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Cómo afecta la droga al cerebro, Ejercicios de Psicología

Se trata de un documento que trata cómo afectan los diferentes tipos de drogas al cerebro

Tipo: Ejercicios

2022/2023

Subido el 13/05/2023

placido-romero-valdivia
placido-romero-valdivia 🇪🇸

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Antonio Escohotado

APRENDIENDO DE LAS DROGAS

USOS Y ABUSOS, PREJUICIOS Y DESAFÍOS

Debo gratitud al eminente químico Albert Hofmann, y al psiquiatra José María Poveda, por los datos que me facilitaron para hacer éste libro.

ESTE volumen es una versión revisada y actualizada del que apareció como El libro de los venenos en 1990, y en 1992 como Para una fenomenología de las drogas. La experiencia, añadida a comentarios de algunos lectores, me ha permitido corregir y ampliar datos de índole botánica y química, así como relativos a elaboración, precio en origen y dosis máximas/mínimas de distintas substancias. Añadidos de menor o mayor extensión —sobre formas de mitigar la resaca alcohólica, hábito del café, fumar chinos de heroína o pasta base de cocaína, trance con ayahuasca, marihuana de interior— completan lo expuesto en ediciones previas. También es nuevo el final de la parte dedicada a opiáceos naturales, que adolecía de ingenuidades. Se han incluido cinco substancias del grupo visionario, que a finales de 1990 o estaban por inventar o sólo conocía por referencias; entre ellas destaca la 2C-B o nexus , que quizá suscite un interés comparable al provocado por la MDMA o éxtasis. Como sucede con casi cualquier otra experiencia humana, ninguna droga mantiene un efecto igual a lo largo del tiempo; las primeras veces se distinguen bastante o mucho de las siguientes, y me he concentrado ante todo en las fases iniciales de frecuentación, para no sobrecargar el texto con datos que el ya familiarizado descubrirá por sí mismo. Cinco años después de publicar la primera versión de este libro, constato que la ebriedad —especialmente con cosas ajenas al menú lícito— no sólo sigue interesando, sino que se ha constituido en rito de maduración para cierta juventud, a pesar de las duras condiciones impuestas por el mercado negro. Constato también que —en esos círculos— el di simplemente no entra por el oído y sale por el otro, e incluso funciona como promoción directa: en otras palabras, que ha dejado de ser preventivo para parte de nuestros hijos, y tiene visos de prevenir aún menos a nuestros nietos. De ahí que mi esfuerzo se oriente a examinar conceptos y modalidades de uso, atendiendo a una actitud apoyada sobre razonamientos, y no sobre exorcismos rituales, sermones de analfabetos o sumisión al interés de alguna secta.

