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2 Crecimiento económico y distribución de la renta de donde resulta que la parte real de A es siempre negativa, lo que significa que la condición (A.22) queda satisfecha. Por consi- guiente, el equilibrio estacionario definido por la pareja de soluciones x=X y f(N,)=2 es estable. Se puede obtener fácilmente una prueba de la inestabilidad de las soluciones triviales, caracterizadas por ser N,=0, porque en este caso los productos que contienen N, -- además de los que contienen (x — X)— son inferiores de segundo orden, y la ecua- ción (A.18) puede considerarse aisladamente, como resulta escribien- do la (4.19) en la forma; dix — x) N a 80) MIFIO)- x+3—x) N ! dr Llei a)- y despreciando en ella los cuadrados de N, y los de (x—X) y sus productos, y; ca = 00) [£0) — 4] + 0108: (x — 0) Nix — mL Se trata de una sencilla ecuación diferencial cuya solución —exclui- dos los términos despreciables— tiene la forma: log, N, = kt + log, C, (4.24) es decir Ni) = Cexp (ka), * (A.25) 1 donde k= ¿00 YO) — 4, y C=NMO). Como (1/3)4 (0)1F'(0) — X] > 0, la solución (A.25) es explosiva, lo que significa que el equilibrio estacionario definido por la solución 1=0 es inestable. a LA TEORIA DE LA DEMANDA EFECTIVA No es dificil, a siglo y medio de distancia, advertir las muchas deficiencias de la teoría de Ricardo. Aun dejando a un lado todos los problemas relacionados con su teoría del valor*, hay tres grandes defectos que claman por corrección: la ingenua idea de Ricardo sobre el crecimiento de la población, su subestimación del progreso técnico y su incapacidad para apreciar la importancia de la demanda efectiva. En el presente ensayo se concentrará la atención sobre la deman- da efectiva, cuyo papel solo se ha aclarado para nosotros con la publicación de la Teoría General de Keynes. El propio Keynes vinculó explícitamente su análisis de la demanda efectiva con una larga discusión que tuvo lugar entre Ricardo y Malthus?. Serán útiles unas cuantas palabras acerca de esta famosa discusión. 1. Malthus y la demanda efectiva Eos Principios de economia politica considerados con miras a sus aplicaciones prácticas de Malthus aparecieron en 1820 como 1 Estos problemas han atraído de nuevo la atención después de publicarse la obra de Piero Sralla, Production of Commodities by Means of Commodities, Came bridge, 1960. 2 John Maynard Keynes, The General Theory af. Employment, Interest and Money, Londres, 1936, capitulo 23; y «Thomas Robert Malthus», en Essays in Biography. Londres, 1933, [Traducción española del ensayo sobre Malthus, en el volumen. TR pis. Primer ensayo sobre la población, Madrid. Alianza Editorial, 1966. N. del T] 44 Crecimiento económico y distribución de la renta respuesta a Ricardo. Entre las ideas que MalthusZatacaha estaba la opinión tradicional de que «todo hombre frugal es un bienhechor público». La rechazó diciendo que «el principio del ahorro, llevado al exceso, destruiría el móvil de la producción». Y añadía que «si la producción muestra un gran exceso sobre el consumo. el móvil para acumular y producir tiene que cesar por la falta de voluntad para consumir»*. Sobre esta base, Malthus de el'exceso de pródúctos en los mercados “market gluts), y advertía sobre las terribles consecuencias de una excesiva afrugalidad y aho- rro». Dedicó mucho espacio al problema y lo resumió diciendo que las cuestiones eran: «primero, si el móvil de acumular puede frenarse por la falta de demanda, antes de ser frenado por la dificultad de procurar alimentos; y segundo, si este freno es proba- ble». Sus respuestas a ambas cuestiones fueron positivas. Y la prescripción surgía como consecuencia: «podemos concluir que es necesario un cuerpo de trabajadores improductivos como estímulo para la riqueza» *. Ricardo fue incapaz de ver ninguna fuerza en estos argumentos. Para él, el ahorro estaba ligado a los capitalistas y. por consiguiente, significaba lo mismo que acumulación de capital. Era, ademá muy fácil para él recurrir a la autoridad del más destacado economis- ta francés de aquel tiempo, Juan Bautista Say, quien había afirmado que toda producción engendra su propia demanda: lo que ya enton- ces se conocía universalmente como /a loi des débouchés o «ley de Say»*. Por