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Borja de Riquer, Apuntes de Historia

Asignatura: fonaments del món contemporani, Profesor: javier tebar hurtado, Carrera: Història, Universidad: UAB

Tipo: Apuntes

2016/2017

Subido el 07/07/2017

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A los cien años de la Gran Guerra
Evolución de los estudios sobre la Primera Guerra
Mundial
porBorja de Riquer i Permanyer
1914. De la paz a la guerra
Margaret MacMillan
Madrid, Turner, 2014
Trad. de José Adrián Vitier
864 pp. 39,90 €
1914, el año de la catástrofe
Max Hastings
Barcelona, Crítica, 2014
Trad. de Gonzalo García y CecliaBelza
728 pp. 29,90 €
1914-1918. Historia de la Primera Guerra Mundial
David Stevenson
Barcelona, Debate, 2013
Trad. de Juan Rabasseda
896 pp. 37,90 €
Sonámbulos. Cómo Europa entró en guerra en 1914
Christopher Clark
Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2014
Trad. de Irene Cifuentes y Alejandro Pradera
788 pp. 29 €
Para acabar con todas las guerras
Adam Hoschschild
Barcelona, Península, 2014
Trad. de Yolanda Fontal
615 pp. 34,90 €
La Gran Guerra (1914-1918)
Álvaro Lozano
Madrid, Marcial Pons, 2014
628 pp. 28 €
Los estudios históricos sobre la Primera Guerra Mundial, aunque no son tan numerosos
como los dedicados a la Segunda Guerra Mundial, han sido siempre relevantes y ahora
lo son mucho más con motivo del centenario del inicio del conflicto. Sin embargo, la
historiografía y los retratos testimoniales sobre la bien pronto denominada «Gran
Guerra» han seguido una evolución sumamente curiosa, ya que constituyen una muestra
de cómo no siempre lo que escriben los especialistas responde a las demandas e
intereses de la mayoría de los ciudadanos. En efecto, durante casi dos décadas, desde
1918 hasta el inicio de la que inmediatamente pasó a denominarse Segunda Guerra
Mundial, la historiografía que podríamos calificar de más académica había centrado su
atención fundamentalmente en el estudio de las relaciones diplomáticas internacionales
que habían dado lugar al estallido del conflicto. Eran estudios prolijos sobre las políticas
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A los cien años de la Gran Guerra

Evolución de los estudios sobre la Primera Guerra

Mundial

porBorja de Riquer i Permanyer

  1. De la paz a la guerra Margaret MacMillan Madrid, Turner, 2014 Trad. de José Adrián Vitier 864 pp. 39,90 € 1914, el año de la catástrofe Max Hastings Barcelona, Crítica, 2014 Trad. de Gonzalo García y CecliaBelza 728 pp. 29,90 € 1914-1918. Historia de la Primera Guerra Mundial David Stevenson Barcelona, Debate, 2013 Trad. de Juan Rabasseda 896 pp. 37,90 € Sonámbulos. Cómo Europa entró en guerra en 1914 Christopher Clark Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2014 Trad. de Irene Cifuentes y Alejandro Pradera 788 pp. 29 € Para acabar con todas las guerras Adam Hoschschild Barcelona, Península, 2014 Trad. de Yolanda Fontal 615 pp. 34,90 € La Gran Guerra (1914-1918) Álvaro Lozano Madrid, Marcial Pons, 2014 628 pp. 28 €

Los estudios históricos sobre la Primera Guerra Mundial, aunque no son tan numerosos como los dedicados a la Segunda Guerra Mundial, han sido siempre relevantes y ahora lo son mucho más con motivo del centenario del inicio del conflicto. Sin embargo, la historiografía y los retratos testimoniales sobre la bien pronto denominada «Gran Guerra» han seguido una evolución sumamente curiosa, ya que constituyen una muestra de cómo no siempre lo que escriben los especialistas responde a las demandas e intereses de la mayoría de los ciudadanos. En efecto, durante casi dos décadas, desde 1918 hasta el inicio de la que inmediatamente pasó a denominarse Segunda Guerra Mundial, la historiografía que podríamos calificar de más académica había centrado su atención fundamentalmente en el estudio de las relaciones diplomáticas internacionales que habían dado lugar al estallido del conflicto. Eran estudios prolijos sobre las políticas

de alianzas previas a la guerra, sobre los diversos intereses económicos y políticos puestos en juego, y sobre las rivalidades que habían provocado la conflagración. Y, evidentemente, abundaban los detallados análisis sobre las estrategias militares diseñadas por los altos estados mayores antes y durante la guerra. En la mayoría, por no decir la totalidad, de los estudios históricos de entonces aparecía la obsesión por buscar «los responsables políticos» de la guerra y predominaba la tendencia a acusar a Alemania de ser la principal culpable. El gran vencido era, además, casi el único responsable de aquel desastre.