Hacia una década más tarde empezaba la era del sucedáneo, agravada al ritmo en que iba persiguiéndose y extendiéndose el consumo de drogas ilícitas. Con los sucedáneos 8 cristalizaron también roles y mitos adecuados a cada droga, inéditos hasta entonces en gran parte de Europa, mientras la proporción de intoxicaciones mortales iba elevándose al cubo. Luego aparecerían los primeros sustitutos del quimismo prohibido, que se llamaron genéricamente drogas de diseño ( designer drugs ), pues su punto de partida había sido imitar originales progresivamente caros y difíciles de conseguir. Experimenté también con esos sucedáneos, siguiendo la pauta originalmente trazada (investigar las sustancias psicoactivas como fuente de conocimiento), que se extendió luego a medida que la experiencia iba rindiendo sus frutos. Para ser exactos, he continuado haciéndolo hasta el presente. Con el paso de las décadas, se me hizo manifiesto que la diferencia entre toxicómanos y toxicólogos, ignorantes maníacos y personas razonables, dependía de asumir la libertad y la belleza como desafíos éticos. Ignoro si esa actitud, o la confianza en la automedicación de ella resultante, explican que goce aún de buena salud. Llevo más de veinte años sin acudir a consulta alguna ni llamar al médico de cabecera, con el mismo peso, y sin trastornos que exijan usar drogas psicoactivas. Las que empleo —salvo el tabaco, un vicio adquirido en la adolescencia, cuando nadie lo llamaba droga— obedecen a un acuerdo de voluntad e intelecto, que unas veces pide fiesta, otras concentración laboral y otras reparador descanso. Esas circunstancias, en contraste con la victimización de tantos otros, son el principal acicate para redactar lo que he ido aprendiendo. Hoy, cuando se aleja el fantasma del apocalipsis nuclear, “la droga” ha desatado otro ávido fantasma paranoico, que sencillamente desplaza la propuesta de exterminio desde el enemigo externo al interno. Tras milenios de emplearse para aliviar miserias y odios, algunos psicofármacos sirven actualmente para oponer al vecino contra el vecino, al hermano contra el hermano, a los hijos contra sus progenitores y a sus progenitores contra sus hijos. La prensa refiere casos crecientes de niños que — aleccionados por la televisión— denuncian a sus padres por crímenes como cultivar unas macetas de marihuana, para caer luego en la desolación del huérfano cuando ellos son encarcelados. Hace poco una californiana acuchilló a su hija de diecisiete años porque usaba cocaína; según la noticia, que tomo textualmente de Los Angeles Times , “la madre fue hallada meciendo el cadáver, que tenía el cuchillo aún clavado en el pecho. ‘Lo siento, lo siento. Te amo. No te mueras. No te mueras’, repetía sollozando. Un mes antes, el presidente Bush había pedido: ‘Por el bien de sus hijos, les suplico que sean absolutamente inflexibles en su guerra a las drogas’”. Como he razonado en otros libros, pienso que ciertos remedios crean enfermedad, y que la espiral de exigencias defensivas amenaza convertir la esperanza de seguridad y sensatez ciudadana en una meta contradictoria, saboteada precisamente por quienes prometen garantizar seguridad y sensatez a

los ciudadanos. Sea como fuere, este libro se limita a ofrecer datos básicos para el autogobierno de cada individuo. Apuesta por la ilustración farmacológica frente a la barbarie farmacológica, considerando que la objetividad es el mejor estímulo para una conducta racional. Como dijo cierto sabio: “La verdad se defiende sola; únicamente el embuste necesita apoyo del gobierno”.

TOXICIDAD

Llámense drogas o medicamentos, estos compuestos pueden lesionar y matar en cantidades relativamente pequeñas. Como a una sustancia con tales características la llamamos “veneno”, es propio de todas las drogas ser venenosas o tóxicas. La aspirina, por ejemplo, puede ser mortal para los adultos a partir de tres gramos, la quinina a partir de bastante menos y el cianuro de potasio desde una décima de gramo. Sin embargo, lo tóxico o envenenador de una cosa no es nunca esa cosa abstractamente, sino ciertas proporciones de ella conforme a una medida (como el kilo de peso). De ahí, siguiendo con el ejemplo, la enorme utilidad que extraemos de la aspirina, la quinina y el cianuro, a pesar de sus peligros. La proporción que hay entre cantidad necesaria para obrar el efecto deseado (dosis activa media) y cantidad suficiente para cortar el hilo de la vida (dosis letal media) se denomina margen de seguridad en cada droga. ¿Cómo puede ser terapéutico un veneno? Fundamentalmente porque los organismos sufren muy distintos trastornos y ante ellos el uso de tóxicos en dosis no letales puede ser la única, o la mejor, manera de provocar ciertas reacciones. Apenas hay, por eso, venenos de los que no se hayan obtenido valiosos remedios: el curare, la atropina, el ergot o la planta digital son casos bien conocidos de una lista interminable. Dentro del margen de seguridad, el uso de tóxicos plantea fundamentalmente dos cuestiones, que son el coste de la ganancia y la capacidad del organismo para adaptarse a su estado de intoxicación. El coste depende de los efectos que se llaman secundarios o indeseados, tanto orgánicos como mentales. La capacidad del organismo para “hacerse” al intruso depende del llamado factor de tolerancia aparejado a cada compuesto. La tolerancia y el coste psicofísico pueden prestarse a juicios algo subjetivos, comparados con la objetividad matemática del margen de seguridad. En efecto, aunque las diferencias individuales sean muy importantes, no puede decirse —sin mentir descaradamente— que el margen en la heroína sea inferior a 1 por 20, el de la LSD a 1 por 650 y el de la aspirina a 1 por 15. Al hablar del coste, en cambio, es posible y hasta habitual subrayar ciertos aspectos en detrimento de otros, presentando un lado del asunto como la totalidad. Así, por ejemplo, la medicina oficial ha negado durante décadas cualquier utilidad terapéutica a la cocaína debido a cuadros de hiperexcitación, insomnio y hasta lesiones cerebrales,