desgracia, la respuesta de Malthus no hizo efecto. Malthus carecía de las mínimas herramientas analíticas necesarias 3 T. R. Malthus, Principles of Political Economy Considered with a View to iheir Practical Application. Londres, 1820, págs. 8-9 * Estas son las propias palabras de Malthus. que emplea como resumen en sus páginas 478-9, Ibid. pág. 587. La mayoria de los argumentos de Malthus sobre la importancia de la demanda efectiva están en la sección 9 del capitulo 7 de sus Principios, y los formula de nuevo en una serie de cartas a Ricardo. (Véase, como ejemplo, la carta del 7 de julio de 1821, en el volumen IX, págs. 9-11, de las Obras y Correspandencia de David Ricardo, edición de Piero Sraffa.) 5 La «Ley de Say» está émunciada en hnos cuantos pasajes breves del capitulo «Des débouchés» (libro D) de su Trarré d'économie politique (1% edición. 1803) Alli se encuentra el famoso pasaje: «Vale la pena señalar que nada más haber sida creado un producto, desde ese mismo instante. proporciona un mercado para otros productos por el entero importe de su propio valor. Cuando el productor ha puesto la última mano cn su producto está deseando venderlo inmediatamente, para que su valor no le desaparezca en sus manos. Y no está menos descoso de dar salida al dinero que pueda conseguir por aquél: porque el valor del dinero también cs perccedero. Pero la única forma de librarse del dinero es comprar con él un producto u otro. Así, el mero hecho de la creación de un producto abre inmediatamente una salida /un débouchéj para otros productos». dia el ¿ consumo improductivo de los terratenientes, como remedio contra La teoría de la demanda efectiva 45 para articular su posición en la polémica. Fue incluso incapaz de destacar eficazmente lo que era absolutamente necesario para su argumentación, a saber, la distinción entre cl ahorro de los terratenientes y la acumulación de capital de los capitalistasS, La controversia se arrastró lánguidamente y acabó en una estéril disputa acerca de la duración que correspondería al plazo objeto de discusión”, Ricardo y Malthus se mantuvieron. naturalmente, en sus opiniones originarias; pero las teorías de Ricardo, más sólidas analiticamente, arrastraron a la opinión profesional, y no sirvió de nada a Malthus el recurrir al testimonio de los hechos de experien- cia común ni cl insistir en la importancia práctica de la teoría (una referencia explícita a las «aplicaciones prácticas» aparece ya en el mismo título de su libro)3. La teoría más fuerte fue la que predominó. Un siglo después, en la cumbre de su entusiasmo por Malthus, pudo exclamar Keynes: «¡Si Malihus, y no Ricardo, hubiera sido el tronco del que brotó la ciencia económica del siglo x1x, cuánto más sabio y rico seria hoy el mundo!»?. Pero el deseo hipotético de Keynes era ilusorio. Los débiles argumentos de Malthus en favor de la demanda efectiva nunca habrían podida soportar el peso de la teoría económica del siglo xix. Lo que hubiera sido necesario era una teoría lógicamente coherente que pudiese incorpo- rar y expresar las ideas intuitivas de Malthus. Solo un siglo más tarde pudimos recibirla de Keynes. * La incapacidad de Malthus para dejar claro que sus argumentos se aplicaban a la frugalidad y el ahorro de «aquellas clases que no producen» ha inducido recientemente a algunos criticos a negarle el papel de precursor de Keynes. (Véase. por ejemplo, B. A. Corry. «Malthus and Keynes —a Reconsideration», The Economio Journal, 1959, págs. 717-24; P. Garegnani, «Note su consumi, investimenti e domanda effettiva». parte primu. Economia Internazionale, 1964. págs. 591-631.) Peso creo que es ir demasiado lejos. El hecho de que Malthus fuese analiticamente débil y Po siempre mestrase coherencia lógica puede explicar st fracaso; pero no se le puede quitar el mérito de haber percibido con claridad estos problemas de la falta de demanda efectiva que Keynes fue capaz de tratar teóricamente, un sigla después, mejor y con más eficacia ! ue Me parece gue una gran causa de nuestras diferencias de opinión sobre los temas que tan a menudo hemos discutido es que usted $ 'mpre tiene en mente los efectos iemporales e inmediatos de las concretas Variaciones, mientras que yo aparto a un lado estos efectos lemporales e“inmediatos y fijo toda mi atención en el estado permanente de las cosas que resultará de aquéllas». (De una carta de Ricardo a Malthus, 24 de enero de 1817, en el volumen VII. página 120 de The Works and Co. rrespondence of David Ricardo. edición de Piero Sraffa.) ¡Malthus habría necesitado aquí la rápida agudeza de Keynes: «a la larga, todos muertos»! Y Véase la nota 3 anterior ? Keynes, Essays in Biography, pá -t. [Pá y ó a NE jegraphy, págs. 120-1. [Pág 37 de la traducción española. 