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Tipo: Exámenes selectividad
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I.E.P. LIBERTAD FECHA 16/03/22 HORA 09:00 A.M DOCENTE ANA ISABEL ORMEÑO VEGA TRIMESTRE I NIVEL SECUNDARIA ÁREA COMUNICACIÓN GRADO 4° SECCIÓN “A” ALUMNO(A)
Con dos meses de anticipación, don Fernando Pasamano había preparado los pormenores de este magno suceso. En primer término, su residencia hubo de sufrir una transformación general. Como se trataba de un caserón antiguo, fue necesario echar abajo algunos muros, agrandar las ventanas, cambiar la madera de los pisos y pintar de nuevo todas las paredes. Cuando todos estos detalles quedaron ultimados, don Fernando constató con cierta angustia que, en ese banquete, al cual asistirían ciento cincuenta personas, cuarenta mozos de servicio, dos orquestas, un cuerpo de ballet y un operador de cine, él había invertido toda su fortuna. Pero, al fin de cuentas, todo dispendio le parecía pequeño para los enormes beneficios que obtendría de esta recepción. —Con una embajada en Europa y un tren a mis tierras de la montaña rehacemos nuestra fortuna en menos de lo que canta un gallo (le decía a su mujer). Yo no pido más. Soy un hombre modesto. —Falta saber si el presidente vendrá (decía su mujer). En efecto, había omitido hasta el momento hacer efectiva su invitación. Le bastaba saber que era pariente del presidente […] para estar plenamente seguro que aceptaría. Sin embargo, para mayor seguridad, aprovechó su primera visita a palacio para conducir al presidente y comunicarle humildemente su proyecto. —Encantado (le contestó el presidente). Me parece una magnífica idea. Pero por el momento me encuentro muy ocupado. Le confirmaré por escrito mi aceptación. Don Fernando se puso a esperar la confirmación. Para combatir su impaciencia, ordenó algunos cambios complementarios que le dieron a su mansión un aspecto de un palacio para alguna solemne mascarada. Su última idea fue ordenar la elaboración de una pintura del presidente (que un pintor copió de una fotografía) y que él hizo colocar en la parte más visible de su salón. Al cabo de cuatro semanas, la confirmación llegó. Don Fernando, quien empezaba a inquietarse por la tardanza, tuvo la más grande alegría de su vida. Aquel fue un día de fiesta, salió con su mujer al balcón para contemplar su jardín iluminado y culminar con un sueño bucólico esa memorable jornada […]. Más lejos, en un ángulo de su quimera, veía un tren regresando de la floresta con sus vagones cargados de oro. El día del banquete, los primeros en llegar fueron los soplones. […] Luego fueron llegando los automóviles. De su interior descendían ministros, parlamentarios, diplomáticos, hombres de
negocios, hombres inteligentes. Un portero les abría la verja, un ujier los anunciaba, un valet recibía sus prendas, y don Fernando, en medio del vestíbulo, les estrechaba la mano, murmurando frases corteses y conmovidas. Cuando todos los burgueses del vecindario se habían parado delante de la mansión, llegó el presidente. Escoltado por sus edecanes, penetró en la casa y don Fernando, olvidándose de las normas de etiqueta, movido por un impulso de compadre, se le echó en los brazos con tanta simpatía que le dañó una de sus insignias militares. Distribuidos por los salones, los pasillos y el jardín, los invitados bebieron discretamente, entre chistes y epigramas, los cuarenta cajones de whisky. Luego se acomodaron en las mesas que les estaban reservadas (la más grande, decorada con orquídeas, fue ocupada por el presidente y los hombres ejemplares) y se comenzó a comer y a charlar mientras la orquesta, en un ángulo del salón, trataba de imponer inútilmente un aire vienés. […] Don Fernando, mientras tanto, veía con inquietud que el banquete, pleno de salud ya, seguía sus propias leyes, sin que él hubiera tenido ocasión de hacerle al presidente sus confidencias. A pesar de haberse sentado, a la izquierda del agasajado, no encontraba el instante propicio para hacer un aparte. Para colmo, terminado el servicio, los comensales se levantaron para formar grupos y él, en su papel de anfitrión, se vio obligado a ir de grupo en grupo para animarlos con copas de mentas, palmaditas, puros y paradojas. Al fin, cerca de medianoche, cuando ya el ministro de gobierno, ebrio, se había visto forzado a una aparatosa salida, don Fernando logró conducir al presidente a la salida de música y allí, sentados en uno de esos canapés, que en la corte de Versalles servían para declararse a una princesa o para desbaratar una coalición, le deslizó al oído su modesta. —Pero no faltaba más (contestó el presidente). Justamente queda vacante en estos días en la embajada. Mañana, en consejo de ministros, propondré su nombramiento, es decir, lo impondré. Y en lo que se refiere al tren, sé que hay en diputados una comisión que hace meses discute ese proyecto. Pasado mañana citaré a mi despacho a todos sus miembros y a usted también, para que solucionen el asunto en la forma que más convenga. Una hora después el presidente se iba del festín, luego de haber aceptado sus promesas […]. Solamente a las tres de la mañana quedaron solos don Fernando y su mujer. Cambiando impresiones, haciendo auspiciosos proyectos, permanecieron hasta el alba entre los despojos de su inmenso banquete. Por último, se fueron a dormir con el convencimiento de que nunca caballero limeño había tirado con más gloria su casa por la ventana ni aventurar su fortuna con tanta sagacidad. A las doce del día, don Fernando fue despertado por los gritos de su mujer. Al abrir los ojos la vio penetrar en el dormitorio con un periódico abierto entre las manos. Se abalanzó, leyó los titulares y, sin proferir una exclamación, se desvaneció sobre la cama. En la madrugada, aprovechándose de la recepción, un ministro había dado un golpe de Estado y el presidente había sido obligado a dimitir.