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Orientación Universidad
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artículo primer seminario., Apuntes de Farmacología

Asignatura: psicofarmacologia, Profesor: Pablo Ruisoto, Carrera: Psicología, Universidad: USAL

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 12/03/2014

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© Copyright 2005: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Murcia. Murcia (España)
ISSN edición impresa: 0212-9728. ISSN edición web (www.um.es/analesps): 1695-2294
anales de psicología
2005, vol. 21, nº 2 (diciembre), 199-212
Psicofarmacología: Una aproximación histórica
Carmen Torres Bares y Mª Dolores Escarabajal Arrieta*
Universidad de Jaén
Resumen: La psicofarmacología puede definirse como una disciplina cien-
tífica centrada en el estudio de los fármacos que modifican el comporta-
miento y la función mental a través de su acción sobre el sistema neuroen-
docrino. Se trata de un campo del saber que tiene un marcado carácter
multidisciplinario, al agrupar el interés que comparten farmacólogos, bio-
químicos, psiquiatras y psicólogos por el análisis de las sustancias que actú-
an modificando las funciones del sistema nervioso que se manifiestan en la
conducta de los individuos. A lo largo de esta revisión teórica se realiza un
análisis conceptual de la psicofarmacología y se revisan los principales
acontecimientos históricos que han marcado el curso de la disciplina, des-
tacando los descubrimientos más relevantes que se han sucedido en ámbi-
tos como la práctica clínica psiquiátrica, la investigación farmacológica de
laboratorio, y los estudios conductuales realizados con animales y seres
humanos.
Palabras clave: Psicofarmacología; concepto; historia; psicología; psiquia-
tría; neurolépticos; antidepresivos; ansiolíticos.
Title: Psychopharmacology: A historical approach.
Abstract: Psychopharmacology can be defined as a scientific discipline
that studies drugs able to modify the behaviour and the mental function
through its action on the neuroendocrine system. Pharmacology, bio-
chemistry, psychiatry and psychology share their interest for this multidis-
ciplinary field of knowledge, devoted to the analysis of the substances that
alter those functions of the nervous system that are shown on the organ-
ismds behaviour.
This paper reviews the theoretical concept of psychopharmacology,
and the main historical events that occurred in clinical psychiatry, labora-
tory pharmacological research, and behavioural studies conducted in both
animals and human beings.
Key words: Psychopharmacology; concept; history; psychology; psyquia-
try; neuroleptics; antidepressives; anxiolytics.
eEl ideal de la ciencia es ver y hacer las cosas según la verdad.
Pero la especial condición de la inteligencia humana, inmersa
nolens volens en la tradición y parcialmente configurada por ella,
exige que los hombres tengan que contemplar la verdad según la historiaf
(P. Laín Entralgo, 1950. Tomado de D. Barcia, 1998)
1. Introducción
Cuando, en 1920, D.I. Match describía a la psicofarmacolo-
gía como una "tierra virgen, llena de promesas", se refería a
un campo de conocimiento que englobaba a todos aquellos
estudios farmacológicos y psicológicos dedicados a analizar
los efectos psíquicos de los fármacos (Caldwell, 1978). Utili-
zaba para ello un término novedoso que, no obstante, tenía
un origen remoto, habiéndose empleado por primera y pro-
bablemente única vez en 1548, cuando Reinhard Lorichius
publica su obra titulada ePsychopharmacon, hoc est Medicina ani-
maef (Lehmann, 1993; López-Muñoz y Álamo, 1998; Valzelli
y Ledesma, 1985).
La perspectiva adoptada por Match al describir los obje-
tivos de la psicofarmacología no era, sin embargo, novedosa,
dado que algunos años antes ya se empezaban a usar térmi-
nos similares para hacer referencia a este nuevo ámbito del
saber, interesado por el estudio científico de las sustancias
psicoactivas. Cabe citarse, en este sentido, los trabajos reali-
zados por E. Kraepelin a finales del siglo XIX, considerados
por el propio autor como pertenecientes al campo de la far-
macopsicología (Healy, 1993). Años después, y en una línea si-
milar, W. Freeman escribe un artículo en el Journal of the Ame-
rican Medical Association dedicado a la psicoquímica. Por su par-
te, Thorner publica en 1935 un trabajo en el que por primera
* Dirección para correspondencia [Correspondence address]: Mª Dolo-
res Escarabajal Arrieta. Área de Psicobiología. Universidad de Jaén. Las
Lagunillas s/n 23071 Jaén (España). E-mail: [email protected]
vez se emplea el término psicofarmacología desde una pers-
pectiva clínica -eThe Psycho-pharmacology of Sodium amytalf
(Lehmann, 1993; López-Muñoz y Álamo, 1998)-. No obs-
tante, su uso generalizado no se extiende hasta mediados de
la década de los años 50 y principios de los 60, cuando una
serie de factores confluyen para darle a la psicofarmacología
su empuje definitivo como disciplina con entidad propia de-
ntro de la neurociencia. En primer lugar, para Dekiner
(1969, citado en Bayés, 1977), el término psicofarmacología
nace en 1956 como resultado del encuentro entre las ciencias
del comportamiento y la farmacología experimental, cuando
Sidman bautizó con este nombre al ámbito de conocimiento
científico interesado por el estudio de las interacciones entre
las drogas y la conducta (un ámbito que será conocido poco
después como farmacología del comportamiento). En se-
gundo lugar, el descubrimiento accidental de la LSD-25, la
introducción de la reserpina en la medicina occidental, y la
demostración de la utilidad clínica de fenotiacinas, antide-
presivos tricíclicos e IMAOs, fueron también catalizadores
del establecimiento de la psicofarmacología como disciplina
científica (Lipton, di Mascio y Killam, 1982). De este modo,
ya desde sus inicios, la psicofarmacología se constituyó co-
mo un campo del saber con un carácter tanto básico como
aplicado. Por un lado, para los científicos básicos, las drogas
psicotrópicas eran variables cuantificables que podían em-
plearse como herramientas químicas para el estudio de los
problemas específicos del metabolismo cerebral y de la rela-
ción existente entre estos aspectos y el comportamiento
(Russell, 1987). Y por otro, esta verdadera revolución acon-
tecida en la investigación de laboratorio se vio acompañada
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© Copyright 2005: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Murcia. Murcia (España) ISSN edición impresa: 0212-9728. ISSN edición web (www.um.es/analesps): 1695-

anales de psicología 2005, vol. 21, nº 2 (diciembre), 199-

Psicofarmacología: Una aproximación histórica

Carmen Torres Bares y Mª Dolores Escarabajal Arrieta *

Universidad de Jaén

Resumen : La psicofarmacología puede definirse como una disciplina cien- tífica centrada en el estudio de los fármacos que modifican el comporta- miento y la función mental a través de su acción sobre el sistema neuroen- docrino. Se trata de un campo del saber que tiene un marcado carácter multidisciplinario, al agrupar el interés que comparten farmacólogos, bio- químicos, psiquiatras y psicólogos por el análisis de las sustancias que actú- an modificando las funciones del sistema nervioso que se manifiestan en la conducta de los individuos. A lo largo de esta revisión teórica se realiza un análisis conceptual de la psicofarmacología y se revisan los principales acontecimientos históricos que han marcado el curso de la disciplina, des- tacando los descubrimientos más relevantes que se han sucedido en ámbi- tos como la práctica clínica psiquiátrica, la investigación farmacológica de laboratorio, y los estudios conductuales realizados con animales y seres humanos. Palabras clave : Psicofarmacología; concepto; historia; psicología; psiquia- tría; neurolépticos; antidepresivos; ansiolíticos.