La historiografía académica de entonces, elaborada por una minoría de profesores universitarios, por algunos diplomáticos y militares, y también por destacados periodistas, aparte de utilizar la escasa documentación oficial que entonces se permitía consultar, se construía a partir de los testimonios escritos dejados por los más relevantes políticos, diplomáticos y militares. Era básicamente la historia de la alta política, centrada en las actitudes de las elites, en la que destacaba la ausencia de estudios profundos sobre los millones de combatientes, ya que los soldados eran tan solo unas cifras en los gruesos volúmenes entonces publicados. Igualmente destacaba la generalizada ausencia en estas obras de referencias concretas y detalladas sobre el gran impacto que el conflicto había producido en el conjunto de la población de los países beligerantes. Parecía como si la guerra sólo se hubiera vivido en los frentes.

De este modo, si se contempla en su conjunto la historiografía sobre la Gran Guerra publicada en los años veinte y treinta, nos percatamos de que había una notable falta de sintonía entre lo que trataban y sostenían los historiadores académicos en la gran mayoría de los países que habían sido beligerantes, y lo que realmente interesaba a buena parte de la sociedad de estos mismos países. En la mayoría de los estudios sobre la guerra, destacaba el escaso interés, o la reducida sensibilidad, de sus autores por narrar los enormes costes humanos del conflicto, aunque en todos estos países ya se habían publicado numerosos testimonios sobre la vida y la muerte de los soldados en las trincheras. El éxito literario y el impacto emocional y político de lo que habían denunciado, por ejemplo, Henri Barbusse, Erich Maria Remarque o Ernest Hemingway, en sus escritos testimoniales El fuego , Sin novedad en el frente y Adiós a las armas , apenas parecía influir en la tradicional historiografía del momento. En efecto, las emotivas denuncias de la brutalidad y de la irracionalidad de aquella guerra vivida por millones de soldados en las trincheras apenas eran analizadas y explicadas por unos historiadores más interesados en recoger las versiones oficiales del conflicto que aparecían en las memorias de los políticos y de los generales. Los «intereses de Estado» predominaban en aquellas historias oficiales que ponían siempre el énfasis en las responsabilidades de los unos, generalmente los alemanes, y exculpaban a los otros, y que tendían a minimizar los enormes costes humanos y materiales de aquella locura. Y en defensa de la «verdad» oficial sobre aquella guerra en Francia llegó a prohibirse un alegato antibelicista tan auténtico como El miedo , el libro de Gabriel Chevallier, bajo la acusación de ser una obra «antipatriótica». Así, puede decirse que hasta 1945 la historiografía europea más académica y oficial debatió básicamente sobre responsabilidades y sobre los errores y los aciertos de los principales dirigentes políticos y de los jefes militares de los países beligerantes, mientras que apenas investigó sobre los efectos humanos y sociales de aquel conflicto.

Fue después de 1945, y en gran medida como resultado del gran impacto emocional producido por las decenas de millones de víctimas de la Segunda Guerra Mundial,

canadienses, australianos, neozelandeses, indios, etc. Asimismo, los estudios de carácter más social y antropológico se han diversificado y enriquecido en buena parte gracias al uso masivo de documentación privada, sobre todo de cartas de combatientes y otros testimonios, y también por la localización fondos fotográficos y cinematográficos hasta ahora desconocidos. Así, en conjunto, las últimas publicaciones sobre la Gran Guerra han servido para situar este primer conflicto en la historia europea y mundial del siglo XX de una forma mucho más precisa. Sin embargo, aún hoy se observa un fenómeno significativo. Si bien este conflicto ha sido y es hoy un tema de atención preferente por parte de la historiografía, así como por parte del público francés y británico, no posee la misma relevancia en Alemania, donde el interés por esta guerra es muy inferior. Como más adelante comentaremos, persiste en buena parte de la opinión pública alemana la percepción de que aquella guerra fue totalmente diferente de la Segunda Guerra Mundial y que la transcendencia histórica de la derrota de 1918 fue bien diversa.

