de Munich con Alexander Pfänder (1870-1941) y Moritz Geiger (1880-1933), aunque después continuó sus es- tudios con Adolf Reinach (1883-1917) y Edmund Husserl (1859-1938) en la Universidad de Gotinga. Atraído a la fenomenología a partir de la lectura de las Investigaciones ló- gicas de este último^2 , encontró en esta obra su principal inspiración metodológica para emprender el análisis filosófico de las “esencias genuinas” –altamente inteligibles y absolutamente ciertas– de ciertos objetos y sucesos del mundo 3.

(^1) Para información más precisa sobre Dietrich von Hildebrand, puede consultarse, por un lado, von Hildebrand, Alice, Alma de león , Madrid: Palabra, 2002 y; por el otro, Seifert, Josef, “Dietrich von Hildebrand (1889-1977) y su escuela”, en: Coreth, Emerich, Walter M. Neidl y Georg Pfligersdorffer (eds.), Filosofía cristiana en el pensamiento ca- tólico de los siglos XIX y XX 2 , 3 vols., Madrid: Encuentro, 1997, vol. 3, pp. 161-188. Husserl, Edmund, Logische Untersuchungen , Halle: Max Niemeyer, 1900-1901. Cfr. Husserl, Edmund, Investigaciones lógicas , traducción de José Gaos y Manuel García Morente, Madrid: Alianza Editorial, 1985, segunda edición. (^3) Von Hildebrand, Dietrich, ¿Qué es filosofía? , Madrid: Encuentro, 2000, pp. 212-213. Sobre la determinación on- tológica de estas “esencias genuinas” puede verse el capítulo IV de esta obra, de manera particular, el apartado 3: “Las esencias genuinas pueden captarse intuitivamente”, pp. 97-128.

§ 4. El ámbito de la afectividad humana en el pensamiento filosófico de Dietrich von Hildebrand

En esta última obra, Hildebrand defiende una concepción tripartita del hombre. Según él, el hombre se compone de entendimiento, de voluntad y de afectividad^18. Estas tres “facultades” constituyen la estructura óntica del hombre; son las “raíces fundamen- tales” de su vida espiritual 19. Cada una de ellas cuenta con un campo propio de viven- cias 20 , si bien reconoce que el entero mundo de estas vivencias no puede reducirse de manera simplista a estas tres únicas potencias humanas, pues muchas de estas bien pudieran tener otro origen en el ser del hombre. La riqueza del hombre presenta en la experiencia tantos aspectos que impiden en la práctica reducirlos a unos pocos de manera apriorística, especialmente sin un análisis meticuloso de cada uno^21. El entendimiento, la voluntad y la afectividad se presentan en el hombre como los “centros operativos” de estas vivencias, pues cada una de estas apela, de alguna ma- nera, a estas tres facultades como su fuente última; estas vivencias, a su vez, convier- ten al entendimiento, la voluntad y la afectividad del hombre en “esferas” o “ámbitos” específicos de su ser, el “lugar” –por decirlo así– donde ellas se encuentran y se des- pliegan, de acuerdo a su sentido propio. Así pues, en el hombre habrá “vivencias cognoscitivas” que tendrán en el entendimiento su centro operativo (esfera cognos- citiva), “vivencias volitivas” que tendrán en la voluntad su centro operativo (esfera volitiva) y “vivencias afectivas” que tendrán en la afectividad su centro operativo (es- fera afectiva)^22. Aunque el entendimiento, la voluntad y la afectividad son, a su manera, repre- sentantes genuinos de la subjetividad humana, es la afectividad la que mejor expresa –por encima del entendimiento y la voluntad– la “vida interior” del hombre 23. Esta vida cuenta con distintos niveles de “profundidad” que van desde los más superficiales hasta los más hondos, desde los más extrínsecos hasta los más íntimos^24. Mientras entendimiento y voluntad revelan que el hombre “realiza actos”, la afectividad eviden- cia que el hombre “vive algo”. A través de la afectividad, por eso, se da el paso en el hombre del desarrollo de una vida objetiva pura a la configuración de una “vida propia”^25. Hildebrand denomina “corazón” al estrato más íntimo de la esfera afectiva 26. A veces habla del “corazón” para denominar todo el ámbito de fenómenos humanos que

