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hobsbawm, Apuntes de Historia

Asignatura: fonaments del món contemporani, Profesor: javier tebar hurtado, Carrera: Història, Universidad: UAB

Tipo: Apuntes

2016/2017

Subido el 07/07/2017

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HISTORIA DEL SIGLO XX
autores sintieran que no son adecuadamente apreciados. En general, tengo una eran
deuda hacia la obra de dos amigos: Paul Bairoch, historiador de la economía e
infatigable compilador de datos cuantitativos, e han Berend, antiguo presidente de la
Academia Húngara de Ciencias, a quien debo el concepto del «siglo XX corto». En
el ámbito de la historia política general del mundo desde la segunda guerra mundial,
P. Calvocoressi (World Politics Since 1945) ha sido una guía sólida y, en ocasiones
comprensiblemente—, un poco ácida. En cuanto a la segunda guerra mundial,
debo mucho a la soberbia obra de Alan Milward, La segunda guerra mundial, 1939-
1945, y para la economía posterior a 1945 me han resultado de gran utilidad las
obras Prosperidad y crisis. Reconstrucción, crecimiento y cambio, 1945-1980, de
Herman Van der Wee, y Capitalism Since 1945, de Philip Armstrong, Andrew Glyn y
John Harrison. La obra de Martin Walker The Cold War merece mucho más aprecio
del que le han demostrado unos críticos poco entusiastas. Para la historia de la
izquierda desde la segunda guerra mundial me he basado en gran medida en el
doctor Donald Sassoon del Queen Marx and Westfield College, de la Universidad de
Londres, que me ha permitido leer su amplio y penetrante estudio, inacabado aún,
sobre este tema. En cuanto a la historia de la URSS, tengo una deuda especial con
los estudios de Moshe Lewin, Alec Nove, R. W. Davies y Sheila Fitzpatrick; para
China, con los de Benjamín Schwartz y Stuart Schram; y para el mundo islámico,
con Ira Lapidus y Nikki Keddie. Mis puntos de vista sobre el arte deben mucho a los
trabajos de John Willett sobre la cultura de Weimar (y a mis conversaciones con él)
y a los de Francis Haskell. En el capítulo 6, mi deuda para con el Diaghilev de Lynn
Garafola es manifiesta.
Debo expresar un especial agradecimiento a quienes me han ayudado a preparar
este libro. En primer lugar, a mis ayudantes de investigación, Joanna Bedford en
Londres y Lise Grande en Nueva York. Quisiera subrayar particularmente la deuda
que he contraído con la excepcional señora Grande, sin la cual no hubiera podido
de ninguna manera colmar las enormes lagunas de mi conocimiento y comprobar
hechos y referencias mal recordados. Tengo una gran deuda con Ruth Syers, que
mecanografió el manuscrito, y con Marlene Hobsbawm, que leyó varios capítulos
desde la óptica del lector no académico que tiene un interés general en el mundo
moderno, que es precisamente el tipo de lector al que se dirige este libro.
Ya he indicado mi deuda con los alumnos de la New School, que asistieron a las
clases en las que intenté formular mis ideas e interpretaciones. A ellos les dedico
este libro.
E
RIC
H
OBSBAWM
Londres-
Nueva York, 1993-1994
VISTA PANORÁMICA DEL SIGLO XX
D
OCE PERSONAS REFLEXIONAN SOBRE EL SIGLO
XX
Isaiah Berlin (filósofo, Gran Bretaña): «He vivido durante la mayor parte del siglo XX sin
haber experimentado —debo decirlo— sufrimientos personales. Lo recuerdo como el
siglo más terrible de la historia occidental».
Julio Caro Baroja (antropólogo, España): «Existe una marcada contradicción entre la
trayectoria vital individual —la niñez, la juventud y la vejez han pasado serenamente y
sin grandes sobresaltos— y los hechos acaecidos en el siglo XX... los terribles
acontecimientos que ha vivido la humanidad».
Primo Levi (escritor, Italia): «Los que sobrevivimos a los campos de concentración no
somos verdaderos testigos. Esta es una idea incómoda que gradualmente me he visto
obligado a aceptar al leer lo que han escrito otros supervivientes, incluido yo mismo,
cuando releo mis escritos al cabo de algunos años. Nosotros, los supervivientes, no
somos sólo una minoría pequeña sino también anómala. Formamos parte de aquellos que,
gracias a la prevaricación, la habilidad o la suerte, no llegamos a tocar fondo. Quienes lo
hicieron y vieron el rostro de la Gorgona, no regresaron, o regresaron sin palabras».
René Dumont (agrónomo, ecologista, Francia): «Es simplemente un siglo de matan zas y de
guerras».
Rita Levi Montalcini (premio Nobel, científica, Italia): «Pese a todo, en este siglo se han
registrado revoluciones positivas... la aparición del cuarto estado y la promoción de la
mujer tras varios siglos de represión».
William Golding (premio Nobel, escritor, Gran Bretaña): «No puedo dejar de pensar que ha
sido el siglo más violento en la historia humana».
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HISTORIA DEL SIGLO XX

autores

sintieran que no son adecuadamente apreciados. En general, tengo una

eran

deuda hacia la obra de dos amigos: Paul Bairoch, historiador de la economía einfatigable compilador de datos cuantitativos, e han Berend, antiguo presidente de laAcademia Húngara de Ciencias, a quien debo el concepto del «siglo XX corto». Enel ámbito de la historia política general del mundo desde la segunda guerra mundial,P. Calvocoressi

(World Politics Since 1945)

ha sido una guía sólida y, en ocasiones

comprensiblemente

un poco ácida. En cuanto a la segunda guerra mundial,

debo mucho a la soberbia obra de Alan Milward,

La segunda guerra mundial, 1939-

y para la economía posterior a 1945 me han resultado de gran utilidad las

obras

Prosperidad y crisis. Reconstrucción, crecimiento y cambio, 1945-1980,

de

Herman Van der Wee, y

Capitalism Since 1945,

de Philip Armstrong, Andrew Glyn y

John Harrison. La obra de Martin Walker

The Cold War

merece mucho más aprecio

del que le han demostrado unos críticos poco entusiastas. Para la historia de laizquierda desde la segunda guerra mundial me he basado en gran medida en eldoctor Donald Sassoon del Queen Marx and Westfield College, de la Universidad deLondres, que me ha permitido leer su amplio y penetrante estudio, inacabado aún,sobre este tema. En cuanto a la historia de la URSS, tengo una deuda especial conlos estudios de Moshe Lewin, Alec Nove, R. W. Davies y Sheila Fitzpatrick; paraChina, con los de Benjamín Schwartz y Stuart Schram; y para el mundo islámico,con Ira Lapidus y Nikki Keddie. Mis puntos de vista sobre el arte deben mucho a lostrabajos de John Willett sobre la cultura de Weimar (y a mis conversaciones con él)y a los de Francis Haskell. En el capítulo 6, mi deuda para con el

Diaghilev

de Lynn

Garafola es manifiesta.

Debo expresar un especial agradecimiento a quienes me han ayudado a preparar este libro. En primer lugar, a mis ayudantes de investigación, Joanna Bedford enLondres y Lise Grande en Nueva York. Quisiera subrayar particularmente la deudaque he contraído con la excepcional señora Grande, sin la cual no hubiera podidode ninguna manera colmar las enormes lagunas de mi conocimiento y comprobarhechos y referencias mal recordados. Tengo una gran deuda con Ruth Syers, quemecanografió el manuscrito, y con Marlene Hobsbawm, que leyó varios capítulosdesde la óptica del lector no académico que tiene un interés general en el mundomoderno, que es precisamente el tipo de lector al que se dirige este libro.

Ya he indicado mi deuda con los alumnos de la New School, que asistieron a las clases en las que intenté formular mis ideas e interpretaciones. A ellos les dedicoeste libro.

ERIC

H

OBSBAWM

Londres-

Nueva York, 1993-

VISTA PANORÁMICA DEL SIGLO XXDOCE PERSONAS REFLEXIONAN SOBRE EL SIGLO

XX

Isaiah Berlin

(filósofo, Gran Bretaña): «He vivido durante la mayor parte del siglo XX sin

haber experimentado —debo decirlo— sufrimientos personales. Lo recuerdo como elsiglo más terrible de la historia occidental». Julio Caro Baroja

(antropólogo, España): «Existe una marcada contradicción entre la

trayectoria vital individual —la niñez, la juventud y la vejez han pasado serenamente ysin grandes sobresaltos— y los hechos acaecidos en el siglo

XX...

los

terribles

acontecimientos que ha vivido la humanidad». Primo Levi

(escritor, Italia): «Los que sobrevivimos a los campos de concentración no

somos verdaderos testigos. Esta es una idea incómoda que gradualmente me he vistoobligado a aceptar al leer lo que han escrito otros supervivientes, incluido yo mismo,cuando releo mis escritos al cabo de algunos años. Nosotros, los supervivientes, nosomos sólo una minoría pequeña sino también anómala. Formamos parte de aquellos que,gracias a la prevaricación, la habilidad o la suerte, no llegamos a tocar fondo. Quienes lohicieron y vieron el rostro de la Gorgona, no regresaron, o regresaron sin palabras». René Dumont

(agrónomo, ecologista, Francia): «Es simplemente un siglo de matanzas y de

guerras». Rita Levi Montalcini

(premio Nobel, científica, Italia): «Pese a todo, en este siglo se han

registrado revoluciones positivas... la aparición del cuarto estado y la promoción de lamujer tras varios siglos de represión». William Golding

(premio Nobel, escritor, Gran Bretaña): «No puedo dejar de pensar que ha

sido el siglo más violento en la historia humana».

HISTORIA DEL SIGLO XX

Ernst Gombrich

(historiador del arte, Gran Bretaña): «La principal característica del siglo XX

es la terrible multiplicación de la población mundial. Es una catástrofe, un desastre y nosabemos cómo atajarla».^ Yehudi Menuhin

(músico, Gran Bretaña): «Si tuviera que resumir el siglo XX, diría que

despertó las mayores esperanzas que haya concebido nunca la humanidad y destruyó todas lasilusiones e ideales». Severo Ochoa

(premio Nobel, científico, España): «El rasgo esencial es el progreso de la

ciencia, que ha sido realmente extraordinario... Esto es lo que caracteriza a nuestro siglo». Raymond Firth

(antropólogo, Gran Bretaña): «Desde el punto de vista tecnológico, destaco el

desarrollo de la electrónica entre los acontecimientos más significativos del siglo XX; desde elpunto de vista de las ideas, el cambio de una visión de las cosas relativamente racional ycientífica a una visión no racional y menos científica». Leo Valiani

(historiador, Italia): «Nuestro siglo demuestra que el triunfo de los ideales de la

justicia y la igualdad siempre es efímero, pero también que, si conseguimos preservar lalibertad, siempre es posible comenzar de nuevo... Es necesario conservar la esperanza inclusoen las situaciones más desesperadas». Franco Venturi

(historiador, Italia): «Los historiadores no pueden responder a esta cuestión.

Para mí, el siglo XX es sólo el intento constantemente renovado de comprenderlo».(Agosti y Borgese, 1992, pp. 42, 210, 154, 76, 4, 8, 204, 2, 62, 80, 140 y 160).