Características generales de la Primera Guerra Mundial

Actualmente, la mayoría de los historiadores coinciden en señalar que en el año 1914, con el inicio de la Gran Guerra, comenzó una nueva etapa de la historia europea. La vieja tesis del historiador norteamericano Arno Mayer sobre la persistencia en el viejo continente de una sociedad del «antiguo régimen» hasta 1914 se ha visto refrendada con las posteriores reflexiones de Eric Hobsbawm sobre el «corto siglo XX», que se iniciaba precisamente en 1914 y finalizaba con la caída del muro de Berlín en 1989. Esos «cortos setenta y cinco años» constituían, sin embargo, la etapa más sangrienta de la historia del viejo continente. También hoy tiende a aceptarse generalmente la propuesta, formulada ya en 1945 por el historiador alemán Ernst Nolte, de calificar la etapa que va de 1914 a 1945 de una auténtica «guerra civil europea». Esta tesis ha sido más recientemente aceptada y matizada tanto por el veterano Claudio Pavone como por el más joven Enzo Traverso. En el mundo historiográfico hoy existe una general coincidencia en considerar que la etapa más trágica de la historia europea y mundial fue la que se inició en 1914 con la Gran Guerra y que no finalizó hasta el verano de 1945, treinta y un años más tarde.

Antes de entrar en el comentario concreto de las más importantes aportaciones historiográficas aparecidas últimamente, conviene señalar cuáles son las características generales de la Gran Guerra en que hoy coinciden prácticamente todos los especialistas. Como los aspectos más excepcionales del conflicto, muchos de los cuales se producían por primera vez en la historia, se señalan los siguientes. En primer lugar, la larga duración de la guerra: desde agosto de 1914 hasta noviembre de 1918, es decir cuatro años y tres meses. Eso era impensable cuando se inició el conflicto, ya que todos los estados mayores sostenían que la guerra sería corta y rápida. En segundo lugar, se señala la extraordinaria movilización de recursos humanos y materiales que supuso la guerra. Fue, sin duda, el conflicto más amplio y global vivido por la humanidad hasta entonces: más de setenta millones de soldados fueron movilizados por los países beligerantes, ya que en ellos fueron llamados a filas todos los hombres útiles entre diecisiete y cuarenta y ocho años. Igualmente se coincide en señalar los enormes efectos que tuvo la guerra sobre la sociedad, sobre todo en la europea. Aquel fue el primer conflicto que afectó notablemente a la población no combatiente, aunque se encontrara a centenares de kilómetros de los frentes. En las zonas de combate acabó imponiéndose la «guerra total»: buena parte de los territorios quedaron devastados, a menudo se

practicó la política de «tierra quemada», hubo confiscaciones masivas de cosechas y de propiedades, así como violentas ocupaciones de ciudades y pueblos. Las deportaciones de población fueron masivas, por lo que se crearon zonas especiales para asentar a la población refugiada. La población civil no combatiente fue en ocasiones tratada con suma violencia: rehenes, ejecuciones, etc. En buena parte de Europa, de hecho, desapareció la separación entre los combatientes y los no combatientes: todos por igual formaban parte del enemigo.

En el ejército francés murieron el 22% de los soldados y el 25% de los oficiales, y resultaron heridos un 40% de los movilizados

Fue asimismo extraordinaria la movilización de todas las retaguardias al servicio de la guerra. Se produjo una auténtica militarización de gran parte de las industrias y de los servicios, y se impusieron planificadas economías de guerra de todos los países contendientes. Este enorme esfuerzo, y lo prolongado del conflicto, hizo que el coste económico de la guerra fuese enorme. Se ha calculado que sólo en material bélico los contendientes se gastaron ochenta y dos mil millones de dólares. Concluida la guerra, los gastos acumulados provocaron que prácticamente todos los contendientes estuvieran medio arruinados y altamente endeudados. A finales del año 1918 se consideraba que el total de las deudas contraídas por los países beligerantes ascendía a la fabulosa cantidad de doscientos cincuenta mil millones de dólares.