mientras recetaba generosamente anfetaminas como tónicos, antidepresivos y anorexígenos (para combatir la obesidad), cuando las anfetaminas son estimulantes considerablemente más costosos que la cocaína a corto, medio y largo plazo. Más clara aún es la tendenciosidad al hablar de tolerancia, que puede concebirse de modos diametralmente distintos; desde los orígenes hasta bien entrado el siglo XX, los farmacólogos entendían que “la familiaridad quita su aguijón al veneno”, y que el más razonable uso de los tóxicos pasaba por un gradual acostumbramiento a ellos. A partir de las leyes represivas, en cambio, el factor de tolerancia no se entiende como capacidad de una droga para estar en contacto con el organismo sin graves efectos nocivos, sino como medida de su propensión al abuso, pues al ir haciéndose cada vez menos tóxico el sujeto tiende a ir consumiendo más cantidad para igualar el efecto. Como siempre, el criterio sensato parece ser el del medio. Una droga a la que el sujeto puede irse familiarizando (con un factor de tolerancia alto, como el café o el alcohol), presenta muchos menos riesgos de intoxicación aguda que una droga con un factor de tolerancia bajo (como barbitúricos y otros somníferos), cuyo uso repetido no ensancha considerablemente el margen de seguridad. Al mismo tiempo, es cierto también que la posibilidad de ensanchar el margen mediante un empleo continuado induce a administrarse dosis crecientes para lograr la misma ebriedad, por lo cual el riesgo de intoxicación aguda se desliza hacia el riesgo de intoxicación crónica. Sin embargo, el uso crónico de ciertas drogas resulta mucho más nocivo —para sistema nervioso, hígado, riñón, etc.— que el uso crónico de otras, y lo que finalmente queda en pie es que cada una presenta un sistema particular de ventajas e inconvenientes. En todo caso, estos tres elementos — margen de seguridad, coste psicofísico y tolerancia son los lados materiales o cuantificables del efecto producido por las drogas. Prestarles atención ayuda a plantear de modo objetivo ese efecto.

MARCO CULTURAL

Pero una droga no es sólo cierto compuesto con propiedades farmacológicas determinadas, sino algo que puede recibir cualidades de otro tipo. En el Perú de los incas, las hojas de coca eran un símbolo del Inca, reservado exclusivamente a la corte, que podía otorgarse como premio al siervo digno por alguna razón. En la Roma preimperial el libre uso del vino estaba reservado a los varones mayores de treinta años, y la costumbre admitía ejecutar a cualquier mujer u hombre joven descubierto en las proximidades de una bodega. En Rusia beber café fue durante medio siglo un crimen castigado con tortura y mutilación de las orejas. Fumar tabaco se condenó con excomunión entre los católicos, y con desmembramiento en Turquía y Persia. Hasta la hierba mate que hoy beben en infusión los gauchos de la Pampa fue considerada brebaje diabólico, y sólo las misiones jesuitas del Paraguay

por la Ley Seca. Hacia esas fechas preocupaban mucho las reivindicaciones políticas de la población negra del Sur, y la cocaína —que había sido el origen de la Coca-Cola— acabó simbolizando una droga de negros degenerados. Veinte años después sería mano de obra mexicana, llegada poco antes de la Gran Depresión, lo que sugirió prohibir también la marihuana. Desde luego, el opio, el alcohol, la cocaína y la marihuana pueden ser sustancias poco recomendables. Pero es preciso tener cuidado al identificarlas, sin más, con grupos sociales y razas. Ligando el opio a los chinos se olvida que el opio es un invento del Mediterráneo; ligando negros y cocaína prescindimos de que esa droga fue descubierta y promocionada inicialmente en Europa; ligando mexicanos a marihuana pasamos por alto que la planta fue llevada a América por los colonizadores, tras milenios de uso en Asia y África. Por consiguiente, junto a la química está el ceremonial, y junto al ceremonial las circunstancias que caracterizan a cada territorio en cada momento de su historia. El uso de drogas depende de lo que química y biológicamente ofrecen, y también de lo que representan como pretextos para minorías y mayorías. Son substancias determinadas, pero las pautas de administración dependen enormemente de lo que piensa sobre ellas cada tiempo y lugar. En concreto, las condiciones de acceso a su consumo son al menos tan decisivas como lo consumido.

