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Asignatura: sociologia, Profesor: Susana Liquete, Carrera: Criminología, Universidad: USAL
Tipo: Apuntes
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Grado en Criminología. Curso 1º (Grupo mañana) Asignatura: Introducción a la Sociología
Tema 3. La exclusión social
1.- El concepto de exclusión social El concepto «exclusión social» se comenzó a utilizar inicialmente durante los años setenta en Francia, aunque no se generalizó en el lenguaje de las políticas públicas y de las ciencias sociales hasta las décadas de los ochenta y los noventa. En aquel momento, la exclusión social quedó asociada sobre todo al concepto de desempleo y a la inestabilidad de los vínculos sociales. A mediados de 1970, la administración francesa realizó las primeras aproximaciones sobre el porcentaje de población excluida y empezaron a desarrollarse algunas políticas específicas para su «reinserción». De este modo se fue generalizando el término en la opinión pública, en el mundo académico y en los debates políticos, hasta que finalmente fue adoptado en la Unión Europea como nuevo eje de la política social de la Unión para superar las insuficiencias del concepto de pobreza que, esencialmente, se había venido utilizando hasta el momento. Las situaciones de exclusión social son el resultado de una cadena de acontecimientos reforzados o impulsados por las desigualdades y determinaciones estructurales del sistema económico y social. El concepto trata de recoger la multiplicación de situaciones en las que detectamos, no sólo desigualdad, sino también pérdida de vínculos, desafiliación, desconexión o marginación social. Por tanto, el concepto se refiere a un proceso de creciente vulnerabilidad que afecta a sectores cada vez más amplios del cuerpo social, y que se materializa en una precariedad creciente a nivel laboral, residencial, económico...
Es un fenómeno de carácter estructural Podríamos pues decir que la exclusión social, en la medida en que se inscribe en la trayectoria histórica de las desigualdades, es un fenómeno de carácter estructural, de alguna manera inherente a la lógica misma de un sistema económico y social que la genera y alimenta casi irremediablemente. La exclusión social, por tanto, es el resultado de una determinada estructura social, política, cultural y económica. La propia organización social, directa o indirectamente, es la que genera “poblaciones sobrantes”.
Las instituciones económicas, educativas o eclesiásticas pueden ser las causantes de la exclusión social. Cuanto más selectivas son las instituciones de una sociedad, mayores son las posibilidades de que haya colectivos en situación o riesgo de sufrir exclusión. Ahora bien, en un contexto de creciente heterogeneidad, la exclusión social no implica únicamente la reproducción de las desigualdades «clásicas», sino que va mucho más allá, contemplando situaciones generadas por la existencia de nuevas fracturas sociales y la ruptura de las coordenadas más básicas de la integración: la participación en el mercado productivo, el reconocimiento público y la participación política, y la adscripción social y comunitaria que proporcionan la familia y/o las redes sociales.
Es un proceso dinámico Por otra parte, la exclusión social no es tanto una situación estable e inamovible como 1 un proceso dinámico que cada vez afecta a más personas, y más diversas. En este sentido, podemos hablar de exclusión social no sólo como un fenómeno estructural o arraigado en la estructura económica y social, sino también como un fenómeno dinámico y en constante expansión. Existen diferentes grados de exclusión y trayectorias que pueden conducir a vivencias sociales diferentes. Las personas pasan por un itinerario que tiene un inicio y un final y en el que atraviesan por diversas fases. Estas etapas van desde el inicio del proceso de exclusión a su cronificación. En esta última fase las barreras son tan altas y significativas que es casi imposible escapar del proceso. Con el objeto de llevar a cabo una adecuada intervención, es necesario conocer en qué estadio del recorrido se encuentra la persona. Castel (1997) organiza el espacio social en torno a tres zonas:
- Integración : en esta zona se pueden situar aquellas personas que tienen un trabajo regular y círculos sociales y familiares bastante fuertes. - Vulnerabilidad : las personas que están incluidas en la zona de vulnerabilidad suelen tener un trabajo precario y situaciones relacionales inestables. - Exclusión : en esta zona las personas carecen de trabajo y las redes sociales y familiares son inexistentes. Respecto a la clasificación del espacio social que hace Castel (1997), es conveniente resaltar que el hecho de que las personas se encuentren en una de estas tres
1 Véase: Subirats, J. (Dir.) (2004): Pobreza y exclusión social. Un análisis de la realidad española y europea. Colección de Estudios Sociales, nº16, Fundación La Caixa, Barcelona
La exclusión social supone la exclusión de las personas de una sociedad concreta: para juzgar si una persona está excluida o no, hay que contemplar a la persona en relación con el contexto de la sociedad en la que vive. A este respecto, existe un cierto acuerdo en que la manifestación de la exclusión social es diversa y que el concepto de exclusión social puede variar de un país a otro. Sólo puede considerarse que una persona está excluida si se comparan las circunstancias de algunos individuos, grupos y comunidades en relación con otros en un lugar y tiempo determinados. El hecho de que la exclusión sea relativa supone que no puede considerarse a una persona excluida con carácter definitivo, ni de forma permanente, sino que, por el contrario, son ciertas circunstancias cambiantes –en función de las condiciones y oportunidades que le ofrezca el contexto social, económico, laboral, familiar, etc.– las que determinan que se considere que, en un momento concreto de su vida, una persona sufre exclusión social.