Otro elemento distintivo de la Gran Guerra que ha sido puesto en relieve por todos los historiadores es el haber sido el primer conflicto realmente moderno, ya que en él se puso de manifiesto cómo la ciencia y la tecnología más avanzadas se ponían al servicio de las industrias de guerra. Se habían acabado las viejas guerras «románticas» en que el heroísmo personal podía imponerse a las armas. En la Gran Guerra se hizo patente la desaparición de la caballería, tras varios miles de años de ser considerada la principal arma de ataque contra el enemigo. Aquella fue también la primera guerra tecnológica: los grandes avances experimentados por la química se vieron reflejados en los nuevos tipos de explosivos y en los gases mortales. El gas mostaza inventado por la BASF alemana, pese a estar prohibido por la Convención de La Haya de 1907, fue utilizado por primera vez en frente occidental en 1915. La metalúrgica aportó los nuevos motores de explosión, que se utilizaron en los coches, camiones y aviones. Se utilizaron por primera vez en una batalla los vehículos blindados: los tanques Mark británicos aparecieron en la batalla del Somme en 1916. En la larga y sangrienta guerra de trincheras desempeñó un papel destacado la nueva y poderosa artillería, capaz de alcanzar objetivos a decenas de kilómetros, y en la guerra del mar los submarinos se convirtieron en un arma extremadamente eficaz. En los combates en tierra, quizás el arma más temible y mortífera para los soldados de infantería fueron las modernas ametralladoras, capaces de disparar más de cien balas por minuto. El recurso a los últimos inventos de la electrónica permitió a todos los ejércitos disponer en los propios frentes de teléfonos y de fonógrafos, y los estados mayores pudieron utilizar el cine como un elemento fundamental para las políticas de propaganda en la retaguardia.

Fue la primera guerra en que se utilizó la aviación de forma sistemática. Los propios aviones de caza, biplanos y triplanos, experimentaron una transformación notable durante la propia guerra, ya que pasaron de ser básicamente utilizados para la observación del enemigo a convertirse bien pronto en una eficaz arma de combate aéreo y de ataque a tierra, utilizando ametralladoras y bombas. En 1914, los primeros aviones

En casi todas las obras que comentaremos en este artículo, una buena parte de las reflexiones de sus autores están centradas en las causas de la guerra y en quiénes fueron los principales «responsables» del conflicto. En efecto, el origen del conflicto es lo que más preocupa: ¿cómo fue que un incidente regional, en la lejana Sarajevo, en los casi desconocidos Balcanes, se internacionalizó de tal manera que acabó provocando una guerra de tan enormes proporciones? Y, ¿por qué fue este incidente del verano de 1914 la chispa del conflicto, y no otros semejantes, y quizá más graves, ocurridos con anterioridad? ¿Cómo fue que la guerra no comenzó a causa del contencioso francoalemán por Alsacia y Lorena, sino por las rivalidades entre los serbios y el imperio de los Habsburgo?

Son numerosos los historiadores que han analizado con detenimiento las causas más remotas que provocaron la guerra. Aquí las coincidencias son notables. Con gran precisión se repasan las tensiones entre las principales potencias europeas, sus rivalidades por crear grandes imperios coloniales y su creciente expansionismo económico. Se presta una especial atención al caso de Alemania, que con setenta millones de habitantes, ya se había convertido en 1914 no sólo en la primera potencia económica del continente, sino también en un auténtico rival del poderío británico. El avance tecnológico y científico alemán, en los campos de la química, la electrónica, la metalurgia y la siderurgia, era ya superior al británico y tan solo el gran desarrollo norteamericano era equiparable. Son muchos los historiadores que señalan que el excesivo eurocentrismo de entonces hacía que la mayoría de los observadores de la política internacional no tuvieran demasiado en cuenta, como le sucedió a España en 1898, lo que ya suponía en el terreno económico y militar el poderoso imperio yanqui.

Por su parte, en 1914, Gran Bretaña vivía en buena medida de las rentas que le otorgaba su extenso y rico imperio colonial, pero, tecnológicamente, era un país que ya había sido superado por Alemania. Controlaba, eso sí, los principales flujos financieros mundiales y la Bolsa de Londres aún superaba con creces a las de Nueva York y Berlín. Francia intentaba consolidar su imperio africano y asiático, sin haber superado el trauma de la pérdida de Alsacia y Lorena. Mientras tanto, el imperio austríaco tendía a aprovecharse de la debilidad del otomano para expansionarse hacia los Balcanes.

Todos los estudios más recientes nos ofrecen detallados análisis sobre las políticas belicistas y de rearme militar de los futuros contendientes y cómo fueron forjándose unas poco estables políticas de alianzas: la Triple Alianza, inicialmente compuesta por Alemania, Austria-Hungría e Italia; y la Triple Entente, integrada por Francia, Gran Bretaña y Rusia. Coaliciones ambas sumamente débiles, ya que, a causa de su contencioso con Austria-Hungría sobre la zona de Trieste y el Bolzano, Italia abandonó la Triple Alianza para sumarse, en 1915, a los países de la Entente. Causas semejantes llevaron al imperio otomano a convertirse en aliado de alemanes y austríacos: sus tensiones con Rusia por el control del Cáucaso y con los británicos por Egipto y Palestina.