Title: Psychopharmacology: A historical approach. Abstract: Psychopharmacology can be defined as a scientific discipline that studies drugs able to modify the behaviour and the mental function through its action on the neuroendocrine system. Pharmacology, bio- chemistry, psychiatry and psychology share their interest for this multidis- ciplinary field of knowledge, devoted to the analysis of the substances that alter those functions of the nervous system that are shown on the organ- ism’’s behaviour. This paper reviews the theoretical concept of psychopharmacology, and the main historical events that occurred in clinical psychiatry, labora- tory pharmacological research, and behavioural studies conducted in both animals and human beings. Key words : Psychopharmacology; concept; history; psychology; psyquia- try; neuroleptics; antidepressives; anxiolytics.

““El ideal de la ciencia es ver y hacer las cosas según la verdad. Pero la especial condición de la inteligencia humana, inmersa nolens volens en la tradición y parcialmente configurada por ella, exige que los hombres tengan que contemplar la verdad según la historia”” (P. Laín Entralgo, 1950. Tomado de D. Barcia, 1998)

1. Introducción

Cuando, en 1920, D.I. Match describía a la psicofarmacolo- gía como una "tierra virgen, llena de promesas", se refería a un campo de conocimiento que englobaba a todos aquellos estudios farmacológicos y psicológicos dedicados a analizar los efectos psíquicos de los fármacos (Caldwell, 1978). Utili- zaba para ello un término novedoso que, no obstante, tenía un origen remoto, habiéndose empleado por primera y pro- bablemente única vez en 1548, cuando Reinhard Lorichius publica su obra titulada ““ Psychopharmacon, hoc est Medicina ani- mae ”” (Lehmann, 1993; López-Muñoz y Álamo, 1998; Valzelli y Ledesma, 1985). La perspectiva adoptada por Match al describir los obje- tivos de la psicofarmacología no era, sin embargo, novedosa, dado que algunos años antes ya se empezaban a usar térmi- nos similares para hacer referencia a este nuevo ámbito del saber, interesado por el estudio científico de las sustancias psicoactivas. Cabe citarse, en este sentido, los trabajos reali- zados por E. Kraepelin a finales del siglo XIX, considerados por el propio autor como pertenecientes al campo de la far- macopsicología (Healy, 1993). Años después, y en una línea si- milar, W. Freeman escribe un artículo en el Journal of the Ame- rican Medical Association dedicado a la psicoquímica. Por su par- te, Thorner publica en 1935 un trabajo en el que por primera

*** Dirección para correspondencia** [Correspondence address] : Mª Dolo- res Escarabajal Arrieta. Área de Psicobiología. Universidad de Jaén. Las Lagunillas s/n 23071 Jaén (España). E-mail: [email protected]

vez se emplea el término psicofarmacología desde una pers- pectiva clínica -““ The Psycho-pharmacology of Sodium amytal ”” (Lehmann, 1993; López-Muñoz y Álamo, 1998)-. No obs- tante, su uso generalizado no se extiende hasta mediados de la década de los años 50 y principios de los 60, cuando una serie de factores confluyen para darle a la psicofarmacología su empuje definitivo como disciplina con entidad propia de- ntro de la neurociencia. En primer lugar, para Dekiner (1969, citado en Bayés, 1977), el término psicofarmacología nace en 1956 como resultado del encuentro entre las ciencias del comportamiento y la farmacología experimental, cuando Sidman bautizó con este nombre al ámbito de conocimiento científico interesado por el estudio de las interacciones entre las drogas y la conducta (un ámbito que será conocido poco después como farmacología del comportamiento). En se- gundo lugar, el descubrimiento accidental de la LSD-25, la introducción de la reserpina en la medicina occidental, y la demostración de la utilidad clínica de fenotiacinas, antide- presivos tricíclicos e IMAOs, fueron también catalizadores del establecimiento de la psicofarmacología como disciplina científica (Lipton, di Mascio y Killam, 1982). De este modo, ya desde sus inicios, la psicofarmacología se constituyó co- mo un campo del saber con un carácter tanto básico como aplicado. Por un lado, para los científicos básicos, las drogas psicotrópicas eran variables cuantificables que podían em- plearse como herramientas químicas para el estudio de los problemas específicos del metabolismo cerebral y de la rela- ción existente entre estos aspectos y el comportamiento (Russell, 1987). Y por otro, esta verdadera revolución acon- tecida en la investigación de laboratorio se vio acompañada

200 Carmen Torres Bares y Mª Dolores Escarabajal Arrieta

de una mejora significativa en la comprensión y el tratamien- to de las enfermedades mentales (Kety, 1982; Lipton, di Mascio y Killam, 1982). El concepto actual de psicofarmacología no ha variado mucho desde aquellas palabras premonitorias que pronunció D.I. Match en 1920. En términos generales, la psicofarmaco- logía puede definirse como una disciplina científica centrada en el estudio de los fármacos que modifican el comporta- miento y la función mental a través de su acción sobre el sis- tema neuroendocrino. Se trata, así, de un campo del saber que tiene un marcado carácter multidisciplinario, al agrupar el interés que comparten farmacólogos, bioquímicos, psi- quiatras y psicólogos por el análisis de las sustancias que ac- túan modificando las funciones del sistema nervioso que se manifiestan en la conducta de los individuos (Shepherd, La- der y Rodnight, 1972). Numerosos autores definen a la psi- cofarmacología desde esta perspectiva global que destaca el interés de nuestra disciplina por el estudio de las interaccio- nes entre los fármacos psicotrópicos, el sistema nervioso, y el comportamiento normal y patológico. Sin embargo, es po- sible encontrar ciertas diferencias de matiz en las conceptua- lizaciones actuales de la psicofarmacología que reflejan el én- fasis que pone cada una de ellas en uno u otro aspecto de la disciplina, destacando su carácter básico o aplicado. En primer lugar, algunas definiciones del término se cen- tran en la posibilidad que nos brindan los psicofármacos de comprender mejor las funciones del sistema nervioso (Puer- to, 1981). En esta línea, por ejemplo, Berger (1978) concep- tualiza a la psicofarmacología como aquella disciplina cientí- fica que utiliza las drogas para aumentar nuestro conoci- miento y nuestra comprensión acerca de cómo funciona la mente. Para Snyder (1996), por su parte, las drogas psicoac- tivas se emplean en neurociencia para descifrar los fenóme- nos de procesamiento de información que tienen lugar en el cerebro. Igualmente, Bloom (1995, 1996) destaca como uno de los principales objetivos de la psicofarmacología el em- pleo de fármacos para dilucidar los mecanismos que operan en el sistema nervioso central y las bases biológicas de pro- cesos mentales complejos. Esta afirmación coincide plena- mente con la de Willner (1991; citado en Alguacil, Pérez- García, Morales y Sancho, 1998), quien considera que la psi- cofarmacología no sólo persigue determinar el efecto de los fármacos sobre las enfermedades centrales, sino también identificar los fenómenos subyacentes a los procesos menta- les. Otras definiciones de psicofarmacología dan más impor- tancia al estudio sistemático del efecto de los fármacos, de- jando en un segundo plano las consecuencias que dicho es- tudio puede tener en la comprensión de los sustratos neura- les del comportamiento normal y anormal. Desde esta pers- pectiva, por ejemplo, Baldessarini (1996) considera que la psicofarmacología se dedica al estudio de la química, dispo- sición, acciones y farmacología clínica de los agentes psico- trópicos. Igualmente, López-Muñoz y Álamo (1998) opinan que esta especialidad se ocupa del estudio de las acciones farmacológicas, tanto terapéuticas como adversas, del meca-

