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"Fiolo Calvino e ASóitgs” qué her Tsquebs, Pocielonca, 142 Empecemos proponiendo algunas definiciones. 1. Los clásicos son esos libros de los cueles se suele cir decir: «Estoy releyendo...» y nunca «Estoy leyendo...». Es lo que ocurre por lo menos entre esas personas gue se supone «de vastas leciuras», nO vale para la juventud, edad en la que el encuentro com el mundo, y con los clási- cos como parte del mundo, vale exactamente como primer encuentro. . E] prefijo iterativo delante del verbo «leer» puede ser una pequeña hipocresía de todos los gue se averglenzan de añ= mitir que no han leído un libro famoso. Para tranquilizadies bastará señalar que por vastas que "puedan sez las lechitas «de formación» de un individuo, siempre queda un número enorme de obras fundamentales que vao 9 ha leído. Quien haya leído todo Heródoto y todo Tucídides que le- vante la mano, ¿Y Saint-Simon? ¿Y el cardenal de Retz? Pero los grandes ciclos nOYeiescos del siglo xix son también más nombrados que leidos, En Francia se empieza a leer a Balzao en la escuela, y por la cantidad de ediciones en circulación. se diría que se sigue leyendo después, pero en italia, si se hiciera un sondeo, me temo que Balzac ocuparía los últimos lugares. Los apasionados de Dickoas en Halia sen una mú- noría reducida de personas que cuando se encuentra ex0- piezan en seguida a recordar personajes Y episodios como sí se tratara de gentes conocidas. Hace 11Os años Michel Hutoz, que enseñaba en Estados Unidos, cansado de que le pregun- taran por Emile Zola, a quien nunca había leído, ss decidió a leer todo el ciclo de tos Rougon-Macquart. Descubrió: que 13 gra completamente diferente de lo que creía: una fabulosa genealogía mitológica y cosmogónica que describió en un her- mosísimo ensayo. Esto para decir que leer por primera vez un gran libro en la edad madura es un placer extraordinario: diferente (pero ho se puede decir que sea mayor o menor) que el de haber- lo leído en la juventud, La juventud comunica a la lectura, como a cualquier otra experiencia, un sabor particular y una particular importancia, mientras que en la madurez se apre- cian (deberían apreciarse) muchos detalles, niveles y signi- ficados más. Podemos intentar ahora esta otra definición: 2. Se llamo clásicos a los libros que constituyen una ri- queza para quien los ha leido y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos. Ea realidad, las lecturas de juventud pueden ser poco provechosas por impaciencia, distracción, inexperiencia en cuanto a las instrucciones de uso, inexperiencia de la vida. Pueden ser (tal vez al mismo tiempo) formativas en el sen- tido de que dan una forma a la experiencia futura, propor- cionando modelos, contenidos, términos de comparación, es- quemas de clasificación, escalas de valores, paradigmas de belleza: cosas todas ellas que siguen actuando, aunque del kibro leido en la juventud poco o nada se recuerde. Al releerto en la edad madura, sucede que vuelven a encontrarse esas constantes que ahora forman parte-de nuestros mecanismos internos y cuyo origen habiamos olvidado. Hay en la obra una fuerza especial que consigue hacerse olvidar como tal, pero que deja su simiente. La definición que podemos dar será entonces: 3. Los clásicos son libros que ejercen una influencia par- ticular ya sea cuendo se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizán- dose con el inconsciente colectivo o individual. For eso en la vida adulta debería haber un tiempo dedi- cado a repetir las leciuras más importantes de la juventud. Si los libros siguen sierido los mismos (aunque también silos cambian a la laz de una perspectiva histórica que se ha trans- formado), sin duda posotros hemos cambiado y el encuen- tro es un acontecimiento totalmente nuevo. For lo tanto, que se use el verbo «leer» e sl verbo «re- leer» no tiene mucha importancia. En realidad podríamos decis: 4. Tode relectura de un clásico es una lectura de descu- brimiento como la primera, 5. Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura. La definición 4 puede considerarse corolario de ésta: 6. Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir. Mientras que la definición $ remite a una formulación más explicativa, como: 7. Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo im- presa la. huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las cul- turas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres). Esio vale tanto para los clásicos antiguos como para los modemos. Si leo la Odisea leo el texto de Homero, pero no puedo elvidar todo lo que las aventuras de Ulises han llega- do a significar a través de los siglos, y no puedo dejar de preguntarme si esos significados estaban implícitos en el texto o si son incrustaciones o deformaciones o Cilataciones. Leyen- do a Kafka no puedo menos que comprobar o rechazar la legitimidad del adjetivo «kafldano» que escuchamos cada cuar- to de hora aplicado a tuertas o a derechas. Si leo Padres e hijos de Turguéniev o Demonios de Dostoyevski, no puedo menos que pensar cómo esos personajes han seguido reen- camándose hasta nuestros días. La lectura de un clásico debe depararnos cierta sorpresa en relación con la imagen que de él teniamos, Fer eso nunca se recomendará bastante la lectura direcia de los textos ori. 15 cos. Problema que va unido a preguntas como: «¿Por qué leerlos clásicos en vez de concentrasse en lecturas que nOs hagan entender más a fondo nuestro tiempo?» y «¿Dónde encontrar el tiempo y la disponibilidad de la mente para leer los clásicos, excedidos como estamos por el alud de papel impreso de la actualidad)». Claro que se puede imaginar una persona afortunada que dedique exclusivamente el «tiempo-lectura» de sus días a leer a Lucrecio, Luciano, Montaigne, Erasmo, Quevedo, Marlo- we, el Discurso del método, el Wilhelm Meister, Coleridge. Ruskia, Proust y Valéry, con alguna divagación en dirección a Murasaki o las sagas islandesas. Todo esto sin tener que hacer reseñas de la última reedición, ni publicaciones para unas oposiciones, ni trabajos editoriales con coritrato de ven- cimiento inminente. Para mantener su dieta sin ninguna con- taminación, esa afortunada persora tendría que abstenerse de loer los periódicos, no dejarse tentar jamás por la última nove- la o la última encuesta sociológica, Habría que ver hasta qué punto seria justo y provechoso semejante rigorismo. La actua- lidad puede ser trivial y mortificante, pero sin embargo es siempre el punto donde hemos de situamos para mirar hacia adelante o hacia atrás. Para poder leer los libros clásicos hay que establecer desde dónde se los les. De lo contrario tanto el libro como el lector se pierden en una nube intemporal. Así pues, el máximo «rendimiento» de la lectura de los clásicos lo obtiene quien sabe alternarla con una sabia dosificación de la lectura de actualidad. Y esto no presupone necesariamenie una equilibrada calma interior: puede ser también el fruto de un nerviosismo impaciente, de una irritada insatisfacción. Tal vez el ideal sería oír la actualidad como el rumor que nos llega por la ventana y nos indica los atascos del tráfico y las perturbaciones meteorológicas, mientras seguimos el dis- cuerir de los clásicos, que suena claro y articulado en la habi- tación, Pero ya es mucho que para los más la presencia de los clásicos se advierta coras un retumbo lejano, fuera de la habitación invadida tanto por la actuaidad como por la tele- visión a todo volumen. Añadameos por lo tanto: 13, o ES clásico to que tiende a relegar la actualidad a le categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo. 18 14. Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso alli donde la actualidad más incompatible se impone. Queda el hecho de que leer los clásicos parece estar sa contradicción con nuestro ritno de vida, que no conoce los tiempos largos, la respiración del otíum humanístico, y lam- bién en contradicción con el eclecticismo de nuestra culu- ra, que nunca sabría confeccionar un catálogo de los clásicos que convenga a nuestra situación. Estas eran las condiciones que se presentaron plenamen- ie para Leopardi, dada su vida en la casa paterna, el culto de la Antigiledad gricga y latina y la formidable biblioteca que le había legado el padre Monaldo, con el anexo de toda la litera- tura italiana, más la francesa, con exclusión de las novelas y en general de las novedades editoriales, relegadas al mas- gen, en el mejor de los casos, para conforiación de su her- mana («tu Stendhal», te escribía a Paolina). Sus vivísimas curiosidades científicas e históricas, Giacomo las satisfacía también con textos que nunca eran demasiado up to date: las costumbres de los pájaros en Buffon, las momias de Prede- rick Ruysch en Fonteneile, el viaje de Colón en Robertson. Hoy una educación clásica como la del joven Leopardi es impensable, y la biblioteca del conde Monaldo, sobre todo, ha estallado. Los viejos títulos han sido diezmados pero los novisimos se han multiplicado proliferando en todas las lite- raturas y culturas modernas, No queda más que inventarse cada uno una biblioteca ideal de sus clásicos; y yo diría que esa biblioteca debería comprender por partes iguales Jos li- bros que hemos leído y que han contado para mosotros y los jíbros que nos proponemos leer y presuponemos que vaa a coníar para nosotros. Dejando una sección vacía para las sor- presas, los descubrimientos ocasionales. Compruebo que Leopardi es el único nombre de la lite- ratura italiana que he citado. Efecto de la explosión de la bi- blioteca. Ahora debería reescribir todo el articulo para que resuliara bien claro que los clásicos sirven para entender quié- nes somos y adónde hemos liegado, y por eso los italianos son indispensables justamente para confrontarlos con los ex- iranjeros, y los extranjeros son indispensables justamente para confrontarlos con los italianos. : Fespués tendría que reescribidlo una vez más para que Bo se crea que los clásicos se han de leer porque «sirven» para algo. La única razón que se puede aducir es que leer los clásicos es mejor que no leer los clásicos. . Y sí alguien objeta que no vale la pena tanto esfuerzo, citará a Cioran (que no es un clásico, al menos de momento, sino un pensador contemporáneo que sólo ahora se empieza a traducir en ltalia): «Mientres le preparaban la cicuta, Só- crates aprendía un aria para flauta, “¿De qué te va a servir?” le preguntaron. “Para saberla antes de morir». ? [1984] ¿Cuántas Odiseas coniiene la Odisea? En el comienzo del poema, la YTelemaquia es le búsqueda de un relato que 10 es el relato que será la Odisea. En el Palacio Real de tac, el eantor Femio ya conoce los nostoi de los otros héroes; sólo le falta uno, el de su rey; por eso Penélope no quiere volver a escucharlo. Y Telémaco sale a buscar ese relato entre los veteranos de la guerra de Troya: si lo encuenira, iermine bien o mal, Ítaca saldrá de la situación informe, sin tiempo y sin ley, en que se encuentra desde hace muchos años. Como todos los veteranos, también Néstor y Menelao tie- nen mucho que contar, pero no la historia que Telémaco busca. Hasta que Menelao aparece con una fantéstica aven- tura: disfrazado de foca, ha capturado al «viejo del mar», es úecic a Proteo, el de las infinitas metamorfosis, Y le ha obligado a contarie el pasado y el futuro. Naturalmente Pro- teo conocía ya toda la Odisea con pelos y señales: empieza a contar las vicisitudes de Ulises a partir del punto raismo en que comienza Homero, cuando el héroe está en la isla de Calipso; después se interrumpe. “En ese punto Homero pue- de sustituirlo y seguis el relato. Habiendo llegado a la corte de los feacios, Ulises escu- cha a un aedo ciego como Homero que canta las vicisitudes de Ulises; el héroe rompe a llorar, después se decide a coo- tar él mismo. En su relato, lega hasta el Hiades para interro- gar a Tiresias, y Tiresias le narra a continuación su historia. Después Ulises encuentra a las sirenas que cantan; ¿qué car tan? La Odisea una vez más, quizás igual a la que estamos leyendo, quizá Trauy diferente. Este retorno-relato es algo que exisie antes de estar terminado: preexiste a la situación misma. En la Telemaquía ya encontremos las expresiones y