Últimamente son bastantes los historiadores que muestran un gran interés por analizar los grandes momentos de tensión europeos anteriores a la Gran Guerra y que, sin embargo, no concluyeron en una guerra generalizada como sí sucedió en 1914. Desde principios del siglo se habían vivido diversos conflictos relativamente periféricos que generaron notable tensión entre las principales potencias, pero siempre se había impuesto la negociación y no se había recurrido al enfrentamiento: las tensiones

provocadas en 1904-1906 por el control del norte de Marruecos –especialmente por la zona de Tánger, que había enfrentado a alemanes, británicos y franceses– habían culminado con la conferencia de Algeciras (1906). Austria había ocupado Bosnia- Herzegovina, en 1908-1909, sin que ello provocara un conflicto bélico con el imperio otomano, igual que habían hecho los italianos poco antes al ocupar Libia. Las guerras balcánicas de los años 1912 y 1913 habían quedado limitadas a los países de la zona (Serbia, Rumanía, Bulgaria, Montenegro y Albania) que pretendían aprovecharse de la debilidad otomana.

De ahí que la pregunta común que se plantean la mayoría de los historiadores sea: ¿qué pasó entre el 28 de junio de 1914 –atentado de Sarajevo– y el 28 de julio del mismo año –declaración de guerra de Austria-Hungría a Serbia– para que entonces no prosperasen la negociación y la paz? Durante un mes las cancillerías europeas vivieron todo tipo de presiones y de amenazas, entablaron negociaciones públicas y secretas, ofrecieron un sinfín de promesas que, sin embargo, no condujeron a la paz. ¿Por qué fracasaron las negociaciones? ¿Por qué se impuso en casi todos los gobiernos la tesis de que ir a la guerra era lo justo, lo necesario e incluso lo deseado? ¿Por qué los halcones civiles y militares se impusieron a los pacifistas?

Otro elemento común en las obras publicadas más recientemente es la reflexión sobre cómo fue posible que la población de los países en guerra soportara un conflicto tan prolongado, tan sangriento y con un coste tan alto. Por ello, buena parte de los libros que luego reseñaremos dedican capítulos enteros al estudio de la construcción de las culturas de guerra y de las políticas tendentes a crear grandes consensos patrióticos a favor de la «necesidad» de ir a la guerra. Se analizan, así, las campañas de propaganda con que se manipuló la opinión pública, las ideas clave que debían divulgarse, las imágenes del enemigo que debían propagarse, los símbolos y las consignas que debían utilizarse. Al final, todo era útil para justificar la guerra, ya que el conflicto era presentado como lógico derecho a defenderse frente a la agresión del «otro». Se presta, por tanto, una especial atención al estudio de la divulgación de los discursos que pretendían una movilización patriótica, que propagaban la tesis de la «patria en peligro». Igualmente adquiere gran importancia el análisis de cómo fue construyéndose una imagen distorsionada, casi demoníaca, del adversario. El enemigo era presentado como el símbolo máximo de la brutalidad, ya que el conflicto se dirimía entre «la civilización y la barbarie». Es destacable, así, el predominio en todos los países beligerantes de unos discursos exaltados que apelaban a la violencia legítima y que llegaban a justificar incluso la xenofobia y el racismo. Los enemigos recibían todo tipo de tratamientos despectivos y habían de ser tratados como alimañas y ser exterminados. Son extremadamente interesantes los estudios que se han publicado últimamente sobre los medios de comunicación, los diarios, las revistas, el incipiente cine, la fotografía y, sobre todo, los carteles, como elementos fundamentales de la propaganda durante la Gran Guerra.

Junto a las consideraciones sobre el significado y las repercusiones de las diversas políticas gubernamentales de propaganda de guerra, en las que se señala el papel desempeñado por la prensa de masas y por las diferentes instituciones públicas y privadas, la mayoría de los estudios más recientes no dejan de hacer alusión a la actuación de los intelectuales, los creadores y orientadores de la opinión ciudadana. Se analiza cómo se produjo la derrota y marginación de los más moderados, de los partidarios de la negociación, de los pacifistas y antibelicistas como Jean Jaurès,

parecía evolucionar hacia el constitucionalismo liberal, apoyado en un creciente desarrollo capitalista, cosa que hubiera acabado por estabilizar su vida política interior. Pero la opción del zar y su estado mayor por la guerra supuso un esfuerzo humano y económico tan excesivo que aceleró la crisis interna que condujo, ya en 1917, primero a la caída de Nicolás II y después a la revolución bolchevique. La conjetura de la responsabilidad zarista como desencadenante de la guerra es algo arriesgada y no todos los historiadores la comparten. La complejidad de las relaciones internacionales, del juego de intereses económicos, políticos y militares de entonces, hacen que otros autores se inclinen hacia unas responsabilidades más compartidas. La existencia misma, desde hacía años, de muy elaborados planes de guerra ofensivos por parte de casi todos los estados mayores de los futuros contendientes constituye una prueba de que el deseo de guerra estaba mucho más extendido.

