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Tipo: Ejercicios
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Ana Navarro Palomares Grupo 320 HISTORIA 2018/ [email protected]
Antes de llevar a cabo distintas consideraciones sobre el propio fragmento que hemos de analizar, cabe mencionar algunos aspectos generales sobre la obra en la que se inscribe el mismo. Vemos así como las Crónicas Anónimas de Sahagún son dos pequeñas crónicas compuestas por los monjes benedictinos del dicho monasterio de Sahagún, un cenobio fundado a principios del siglo X por Alfonso III de Oviedo que, según la tradición, el rey confió en su despertar a unos monjes mozárabes procedentes de Córdoba, y que con el tiempo no tardaría en convertirse en uno de los más importantes monasterios de León.
La primera de las crónicas (dentro de la cual se inserta nuestro texto) es un reflejo de los excesos llevados a cabo por los burgueses de dicho territorio entre los años 1109 y 1117, durante las denominadas revueltas burguesas de Sahagún, siendo así una fuente indispensable para comprender las relaciones señoriales, políticas, sociales y culturales del siglo XII. La segunda crónica data del s. XIV y cuenta con un menor interés histórico. Se trata de un texto escrito en castellano medieval que contará con una amplia difusión pública debido a los episodios que en él se relatan.
A la hora de interpretar la obra, tenemos también que tener en cuenta que siempre ha sido controvertida en lo que a su datación y originalidad como fuente primaria se refiere, siendo de momento el único punto admitido por todos el que la crónica esté escrita en romance castellano propio de la Baja Edad Media, siendo uno de los pocos datos objetivos a partir de los cuales se pueden llevar a cabo hipótesis. Uno de los indicios más claros a la hora de poner en tela de juicio la supuesta redacción de la crónica en los primeros años del s. XII, lo vemos en el uso del pronombre “yo” por parte del autor, así como la escenificación del propio redactor en el relato, algo inédito en la literatura medieval occidental de dicho siglo. Para los literatos de la Plena Edad Media, la elaboración de historias de un personaje singular eran algo prácticamente imposible, salvo en el caso de algunos reyes o santos vinculados a la gran historia de un reino. De hecho, habrá que esperar al surgimiento de las lenguas vernáculas a partir del s. XIII para poder encontrar relatos del género biográfico.
La Primera Crónica Anónima de Saghún es así considerada por diversos especialistas como la traducción al castellano de un antiguo texto latino. En dicha obra vemos cómo el auto revindicado autor asume varios papeles de importancia a la vez, presentándose como alguien conocido por todos, evitando así el comunicar de manera abierta su identidad, dando así a entender que es un personaje sobradamente conocido por todo aquel que va a leer dicho documento, sabiendo también que se trata del acólito del abad del monasterio. Es así un personaje que mediante el anonimato se nos presenta a la vez como narrador y monje. No obstante, el cuestionamiento de la historicidad de dicho texto, además de llegar a ser problemático, puede ser incluso tal y como dirían autores como Bernard Guennée, un anacronismo, puesto que hay que tener en cuenta que la Edad Media desconocía el sentido de la historia tal y como la concebimos hoy en día.
Al leer el texto, podemos observar claramente cómo el relato está motivado por la condena a la acción burguesa contra el poder del abad, mostrando una relación de fiera-presa o burgueses-monjes, lo cual nos lleva a preguntarnos por los motivos de dicho enfrentamiento. Para ello es interesante remontarse a finales del siglo XI, cuando la nobleza de los reinos castellano-leoneses comenzó a poblar esta zona, la cual constituía una de las rutas más relevantes de la peregrinación cristiana, dándose así la creación de un núcleo urbano, que llevaría con el tiempo de la mano la existencia de una mano de obra especializada y la integración del comercio dentro de sus actividades, lo que a su vez llevaría a una modificación de las relaciones económicas del lugar. No obstante, no por ello hay que olvidar que los burgueses siempre estuvieron enormemente condicionados a la hora de desarrollar sus actividades, debido a la presencia de un fuero establecido en el 1085 por el monarca Alfonso VI, mediante el cual se establecían las relaciones que habían de existir entre los burgueses y su señor (en este caso el abad de Sahagún). Eran las disposiciones que quedaban establecidas en dicho fuero las que generarían el descontento de los burgueses, puesto que éstas eran demasiado favorables al abad.
Diversos autores como Jose María Mínguez fechan el inicio de este tipo de revueltas en el año 1109, enmarcándolas dentro de un momento de inestabilidad política y de crisis. En ese momento la burguesía ya había adquirido un cierto desarrollo, permitiéndole así un aumento considerable de sus riquezas, lo que les llevaría a buscar progresivamente una menor limitación a la hora de llevar a cabo sus labores y a establecer una serie de objetivos comunes más allá de los intereses comerciales individuales, canalizados todos ellos mediante la defensa frente a la presión señorial (en este caso la del abad del monasterio y de aquellas normas restrictivas impuestas por el mismo, las cuales frenaban sus actividades económicas). Esa disconformidad frente a los excesivos privilegios del abad así como el depender totalmente de las decisiones de