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Orientación Universidad
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articulo loos, Apuntes de Historia del Arte

Asignatura: Arte del Siglo XVI, Profesor: M.A. Elvira Barba, Carrera: Historia del Arte, Universidad: UCM

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 14/12/2014

clau1313
clau1313 🇪🇸

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Edición al cuidado de

Adolf Opel y Josep Quetglas

Traducción de Alberto Estévez, Josep Quetglas, Miquel Vila

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BIBLIOTECA DE ARQUITECTURA EL CROQUIS EDITORlAL

Indice

Nota Cronología Nuestra Escuela de arte industrial Un concurso de la ciudad de Viena El Museo austríaco Exposición de navidad en el Museo austríaco Exposición Myrbach El cartel de la Exposición del cincuentenario del Emperador El caso Scala La ciudad de la Exposición El patio de la plata y su vecindad La moda de caballero El nuevo estilo y la industria del bronce Intérieurs Los intérieurs en la Rotonda El mueble de asiento Cristal y arcilla El carruaje de lujo Losplumber Los sombreros de caballero 'De la Escuela Wagner ,Un arquitecto vienés La ciudad potemkinizada Nuestros jóvenes arquitectos la vieja tendencia y la nueva en el arte de construir El calzado los zapateros Moda de señora , Los materiales de construcción El principio del revestimiento lencería

6 7 11 , 16 20 21 28 30 32 38 45 52 58 • 64 70 76 82 89 96 103 109 112 • 114 118 121 • 128 134 140 146 ... 151 158

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Panorama de arte industrial I 165 Muebles 173 Los muebles del afiO 1898 178 Impresores de libros 183 La muier y la casa 188 El teatro Scala en Viena 193' la ExPosición de invierno del Museo austriaco (^204211) Panorama de arte industrial 11 Paseos en el Museo austríaco^216 221 Paseos por la ExPosíc'¡6n de invierno del Museo austriaco (^226) las escuelas inglesas en el Museo austríaco (^231) Arte inglés sobre el pupitre escolar Un epílogo para la Exposición de invierno 234 Mi salida a escena con la Me\ba^239 De un pobre hombre rico La emancipación del iudaísmo Lo otro, nQ^1 lo otro, n^9 De mi vida la vida Cerámica Fomento del arte Carrara los fauteuils del Club de mujeres Viena descubierta^321 Paseos para visitar viviendas^323 Nota 331 Los supérfluos 332 Elogio del presente 335 Cultura 339 Degeneración cultural 342 Ornamento y delito 346 •

o Pequeño intermezzo 356

246 251 252 278 ' 305 306 307 314 317 319

5

biarse la levita de una calle a otra. Eso no es posible. Pero ya hemos agotado los casos y podemos formular completamente nuestro lema. Reza así: una pieza de vestir es moderna si con ella, en el centro de la

cultura, en una determinada ocasión, entre la mejor sociedad, se llama

la atención el mínimo. Este punto de vista inglés, que el pensador dis tinguido aceptaría, tropieza con una impulsiva oposición en los círcu los medios y bajos alemanes. Ningún pueblo tiene tantos lechuguinos .:- como los alemanes. Un lechuguino es un ser al que la vestimenta le sirve, únicamente, para destacar de su entorno. Pronto la ética, la higiene y la estética llegarán para ayudar a aclarar ese cómico compor tamiento. Desde el maestro Diefenbach hasta el profesor Jager, desde los "modernos" poetastros hasta el hijo de familia vienés, va una cinta común que los une espiritualmente. Y, a pesar de ello, no se soportan entre sí. Ningún lechuguino reconoce serlo. Un lechuguino se burla de otro y, con el pretexto de exterminar el reino de los lechuguinos, comete nuevas lechuguinadas. El lechuguino moderno o lechuguino por antonomasia es solamente una especie de esta ramificada familia. Los alemanes sospechan que este lechuguino es el indicador de la moda de caballero. Ese es un honor que no les corresponde a tales inofensivas criaturas. De lo dicho se deduce que un lechuguino no se viste nunca de manera moderna. No le serviría. El lechuguino lleva justamente 10 que su entorno toma por moderno. Sí, pero eso ¿no es idéntico a moderno? De ninguna manera. Por eso los lechuguinos son distintos en cada ciudad. Lo que manda en A, ha perdido en B su atractivo. El admirado en Berlín, corre el riesgo de ser burlado en Viena. Los círculos distinguidos, sin embargo, que encuentran mezquino preocuparse de estas cosas, siempre preferirán los cambios de moda que menos lleguen a conocimiento de las cIases medias. Las formas de vestir no están protegidas y no es agradable ver se copiado por alguien al día siguiente. Entonces hay que encontrar inmediatamente otra cosa. Para ser relevado de esta eterna caza de nuevas telas y cortes, se echa mano de los medios más discretos. Durante años, se guarda cuidadosamente la nueva forma como un