Para MacMillan, la Paz de Versalles creó una Europa desequilibrada y en gran medida resentida

El de MacMillan es un estudio completo y muy útil para comprender cómo fue posible que, un siglo después, casi toda Europa se viera involucrada en el conflicto más generalizado desde las guerras napoleónicas. Quizá la tesis más elaborada de la obra sea la explicación de cómo, habiendo otras opciones políticas, por qué finalmente se apostó por ir a la guerra. Se trata de un relato realista y sumamente documentado sobre las causas del conflicto y sobre la complejidad y la fragilidad de la política de alianzas configurada en Europa desde principios del siglo XX. Para esta historiadora, la «mala solución» de la Paz de Versalles creó una Europa no pacificada, sino más bien desequilibrada y en gran medida resentida, como habría de verse veinte años después.

El conocido y premiado periodista y escritor Max Hastings, que hace unos años alcanzó gran popularidad con su libro sobre la Segunda Guerra Mundial, así como con sus crónicas de periodista de guerra (entre otras, las de las Malvinas), autor de excelentes series documentales para la BBC y antiguo director de diarios tan prestigiosos como TheDailyTelegraph y el Evening Standard , nos ofrece ahora su documentado estudio titulado 1914, el año de la catástrofe. En él, Hastings se muestra interesado en analizar la personalidad de quienes tuvieron la responsabilidad de decidir si habría guerra o no. Se centra en lo que denomina «la gente destacada», pero que, según él, no previeron las consecuencias de sus decisiones y por lo que luego otros muchos, «la gente menor», tuvo que solucionar aquella situación con un enorme sacrificio y esfuerzo. Así, retrata a unos políticos y unos militares notablemente ineptos e incapaces de gestionar con racionalidad y sensatez unos problemas imprevistos que les desbordaron. Y fue eso, la falta de previsión y la irresponsabilidad, el hecho de no comprender lo que estaban provocando, lo que condujo fatalmente a la gran «catástrofe» en el verano de 1914. Pocas veces en la historia unas decisiones tan individuales tuvieron unas consecuencias tan amplias y tan costosas. Según Hastings, en buena parte de los dirigentes europeos de entonces aún predominaba una cierta idea romántica, casi idealizada, de las guerras del siglo XIX y por ello minusvaloraron los efectos reales de ir al combate con los medios bélicos de que ya disponían los ejércitos modernos.

Hastings analiza con profundidad las responsabilidades políticas, pero él pone un especial énfasis en las alemanas. Según este historiador, Alemania, y particularmente el káiser Guillermo, podían haber impedido la guerra, ya que su capacidad de presión sobre Austria-Hungría era notable. El káiser podría haber evitado que los austríacos se

vengaran de Serbia de forma tan desproporcionada, pero no lo hizo. Y en esto, según Hastings, Alemania se equivocó notablemente, puesto que actuó contra sus propios intereses en Europa. Una de las principales tesis de Hastings es que el éxito económico, científico, cultural y político de la Alemania guillermina resultaba ya tan evidente en 1914 que no precisaba de una victoria militar para consolidarlo. Su potencial económico, como ya se ha apuntado, superaba incluso al de Gran Bretaña, que estaba perdiendo la batalla de la tecnología y de la ciencia frente a alemanes y norteamericanos. Según Hastings, el káiser y sus mariscales no eran conscientes de su poder real, de que en los últimos cuarenta años Alemania, sin la necesidad de guerras, ya se había convertido en la principal potencia continental y que, de seguir por esa vía pacífica, acabaría superando a medio plazo a la propia Gran Bretaña. Los alemanes de entonces tan solo consideraban intolerable el control financiero y colonial de los británicos. Y, además, los alemanes no creían que Gran Bretaña interviniera en un conflicto que «sólo» era continental y que apenas le afectaba directamente.

Hastings explica con detalle cómo, con los años, fue creándose un clima político tan tenso en todas las cancillerías europeas que la guerra hubiera estallado más pronto o más tarde, ya que, de hecho, era una opción deseada por buena parte de los políticos y militares. Y al final, como Alemania estaba convencida de su victoria, no frenó a Austria-Hungría cuando podía haberlo hecho.