El círculo vicioso de la exclusión El “círculo vicioso de la exclusión” provoca efectos sociales que atrapan a las personas en procesos de exclusión. Para estas personas cada vez es más difícil romper el círculo. La interdependencia de factores causantes de una situación de exclusión se acumula y se transmite de una generación a otra. Así, en el caso de hogares con serias dificultades económicas, viviendo bajo el umbral de la pobreza, a los hijos les resulta más difícil salir de la marginación y precariedad en la que han vivido desde la infancia. Se endurecen las barreras que imposibilitan o hacen muy difícil la movilidad social hacia otros sectores sociales. Se podría decir que la exclusión, dentro de este círculo vicioso, se convierte en un proceso permanente, del cual resulta muy difícil salir. Pero la exclusión también puede ser sobrevenida y circunstancial, tratándose de un fenómeno transitorio. No es un proceso, por tanto, irreversible, sino que, en función de las condiciones y oportunidades del contexto social, económico, formativo o laboral en el que se encuentre una persona en un momento concreto, puede tener un carácter transformable.
La política puede combatir la exclusión Finalmente, puesto que la exclusión social es estructural, es posible abordarla de forma estratégica, a través de políticas que promuevan prácticas de inclusión. En la mayoría de las ocasiones, la exclusión social es el resultado de políticas ineficaces y las personas excluidas son víctimas del sistema. Por lo tanto, a partir de actuaciones integrales que
repercutan en los diferentes ámbitos (laboral, formativo, económico, social, etc.) y en los múltiples colectivos, se puede reducir la cantidad e intensidad de las vulnerabilidades y mejorar los procesos de exclusión.
2.- Los ámbitos y los factores de exclusión social A grandes rasgos, los factores de la exclusión social se pueden localizar en los siguientes ámbitos: el ámbito económico, el laboral, el formativo, el sociosanitario, el residencial, el relacional y el ámbito de la ciudadanía y la participación. La comprensión de la exclusión social pasa por considerar la relevancia de tres grandes ejes sobre los que acaban vertebrándose las desigualdades sociales: la edad, el sexo y el origen y/o etnia. Las investigaciones y estudios empíricos realizados indican que estos tres ejes atraviesan las dinámicas de inclusión y exclusión, reforzándolas e imprimiendo, en cada caso, características o elementos propios. Estos ejes de desigualdad se entrecruzan con los factores de exclusión más diversos dando lugar a una multiplicidad de situaciones o combinaciones concretas posibles. En este sentido, mujeres, jóvenes, mayores, inmigrados o personas procedentes de países pobres, con una situación administrativa regularizada –o no– son los sectores sociales más susceptibles a la vulnerabilidad y la exclusión social. Por otra parte, aquellas personas que formando parte de estos grupos sociales se vean afectadas por situaciones de crisis o fracturas familiares, también podrán hallarse excluidas de los parámetros generales de inclusión.
El ámbito económico Dentro del ámbito económico podemos distinguir tres factores esenciales de exclusión: la pobreza, las dificultades financieras del hogar y la dependencia económica de la protección social. Son factores, los tres, complementarios entre sí y que nos muestran distintos grados, momentos o aspectos de la exclusión económica. Los orígenes del estudio de la exclusión se encuentran en los análisis de pobreza. Sin embargo, es importante considerar que la pobreza puede tener distintos niveles, y que no siempre es determinante en términos de inclusión o exclusión social, aunque a menudo los acompañe. Así, en una situación de exclusión social, la disponibilidad o la falta de recursos económicos no tiene por qué convertirse en un factor determinante de esa propia condición. En el análisis de la pobreza hay que considerar diversos aspectos clave.
desempleados que han agotado las prestaciones por desempleo o que no han cotizado los mínimos para acceder a ellas, personas mayores sin recursos propios que no llegan a 65 años o que, superando esa edad, viven con otras personas con ingresos superiores a los fijados, personas con minusvalías inferiores al 65% y jóvenes sin acceso al mercado laboral.