48 Crevimiento económico y distribución de la renta fundamental, en contraste con las sociedades más primitivas, y es que entre los factores que concurren a determinar los precios han dejado de tener importancia las fluctuaciones de la e eman a. Por consigitiente;“áT perder la variación de los precios su in encia como mecanismo tradicional de respuesta, otro mecanismo de res- puesta: ha entrado en uso. A las variaciones de la demanda, los productores responden variando la producción. o a Esto trae consigo una conseciencia muy seria. Las variaciones de la producción suponen modificaciones en la utilización de la capaci dad productiva existente y en el empleo de trabajo. Una re o de la demanda total engendra paro y estancamiento : amarga rea a ! que con tanta frecuencia se sufre en las economias capitalistas. ay máquinas y hay obreros capaces de manejarlas, pero to: lo, unas y otros, permanecen ociosos por falta de demanda efectiva. 3. Teorías del subconsumo (y de la sobreproducción) El principio de la demanda efectiva puede parecer muy sencillo; tan sencillo, de hecho, que hace a wno pensar por qué ha tar ado tanto tiempo en descubrirse. Pero la simple respuesta a esta cues ión es que fueron muchos los autores que lo percibieron ene pa ado, y sin embargo nunca lograron hacer de él un principio reconoc oria económica oficial. . . de Des trucos intentos tienen una larga historia. En la época de las discusiones entre Ricardo y Malthus, el economista suizo-ita- liano Sismondi, que criticó con bastante violencia a Ricardo, afirma: ba, precisamente como una de sus mayores objeciones, os “sistemas capitalistas tienden a situaciones de subconsúmo Des “pués, KarT Marx, él más agudo de todos los críticos del capital mo acusó también'a las sociedades capitalistas, entre otras cosas, de sobréproducción; situación qu , según sú teoría, se traduce El Tr “Crisis en la arcalización de la plusvalía» 1?. Y, al nacer muestro 12 1, C. L. Simonde de Sismondi, Nouveaux principes d'économie polirigue. Paris. 1819, A diferencia de Malthus. que criticó a Ricardo desde la derecha, Bor as decirlo, en favor de los terratemientes, Sismondi criticó a Ricardo, en ao ser do. desde la izquierda —en favor de los trabajadores—. Pero mmguno o os. hue. naturalmente, el primero en advertir los peligros del suhconsumo. Co! no $e ¡ señala en el capítulo 23 de la Teoría General, gran parte de los escri os E “mercantilistas sólo tienen sentido si se interpretin como una preocupa ón, per COS TEE a de Bes) 68 Bemora Mandos NOT Conrado como le ejasT Fable of the Bees), de Bernard Man . A e a ironia! de Middlesex en 1723, porque elogiaba el dispendio sa i ública. o . SOT E otervacionas de Marx sobre la demanda ceca se hallan principalmente en el volumen 2 de Das Kapital, pero las hay también dispersas en los volúmenes La teoria de la demanda efectiva 49 siglo, John Hobson insistía, en casi todas sus numerosas obras, sobre la existencia de subconsumo en los sistemas capitalistas 1%. Es más, se podría decir que prácticamente todos los economistas que se preocuparon de las «crisis» y los ciclos económicos (por ejemplo, Lauderdale, Tugan-Baranowski, Aftalion, Spiethoff, etc., y de nuevo todos los marxistas, como Hilferding, Rosa Luxemburgo, Bujarin, etcétera) acabaron, en un momento u otro, destacando la posibilidad y desastrosas consecuencias de una brecha entre la producción poten- cial y la demanda efectiva. Y, sin embargo, fue muy escaso el eco de todos estos autores en sus respectivas épocas. La actitud hacia estos autores adoptada por los profesionales dominantes fue siempre de gran desprecio, por creer que sus teorias contenían toda clase de errores analíticos. Las teorias del subconsumo fueron consideradas simplemente como malas teorias. Y de hecho