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180 Kátherine Esponda Contretras Lo único que realmente existe es la formación del ser humano, a través de la socialización, seguida de la autoindividuación. La primera familiariza a los menores con las opiniones de los adultos. La segunda incita a la duda y estimula la imaginación para que emerja el individuo (Camps, 2007: 42).
Esta publicación corresponde al tercer número de la Colección Foro Educativo en la que Victoria Camps ofrece su conferencia Educar para la ciudadanía , publicada y editada por la Fundación ECOEM en el año 2007, en ella se abordan algunos temas sobre educación cívica. Tal como lo explica David de La Fuente en la presentación que hace del texto, preguntarse por una educación cívica implica cuestionarse por elementos filosóficos, éticos y políticos que al unísono deben conjugar un proyecto de educación propio para la ciudadanía. La escuela nace como herramienta necesaria y eficaz para transmitir los ideales de la cultura y la civilización a las nuevas generaciones. A este respecto, existen dos preguntas que de manera generalizada atraviesan las reflexiones éticas de Camps: a) ¿Qué sociedades debemos construir? b) ¿Qué ciudadanos queremos educar? Esto constituye un reto constante que indaga por las necesidades sociales que tenemos actualmente. La conferencia dictada por esta autora española intenta ofrecer una reflexión sobre las exigencias al abordar esta temática, incluyendo tres preguntas básicas que pueden orientar nuestras consideraciones al respecto: ¿Qué debe ser enseñado? ¿Quién debe hacerse responsable por ello? ¿Cómo debe desarrollarse la actividad propiamente educativa? Son preguntas que interpelan los contenidos, los actores responsables y los mecanismos de acción para llevar esta tarea a feliz término. Otros temas son tratados por Camps, sin embargo, todos ellos se enuncian en relación con la pregunta por la educación para una ciudadanía que responda a las exigencias de la vida en sociedad.
Desde mi perspectiva, abrir con una referencia de Aristóteles es más que diciente: “Porque de nada sirven las leyes más útiles aún ratificadas unánimemente por todo el cuerpo civil, si los ciudadanos no son entrenados y educados en el régimen” (Aristóteles, Pol. 1310 a 17). Con ésta Camps destaca la importancia de aunar en un solo esfuerzo la política y la paideia , elementos que han de constituir por necesidad el proyecto político-ético de una sociedad democrática. De este modo, como bien lo dijo Aristóteles y como bien se ha repetido hasta la saciedad en las reflexiones de Camps, las leyes no sirven de mucho si los ciudadanos no
Educar para la ciudadanía 181 las asumen como propias, para lo cual se necesita de un proyecto educativo. Camps ratifica la tesis aristotélica al afirmar que “Las leyes no resuelven todos los problemas si los individuos no aportan a su vez una voluntad clara de actuar conforme al espíritu de las leyes” (Camps, 2007: 27). En esta perspectiva se abre la conferencia de Camps, y en esta línea propuesta por la autora se aborda el tema de la educación moral y política para una ciudadanía activa en el marco de una democracia. La primera tesis que sustenta Camps gira en torno a la educación cívica para ciudadanos y se enuncia como sigue: para que existan buenos ciudadanos debe haber de manera explícita en éstos la pretensión de serlo, por tal razón es necesario que sean educados. Esta necesidad educativa se justifica ya que, a pesar de que existen leyes claramente definidas para el ordenamiento de una sociedad, aunque sean éstas de público conocimiento, y que siendo justas sirvan para ordenar, a pesar de todo ello, si la ciudadanía no las asume como propias y se dispone a actuar en virtud de ellas, no existe manera alguna para que la organización social logre constituirse de manera ordenada y justa. Lo anterior, puesto que las leyes no son suficientes, la norma por sí sola no mueve la acción humana para cumplirla. En este sentido, la educación es el mecanismo necesario para formar dicha disposición. Camps define la ciudadanía como el reconocimiento y la comprensión de unos derechos fundamentales (libertad e igualdad) que constituyen elementos básicos para desarrollar un particular proyecto de vida. De igual modo, la ciudadanía es el reconocimiento de unas obligaciones y responsabilidades que nos vinculan con eso denominado interés común. Ser un buen ciudadano significa entonces, asumirnos como sujetos tanto de derechos, como de deberes. Sujetos autónomos cuya autonomía, más que ser la pretensión individualista de hacer lo que nos plazca, es asumir nuestra libertad individual en relación con la construcción y mantenimiento del bien colectivo. Sin embargo, debemos ser conscientes, tal como lo enfatiza Camps en esta conferencia, de que las actuales circunstancias se encuentran lejos de ratificar una tesis como la anteriormente enunciada; antes bien, promueven actitudes individualistas, egoístas y competitivas que apelan a la satisfacción de necesidades particulares y desconocen la importancia de promover intereses colectivos. En este sentido, Camps denuncia: Falta un proceso establecido y reconocido destinado a inculcar hábitos, a formar el carácter, a crear un êthos común y compartido en el que los individuos reconozcan y alimenten su identidad moral (Camps, 2007: 19). Si entendemos la ciudadanía como una disposición para lo común, una dedicación a la ciudad, nos dice Camps, es evidente que tal disposición no se desarrolla espontáneamente, antes bien, resulta necesario formarla y constituirla en el carácter del ser humano. Cabe aclarar que en Camps estamos hablando de