LOS PRINCIPALES EMPLEOS

El estado que produce una droga psicoactiva puede llamarse intoxicación (si se considera su contacto con nuestro organismo) y llamarse ebriedad (si se considera el efecto que esa sustancia ejerce sobre el ánimo); para la intoxicación intensa de alcohol disponemos de la palabra “embriaguez”, o “borrachera” en casos límite. Cabe hablar de uso colectivo y uso individual, uso antiguo y uso moderno. Sin embargo, quizá la forma más sencilla de abarcar el consumo de drogas sea distinguir entre empleos festivos, empleos lúdicos o recreativos y empleos curativos o terapéuticos. La fiesta religiosa —romerías, Semanas Santas y sus equivalentes en otras culturas— suelen ser una ocasión propicia para la ebriedad. La “velada” de pueblos peyoteros (como el huichol, el tarahumara, el cora o las tribus norteamericanas integradas en la Native American Church ) constituye una ceremonia religiosa muy precisa, dirigida a producir en hombres, mujeres y adolescentes una relación inmediata con sus dioses; lo mismo sucede con los ritos del yagé en la cuenca amazónica, los del kava en Oceanía o los de la iboga en África central. Hay una alta probabilidad de que se empleasen drogas muy activas — mezcladas o no con vino— en los banquetes iniciáticos de los Misterios paganos

clásicos (báquicos, eleusinos, mitraicos, egipcios, etc.), al igual que en los ritos del soma y el baoma de la antigua religión india e irania. Tampoco hay apenas fiestas profanas donde no se empleen drogas, adaptadas a la cultura de cada lugar. Los yaquis de Sonora, por ejemplo, danzan hasta la extenuación usando pulque (cerveza de pita) cargado con extractos de cierta datura; los siberianos se sirven de una seta visionaria, en el Yemen usan cocimientos de un poderoso estimulante llamado cat, en África ecuatorial hay un uso masivo de nueces de cola y es frecuente el de la marihuana. El área occidental rarísima vez celebra reuniones sin que intervengan bebidas alcohólicas en abundancia, y ciertos ambientes contemporáneos añaden cocaína. Si el objeto de usar drogas en fiestas religiosas es facilitar el acercamiento a lo sobrenatural, el de las fiestas profanas es sin duda aumentar el grado de unión entre los participantes, potenciando la cordialidad. Por último, hay un empleo terapéutico en sentido estricto, generalmente individual aunque a veces colectivo (terapias de grupo), que tiene por finalidad curar o aliviar males de un tipo u otro. Hasta el segundo tercio de este siglo, cuando se consolida el sistema de receta médica obligatoria, la tradición de remedios domésticos mantenía un sistema de automedicación que va siendo cada vez más desplazado por el “consulte a su médico”. Sin embargo, tanto con las drogas legales como con las drogas ilegales sigue habiendo un margen de iniciativa personal; las reservas de unos y otros productos se almacenan en el botiquín casero, y son utilizadas al ritmo sugerido por las necesidades o inclinaciones del momento. Dentro del empleo terapéutico debe incluirse también la eutanasia o buena muerte. Los manuales paganos de farmacología enumeran “eutanásicos dulces”, pues no prolongar la existencia más allá de cierto límite —cuando el sometimiento a un tirano o alguna dolencia incurable degradan la vida a puro dolor para el sujeto y miseria para sus allegados— era tenido por signo de excelencia ética. Al entronizarse el cristianismo esta práctica fue condenada, si bien vuelve a plantearse como un derecho civil.