hay que decir que la teoría económica establecida no tuvo gran dificultad para refutarlas. Cualquier econo- mista bien preparado podía hacerlo con argumentos que parecian lógicamente irrcbatibles. Al comienzo del siglo x1x estos argumentos tomarían la forma de una “simple enunciación de la ley de Say; y a Comienzos del Xx aparecerían bajo la forma más sofisticada de un planteamiento de equilibrio general, en el que se consideran como dados los recursos disponibles totales, y la competencia deter- -Mina los precios (de equilibric).de tal modo que éstos conducen A minación de excedentes o déficits en todos los mercados. Resultaba sencillamente inconcebible. a un economista profesional, que pudiera permanecer sin empleo un recurso cualquiera, excepto en la medida de la existencia de fricciones temporales, en tanto en cuanto su precio fuese positivo. Y resultaba sencillamente incon- cebible que pudiera existir una situación de equilibrio con paro «involuntario» 15, 1 y 3, Para una referencia sintética, véase Henri Smith, «Marx and the Trade Cycle», The Revien uf Economic Studies, 1936-37, págs. 192-204; John D. Wilson, «A Note on Marx and the Trade Cycle», ibid. 1937-38, págs. 107-13. Véase también la parte M1, «Crises and Depressions». de Paul M Sueezy, The Theory of Capitalist Development, Nueva York. 1942; y el capitulo sobre la demanda efectiva en Joan Robinson. An Essay un Marvian Economies, Londres, 1942, 1% Véase, de él, especialmente, The industrial System, Londres, 1909, y Economics of Unemplayment, Londres, 1922. 23 Considérese el Siguiente pasaje, tantas veces citado, de Pigou: «El estado de la demanda de trabajo, a diferencia de las variaciones de este estado, carece de significación para el desempleo, porque los salarios se ajustan por si mismos de tal manera que una vez que se ha estabiccido un estado cualquiera de la demanda, aquéllos tienden a asociarse a tasas medias de desemplev semejantes... En una situa. ción de competencia perfectamente libre entre trabajadores y perfecta movilidad del trabajo... habrá siempre... una fuerte tendencia a que el salario se relacione de LTEcImiento economico y distribucion de la renta En la Gran Bretaña, la formulación más famosa de esta argumen- tación está contenida en un documento oficial que es el «dicta- men del Tesoro de 1929». En este documento oficial, los econo- mistas del Tesoro británico —en su mayoria economistas bien prepa- rados en Oxford y Cambridge— se oponían al ofrecimiento de Lloyd George, durante una campaña electoral, de realizar obras pú- blicas para aliviar el paro, con el argumento de que las obras públicas no podian hacer otra cosa que aumentar el desempleo. Porque, como los fondos de inversión disponibles eran una cantidad fija, su absorción por las obras públicas no tenía más remedio que restar esos fondos a otras inversiones (productivas) **, Este punto de vista parece casi increíble hoy día. Y, sin embargo, era la opinión profesional dominante hace nada más que cuarenta años. Tenía que llegar la década de 1930 para que el escenario teórico cambiase radicalmente. Las circunstancias de la época eran, naturalmente, favorables para este cambio. En 1929-33 los paises industrializados occidentales se vieron inmersos en la más fuerte y dramática de todas las depresiones que hasta entonces habían sufrido. Dos grandes economistas de aquel tiempo —Kalecki y Keynes—, aunque procediendo de mundos enteramente diferentes (Kalecki en Polonia, partiendo de Marx”, y Keynes en Inglaterra rebelándose contra Marshall), llegaron independientemente a casi las mismas conclusiones sobre la demanda efectiva. Fue sin embargo Keynes quien alcanzó el reconocimiento universal. Y apenas hay duda —o por lo menos asi me lo parece a mí-- que el éxito de Key- nes se debió de un modo decisivo al hecho de que —a diferencia de sus predecesores en la defensa de la tesis del subconsumo— fue ca- paz de presentar no una mera, aunque eficaz, critica de la teoria Lra- dicional sino, como alternativa, una teoría completa, coherente y ló- gicamente firme. 