I

El 28 de junio de 1992, el presidente francés Francois Mitterrand se desplazó súbitamente, sin previo aviso y sin que nadie lo esperara, a Sarajevo, escenariocentral de una guerra en los Balcanes que en lo que quedaba de año se cobraríaquizás 150. 000 vidas. Su objetivo era hacer patente a la opinión mundial la gravedadde la crisis de Bosnia. En verdad, la presencia de un estadista distinguido, anciano yvisiblemente debilitado bajo los disparos de las armas de fuego y de la artillería fuemuy comentada y despertó una gran admiración. Sin embargo, un aspecto de la visitade

Mitterrand

pasó

prácticamente

inadvertido,

aunque

tenía

una

importancia

fundamental: la fecha. ¿Por qué había elegido el presidente de Francia esa fecha parair a Sarajevo? Porque el 28 de junio era el aniversario del asesinato en Sarajevo, en1914, del archiduque Francisco Fernando de Austria-Hungría, que desencadenó,pocas

VISTA PANORÁMICA DEL SIGLO XX

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semanas después, el estallido de la primera guerra mundial. Para cualquier europeoinstruido de la edad de Mitterrand, era evidente la conexión entre la fecha, el lugar y elrecordatorio de una catástrofe histórica precipitada por una equivocación política y un errorde cálculo. La elección de una fecha simbólica era tal vez la mejor forma de resaltar lasposibles consecuencias de la crisis de Bosnia. Sin embargo, sólo algunos historiadoresprofesionales y algunos ciudadanos de edad muy avanzada comprendieron la alusión. Lamemoria histórica ya no estaba viva.

La destrucción del pasado, o más bien de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de generaciones anteriores, es uno de losfenómenos más característicos y extraños de las postrimerías del siglo XX. En su mayorparte, los jóvenes, hombres y mujeres, de este final de siglo crecen en una suerte depresente permanente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en el queviven. Esto otorga a los historiadores, cuya tarea consiste en recordar lo que otros olvidan,mayor trascendencia que la que han tenido nunca, en estos arios finales del segundomilenio. Pero por esa misma razón deben ser algo más que simples cronistas, recordadoresy compiladores, aunque esta sea también una función necesaria de los historiadores. En1989, todos los gobiernos, y especialmente todo el personal de los ministerios de AsuntosExteriores, habrían podido asistir con provecho a un seminario sobre los acuerdos de pazposteriores a las dos guerras mundiales, que al parecer la mayor parte de ellos habíanolvidado.

Sin embargo, no es el objeto de este libro narrar los acontecimientos del período que constituye su tema de estudio —el siglo XX corto, desde 1914 a 1991—, aunque nadie aquien un estudiante norteamericano inteligente le haya preguntado si la expresión«segunda guerra mundial» significa que hubo una «primera guerra mundial» ignora queno puede darse por sentado el conocimiento aun de los más básicos hechos de la centuria.Mi propósito es comprender y explicar

por qué

los acontecimientos ocurrieron de esa for-

ma y qué nexo existe entre ellos. Para cualquier persona de mi edad que ha vivido durantetodo o la mayor parte del siglo XX, esta tarea tiene también, inevitablemente, unadimensión autobiográfica, ya que hablamos y nos explayamos sobre nuestros recuerdos (ytambién los corregimos). Hablamos como hombres y mujeres de un tiempo y un lugarconcretos, que han participado en su historia en formas diversas. Y hablamos, también,como actores que han intervenido en sus dramas —por insignificante que haya sido nues-tro papel—, como observadores de nuestra época y como individuos cuyas opinionesacerca del siglo han sido formadas por los que consideramos acontecimientos cruciales delmismo. Somos parte de este siglo, que es parte de nosotros. No deberían olvidar este hechoaquellos lectores que pertenecen a otra época, por ejemplo el alumno que ingresa en launiversidad en el momento en que se escriben estas páginas, para quien incluso la guerradel Vietnam forma parte de la prehistoria.

Para los historiadores de mi edad y formación, el pasado es indestructible, no sólo porque pertenecemos a la generación en que las calles y los lugares

HISTORIA DEL SIGLO XX

de los años setenta. La última parte del siglo fue una nueva era de descomposición,incertidumbre y crisis y, para vastas zonas del mundo como África, la ex UniónSoviética y los antiguos países socialistas de Europa, de catástrofes. Cuando eldecenio de 1980 dio paso al de 1990, quienes reflexionaban sobre el pasado y elfuturo del siglo lo hacían desde una perspectiva

fin de siècle

cada vez más sombría.

Desde la posición ventajosa de los años noventa, puede concluirse que el siglo XXconoció una fugaz edad de oro, en el camino de una a otra crisis, hacia un futurodesconocido y problemático, pero no inevitablemente apocalíptico. No obstante,como

tal

vez

deseen

recordar

los

historiadores

a^

quienes

se

embarcan

en

especulaciones metafísicas sobre el «fin de la historia», existe el futuro. La únicageneralización absolutamente segura sobre la historia es que perdurará en tanto encuanto exista la raza humana.

El contenido de este libro se ha estructurado de acuerdo con los conceptos que se acaban de exponer. Comienza con la primera guerra mundial, que marcó el derrumbede la civilización (occidental) del siglo XIX. Esa civilización era capitalista desde elpunto de vista económico, liberal en su estructura jurídica y constitucional, burguesapor la imagen de su clase hegemónica característica y brillante por los adelantosalcanzados en el ámbito de la ciencia, el conocimiento y la educación, así como delprogreso material y moral. Además, estaba profundamente convencida de la posicióncentral de Europa, cuna de las revoluciones científica, artística, política e industrial,cuya economía había extendido su influencia sobre una gran parte del mundo, quesus ejércitos habían conquistado y subyugado, cuya población había crecido hastaconstituir una tercera parte de la raza humana (incluida la poderosa y crecientecorriente de emigrantes europeos y sus descendientes), y cuyos principales estadosconstituían el sistema de la política mundial.

(^1)

Los decenios transcurridos desde el comienzo de la primera guerra mundial hasta la conclusión de la segunda fueron una época de catástrofes para esta sociedad, quedurante cuarenta años sufrió una serie de desastres sucesivos. Hubo momentos enque incluso los conservadores inteligentes no habrían apostado por su supervivencia.Sus cimientos fueron quebrantados por dos guerras mundiales, a las que siguierondos oleadas de rebelión y revolución generalizadas, que situaron en el poder a unsistema que reclamaba ser la alternativa, predestinada históricamente, a la sociedadburguesa y capitalista, primero en una sexta parte de la superficie del mundo y, trasla segunda guerra mundial, abarcaba a más de una tercera parte de la población

l. He intentado describir y explicar el auge de esta civilización en una historia, en tres volúmenes, del «siglo XIX largo» (desde la década de 1780 hasta 1914). y he intentado analizar las razones de suhundimiento. En el presente libro se hace referencia a esos trabajos,

The Age of Revolution, 1789-1848.

The Age of Capital. 1848-

y^

The Age of Empire 1875-1914,

cuando lo considero necesario. (Hay trad,

cast.:

Las revoluciones burguesas.

Labor, Barcelona, 1987", reeditada en 1991 por la misma editorial con

el título

La era de la revolución: La era del capitalismo,

Labor, Barcelona, 1989;

La era del imperio.

Labor. Barcelona, 1990; los tres títulos serán nuevamente editados por Crítica a partir de 1996. )

VISTA PANORÁMICA DEL SIGLO XX

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del planeta. Los grandes imperios coloniales que se habían formado antes y durantela era del imperio se derrumbaron y quedaron reducidos a cenizas. La historia delimperialismo moderno, tan firme y tan seguro de sí mismo a la muerte de la reinaVictoria de Gran Bretaña, no había durado más que el lapso de una vida humana (porejemplo, la de Winston Churchill, 1874-1965).

Pero no fueron esos los únicos males. En efecto, se desencadenó una crisis económica mundial de una profundidad sin precedentes que sacudió incluso loscimientos de las más sólidas economías capitalistas y que pareció que podría ponerfin a la economía mundial global, cuya creación había sido un logro del capitalismoliberal del siglo XIX. Incluso los Estados Unidos, que no habían sido afectados porla guerra y la revolución, parecían al borde del colapso. Mientras la economía setambaleaba, las instituciones de la democracia liberal desaparecieron prácticamenteentre 1917 y 1942, excepto en una pequeña franja de Europa y en algunas partes deAmérica del Norte y de Australasia, como consecuencia del avance del fascismo y desus movimientos y regímenes autoritarios satelites.

Sólo la alianza —insólita y temporal— del capitalismo liberal y el comunismo para hacer frente a ese desafío permitió salvar la democracia, pues la victoria sobre laAlemania de Hitler fue esencialmente obra (no podría haber sido de otro modo) delejército rojo. Desde una multiplicidad de puntos de vista, este período de alianzaentre el capitalismo y el comunismo contra el fascismo —fundamentalmente lasdécadas de 1930 y 1940— es el momento decisivo en la historia del siglo XX. Enmuchos sentidos es un proceso paradójico, pues durante la mayor parte del siglo —excepto en el breve período de antifascismo— las relaciones entre el capitalismo y elcomunismo se caracterizaron por un antagonismo irreconciliable. La victoria de laUnión Soviética sobre Hitler fue el gran logro del régimen instalado en aquel paíspor la revolución de octubre, como se desprende de la comparación entre losresultados de la economía de la Rusia zarista en la primera guerra mundial y de laeconomía soviética en la segunda (Gatrell y Harrison, 1993). Probablemente, de nohaberse producido esa victoria, el mundo occidental (excluidos los Estados Unidos)no consistiría en distintas modalidades de régimen parlamentario liberal sino endiversas variantes de régimen autoritario y fascista. Una de las ironías que nos deparaeste extraño siglo es que el resultado más perdurable de la revolución de octubre,cuyo objetivo era acabar con el capitalismo a escala planetaria, fuera el de habersalvado a su enemigo acérrimo, tanto en la guerra como en la paz, al proporcionarleel incentivo —el temor— para reformarse desde dentro al terminar la segunda guerramundial y al dar difusión al concepto de planificación económica, suministrando almismo tiempo algunos de los procedimientos necesarios para su reforma.

Ahora bien, una vez que el capitalismo liberal había conseguido sobrevivir —a duras penas— al triple reto de la Depresión, el fascismo y la guerra, parecía tener quehacer frente todavía al avance global de la revolución, cuyas fuerzas podíanagruparse en torno a la URSS, que había emergido de la segunda guerra mundialcomo una superpotencia.