adelante, El corazón. De esta obra existe una primera versión española: La afectividad cristiana , traducción de Mar- tín Ezcurdía, Madrid: Fax, 1968. (^18) El corazón , p. 56; Las formas espirituales , pp. 20-21. (^19) El corazón , pp. 58-59, nota 3. (^20) El término “vivencia” es empleado por Hildebrand, en este contexto, de manera muy amplia. (^21) Loc. cit. (^22) Ética , pp. 194-204. (^23) El corazón , pp. 24, 26 y 57. (^24) Ibid ., p. 60. (^25) Ibid ., p. 57. (^26) Ibid ., pp. 58-59.

Ramón Díaz §§ 4.-5.

son esencialmente distintos a los del entendimiento y los de la voluntad –la “afecti- vidad” en cuanto tal 27 – pero en ocasiones se refiere al “corazón” como el punto me- dular de dicho ámbito, su núcleo mismo 28. El lenguaje ordinario, por lo demás, da testimonio cumplido de estos dos sentidos del mismo término. Cuando el Evangelio dice, por ejemplo, que “María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su cora- zón” (Lc. 2, 19), toma al “corazón” en el primer sentido; pero cuando el mismo Evan- gelio afirma que “la boca habla de lo que en el corazón abunda” (Mt. 12, 34), toma el “corazón” en el segundo sentido. Sin embargo, el “corazón” puede entenderse todavía en otro sentido, según Hil- debrand 29. En él ya no se concibe como el estrato más íntimo del hombre, el nivel más profundo de su afectividad, mucho menos como expresión de toda la esfera afectiva; se trata, más bien, del hombre mismo. A través del corazón “habla” la persona, median- te el corazón se “entrega” el yo 30. En el Evangelio, Jesús no solo conoce el corazón de los hombres, quién es cada uno ( cfr. Lc. 5, 22); también ellos conocen a Jesús cuando este les muestra su corazón; a través de su corazón saben quién es Él. Así, en ese ex- traordinario pasaje de la viuda de Naim: “Al verla, el Señor sintió que se le enternecía el corazón por ella” (Lc. 7, 13). En este pasaje ya no están de por medio emociones o sentimientos sino, en cuanto tal, personas.

Según Hildebrand, la experiencia humana más elemental permite reconocer la impor- tancia de la afectividad en la vida de cada hombre; permite examinar, sobre todo, el papel del corazón en las circunstancias más importantes de la vida de cada persona. Después de todo, tener un corazón capaz de amar y de odiar por diversas razones, que puede conmoverse y afligirse por muchos motivos, que puede experimentar an- siedad o sufrimiento por diversos hechos, que se alegra o entristece por determinados acontecimientos, es la característica más específica del hombre^31. Ha sido el arte, por lo demás, el ámbito cultural que mejor ha sabido captar la importancia de la afectividad en la vida del hombre^32. A través de grandiosas narraciones literarias y delicadas composiciones poéticas, ha plasmado las complejidades del co- razón humano, explorado sus recovecos, sondeado sus profundidades, expuesto sus oscuridades, descrito sus movimientos, calado sus temperaturas e incluso valorado sus afectos de múltiples maneras.

(^27) Ibid ., p. 58. (^28) Ibid ., pp. 58-59. (^29) Ibid ., capítulo 8, pp. 133-139. (^30) Ibid ., p. 135. (^31) Ibid ., p. 15. (^32) Ibid ., p. 31.