4. La «Teoría General» del empleo de J. M. Keynes La teoría de Keynes sobre la determinación de la renta y el empleo, aunque rodeada de incomprensiones y oscuridades al tiempo tal modo con la demanda [de trabajo] que todo el mundo esté empleado. Por consiguiente, en condiciones estables todo el mundo estará efectivamente empleado. Lo que esto implica es que el paro que pueda existir en cualquier momento se debe por entero al hecho de estarse produciendo continuamente variaciones en las condiciones de la demanda y a que las resistencias friccionales impiden la realización instantánea de los adecuados ajustes dei salario». (A. C. Pigou, The Fheory of Unemployment, Londres, 1933, pág. 252.) 19, Memoranda on Certain Proposals Relating to Unempluyment, Cmd. 3331. 1" Véase especialmente la selección de sus artículos recientemente publicada en inglés: Michal Kalccki, Selected Essays on the Dynamics af ihe Capitalist Economy. 1933-1970, Cambridge, 1971. La teoría de la demanda efectiva 51 de su publicación S , puede formularse hoy en una forma sencel y erbli y ma muy sencilla Ñ Una vez que se ha formulado (como en la sección 2 anterior) da proceso básico de la creación de la renta por la demanda oetiva, Cs natural pasar a investigar qué es lo que determina a demanda efectiva. Keynes, de una manera típicamente clásica, Y en Lo que se necesita, llegados a este punto, es una teoría del consumo q E Sl - - id a 5 y una teoría de la inversión. con las propiedades 0S. . El volumen total de ahorro es, por decirlo así, una variable enteramente pasiva, que siempre acaba por ser igual al volumen total de inversión, cualesquiera que sean las decisiones de ahorrar. En el análisis de Keynes, que se realiza en términos del multiplicador instantáneo, este resultado se alcanza inmediatamente. Pero se Con- firma este mismo resultado, e incluso se muestra mejor, mediante %* Schumpeter, cuyo héros ideal no era ni Ricardo ni Keynes (sino Walras), encontró este método de análisis tan contrario a su sentido estético de la simetria que lo llamó «el vicio ricardiano» (J. A. Schumpeter. op. cit. pág. 473); pero no está justificado el insulto. El criterio estético no es necesariamente el mejor para el anátisis económico, y aún menos para la política económica. La teoria de la demanda efectiva él el uso del multiplicador «retardado», que supone una larga serie de pasos sucesivos que muestran cómo las decisiones de ahorrar van adaptándose por si mismas a la inversión, a través de las variaciones de la renta. A lo largo de todo este proceso —lo mismo en situaciones de desequilibrio que en el equilibrio- el volumen efectivamente ahorrado es siempre. y en cada paso, igual al volu- men predeterminado de inversión ?2. La importancia práctica de estos resultados ha sido decisiva para la aceptación general de la teoría de Keynes. Así como la teoría económica tradicional, con todas sus complicadas interdepen- dencias, había sido incapaz de distinguir entre lo que es importante y lo que no lo es, y habia ofrecido recomendaciones que eran, en el mejor de los casos, inconclusivas y a veces indudablemente erróneas, Keynes, fue capaz de ofrecer prescripciones claras, riguro- sas y extremadamente poderosas sobre lo que había que hacer para salir de las situaciones de estancamiento 3%. Esto es lo que le convirtió en el economista más influyente de nuestro tiempo. 7. Rasgos antikeynesianos de cierta literatura «keynesiana» La literatura económica que ha seguido a la publicación de la Teoria General es ya inmensa. Parte de ella ha contribuido, sin duda, a aclarar oscuridades y rellenar huecos, amtes de pasar al análisis dinámico. Pero una gran parte de ella (y no ciertamente la que ha tenido menos fortuna) ha tratado también de aguar las innovaciones de Keynes: atenuando la brecha con la tradición y refundiendo el análisis de Keynes para que pudiera ser «digerido» por las formas de pensamiento prekeynesianas*”*, 3% Véase el Apéndice de este Ensayo. Así. sí tomamos la condición de concluyente como criterio altérnativo del estético. lo que Schumpeter llama «el vicio ricardiano» podria muy bien llamarse una «virtud ricardiana». * Una actitud critica hacia las diversas interpretaciones del pensamiento de Keynes ha sido estimulada recientemente por las obras de Clower y Leijonhufvud (R. F. Clower, «The Keynesian Counter-Revolution a Theoretical Appraisal», en F. H. Habn y F. Brechling (eds.), The Theory af Interest Rates, Londres. 