HISTORIA DEL SIGLO XX

Sin embargo, como se puede apreciar ahora de forma retrospectiva, la fuerza deldesafío planetario que el socialismo planteaba al capitalismo radicaba en la debilidadde su oponente. Sin el hundimiento de la sociedad burguesa decimonónica durante laera de las catástrofes no habría habido revolución de octubre ni habría existido laURSS. El sistema económico improvisado en el núcleo euroasiático rural arruinadodel antiguo imperio zarista, al que se dio el nombre de socialismo, no se habríaconsiderado —nadie lo habría hecho— como una alternativa viable a la economíacapitalista, a escala mundial. Fue la Gran Depresión de la década de 1930 la que hizoparecer que podía ser así, de la misma manera que el fascismo convirtió a la URSSen instrumento indispensable de la derrota de Hitler y, por tanto, en una de las dossuperpotencias cuyos enfrentamientos dominaron y llenaron de terror la segundamitad del siglo XX, pero que al mismo tiempo —como también ahora es posiblecolegir— estabilizó en muchos aspectos su estructura política. De no haber ocurridotodo ello, la URSS no se habría visto durante quince años, a mediados de siglo, alfrente de un «bando socialista» que abarcaba a la tercera parte de la raza humana, yde una economía que durante un fugaz momento pareció capaz de superar elcrecimiento económico capitalista.

El principal interrogante al que deben dar respuesta los historiadores del siglo XX es cómo y por qué tras la segunda guerra mundial el capitalismo inició —parasorpresa de todos— la edad de oro, sin precedentes y tal vez anómala, de 1947-1973.No existe todavía una respuesta que tenga un consenso general y tampoco yo puedoaportarla. Probablemente, para hacer un análisis más convincente habrá que esperarhasta que pueda apreciarse en su justa perspectiva toda la «onda larga» de la segundamitad del siglo XX. Aunque pueda verse ya la edad de oro como un período definido,los decenios de crisis que ha conocido el mundo desde entonces no han concluidotodavía cuando se escriben estas líneas. Ahora bien, lo que ya se puede evaluar contoda certeza es la escala y el impacto extraordinarios de la transformación econó-mica, social y cultural que se produjo en esos años: la mayor, la más rápida y la másdecisiva desde que existe el registro histórico. En la segunda parte de este libro seanalizan algunos aspectos de ese fenómeno. Probablemente, quienes durante el tercermilenio escriban la historia del siglo XX considerarán que ese período fue el demayor trascendencia histórica de la centuria, porque en él se registraron una serie decambios profundos e irreversibles para la vida humana en todo el planeta. Además,esas transformaciones aún no han concluido. Los periodistas y filósofos que vieron«el fin de la historia» en la caída del imperio soviético erraron en su apreciación. Másjustificada estaría la afirmación de que el tercer cuarto de siglo señaló el fin de siete uocho milenios de historia humana que habían comenzado con la aparición de laagricultura durante el Paleolítico, aunque sólo fuera porque terminó la larga era enque la inmensa mayoría de la raza humana se sustentaba practicando la agricultura yla ganadería.

En cambio, al enfrentamiento entre el «capitalismo» y el «socialismo», con o sin la intervención de estados y gobiernos como los Estados Unidos y

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la URSS en representación del uno o del otro, se le atribuirá probablemente un interéshistórico más limitado, comparable, en definitiva, al de las guerras de religión de los siglosXVI y XVII

o a las cruzadas. Sin duda, para quienes han vivido durante una parte del

siglo XX, se trata de acontecimientos de gran importancia, y así son tratados en este libro,que ha sido escrito por un autor del siglo XX y para lectores del siglo XX. Lasrevoluciones sociales, la guerra fría, la naturaleza, los límites y los defectos fatales del«socialismo realmente existente», así como su derrumbe, son analizados de formapormenorizada. Sin embargo, es importante recordar que la repercusión más importante yduradera de los regímenes inspirados por la revolución de octubre fue la de haberacelerado poderosamente la modernización de países agrarios atrasados. Sus logrosprincipales en este contexto coincidieron con la edad de oro del capitalismo. No es este ellugar adecuado para examinar hasta qué punto las estrategias opuestas para enterrar elmundo de nuestros antepasados fueron efectivas o se aplicaron conscientemente. Comoveremos, hasta el inicio de los años sesenta parecían dos fuerzas igualadas, afirmaciónque puede parecer ridícula a la luz del hundimiento del socialismo soviético, aunque unprimer ministro británico que conversaba con un presidente norteamericano veía todavía ala URSS como un estado cuya «boyante economía... pronto superará a la sociedadcapitalista en la carrera por la riqueza material» (Horne, 1989, p. 303). Sin embargo, elaspecto que cabe destacar es que, en la década de 1980, la Bulgaria socialista y el Ecuadorno socialista tenían más puntos en común que en 1939.

Aunque

el

hundimiento

del

socialismo

soviético

—y

sus

consecuencias,

trascendentales y aún incalculables, pero básicamente negativas— fue el acontecimientomás destacado en los decenios de crisis que siguieron a la edad de oro, serían estos unosdecenios de crisis

universal

o mundial. La crisis afectó a las diferentes partes del mundo en

formas

y

grados

distintos,

pero

afectó

a

todas

ellas,

con

independencia

de

sus

configuraciones políticas, sociales y económicas, porque la edad de oro había creado, porprimera vez en la historia, una economía mundial universal cada vez más integrada cuyofuncionamiento trascendía las fronteras estatales y, por tanto, cada vez más también, lasfronteras de las ideologías estatales. Por consiguiente, resultaron debilitadas las ideasaceptadas de las instituciones de todos los regímenes y sistemas. Inicialmente, losproblemas de los años setenta se vieron sólo como una pausa temporal en el gran saltoadelante de la economía mundial y los países de todos los sistemas económicos y políticostrataron de aplicar soluciones temporales. Pero gradualmente se hizo patente que habíacomenzado un período de dificultades duraderas y los países capitalistas buscaron solu-ciones radicales, en muchos casos ateniéndose a los principios enunciados por losteólogos seculares del mercado libre sin restricción alguna, que rechazaban las políticasque habían dado tan buenos resultados a la economía mundial durante la edad de oro peroque ahora parecían no servir. Pero los defensores a ultranza del

laissez faire

no tuvieron

más éxito que los demás. En el decenio de 1980 y los primeros años del de 1990, elmundo capitalista

HISTORIA DEL SIGLO XX

y por la infinita variedad de los mismos. De no haber sido así habría resultado imposiblemantener una población mundial varias veces más numerosa que en cualquier otroperíodo de la historia del mundo. Hasta el decenio de 1980, la mayor parte de la gentevivía mejor que sus padres y, en las economías avanzadas, mejor de lo que nunca podríanhaber imaginado. Durante algunas décadas, a mediados del siglo, pareció incluso que sehabía encontrado la manera de distribuir entre los trabajadores de los países más ricos almenos una parte de tan enorme riqueza, con un cierto sentido de justicia, pero alterminar el siglo predomina de nuevo la desigualdad. Ésta se ha enseñoreado también delos antiguos países «socialistas», donde previamente reinaba una cierta igualdad en lapobreza. La humanidad es mucho más instruida que en 1914. De hecho, probablemente porprimera vez en la historia puede darse el calificativo de alfabetizados, al menos en lasestadísticas oficiales, a la mayor parte de los seres humanos. Sin embargo, en los añosfinales del siglo es mucho menos patente que en 1914 la trascendencia de ese logro, pueses enorme, y cada vez mayor, el abismo existente entre el mínimo de competencianecesario para ser calificado oficialmente como alfabetizado (frecuentemente se traduce enun «analfabetismo funcional») y el dominio de la lectura y la escritura que aún se espera enniveles más elevados de instrucción.

El mundo está dominado por una tecnología revolucionaria que avanza sin cesar, basada en los progresos de la ciencia natural que, aunque ya se preveían en 1914,empezaron a alcanzarse mucho más tarde. La consecuencia de mayor alcance de esosprogresos ha sido, tal vez, la revolución de los sistemas de transporte y comunicaciones,que prácticamente han eliminado el tiempo y la distancia. El mundo se ha transformadode tal forma que cada día, cada hora y en todos los hogares la población común disponede más información y oportunidades de esparcimiento de la que disponían los emperadoresen 1914. Esa tecnología hace posible que personas separadas por océanos y continentespuedan conversar con sólo pulsar unos botones y ha eliminado las ventajas culturales de laciudad sobre el campo.

¿Cómo explicar, pues, que el siglo no concluya en un clima de triunfo, por ese progreso extraordinario e inigualable, sino de desasosiego? ¿Por qué, como se constata enla introducción de este capítulo, las reflexiones de tantas mentes brillantes acerca del sigloestán teñidas de insatisfacción y de desconfianza hacia el futuro? No es sólo porque hasido el siglo más mortífero de la historia a causa de la envergadura, la frecuencia yduración de los conflictos bélicos que lo han asolado sin interrupción (excepto durante unbreve período en los años veinte), sino también por las catástrofes humanas, sin parangónposible, que ha causado, desde las mayores hambrunas de la historia hasta el genocidiosistemático. A diferencia del «siglo XIX largo», que pareció —y que fue— un período deprogreso material, intelectual

y moral

casi ininterrumpido, es decir, de mejora de las

condiciones de la vida civilizada, desde 1914 se ha registrado un marcado retroceso desdelos niveles que se consideraban normales en los países desarrollados y en las capasmedias

VISTA PANORÁMICA DEL SIGLO XX

22

de la población y que se creía que se estaban difundiendo hacia las regiones másatrasadas y los segmentos menos ilustrados de la población.

Como este siglo nos ha enseñado que los seres humanos pueden aprender a vivir bajo las condiciones más brutales y teóricamente intolerables, no es fácil calibrar elalcance del retorno (que lamentablemente se está produciendo a ritmo acelerado)hacia lo que nuestros antepasados del siglo XIX habrían calificado como niveles debarbarie. Hemos olvidado que el viejo revolucionario Federico Engels se sintióhorrorizado ante la explosión de una bomba colocada por los republicanos irlandesesen Westminster Hall, porque como ex soldado sostenía que ello suponía luchar nosólo contra los combatientes sino también contra la población civil. Hemos olvidadoque los pogroms de la Rusia zarista, que horrorizaron a la opinión mundial y llevaronal otro lado del Atlántico a millones de judíos rusos entre 1881 y 1914, fueronepisodios casi insignificantes si se comparan con las matanzas actuales: los muertosse contaban por decenas y no por centenares ni por millones. Hemos olvidado queuna convención internacional estipuló en una ocasión que las hostilidades en laguerra «no podían comenzar sin una advertencia previa y explícita en forma de unadeclaración razonada de guerra o de un ultimátum con una declaración condicionalde guerra», pues, en efecto, ¿cuál fue la última guerra que comenzó con una taldeclaración explícita o implícita? ¿Cuál fue la última guerra que concluyó con untratado formal de paz negociado entre los estados beligerantes? En el siglo XX, lasguerras se han librado, cada vez más, contra la economía y la infraestructura de losestados y contra la población civil. Desde la primera guerra mundial ha habidomuchas más bajas civiles que militares en todos los países beligerantes, con laexcepción de los Estados Unidos. Cuántos de nosotros recuerdan que en 1914 todo elmundo aceptaba que

la guerra civilizada, según afirman los manuales, debe limitarse, en la medida de loposible, a la desmembración de las fuerzas armadas del enemigo; de otra forma, laguerra continuaría hasta que uno de los bandos fuera exterminado. «Con buensentido... esta práctica se ha convertido en costumbre en las naciones de Europa. » (Encyclopedia Britannica,

XI ed., 1911, voz «guerra».)

