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Este documento pertenece a la novela 'memorias póstumas de blas cubas' de joaquim maria machado de assis. La historia gira en torno a blas cubas, un hombre que reflexiona sobre su pasado y las relaciones complicadas que ha tenido con las mujeres de su vida, especialmente con virgilia. El texto describe cómo blas se enamora de virgilia, cómo se casan y cómo su amor se ve afectado por la opinión pública. Además, se mencionan otros personajes importantes en la novela, como quincas borba y lobo neves.
Tipo: Apuntes
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La Colección Los ríos profundos , haciendo homenaje a la emblemática obra del peruano José María Arguedas, supone un viaje hacia lo mítico, se concentra en esa fuerza mágica que lleva al hombre a perpetuar sus historias y dejar huella de su imaginario, compartiéndolo con sus iguales. Detrás de toda narración está un misterio que se nos revela y que permite ahondar en la búsqueda de arquetipos que definen nuestra naturaleza. Esta colección abre su espacio a los grandes representantes de la palabra latinoamericana y universal, al canto que nos resume. Cada cultura es un río navegable a través de la memoria, sus aguas arrastran las voces que suenan como piedras ancestrales, y vienen contando cosas, susurrando hechos que el olvido jamás podrá tocar. Esta colección se bifurca en dos cauces: la serie Clásicos concentra las obras que al pasar del tiempo se han mantenido como íconos claros de la narrativa universal, y Contemporáneos reúne las propuestas más frescas, textos de escritores que apuntan hacia visiones diferentes del mundo y que precisan los últimos siglos desde ángulos diversos.
Que Stendhal confesara haber escrito uno de sus libros para cien lectores, cosa es que admira y que consterna. Lo que no admira, ni probablemente consternará, es si este libro no llega a tener los cien lectores de Stendhal, ni cincuenta, ni veinte, sino diez, cuando mucho. ¿Diez? Tal vez cinco. En efecto, se trata de una obra difusa, en la cual, si bien yo, Blas Cubas, he adoptado la forma libre de un Sterne o de un Xavier de Maistre, no sé si le he agregado alguna sarna de pesimismo. Puede ser. Obra de difunto. La he escrito con la pluma de la broma y la tinta de la melancolía, y no es difícil prever qué cosa podrá salir de seme- jante connubio. Agréguese a esto que la gente grave hallará en el libro unas apariencias de pura novela, mientras que la gente frí- vola no hallará en él su novela habitual; aquí lo tienes, aquí está, privado de la estima de los graves y del amor de los frívolos, que son las dos columnas máximas de la opinión. Pero todavía espero atraerme las simpatías de la opinión, y el primer remedio es huir de un prólogo explícito y largo. El mejor prólogo es el que contiene menos cosas, o el que las dice de una manera oscura y truncada. Por consiguiente, evito contar el pro- ceso extraordinario que he empleado en la composición de estas Memorias, trabajadas acá en el otro mundo. Sería curioso, pero extenso en demasía, y por otra parte innecesario para la inteli- gencia de la obra. La obra en sí misma lo es todo: si te agrada, fino lector, me doy por bien pagado de la tarea; si no te agrada, te pago con un papirotazo, y adiós.
