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David Miller. Democracia., Apuntes de Filosofía Política

Lilbro David Miller. Eusebio Fernández.

Tipo: Apuntes

2018/2019

Subido el 16/09/2019

ana_urtiaga
ana_urtiaga 🇪🇸

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DEMOCRACIA, DAVID MILLER
Aunque no era necesario que esta institución soberana se encarnase en una sola persona,
Hobbes lo consideraba preferible, porque la voluntad de un rey, a diferencia de una asamblea,
sería constante y no estaría sujeta a divisiones internas.
La autoridad política está justificada porque establece las condiciones para que la gente pueda
llevar una vida segura y próspera, y queremos estar tan seguros como sea posible de que sea
precisamente eso lo que hace. Confiarlo todo a un monarca es demasiado arriesgado.
Otra alternativa es dar el poder a los sabios y virtuosos. El problema era determinar con
exactitud qué significa “bondad” en el caso de un gobernante, y después encontrar algún modo
de seleccionar a los que tuviesen esas características.
Así, fue ganando peso el argumento a favor de una constitución democrática de la autoridad
política, basado en dos supuestos:
1. Ninguna persona es por naturaleza superior a otra, y por tanto toda relación de autoridad
exige una justificación.
2. El mejor modo de salvaguardar los intereses del pueblo es convertir al pueblo en el
depositario final de la autoridad política, cualquier persona a la que se poderes
especiales debe responder ante el pueblo en su conjunto. ¿Qué papel exactamente ha de
desempeñar el pueblo en su conjunto dentro del gobierno?
En la práctica las democracias conceden a sus ciudadanos solamente un papel limitado en el
gobierno. Tienen derecho a votar en elecciones periódicas, se les consulta ocasionalmente
mediante referendos y pueden formar grupos para presionar a sus representantes en asuntos que
les conciernen, pero ése es todo su poder. La capacidad real de determinar el futuro de las
sociedades democráticas está en manos de un número pequeño de personas (ministros,
funcionarios…).
Resulta imposible que millones de ciudadanos corrientes participen en el inmenso número de
decisiones que los gobiernos de hoy en día tienen que tomar. Los ciudadanos podrían tomar las
decisiones políticas generales, dejando los detalles de su puesta en práctica a ministros y
similares. ¿Por qué sólo se hace en las raras ocasiones en las que se convoca un referendo?
La razón es la extendida creencia de que la gente corriente simplemente no está capacitada para
entender lo que está detrás de las decisiones políticas, y por eso la gente se alegra de poder
ceder esas decisiones a personas que consideran más cualificadas para enfrentarse a ellas.
Joseph Schumpeter sostiene que lo que debe hacer el ciudadano no es intentar tomar decisiones
directamente, sino elegir un grupo de líderes que le representen. Esta tesis implica que el mejor
sistema al que podemos aspirar es lo que a veces se denomina “aristocracia electiva”. En él,
todo lo que se le puede pedir al ciudadano de a pie es que sea capaz de reconocer a las personas
capacitadas para tomar decisiones en su nombre. Este sistema encaja muy mal con el ideal
democrático de que la autoridad política esté en manos del pueblo. ¿Qué podemos responder al
escepticismo de Schumpeter? Examinamos cómo se toman las decisiones políticas.
Una decisión política requiere un juicio político sobre qué se debe hacer en una situación en la
que hay varias posibilidades y desacuerdo sobre cuál es la mejor opción. Este juicio tiene una
serie de elementos:
Información fáctica sobre lo que sucederá en caso de elegir una u otra cosa.
A veces esa información fáctica sólo puede aportarse por expertos.
Información sobre las preferencias reales de las personas a las que va a afectar la
decisión.
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DEMOCRACIA, DAVID MILLER

Aunque no era necesario que esta institución soberana se encarnase en una sola persona, Hobbes lo consideraba preferible, porque la voluntad de un rey, a diferencia de una asamblea, sería constante y no estaría sujeta a divisiones internas.

La autoridad política está justificada porque establece las condiciones para que la gente pueda llevar una vida segura y próspera, y queremos estar tan seguros como sea posible de que sea precisamente eso lo que hace. Confiarlo todo a un monarca es demasiado arriesgado.

Otra alternativa es dar el poder a los sabios y virtuosos. El problema era determinar con exactitud qué significa “bondad” en el caso de un gobernante, y después encontrar algún modo de seleccionar a los que tuviesen esas características.

Así, fue ganando peso el argumento a favor de una constitución democrática de la autoridad política, basado en dos supuestos:

  1. Ninguna persona es por naturaleza superior a otra, y por tanto toda relación de autoridad exige una justificación.
  2. El mejor modo de salvaguardar los intereses del pueblo es convertir al pueblo en el depositario final de la autoridad política, cualquier persona a la que se dé poderes especiales debe responder ante el pueblo en su conjunto. ¿Qué papel exactamente ha de desempeñar el pueblo en su conjunto dentro del gobierno?

En la práctica las democracias conceden a sus ciudadanos solamente un papel limitado en el gobierno. Tienen derecho a votar en elecciones periódicas, se les consulta ocasionalmente mediante referendos y pueden formar grupos para presionar a sus representantes en asuntos que les conciernen, pero ése es todo su poder. La capacidad real de determinar el futuro de las sociedades democráticas está en manos de un número pequeño de personas (ministros, funcionarios…).

Resulta imposible que millones de ciudadanos corrientes participen en el inmenso número de decisiones que los gobiernos de hoy en día tienen que tomar. Los ciudadanos podrían tomar las decisiones políticas generales, dejando los detalles de su puesta en práctica a ministros y similares. ¿Por qué sólo se hace en las raras ocasiones en las que se convoca un referendo?