No pasamos por alto el hecho de que la tortura o incluso el asesinato han llegado aser un elemento normal en el sistema de seguridad de los estados modernos, peroprobablemente

no

apreciamos

hasta

qué

punto

eso

constituye

una

flagrante

interrupción del largo período de evolución jurídica positiva, desde la primeraabolición oficial de la tortura en un país occidental, en la década de 1780, hasta 1914.

Y sin embargo, a la hora de hacer un balance histórico, no puede compararse el mundo de finales del siglo XX con el que existía a comienzos del período. Es unmundo cualitativamente distinto, al menos en tres aspectos.

En primer lugar, no es ya eurocéntrico. A lo largo del siglo se ha producido la decadencia y la caída de Europa, que al comenzar el siglo era todavía

HISTORIA DEL SIGLO XX

el centro incuestionado del poder, la riqueza, la inteligencia y la «civilizaciónoccidental». Los europeos y sus descendientes han pasado de aproximadamente 1/3 a1/6, como máximo, de la humanidad. Son, por tanto, una minoría en disminuciónque vive en unos países con un ínfimo, o nulo, índice de reproducción vegetativa y lamayor parte de los cuales —con algunas notables excepciones como la de losEstados Unidos (hasta el decenio de 1990) — se protegen de la presión de lainmigración procedente de las zonas más pobres. Las industrias que Europa inicióemigran a otros continentes y los países que en otro tiempo buscaban en Europa, alotro lado de los océanos, el punto de referencia, dirigen ahora su mirada hacia otraspartes. Australia, Nueva Zelanda e incluso los Estados Unidos (país bioceánico) venel futuro en el Pacífico, si bien no es fácil decir qué significa eso exactamente.

Las «grandes potencias» de 1914, todas ellas europeas, han desaparecido, como la URSS, heredera de la Rusia zarista, o han quedado reducidas a una magnitudregional o provincial, tal vez con la excepción de Alemania. El mismo intento decrear una «Comunidad Europea» supranacional y de inventar un sentimiento deidentidad europeo correspondiente a ese concepto, en sustitución de las viejaslealtades a las naciones y estados históricos, demuestra la profundidad del declive.

¿Es acaso un cambio de auténtica importancia, excepto para los historiadores políticos? Tal vez no, pues sólo refleja alteraciones de escasa envergadura en laconfiguración económica, intelectual y cultural del mundo. Ya en 1914 los EstadosUnidos eran la principal economía industrial y el principal pionero, modelo y fuerzaimpulsora de la producción y la cultura de masas que conquistaría el mundo duranteel siglo XX. Los Estados Unidos, pese a sus numerosas peculiaridades, son laprolongación, en ultramar, de Europa y se alinean junto al viejo continente paraconstituir la «civilización occidental». Sean cuales fueren sus perspectivas de futuro,lo que ven los Estados Unidos al dirigir la vista atrás en la década de 1990 es «elsiglo americano», una época que ha contemplado su eclosión y su victoria. Elconjunto de los países que protagonizaron la industrialización del siglo XIX siguesuponiendo,

colectivamente,

la

mayor

concentración

de

riqueza

y^

de

poder

económico y científico-tecnológico del mundo, y en el que la población disfruta delmás elevado nivel de vida. En los años finales del siglo eso compensa con creces ladesindustrialización y el desplazamiento de la producción hacia otros continentes.Desde ese punto de vista, la impresión de un mundo eurocéntrico u «occidental» enplena decadencia es superficial.

La segunda transformación es más significativa. Entre 1914 y el comienzo del decenio de 1990, el mundo ha avanzado notablemente en el camino que ha deconvertirlo en una única unidad operativa, lo que era imposible en 1914. De hecho,en muchos aspectos, particularmente en las cuestiones económicas, el mundo esahora la principal unidad operativa y las antiguas unidades, como las «economíasnacionales», definidas por la política de los estados territoriales, han quedadoreducidas a la condición de complicaciones de las actividades transnacionales. Talvez, los observadores de mediados del

VISTA PANORÁMICA DEL SIGLO XX

25

siglo XXI considerarán que el estadio alcanzado en 1990 en la construcción de la«aldea global» —la expresión fue acuñada en los años sesenta (Macluhan, 1962) —no es muy avanzado, pero lo cierto es que no sólo se han transformado ya algunasactividades económicas y técnicas, y el funcionamiento de la ciencia, sino tambiénimportantes aspectos de la vida privada, principalmente gracias a la inimaginableaceleración de las comunicaciones y el transporte. Posiblemente, la característicamás

destacada

de

este

período

final

del

siglo

XX

es

la incapacidad

de

las

instituciones públicas y del comportamiento colectivo de los seres humanos de estara^

la

altura

de

ese

acelerado

proceso

de

mundialización.

Curiosamente,

el

comportamiento

individual

del

ser

humano

ha

tenido

menos

dificultades

para

adaptarse al mundo de la televisión por satelite, el correo electrónico, las vacacionesen las Seychelles y los trayectos transoceánicos.

La tercera transformación, que es también la más perturbadora en algunos aspectos, es la desintegración de las antiguas pautas por las que se regían lasrelaciones sociales entre los seres humanos y, con ella, la ruptura de los vínculosentre las generaciones, es decir, entre pasado y presente. Esto es sobre todo evidenteen los países más desarrollados del capitalismo occidental, en los que han alcanzadouna posición preponderante los valores de un individualismo asocial absoluto, tantoen la ideología oficial como privada, aunque quienes los sustentan deploran confrecuencia sus consecuencias sociales. De cualquier forma, esas tendencias existenen

todas

partes,

reforzadas

por

la

erosión

de

las

sociedades

y^

las

religiones

tradicionales

y^

por

la

destrucción,

o^

autodestrucción,

de

las

sociedades

del

«socialismo real».

Una sociedad de esas características, constituida por un conjunto de individuos egocéntricos completamente desconectados entre sí y que persiguen tan sólo supropia gratificación (ya se le denomine beneficio, placer o de otra forma), estuvosiempre implícita en la teoría de la economía capitalista. Desde la era de lasrevoluciones,

observadores

de

muy

diverso

ropaje

ideológico

anunciaron

la

desintegración

de

los

vínculos

sociales

vigentes

y

siguieron

con

atención

el

desarrollo de ese proceso. Es bien conocido el reconocimiento que se hace en elManifiesto Comunista del papel revolucionario del capitalismo («la burguesía... hadestruido de manera implacable los numerosos lazos feudales que ligaban al hombrecon sus "superiores naturales" y ya no queda otro nexo de unión entre los hombresque el mero interés personal»). Sin embargo, la nueva y revolucionaria sociedadcapitalista no ha funcionado plenamente según esos parámetros.

En la práctica, la nueva sociedad no ha destruido completamente toda la herencia del pasado, sino que la ha adaptado de forma selectiva. No puede verse un «enigmasociológico» en el hecho de que la sociedad burguesa aspirara a introducir «unindividualismo radical en la economía y... a poner fin para conseguirlo a todas lasrelaciones sociales tradicionales» (cuando fuera necesario), y que al mismo tiempotemiera «el individualismo experimental radical» en la cultura (o en el ámbito delcomportamiento y la moralidad) (Daniel Bell, 1976, p. 18). La forma más eficaz deconstruir una economía

552

EL DERRUMBAMIENTO

I

El siglo XX corto acabó con problemas para los cuales nadie tenía, ni pretendía tener, una solución. Cuando los ciudadanos de fin de siglo emprendieron su caminohacia el tercer milenio a través de la niebla que les rodeaba, lo único que sabían concerteza era que una era de la historia llegaba a su fin. No sabían mucho más.

Así, por primera vez en dos siglos, el mundo de los años noventa carecía de cualquier sistema o estructura internacional. El hecho de que después de 1989apareciesen decenas de nuevos estados territoriales, sin ningún mecanismo paradeterminar sus fronteras, y sin ni siquiera una tercera parte que pudiese considerarseimparcial para actuar como mediadora, habla por sí mismo. ¿Dónde estaba elconsorcio de

grandes

potencias

que

anteriormente

establecían

las

fronteras

en

disputa, o al menos las ratificaban formalmente? ¿Dónde los vencedores de laprimera guerra mundial que supervisaron la redistribución del mapa de Europa y delmundo, fijando una frontera aquí o pidiendo un plebiscito allá? (¿Dónde, además, loshombres que trabajaban en las conferencias internacionales tan familiares para losdiplomáticos del pasado y tan distintas de las breves «cumbres» de relacionespúblicas y foto que las han reemplazado?)

¿Dónde estaban las potencias internacionales, nuevas o viejas, al fin del milenio? El único estado que se podía calificar de gran potencia, en el sentido en que eltérmino se empleaba en 1914, era los Estados Unidos. No está claro lo que estosignificaba en la práctica. Rusia había quedado reducida a las dimensiones que teníaa^

mediados

del

siglo

XVII.

Nunca,

desde

Pedro

el

Grande,

había

sido

tan

insignificante. El Reino Unido y Francia se vieron relegados a un estatus puramenteregional, y ni siquiera la posesión de armas nucleares bastaba para disimularlo.Alemania y Japón eran grandes potencias económicas, pero ninguna de ellas vio lanecesidad de reforzar sus grandes recursos económicos con potencial militar en elsentido tradicional, ni siquiera cuando tuvieron libertad para hacerlo, aunque nadiesabe qué harán en el futuro. ¿Cuál era el estatus político internacional de la nuevaUnión Europea, que aspiraba a tener un programa político común, pero que fueincapaz de conseguirlo —o incluso de pretender que lo tenía— salvo en cuestioneseconómicas? No estaba claro ni siquiera que muchos de los estados, grandes opequeño, nuevos o viejos, pudieran sobrevivir en su forma actual durante el primercuarto del siglo XXI.

Si la naturaleza de los actores de la escena internacional no estaba clara, tampoco lo estaba la naturaleza de los peligros a que se enfrentaba el mundo. El siglo XXhabía sido un siglo de guerras mundiales, calientes o frías, protagonizadas por lasgrandes potencias y por sus aliados, con unos escenarios cada vez más apocalípticosde destrucción en masa, que culminaron con la perspectiva, que afortunadamentepudo evitarse, de un holocausto nuclear provocado por las superpotencias. Estepeligro ya no existía. No se sabía qué

EL FIN DEL MILENIO

553

podía depararnos el futuro, pero la propia desaparición o transformación de todos losactores —salvo uno— del drama mundial significaba que una tercera guerra mundialal viejo estilo era muy improbable.

