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ARTE AQUEMÉNIDA, Apuntes de Historia del Arte

Asignatura: arte de egipto y de proximo oriente, Profesor: Carmen Muñoz, Carrera: Historia del Arte, Universidad: UAM

Tipo: Apuntes

2014/2015

Subido el 12/01/2015

puripuertalopez
puripuertalopez 🇪🇸

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Arte aqueménida estaba al servicio del imperio. Las obras se ejecutaban por orden del rey como
testimonio y exaltación de su poder. Desde la arquitectura hasta las piezas más pequeñas, el arte
se ve obligado a satisfacer las exigencias del rey en todos y cada uno de sus ámbitos, desde el
religioso hasta el privado. Los funcionarios de alto rango de la corte, situados directamente por
debajo del rey dentro de la organización jerárquica, eran los encargados de trasladar la ideología
del imperio al ámbito artístico. Los artesanos encargados de elaborar las obras de arte provenían
de distintas satrapías1 del enorme imperio.
Aunque escasa, también se tiene alguna información sobre la vida cotidiana de la población. En
aquel tiempo las viviendas se construían con adobe secado al aire y, ante las pocas expectativas
de encontrar hallazgos de interés en las zonas residenciales, en muchas ocasiones éstas no han
llegado a excavarse siquiera. Los excavadores se concentraron mayoritariamente en los
palacios, templos y arsenales, así como en las casas del tesoro, archivos y bibliotecas. Las
excavaciones de panteones han dado como resultado hallazgos igualmente interesantes. Como
objetos cotidianos destacan principalmente las cerámicas de uso doméstico, las herramientas de
los artesanos y distintos tipos de armas, objetos que, aunque sí son importantes desde un punto
de vista etnológico, presentan un valor histórico-artístico relativamente pobre.
En el documento del palacio de Susa, además de informarnos sobre la procedencia de las
materias primas utilizadas y los artistas y artesanos implicados, Darío I dejó memoria de un dato
que recobra ahora todo su interés. Cuenta el monarca que antes de comenzar se cavó la tierra
hasta encontrar la roca madre. Que tal excavación necesitó profundizar entre 40 y 20 codos -de
20 a 10 m, más o menos-, según lugares y, en fin, que luego se echaron guijarros como
cimientos. Si ello fue exactamente así, los maestros persas demostraron unos excelentes
conocimientos y un buen asesoramiento, si es que lo precisaban. Algo que estamos lejos de
garantizar.
La arquitectura persa es, como ya hemos hecho notar, un arte monárquico, en el sentido de que
casi la totalidad de sus realizaciones está ligada directa o indirectamente con la realeza. Dice H.
Frankfort que no carece de interés observar las huellas de influencia extranjera, porque la
novedad de las obras en las que se integran destaca así. Y cita que, concretamente en los
palacios, se recogen distintos usos mesopotámicos como la construcción sobre terrazas
artificiales, los muros de adobe embellecidos a veces con relieves pétreos o ladrillos vidriados y
las entradas con toros de protección. Distinta procedencia tendría, en su opinión, el remate de
las puertas mediante un caveto egipcio que descansa sobre una moldura de ovas, de aliento
griego. Y en fin, serían más propios los capiteles -desconocidos fuera del ámbito persa-, la
altura y cantidad de las columnas y los relieves en sí mismos.
Qué duda cabe que la aportación extranjera es incuestionable, pero de ningún modo podemos
obviar lo propio y el nivel alcanzado por la interpretación dada a los préstamos. Como dice A.
Godard, los palacios no son más que el tipo de casa del país agrandado y multiplicado hasta lo
inverosímil: casas de adobe con columnas de madera en el interior y el pórtico apoyado en
soportes de piedra. Pero como en la plataforma de Pasargada las piedras presentan marcas de los
canteros de Sardes, se piensa que el paso del adobe y la madera a una gran edificación real,
necesitó la colaboración de especialistas: los canteros de Jonia y Sardes, al menos para obtener
una gran calidad. R. N. Frye insistió en la procedencia lidia del trabajo en la acrópolis, y ve el
influjo del oeste también en la tumba de Ciro. Pero ninguna de estas evidencias niega el papel
persa y la evolución propia. Si recordamos las salas de columnas de madera de Nus-i Yan o
Godin Tépé, no nos asombrará saber que como constató D. Stronach, en Pasargada sólo la basa
y la parte inferior del fuste eran de piedra. El resto, hasta el capitel, debía ser de madera. Ni
tampoco la fantástica creación de las grandes apadanas. En todo vemos pasos, evolución y
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Arte aqueménida estaba al servicio del imperio. Las obras se ejecutaban por orden del rey como testimonio y exaltación de su poder. Desde la arquitectura hasta las piezas más pequeñas, el arte se ve obligado a satisfacer las exigencias del rey en todos y cada uno de sus ámbitos, desde el religioso hasta el privado. Los funcionarios de alto rango de la corte, situados directamente por debajo del rey dentro de la organización jerárquica, eran los encargados de trasladar la ideología del imperio al ámbito artístico. Los artesanos encargados de elaborar las obras de arte provenían de distintas satrapías1 del enorme imperio.