nismo de acción, de las características farmacocinéticas y de las vías y pautas de administración de las sustancias que tie- nen efectos psicotropos. Estas definiciones parecen enfatizar más la dimensión farmacológica que la comportamental o la neurológica, haciendo que el psicofármaco ocupe un lugar preponderante en el objeto de estudio de nuestra disciplina (Fishbein, 1996). En otros casos, por el contrario, estas dimensiones apa- recen más equilibradas. Así, por ejemplo, Stahl (2002) afirma que la psicofarmacología se orienta al descubrimiento de fármacos y a la comprensión de sus acciones en el sistema nervioso central. En una línea similar, Rosenzweig, Leiman y Breedlove (2001), o Carlson (2002) consideran que se dedica al estudio de los efectos de los fármacos sobre el sistema nervioso y la conducta. Para Pinel (2003), finalmente, esta disciplina focaliza su interés en la manipulación de la activi- dad neural y la conducta con drogas. Desde este enfoque, en definitiva, la psicofarmacología pone al descubierto las com- plejas relaciones entre psicofármacos, cerebro y comporta- miento. Por otra parte, es posible encontrar en la literatura espe- cializada diversas definiciones de psicofarmacología que des- tacan el marcado carácter clínico que para muchos tiene nuestra disciplina (Domino, 1999; Judd, 1998; Pinel, 2003). De hecho, el surgimiento de la psicofarmacología moderna coincide en el tiempo con los primeros trabajos clínicos rea- lizados a mediados de la década de los años 50, en los cuales se demostraba la eficacia de numerosos agentes psicotrópi- cos en el tratamiento de diferentes alteraciones mentales (Schatzberg y Nemeroff, 1995). Entre estas definiciones puede citar la de Constentine (1996), para quien la neuropsi- cofarmacología tiene por objeto seleccionar y estudiar los medicamentos destinados a los trastornos o dolencias neuro- lógicas o psiquiátricas. Del mismo modo, de Pablo (1996) considera que esta disciplina se dedica al estudio de las sus- tancias que presentan una acción en el sistema nervioso, y que son susceptibles de ser usadas en el tratamiento de las enfermedades mentales. Álamo, López-Muñoz, Sanz- Galeote y Cuenca (1998), por su parte, utilizan el término psicofarmacología para referirse a la terapéutica farmacoló- gica de los trastornos mentales. Tal dimensión aplicada de la psicofarmacología es también resaltada por autores de rele- vancia como Floyd Bloom (1995), para quien la psicofarma- cología une las fronteras de la neurociencia básica con el tra- tamiento de los trastornos psiquiátricos y neurológicos. En definitiva, la variedad de definiciones que pueden en- contrarse en torno al término psicofarmacología no hace más que poner de manifiesto la naturaleza multidisciplinaria de este ámbito del saber, y la riqueza de contenidos que aporta nuestra disciplina al campo más amplio de la neuro- ciencia, en el que se encuentra plenamente integrada.

202 Carmen Torres Bares y Mª Dolores Escarabajal Arrieta

lan que, en ciertos aspectos, la historia de la psicofarmacolo- gía tiene mucho que ver con la historia de la locura y el mo- do en que ésta se ha intentado resolver desde planteamientos culturales distintos (Barcia, 1998). Los primeros en expresar de forma sistemática sus ideas sobre el origen de las plantas y sus conceptualizaciones filo- sóficas sobre la salud y la enfermedad fueron los pensadores del período presocrático. En el seno del mismo encontramos ya numerosas teorías y creencias que van a tener una in- fluencia decisiva en los remedios medicinales empleados en la época (González de Pablo, 1998). Empédocles, por ejem- plo, al identificar los cuatro elementos básicos de la naturale- za como aire, agua, tierra y fuego, propuso que un desequili- brio en los mismos era el causante de la enfermedad, y que algunas sustancias purgantes y eméticas, como el eléboro y el veratrum blanco , eliminaban del organismo los humores altera- dos 3. Esta conceptualización humoral de la enfermedad será adoptada y ampliada por Hipócrates, quedando plasmada en algunos de los tratados que componen el Corpus Hippocrati- cum (Moreno, 1998a). Basándose en la observación sistemá- tica y prolongada de la patología, y empleando el empirismo en la nosología, esta obra es considerada como el primer acercamiento racional al concepto y significado de salud y enfermedad. En concreto, la causa de la enfermedad mental en la medicina hipocrática va a estar permanentemente aso- ciada con un desequilibrio humoral que recuerda en gran medida al propuesto por Empédocles, si bien en este caso dicho desequilibrio está determinado por las condiciones geoclimáticas propias de cada estación del año. Así, el in- vierno era húmedo y frío y producía un exceso de pituita; la primavera, caliente y húmeda, se relacionaba con un predo- minio de la sangre; en el verano, caliente y seco, un exceso de bilis amarilla podía conducir a la locura; y durante el oto- ño, frío y seco, cobraba un especial protagonismo la melanina. Aunque tal visión somática de la enfermedad mental marcó en gran medida las aproximaciones terapéuticas de la época (centradas en la eliminación del humor causante de la pato- logía), los fármacos utilizados siguieron siendo los aplicados en las prácticas populares y creenciales (Moreno, 1998a).

ro, un purgante con poderes catárticos muy utilizado en la Grecia antigua. (^3) La medicina tradicional china también descansa sobre la teoría de

los elementos (tierra, fuego, madera, metal y agua), y considera que la salud depende del mantenimiento de la armonía interna del indi- viduo, y de éste con su entorno y con el orden moral. Los trata- mientos se basaban, junto con la acupuntura y la moxibustión, en el empleo de distintas sustancias medicamentosas de origen vegetal, mineral y animal, las cuales componen la rica farmacopea clásica china. Por su parte, en la medicina india el cuerpo humano está compuesto de tierra, espacio, fuego, agua y viento, tomando estos tres últimos elementos la forma de bilis, flema y aliento, respecti- vamente. La enfermedad se asocia con el desequilibrio entre estos tres componentes vitales, y su tratamiento consiste en el vómito, la purgación y el uso de lavativas, instilaciones nasales y sangrías (Po- rras, 1998).