En esta obra se explica igualmente cómo fue Gran Bretaña el país en el que hubo más dudas sobre la guerra, donde se dio el menor apoyo popular a la decisión de ir al combate, ya que los británicos despreciaban a los rusos y no sentían ninguna simpatía por los serbios, por lo que no era fácil de justificar la necesidad de ir a aquella arriesgada aventura. Pero la invasión alemana de la neutral Bélgica lo cambió todo. Las crónicas que inmediatamente explicaron los efectos del ataque alemán a «traición» al pequeño país de los belgas, que dieron cuenta de las grandes destrucciones provocadas en Lovaina y otras ciudades, y de las primeras matanzas de civiles (unos seis mil belgas no combatientes fueron ejecutados por los alemanes durante la guerra), hicieron que los británicos aceptaran la necesidad de participar en la guerra para parar a los alemanes.

Pero también Rusia podría haber evitado el conflicto, según Hastings, ya que el zar Nicolás II había sido demasiado impulsivo e imprudente al dar su apoyo casi incondicional a las acciones antiaustríacas de los serbios. Rusia debía y podía, según este historiador británico, haber frenado el activismo serbio, y no lo hizo. En el pensamiento del zar predominó la tesis, totalmente errónea, de que un conflicto patriótico, en apoyo de los «hermanos serbios», serviría para superar los graves problemas internos y hacer olvidar la humillante derrota de 1905 frente a Japón. Esto fue, según Hastings, una gran irresponsabilidad política, ya que pretendieron solucionarse problemas internos optando por algo mucho más arriesgado: una guerra de la que se esperaba que provocase una gran exaltación nacionalista que diluiría a su vez las tensiones sociales.

Hastings retrata a unos políticos y unos militares ineptos e incapaces de gestionar unos problemas que les desbordaron

Hastings no finaliza su análisis, como sí hace MacMillan, en el estallido del conflicto, sino que también analiza, aunque sintéticamente, los desastrosos efectos de la guerra y las brutalidades cometidas con la población civil. Destaca la relevancia de todo lo

interesada en prolongar sus análisis y sus reflexiones hacia la actualidad de todas las reseñadas en este artículo. También analiza con detalle los antecedentes y el desarrollo, las consecuencias a corto y largo plazo del conflicto y cómo se rompió el equilibrio y estalló la hostilidad entre las elites políticas y también entre los intelectuales europeos. Se trata de una cuidada y minuciosa descripción de las principales operaciones militares y de las repercusiones de la guerra en las retaguardias. Tal vez sea la más documentada y prolija descripción de la catástrofe humana y material que supuso aquella guerra. Sus reflexiones sobre los errores de Versalles son igualmente de gran interés. Stevenson califica de «anomalías» políticas la creación en 1918 de Checoslovaquia y de Yugoslavia, países que, a la larga, acabarán dividiéndose, el primero de forma pacífica y el segundo tras unas sangrientas guerras. Le interesa reflexionar sobre las continuidades históricas, sobre casi un siglo de luchas europeas, para crear finalmente un continente nuevo y en buena parte unido. Considera que la actual hegemonía económica alemana en el continente «no es sana», ya que continúa siendo conflictiva, y que Europa precisa de una solución más equilibrada que la actual. Pese a esta advertencia, Stevenson sabe diferenciar las situaciones anteriores de la actual, ya que ahora no hay riesgo de conflicto bélico. Se trata de un trabajo académico, ordenado y muy actualizado. La crítica internacional ha coincidido en presentar la obra de Stevenson como el más completo estudio de los publicados este año sobre el conflicto, que narra en toda su extensión cronológica y territorial, incluidos los combates en África y en Asia, aunque quizá no posee la garra narrativa del libro de Hastings.

Otra novedad historiográfica es la obra del australiano Christopher Clark, profesor de la Universidad de Cambridge, Sonámbulos. Cómo Europa entró en guerra en 1914. Este prestigioso especialista en historia de Prusia y autor de una excelente biografía del káiser Guillermo II, utiliza la denominación de sonámbulos – sleepwalkers – para definir el pasivo estado anímico que embargaba a los principales responsables políticos y militares que desencadenaron la guerra. El completo libro de Clark dedica más de la mitad de sus capítulos a analizar la situación previa a 1914 y el resto del volumen a describir cómo y por qué se optó por ir a la guerra por parte de los gobiernos europeos.