Esto no quería decir, evidentemente, que la era de las guerras hubiese llegado a su fin. Los años ochenta demostraron, mediante el conflicto anglo-argentino de 1982y el que enfrentó a Irán con Irak de 1980 a 1988, que guerras que no tenían nada quever

con

la

confrontación entre

las

superpotencias

mundiales

eran

posibles

en

cualquier momento. Los años que siguieron a 1989 presenciaron un mayor númerode operaciones militares en más lugares de Europa, Asia y Africa de lo que nadiepodía recordar, aunque no todas fueran oficialmente calificadas como guerras: en Li-beria, Angola, Sudán y el Cuerno de África; en la antigua Yugoslavia, en Moldavia,en varios países del Cáucaso y de la zona transcaucásica, en el siempre explosivoOriente Medio, en la antigua Asia central soviética y en Afganistán. Como muchasveces no estaba claro quién combatía contra quién, y por qué, en las frecuentessituaciones de ruptura y desintegración nacional, estas actividades no se acomodabana las denominaciones clásicas de «guerra» internacional o civil. Pero los habitantesde la región que las sufrían difícilmente podían considerar que vivían en tiempos depaz, especialmente cuando, como en Bosnia, Tadjikistán o Liberia, habían estadoviviendo en una paz incuestionable hacía poco tiempo. Por otra parte, como sedemostró en los Balcanes a principios de los noventa, no había una línea dedemarcación clara entre las luchas internas regionales y una guerra balcánicasemejante a las de viejo estilo, en la que aquéllas podían transformarse fácilmente.En resumen, el peligro global de guerra no había desaparecido; sólo había cambiado.

No cabe duda de que los habitantes de estados fuertes, estables y privilegiados (la Unión Europea con relación a la zona conflictiva adyacente; Escandinavia conrelación a las costas ex soviéticas del mar Báltico) podían creer que eran inmunes ala inseguridad y violencia que aquejaba a las zonas más desfavorecidas del tercermundo y del antiguo mundo socialista; pero estaban equivocados. La crisis de losestados-nación tradicionales basta para ponerlo en duda. Dejando a un lado laposibilidad de que algunos de estos estados pudieran escindirse o disolverse, habíauna importante, y no siempre advertida, innovación de la segunda mitad del siglo quelos debilitaba, aunque sólo fuera al privarles del monopolio de la fuerza, que habíasido siempre el signo del poder del estado en las zonas establecidas permanentemen-te: la democratización y privatización de los medios de destrucción, que transformólas perspectivas de conflicto y violencia en

cualquier parte

del mundo.

Ahora resultaba posible que pequeños grupos de disidentes, políticos o de cualquier tipo, pudieran crear problemas y destrucción en cualquier lugar del mundo,como lo demostraron las actividades del IRA en Gran Bretaña y el intento de volar elWorld Trade Center de Nueva York (1993). Hasta fines del siglo XX, el costeoriginado por tales actividades era modesto —salvo para las

554

EL DERRUMBAMIENTO

empresas aseguradoras—, ya que el terrorismo no estatal, al contrario de lo que sesuele suponer, era mucho menos indiscriminado que los bombardeos de la guerraoficial, aunque sólo fuera porque su propósito, cuando lo tenía, era más bien políticoque militar. Además, y si exceptuamos las cargas explosivas, la mayoría de estosgrupos actuaban con armas de mano, más adecuadas para pequeñas acciones quepara matanzas en masa. Sin embargo, no había razón alguna para que las armasnucleares

—siendo

el

material

y

los

conocimientos

para

construirlas

de

fácil

adquisición en el mercado mundial— no pudieran adaptarse para su uso por parte depequeños grupos.

Además, la democratización de los medios de destrucción hizo que los costes de controlar la violencia no oficial sufriesen un aumento espectacular. Así, el gobiernobritánico, enfrentado a las fuerzas antagónicas de los para-militares católicos yprotestantes de Irlanda del Norte, que no pasaban de unos pocos centenares, semantuvo en la provincia gracias a la presencia constante de unos 20. 000 soldados y8. 000 policías, con un gasto anual de tres mil millones de libras esterlinas. Lo queera válido para pequeñas rebeliones y otras formas de violencia interna, lo era másaún para los pequeños conflictos fuera de las fronteras de un país. En muy pocoscasos

de

conflicto

internacional

los

estados,

por

grandes

que

fueran,

estaban

preparados para afrontar estos enormes gastos.

Varias situaciones derivadas de la guerra fría, como los conflictos de Bosnia y Somalia, ilustraban esta imprevista limitación del poder del estado, y arrojaban nuevaluz acerca de la que parecía estarse convirtiendo en la principal causa de tensióninternacional de cara al nuevo milenio: la creciente separación entre las zonas ricas ypobres del mundo. Cada una de ellas tenía resentimientos hacia la otra. El auge delfundamentalismo islámico no era sólo un movimiento contra la ideología de unamodernización occidentalizadora, sino contra el propio «Occidente». No era casualque los activistas de estos movimientos intentasen alcanzar sus objetivos perturbandolas visitas de los turistas, como en Egipto, o asesinando a residentes occidentales,como en Argelia. Por el contrario, en los países ricos la amenaza de la xenofobiapopular se dirigía contra los extranjeros del tercer mundo, y la Unión Europea estabaamurallando sus fronteras contra la invasión de los pobres del tercer mundo en buscade trabajo. Incluso en los Estados Unidos se empezaron a notar graves síntomas deoposición a la tolerancia

de facto

de la inmigración ilimitada.

En términos políticos y militares, sin embargo, ninguno de los bandos podía imponerse al otro. En cualquier conflicto abierto entre los estados del norte y del surque se pudiera imaginar, la abrumadora superioridad técnica y económica del norte leaseguraría la victoria, como demostró concluyentemente la guerra del Golfo de 1991.Ni la posesión de algunos misiles nucleares por algún país del tercer mundo —suponiendo que dispusiera de medios para mantenerlos y lanzarlos— podía tenerefecto disuasorio, ya que los estados occidentales, como Israel y la coalición de laguerra del Golfo demostraron en Irak, podían emprender ataques preventivos contraenemi-

EL FIN DEL MILENIO

555

gos

potenciales

mientras

eran

todavía

demasiado

débiles

como

para

resultar

amenazadores. Desde un punto de vista militar, el primer mundo podría tratar al tercerocomo lo que Mao llamaba «un tigre de papel».

Sin embargo, durante la segunda mitad del siglo XX cada vez quedó más claro que el primer mundo podía ganar batallas pero no guerras contra el tercer mundo o, más bien,que incluso vencer en las guerras, si hubiera sido posible, no le garantizaría controlar losterritorios. Había desaparecido el principal activo del imperialismo: la buena disposiciónde

las

poblaciones

coloniales

para,

una

vez

conquistadas,

dejarse

administrar

tranquilamente por un puñado de ocupantes. Gobernar Bosnia-Herzegovina no fue unproblema para el imperio de los Habsburgo, pero a principios de los noventa los asesoresmilitares de todos los países advirtieron a sus gobiernos que la pacificación de ese infelizy turbulento país requeriría la presencia de cientos de miles de soldados durante unperíodo de tiempo ilimitado, esto es, una movilización comparable a la de una guerra.

Somalia siempre había sido una colonia difícil, que en una ocasión había requerido incluso la presencia de un contingente militar británico mandado por un general dedivisión, pero ni Londres ni Roma pensaron que ni siquiera Muhammad ben Abdallah, elfamoso «Mullah loco», pudiese plantear problemas insolubles a los gobiernos colonialesbritánico e italiano. Sin embargo, a principios de los años noventa los Estados Unidos ylas demás fuerzas de ocupación de las Naciones Unidas, compuestas por varías decenasde miles de hombres, se retiraron ignominiosamente de Somalia al verse ante la opción deuna ocupación indefinida sin un propósito claro.

Incluso

el poderío de los Estados Unidos

reculó cuando se enfrentó en la vecina Haití —uno de los satélites tradicionalesdependientes de Washington— a un general local del ejército haitiano, entrenado yarmado por los Estados Unidos, que se oponía al regreso de un presidente electo quegozaba de un apoyo con reservas de los Estados Unidos, a quienes desafió a ocupar Haití.Los norteamericanos rehusaron ocuparla de nuevo, como habían hecho de 1915 a 1934, noporque el millar de criminales uniformados del ejército haitiano constituyesen un problemamilitar serio, sino porque ya no sabían cómo resolver el problema haitiano con una fuerzaexterior.

En suma, el siglo finalizó con un desorden global de naturaleza poco clara, y sin ningún mecanismo para poner fin al desorden o mantenerlo controlado.

II

La razón de esta impotencia no reside sólo en la profundidad de la crisis mundial y en su complejidad, sino también en el aparente fracaso de todos los programas, nuevos oviejos, para manejar o mejorar los asuntos de la especie humana.

El siglo XX corto ha sido una era de guerras religiosas, aunque las más

558

EL DERRUMBAMIENTO

que cada individuo persiguiera su satisfacción sin restricciones, y fuera cual fuese elresultado, sería el mejor posible. Cualquier curso alternativo sería peor, se decía demanera poco convincente.

Si las ideologías programáticas nacidas en la era de las revoluciones y en el siglo XIX comenzaron a decaer al final del siglo XX, las más antiguas guías para perplejosde este mundo, las religiones tradicionales, no ofrecían una alternativa plausible. Lasreligiones occidentales cada vez tenían más problemas, incluso en los países —encabezados por esa extraña anomalía que son los Estados Unidos— donde seguíasiendo frecuente ser miembro de una Iglesia y asistir a los ritos religiosos (Kosmin yLachmann, 1993). El declive de las diversas confesiones protestantes se aceleró.Iglesias y capillas construidas a principios de siglo quedaron vacías al final delmismo, o se vendieron para otros fines, incluso en lugares como Gales, donde habíancontribuido a dar forma a la identidad nacional. De 1960 en adelante, como hemosvisto, el declive del catolicismo romano se precipitó. Incluso en los países antescomunistas, donde la Iglesia gozaba de la ventaja de simbolizar la oposición a unosregímenes profundamente impopulares, el fiel católico poscomunista mostraba lamisma tendencia a apartarse del rebaño que el de otros países. Los observadoresreligiosos creyeron detectar en ocasiones un retorno a la religión en la zona de lacristiandad ortodoxa postsoviética, pero a fines de siglo la evidencia acerca de estehecho, poco probable pero no imposible, resulta débil. Cada vez menos hombres ymujeres prestaban oídos a las diversas doctrinas de estas confesiones cristianas,fueran los que fuesen sus méritos.

El declive y caída de las religiones tradicionales no se vio compensado, al menos en la sociedad urbana del mundo desarrollado, por el crecimiento de una religiosidadsectaria militante, o por el auge de nuevos cultos y comunidades de culto, y aúnmenos por el deseo de muchos hombres y mujeres de escapar de un mundo que nocomprendían ni podían controlar, refugiándose en una diversidad de creencias cuyafuerza residía en su propia irracionalidad. La visibilidad pública de estas sectas,cultos y creencias no debe ocultarnos la relativa fragilidad de sus apoyos. No más deun 3 o 4 por 100 de la comunidad judía británica pertenecía a alguna de las sectas ogrupos

jasídi-cos

ultraortodoxos.

Y

la

población

adulta

estadounidense

que

pertenecía a sectas militantes y misioneras no excedía del 5 por 100 (Kosmin y Lach-mann, 1993, pp. 15-16).

(^2)

La

situación era diferente en

el

tercer mundo

y^

en las

zonas

adyacentes,

exceptuando la vasta población del Extremo Oriente, que la tradición confucianamantuvo inmune durante milenios a la religión oficial, aunque no a los cultos nooficiales. Aquí se hubiera podido esperar que ideologías basadas en las tradicionesreligiosas que constituían la formas populares de pensar el

  1. Entre éstos he contado a quienes se definían como pentecostalistas, miembros de la Iglesia de Dios, testigos de Jehová, adventistas del Séptimo Día, de las Asambleas de Dios, de las Iglesias de la Santidad,«renacidos» y «carismáticos».