Educar para la ciudadanía 183 pública que toda sociedad debe tener y practicar como complemento al sistema de normas de derecho y legislación que regulan la vida colectiva. Esta noción de virtudes públicas constituye un complejo de cuatro objetivos fundamentales que se deben promover en la educación cívica:
- Alfabetizar en política Primero, que un auténtico ciudadano se eduque en los principios básicos que rigen su sociedad política. Esto significa que la ciudadanía deberá conocer los derechos fundamentales, la constitución misma, los deberes, la organización de las instituciones democráticas; en términos generales, la organización estatal del lugar donde vive. Lo anterior, porque una persona que tiene conocimiento de la organización estatal de la sociedad donde convive con los demás, por necesidad conocerá y, sobretodo, será conciente de su papel político en cuanto ciudadano, se asumirá como un sujeto tanto de derechos como un sujeto de deberes y comprenderá la necesidad de establecer vínculos con los demás ciudadanos para sacar un proyecto político adelante para poder convivir. - Convivir Segundo, es necesario buscar que la convivencia social sea posible de algún modo. El énfasis está puesto en los elementos mínimos que coadyuvan al respeto por los demás, al reconocimiento del otro en cuanto tal, incluso en la diferencia, a una consideración de su dignidad. Enseñar a convivir significa, entre otras cosas, disponer a la ciudadanía a escuchar y valorar la opinión del otro que diverge de la propia. En este contexto es necesario reconocer la importancia de formarse en el arte de argumentar, desarrollar en el ciudadano la capacidad de tener una postura propia, la cual es legítima y defendible, siempre y cuando sea argumentada. - Participar Tercero, se debe hacer énfasis en la importancia y la necesidad de que el individuo se asuma como un sujeto político, conciente del requerimiento que tiene en cuanto ciudadano de interesarse en lo público, en la persecución y mantenimiento del bien común. Se trata de conjugar los intereses netamente privados con los intereses de orden colectivo. Esto es importante porque con ello, se hace posible acercar la ciudadanía común a las actividades propiamente políticas, de tal modo que participen en las discusiones que les afectan, puesto que en sus manos también se encuentra la responsabilidad de la misma vida colectiva.
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- Ser responsables Cuarto, la responsabilidad deberá ser una virtud de vital importancia en la educación cívica. Ser responsables significa aprender a responder ante los demás por los actos propios cuando éstos afectan la estabilidad social. También significa asumir una serie de deberes concomitantes a unos derechos garantizados. Educar en una virtud como la responsabilidad es hacerle frente a muchas de las carencias y problemas que las sociedades de hoy en día tenemos que sobrellevar, puesto que ello contribuye para que todo perjuicio sea en algún modo remediado.
Desde esta perspectiva, la educación moral y política no es responsabilidad exclusiva de un solo estamento social, aunque se reconozca como institución destinada para tal fin a la escuela en su sentido más general. ¿Quién debe educar auténticos ciudadanos? La respuesta que se evidencia en esta conferencia gira en torno a tres actores principales quienes deben asumir dicha tarea co-responsablemente. Estos son: la escuela, la familia y el medio social (donde se incluyen los medios de comunicación y la administración estatal). Se debe perseguir como objetivo principal, la socialización de las virtudes cívicas, de tal modo que éstas se forjen en el carácter moral de todos los ciudadanos. Cada uno de los encargados de la educación de los ciudadanos debe asumir su tarea de diferente forma, en su particularidad y de acuerdo con sus propias actividades y campos de acción. En este sentido, cada ámbito (familiar, escolar y social) contribuye de manera distinta a la constitución moral de la ciudadanía.
La tercera pregunta a resolver aborda la metodología que debe ser empleada para educar cívicamente. Ante la necesidad de educar a la ciudadanía en virtudes públicas, hemos de reconocer también la necesidad de asumir un proceso pedagógico que convoque –tras un solo objetivo– la teoría y la práctica. La educación moral tiene dos ámbitos de acción igualmente importantes, desde los cuales se contribuye en alguna manera a la educación cívica. Por un lado, se debe hacer énfasis en el reconocimiento de conceptos teóricos y en la comprensión histórica de la sociedad donde vivimos. Por el otro, la educación por el ejemplo y la formación de hábitos a través de las prácticas mismas que llevamos a cabo. De este modo, ambos elementos deberán converger para que la ciudadanía se asuma políticamente. La educación moral, según sostiene Camps, no es otra cosa que la capacitación que debe recibir la ciudadanía para asumirse en cuanto tal, para reclamar unos derechos individuales y responsabilizarse por unas obligaciones colectivas, para –en últimas– ejercer la libertad. De las anteriores consideraciones, es