El hábito farmacológico es sólo una variante específica de nuestra preferencia general por conductas automáticas, comparada con nuestra capacidad para improvisar conductas, obedeciendo a procesos de deliberación racional. Por orden descendente de importancia, creo que sus elementos principales son: a) el esfuerzo o premio que el hábito mismo proporciona; b) el vacío o deficiencia del que es síntoma; c) las incomodidades concretas que se derivan de interrumpirlo. Hoy se presenta como decisivo el último de estos elementos, pero la toxicomanía es un concepto desconocido hasta hace un siglo, mientras los tóxicos básicos —y su libre consumo— existen hace milenios. No olvidemos, asimismo, que todos los animales investigados hasta ahora — desde caracoles a muchas familias de insectos, vertebrados ovíparos y mamíferos — se intoxicarán espontáneamente con vegetales psicoactivos y drogas sintéticas. Todos ellos dan muestras también de rigurosa moderación al hacerlo. Llamativamente, esta regla sólo se altera cuando les despojamos de libertad y les afligimos torturas adicionales. En último análisis, lo invencible no es un deseo u otro sino la pasividad de nuestra vida psíquica, que determina el cotidiano imperio de alguna rutina.

QUÉ ES “DROGA”

Antes de aparecer leyes represivas, la definición generalmente admitida era la griega. Phármakon es una sustancia que comprende a la vez el remedio y el veneno; no una cosa u otra, sino ambas a la vez. Como dijo Paracelso, “sólo la dosis hace de algo un veneno”. En el primer tratado de botánica científica, un discípulo de Aristóteles lo expresa diáfanamente a propósito de la datura metel: Se administra una dracma (3,2 gramos) si el paciente debe simplemente animarse y pensar bien de sí mismo; el doble de esa dosis si debe deliberar y sufrir alucinaciones; el triple si debe quedar permanentemente loco; se administra una dosis cuádruple si el hombre debe morir. Del concepto científico apenas quedan hoy vestigios. Oímos hablar de drogas buenas y malas, drogas y medicinas, sustancias decentes e indecentes, venenos del alma y curalotodos, fármacos delictivos y fármacos curativos. El específico efecto de cada compuesto es ignorado, y sobre esa ignorancia recaen consideraciones extrañas por completo a la acción de unos y otros. Quien busque objetividad se cuidará de no mezclar ética, derecho y química. Pero quizá más decisivo aún sea tener presente siempre que si cualquier droga constituye un potencial veneno y un potencial remedio, el hecho de ser nociva o benéfica en cada caso determinado depende exclusivamente de: a) dosis; b) ocasión para la que se emplea; c) pureza; d) condiciones de acceso a ese

producto y pautas culturales de uso. La cuarta de estas circunstancias es extrafarmacológica, aunque tenga actualmente un peso comparable a las farmacológicas. Una clasificación funcional Las drogas psicoactivas se pueden clasificar con arreglo a muy distintos criterios. El creador de la psicofarmacología moderna, L. Lewin, habló en 1924 de cinco tipos: euphorica (opio y sus derivados, cocaína), inebriantia (alcohol, éter, cloroformo, bencina, etc.), hypnotica (barbitúricos y otros somníferos) y excitantia (café y cafeína, tabaco, cat, cola, etc.). Desde entonces se han ido sugiriendo clasificaciones bastante más complejas, apoyadas en tecnicismos terminológicos, que pretendiendo superar fallos en la división de Lewin —por ejemplo, incluir la cocaína junto al opio y no junto a los excitantes— han solido caer en otros todavía peores. Una segunda clasificación habla de drogas “fatalmente adictivas” y drogas que “sólo originan hábito”. Quienes defendieron esto partían de un médico llamado A. Porot, que en 1953 propuso “distinguir las grandes toxicomanías (opio, marihuana, cocaína) y cierto número de pequeños hábitos familiares en relación con algunas sustancias inofensivas en su uso habitual (alcohol, tabaco, café, somníferos)”. Curiosamente, las sustancias llamadas “inofensivas” y “creadoras de pequeños hábitos familiares” causan miles de veces más muertes, lesiones y dependencias que las provocadoras de “grandes toxicomanías”. Para redondear sus inconvenientes, este segundo tipo de clasificación presenta al ser humano como un pelele inerte, desprovisto de voluntad y discernimiento propio, mientras atribuye a ciertos cuerpos químicos eso que le quita al sujeto. Se ignora así aquello en lo cual coinciden sin excepción todos los grandes médicos desde Hipócrates hasta hoy: que drogas y uso de drogas no son la misma cosa. En otras palabras, que la divisoria entre conveniencia e inconveniencia no depende de emplear estos o aquellos compuestos, sino de emplearlos con oportunidad y mesura o a destiempo y desordenadamente. Inadmisible es también la clasificación de las drogas en “psicotónicas” y “no psicotónicas”, que trata de justificar con una palabra de aspecto científico la diferencia entre drogas prohibidas y autorizadas por el derecho. Si la neurotoxicidad es una característica verificable, que se mide por la destrucción de células determinadas, la psicotoxicidad es una versión moderna de la herejía teológica o la disidencia política, que carece de reflejo orgánico. Para ser exactos, entre las drogas muy usadas apenas hay una tan neurotóxica como el alcohol, y aparece como artículo de alimentación vendido en supermercados. Pero si las drogas psicoactivas pretenden clasificarse por bases químicas