Esta obra ha tenido un éxito inusitado en Alemania (más de ciento cincuenta mil ejemplares vendidos en pocos meses), ya que refuta la tesis de que Alemania fuese la principal responsable del inicio del conflicto. La exculpación alemana construida por Clark es inteligente, pero muy polémica, ya que se muestra mucho más crítico con la actitud de Austria-Hungría y de Rusia que con la de Guillermo II y su gobierno. Los planteamientos de Clark rompen con casi tres décadas de predominio de las tesis de gran parte de los propios historiadores alemanes, que sostenían que la Primera Guerra Mundial era el lógico resultado del expansionismo imperialista alemán iniciado tras la victoria sobre Francia, en 1870, y la unificación imperial del año siguiente. Estas tesis concluían con la afirmación de que esta fase expansionista, de hecho, no finalizaba hasta 1945. Esta teoría había sido sostenida por muchos historiadores alemanes, pero muy especialmente por Fritz Fischer, quien consideraba que el nacionalsocialismo y Hitler constituían la lógica y trágica consecuencia del proyecto alemán iniciado en

Ahora Clark cuestiona no sólo las responsabilidades alemanas en 1914, sino que también rompe con la tesis de la continuidad y de la relación entre los dos grandes conflictos europeos del siglo XX. Para él, los intereses imperialistas de la Alemania guillermina de principios de siglo y los proyectos de Hitler en los años treinta no tienen

nada que ver. De este modo, Clark viene a reforzar unas tesis, que son más políticas que historiográficas, de quienes sostienen que Hitler y el Tercer Reich fueron simplemente un «accidente histórico», una lamentable desviación del camino alemán hacia la modernización. Clark considera que las elites alemanas nunca aceptaron la derrota en la Primera Guerra Mundial y que el excesivo revanchismo francés de 1919, puesto de manifiesto en unas reparaciones de guerra desproporcionadas, radicalizó trágicamente la posguerra europea hasta el punto de convertirla, de hecho, en una etapa de entreguerras.

La exculpación alemana construida por Clark es inteligente, pero muy polémica

Lógicamente, las tesis de Clark han tenido una buena acogida en Alemania. Una reciente encuesta sobre el significado de la Gran Guerra nos indica que, hoy, el 58% de los alemanes consideran que todos los países beligerantes fueron igualmente responsables del estallido de aquel conflicto, y que tan solo un 19% de ellos reconoce la mayor responsabilidad germana. Es también significativo el dato de que más de la mitad de los alemanes encuestados hoy consideran, como lo hace Clark, que no existe una relación directa entre las dos contiendas mundiales.

Sin ser una novedad de este año, es preciso recordar la existencia del brillante estudio de HewStrachan, La Primera Guerra Mundial (trad. de Silvia Furió, Barcelona, Crítica, 2004). Strachan es un gran experto en el tema y guionista de documentales televisivos de gran éxito. Se trata de un trabajo académico, ordenado, completo y muy actualizado, tanto en sus fuentes documentales como en la bibliografía utilizada. Durante algunos años ha sido todo un clásico. En el momento de su publicación causó un notable impacto por las numerosas fotografías inéditas que incluía.

El periodista norteamericano Adam Hoschschild también ha abordado el tema de los orígenes y las responsabilidades del conflicto en su obra Para acabar con todas las guerras. Se trata de un alegato antibelicista centrado en el estudio de los pocos que entonces, en 1914, se opusieron a la guerra. Por él desfilan los más destacados pacifistas, antibelicistas y antimilitaristas europeos. Así, aparecen desde Bertrand Russell y George Bernard Shaw hasta las actitudes menos conocidas, pero destacables, de Emily y Stephen Hobhouse, de Charlotte Despard o de Sylvia Pankhurst. Se trata de de un estudio centrado en las lealtades contradictorias a que fueron sometidos los millones de soldados, por lo que se lleva a cabo un documentado análisis de numerosos casos de prófugos y desertores. Quizá su novedad más destacable sea también tratar la cuestión de los objetores de conciencia, ya que sólo en Gran Bretaña hubo casi seis mil jóvenes que fueron encarcelados durante años, y en muy duras condiciones, por declararse objetores y no querer participar en la guerra en 1914.

Quizás una de las contribuciones españolas de mayor entidad de las muchas publicadas este año sea el completo libro del historiador Álvaro Lozano, La Gran Guerra (1914- 1918). Se trata de una obra sumamente útil, ya que no sólo significa una bien escrita síntesis del conflicto en toda su dimensión geográfica, cronológica y temática, sino que también incluye un documentado capítulo dedicado a «España ante la guerra» y otro no menos interesante sobre «La cultura de la guerra».

Finalmente, debe señalarse que, coincidiendo con el centenario de la Gran Guerra, también se han publicado numerosos testimonios del conflicto, entre ellos los de algunos de los reporteros españoles. Así, los del periodista y escritor catalán Agustí