EL FIN DEL MILENIO

559

mundo hubiesen adquirido prominencia en la escena pública, a medida que la gentecomún se convertía en actor en esta escena. Esto es lo que ocurrió en las últimasdécadas del siglo, cuando la elite minoritaria y secular que llevaba a sus países a lamodernización quedó marginada (véase el capítulo XII). El atractivo de una religiónpolitizada era tanto mayor cuanto las viejas religiones eran, casi por definición,enemigas de la civilización occidental que era un agente de perturbación social, y delos países ricos e impíos que aparecían ahora, más que nunca, como los explotadoresde la miseria del mundo pobre. Que los objetivos locales contra los que se dirigíanestos movimientos fueran los ricos occidentalizados con sus Mercedes y las mujeresemancipadas les añadía un toque de lucha de clases. Occidente les aplicó el erróneocalificativo de «fundamentalistas»; pero cualquiera que fuera la denominación que seles diese, estos movimientos miraban atrás, hacia una época más simple, estable ycomprensible de un pasado imaginario. Como no había camino de vuelta a tal era, ycomo estas ideologías no tenían nada importante que decir sobre los problemas desociedades que no se parecían en nada, por ejemplo, a las de los pastores nómadasdel antiguo Oriente Medio, no podían proporcionar respuestas a estos problemas.Eran lo que el incisivo vienes Karl Kraus llamaba psicoanálisis: síntomas de «laenfermedad de la que pretendían ser la cura».

Este es también el caso de la amalgama de consignas y emociones —ya que no se les puede llamar propiamente ideologías— que florecieron sobre las ruinas de lasantiguas instituciones e ideologías, como la maleza que colonizó las bombardeadasruinas de las ciudades europeas después que cayeron las bombas de la segundaguerra mundial: una mezcla de xenofobia y de política de identidad. Rechazar unpresente

inaceptable

no

implica

necesariamente

proporcionar

soluciones

a^

sus

problemas (véase el capítulo XIV, VI). En realidad, lo que más se parecía a unprograma político que reflejase este enfoque era el «derecho a la autodeterminaciónnacional» wilsoniano-leninista para «naciones» presuntamente homogéneas en losaspectos étnico-lingüístico-culturales, que iba reduciéndose a un absurdo trágico ysalvaje a medida que se acercaba el nuevo milenio. A principios de los años noventa,quizá por vez primera, algunos observadores racionales, independientemente de sufiliación política (siempre que no fuese la de algún grupo específico de activismonacionalista), empezaron a proponer públicamente el abandono del «derecho a laautodeterminación».

(^3)

  1. En 1949 Ivan Ilyin (1882-1954), ruso exiliado y anticomunista, predijo las consecuencias de intentar una imposible

«subdivisión

territorial

rigurosamente

étnica»

de

la

Rusia

posbolchevique. «Partiendo de

los

presupuestos más modestos, tendríamos una gama de «estados» separados, ninguno de los cuales tendría unámbito territorial incontestado, ni gobierno con autoridad, ni leyes, ni tribunales, ni ejército, ni una poblaciónétnicamente definida. Una gama de etiquetas vacías. Y poco a poco, en el transcurso de las décadas siguientes,se irían formando mediante la separación o la desintegración nuevos estados. Cada uno de ellos debería libraruna larga lucha con sus vecinos por su territorio y su población, en lo que acabaría siendo una interminable serie deguerras civiles dentro de Rusia» (citado en Chiesa. 1993, pp. 34 y 36-37).

560

EL DERRUMBAMIENTO

No era la primera vez que una combinación de inanidad intelectual con fuertes y a veces desesperadas emociones colectivas resultaba políticamente poderosa en épocas de crisis, deinseguridad y, en grandes partes del mundo, de estados e instituciones en proceso dedesintegración. Así como los movimientos que recogían el resentimiento del período deentreguerras generaron el fascismo, las protestas político-religiosas del tercer mundo y elansia de una identidad segura y de un orden social en un mundo en desintegración (elllamamiento a la «comunidad» va unido habitualmente a un llamamiento en favor de la «leyy el orden») proporcionaron el humus en que podían crecer fuerzas políticas efectivas. A suvez, estas fuerzas podían derrocar viejos regímenes y establecer otros nuevos. Sinembargo, no era probable que pudieran producir soluciones para el nuevo milenio, al igualque el fascismo no las había producido para la era de las catástrofes. A fines del siglo XXcorto, ni siquiera estaba claro si serían capaces de engendrar movimientos de masasnacionales similares a los que hicieron fuertes a algunos fascismos incluso antes de queadquiriesen el arma decisiva del poder estatal. Su activo principal consistía, probablemente,en una cierta inmunidad a la economía académica y a la retórica antiestatal de unliberalismo identificado con el mercado libre. Si los políticos tenían que ordenar larenacionalización de una industria, no se detendrían por los argumentos en contra, sobretodo si no eran capaces de entenderlos. Y además, si bien estaban dispuestos a haceralgo, sabían tan poco como los demás qué convenía hacer.

III

Ni lo sabe, por supuesto, el autor de este libro. Pese a todo, algunas tendencias del desarrollo a largo plazo estaban tan claras que nos permiten esbozar una agenda de algunosde los principales problemas del mundo y señalar, al menos, algunas de las condicionespara solucionarlos.

Los dos problemas centrales, y a largo plazo decisivos, son de tipo demográfico y ecológico. Se esperaba generalmente que la población mundial, en constante aumento desdemediados del siglo XX, se estabilizaría en una cifra cercana a los diez mil millones de sereshumanos —o, lo que es lo mismo, cinco veces la población existente en 1950— alrededordel año 2030, esencialmente a causa de la reducción del índice de natalidad del tercermundo. Si esta previsión resultase errónea, deberíamos abandonar toda apuesta por elfuturo. Incluso si se demuestra realista a grandes rasgos, se planteará el problema —hastaahora no afrontado a escala global— de cómo mantener una población mundial estableo, más probablemente, una población mundial que fluctuará en torno a una tendenciaestable o con un pequeño crecimiento (o descenso). (Una caída espectacular de lapoblación

mundial,

improbable

pero

no

inconcebible,

introduciría

complejidades

adicionales.) Sin embargo los movimientos predecibles de la población mundial, estableo no, aumentarán con toda certeza los desequilibrios entre las diferentes

EL FIN DEL MILENIO

561

zonas del mundo. En conjunto, como sucedió en el siglo XX, los países ricos ydesarrollados serán aquellos cuya población comience a estabilizarse, o a tener uníndice de crecimiento estancado, como sucedió en algunos países durante los añosnoventa.

Rodeados por países pobres con grandes ejércitos de jóvenes que claman por conseguir los trabajos humildes del mundo desarrollado que les harían a ellos ricosen comparación con los niveles de vida de El Salvador o de Marruecos, esos paísesricos con muchos ciudadanos de edad avanzada y pocos jóvenes tendrían queenfrentarse a la elección entre permitir la inmigración en masa (que produciríaproblemas políticos internos), rodearse de barricadas para que no entren unosemigrantes a los que necesitan (lo cual sería impracticable a largo plazo), o encontrarotra fórmula. La más probable sería la de permitir la inmigración temporal ycondicional, que no concede a los extranjeros los mismos derechos políticos ysociales

que

a

los

ciudadanos,

esto

es,

la

de

crear

sociedades

esencialmente

desiguales. Esto puede abarcar desde sociedades de claro

apartheid,

como las de

Suráfrica e Israel (que están en declive en algunas zonas del mundo, pero no handesaparecido en otras), hasta la tolerancia informal de los inmigrantes que noreivindican nada del país receptor, porque lo consideran simplemente como un lugardonde ganar dinero de vez en cuando, mientras se mantienen básicamente arraigadosen su propia patria. Los transportes y comunicaciones de fines del siglo XX, asícomo el enorme abismo que existe entre las rentas que pueden ganarse en los paísesricos y en los pobres, hacen que esta existencia dual sea más posible que antes. Sieste tipo de existencia podrá lograr, a largo o incluso a medio plazo, que lasfricciones entre los nativos y los extranjeros sean menos incendiarias, es una cuestiónsobre

la

que

siguen

discutiendo

los

eternos

optimistas

y^

los

escépticos

desilusionados.

Pero no cabe duda de que estas fricciones serán uno de los factores principales de las políticas, nacionales o globales, de las próximas décadas.

Los problemas ecológicos, aunque son cruciales a largo plazo, no resultan tan explosivos de inmediato. No se trata de subestimarlos, aun cuando desde la época enque entraron en la conciencia y en el debate públicos, en los años setenta, hayantendido a discutirse erróneamente en términos de un inminente apocalipsis. Sinembargo, que el «efecto invernadero» pueda no causar un aumento del nivel de lasaguas del mar que anegue Bangladesh y los Países Bajos en el año 2000, o que lapérdida diaria de un desconocido número de especies tenga precedentes, no esmotivo de satisfacción. Un índice de crecimiento económico similar al de la segundamitad del siglo XX, si se mantuviese indefinidamente (suponiendo que ello fueraposible), tendría consecuencias irreversibles y catastróficas para el entorno natural deeste planeta, incluyendo a la especie humana que forma parte de él. No destruiría elplaneta ni lo haría totalmente inhabitable, pero con toda seguridad cambiaría laspautas de la vida en la biosfera, y podría resultar inhabitable para la especie humanatal como la conocemos y en su número actual. Además, el ritmo a que la tecnología

EL FIN DEL MILENIO

563

sas que, por definición, se dedican a este objetivo y compiten una contra otra en unmercado libre global. Desde el punto de vista ambiental, si la humanidad ha de tener unfuturo, el capitalismo de las décadas de crisis no debería tenerlo.

IV

Considerándolos aisladamente, los problemas de la economía mundial resultan, con una excepción, menos graves. Aun dejándola a su suerte, la economía seguiría creciendo. Dehaber algo de cierto en la periodicidad de Kondratiev (véase la p. 94), debería entrar enotra era de próspera expansión antes del final del milenio, aunque esto podría retrasarsepor un tiempo por los efectos de la desintegración del socialismo soviético, porquediversas zonas del mundo se ven inmersas en la anarquía y la guerra y, quizás, por unaexcesiva dedicación al libre comercio mundial, por el cual los economistas suelen sentirmayor entusiasmo que los historiadores de la economía. Sin embargo, las perspectivas dela

expansión

son

enormes.

La

edad

de

oro,

como

hemos

visto,

representó

fundamentalmente

el

gran

salto

hacia

adelante

de

las

«economías

de

mercado

desarrolladas», quizás unos veinte países habitados por unos 600 millones de personas(1960). La globalización y la redistribución internacional de la producción seguiríaintegrando a la mayor parte del resto de los 6. 000 millones de personas del mundo en laeconomía global. Hasta los pesimistas congénitos tenían que admitir que esta era unaperspectiva alentadora para los negocios.