Aunque escasa, también se tiene alguna información sobre la vida cotidiana de la población. En aquel tiempo las viviendas se construían con adobe secado al aire y, ante las pocas expectativas de encontrar hallazgos de interés en las zonas residenciales, en muchas ocasiones éstas no han llegado a excavarse siquiera. Los excavadores se concentraron mayoritariamente en los palacios, templos y arsenales, así como en las casas del tesoro, archivos y bibliotecas. Las excavaciones de panteones han dado como resultado hallazgos igualmente interesantes. Como objetos cotidianos destacan principalmente las cerámicas de uso doméstico, las herramientas de los artesanos y distintos tipos de armas, objetos que, aunque sí son importantes desde un punto de vista etnológico, presentan un valor histórico-artístico relativamente pobre.

En el documento del palacio de Susa, además de informarnos sobre la procedencia de las materias primas utilizadas y los artistas y artesanos implicados, Darío I dejó memoria de un dato que recobra ahora todo su interés. Cuenta el monarca que antes de comenzar se cavó la tierra hasta encontrar la roca madre. Que tal excavación necesitó profundizar entre 40 y 20 codos -de 20 a 10 m, más o menos-, según lugares y, en fin, que luego se echaron guijarros como cimientos. Si ello fue exactamente así, los maestros persas demostraron unos excelentes conocimientos y un buen asesoramiento, si es que lo precisaban. Algo que estamos lejos de garantizar. La arquitectura persa es, como ya hemos hecho notar, un arte monárquico, en el sentido de que casi la totalidad de sus realizaciones está ligada directa o indirectamente con la realeza. Dice H. Frankfort que no carece de interés observar las huellas de influencia extranjera, porque la novedad de las obras en las que se integran destaca así. Y cita que, concretamente en los palacios, se recogen distintos usos mesopotámicos como la construcción sobre terrazas artificiales, los muros de adobe embellecidos a veces con relieves pétreos o ladrillos vidriados y las entradas con toros de protección. Distinta procedencia tendría, en su opinión, el remate de las puertas mediante un caveto egipcio que descansa sobre una moldura de ovas, de aliento griego. Y en fin, serían más propios los capiteles -desconocidos fuera del ámbito persa-, la altura y cantidad de las columnas y los relieves en sí mismos. Qué duda cabe que la aportación extranjera es incuestionable, pero de ningún modo podemos obviar lo propio y el nivel alcanzado por la interpretación dada a los préstamos. Como dice A. Godard, los palacios no son más que el tipo de casa del país agrandado y multiplicado hasta lo inverosímil: casas de adobe con columnas de madera en el interior y el pórtico apoyado en soportes de piedra. Pero como en la plataforma de Pasargada las piedras presentan marcas de los canteros de Sardes, se piensa que el paso del adobe y la madera a una gran edificación real, necesitó la colaboración de especialistas: los canteros de Jonia y Sardes, al menos para obtener una gran calidad. R. N. Frye insistió en la procedencia lidia del trabajo en la acrópolis, y ve el influjo del oeste también en la tumba de Ciro. Pero ninguna de estas evidencias niega el papel persa y la evolución propia. Si recordamos las salas de columnas de madera de Nus-i Yan o Godin Tépé, no nos asombrará saber que como constató D. Stronach, en Pasargada sólo la basa y la parte inferior del fuste eran de piedra. El resto, hasta el capitel, debía ser de madera. Ni tampoco la fantástica creación de las grandes apadanas. En todo vemos pasos, evolución y