La razón es la extendida creencia de que la gente corriente simplemente no está capacitada para entender lo que está detrás de las decisiones políticas, y por eso la gente se alegra de poder ceder esas decisiones a personas que consideran más cualificadas para enfrentarse a ellas.

Joseph Schumpeter sostiene que lo que debe hacer el ciudadano no es intentar tomar decisiones directamente, sino elegir un grupo de líderes que le representen. Esta tesis implica que el mejor sistema al que podemos aspirar es lo que a veces se denomina “aristocracia electiva”. En él, todo lo que se le puede pedir al ciudadano de a pie es que sea capaz de reconocer a las personas capacitadas para tomar decisiones en su nombre. Este sistema encaja muy mal con el ideal democrático de que la autoridad política esté en manos del pueblo. ¿Qué podemos responder al escepticismo de Schumpeter? Examinamos cómo se toman las decisiones políticas.

Una decisión política requiere un juicio político sobre qué se debe hacer en una situación en la que hay varias posibilidades y desacuerdo sobre cuál es la mejor opción. Este juicio tiene una serie de elementos:

  • Información fáctica sobre lo que sucederá en caso de elegir una u otra cosa.

A veces esa información fáctica sólo puede aportarse por expertos.

  • Información sobre las preferencias reales de las personas a las que va a afectar la decisión.

Se podría pensar aquí que la democracia tiene una ventaja decisiva: cuando las decisiones se toman democráticamente, todo el mundo tiene la oportunidad de contribuir a ellas, de manera que las opiniones y preferencias de todas las clases sociales, etnias… serán escuchadas. Por supuesto, se espera que los miembros de los parlamentos y otros legisladores tomen en cuenta las opiniones de sus electores, pero en realidad disfrutan de una gran independencia (as presiones proceden de su partido, no de la gente que les votó). Por tanto, si queremos que las decisiones políticas respeten las preferencias de quienes se van a ver afectados por esas decisiones, ¿no deberíamos tomar en consideración a toda la población en su conjunto?

Supongamos que en una cuestión concreta, la mayoría apoya un tipo de política, pero la minoría, que apoya una política distinta, considera que la cuestión es mucho más importante de lo que piensa la mayoría; un juicio político sobre este asunto debería tener en cuenta no sólo el número de personas de cada bando, sino también la fuerza con la que se inclinan hacia ese bando. ¿Por qué razón los representantes electos habrían de hacer mejores juicios que el público en general en asuntos como este?

  • Una razón es que los miembros de una minoría apasionada pueden presionarles más fácilmente.
  • Las minorías pueden unirse y llegar al acuerdo de que cada una de ellas defenderá también las exigencias de todas las demás, de modo que es posible que surja una coalición mayoritaria.

Esta manera de entender la democracia representativa se denomina a veces “pluralismo”, y se basa en el supuesto de que la gente se unirá en grupos para defender sus intereses y preferencias más preciados, y que los encargados de tomar decisiones responderán a las actividades de estos grupos.

Los políticos han tendido a ser escépticos al respecto. Y es que la presión que puede ejercer un grupo no sólo depende del número de personas involucradas, y de la intensidad de su compromiso, sino también del tipo de organización y de la cantidad de recursos con los que cuentan, lo cual supone que ciertos intereses tienen una ventaja inherente.

Pensemos ahora en lo que pasaría si se votase de manera directa una cuestión en la cual la mayoría y la minoría tienen preferencias distintas. No habría ningún punto central sobre el que se pudiera concentrar la presión, de manera que todos los grupos tendrían que recurrir al contacto directo entre sus miembros y el mayor número de votantes posibles. Los grupos con muchos recursos podrían utilizarlos, pero se podría poner un límite a esta práctica; por tanto, los grupos con muchos recursos tendrían mucha menos influencia que un sistema representativo.

En un sistema de democracia directa los grupos minoritarios tienen que basar su estrategia más en la persuasión y menos en el poder y en las influencias. Su suerte dependerá de si los miembros del grupo mayoritario están dispuestos a escuchar sus planteamientos, modificar sus propios puntos de vista y encontrar compromisos.

  • Principios morales.

Éstos están presentes en casi todas las decisiones políticas y lo que típicamente se plantea es si una determinada ley que se pretende aprobar trata equitativamente a todos los individuos y grupos. ¿Se puede decir que los políticos tienen un conocimiento más profundo que el ciudadano medio de los principios morales relevantes? Es difícil afirmarlo, no hay expertos en moral.

Nada hace pensar que el ciudadano medio no lo pudiese hacer igual de bien, hay pruebas que lo confirman: los citizens’ juries , que son pequeños comités de personas elegidas al azar para que debatan y recomienden medidas concretas en cuestiones como la política sanitaria y la política sanitaria y la política de transportes. Convocan a expertos para que les informen, escuchan a los defensores de los distintos puntos de vista y someten a discusión el problema antes de emitir un veredicto.

  1. Quizás en la siguiente vuelta tú estés en minoría, y querrás que los que están en el lado mayoritario tengan en cuenta tus inquietudes. Te interesa fomentar una democracia en la que las mayorías no arrollen simplemente a las minorías, sino que traten de considerar justamente sus intereses antes de tomar decisiones.

La Democracia es una tarea muy exigente, y su discusión ha hecho surgir otras 3 cuestiones:

  1. Si hay una esfera de libertad personal que deba ser protegida frente a las intrusiones incluso de un gobierno democrático.
  2. Si determinados grupos minoritarios deben ser dotados de derechos “especiales”, que estén por encima de los derechos constitucionales propios de todos los ciudadanos, para garantizar que reciben un trato justo.
  3. En qué condiciones la democracia es en absoluto posible.