Paralelamente, los griegos conocieron el opio, ciertas be- bidas alcohólicas, el cáñamo, el beleño, la mandrágora y el ergot, entre otros, y emplearon estas sustancias no sólo con los fines terapéuticos comentados, sino también con propó- sitos recreativos y enteogénicos. No en vano el término fár- maco proviene del griego phármakon, que hacía referencia simultáneamente a cura y veneno. Esta ambigüedad ponía de manifiesto el carácter curativo, adictivo o tóxico que podían tener las sustancias utilizadas, dependiendo del uso que el individuo hiciera de las mismas (Escotado, 1999) 4. Ya en la época romana encontramos a Galeno (129-199), conocido como el padre de la farmacología, y que se con- vierte en el heredero del pensamiento hipocrático. La obra de este autor es considerada como el colofón del intento fi- losófico grecorromano de integrar la explicación del ser humano dentro de una organización social idealizada (More- no, 1998b). Galeno localizó el alma racional en el encéfalo, donde llegaba el pneuma tras su sustanciación en el corazón. En con- creto, argumentó que al cerebro le llega la sangre arterial, portadora de los espíritus vitales, que son allí transformados en animales o psíquicos, y distribuidos por los ventrículos cerebrales. Desde allí empapan las estructuras del encéfalo y se derraman hacia la médula y los nervios, llevando al cuerpo entero la sensibilidad y el movimiento. Aunque Galeno con- sideró que el alma era espiritual, defendió también que los instrumentos orgánicos del conocimiento y la volición podí- an impedir el recto curso de las funciones psíquicas, origi- nando alteraciones de conducta (Paniagua, 1998). En con- creto, y ateniéndose al decir hipocrático, propuso que un humor en exceso podía originar una sintomatología cuyas características dependerían del humor afectado y de su loca- lización. Tales aspectos de la enfermedad serían cruciales pa- ra elegir el tratamiento adecuado, su lugar de administración y la dosis necesaria para lograr la normalización del humor en cuestión. Para ello podían emplearse remedios naturales, vegetales, animales, minerales y dietéticos (entre los cuales destacaba el opio), unos remedios cuya aplicación iba a estar determinada por el principio alopático (Moreno, 1998b). La obra de Galeno ejerció una influencia decisiva en los siglos posteriores, dado que las teorías humoral, del pneuma psíquico y de los espíritus animales han sido el hilo conduc- tor de las posteriores conceptualizaciones referentes a la en- fermedad, condicionando en gran medida los tratamientos disponibles -que consistieron básicamente en sangrías, cata- plasmas, purgantes y eméticos (Burn, 1965)-. Así, durante la Edad Media la medicina escolástica mantiene y amplía el pensamiento médico galénico, enriqueciéndolo además con las enseñanzas procedentes de la medicina islámica (Gonzá- lez de Pablo, 1998). La base de los tratamientos de la época medieval va a consistir en seleccionar los medicamentos que

(^4) El opio puede ser considerado el ejemplo perfecto de phármakon, equidistante por igual de la panacea y el simple veneno, dado que se utilizaba para el alivio de toda clase de dolores, la inducción de sue- ño, y con fines eutanásicos (Escotado, 1999).

Psicofarmacología: Una aproximación histórica 203

tengan cierto desequilibrio en su composición, para que su cualidad dominante neutralice aquella alteración humoral causante de la patología. Con este fin se emplean formas medicamentosas muy variadas, desde las píldoras a los jara- bes, pasando por las cataplasmas y las sangrías. También se añaden sustancias que actúan no como consecuencia de su composición, sino por una "fuerza ínsita" en su peculiar na- turaleza que no puede ser conocida mediante razonamiento. Así, por ejemplo, el ruibarbo era eficaz para extraer el humor colérico, la hierba picra para la flema, o la mandrágora para la bilis negra y el humor melancólico (Paniagua, 1998). De este modo la tradición griega, que no aceptaba lo sobrenatu- ral como causa de enfermedad, tuvo que dejar espacio a otra tradición fuertemente implantada en el sentimiento religioso que tendía a asociar la locura con la brujería y lo diabólico, y que empleó numerosas sustancias psicotrópicas en el trata- miento de los afectados (Barona, 1998b). Este mismo senti- miento religioso, liderado por el cristianismo, consideró gran parte de estos rituales como satánicos, persiguiendo así a sus practicantes, considerando a todas las drogas elaboradas y utilizadas por brujas y preparadores de filtros como impuras (excepto el vino), e iniciando un largo período de prohibi- cionismo que persiguió activamente a los interesados en cualquier sustancia capaz de alterar la conciencia (Escotado, 1999). Durante el Renacimiento pueden encontrarse también numerosas referencias al empleo de sustancias con diferen- tes fines, incluido el tratamiento de las enfermedades menta- les. Paracelso (1493-1541) fue sin duda una de las figuras más relevantes de la época, dedicando sus trabajos de alqui- mia al estudio de toda clase de hierbas, minerales y metales, en un intento de identificar los principios activos responsa- bles de sus efectos curativos. Este autor atribuyó las enfer- medades mentales a alteraciones del archeus , una especie de alquimista u organizador de los procesos químicos corpora- les (Montiel, 1998), y en la búsqueda de posibles tratamien- tos descubriría, por ejemplo, las propiedades terapéuticas del hierro, muy empleado en casos de anemia e histeria. Asi- mismo, a él debemos el aislamiento de las sustancias resul- tantes de la interacción entre el alcohol y el vitriolo, la de- mostración de sus efectos narcóticos en los seres humanos, y su empleo en epilepsia y otros trastornos nerviosos que re- querían sedación (Valenzuela y Moreno, 1998). A juicio de este autor, de todos los remedios medicinales sin duda el más prodigioso era el opio, desarrollando con él un láudano que le granjeó notables éxitos terapéuticos (Escotado, 1999). La llegada de la imprenta potenció la difusión de tratados de herbarios, en los que se incluyeron las plantas que se iban conociendo gracias a los descubrimientos geográficos de es- pañoles y portugueses. De igual modo, la llegada al Nuevo Mundo propició la introducción en Europa de numerosas sustancias con propiedades psicoactivas, como el café, el ta- baco, el cacao o el mate (Matthee, 1996). A partir del siglo XVII la doctrina galénica va a dejar pa- so a una medicina empirista liderada por Thomas Sydenham (1624-1689), que perseguía desarrollar un método curativo

estable para cada enfermedad a partir de la observación clí- nica cuidadosa y el razonamiento inductivo lógico. Esta nue- va orientación no alcanzó su pleno auge hasta bien entrado el siglo XVIII, coincidiendo con un cambio de mentalidad en el que comenzaba a defenderse que la ebriedad que pro- curaban fármacos distintos del alcohol no era algo ilegítimo, sino más bien aconsejable (Escotado, 1999). De este modo, aunque aún se emplean de forma generalizada vomitivos, purgantes, sangrías, debilitantes y refrigerantes para el trata- miento de las enfermedades mentales, se retoman viejos re- medios cuyos principios activos cobrarán un verdadero pro- tagonismo en el desarrollo posterior de la psicofarmacología. Tal es el caso del opio, que es utilizado en preparaciones ca- da vez más activas por médicos, boticarios y químicos far- macéuticos, convencidos de sus efectos beneficiosos en dife- rentes enfermedades nerviosas y trastornos mentales 5 (véase, p. ej., (Maehle, 1996) para revisión). Uno de los autores más interesados en analizar las propiedades curativas de esta sus- tancia fue John Brown (1735-1788), quien consideró que la enfermedad estaba relacionada con la influencia de factores externos que afectaban a la excitabilidad de los tejidos cor- porales (Montiel, 1998). Así, una estimulación excesiva pre- disponía al paciente hacia lo que Brown denominó ““enfer- medades esténicas””, evitables mediante la administración de purgantes, eméticos o restricciones dietéticas. Por el contra- rio, para pacientes con tendencia a padecer enfermedades ““asténicas””, lo indicado era emplear agentes como alcohol, opio o alcanfor (Sneader, 1990). No obstante, se tardará to- davía un siglo en aclarar el fundamento científico de la ac- ción terapéutica de muchas de estas sustancias, que se inicia en el siglo XIX con el aislamiento de sus principios químicos activos.