Ramón Díaz § 6.

estos afectos en su interior, gozarse en la resonancia psíquica que engendran estos afectos, más que complacerse en sus motivos propios^44. La segunda de estas deformaciones 45 se encuentra en el hombre encerrado en un egocentrismo excitable 46. Según Hildebrand, se trata del hombre “histérico” que mide la autenticidad de sus vivencias emotivas por el grado de intensidad –muchas veces incontrolable– con que estas se presentan en su interior, dando por resultado una falsificación de sus afectos 47. El pesar, la contrición o la compasión, por ejemplo, se vivencian en él de forma exagerada^48. Como este hombre busca, además, atraer la atención de otras personas con las cuales convive^49 –pues se mueve por razones ego- céntricas– muchas veces procura mostrar cuán hondamente inciden estos afectos en su interior con efectismos dramáticos. La tercera de estas deformaciones 50 –con mucho, la de mayor relevancia para Hildebrand, por las perniciosas consecuencias que se desprenden de ella para la vida afectiva– es la del hombre que se deleita en el “sabor” de sus propias vivencias afec- tivas porque se encuentra replegado sobre sí mismo 51. Se trata, según Hildebrand, del hombre “sentimental” que se encuentra inmerso en los efectos subjetivos que gene- ran dentro de él los objetos y sucesos del mundo que los motivan 52. Cualquier viven- cia de pesar o de conmoción que experimenta por algo, por ejemplo, es convertida en ocasión de una vivencia placentera, perdiendo de vista la razón verdadera de la mis- ma^53. A este hombre le deleita que su corazón sea continuamente “tocado” y “afec- tado” –de manera positiva o negativa– por los objetos y sucesos del mundo, sin im- portar si estos objetos y sucesos del mundo son intrínsecamente relevantes o no. Cada una de estas deformaciones de la esfera afectiva puede ser valorada moral- mente. Mientras el hombre “fanfarrón” es movido por el orgullo^54 y el “sentimental” por la concupiscencia^55 –porque el primero se mueve dentro de una dinámica de glorifi- cación de sí mismo 56 y el segundo se mueve dentro de una dinámica de delectación subjetiva 57 – el hombre “histérico” es una curiosa mezcla de ambos defectos 58 , por- que su deleite subjetivo consiste en encontrarse en el centro de atención de otras personas mediante el efecto de ciertas vivencias^59.

(^44) Ibid ., pp. 40-41. (^45) Ibid ., pp. 40-51. (^46) Ibid ., p. 46. (^47) Ibid ., p. 47. (^48) Ibid ., p. 48. (^49) Ibid ., p. 47. (^50) Ibid ., pp. 41-46. (^51) Ibid ., p. 41. (^52) Ibid ., pp. 41-42; 97-101. (^53) Ibid ., pp. 42, 44 y 45. (^54) Ibid ., p. 41. (^55) Ibid ., p. 42. (^56) Ética , p. 428. (^57) Ibid ., p. 418. (^58) El corazón , p. 47. (^59) Loc. cit.

§§ 6.-7. El ámbito de la afectividad humana en el pensamiento filosófico de Dietrich von Hildebrand

De cualquier manera, Hildebrand considera injusto desconfiar de la esfera afec- tiva en razón de sus deformaciones posibles en algunos hombres 60. Ellas no indican ningún “defecto” de esta importante dimensión humana, sino solo el peligro que existe cuando es asumida por el hombre de manera inadecuada. Pero aunque así fuera, re- sulta curioso constatar que esta desconfianza no se extienda por igual al entendimien- to y a la voluntad, aunque las concepciones erróneas y las falsas interpretaciones que se han hecho de ellas por parte de muchos filósofos han tenido a través de la historia muchas consecuencias perniciosas^61.

Con todo, Hildebrand atribuye el rebajamiento de la esfera afectiva a la incapacidad de la misma filosofía para cumplir con el trabajo científico que le está encomendado en su naturaleza propia: por un lado, partir exclusivamente de los datos de la expe- riencia para realizar sus análisis, sumergiéndose una y otra vez en la rica plenitud cualitativa de estos datos 62 ; y, por el otro, hurgar de manera meticulosa en la natura- leza específica de estos datos recabados de la experiencia, operando sobre ellos distinciones fundamentales 63. En lugar de ello, dice Hildebrand, la filosofía ha preferido muchas veces partir de “explicaciones” sobre esos datos que son totalmente incompatibles con la experien- cia, de “hipótesis” que no llevan las cartas credenciales de los datos inmediatamente presentes ante la conciencia^64 , porque, en última instancia, se ha olvidado de consul- tar una vez tras otra la realidad misma, su presencia originaria^65. Además, con mucha frecuencia se ha dejado llevar por simplificaciones excesivas o por reduccionismos groseros a la hora de penetrar en estos datos, incapacitándose de esa manera para discernir con agudeza aspectos de estos datos que en ocasiones son demasiado sutiles^66. De estas deficiencias epistemológicas se han originado los prejuicios más cono- cidos sobre la afectividad en el ámbito de la filosofía. Estos prejuicios, según Hilde- brand, pueden sintetizarse principalmente en tres. El primero es el que interpreta toda la esfera afectiva a la luz de ciertas vivencias afectivas de estatuto ontológico inferior, como los “sentimientos corporales”, los “es- tados emocionales” o las “pasiones”, consideradas estas últimas en sentido estricto 67.

