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Reseña Capítulo 2 David Miller, Ejercicios de Filosofía Política

Segunda práctica que consiste en reseñar el texto que se da en la clase práctica de los viernes.

Tipo: Ejercicios

2017/2018

Subido el 05/12/2018

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Autoridad Política
David Miller, Filosofía Política: una breve introducción
¿Por qué necesitamos la autoridad política?
Con esta pregunta comienza Miller el
segundo capítulo de su obra. Tal vez, una mejor manera de empezar este planteamiento es
preguntarse: ¿realmente necesitamos una autoridad política? Es una pregunta que se responde
con un
o un no
, pero hay diferentes formas de defender cualquiera de las posturas.
Por un lado, encontramos la defensa estadista de Hobbes: necesitamos una autoridad que
promueva la confianza y que permita la cooperación y producción. En palabras de Miller: la
cooperación entre personas es imposible allí donde falta confianza, y no puede haber
confianza donde no hay un poder superior que haga cumplir la ley
”. Se trata de una visión
pesimista del ser humano, incapaz de acatar unas pautas de conducta mínimas para una
convivencia cívica. La visión de Hobbes responde a la idea moderna del contractualismo, es
decir, la idea de que la sociedad y el Estado tienen origen en un pacto acordado por los seres
humanos, por el cual se limitan los derechos y libertades, para garantizar la seguridad por
medio de leyes. Otros destacados contractualistas son Locke o Rousseau, y más tarde, Rawls
y Habermas, entre otros.
Volviendo a Hobbes, en sus escritos habla no sólo de la necesidad del estado, sino de un
Leviatán que ostente el poder absoluto y que ponga límites a las libertades humanas, porque
como él mismo explica, el hombre es un lobo para el hombre (homo homini lupus
).
Utilizando sus mismas palabras, da igual “quién tenga la autoridad, mientras sea ilimitada e
indivisa”.
Frente a la defensa estadista de Hobbes, David Miller analiza dos formas diferentes de
anarquismo: el anarquismo comunitarista y el anarcoliberalismo. El primero se define como
una comunidad pequeña en la que todos los miembros se conocen entre sí. Ésto favorece que
cada ciudadano deposite la confianza suficiente en la comunidad y sea más fácil promover la
cooperación. Según esta teoría, cada uno de los miembros se verá determinado por el deseo
de ser aceptado y respetado en sociedad.
Lo que el anarquismo comunitarista propone es abolir el estado y dividir la humanidad en
microsociedades. Sin embargo, los países occidentales, y en general, todo el planeta, está
cada vez más globalizado. Además, las redes sociales han revolucionado el concepto de las
relaciones humanas, ya que ahora puedes desarrollar amistades (y enemistades) con personas
de cualquier punto geográfico del mundo con acceso a internet. Esto permite encontrar un
espacio en el que sentirte más cómodo que en el entorno que te rodea y puede producir un
cierto rechazo hacia la sociedad a la que perteneces. Además, las sociedades tienden a la
cooperación, lo cual la propia teoría anarquista contempla. A la larga, dicha cooperación se
habrá extendido hasta desdibujar el concepto inicial de las sociedades anarquistas. En pocas
palabras, el anarquismo comunitarista es una teoría anticuada e inviable.
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Autoridad Política

David Miller, Filosofía Política: una breve introducción

¿Por qué necesitamos la autoridad política? ” Con esta pregunta comienza Miller el segundo capítulo de su obra. Tal vez, una mejor manera de empezar este planteamiento es preguntarse: ¿realmente necesitamos una autoridad política? Es una pregunta que se responde con un o un no , pero hay diferentes formas de defender cualquiera de las posturas. Por un lado, encontramos la defensa estadista de Hobbes: necesitamos una autoridad que promueva la confianza y que permita la cooperación y producción. En palabras de Miller: “ la cooperación entre personas es imposible allí donde falta confianza, y no puede haber confianza donde no hay un poder superior que haga cumplir la ley ”. Se trata de una visión pesimista del ser humano, incapaz de acatar unas pautas de conducta mínimas para una convivencia cívica. La visión de Hobbes responde a la idea moderna del contractualismo, es decir, la idea de que la sociedad y el Estado tienen origen en un pacto acordado por los seres humanos, por el cual se limitan los derechos y libertades, para garantizar la seguridad por medio de leyes. Otros destacados contractualistas son Locke o Rousseau, y más tarde, Rawls y Habermas, entre otros. Volviendo a Hobbes, en sus escritos habla no sólo de la necesidad del estado, sino de un Leviatán que ostente el poder absoluto y que ponga límites a las libertades humanas, porque como él mismo explica, el hombre es un lobo para el hombre ( homo homini lupus ). Utilizando sus mismas palabras, da igual “quién tenga la autoridad, mientras sea ilimitada e indivisa”.