2.2. Surgimiento de la Psicofarmacología moderna

2.2.1. Antecedentes

A lo largo del siglo XIX y durante el primer tercio del XX se suceden una serie de acontecimientos de distinta ín- dole que van a constituir los cimientos básicos sobre los cua- les se edificará años después la moderna psicofarmacología. En primer lugar, en esta época comienza a sentirse un in- terés creciente por conocer las verdaderas bases de los efec- tos curativos hierbas y plantas, lo que marca el comienzo de una nueva era en la investigación centrada en esclarecer la utilidad real de los remedios terapéuticos clásicos. Este cam- bio de mentalidad coincide en el tiempo con la creación de los primeros laboratorios dedicados a sintetizar sustancias de uso medicinal y recreativo. Cabe destacar en este contexto el aislamiento de la morfina por Sertürner en 1806, el descu-

(^5) El empleo de esta sustancia estuvo restringido en un principio a las clases acomodadas, dado que el jugo de la adormidera era fre- cuentemente mezclado con materas preciosas como azafrán, polvos de oro y platino, ámbar, jade y numerosas piedras preciosas (Esco- tado, 1999).

Psicofarmacología: Una aproximación histórica 205

rona, 1998a; Rollin, 1990). En este marco de referencia sur- gieron nuevas terapias de corte más biológico y somático que sin duda abrirían el camino a la futura farmacoterapia, facilitando su rápida instauración a partir de la segunda mi- tad del siglo XX (Hordern, 1970). En efecto, durante la ma- yor parte del siglo anterior había tenido lugar una progresiva implantación de métodos terapéuticos de carácter sedante, enfocados a calmar a enfermos agitados o agresivos. La bromina, por ejemplo, fue descubierta en el agua de mar por Balard en 1826, empleándose años después en el tratamiento de la epilepsia, el insomnio, la excitación nerviosa y la irrita- bilidad. De igual modo se había extendido en algunos países europeos la prescripción de opiáceos, que se ingerían en forma de tabletas o como láudano. Por su parte, la introduc- ción de metales pesados tuvo cierta importancia en la tera- péutica psiquiátrica, destacando el uso del litio como estabi- lizador del humor, o del estaño como sedante eficaz para ciertas enfermedades mentales. La investigación farmacoló- gica también condujo al descubrimiento de los alcaloides de la rawolfia serpentina , utilizados por pueblos primitivos y cultu- ras asiáticas por su capacidad de producir sedación sin dis- minuir el nivel de consciencia (Barona, 1998a). Una forma extrema de este tipo de tratamiento fue co- nocida como la cura de sueño o narcosis continua, que bus- caba mantener durante días al enfermo en estado de sueño permanente mediante una narcosis inducida con la oportuna medicación -por ejemplo, con barbitúricos- (Caldwell, 1978). Al margen de la narcosisterapia, las conocidas como te- rapias de choque ocuparon igualmente un lugar preponde- rante en los tratamientos de la época. Cabe destacar, en este sentido, el empleo del alcanfor, una sustancia inicialmente estudiada por Brown por sus efectos estimulantes y convul- sivos. En 1933 L. von Meduna reintrodujo este tratamiento al considerar que existía un antagonismo entre la epilepsia y la esquizofrenia, mejorándolo sustancialmente al sustituir el alcanfor por cadiazol (Rollin, 1990). Por su parte, y siguien- do un razonamiento similar, M. Sakel introduce el tratamien- to de choque insulínico, tras descubrir de forma casual que una dosis excesiva de insulina ingerida por un enfermo men- tal diabético le había provocado un estado de coma con convulsiones que había mejorado las condiciones de su esta- do psicótico (Barona, 1998a; Shepherd, 1990). Ambos tra- tamientos de choque quedarían apartados de la práctica psi- quiátrica tras la introducción de la terapia electroconvulsiva, desarrollada por Cerletti y Bini en 1938, y que rápidamente se convertiría en el tratamiento de elección en la esquizofre- nia. El auge de este tratamiento (y de otros, como la lobo- tomía prefrontal) sólo empezó a declinar tras el descubri- miento de los primeros agentes antipsicóticos (Barcia, 1998), si bien el primero continuó empleándose años después en casos de psicosis maníaco-depresiva (Rollin, 1990). A pesar de que los tratamientos que acaban de mencio- narse brevemente mostraron efectos poco consistentes en el alivio de las distintas psicopatologías, sin duda contribuyeron al crecimiento de un cierto optimismo terapéutico convenci- do de que la cura de dichas enfermedades estaba cerca (Bar-

cia, 1998; Rollin, 1990). Este cambio de mentalidad iba a te- ner dos consecuencias fundamentales. Por un lado, propició una profunda metamorfosis en el funcionamiento de los hospitales, contribuyendo a un tratamiento más humanitario de los enfermos y a una mejoría clara en su pronóstico. Y por otro, facilitó la acogida positiva que prestaron muchos clínicos a los fármacos que se desarrollaron a partir de la dé- cada de los años cincuenta, y que supondrían un claro punto de inflexión en el desarrollo de nuestra disciplina.

2.2.2. Los hallazgos neuroquímicos

El descubrimiento de los neurotransmisores es uno de los grandes logros neurocientíficos del siglo XX. Durante la segunda mitad del siglo XIX, dos eran las teorías predomi- nantes en relación con la estructura y función del sistema nervioso. La teoría reticular asumía que las neuronas estaban interconectadas formando puentes protoplasmáticos, y no podían actuar por tanto de manera independiente. Por el contrario, la teoría celular consideraba que las células cere- brales estaban separadas entre sí y actuaban como unidades funcionalmente autónomas. A comienzos del siglo XX, esta última propuesta fue finalmente aceptada, gracias a los exce- lentes trabajos realizados por S. Ramón y Cajal. Sin embar- go, la demostración de la teoría celular abría nuevos interro- gantes, dado que implicaba algún mecanismo en virtud del cual las células podían comunicarse entre sí. Y de nuevo sur- girían dos posicionamientos irreconciliables, que defendían la naturaleza eléctrica o química de dicho mecanismo (Strata, Harvey, 1999). Los primeros trabajos en favor de la hipótesis química aparecen a principios de siglo, y se deben a T. Elliott. Este autor comprobó que la adrenalina imitaba los efectos de la estimulación del sistema nervioso simpático, concluyendo en 1904 que dicha sustancia podía ser el esti- mulante químico que se liberaba ante la llegada de un impul- so nervioso a la periferia. La hipótesis química de la comunicación neuronal tam- bién fue defendida por W. Dixon, quien observó que la es- timulación del nervio vago hacía que el corazón acumulara una sustancia que inhibía la tasa cardiaca cuando era admi- nistrada en una segunda preparación (Zigmond, 1999). Convencido de que los nervios se comunicaban entre sí mediante sustancias químicas, e inspirado por un sueño, el científico alemán Otto Loewi diseñó un experimento en 1920 cuyos resultados le valdrían la concesión del premio Nobel en 1936. Loewi había comprobado que era posible mantener vivo a un corazón de rana aislado si se le suminis- traba el aporte adecuado de oxígeno y glucosa, y se colocaba en una solución cuya concentración de sal fuera comparable a la de la sangre de este animal. Utilizando dicho procedi- miento, también pudo comprobar que el corazón palpitaba con una amplitud y una tasa bastante constantes, y que cuan- do estimulaba el nervio vago se producía una bradicardia si- milar a la observada en el corazón de un animal intacto. Una vez obtenido este efecto, Loewi extrajo una pequeña canti- dad del líquido que bañaba este corazón, y lo aplicó a un se-