gran secreto hasta que, por fin, se hace pública en una revista de modas. Entonces pasan todavía un par de años hasta que el último hombre del país se entera. Y, por fin, les llega el turno a los lechugui nos, que se adueñan de la cosa. Pero, con el largo trayecto, la forma original ha cambiado mucho, se ha subordinado a la situación geográ fica. Pueden contarse con los dedos los grandes sastres que hay en el mundo capaces de conducir a cualquiera hasta los principios más dis tinguidos. Hay algunas ciudades del viejo mundo, con millones de habitantes, que no pueden ofrecer ni una sola firma. En Berlín mismo no se encontraba ninguna hasta que un maestro vienés, E. Ebenstein, instaló allí mismo una filial. Antes de Ebenstein, la corte berlinesa estaba obligada a hacerse buena parte de su guardarropa en PooJe, en Londres. Que en Viena tengamos nombres como estos debemos agra decerlo sólo a la circunstancia de que nuestra nobleza está siempre invitada a la drawing room de la Reina, de que trabaja mucho en Inglaterra y de que así se instauró en Viena ese tono distinguido en el vestuario que ha llevado a la sa<¡trerÍa vienesa hasta una altura envidia da en el extra~jero. Puede decirse que los diez mil de arriba, en el continente, prefieren vestir en Viena, pues también los otros sastres han alcanzado un nivel más alto gracias a esas grandes firmas. Las grandes firmas y quienes las siguen de cerca tienen un signo común: el miedo al público. Se limitan a un pequeño círculo de clien tes. Pero no son tan exclusivos como algunas casas londinenses, que sólo abren con recomendación de Alberto Eduardo, el príncipe de Gales. Pero toda suntuosidad hacia fuera les es ajena. Le ha costado esfuerzo a la exposición del vestuario impulsar a algunos de los me;jo res a que expongan sus productos en Viena. Debemos reconocer que se han librado del aprieto muy hábilmente. Sólo se exponían aquellos o~jetos que no podían tratar de imitarse. El más hábil fue Ebenstein. Presenta un demidress (aquí mal llamado smoking) para los trópicos (! ), un traje de caza, un uniforme de dama de jefe de regimiento pru siano y nn coaching coat con botones de nácar grabados, de los cuales 55

cada uno por sí solo es una obra de arte. A. Keller presenta, además de excelentes uniformes, un frack coat con el obligado pantalón gris, con el que puede viajarse tranquilo a Inglaterra. La chaqueta norfolk también parece estar bien hecha. Uzel & Sohn presentan la especiali dad de su taller: uniformes para la Corte y civiles. Tienen que ser bue nos, si no la firma no podría haber aguantado tanto tiempo su alto rango en este terreno. Franz Bubacek ha presentado trajes sport del Kaiser. El corte de la chaqueta norfolk es nuevo y correcto. El Sr. Bubacek demuestra mucho valor con su exposición, no teme la imita ción. También puede afirmarse lo mismo de Goldman & Salatsch, que presentan su especialidad. los uniformes del escuadrón de cazadores. Joseph Scalley presenta una rica colección de uniformes con la cono cida escrupulosidad de su firma. Emmerich Schonbrunn seIiala quizá un punto medio. Algunas piezas atestiguan que está en condiciones de trabajar con distinción, pero también demuestran que está obliga do a hacer concesiones a otros CÍrculos. Las alabanzas inexcusables acabarían aquí. La exposición colectiva del Gremio de sastres de Viena no las merece. En los trabajos por encargo a veces hay que cerrar ambos ojos, ya que el cliente suele ser responsable, por sus acentuados deseos, de la falta de gusto. AqUÍ, sin embargo, los talleres podrían haber demostrado estar por encima de su clientela, podrían aceptar la lucha con las grandes firmas, si se les dejara hacer a su gusto, libremente. La mayoría ha perdido la oportu nidad. Sólo con escoger la tela ya demuestran su desconocimiento. Con tela de covert coat se hacen paletol<¡; con telas de paletot, covert coats; con tela de norfolk se hacen trajes de chaqueta; de paño de raso, levitas. Con el corte no ha ido mejor la cosa. Pocos han seguido la línea de trabajar con distinción, la mayoría se dirige a los lechuguinos. Y ésos pueden parrandear por ahí con chaleco de rayadillo, traje a cuadros y cuello de terciopelo. ¡Una firma puede permitirse incluso bocaman gas de terciopelo gris en una chaqueta! Pues si eso no es moderno ... Menciono aquí algunos que se han mantenido alejados de este 56