El ámbito laboral Los nuevos procesos productivos, los cambios tecnológicos y la desregulación laboral han producido un impacto inmenso en las condiciones laborales y en la configuración del mercado de trabajo actuales. Tampoco se puede olvidar que el empleo, además de ser la fuente básica de ingresos de las personas y, por tanto, un medio de subsistencia, también constituye un mecanismo de articulación de relaciones sociales. De aquí que la carencia o la precariedad en el empleo tengan efectos en términos de exclusión social, que van más allá de la cuestión estrictamente económica. El análisis de los procesos de exclusión en la esfera laboral conlleva la necesidad de distinguir entre dos espacios: el acceso al mercado laboral (la mayor o menor condición de «empleabilidad» de las personas) y la exclusión o vulnerabilidad social derivada de las condiciones de trabajo. La crisis del empleo de las sociedades capitalistas actuales se expresa desde dos perspectivas: por una parte, la irrupción de un desempleo severo que afecta a un sector importante de la población, y por otra, una crisis de la calidad del nuevo empleo con altas tasas de temporalidad y condiciones laborales que muestran un complejo mapa de precariedad con intensidades diversas. Entre el desempleo y el empleo en buenas condiciones (económicas, de horario, físicas, relacionales, de protección, seguridad, etc.) existe un amplio abanico de situaciones, algunas de las cuales pueden originar o formar parte de procesos de exclusión social. La exclusión en el espacio del acceso al mercado laboral puede tomar múltiples formas: desde la más clásica y evidente, el desempleo, a otras menos obvias aunque igualmente relevantes como el subempleo. Sin embargo, la exclusión laboral no se expresa únicamente en la carencia de empleo, sino que tiene relación con las diversas situaciones de precariedad laboral, en algunos casos de carácter endémico, que se contraponen fuertemente a la situación de empleo estable y con una serie de derechos adquiridos.
El ámbito formativo
La formación adquiere un papel de especial relevancia en relación con la exclusión social por cuanto otorga competencias para facilitar la adaptación para la vida profesional, y contribuye al desarrollo personal y social, sobre todo en un contexto en el que el conocimiento y la información ocupan la centralidad del espacio productivo y social. En la práctica la exclusión formativa puede considerarse como el acceso al sistema educativo y el capital formativo que poseen las personas. Por otra parte, el capital formativo no solamente capacita o incapacita a las personas en términos de inserción sociolaboral, sino que influye, en gran medida, en la definición del individuo que hacen los otros y uno mismo en un plano moral. La categorización de las personas según un criterio supuestamente basado en elementos objetivos, clasifica también a las personas según su «valor» implícito, y esta discriminación tiene efectos tanto de carácter simbólico como práctico. En este espacio se pueden identificar como factores de exclusión o vulnerabilidad social el analfabetismo o los niveles formativos bajos, el fracaso escolar, el abandono prematuro del sistema educativo y el desconocimiento de la lengua.
El ámbito sociosanitario La salud, tanto en términos de acceso a los servicios básicos universales, como en el estado de la misma y sus relaciones con las condiciones de vida y trabajo, es otro de los ámbitos donde las desigualdades sociales se manifiestan con mayor fuerza: enfermos mentales no diagnosticados que no siguen ningún tratamiento, personas con discapacidades relativas no reconocidas pero que les generan dificultades en su quehacer cotidiano, etc. La falta de acceso al sistema y a los recursos sociosanitarios básicos es la manifestación más explícita de la exclusión que pueden padecer las personas en el ámbito sociosanitario. Por otra parte, ciertas enfermedades que tienen un carácter duradero y/o difícilmente reversible, o que dejan secuelas, soportarán la exclusión o el rechazo social con mayor intensidad y duración en el tiempo que otras. Entre estas enfermedades podemos distinguir, por ejemplo, las adicciones, las enfermedades infecciosas, los trastornos mentales graves, las discapacidades y, en general, enfermedades crónicas que provocan dependencia y trastornos o alteraciones de la imagen física que provocan secuelas irreversibles. Además, en estos últimos casos, la persona que sufre un trastorno mental crónico, que nació con una anomalía congénita o que padece las secuelas anatómicas y funcionales de alguna otra enfermedad o
Dentro de las condiciones de la vivienda distinguimos tres grandes factores de exclusión: las malas condiciones de la vivienda, de la habitabilidad y las malas condiciones ambientales o del entorno. Sin embargo, la dimensión social y cultural de la vivienda dificulta el establecimiento de unos parámetros objetivos y universales que nos permitan evaluar objetivamente sus condiciones. Así pues, consideramos que la valoración de la vivienda en términos de exclusión social sólo puede realizarse partiendo del análisis de las condiciones generales de habitabilidad en el contexto social de referencia. Por ejemplo, la no disponibilidad de agua corriente puede considerarse un factor de exclusión en la medida en que la situamos en un contexto social donde una mayoría de la población dispone de ésta hasta el punto que deviene realidad incuestionable, y su canalización constituye un servicio público. Por otro lado, en lo que a la vivienda se refiere, como también acontece en otros ámbitos, los usos se encuentran muy marcados por la herencia cultural, con lo que se introduce un nuevo factor de relativismo.