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gundo corazón que se encontraba en condiciones similares, observando que éste comenzaba a mostrar una bradicardia comparable a la del primero. Estos resultados permitieron llegar a la conclusión de que una sustancia contenida en el nervio vago del primer corazón había sido liberada tras la presentación del estímulo eléctrico, y que dicha sustancia era la responsable de inhibir el latido de ambos corazones. Di- cha sustancia fue bautizada por su descubridor con el nom- bre de Vagusstoff , conociéndose años después como acetilco- lina (Smock, 1999). La demostración de la neurotransmisión química llevada a cabo en el laboratorio de Loewi condujo a la búsqueda e identificación de las sustancias transmisoras que podían par- ticipar en la comunicación neuronal. Con este propósito, uno de los colaboradores de Loewi, Henry Dale, realizó nu- merosos estudios en los que demostró que la acetilcolina ac- tuaba como neurotransmisor en las sinapsis de los ganglios autonómicos y en la unión neuromuscular, y recogió eviden- cias de que una sustancia parecida a la adrenalina (más tarde identificada por von Euler como noradrenalina) también podía ejercer funciones relacionadas con la neurotransmisión (Iversen, 1999; Tansey, 1998). Sus descubrimientos genera- ron el concepto de la identidad química de cada neurona, que consistía en que los diferentes efectos observados en las células diana debían atribuirse a neuronas químicamente di- ferentes. No obstante, esta idea no implicaba necesariamente que cada neurona secretara un único neurotransmisor, y aunque Dale fue consciente de ello, algunos autores le atri- buyeron esta idea, que conocemos en la actualidad como ““principio de Dale”” y que puede formularse del siguiente modo: ““cada neurona libera el mismo neurotransmisor des- de todas sus terminales sinápticas””. Si bien algunos datos re- cientes han puesto en tela de juicio este principio, muchas de las ideas originales de Dale siguen estando plenamente vi- gentes (Strata y Harvey, 1999). A pesar de la relevancia de estos primeros trabajos, pasa- rían varias décadas antes de que se reconociera la importan- cia real de la comunicación química en el funcionamiento del sistema nervioso central, y ello por dos razones fundamenta- les. En primer lugar, porque la hipótesis predominante en los círculos científicos de la época mantenía que la comuni- cación interneuronal en el cerebro era un fenómeno de natu- raleza eléctrica. Y en segundo, porque estos primeros traba- jos se centraron en el sistema nervioso periférico, donde la neurotransmisión química era algo ampliamente aceptado (Tansey, 1998; Carlsson, 1999). A comienzos de la década de los años cincuenta, sin em- bargo, algunos investigadores dirigen sus esfuerzos a la bús- queda de acetilcolina y noradrenalina en áreas cerebrales es- pecíficas, utilizando, entre otras técnicas, preparaciones de tejido para determinar sus constituyentes químicos (Tansey, 1998). Utilizando este procedimiento se descubrirían dos aminas: la serotonina y la dopamina. La primera de ellas fue identificada de forma independiente por U. Erspamer en Ita- lia, e I. Page en Estados Unidos, y su importancia para la psi- cofamacología quedaría puesta de manifiesto en 1953, cuan-

do el farmacólogo británico John Gadumm descubre su re- lación con los efectos de la LSD (Carlsson, 1990). La segun- da fue hallada por I. Carlsson, Lindqvist, Magnusson y Wal- deck, quienes descubrieron unas concentraciones de dopa- mina en el cerebro de conejos que eran muy superiores a las esperables si ésta actuara como mero precursor de la nora- drenalina, como se creía en la época. Poco después se cono- cería la distribución regional de este neurotransmisor en el cerebro de diferentes especies animales, incluida la humana, y surgirían también las primeras evidencias sobre la implica- ción de la dopamina en la enfermedad de Parkinson y en el mecanismo de acción de numerosas sustancias, como la re- serpina (Roe, 1999). La comunidad científica no prestó en principio una espe- cial atención a este tipo de trabajos, que pasaron casi des- apercibidos. Sin embargo, el campo de la neuroquímica ce- rebral iba a sufrir poco después una transformación radical, coincidiendo con los primeros estudios dirigidos a esclarecer el mecanismo de acción de fármacos que estaban demos- trando sobradamente sus efectos terapéuticos en el ámbito clínico. Esta nueva línea de investigación, que se comenta brevemente en el punto siguiente, despejó las pocas dudas existentes sobre la neurotransmisión química cerebral, y condujo a la identificación de la mayoría de los neurotrans- misores que conocemos en la actualidad, transformando pa- ra siempre el ámbito de la investigación cerebral (Carlsson, 1999).

2.2.3. Descubrimiento de los primeros psicofármacos

A partir de la década de los años cincuenta, una serie de hallazgos clínicos y experimentales iban a tener una influen- cia decisiva en el surgimiento y desarrollo de nuestra disci- plina. En efecto, el descubrimiento de los efectos terapéuti- cos de diversos compuestos inició una sólida línea de inves- tigación centrada en la búsqueda de sustancias efectivas en el tratamiento de las enfermedades mentales, transformando por completo el modo de entender la asistencia y el trata- miento psiquiátricos, y posibilitando la elaboración de hipó- tesis etiopatogénicas sobre las más diversas psicopatologías 8.

(^8) Vale la pena citar las palabras con las que Edmund Fischer des- cribió el surgimiento de la Psicofarmacología moderna en 1970: "alrededor del año 1950 fuimos testigos del nacimiento de una nueva ciencia, de una nueva rama de la medicina que nos brin- dó nuevos métodos para el tratamiento de las enfermedades mentales, nuevas armas en la lucha contra estos males, con efectos hasta entonces desconocidos. Se encontraron medica- mentos capaces de cambiar el curso de estas afecciones que ya habíamos creído inexorable, y calmar rápidamente aún la exci- tación más violenta de los psicóticos, haciendo obsoleto el uso de medidas de fuerza, inevitables en épocas anteriores. Se obtu- vieron otros medicamentos para liberar seres humanos prisio- neros de la melancolía que los envolvía con su espesa niebla negra. Se allanaron miedos, se disolvieron ansiedades que para- lizaban la vida de las víctimas." (prólogo del libro de C.R.B.

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cos de dopamina, y que este mecanismo de acción, a través de un fenómeno de retroalimentación, inducía a las neuronas afectadas a desarrollar mecanismos compensatorios para contrarrestar dicho bloqueo. En apoyo de esta hipótesis, al- gunos estudios encontraron altas correlaciones entre las do- sis clínicas de un gran número de neurolépticos, y la capaci- dad de los mismos para bloquear la liberación de dopamina y unirse con mayor o menor grado de afinidad a los receptores postsinápticos. Tales datos experimentales, junto con los que se comentan seguidamente, conducirían a la emergencia de la hipótesis dopaminérgica de la esquizofrenia (Carlsson, 1990; Barcia, 1998).