aquelarre. Anton Adam es bueno, pero corta los chalecos demasiado largos; Alois Decker puede ser mencionado también; Alexander Deutsch tiene un buen paletot de invierno. Joseph Hummel, un buen ulster y un norfolk; P. Kroupa estropea, desgraciadamente, su siempre correcta levita con un ribete. Emma nuel Kuhl es distinguido, también Leopold Kurzweil; Johann Neidl y Wenzel Slaby tienen un buen traje con levita. Joseph Rosiwall presenta un buen frack. Habría aIiadido con gusto una firma que llevó sus pro ductos a la exposición. Pero cuando intenté levantar la doblez de la chaqueta norfolk, que se pone para permitir libertad de movimientos al brazo, con la tela doblada, me fue imposible. Era falsa. [Entre los expositores de peletería se nota sobre todo la firma Hart wich, la cual podría despertar interés tanto por el fino corte como por su noble hechura de piel. Un nuevo intento de formas nuevas, cuan do se trata de obra de peletería, es muy delicado porque la peletería tiene el deber de sobrevivir más de una saison. Hago notar, entre la rica exposición, el abrigo largo danés -trabajado en Viena e incom parablemente mejor que en su lejana patria-, y el abrigo de ciudad, que tiene una sola fila de botones ocultos y un cuello de nutria de Kamtschatka. Sobre nuestra confección para caballeros, lencería, sombreros, zapa tos y guantes, en otra ocasión.]

ciarse, el cambio en la ropa de mujer viene dictado sólo por el cambio de la sensualidad. y la sensualidad cambia siempre. Determinadas desviaciones suelen concentrarse en una época, para luego dejar sitio a otras. El journal df modas más fidedigno son las condenas por los apartados 125 a 133 de nuestro código penal. No quiero ir más lejos. A finales de los mios 70 y princi pios de los 80 la literatura tomó un rumbo que intentaba impresionar por su sinceridad en las descripciones realistas de opulentas bellezas femeninas y de escenas de flagelación. Recuerdo solamente a Sacher Masoch, Catulle Mendes y Armand Sylvestre. Poco después, la opulen cia completa, la feminidad madura se expresaba fuertemente por la vestimenta. Quien no la poseía, la tenía que falsificar: le cul de Paris. Por fin llegó la reacción. Sonó la llamada a la juventud. La mujer niña se puso de moda. Se anhelaba la inmadurez. La psique de la mucha cha fue deshojada y utilizada literariamente. Peter Altenberg. Los Barrison bailaban en el escenario y en el alma del hombre. Desapare ció entonces de la vestimenta de la mujer lo que era femenino, para asumir la lucha contra la niña. Disimuló sus caderas; formas duras, poco antes su orgullo, le eran incómodas. La cabeza tomó, con el pei nado y las grandes mangas, la impresión de infantiL Pero también esos tiempos pasaron. Se me argüirá que justamente ahora las conde nas por aquellos delitos aumentan de la manera más espantosa. Desde luego. Ésta es la mejor prueba de que desaparece de los CÍrculos eleva dos, para seguir ahora su peregrinaje hacia abajo. Pues a la gran masa no se le dan los medios para salir de esta vergüenza. [como a los eleva dos, como a los medios, como Ronacher y Peter AltenbergJ. Una gran marcha constante recorre este siglo. Cuesta más llegar a ser que haber sido. Hasta este siglo la primavera no fue la estación preferi da. Los pintores de flores en otros tiempos nunca habían pintado capu llos. Las bellezas profesionales de la corte de los reyes franceses alcanza ban su florecimiento a los cuarenta años. Pero hoy se ha efectuado un paso adelante de veinte años en el desarrollo de la mujer, incluso para quienes se consideran, consideran digo, completamente normales. por

eso la mujer siempre elije fonnas que llevan el símbolo de la juventud.