1965, pagi- nas 103-25; Axel Leijonhufvud, On Keynesian Economics and the Economios of Kevnes. Nueva York, 1968). Sin embargo. aunque las observaciones críticas de Clower y Lei- jonhufvud han sido saludables. su sugerencia más positiva, que equivale a uny rein- terpretación del análisis de Keynes dentro de un esquema walrasiano. es tan cuestio- nable somo tadas las demás. Porque sabemos que la fuente inmediata de Keynes en la teoría tradicional no era Walras, cuyas obras apenas conocia. sino Marshall. 62 Crecimientu económico y distribución de la renta No es siempre fácil, naturalmente, al considerar la literatura «keynesiana», señalar con exactitud los lugares donde el mensaje de Keynes es objeto de una distorsión. Pero si la interpretación avanza- da en las páginas anteriores es correcta, uno de los signos más seguros de distorsión aparece, indudablemente, siempre que los aresultados explicitos» originales de Keynes son oscurecidos por la imposición de interdependencias que transforman las relaciones ordenadas causalmente de Keynes en un sistema de ecuaciones simultáncas. Podemos considerar, como ejemplo ilustrativo, la más popular de todas las presentaciones de la teoría «keynesiana» en los libros de texto: la aportada por Sir John Hicks*?. No es Hicks, después de todo, un antikeynesiano extremoso. Repudia inmediatamente la teoría del empleo de Pigou y acepta el método de Keynes para plantear. en términos agregados, las relaciones más importantes. Y sin embargo, su procedimiento es, yo diría, típicamente no-keyne- siano. Después de aceptar la ecuación (2.1) como una identidad, procede a dar a la ecuación (2.3) la interpretación de una productivi- dad marginal del capital. Da entonces media vuelta a la ecuación (2.2) considerando el volumen de ahorro, en lugar del de consumo, y —lo que es muy significativo— la modifica introduciendo el tipo de interés. Finalmente, modifica la ecuación (2.4) introduciendo la renta. De esta manera, el consumo (aunque él dice el ahorro) resulta, depender no sólo de la renta sino también del tipo de interés, y la demanda de dinero se hace depender no sólo del tipo de interés sino también de la renta. Al final de esta, al parecer inocua, manipulación, Hicks ha roto de hecho la cadena esencial de razonamientos de Keynes. Las relaciones se han convertido en un sistema de ecuaciones simultáneas, es decir, precisamente lo que Keynes no quería que fuesen. Hicks explota este procedimien- to por segunda vez al acusar a Keynes de limitarse a considerar lo que aparece como un «caso particular» de su modelo «más general»; a saber, el caso particular en el que las variables insertadas (subrepticiamente) no tienen influencia **. Este artificio es tan eficaz en lo que se refiere al ahorro y la inversión, que hace que éstos resulten regulados, en la forma tradicional. por el tipo de interés, ¡lo que permite a Hicks, como si todo estuviese resuelto, incluso traer a cuento de nuevo el 32 John R. Hicks, «Mr Keynes and.the “Classics”; a Suggested Interpretation», Econometrica. 1937, págs. 147-59. 32 Desde un punto de vista puramente formal, cualquier relación puede decirse de esta manera que es un «caso particular» de un modelo «más general». Basta con insertar una nueva variable, que lo «generaliza», y decir entonces que la relación anterior es un «casa particular» de la nueva, La teoría de la demanda efectiva 63 «dictamen del Tesoro de 1929»13% La contribución de Kevnes bre la demanda efectiva es asi borrada de un golpe. Este artificio mo dd tan az, sin embargo, al aplicarlo a la función de preferencia liquidez, pues al insertar en ella la renta no se vuelve a 1 teoría monetaria antigua. No intenta Hicks nada aquí, sin embar; o: se contenta con afirmar como conclusión que la contribución básica de Keynes al análisis económico está simplemente re; resentada por la teoría del tipo de interés basada en la preferencia de quid, perO esto es sin duda alguna una distorsión. Por importante qu ñ pu a ser el papel desempeñado por la preferencia de liquidez n la teoría monetaria de Keynes, carece por completo de importan- Cia para su teoría de la demanda efectiva. Lo que esta. teori requiere, en lo que se refiere al tipa de interés, no es que éste sea determinado Por la preferencia de