Reserpina. A comienzos de los años treinta, algunos inves- tigadores comienzan a interesarse por los efectos terapéuti- cos de una planta medicinal utilizada desde tiempos remotos en la India por sus efectos antihipertensivos, sedantes y tran- quilizantes: la rauwolfia serpentina^11 (Carlsson, 1990; Burn, 1965). El principio activo de esta planta sería aislado años más tarde por Muller, Schliller y Ben, quienes denominaron al alcaloide reserpina (Serpasil“). En 1954, Kline publica los resultados obtenidos con esta sustancia en pacientes psiquiá- tricos, unos resultados que, aunque esperanzadores, no iban a tener excesiva trascendencia por varios motivos. En primer lugar, porque quedaron ensombrecidos por los datos que aparecían en la misma época relativos a la clorpromacina y el meprobamato. Y en segundo lugar, porque pronto se com- probaron algunos de los efectos secundarios de la reserpina, fundamentalmente relacionados con la inducción de cuadros parkinsonianos, con la aparición de estados depresivos y, en ocasiones, con intentos de suicidio (Ayd, 1991; Healy, 1998; Cameron, 1999). Aunque el empleo clínico de este fármaco no fue genera- lizado, el descubrimiento de su mecanismo de acción a me- diados de la década de los cincuenta sería crucial para com- prender las acciones de otras sustancias, y para desarrollar hipótesis etiológicas sobre los diversos estados patológicos (fundamentalmente la depresión). Así, por ejemplo, Brodie descubriría el marcado descenso en los niveles centrales de serotonina que se produce tras el tratamiento con reserpina, trazando un puente de unión entre los hallazgos neuroquí- micos y la psiquiatría. Por su parte, Carlsson demostraría la íntima relación entre algunas de las acciones conductuales de la reserpina (por ejemplo, la inmovilidad) y la caída en los niveles centrales de dopamina. Estos hallazgos, que relacio- naban a este neurotransmisor con la enfermedad de Parkin- son, posibilitaron la introducción de la terapia con L-DOPA para los pacientes afectados por esta enfermedad, y sentaron las bases para la elaboración de la hipótesis dopaminérgica de la esquizofrenia (Carlsson, 1990).

Antidepresivos tricíclicos e IMAOS. El éxito terapéutico de sustancias como la prometacina, promacina y clorpromacina

(^11) Puede encontrarse una extensa revisión sobre los fármacos deri-

vados de la rawolfia en (Schlittler y Plummer, 1964).

inició un enorme esfuerzo por modificar la estructura quími- ca de estos fármacos y producir nuevas sustancias activas. De este modo, sustituyendo el puente sulfuro de la cadena fenotiacina por un puente etileno, se desarrollaba en 1951 el primer antidepresivo tricíclico: la imipramina (tofranil®). Es- te débil antihistamínico, con propiedades sedantes y antico- linérgicas, se mostró muy efectivo en pacientes con depre- sión endógena y retardo motor, como puso de manifiesto Khun en sus trabajos, publicados en 1957 y 1958. Alentados por estas esperanzadoras observaciones clínicas, pronto serí- an sintetizados otros compuestos similares, como la amitrip- tilina, desipramina, nortriptilina y clomipramina (Barcia, 1998; Domino, 1999). A diferencia de lo acontecido con la clorpromacina, el mecanismo de acción de estas sustancias fue conocido con rapidez. Así, Axelrod observó a comienzos de los años 50 el papel periférico y central de la noradrenalina, demostrando poco después que la imipramina y sustancias afines eran po- tentes inhibidores del mecanismo de recaptación de este neurotransmisor (Barcia, 1998; Iversen, 1999). Esta observa- ción sería ampliada en 1968 para la serotonina (Carlsson, 1990). Casi simultáneamente al desarrollo de los antidepresivos tricíclicos, una serie de observaciones casuales realizadas con medicación antituberculosa iban a conducir al desarrollo de los antidepresivos IMAOS. En 1951, Fox sintetizó una serie de derivados de la hidracina, la isoniacida y la iproniacida, que mostraban potentes efectos antituberculosos que parecí- an acompañarse de mejoras significativas en el estado de ánimo de los pacientes (Barcia, 1998; Judd, 1998). Interesa- dos por tales efectos, algunos investigadores emplearon estas sustancias para tratar la sintomatología depresiva que acom- paña a la artritis reumatoide, así como los trastornos menta- les que presentaban algunos pacientes que padecían tubercu- losis, si bien estos primeros estudios arrojaron datos poco concluyentes. En 1958 se publica, finalmente, el primer es- tudio controlado que demuestra de forma inequívoca la efi- cacia de la iproniacida en el tratamiento de la depresión, de manos de Loomer, Saunders y Kline, quienes consideraron a este fármaco como un auténtico "energizante psíquico" (Sandler, 1990). Los especialistas de la práctica clínica que emplearon esta sustancia conocían su mecanismo de acción, identificado por A. Zeller y colaboradores en 1952, y rela- cionado con la inhibición de la monoaminooxidasa cerebral, y muy pronto este mecanismo se relacionó de forma directa con la acción terapéutica de la iproniacida (Slotkin, 1999). De esta manera, el estudio de las acciones centrales de los fármacos antidepresivos de la época (tricíclicos e IMAOs) conduciría al desarrollo de la hipótesis monoaminérgica de la depresión, una hipótesis que, con notables modificaciones, sigue teniendo vigencia en el momento actual.

Sales de litio. La introducción del litio como sustancia te- rapéutica en psiquiatría parte de los trabajos iniciados en 1949 por J.F. Cade. Tras demostrar que esta sustancia podía inducir amansamiento en cobayas salvajes y agresivos, Cade

Psicofarmacología: Una aproximación histórica 209

llevó a cabo un ensayo no controlado con 19 pacientes, 10 de los cuales eran maníacos, 6 esquizofrénicos, y 3 depresi- vos (Lickey, Gordon, 1986). Aunque el primer grupo mostró una clara mejoría tras el tratamiento con litio, algunos estu- dios que revelaban casos de muerte por intoxicación con es- ta sustancia motivaron que este ensayo inicial fuera olvidado hasta mediados de la década de los años 60 (Ayd, 1991; Judd, 1998). En 1965, Cade, Ayd y Schou deciden realizar estudios controlados con diversos pacientes afectados de és- ta y otras patologías, demostrando la eficacia antimaníaca del litio. Estos resultados alentaron a la comunidad científica sobre las posibilidades terapéuticas de la sustancia, que fue finalmente comercializada a comienzos de la década de los años 70 (Tansey, 1998).