Una prueba: poned juntas las fotografías de los últimos veinte años de una mujer. Y exclamará: ,,¡Qué vieja parecía hace veinte años!» Y tam bién tú deberás admitirlo: En el último retrato parece más joven. Como ya he apuntado, también hay corrientes paralelas. La más importante, cuyo fin, por cierto, todavía no es previsible, la más fuer te, porque procede de Inglaterra, lleva la dirección que descubrió la refinada Hellas, el amor platónico: la mujer era para el hombre única mente un buen camarada. Pero también a esa corriente se la tomó en cuenta y llevó a la creación del taiÚff made costume, del traje hecho por el sastre de caballero. Pero en aquella esfera social donde también se atiende a la procedencia distinguida de la mujer, en la alta nobleza, donde, por honorabilidad de ayuda de cámara, la procedencia de la m~jer es considerada incluso por generaciones, puede apreciarse una emancipación en la moda dominante de señora, donde se aplaude la marcha hacia la elegancia. La gente no puede maravillarse suficiente mente de la sencillez de la aristocracia dominante. De lo dicho se deduce que la dirección en la vestimenta de caballe ro la posee aquel que ocupa la más alta posición social, sin embargo la dirección en la moda de señora la tiene la mujer que desarrolla mayor sensibilidad para despertar la sensualidad, la cocolte. La ropa de la mujer se diferencia exteriormente de la del hombre por accesorios ornamentales y efectos de color y por la falda larga, que tapa completamente las piernas de la mujer. Ambos factores nos demuestran que en los ultimos siglos la mujer se ha quedado muy atrás en el desarrollo. Ningún período en la cultura conoció una dife rencia tan grande como la nuestra en la ropa del hombre libre y de la m~jer libre. Pues también el hombre llevó en épocas anteriores vesti dos cuya orla llegaba al suelo, de colores y adornados con riqueza. El grandioso desarrollo que ha tomado nuestra cultura en este siglo ha superado felizmente el ornamento. Aquí debo repetirme*. Cuanto

.. Véase Neue Freie Pres.I'e. Junio 1898: «El carruaje de lujo». 143

más baja es la cultura, tanto más fuerte se presenta el ornamento. El ornamento es algo que debe ser superado. El papua y el delincuente se adornan la piel. El indio cubre y recubre su barca con ornamentos. Pero el bicycle y la máquina de vapor están libres de ornamentos. La cultura avanzada aparta objeto a objeto el ornamento. Los hombres que quieren acentuar su pertenencia a otras épocas pasadas, se visten hoy todavía de oro, terciopelo y seda: los magnates y el clero. A los hombres a quienes se les quiere escatimar una conquis ta, una autodeterminación, se les viste con dorados, terciopelo y seda: lacayos y ministros. Yel monarca se cubre en especiales circunstancias de armiño y púrpura, corresponda a su propio gusto o no, como pri mer servidor del Estado. También en los soldados se eleva el senti miento de servidumbre a través de colores y uniformes dorados. El vestido largo hasta los tobillos es, sin embargo, el signo común de quienes no trabajan físicamente. Como actividad corporal y lucrativa, todavía incompatible con la libre procedencia aristocrática, el señor llevaba el traje largo, el siervo los pantalones. Así es hoy todavía en China: mandarín y kuli. Así acentúa el clero entre nosotros su profe sión no activa, por la sotana. Aunque el hombre de las más altas clases sociales ha conquistado el derecho al libre trabajo, en ocasiones festi vas todavía lleva siempre una vestidura que le llega a las rodillas, la levita*. A la mujer de esos círculos tampoco le habría correspondido una capacidad productiva pura. En aquellas capas donde exigía el derecho al trabajo, también llevaba pantalones. Piénsese en la carbonera belga, en la vaquera de los Alpes, en la pescadora de gambas del Mar del Norte. También el hombre tuvo que luchar por el derecho a 1\evar pantalo nes. El montar, una actividad que sólo exige desarrollo físico sin ganarse materialmente nada con ella, fue la primera etapa. A la flore

* En Inglaterra se lleva levita en las audiencias reales, en la apertura del Parlamento, en

bodas, etc., mientras que en los países atrasados en las ocasiones citadas se lleva el frack. incluso de día.