Blas Cubas
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Algún tiempo he titubeado acerca de si debía abrir estas memorias por el principio o por el fin, esto es, si pondría en primer lugar mi nacimiento o mi muerte. Aunque el uso vulgar sea comenzar por el nacimiento, dos consideraciones me han inclinado a adoptar un método diferente: la primera es que yo no soy propiamente un autor difunto, sino un difunto autor, para quien la losa sepulcral ha sido otra cuna, y la segunda es que el escrito quedaría así más galano y más nuevo. Moisés, que tam- bién contó su muerte, no la puso en el introito, sino en el final: diferencia radical entre este libro y el Pentateuco. Dicho eso, expiré a las dos de la tarde de un viernes del mes de agosto de 1869, en mi hermosa quinta de Catumby^1. Tenía unos sesenta y cuatro años, fuertes y prósperos, era soltero, poseía cerca de trescientos contos^2 y fui acompañado al cemen- terio por once amigos. ¡Once amigos! Verdad es que no hubo cartas ni esquelas. Agréguese a esto que llovía, que se colaba una llovizna menuda, triste y constante, tan constante y tan triste que llevó a uno de aquellos fieles de la última hora a intercalar esta ingeniosa idea en el discurso que pronunció al borde de mi fosa: “Vosotros que lo conocisteis, señores míos, vosotros podéis decir conmigo que la naturaleza parece estar llorando la pérdida irre- parable de uno de los más hermosos caracteres que han honrado a la humanidad. Este aire sombrío, estas gotas del cielo, aquellas
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s I. Óbito del autor
colección los ríos profundos
nubes oscuras que cubren el azul como un fúnebre crespón, todo eso es el dolor crudo y malo que roe a la Naturaleza hasta en sus más íntimas entrañas, todo esto es un sublime loor a nuestro ilustre finado.” ¡Bueno y fiel amigo! No, no me arrepiento de las veinte pólizas que le dejé. Y así fue como llegué a la clausura de mis días; así fue como me encaminé hacia el undiscovered country de Hamlet, sin las ansias ni las dudas del joven príncipe, sino lento y reposado, como alguien que se retira tarde del espectáculo. Tarde y aburrido. Me vieron ir unas nueves o diez personas, entre ellas tres señoras: mi hermana Sabina, casada con Cotrim; su hija —un lirio del valle—, y… ¡tened paciencia! dentro de poco os diré quién era la tercera señora. Por ahora contentaos con saber que esa mujer anó- nima, aunque no era parienta mía, padeció más que las parientas. Es verdad, padeció más. No digo que se arrancase los cabellos, no digo que se revolcase por el suelo, convulsa. Tampoco mi óbito era una cosa altamente dramática… Un solterón, que expira a los sesenta y cuatro años, no parece reunir en sí todos los elementos de una tragedia. Y, suponiendo lo contrario, lo que menos convenía a esa señora anónima era aparentarlo. De pie, a la cabecera de la cama, los ojos estúpidos, la boca entreabierta, la triste señora mal podía creer en mi extinción. —¡Muerto! ¡Muerto! —decía para sí. Y su imaginación, como las cigüeñas que un ilustre viajero vio tender el vuelo desde el Iliso hasta las riberas africanas, pese a las ruinas y a los tiempos, la imaginación de esa señora voló también por encima de los estragos presentes hasta las riberas de un Africa juvenil… Dejadla ir; allá iremos más tarde; allá iremos cuando ya me restituya a los primeros años. Por ahora quiero morir tranquilamente, metódicamente, oyendo los sollozos de las damas, las conversaciones en voz baja de los hombres, la lluvia que tamborilea en las hojas de aro de la quinta y el sonido estri- dente de una navaja que un amolador está afilando allá afuera, a la puerta de un talabartero. Os juro que esa orquesta de la muerte fue mucho menos triste de lo que podría parecer. Desde cierto punto en adelante llegó a ser deliciosa. La vida se debatía en mi
colección los ríos profundos