(^60) Ibid ., p. 51. (^61) Ibid ., pp. 51-52. (^62) Ética , p. 14. (^63) Loc. cit. (^64) Ibid ., p. 15. (^65) El corazón , pp. 26 y 58. (^66) Ibid ., p. 33. (^67) Ibid ., pp. 33-36 y 72; Ética , pp. 124 y 203.

§ 8. El ámbito de la afectividad humana en el pensamiento filosófico de Dietrich von Hildebrand

Dicho sea de paso, esta diversidad de las vivencias afectivas encuentra cierta ana- logía con la variedad de actos cognoscitivos que tienen lugar en el entendimiento hu- mano, en el que un mero proceso de “asociación mental” se diferencia de manera radical de la “penetración intuitiva” de un estado de cosas necesario por su rango on- tológico y un “silogismo filosófico” se destaca de manera considerable del puro “ma- riposeo de la imaginación” por su estructura esencial^75. Lo anterior permite entender por qué términos como “emoción”, “sentimiento”, “pasión” –empleados con frecuencia en el habla ordinaria para designar el entero mun- do de las vivencias afectivas del hombre– son, en el fondo, inadecuados para hacer justicia a las notables diferencias esenciales que existen entre estos fenómenos; por qué no puede hacerse empleo de ellos de manera unívoca e incluso analógica sin un paciente pero, sobre todo, meticuloso trabajo de penetración y clarificación previo realizado sobre este movedizo terreno^76. En el segundo prejuicio, por su parte, se pasa por alto que la relación de las vi- vencias afectivas con el cuerpo depende de la naturaleza misma de las vivencias que en cada caso están en cuestión en el interior del hombre^77. Hay vivencias afectivas que no solo están en relación estrecha con el cuerpo, sino que son, por decirlo así, “voces” del mismo cuerpo, formas como este se hace “sentir” en el interior del hombre, como el dolor de cabeza o el cansancio, la irritación de los ojos debido al excesivo contacto con la polución y la luz o el dolor experimentado en un brazo por el pinchazo de una inyección hipodérmica; también hay que contar entre estas vivencias el placer que se prueba al tomar un baño caliente en una tarde de frío o por la refrescante brisa que toca el rostro en un día soleado^78. Estas vivencias –a las que Hildebrand denomina “sentimientos corporales”– están tan estrechamente ligadas al cuerpo que incluso se localizan en un específico lugar de este^79. Mediante ellas, el hombre toma consciencia directa de su propio cuerpo. Así pues, el carácter “corporal” de estas vivencias afectivas se evidencia en la misma cualidad de estas vivencias y en la naturaleza de la manera como son experimentadas por el hombre^80. Hay otras vivencias afectivas que no ostentan esta relación “fenomenológica” con el cuerpo. Se trata de estados o de humores que tienen un rasgo marcadamente más “subjetivo”, como la depresión o la euforia, el malhumor o el estar de buenas^81. A través de ellas el hombre se sumerge dentro de sí mismo y se desvincula incluso de su propio cuerpo y del mundo-entorno. Hildebrand los denomina “sentimientos psí- quicos” o también “estados emocionales”^82. Aunque estas vivencias pueden originarse

(^75) Loc. cit. (^76) Ética , pp. 203 y 124; El corazón , p. 34. (^77) Las formas espirituales , pp. 18 ss.; “El corazón humano”, pp. 175 ss. (^78) El corazón , p. 60. (^79) Ibid ., pp. 60-61; Las formas espirituales , p. 18; “El corazón humano”, p. 176. (^80) El corazón , p. 61. (^81) Ibid ., pp. 64-65. (^82) Loc. cit .; Las formas espirituales , pp. 18-19; “El corazón humano”, p. 176.