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ciente caballería, al gusto por cabalgar del siglo XlII deben agradecer los hombres la ropa de pies libres. Esta conquista ya no les pudo ser robada en el siglo XVI, cuando el montar no estaba de moda. La mujer ha conseguido el derecho a la formación física en los últimos 50 años. Un precedente análogo: como en el siglo XIIl aljinete, se le hace en el siglo XX a la ciclista la concesión de la ropa de pies libres y el panta lón. Y, con ello, se da el primer paso pard la aceptación social del tra bajo femenino. Lo noble de la mujer sólo tiene un deseo, afirmarse junto al hom bre grande y fuerte. Este deseo sólo puede colmarse hoy si conquista el amor del hombre. Pero caminamos hacia una época nueva, mayor. La posición de igualdad con el hombre ya no se determinará por la apelación a la sensualidad, sino por la independencia de la mujer con quistada por el trabajo en la sociedad. El valor o no valor de la mujer no subirá o bajará con el cambio de sensualidad. Entonces, terciopelo y seda, flores y cintas, plumas y colores perderán su efecto. Desapare cerán. fYeso deben hacer. En nuestra cultura no tienen sitio.]

mentación. Ved, está cercano el tiempo, el gozo nos espera. ¡Pronto relucirán como muros blancos las calles de las ciudades! Como Sión, la ciudad santa, la capital del cielo. Pues ahí estará el gozo. Pero hay espíritus negros que no quieren tolerarlo. La humanidad debiera seguir jadeando en la esclavitud del ornamento. Las personas estaban suficientemente desarrolladas como para que el ornamento ya no les produjera sensaciones de placer, suficientemente desarrolla das como para que un rostro tatuado no despertara sentimiento estéti co, como entre los papuas, sino que lo disminuyera. Suficientemente desarrolladas como para sentir alegría por una lata de cigarrillos lisa, mientras que no compraban una adornada ni por el mismo precio. Eran felices en sus vestidos y estaban contentos de no tener que dar vueltas con pantalones de terciopelo r~jo y pasamanería de oro, como los monos de feria. Y dije: Ved, el cuarto mortuorio de (',-oethe es más señorial que toda la pompa renaissance, y un mueble liso es más her moso que todas las piezas de museo incrustadas y talladas. El lenguaje de Goethe es más hermoso que todos los ornamentos de los pastores del río Pegnitz. Los espíritus negros oyeron esto con malhumor y el Estado, cuya tarea es detener el desarrollo cultural de los pueblos, hizo suya la cuestión de desarrollar y reponer el ornamento. ¡Ay del Estado cuyas revoluciones estén promovidas por los consejeros de Corte! Pronto se vió en el Museo de industrias artísticas de Viena un bufet llamado «La buena pesca», pronto hubo armarios que llevaron el nombre de «La princesa encantada» o algo parecido, refiriéndose al ornamento con que estaban cubiertos estos desgraciados muebles. El Estado austríaco toma su deber tan al pie de la letra que procura que no desaparezcan las polainas del territorio de la monarquía austro-húngara. Obliga a todo hombre culto de veinte años a llevar polainas durante tres años, en lugar de calcetines confeccionados. Pues, en resumidas cuentas, todo Estado se apoya en la convicción de que, como más atrasado sea un pueblo, más fácil es de gobernar. Así, la epidemia ornamental está reconocida estatalmente y es sub

vencionada con dinero estatal. Yo, sin embargo, veo en ella un paso atrás. No tolero la objeción de que el ornamento estimula la alegría vital de la persona culta, no tolero la objeción que se reviste en las palabras: «¡pero cuando el ornamento es bello ... !» A mí, y conmigo a todos las personas cultas, el ornamento no me estimula la alegría vital. Cuando quiero tomar un trozo de empanada, escojo uno que sea bien liso, y no uno que represente un corazón, un niño con pañales o un jinete recubierto de ornamentos. El hombre del siglo Quince no me comprenderá. Pero sí todas las personas modernas. El defensor del ornamento cree que mi impulso por la sencillez equivale a una morti ficación. ¡No, distinguido señor profesor de la Escuela de industrias artísticas, no me mortifico! Me sabe mejor asÍ. Los vistosos guisos de siglos pasados, que mostraban toda clase de ornamentos para hacer parecer más apetecibles los pavos, las faisanes, las langostas, producen en mí el efecto contrario. Con horror voy por una exposición culina ria, si pienso que tendría que comerme esos cadáveres de animales disecados. Yo como roastbeaf. El enorme daño y las desolaciones que produce el resurgimiento del ornamento en el desarrollo estético podrían soportarse fácilmen te, ¡pues nadie, ni siquiera un organismo estatal, puede parar la evolu ción de la humanidad! Sólo la puede retrasar. Sabremos esperar. Pero será un delito contra la economía nacional pues, con ello, se echa a perder trabajo humano, dinero y material. Esos daños no los puede compensar el tiempo. El ritmo del desarrollo cultural sufre con los rezagados. Quizá yo viva en 1908. pero mi vecino vive en 1900 y aquel de allí en 1880. Es una desgracia para un Estado que la cultura de sus habitantes se reparta en un espacio de tiempo tan grande. El campesino de Kals vive en el siglo Doce. Ya las fiestas del Cincuentenario fueron gentes que hubieran sido consideradas atrasadas cuando las grandes migra ciones. ¡Afortunado el país que no tiene rezagados ni depredadores! ¡Afortunada América! Entre nosotros mismos hay aun en las ciudades personas inmodernas, rezagados del siglo Dieciocho, que se horrori 349

