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Asignatura: Filosofia Social, Profesor: , Carrera: Direcció d'Empreses - BBA, Universidad: URL
Tipo: Apuntes
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La proposició que les causes i els efectes es descobreixen per l’experiència i no per la raó és fàcilment admesa quan l’apliquem a objectes, dels quals recordem que en principi ens eren totalment desconeguts, perquè no ens queda més remei que reconèixer la total incapacitat que teníem aleshores de predir què podia sorgir d’ells. Mostreu dues peces polides de marbre a algú que no té cap idea de física; mai no descobrirà que s’adhereixen de tal manera, posades juntes, que cal molta força per poder-les separar segons un moviment perpendicular a elles, mentre que la resistència que oposen a una pressió lateral és mínima. Els esdeveniments d’aquesta categoria, com que mantenen poca semblança amb el que normalment passa en la naturalesa, també ens és fàcil de dir que els coneixem només per experiència; com tampoc no podem imaginar que l’explosió de la pólvora o l’atracció de l’imant puguin ser descoberts mitjançant raonaments a priori. Així mateix, quan suposem que un efecte determinat depèn d’un mecanisme complicat o de l’estructura secreta de les parts, no tenim cap inconvenient a atribuir tot aquest coneixement a l’experiència. Qui afirmarà que pot donar la raó definitiva per la qual la llet o el pa són aliments adequats per a l’home i no per a un lleó o un tigre? Sembla, però, que aquesta veritat no disposa, a primera vista, dels mateixos arguments quan fan referència a esdeveniments que se’ns han fet familiars des del primer moment de la nostra existència al món i que mantenen una forta semblança amb el curs global de la naturalesa, i dels quals suposem que depenen de les qualitats simples dels objectes, sense que hi hagi cap estructura secreta de parts. Tendim a pensar que podem descobrir aquests efectes per simple operació de la nostra ment, sense recórrer a l’experiència. Ens imaginem que si haguéssim estat transportats sobtadament a aquest món podríem haver inferit, des del primer instant, que una bola de billar podia comunicar, pel seu propi impuls, moviment a una altra, i que no caldria que esperéssim veure com succeïa el fet per poder pronunciar-nos amb certesa sobre les seves conseqüències. Tanta força té el costum que quan és intens no solament supleix la nostra ignorància natural, sinó que fins i tot s’emmascara ell mateix i sembla no actuar, simplement perquè actua en la seva forma més subtil (Traducció d’Antoni Martínez Riu).
Pero, ¿qué entendía Hume por conexión necesaria? A pesar de que no habló mucho sobre ello, su principal prueba de que no podemos
sino que debe nacer, como idea, de una impresión interna de la mente, es decir, una <determinación de llevar nuestros pensamientos de un objeto a otro>. La observación reiterada de la asociación de sucesos nos conduce al hábito de suponer que la asociación continúa <mediante una operación del espíritu... tan ineludible como el sentir la pasión del amor cuando recibimos sus efectos>. Nuestra idea de conexión necesaria no es otra cosa que una respuesta interna al hábito de esperar efectos: En general, la necesidad es algo en la mente, y no en los objetos>. En este momento el escepticismo se halla a la vuelta de la esquina; estamos al borde de conclusiones tan famosas como aquella de <todo razonamiento probable no es sino una especie de sensación >. La referencia al hábito o costumbre no explica nada, por supuesto, y en el mejor de los casos solamente es una referencia concisa a la perogrullada, que según el punto de vista de Hume, ha de ser simplemente aceptada, de que los hombres esperan de hecho que los sucesos vayan acompañados por efectos. Sin estos hábitos de expectación causal, los hombres difícilmente hubieran sobrevivido –pero esta reflexión, basada ella misma en la inducción, no puede ser una razón para creer en la causalidad. Para ser un filósofo tan crítico de entidades pretendidamente ocultas, tales como la fuerza y la energía, Hume resultaba sorprendentemente descuidado en su confianza en el hábito o costumbre como vera causa. Manteniendo sus propios principios, debería haberse vuelto tan escéptico respecto al hábito como respecto a la causa, y debería haber concluido que nuestra idea de hábito no se deriva sino del hábito de esperar que un hombre que actúa de cierto modo continuará haciéndolo así. Y ahora la explicación es circular. ¿Disponemos de alguna razón mejor para creer en la existencia de hábitos –incluso si se interpretan, en la línea más reduccionista posible, como meras conjunciones constantes- que las que tenemos para creer en las causas? Y todo lo que tiende a mostrar que no tenemos ningún fundamento suficiente en la experiencia externa para creer en la realidad objetiva de la conexión causal ¿no podría tender también a mostrar, por idénticas razones, que no tenemos fundamento alguno para creer en la existencia de aquellos hábitos a los que se recurre al menos para explicar, si no para justificar, nuestras creencias causales ordinarias? Casi todos los lectores de Hume tienen la impresión de que su método debería conducir a un escepticismo más demoledor de lo que él mismo estaba, tal vez, dispuesto a reconocer o aceptar. Si Hume hubiera estado en lo cierto con respecto al origen de la idea de necesidad, se habría visto obligado a una respuesta enteramente escéptica en cuanto al problema general de la justificación. Podamos o no eludir la dependencia de la expectación causal, estamos en todo caso libres de considerar que un hábito tal no puede proporcionar razón alguna, en el sentido de Hume, para creer en la conexión causal. Y una vez se piense así, parece insoslayable el más alto grado de escepticismo en lo que concierne a la inferencia inductiva. Las conclusiones escépticas de Hume no pueden descartarse sobre la base de que tuvieron su origen en una psicología excesivamente simplificada de ideas e impresiones, ya que su argumentación puede, sin mucha dificultad, hacerse independiente de cualquier suposición psicológica. La causa y el efecto son lógicamente independientes, no porque la búsqueda continuada fracase en encontrar cualquier conexión lógica, tal como sugiere equivocadamente la propia explicación de Hume, sino porque forma parte de lo que entendemos por causa y efecto el que ambos sean lógicamente separables. Es tentador decir, pues, que no hay razón alguna de por qué un consecuente separable haya de seguir a su antecedente en cualquier instancia particular. Podemos perfectamente imaginar o concebir la ocurrencia de la causa sin su consecuente habitual y, en términos de Hume,