La principal excepción era el ensanchamiento aparentemente irreversible del abismo entre los países ricos y pobres del mundo, proceso que se aceleró hasta cierto punto con eldesastroso impacto de los años ochenta en gran parte del tercer mundo, y con elempobrecimiento de muchos países antiguamente socialistas. A menos que se produzcauna caída espectacular del índice de crecimiento de la población del tercer mundo, labrecha parece que continuará ensanchándose. La creencia, de acuerdo con la economíaneoclásica, de que el comercio internacional sin limitaciones permitiría que los paísespobres se acercaran a los ricos va contra la experiencia histórica y contra el sentidocomún.

(^4) Una economía mundial que se desarrolla gracias a la generación de crecientes

desigualdades está acumulando inevitablemente problemas para el futuro.

Sin embargo, en ningún caso las actividades económicas existen, ni pueden existir, desvinculadas de su contexto y sus consecuencias. Como hemos visto, tres aspectos de laeconomía mundial de fines del siglo XX han dado motivo para la alarma. El primero eraque la tecnología continuaba expul-

  1. El ejemplo de las exportaciones de algunos países industrializados del tercer mundo (Hong-Kong, Singapur, Tsiwan y Corea del Sur) que siempre sale a relucir afecta a menos del 2 por 100 de la poblacióndel tercer mundo.

564

EL DERRUMBAMIENTO

sando el trabajo humano de la producción de bienes y servicios, sin proporcionarsuficientes empleos del mismo tipo para aquellos a los que había desplazado, o garantizarun

índice

de

crecimiento

económico

suficiente

para

absorberlos.

Muy

pocos

observadores esperan un retorno, siquiera temporal, al pleno empleo de la edad de oro enOccidente. El segundo es que mientras el trabajo seguía siendo un factor principal de laproducción, la globalización de la economía hizo que la industria se desplazase de susantiguos centros, con elevados costes laborales, a países cuya principal ventaja —siendolas otras condiciones iguales— era que disponían de cabezas y manos a buen precio.De esto pueden seguirse una o dos consecuencias: la transferencia de puestos de trabajode regiones con salarios altos a regiones con salarios bajos y (según los principios dellibre mercado) la consiguiente caída de los salarios en las zonas donde son altos ante lapresión

de

los

flujos

de

una

competencia

global.

Por

tanto,

los

viejos

países

industrializados, como el Reino Unido, pueden optar por convertirse en economías detrabajo

barato,

aunque

con

unos

resultados

socialmente

explosivos

y^

con

pocas

probabilidades de competir, pese a todo, con los países de industrialización reciente.Históricamente estas presiones se contrarrestaban mediante la acción estatal, es decir,mediante el proteccionismo. Sin embargo, y este es el tercer aspecto preocupante de laeconomía mundial de fin de siglo, su triunfo y el de una ideología de mercado libredebilitó, o incluso eliminó, la mayor parte de los instrumentos para gestionar los efectossociales de los cataclismos económicos. La economía mundial era cada vez más una má-quina

poderosa

e

incontrolable.

¿Podría

controlarse?

y,

en

ese

caso,

¿quién

la

controlaría?

Todo esto produce problemas económicos y sociales, aunque en algunos países (como en el Reino Unido) son más inmediatamente preocupantes que en otros (como en Coreadel Sur).

Los milagros económicos de la edad de oro se basaban en el aumento de las rentas reales en las «economías de mercado desarrolladas», porque las economías basadas en elconsumo de masas necesitaban masas de consumidores con ingresos suficientes paraadquirir bienes duraderos de alta tecnología.

(^5) La mayoría de estos ingresos se habían

obtenido como remuneración del trabajo en mercados de trabajo con salarios elevados,que empezaron a peligrar en el mismo momento en que el mercado de masas era másesencial que nunca para la economía. En los países ricos este mercado se estabilizógracias al desplazamiento de fuerza de trabajo de la industria al sector terciario, que engeneral

ofrecía

unos

empleos

estables,

y

gracias

también

al

crecimiento

de

las

transferencias de rentas (en su mayor parte derivadas de la seguridad social y de laspolíticas de bienestar), que a fines de los años

  1. Muchos no se han dado cuenta de que todas las economías desarrolladas, excepto los Estados Unidos, enviaron una parte

menor

de sus exportaciones al tercer mundo en

1990 que en 1938. En 1990 los países occidentales (incluyendo los Estados Unidos)enviaron menos de una quinta parte de sus exportaciones al tercer mundo (Bairoch,1993, cuadro 6. 1, p. 75).

EL FIN DEL MILENIO

565

ochenta representaban aproximadamente un 30 por 100 del PNB conjunto de los paísesoccidentales desarrollados. En cambio, en los años veinte esta cifra apenas alcanzaba un4 por 100 del PNB (Bairoch, 1993, p. 174). Esto puede explicar por qué la crisis de labolsa de Wall Street en 1987, la mayor desde 1929, no provocó una depresión delcapitalismo similar a la de los años treinta.

Sin embargo, estos dos estabilizadores estaban ahora siendo erosionados. Al final del siglo XX corto los gobiernos occidentales y la economía ortodoxa coincidían en que elcoste de la seguridad social y de las políticas de bienestar público era demasiado elevado ydebía reducirse, mientras la constante disminución del empleo en el hasta entonces establesector terciario —empleo público, banca y finanzas, trabajo de oficina desplazado por latecnología— estaba a la orden del día. Nada de esto implicaba un peligro inmediato para laeconomía mundial, en la medida en que el relativo declive de los viejos mercados quedabacompensado por la expansión en el resto del mundo o bien porque la cifra global depersonas que aumentaban sus rentas crecía a mayor velocidad que el resto. Para decirlobrutalmente, si la economía global podía descartar una minoría de países pobres,económicamente poco interesantes, podía también desentenderse de las personas muypobres

que

vivían

en

cualquier

país,

siempre

que

el

número

de

consumidores

potencialmente interesantes fuera suficientemente elevado. Visto desde las impersonalesalturas desde las que los economistas y los contables de las grandes empresas con-templaban el panorama, ¿quién necesitaba al 10 por 100 de la población estadounidensecuyos ingresos reales por hora habían

caído

un 16 por 100 desde 1979?

Si una vez más nos situamos en la perspectiva global implícita en el modelo del liberalismo económico, las desigualdades del desarrollo son poco importantes a menos quese observe que los resultados globales que tales desigualdades producen son másnegativos que positivos.

(^6) Desde este punto de vista no existe razón económica alguna por

la cual, si los costes comparativos lo aconsejan, Francia no deba cerrar toda suagricultura e importar todos sus alimentos; ni para que, si fuera técnicamente posible yeconómicamente rentable, todos los programas de televisión del mundo no se hicieran enMéxico D. F. Pese a todo, este no es un punto de vista que puedan mantener sin reservasquienes están instalados en la economía nacional, así como en la global, es decir, todos losgobiernos nacionales y la mayor parte de los habitantes de sus países. Y no se puedemantener sin reservas porque no se pueden obviar las consecuencias sociales y políticas delos cataclismos económicos mundiales.

Sea cual fuere la naturaleza de estos problemas, una economía de libre mercado sin límites ni controles no podría solucionarlos. En realidad empeoraría problemas como el delcrecimiento del desempleo y del empleo precario, ya que la elección racional de lasempresas que sólo buscan su propio

  1. Lo cual puede observarse, de hecho, con frecuencia.

566

EL DERRUMBAMIENTO

beneficio consiste en:

a)

reducir al máximo el número de sus empleados, ya que las

personas resultan más caras que los ordenadores, y

b)

recortar los impuestos de la

seguridad social (o cualquier otro tipo de impuestos) tanto como sea posible. Y no hayninguna buena razón para suponer que la economía de mercado libre a escala global puedasolucionarlos. Hasta la década de los años setenta el capitalismo nacional y el mundial nohabían operado nunca en tales condiciones o, si lo habían hecho, no se habían beneficiadonecesariamente de ello. Con respecto al siglo XIX se puede argumentar que «al contrariode lo que postula el modelo clásico, el libre comercio coincide con —y probablemente esla causa principal de— la depresión, y el proteccionismo es probablemente la causaprincipal de desarrollo para la mayor parte de los países actualmente desarrollados»(Bairoch, 1993, p. 164). Y en cuanto a los milagros económicos del siglo XX, éstos no sealcanzaron con el

laissez-faire,

sino contra él.

Es probable, por tanto, que la moda de la liberalización económica y de la «mercadización» que dominó la década de los ochenta y que alcanzó la cumbre de lacomplacencia ideológica tras el colapso del sistema soviético no dure mucho tiempo. Lacombinación de la crisis mundial de comienzos de los años noventa y del espectacularfracaso de las políticas liberales cuando se aplicaron como «terapia de choque» en lospaíses antes socialistas hicieron que sus partidarios revisasen su antiguo entusiasmo.¿Quién hubiera podido pensar que en 1993 algunos asesores económicos exclamarían«después de todo, quizá Marx tenía razón»? Sin embargo, el retorno al realismo tiene quesuperar dos obstáculos. El primero, que el sistema no tiene ninguna amenaza políticacreíble, como en su momento parecían ser el comunismo y la existencia de la UniónSoviética o, de un modo distinto, la conquista nazi de Alemania. Estas amenazas, comoeste libro ha intentado demostrar, proporcionaron al capitalismo el incentivo parareformarse. El hundimiento de la Unión Soviética, el declive y la fragmentación de laclase obrera y de sus movimientos, la insignificancia militar del tercer mundo en elterreno de la guerra convencional, así como la reducción en los países desarrollados de losverdaderamente pobres a una «subclase» minoritaria, fueron en su conjunto causa de quedisminuyese el incentivo para la reforma. Con todo, el auge de los movimientosultraderechistas y el inesperado aumento del apoyo a los herederos del antiguo régimen enlos países antiguamente comunistas fueron señales de advertencia, y a principios de losaños noventa eran vistas como tales. El segundo obstáculo era el mismo proceso deglobalización, reforzado por el desmantelamiento de los mecanismos nacionales para prote-ger a las víctimas de la economía de libre mercado global frente a los costes sociales de loque orgullosamente se describía como «el sistema de creación de riqueza... que todo elmundo considera como el más efectivo que la humanidad ha imaginado».

Porque, como el mismo editorial del

Financial Times

(24-XII-1993) llegó a

admitir:

EL FIN DEL MILENIO

569

puesto en marcha confiadamente algunas décadas atrás; contra su incapacidad real paramantener la que, según su propio criterio, era su función principal: la conservación de laley y el orden públicos. El propio hecho de que durante la época de su apogeo, el estadoasumiese y centralizase tantas funciones, y se fijase unas metas tan ambiciosas en materiade control y orden público, hacía su incapacidad para sostenerlas doblemente dolorosa.