En efecto, un día, por la mañana, mientras me hallaba paseando por la quinta, se me colgó una idea en el trapecio que yo tenía en el cerebro. Una vez colgada, comenzó a bracear, a permear, a hacer las más atrevidas cabriolas de volatín que sea posible imaginar. Yo me quedé contemplándola. De pronto, dio un gran salto, extendiendo los brazos y las piernas, hasta tomar la forma de una X: descíframe o te devoro. Esta idea era nada menos que la invención de un medica- mento sublime, anti-hipocondríaco, destinado aliviar a nuestra melancólica humanidad. En la petición de privilegio que entonces redacté llamé la atención del gobierno hacia ese resultado, verdade- ramente cristiano. Sin embargo, no negué a los amigos las ventajas pecuniarias que debían resultar de la distribución de un producto de tales y tan profundos efectos. Más ahora que estoy acá, del otro lado de la vida, lo puedo confesar todo: lo que influyó en mí prin- cipalmente fue el gusto de ver impresas en los diarios, en los esca- parates, folletos, esquinas, y por último en las cajitas del remedio, estas tres palabras: Emplasto Blas Cubas. ¿Para qué negarlo? Yo tenía la pasión del ruido, del cartel, de los fuegos artificiales. Tal vez este defecto me lo echen en cara los modestos; confío, no obs- tante, en que ese talento me lo han de reconocer los hábiles. Así, pues, mi idea ostentaba dos caras, como las medallas, una vuelta hacia el público, otra hacia mí. De un lado, filantropía y lucro; de otro lado, sed de renombre. Digamos: amor de la gloria. Un tío mío, canónigo de prebenda entera, solía decir que el amor de la gloria temporal era la perdición de las almas, que sólo deben codiciar la gloria eterna. A lo que replicaba otro tío,
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Joaquim M. M ach a do de Assis Memorias póstumas de Blas Cubas
oficial de uno de los antiguos tercios de infantería, que el amor de la gloria era la cosa más verdaderamente humana que hay en el hombre, y, por consiguiente su aspecto más genuino. Decida el lector entre el militar y el canónigo; yo vuelvo al emplasto.
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en la familia de aquel famoso homónimo mío, el capitán-mayor^2 Blas Cubas, que fundó la villa de Sao Vicente^3 , en la cual murió el año de 1592, y ese fue el motivo que tuvo para darme el nombre de Blas. Se lo opuso, empero, la familia del capitán-mayor, y entonces fue cuando imaginó las trescientas cubas moriscas. Viven todavía algunos miembros de mi familia, mi sobrina Venancia, por ejemplo, el lirio del valle, que es la flor de las damas de su tiempo; vive su padre, Cotrim, un individuo que... Pero no anticipemos los sucesos; acabemos de una vez con nuestro emplasto.
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Mi idea, después de tantas cabriolas, se había constituido una idea fija. Dios te libre, lector, de una idea fija; antes una viga en el ojo. Ahí tienes a Cavour: fue la idea fija de la unidad ita- liana la que lo mató. Verdad es que Bismarck no ha muerto; pero hay que advertir que la naturaleza es una grande caprichosa y la historia una eterna cortesana. Por ejemplo, Suetonio nos dio un Claudio que era un necio —o “una calabaza”, como lo llamó Séneca— y un Tito que mereció ser las delicias de Roma. Vino en los tiempos modernos un profesor y halló la manera de demos- trar que de los dos césares, el delicioso, el verdadero delicioso, fue el “calabaza” de Séneca. Y tú, madama Lucrecia, flor de los Borgias, si un poeta te pintó como la Mesalina católica, apareció un Gregorovius incrédulo que te apagó mucho esa cualidad, y, si no llegaste a lirio, tampoco quedaste pantano. Yo me mantengo entre el poeta y el sabio. Viva pues la historia, la voluble historia que da para todo; y, volviendo a la idea fija, diré que es ella la que hace los varones fuertes y los locos; la idea móvil, vaga o cambiante, es la que hace a los Claudios (fórmula Suetonio). Era fija mi idea; fija como… No se me ocurre nada que sea bastante fijo en este mundo; quizá la luna, quizá las pirámides de Egipto, quizá la difunta Dieta germánica. Vea el lector la com- paración que mejor le cuadre, vea y no se quede ahí torciéndome la nariz, sólo porque todavía no llegamos a la parte narrativa de estas memorias. Ya llegaremos. Creo que prefiere la anécdota a la reflexión, como los demás lectores, cofrades suyos, y me parece que hace muy bien. Pues ya llegaremos a eso. Sin embargo,
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