zan de un cuadro con sombras violeta, porque todavía no pueden ver el violeta. A ellos les sabe mejor el faisán en el que el cocinero trabaja durante días, y la lata de cigarrillos con los ornamentos renaissance les gusta más que la lisa. ¿Y qué pasa en el campo? Vestidos y mobilia rio pertenecen por completo a siglos pasados. El campesino no es un cristiano, es todavía un pagano. Los rezagados retrasan el desarrollo cultural de los pueblos y de la humanidad, pues el ornamento no sólo es producido por delincuen tes sino que es un delito, porque daña considerablemente la salud del hombre, los bienes nacionales y, por tanto, el desarrollo cultural. Cuando son vecinas dos personas que, teniendo las mismas necesida des, las mismas pretensiones en la vida y la misma renta, pertenecen a culturas diferentes, puede observarse, desde un punto de vista de eco nomía nacional, el siguiente fenómeno: el hombre del siglo Veinte se va haciendo cada vez más rico, el hombre del siglo Dieciocho cada vez más pobre. Supongo que ambos viven a su gusto. El hombre del siglo Veinte puede cubrir sus necesidades con un capital mucho más redu cido y, por ello, hacer ahorros. La verdura que le gusta está simple mente cocida en agua y untada con un poco de mantequilla. Al otro hombre no le sabe tan bien hasta que, además, esté mezclada con miel y nueces y alguien se haya pasado horas cociéndola. Los platos adornados son muy caros, mientras que la vajilla blanca, que le sabe bien a las personas modernas, es barata. Dno hace ahorros, el otro deudas. Así ocurre con naciones enteras. ¡Ay del pueblo que quede atrás en el desarrollo cultural! Los ingleses se vuelven más ricos y nosotros más pobres ... Todavía mucho mayor es el daño que sufre el pueblo productor del ornamento. Como el ornamento ya no es producto natural de nuestra cultura, sino que señala un retraso o un síntoma de degeneración, el trabajo del ornamentista ya no está adecuadamente pagado. Son conocidas las condiciones en las industrias de los tallistas de madera y de los torneros, los precios criminalmente bajos que se pagan a las bordadoras y a las encajeras. El ornamentista tiene que tra

bajar veinte horas para alcanzar los ingresos de un trabajador moder no que trabaje ocho horas. El ornamento encarece, como regla gene ral, el objeto; pero ocurre, sin embargo, que un objeto adornado, con igual precio de material y, como puede demostrarse, con tres veces más tiempo de fabricación, es ofrecido a la mitad del precio que cues ta un objeto liso. La carencia de ornamento tiene como consecuencia una disminución del tiempo de trabajo y una subida del salario. El tallista chino trabaja dieciseis horas, el trabajador americano ocho. Si, para una lata lisa, pago lo mismo que para una ornamentada, la dife rencia en tiempo pertenece al trabajador. Y si no hubiera ningún ornamento, una situación que quizá llegará en milenios, el hombre sólo tendría que trabajar cuatro horas en vez de ocho, pues hoy en día todavía la mitad del trabajo corresponde a los ornamentos. El ornamento es fuerza de trabajo malgastada y, por ello, salud mal gastada. Así fue siempre. Hoy, además, también significa material mal gastado, y ambas cosas significan capital malgastado. Como el ornamento ya no está unido orgánicamente a nuestra cul tura, ya no es tampoco la expresión de nuestra cultura. El ornamento que se crea hoy no tiene ninguna conexión con nosotros, no tiene en absoluto conexiones humanas, ninguna conexión con el orden del mundo. No es capaz de desarrollarse. ¿Qué pasó con la ornamenta ción de atto Eckmann, qué con la de Van de Velde? El artista siempre estuvo lleno de fuerza y salud, en la cima de la humanidad. Pero el ornamentista moderno es un rezagado o una aparición patológica. Él mismo reniega de sus productos al cabo de tres años. A las gentes cul tas les son insoportables inmediatamente, pero los demás no son cons cientes de esta in so portabilidad hasta al cabo de años. ¿Dónde están hoy los trabajos de atto Eckmann? ¿Dónde estarán dentro de diez años los trabajos de Olbrich? El ornamento moderno no tiene padres ni descendientes, no tiene pasado ni futuro. Es recibido con alegría por gentes incultas, para quienes la grandeza de nuestro tiempo es un libro con siete sellos, y, al poco tiempo, lo rechazan. La humanidad está hoy más sana que nunca, sólo hay unos pocos 350