Ansiolíticos. El desarrollo de la medicación ansiolítica (de- jando a un lado los barbitúricos, descubiertos a finales del si- glo XIX) se inicia con el descubrimiento del meprobamato de manos de Selling y Borrus, quienes publican en 1955 dos informes breves sobre una nueva sustancia tranquilizante que podía sustituir a los barbitúricos. Aunque estos estudios iniciales no atrajeron la atención de los especialistas (que se hallaban más interesados por la clorpromacina), la comercia- lización del meprobamato se acompañó de tal campaña in- formativa y de promoción que fue un fármaco ampliamente prescrito durante más de diez años. Su uso comenzaría a de- clinar cuando la comunidad médica apreció la incidencia cre- ciente de casos de tolerancia, abuso, dependencia, síntomas de retirada tras la interrupción del tratamiento, y sobredosis letal, unos datos que no diferían demasiado de los publica- dos en relación con los barbitúricos (Ayd, 1991; Escotado, 1999). Casi al mismo tiempo en que el uso del meprobamato comenzaba a cuestionarse, una nueva familia de sustancias con efectos ansiolíticos iba a entrar en escena: las benzodia- cepinas. Estas sustancias fueron sintetizadas por primera vez por Leo Sternback en los años 30, aunque hasta mediados de los años cincuenta el autor no volvió a interesarse por ellas. Así, estimulado por el descubrimiento de los primeros tran- quilizantes, sintetizó mientras trabajaba para Hoffmann La Roche 40 nuevos compuestos, todos ellos inertes. En 1957, Earl Reeder, mientras limpiaba el laboratorio del Dr. Stern- bach, recordó los varios cientos de miligramos de uno de ellos, el R05-0690 (posteriormente conocido como clordia- cepóxido), que no había llegado a ser estudiado farmacológi- camente. Interesado por sus posibles efectos, envió la sus- tancia a L. Randall para que realizara estudios con animales. Dos meses más tarde, Randall telefonearía a Sternbach para informarle de que el compuesto en cuestión tenía importan- tes propiedades hipnóticas y sedantes. En 1958 se inician los primeros estudios controlados con seres humanos emplean- do esta sustancia, unos estudios que propiciarían la comer- cialización del fármaco en 1960 como Librium“, seguido años después de otros como el diacepam o el oxacepam (Ayd, 1991).

Durante la primera mitad del siglo XX, los tratamientos disponibles para las enfermedades mentales eran ciertamente limitados. Los pacientes pasaban sus días recluidos en asilos, donde permanecían la mayor parte del tiempo inactivos y sometidos a terapias a menudo crueles y casi siempre inefec- tivas. Eran tiempos difíciles para la psiquiatría, que tampoco encontraba en la investigación básica un conocimiento sobre el sistema nervioso que le permitiera avanzar en el desarrollo de hipótesis etiopatogénicas y estrategias terapéuticas ade- cuadas. El descubrimiento de los primeros psicofármacos fue acogido, como no podía ser de otro modo, con entusiasmo y euforia por la mayoría de los profesionales que trabajaban en la práctica clínica. Por primera vez, se abría la posibilidad de tratar a los pacientes con terapias racionales que demostra- ban su efectividad en casos para los que no se tenían res- puestas. De hecho, a menudo se mantiene que la psicofar- macología ha sido la responsable de conducir a la psiquiatría al mundo moderno (Tansey, 1998). En efecto, el empleo masivo de los primeros psicofármacos produjo un marcado descenso en el número de sujetos institucionalizados, que por primera vez podían ser tratados de forma ambulatoria y recibir otras intervenciones que mejoraron sensiblemente su pronóstico (López-Muñoz, Álamo, Rubio y Cuenca, 2004; Shepherd, Lader, Rodnight, 1972). Esta verdadera revolu- ción hizo necesario realizar una profunda transformación de los hospitales psiquiátricos y de la organización asistencial en general, conduciendo a una reforma en la que comenzaron a cobrar importancia cuestiones hasta el momento ignoradas, como la satisfacción del paciente, su ajuste social o la nece- sidad de prestar apoyo a las familias que ahora empezaban a hacerse cargo de los enfermos (Barcia, 1998). Es indudable que estos cambios no habrían sido posibles sin el descubri- miento de los primeros neurolépticos, antidepresivos y an- timaníacos. Sin embargo, el surgimiento de esta nueva disciplina también tuvo importantes consecuencias en otros ámbitos del saber, aportando datos cruciales para el desarrollo de la neuroquímica cerebral, la farmacología y la psicobiología. Así, los estudios centrados en el mecanismo de acción de los primeros psicofármacos dieron un empuje sin precedentes a la investigación neuroquímica, facilitando la identificación de los primeros neurotransmisores, su localización y funciones cerebrales, y su relación con diferentes patologías (López- Muñoz, Álamo y Cuenca, 2003). Más aún, gracias a estos descubrimientos se hizo posible formular las primeras hipó- tesis etiopatogénicas de la enfermedad mental, como la hipó- tesis dopaminérgica de la esquizofrenia o la monoaminérgica de la depresión. La investigación básica, en definitiva, con- trajo una deuda con la psicofarmacología clínica que ha pa- gado años después con creces. Del mismo modo, algunas líneas de investigación psico- biológicas recibieron un gran empuje gracias al descubri- miento de los primeros fármacos, y posibilitaron el estudio sistemático de los efectos conductuales de estas y otras sus- tancias de abuso tanto en animales como en seres humanos,

Psicofarmacología: Una aproximación histórica 211

consecuencia negativa que muchos de los efectos adversos de los fármacos fueron descubiertos demasiado tarde (Esco- tado, 1999). La historia de la psicofarmacología que se ha revisado en estas páginas no puede entenderse, en definitiva, sin tener en cuenta todos estos factores, muchos de los cuales aún ejer- cen su influencia en la psicofarmacología actual. Sin embar- go, nuestra disciplina es hoy en día muy distinta de aquella que inició su andadura a mediados de la década de los años cincuenta. El descubrimiento y desarrollo de fármacos no se basa ya en observaciones clínicas asistemáticas, ni se lleva a cabo sin una base teórica y metodológica sólidas. Muy al contrario, el diseño de nuevas sustancias se realiza en la ac- tualidad de forma sistemática y rigurosa, teniendo en cuenta el conocimiento disponible acerca de los mecanismos pato- lógicos sobre los que se pretende actuar, y de los tipos de re- ceptores y lugares de fijación sobre los cuales puede ejercer su acción el compuesto. Se busca, así, lograr un alto grado de selectividad que optimice la eficacia terapéutica del fár- maco y minimice sus posibles efectos secundarios. Para ello

se trabaja de forma multidisciplinaria, recogiendo informa- ción de ámbitos del saber como la biología y la genética mo- lecular (que aporta información detallada sobre la estructura de los receptores), la farmacología (que permite conocer de forma precisa las distintas propiedades estructurales y fun- cionales de los fármacos), la psicobiología (que analiza de forma científica sus efectos sobre el sistema nervioso y el comportamiento), o la neuroquímica (que avanza con rapi- dez en el descubrimiento de nuevos neurotransmisores y sus funciones). De este modo, la psicofarmacología integra en la actualidad los vertiginosos avances que se suceden en estas áreas de conocimiento para comprender las bases neuro- químicas del comportamiento, los mecanismos de acción de las distintas sustancias psicoactivas, y sus posibles indicacio- nes terapéuticas. Arrojando luz sobre estos aspectos, la psi- cofarmacología se sitúa en el umbral de un profundo desafío científico: comprender, a través del estudio detallado de los fármacos, los mecanismos moleculares y celulares que sub- yacen a las complejas y variadas funciones del cerebro humano (Bloom, 1995).

4. Referencias

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(Artículo recibido: 26-7-04, aceptado: 29-8-05)