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cumbre. En la arquitectura palatina existía un proyecto global desde el principio. Citando a E. Herzfeld, H. Frankfort dice que Pasargada , el primer palacio destacado, conservaba todavía el carácter de un asentamiento de jefe nómada. Pero ello es erróneo, pues como D. Stronach demuestra, la colocación de los tres edificios y su orientación revelan su relación con el plano urbanístico querido por los arquitectos y cuyo centro eran los grandes jardines; y en conjuntos comoPersépolis, levantados sobre una gigantesca plataforma, cuánto más evidente resulta el proyecto arquitectónico global, con independencia de que sucesivos monarcas fueran llenando los espacios aun disponibles. En cualquier caso, los maestros buscaban perspectivas poderosas, como en el lado oeste de Persépolis, con su escalinata y gigantesca apadana. Con toda certeza, ya fueran babilonios, arameos, lidios, griegos o bactrianos los que se acercaran hasta allí, ninguno de ellos conocía algo tan grandioso, algo tan en consonancia con la majestad y el esplendor del Gran Rey. El primero de los palacios persas fue Pasargada. Ciro mandó construirlo en la llanura regada por el río Pulvar, al este de la gran Parsua, en un lugar que incluso en verano las noches son frías. Desde lejos se divisan tres grupos de ruinas, separadas entre sí por unos 200 m. Se trata de la puerta, una sala hipóstila de 26 x 22 m, con accesos por los cuatro lados y dos filas de cuatro columnas en el interior. Las entradas principales tenían sendos toros de piedra, al estilo asirio; las otras, genios alados, pero éstos no eran meras copias, como dice D. Stronach, sino que incorporan rasgos persas, elamitas y de Levante. Más allá, al noroeste, se levantaba la Sala de las Audiencias, un gran edificio rectangular, con un gran pórtico de dos filas de 24 columnas a un lado; otros dos pórticos menores con dos filas de ocho y una más al suroeste, con dos filas de catorce. Luego, en el centro, una gran sala con dos filas de cuatro columnas. Dice D. Stronach que si en los pórticos podría argüirse influencia griega -aunque no olvidemos que estamos moviéndonos en edificios de en torno al 540 a. C.-, la sala central es incuestionablemente irania. Y por fin el palacio principal , el más septentrional, presentaba un pórtico excepcionalmente grande, con dos filas de veinte columnas, una sala central del mismo tipo y otros departamentos construidos en adobe. Esta debió ser la residencia de Ciro en la que, fatalmente, apenas debió habitar. Los raros viajeros europeos que visitaron las ruinas de Pasargada no se dieron cuenta de que lo que ellos creían ciudad -como Adolfo Rivadeneyra escribiría en su visita al lugar el 2 de julio de 1875-, no eran sino los restos de los grandes jardines donde se inscribían los edificios, cuyas conducciones de piedra, estanques y otras instalaciones han sido analizadas no hace mucho por D. Stronach. Pasargada resulta así haber sido no tanto el campo de un rey casi nómada, como pensaba E. Herzfeld, sino el hermoso y fantástico jardín de un príncipe noble y sencillo a la vez, un conjunto que en opinión de R. N. Frye, encaja bien con el carácter de Ciro. No es extraño que no lejos de allí, casi un kilómetro al sur, sus fieles dejaron los restos de aquel héroe, fundador del imperio, en una tumba que comentaremos en breve. Una de las grandes realizaciones de Darío fue su palacio de Susa, en cuyas ruinas trabajaron los pioneros de la arqueología irania, los esposos Marcel y Jane Dieulafoy, en el pasado siglo. Sería hacia el año 521 ó 520, cuando los arquitectos de Darío emprendieron los pasos que el documento del palacio describe. Los enormes trabajos de aterrazamiento referidos permitieron construir una plataforma de 13 Ha y 15 m de altura que dominaba la llanura. El único acceso se hacia por la puerta monumental hallada en 1972. Este edificio que, como escribe P. Amiet, podría compararse a un arco de triunfo con sala interior, fue acabado por Jerjes y decorado con dos grandes estatuas del rey de casi 3 m. El palacio comprendía un conjunto residencial al sur, con varios patios cuyo trazado recuerda al del palacio principal de Babilonia y, como aquél, estaba decorado con ladrillos esmaltados representando leones, toros alados y grifos. Al norte, la gigantesca apadana o sala de audiencias, con más pórticos de 109 m al norte, este y oeste. El