Ramón Díaz § 8.

por diversos factores corporales –como la pésima alimentación, la introducción en él de ciertas sustancias químicas o la mala calidad del sueño– no se trata de una relación consciente y significativa con el cuerpo, sino meramente “causal” con este. El cuerpo se convierte en el “agente” que produce en el hombre esos estados o humores que, sin embargo, son vividos por este positiva o negativamente con independencia de dicho agente. La conciencia o la inconciencia de su “causa corporal” no modifica en modo alguno la experiencia interior de estas vivencias. Además, algunos de estos estados o humores pueden deberse a causas puramente anímicas y no solo corpora- les, como la angustia que se suscita en el interior del hombre por una tensión psíqui- ca no desalojada o el espanto que experimenta dentro de sí el hombre por una im- presión no tramitada de forma adecuada. Sin embargo, hay vivencias afectivas que no guardan ninguna relación con el cuerpo en cualquiera de estos dos sentidos, como la alegría por la conversión de un pecador por mucho tiempo reacio, el arrepentimiento por el mal objetivo infligido a otra persona de manera injusta, la compasión por las desgracias físicas o morales acontecidas a un conocido o el amor que nace espontáneamente en el corazón por la concepción de un nuevo hijo. Son esas vivencias afectivas a las que Hildebrand da el nombre genérico de “sentimientos espirituales” 83 , por medio de las cuales el hom- bre experimenta dentro de sí esos estados de cosas significativos o responde a ellos con una palabra interior propia, si bien entre ellas existen todavía ulteriores diferencias fundamentales. Estas vivencias son tan independientes del cuerpo como cualquier acto de conocimiento realizado con el entendimiento o cualquier toma de posición asumida con la voluntad; por ello, merecen recibir el apelativo de “espirituales” 84. El hecho de que presenten “efectos vivenciados” en el cuerpo^85 cuando se presentan en el interior del hombre –como las palpitaciones aceleradas del corazón o los cambios en la coloración del rostro– no hace que estas vivencias afectivas sean más “corporales” y, por lo mismo, menos “espirituales” que los actos cognoscitivos o los actos volitivos. De hecho, aquí se comprueba una relación causal con el cuerpo en sentido inverso al de las otras vivencias, porque no son estas las que se convierten en “efectos” de las alteraciones del cuerpo, sino que es el cuerpo el que se convierte en “órgano expresivo” del espíritu a través de estas vivencias afectivas^86. En el tercer prejuicio, por otro lado, se pierde de vista que ciertas vivencias afec- tivas –como el amor, la alegría, el enfado, la pena, la compasión, el gozo– pierden toda su “razón de ser” cuando, sin justificación alguna, se desvinculan de los objetos y su- cesos del mundo que las suscitan en el interior del hombre, como el matrimonio con una extraordinaria mujer o la pérdida del trabajo, una enfermedad prolongada o el

(^83) El corazón , pp. 65-72. (^84) Las formas espirituales , pp. 19-20. (^85) Las formas espirituales , p. 20. (^86) Ética , p. 202.

Ramón Díaz

del hombre, porque entonces se habla exclusivamente de “temores”, de “cóleras”, de “tristezas” por sí mismas pero, en el fondo, sin sentido específico. Incluso se llega a pensar –las más de las veces– que surgen en el interior del hombre “sin motivo algu- no” o “sin razón aparente”, como los estados de ánimo. La consecuencia más notoria de la separación de estas vivencias afectivas de los objetos que las suscitan se encuentra en el subjetivismo sentimentaloide que empieza a trastocar estas vivencias 94 o, peor aún, en la subjetivación que muchas veces se hace de la realidad objetiva, que atañe de alguna manera a estas vivencias pero no se identifica con ellas 95. De esta manera, el deber moral, la obligación jurídica, la belleza estética, la magnificencia religiosa –que son “datos” objetivos del mundo, ónticamen- te “independientes” del hombre– se convierten en puros “sentimientos” humanos y, por tanto, en meras realidades psíquicas, esto es, en sentimientos “de deber” o “de obligación” y en emociones “de belleza” y “de piedad”^96.