Y sin embargo el estado, o cualquier otra forma de autoridad pública que representase el interés público, resultaba ahora más indispensable que nunca, si habían de remediarse lasinjusticias sociales y ambientales causadas por la economía de mercado, o incluso —comomostró la reforma del capitalismo en los años cuarenta— si el sistema económico tenía queoperar a plena satisfacción. Si el estado no realiza cierta asignación y redistribución de larenta nacional, ¿qué sucederá, por ejemplo, con las poblaciones de los viejos paísesindustrializados, cuya economía se fundamenta en una base relativamente menguante deasalariados, atrapada entre el creciente número de personas marginadas por la economía dealta tecnología, y el creciente porcentaje de viejos sin ningún ingreso? Era absurdoargumentar que los ciudadanos de la Comunidad Europea, cuya renta nacional per cápitaconjunta había aumentado un 80 por 100 de 1970 a 1990, no podían «permitirse» en losaños noventa el nivel de rentas y de bienestar que se daba por supuesto en 1970

(World

Tables,

1991, pp. 8-9). Pero éstos no podían existir sin el estado. Supongamos —sin que

este sea un ejemplo fantástico— que persisten las actuales tendencias, y que se llega aunas economías en que un cuarto de la población tiene un trabajo remunerado y los trescuartos restantes no, pero que al cabo de veinte años esta economía produce una rentanacional per cápita dos veces mayor que antes. ¿Quién, de no ser la autoridad pública,podría y querría asegurar un mínimo de renta y de bienestar para todo el mundo,contrarrestando la tendencia hacia la desigualdad tan visible en las décadas de crisis? Ajuzgar por la experiencia de los años setenta y ochenta, ese alguien no sería el mercado. Siestas décadas demostraron algo, fue que el principal problema del mundo, y por supuestodel mundo desarrollado, no era cómo multiplicar la riqueza de las naciones, sino cómodistribuirla en beneficio de sus habitantes. Esto fue así incluso en los países pobres «endesarrollo» que necesitaban un mayor crecimiento económico. En Brasil, un monumento dedesidia social, el PNB per cápita de 1939 era casi dos veces y medio superior al de SriLanka, y más de seis veces mayor a fines de los ochenta. En Sri Lanka, país que hastafines de los setenta subvencionó los alimentos y proporcionó educación y asistenciasanitaria gratuita, el recién nacido medio tenía una esperanza de vida varios años mayorque la de un recién nacido brasileño, y la tasa de mortalidad infantil era la mitad de la tasabrasileña en 1969, y un tercio de ella en 1989

(World Tables,

1991, pp. 144-147 y 524-

527). En 1989 el porcentaje de analfabetismo era casi dos veces superior en Brasil que en laisla asiática.

La distribución social y no el crecimiento es lo que dominará las políticas del nuevo milenio. Para detener la inminente crisis ecológica es impres-

570

EL DERRUMBAMIENTO

cindible que el mercado no se ocupe de asignar los recursos o, al menos, que selimiten tajantemente las asignaciones del mercado. De una manera o de otra, eldestino de la humanidad en el nuevo milenio dependerá de la restauración de lasautoridades públicas.

VI

Esto

nos

plantea

un

doble

problema.

¿Cuáles

serían

la

naturaleza

y

las

competencias

de

las

autoridades

que

tomen

las

decisiones

—supranacionales,

nacionales, subnacionales y globales, solas o conjuntamente? ¿Cuál sería su relacióncon la gente a que estas decisiones se refieren?

El primero es, en cierto sentido, una cuestión técnica, puesto que las autoridades ya existen y, en principio —aunque no en la práctica—, existen también modelos dela relación entre ellas. La Unión Europea ofrece mucho material digno de tenerse encuenta, aun cuando cada propuesta específica para dividir el trabajo entre lasautoridades globales, supranacionales, nacionales y subnacionales puede provocaramargos resentimientos

en alguna de

ellas.

Sin

duda

las

autoridades

globales

existentes estaban muy especializadas en sus funciones, aunque intentaban extendersu ámbito mediante la imposición de directrices políticas y económicas a los paísesque necesitaban pedir créditos. La Unión Europea era un caso único y, dado que erael resultado de una coyuntura histórica específica y probablemente irrepetible, esprobable que siga sola en su género, a menos que se construya algo similar a partirde los fragmentos de la antigua Unión Soviética. No se puede predecir la velocidad aque avanzará la toma de decisiones de ámbito internacional; sin embargo, es seguroque avanzará y se puede ver cómo operará. De hecho ya funciona a través de losgestores bancarios globales de las grandes agencias internacionales de crédito, lascuales representan el conjunto de los recursos de la oligarquía de los países ricos, quetambién incluyen a los más poderosos. A medida que aumentaba el abismo entre lospaíses ricos y los pobres, parecía aumentar a su vez el campo sobre el que ejercereste poder global. El problema era que, desde principios de los setenta, el BancoMundial y el Fondo Monetario Internacional, con el respaldo político de los EstadosUnidos, siguieron una política que favorecía sistemáticamente la ortodoxia del libremercado, de la empresa privada y del comercio libre mundial, lo cual convenía a laeconomía estadounidense de fines del siglo XX como había convenido a la británicade mediados del XIX, pero no necesariamente al mundo en general. Si la toma dedecisiones

globales

debe

realizar

todo

su

potencial,

estas

políticas

deberían

modificarse, pero no parece que esta sea una perspectiva inmediata.

El segundo problema no era técnico en absoluto. Surgió del dilema de un mundo comprometido, al final del siglo, con un tipo concreto de democracia política, peroque también tenía que hacer frente a problemas de gestión pública, para cuyasolución no tenía importancia alguna la elección de presi-

EL FIN DEL MILENIO

571

dentes y de asambleas pluripartidistas, aun cuando tampoco complicase las soluciones.Más en general, era el dilema acerca del papel de la gente corriente en un siglo que,acertadamente (al menos para los estándares prefeministas) se llamó «el siglo del hombrecorriente». Era el dilema de una época en la que el gobierno podía (debía, dirían algunos)ser gobierno «del pueblo» y «para el pueblo», pero que en ningún sentido operativo podíaser un gobierno «por el pueblo», ni siquiera por asambleas representativas elegidas entrequienes competían por el voto. El dilema no era nuevo. Las dificultades de las políticasdemocráticas (que hemos abordado en un capítulo anterior a propósito de los años deentreguerras) eran familiares a los científicos sociales y a los escritores satíricos desde queel sufragio universal dejó de ser una peculiaridad de los Estados Unidos.

Ahora los apuros por los que pasaba la democracia eran más acusados porque, por una parte, ya no era posible prescindir de la opinión pública, pulsada mediante encuestas ymagnificada por los medios de comunicación; mientras que, por otra, las autoridadestenían que tomar muchas decisiones para las que la opinión pública no servía de guía.Muchas veces podía tratarse de decisiones que la mayoría del electorado habríarechazado, puesto que a cada votante le desagradaban los efectos que podían tener para susasuntos personales, aun cuando creyese que eran deseables en términos del interésgeneral. Así, a fines de siglo los políticos de algunos países democráticos llegaron a laconclusión de que cualquier propuesta para aumentar los impuestos equivalía a unsuicidio electoral. Las elecciones se convirtieron entonces en concursos de perjurio fiscal.Al mismo tiempo los votantes y los parlamentos se encontraban constantemente ante ladisyuntiva de tomar decisiones, como el futuro de la energía nuclear, sobre las cuales losno expertos (es decir, la amplia mayoría de los electores y elegidos) no tenían una opiniónclara porque carecían de la formación suficiente para ello.

Hubo momentos, incluso en los estados democráticos, como sucedió en el Reino Unido durante la segunda guerra mundial, en que la ciudadanía estaba tan identificadacon los objetivos de un gobierno que gozaba de legitimidad y de confianza pública, que elinterés común prevaleció. Hubo también otras situaciones que hicieron posible un consensobásico entre los principales rivales políticos, dejando a los gobiernos las manos libres paraseguir objetivos políticos sobre los cuales no había ningún desacuerdo importante. Comoya hemos visto, esto fue lo que ocurrió en muchos países durante la edad de oro. Enmuchas ocasiones los gobiernos fueron capaces de confiar en el buen juicio consensuado desus asesores técnicos y científicos, indispensable para unos administradores que no eranexpertos. Cuando hablaban al unísono, o cuando el consenso sobrepasaba la disidencia, lacontroversia política disminuía. Cuando esto no sucedía, quienes debían tomar decisionesnavegaban en la oscuridad, como jurados ante dos psicólogos rivales, que apoyanrespectivamente a la acusación y a la defensa, y ninguno de los cuales les merececonfianza.

Pero, como hemos visto, las décadas de crisis erosionaron el consenso

572

EL DERRUMBAMIENTO

político y las verdades generalmente aceptadas en cuestiones intelectuales, especialmenteen aquellos campos que tenían que ver con la política. En los años noventa eran raros lospaíses que no estaban divididos y que se sentían firmemente identificados con susgobiernos (o al revés). Había aún, ciertamente, países cuyos ciudadanos aceptaban la ideade un estado fuerte, activo y socialmente responsable que merecía cierta libertad deacción, porque ésta se utilizaba para el bienestar común. Pero, lamentablemente, losgobiernos de fin de siglo respondían pocas veces a este ideal. Entre los países en que elgobierno como tal estaba bajo sospecha se encontraban aquellos modelados a imagen ysemejanza del anarquismo individualista de los Estados Unidos —mitigado por lospleitos y la política de subsidios locales— y los mucho más numerosos en que el estadoera tan débil o tan corrompido que sus ciudadanos no esperaban que produjese ningún bienpúblico. Este era el caso de muchos estados del tercer mundo, pero, como se pudo ver en laItalia de los años ochenta, no era un fenómeno desconocido en el primero.

Así, quienes menos problemas tenían a la hora de tomar decisiones eran los que podían eludir la política democrática: las corporaciones privadas, las autoridades supranacionalesy, naturalmente, los regímenes antidemocráticos. En los sistemas democráticos la toma dedecisiones difícilmente podía sustraerse a los políticos, aunque en algunos países losbancos centrales estaban fuera del alcance de éstos y la opinión convencional deseaba queeste ejemplo se siguiese en todas partes. Sin embargo, cada vez más los gobiernos hacíanlo posible por eludir al electorado y a sus asambleas de representantes o, cuando menos,tomaban primero las decisiones y ponían después a aquéllos ante la perspectiva de revocarun

fait accompli,

confiando en la volatilidad, las divisiones y la incapacidad de reacción de

la opinión pública. La política se convirtió cada vez más en un ejercicio de evasión, ya quelos políticos se cuidaban mucho de decir aquello que los votantes no querían oír. Despuésde la guerra fría no resultó tan fácil ocultar las acciones inconfesables tras el telón de acerode la «seguridad nacional». Pero es casi seguro que esta estrategia de evasión seguiráganando terreno. Incluso en los países democráticos cada vez más y más organismos detoma de decisiones se van sustrayendo del control electoral, excepto en el sentido indirectode que los gobiernos que nombran esos organismos fueron elegidos en algún momento. Losgobiernos centralistas, como el del Reino Unido en los años ochenta y principios de losnoventa, se sentían particularmente inclinados a multiplicar estas autoridades

ad hoc

—a las

que se conocía con el sobrenombre de

quangos

— que no tenían que responder ante ningún

electorado. Incluso los países que no tenían una división de poderes efectiva considerabanque esta degradación tácita de la democracia era conveniente. En países como los EstadosUnidos resultaba indispensable, ya que el conflicto entre el poder ejecutivo y el legislativohacía a veces poco menos que imposible tomar decisiones en circunstancias normales,por lo menos en público.

Al final del siglo un gran número de ciudadanos abandonó la preocupación por la política, dejando los asuntos de estado en manos de los miembros