liquidez, sino que sea determi- nado exógenamente respecto al proceso de generación de la renta. Si en particular es la preferencia de liquidez, a es otra cosa cualquiera lo que le determina, eso carece por completo de importancia. . La reinterpretación de Hicks ayuda también a ilustrar cóm la sustitución de unas relaciones ordenadas causalmente > sistema de ecuaciones simultáneas se ha usado no sólo como un artificio puramente formal, sino como un medio para intraducie un modelo interpretativo de la realidad económica esencialmente diferente. Este proceso ha sido impulsado mucho más lejos po una multitud de escritores posteriores. Recordaré aquí que En parte del pensamiento económico prekeynesiano no se refiere cen cialmente a la sociedad industrial, sino a un tipo de sociedad má: primitivo en la que los recursos (considerados fijos) son un dato yal mismo tiempo representan el poder adquisitivo de cada indivi- duo. Cuando esta interpretación se lleva a su extremo, £sos concep- tos se conforman en un «modelo de intercambio puro» expresado eresamente por un ¿Btema de ecuaciones simultáneas (funciones e ncione: ios cer ones e demanda) de las cuales emergen los precios 0 q refundición del análisis de Keynes en ecuaciones simultáneas _ Paso necesario para la recuperación de esos conceptos. Lo que inevitablemente sucede es que, tras la fachada formal de un sistema de ecuaciones simultáneas, tiene lugar una sustitución de modelos interpretativos. Los rasgos típicos de una sociedad indus- trial son relegados al fondo de la escena y los característicos de una economía de «intercambio», bastante imaginaria, impercepti- o Hicks Econemerrica, 1937, pág. 152 nota. epite la misma conclusión Franco Modigliani hi gliani, en «Liquidit and the Theory of Interest and Money», Econometrica, 1944, pies. es Crecimiento económico y distribución de la renta 66 : ció isma. O con esta diferencia, sino solamente una fracción de la misma mayor precisión: L,=4Y 1. — PK-1 donde a. =$, (Q.16) | = Yoma -. expresión conocida también como «principio de ajuste del stock de o un punto de vista puramente formal, la notable pre e co métrica con la icorla de Keynes sobre ul qe . E o e des con el o ción Peunidos. ipli r y el acelera: > Ór mba a e nos de las mismas variables macross . o do por qué un sistema económico puede caer en una AA El principio de aceleración viene a su vez a ep rad as depresiones pueden reaparecer regularmente. 2 in deci de los cambios de la renta lleva inmediatamente a investig ción al análisis dinámico. Porque un cambio de la renta induce, an mba mayor en la inversión (acelerador). y este cambio en a PAN e cambio todavía mayor en la renta (multip! l lisis de a interacción coa. ácti s teorías / e resentas quizá la culminación de la teoría de la demanda efectiva. 9. Observaciones finales % pa ¡ales Es preciso llamar la atención sobre el hecho de Eerd o, iferenci ión multiplicador y la relación , diferencias entre la relación r l cn acer i Í Cuando se inserta la ri sar de su simetría formal. ta 1 no Srramento de la función de consumo, o, e e igni cuz i ta un cambio de la renta significa. Pero cuando se inserta u e o ar "nento de la función de inversión, no es esto lo que rob a ignifi : e debería insertarse Cs 10 ignifica. Idealmente, lo qu 15€ de la renta esperado, Pero como las expectativas no pueden EN se, tenemos que contentarnos con utilizar el cambio de 38 Véase, por ejemplo, R. C. O. Matthews, The Trade Cycle, Cambridge. 1959, DE E fimero en atribuir explicitamente a la acción conjunta del mulinicados el acelerador la recurrencia de las depresiones parece haber si o, Roy Harrod la The Trade Cycle — an Essay. Oxford, 1936, Véase también E. Lundberg, in the Theory of Economic Expansion, Londres, 1937. La teoría de la demanda efectiva 67 ocurrido en el pasado como variable representativa del cambio de la renta esperado. Esto coloca a las dos ecuaciones en dos niveles de abstracción muy diferentes, de los cuales el de la relación acelerador es el más remoto. Aquí la dificultad está en que es imposible tener en cuenta esta asimetría mediante una formulación matemática*%, El teórico tiene por consiguiente que tener muy presente, al evaluar las conclusiones. que en el punto de partida aparece una función de