Frente a la defensa estadista de Hobbes, David Miller analiza dos formas diferentes de anarquismo: el anarquismo comunitarista y el anarcoliberalismo. El primero se define como una comunidad pequeña en la que todos los miembros se conocen entre sí. Ésto favorece que cada ciudadano deposite la confianza suficiente en la comunidad y sea más fácil promover la cooperación. Según esta teoría, cada uno de los miembros se verá determinado por el deseo de ser aceptado y respetado en sociedad. Lo que el anarquismo comunitarista propone es abolir el estado y dividir la humanidad en microsociedades. Sin embargo, los países occidentales, y en general, todo el planeta, está cada vez más globalizado. Además, las redes sociales han revolucionado el concepto de las relaciones humanas, ya que ahora puedes desarrollar amistades (y enemistades) con personas de cualquier punto geográfico del mundo con acceso a internet. Esto permite encontrar un espacio en el que sentirte más cómodo que en el entorno que te rodea y puede producir un cierto rechazo hacia la sociedad a la que perteneces. Además, las sociedades tienden a la cooperación, lo cual la propia teoría anarquista contempla. A la larga, dicha cooperación se habrá extendido hasta desdibujar el concepto inicial de las sociedades anarquistas. En pocas palabras, el anarquismo comunitarista es una teoría anticuada e inviable.

Por otro lado, los anarcoliberales defienden, según dice Miller, que “ podríamos contratar y pagar individualmente los servicios que ahora nos proporciona el estado ”. En cierta forma, algunas personas ya llevan a cabo este tipo de prácticas. Al fin y al cabo, existen la educación y sanidad privadas, pagamos los peajes de determinadas carreteras, etc. En este sentido, el anarcoliberalismo parece más factible que el anarquismo comunitarista. Me parece una teoría bastante cercana al neoliberalismo, que aboga por la no intervención del estado en el mercado, solo que en este caso, ni siquiera habría estado. Las empresas no serían reguladas por ningún ente superior ni ninguna norma que establezca un orden o mínimos de convivencia concretos. Ante esto, Miller comenta que las empresas estarían legitimadas para utilizar cualquier medio con el fin de defender los intereses de sus clientes, incluida la violencia. A esto, como antiliberal, debo añadir que no todo el mundo puede permitirse costear una sanidad o educación privadas, que son bienes de primera necesidad. Por mucho que en la teoría la “mano invisible” haría bajar los precios en un mercado perfectamente competitivo, lo que en realidad sucedería es que los ricos tendrían acceso a una mejor sanidad, mientras que los pobres serían más susceptibles de padecer enfermedades. Habría una desigualdad abismal entre los privilegiados, que vivirían más, y la clase obrera, que no podría permitirse los mismos medicamentos ni tratamientos. El anarcoliberalismo conduciría inevitablemente a la sociedad a un estado de puro caos y destrucción. En esto estarán de acuerdo tanto liberales como marxistas. Por tanto, podemos concluir que es necesaria una autoridad que garantice y regule los bienes esenciales para conseguir una efectividad homogénea y evitar la desigualdad.

Sin embargo, queda pendiente revisar la teoría de Hobbes. Es cierto que nuestras sociedades democráticas beben de las ideas ilustradas de éste y otros autores, y en las cuales se basa la idea de lo que hoy conocemos por contrato social. Pero aunque los contractualistas sean muy importantes para entender las democracias actuales, Miller no tiene en cuenta las ideas propiamente comunitaristas que defienden al estado. Por ejemplo, Aristóteles define al ser humano como un animal social. Es decir, el ser humano vive en sociedad por naturaleza, no por una serie de pactos por los que sacrifica sus libertades a cambio de seguridad. Desde un punto de vista histórico, las primeras civilizaciones humanoides comenzaron a consolidarse por medio de la colaboración entre sus miembros. Dicha colaboración no era el resultado de una orden superior, sino que estaba basada en la búsqueda del bien común y la solidaridad. Y no por ello deja de ser un pacto sobre las pautas de comportamiento necesarias para una convivencia civilizada, es decir, un contrato social.

Necesitamos una autoridad que garantice nuestra seguridad y proporcione los recursos necesarios para vivir adecuada y dignamente. No obstante, esta autoridad no debe ser un Leviatán, ni un dictador o un monarca absolutista. La autoridad debe ser elegida democráticamente, debe ser una persona (o grupo de personas) en las que la ciudadanía haya depositado su confianza. Además, esta autoridad debe reafirmarse en el poder manteniendo la confianza y promoviendo la cooperación de todos los miembros de la sociedad, y no por