El esclarecimiento más decisivo que hace Hildebrand en el complejo mundo de la vida afectiva es relativo al carácter “intencional” que tienen unas vivencias afectivas res- pecto de otras vivencias afectivas^97. En él se funda la naturaleza espiritual que tienen muchas de ellas, entre las que se encuentran las más importantes de la vida del hombre, como el enternecimiento, la conmoción, el entusiasmo, la compasión, la alegría, la aflicción, el gozo, el amor. De hecho, los prejuicios que antes se han mencionado sobre la esfera afectiva encuentran en este importante dato su contestación definitiva. Hildebrand concibe la “intencionalidad” como una relación significativa del hom- bre con los objetos^98. No toda relación del hombre con los objetos puede considerarse “significativa”, aunque desde cierto punto de vista pueda decirse que es una relación “llena de sentido”. Cuando el hombre, por ejemplo, busca el agua que requiere beber para subsanar su deshidratación o intenta descansar en el lecho para resarcir su fati- ga corporal, establece, ciertamente, relaciones “llenas de sentido” con los objetos que pueden satisfacer en él determinadas necesidades (agua, lecho), pero el sentido de estas relaciones no es “significativo” en modo alguno para el hombre porque son establecidas por este de manera inconsciente y sin haber pasado por el mismo centro personal de su ser. Según Hildebrand, estas relaciones con los objetos son, más bien, “teleológicas”^99.

(^94) Ibid ., pp. 99-101. (^95) Ibid ., p. 38; Ética , pp. 123-124. (^96) El corazón , pp. 38-39. (^97) Ibid ., pp. 65-67; Ética , pp. 190-194. (^98) El corazón , pp. 65-66; Ética , p. 190. (^99) Ibid ., pp. 193-194.

§§ 8.-9.

El ámbito de la afectividad humana en el pensamiento filosófico de Dietrich von Hildebrand

Las relaciones significativas con los objetos comienzan cuando el hombre puede, por un lado, cobrar conciencia de la presencia de dichos objetos y, por el otro, comprende de alguna manera el sentido de estos. Estas relaciones significativas con los obje- tos no serían posibles si estos, dicho sea de paso, no fuesen a su vez portadores de una importancia intrínseca como razón de su sentido^100. Estas relaciones significativas con los objetos tienen lugar, primordialmente, en el ámbito del conocimiento, pues todos los actos de conocimiento que realiza el hombre son esencialmente conscien- tes e intelectivos. Pero también se encuentran en el ámbito de la voluntad, ya que ningún acto concreto de volición se encamina a su objeto respectivo de manera in- consciente y ciega. Pero, según Hildebrand, también la esfera afectiva es escenario de muchas relaciones significativas con objetos entre sus vivencias^101. Vivencias afectivas de evidente carácter intencional son, por ejemplo, los senti- mientos de alegría y de tristeza^102. Alegría o tristeza son vivencias que surgen en el in- terior del hombre en razón de la “consciencia” que se tiene de ciertos hechos reales. Obtener una buena calificación en un examen o ganar un premio de la lotería hacen surgir en el interior del hombre la alegría; la pérdida de un objeto entrañable o la muerte de un ser querido hacen surgir en el interior del hombre la tristeza. Estos sentimientos son “intencionales” porque no surgen nunca en el interior del hombre sin la relación significativa con estos hechos; implican, necesariamente, una toma de conciencia de estos hechos y un acto de comprensión de su sentido por parte del hombre. A su vez, estos hechos exigen tener como contenido una importancia intrínseca como fundamento de su sentido pues, si fuesen hechos “neutros” que ocurren en el mundo no habría ninguna razón para que en el interior del hombre se suscitasen estos sentimientos 103. De manera inversa: si estos hechos tuviesen lugar en el mundo pero el hombre no alcanzara a cobrar “conciencia” de ellos, en el interior de este no se despertaría nunca la alegría o la tristeza; si el hombre no “comprendiera” la impor- tancia intrínseca de estos hechos –aun teniendo conciencia de su existencia en el mundo– tampoco se suscitaría dentro de él la alegría o la tristeza; si los hechos no poseyesen una “importancia” que les confiriera relevancia y dignidad propias, el hom- bre no experimentaría jamás alegría o tristeza en su interior, con todo y que desde otro punto de vista pudiera llegar a tener de ellos una excelente comprensión de su sentido. Estos tres factores están vinculados entre sí de manera íntima en el surgi- miento de la alegría o de la tristeza en el hombre. Todo esto quiere decir que dichos sentimientos son “motivados” en el hombre por estos hechos y, en razón de ello, no pueden entenderse “al margen” de estos; su cualidad afectiva, por un lado, y su profundidad emocional, por el otro, dependen del