El ámbito relacional Tanto la familia como los vínculos comunitarios ejercen de soportes para hacer frente a las situaciones de riesgo y/o vulnerabilidad. En este sentido, el deterioro o la escasez de redes familiares y sociales puede constituir en sí mismo una forma de exclusión que trascienda la dimensión afectiva, convirtiéndose, en ocasiones, en un mecanismo de edificación de barreras objetivas y subjetivas para la inclusión social de las personas. Existen determinadas trayectorias de exclusión que tienen como eje fundamental la dimensión de las relaciones, y otras donde éstas aparecen como agravante. Entre los factores más destacados, el primero remite al deterioro de redes familiares, y alude a las consecuencias psicológicas y sociales de los conflictos y/o la violencia intrafamiliar. El segundo factor destacado hace referencia a la vulnerabilidad que sufren determinados núcleos familiares con una escasez relevante de apoyos y redes. El entorno familiar es uno de los pilares clave del desarrollo personal, tanto desde el punto de vista cognitivo como, sobre todo, emocional. La importancia de la familia en términos de exclusión radica, asimismo, en la función socializadora que ejerce, ya que en su seno se transmiten y se aprenden los principios y las normas básicas de pensamiento, acción y relación que permitirán a los individuos ser reconocidos y reconocerse como miembros de la sociedad. La familia actúa, pues, como moduladora
de las realidades individuales, tanto en sentido positivo como negativo: puede ejercer de soporte para contrarrestar las desigualdades, pero, por otro lado, también puede actuar como un agente de bloqueo que induzca a la exclusión social. El deterioro de la esfera más próxima al individuo puede ser el detonante de determinados procesos de exclusión social, o también puede acompañar trayectorias de exclusión fruto de circunstancias de orden económico, laboral, de salud, etc. Como han mostrado múltiples estudios, en contextos como el español, donde existe una mayor debilidad en las estructuras del Estado de Bienestar, la familia termina siendo el único apoyo del que disponen las personas. Por otra parte, y al margen de la familia, también pueden contemplarse como factores de exclusión los relativos a la escasez o debilidad de redes sociales o de proximidad. Éstas son, junto al trabajo, la familia y el Estado, los pilares de la inclusión social. En consecuencia, su falta o debilidad puede conllevar un aislamiento relacional que condicione o haga más precarias situaciones personales y/o familiares de exclusión, producidas por factores correspondientes a otros espacios o ámbitos sociales. Éste es el caso, por ejemplo, de muchos ancianos que viven solos, o de núcleos familiares monoparentales que deben hacer frente a las cargas domésticas y familiares sin contar con ningún tipo de apoyo externo.
Ámbito de la ciudadanía y la participación Éste es un ámbito fundamental de inclusión, puesto que remite a la participación social plena en derechos y obligaciones. En este sentido, recoge las situaciones más explícitas de exclusión como pueden ser las de negación o restricción del acceso de la ciudadanía o la reclusión penitenciaria. Por otra parte, es habitual relacionar la falta de cohesión social con el nivel de (no) participación política. Los excluidos sociales a menudo no tienen voz en el campo político ni posibilidad, ni capacidad quizás, de actuar e influir en su entorno más o menos inmediato. Las situaciones relacionadas con la falta de acceso a la ciudadanía, o la privación de determinados derechos políticos y/o sociales, son aquellas en que, por ejemplo, no se posee acceso alguno a la ciudadanía –los inmigrantes en situación no regularizada o sin permiso de trabajo– o los que tienen un acceso restringido a la misma por no ser poseedores de la nacionalidad española. También deben considerarse otros factores de exclusión que se refieren a situaciones presentes o pasadas de privación de derechos políticos por procesos penales. Aquí, como sucede en el caso de extranjería, también hay que tener en cuenta otra