y provocar bienes sólo juzga a partir de experiencias vividas. Y una última precisión. Para no cargar el texto con epígrafes y subepígrafes, el análisis de cada droga constará de unas líneas introductorias y tres bloques, precedidos por números romanos. I incluye toxicología en general, II efectos subjetivos y III principales usos.

BUSCANDO LA PAZ

La adormidera, desde siempre símbolo del sueño y el olvido, tiene además la propiedad de estirar el tiempo casi hasta el infinito; no el tiempo de los relojes, sino el que es enteramente posesión del hombre, a la vez presente y ausente. Es el mayor de los lujos: tener un tiempo propio. E. JÜNGER, Acercamientos LOS padecimientos tienen mil orígenes e intensidades. Pueden ser un leve dolor de cabeza y un cólico nefrítico agudo, cuando no la pérdida de alguien muy querido, un descontento consigo mismo, el trauma de sufrir una intervención quirúrgica o la premonición de una muerte próxima. Sería ridículo hacer frente a distintas fuentes e intensidades de padecimiento con los mismos recursos, y por eso hemos ido inventando remedios adaptados a cada condición. La diferencia antes apuntada entre dolor y sufrimiento (duele más un martillazo en la yema de un dedo que su amputación de un hachazo, aunque cause incomparablemente menos sufrimiento) no significa tampoco que sean cosas unívocas o monolíticas. Si me está torturando una muela empleo un analgésico hasta acudir al dentista, y si él extrae la pieza en cuestión no emplea ese analgésico sino otro muy distinto, que se denomina anestésico local, pues el dolor que provoca la infección no es comparable al que provoca la extracción. Para empezar, ciertos dolores y sufrimientos vienen de dentro, mientras otros vienen claramente de fuera; los hay crónicos y ocasionales, soportables con algo de entereza y absolutamente insoportables, morales y orgánicos, vergonzosos y dignos, previsibles e imprevisibles. Las principales drogas descubiertas para hacer frente a estas pérdidas de paz caben genéricamente en la idea del narcótico —palabra griega que significa cosa capaz de adormecer y sedar—, pues mientras no podamos poner remedio a la causa del desasosiego una solución que permite recobrar fuerzas es mantenerse adormecido o sedado. Sin embargo, hoy se llaman narcóticas muchas sustancias que no serían llamadas así por los antiguos griegos, y cosa más sorprendente aún — se consideran narcóticas algunas sustancias que excitan e inducen viajes (como la cocaína o el cáñamo), porque el término ha pasado a ser una expresión legal y no farmacológica. Resulta así que son estupefacientes o narcóticas las autorizadas, con total independencia de sus efectos psicofísicos. El campo de lo que un griego llamaría narcóticos se divide hoy en varios grupos, que fundamentalmente abarcan: 1) opio y opiáceos naturales o seminaturales; 2) sucedáneos sintéticos; 3) tranquilizantes mayores o neuroléptidos; 4) tranquilizantes menores; 5) hipnóticos o somníferos; 6) grandes narcóticos o anestésicos generales; 7) bebidas alcohólicas.