(^100) Ibid ., pp. 190-193. (^101) El corazón , p. 66. (^102) Cfr. Las formas espirituales , pp. 10-18; “El corazón humano”, pp. 170-175. (^103) Ética , pp. 128-129.

§ 9.

El ámbito de la afectividad humana en el pensamiento filosófico de Dietrich von Hildebrand

“respuestas afectivas” para designar a las últimas 106 , mientras que emplea la expresión “ser afectados” para nombrar a las anteriores 107. Alegría y tristeza son ejemplos claros de “respuestas afectivas”, lo mismo que el amor y el odio, el respeto y la veneración, la indignación o el entusiasmo. La conmoción o la compasión, el pesar o la aflicción, la vulnerabilidad o el enternecimiento, en cambio, son ejemplos típicos de “ser tocados”. Aunque en sentido estricto no son formalmente libres, las “respuestas afectivas” tienen un carácter marcadamente activo en el interior del hombre, expresan tomas de posición que este asume con relación a los sucesos del mundo, la forma como responde emocionalmente a ellos 108. Estas vivencias son afectos que el hombre dirige, desde su corazón, al valor que poseen dichos sucesos; su “centro de gravedad” se encuentra, por eso, en el hombre mismo. Si bien los distintos modos de “ser toca- do” en el corazón por los sucesos del mundo son, en sentido estricto, receptivos, el hombre no es en absoluto pasivo en estos afectos, pues a través de ellos “acoge” dentro de sí estos sucesos y “acompaña” con ellos el despliegue axiológico de los mismos. El “centro de gravedad” de estas vivencias está en los objetos mismos, en su sentido y valor propios^109. Ambos tipos de vivencias afectivas tienen una enorme importancia antropológica. Las “respuestas afectivas” impiden la indiferencia del corazón del hombre; expre- san el interés que el hombre tiene por los objetos y sucesos del mundo 110. Cada vez que el hombre “es tocado” en su interior por los objetos y sucesos del mundo, su co- razón se ablanda y también se ensancha, rompe su habitual coraza y cobra nuevo calor 111. Estas últimas vivencias surgen primero en el corazón del hombre; con ellas comienza el diálogo interior que se entabla entre el hombre y el mundo. Las otras vivencias se originan después en el corazón del hombre; con ellas cul- mina el encuentro que tiene lugar entre el mundo y el hombre. La ausencia prolon- gada en el hombre de este “ser tocado” por los objetos y sucesos del mundo inhibe posteriormente el surgimiento de sus “respuestas afectivas” de manera paulatina; mas la falta sistemática de “respuestas afectivas” por parte del hombre a los objetos y sucesos del mundo convierte con el tiempo esos “tocamientos afectivos” en meros sentimientos sin sentido.

(^106) Ética , pp. 201-204; El corazón , pp. 65-67; Las formas espirituales , pp. 10 ss.; “El corazón humano”, pp. 170 ss. (^107) Ética , pp. 206-209 y 223-225; El corazón , p. 86. (^108) Ibid ., capítulo 8; Ética , pp. 311-329. (^109) Ibid ., pp. 206-209. (^110) Ibid ., pp. 240-241. (^111) El corazón , pp. 42-44.

§ 10.