inversión que descansa sobre una fundación teórica más débil que la de la función de consumo, Puede además observarse que la relación multiplicador permane- Ce siempre inalterada formalmente, lo mismo si el sistema está en una situación de capacidad productiva ociosa como si está en plena utilización de la capacidad (aunque en términos reales los efectos serán, naturalmente, diferentes). El principio de aceleración, por otra parte, como mejor opera es cuando se utiliza plenamente la capacidad productiva. Cuando existe capacidad ociosa, el princi- Pio puede operar también. pero en forma atenuada o. en todo caso, por vias más complicadas *!. Todo esto equivale a decir que los resultados tienen que inlerpre- tarse con cuidado y buen juicio. Si el análisis de la interacción del multiplicador y el acelerador ha dado a la teoría económica de la demanda efectiva su mayor altura, también la ha estirado hasta el límite de sus posibilidades. Porque, tan pronto como la investigación económica pasa del corto plazo keynesiano a los movimientos a lo largo del tiempo. y el stock de capital no puede ya lomarse como un dato sino que también cambia él mismo. otro aspecto de la imagen adquiere importancia: la evolución a través del tiempo de las posibilidades fisicas de producción. APENDICE El multiplicador «retardado» Por el gusto de completar el análisis, merece la pena dedicar Unas líneas a la versión «retardada», frente a la versión «instantá- 40 Cuando las ecuaciones (2.2a) y (2.16) se escriben una al lado de otra y se opera con elias juntamente, no se puede hacer distinción entre los parámetros que proceden de una relación y los que provienen de la otra. Todos estos parámetros son tratados del mismo modo, aunque los supuestos que les sirven de fundamento tienen muy diferente fiabilidad * Un intento de remediar parcialmente esta deficiencia ha sido la introducción de la no linealidad. Véase especialmente R. M. Goadwin. «The Non-Linear Accelera- tor and the Persistence of Business Cycles», Ecenomerrica. 1951. págs. 1-17. 68 Crecimiento económico y distribución de la renta nea», del multiplicador. El multiplicador «retardado» surge esencial- mente de las discusiones de J.M. Keynes con Denis Robertson y ofrece la interesante propiedad de mostrar en detalle el proceso a través del cual el volumen efectivo de ahorro se adapta al volumen de inversión predeterminado, a través de las variaciones de la renta. Consideremos la que se ha denominado función de consumo «robertsoniana», en la que existe un desfase entre renta y Consumo: C,¡=4A+aY 1 (2.2b) y tomemos, juntamente con ella, la relación Y =C +L, (2.10) para formar asi un sistema autónomo en el que 7, viene determinado exógenamente. Supóngase ahora que la inversión, después de ser nula hasta el tiempo t=0, se eleva a una cantidad positiva / desde 1=1 en adelante. Esto significa que [,=0 e Y, =C, para todos los valores de £ iguales a 0, —1, —2, ...; pero que L=! para todos los valores de 1 iguales a 1, 2, 3, ... En los períodos sucesivos, tenemos: Y =C +1 =4+aY.,=A+aY.= Co So— Yo - Co=0, Y, =C0 +1=44arr+T=Y, +1 ss, =Y-C=Í Y,=C + [=4+aYr,+1=4+ ar +D +1 Sa= Y, — Ca=1, Y, =C¿+1=A4 bar. +Í= A+ a(Yo 1 Si= Y, - Ca= 1, A S,=Y,- C,=1 Como puede verse, el volumen de ahorro $, es siempre igual al volumen de inversión predeterminado Í, en cada uno de los pasos, aunque la renta crece constantemente (pero con una tasa decreciente, puesto que a < 1). Si llamamos AY= Y, — Yo al aumento total de la renta de í=0a1=n, tenemos: AY= Y, Yo=fl+a+r a+... +07), La teoría de la demanda efectiva 69 o, según la fórmula de la suma de los términos de geométrica: una progresión ar=7- 12% l=0' Como a < 1, evidentemente Y tiende a u te finito lo , ev mente A tiende a un límite finito cuand. Ñ to, lim AY = ——I, no la lo cados practamente con la expresión (2.7) obtenida para ¿ or instantáneo, Asi, cuando las decisi ticnen un desfase res, ' ad oi pecto a la renta, el aumento tot. x y 5 renta, al de la rent dado por la fórmula del multiplicador 1/(1—a) se obtendrá 20 1 » Sino asintóticamente, a medid: r tiempo. Este proceso está ¡lu: : igura 15. Al Comenzar strado en la figura 1.5. Al ¡ proc lustrad 5. comenz; el proceso hacia la nueva situación de equilibrio, ocurren grandes D Fig. 11.5