deb~jo. Al cafre que entreteje ornamentos en los tejidos según un rit mo definido, que sólo se llegan a entender al destrenzarlos, al persa que cose sus alfombras, a la campesina eslovaca que borda sus punti llas, a la vieja dama que hace a ganchillo maravillas en perlas y seda, a ellos los comprende muy bien. El aristócrata los tolera, sabe que las horas en las que trabajan son sus horas sagradas. El revolucionario iría ahí y les diría: «todo eso no tiene sentido». Igual que apartaría a la vie ja mujercita del calvario y le diría: «Dios no existe» El ateo de entre los aristócratas, sin embargo, se quita el sombrero cuando pasa por delante de una iglesia. Mis zapatos están completamente cubiertos de ornamentos, que constan de festones y agujeros. Trabajo que ha hecho el zapatero, que no se le ha pagado. Yo voy al zapatero y le digo: «Usted pide treinta coronas por un par de zapatos. Yo le pagaré cuarenta.» Con ello levan to a este hombre a una altura feliz, que me la agradecerá con trabajo y material que, en su calidad, no están en ninguna relación con el pre cio de más. Es feliz. Pocas veces llega la felicidad a su casa. Ante él tie ne un hombre que le entiende, que estima su trabajo y que no duda de su probidad. En su imaginación ya ve ante él los zapatos acabados. Sabe dónde encontrar hoy la mejor piel, sabe a qué trab,yador confia rá el trabajo y sabe que los zapatos tendrán festones y aglyeros, tantos como quepan en un zapato elegante. Y ahora le digo: «Pero le pongo una condición. El zapato debe ser completamente liso.» Entonces le he empujado desde las alturas más dichosas hasta el tártaro. Tendrá· menos trabajo, pero lo he quitado toda la alegría. Predico a los aristócratas. Soporto ornamentos en mi propio cuerpo si constituyen la alegría de mis conciudadanos. Entonces son también mi alegría. Soporto los ornamentos del cafre, del persa, de la campesi na eslovaca, los ornamentos de mi zapatero, pues ninguno de ellos tie ne otro medio para llegar a las cimas de su existencia. Pero nosotros tenemos el arte, que ha substituido al ornamento. Nosotros vamos, tras el esfuerzo y la fatiga cotidianos, a Beethoven o al Tristán. Esto no lo puede hacer mi zapatero. No debo arrebatarle

su alegría, ya que no puede sustituirla por nada. Pero quien va a la Novena sinfonía y se sienta después a dibujar un modelo de tapiz, ese es o un estafador o un degenerado. La falta de ornamento ha llevado a las restantes artes a alturas insos pechadas. Las sinfonías de Beethoven no habrían sido escritas por un hombre que tuviera que ir metido en seda, terciopelo y puntillas. Quien hoy en día vaya por ahí en traje de terciopelo no es un artista, sino un bufón o un pintor de brocha gorda. Nos hemos vuelto más finos, más sutiles. Los miembros de las tribus tenían que distinguirse con diferentes colores, la persona moderna utiliza su vestido como máscara. Su individualidad es tan grande que ya no se expresa a través de vestidos. Ausencia de ornamento es signo de fuerza intelectual. La persona moderna utiliza los ornamentos de culturas primitivas y exóti cas a su gusto. Su capacidad de invención la concentra en otras cosas.