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Introducción sobre Derecho público Romano
Tipo: Apuntes
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1. Las distintas fases de la historia del Derecho y del Estado Romano La historia del Derecho romano en la Antigüedad se extiende por un periodo de más de trece siglos (desde mediados del s. VIII a. C. hasta el último tercio del siglo VI d. C.). En un principio, el Derecho romano no era sino el ordenamiento jurídico de una pequeña comunidad rural, pero, con el tiempo, acabó convirtiéndose en el Derecho de un imperio plurinacional y multicultural que abarcó gran parte del mundo civilizado de ese momento histórico. Durante su larga historia, el Derecho romano progresó a través de un sorprendente proceso de evolución. Siempre es relativo fijar fechas y divisiones para la historia, ya que ello produce la impresión de la existencia de cortes bruscos, de que los cambios se produjeron repentinamente, cuando en la realidad histórica el tránsito de unas épocas a otras es siempre fluido, sin solución de continuidad. Pero sí resulta didáctica y metododológicamente útil hacer alguna periodificación de los largos desarrollos históricos, como es el caso de la historia del Derecho romano antiguo. La periodificación más corriente de la historia de Roma es la que se establece desde el punto de vista de la evolución político-constitucional, de modo que suelen distinguirse tres grandes etapas en la historia del Estado romano: 1) Monarquía, del 753 a. C. (fecha de la mítica fundación de Roma) hasta el 510/509 a. C. (caída de la monarquía y establecimiento de una república). 2) República, del 510/509 al 27 a. C. (proclamación de Cayo Julio César Octaviano como Augusto y fundación del Principado). 3) Imperio, del 27 a. C. al 476 (caída del Imperio Romano de Occidente). Sin embargo, si, aparte de los datos de tipo constitucional, tenemos en cuenta otros factores integradores de la formación histórica correspondiente (es decir, las estructuras socio-económica, cultural e ideológica de la sociedad), y en particular los de carácter jurídico-institucional (en especial lo que llamamos las “fuentes del Derecho”), pueden establecerse otras modalidades de periodificación más acordes con la consideración del Derecho romano como una experiencia jurídica histórica. Aquí proponemos una tripartita, que también divide la historia jurídica de Roma en tres grandes etapas, pero no coincidentes con las tres formas políticas del Estado romano: 1) Época arcaica (753 a. C. – med. s. III a. C.) 2) Época central (o “de la ciudad imperialista”, med. s. III a.C. – 284 d. C.): dividida a su vez en dos periodos: periodo preclásico (med. s. III a. C. – 27 a. C.) y periodo clásico (27 a. C. – 284 d. C.). 3) Época tardía (284 d. C. – 476/565 d. C.): divida también en dos periodos: periodo postclásico (284 – 476/527 d. C.) y periodo justinianeo (527 – 565 d. C.). Veamos a continuación con algún detalle cada una de estas etapas.
2. La época arcaica Esta época abarca desde la mítica fundación de Roma por Rómulo en el año 753 a. C. hasta mediados del s. III a. C. cuando, tras la primera Guerra Púnica (264-241 a. C.), Roma pasa, de ser una pequeña comunidad agropecuaria con una economía de subsistencia, a convertirse en una potencia imperial de dimensiones continentales con una vigorosa economía de mercado de base esclavista. La antigua leyenda y la arqueología moderna convergen en la historia del monte Palatino. Sobre esa colina, situada en la parte inferior del valle del Tíber, sobre la llanura del Lacio, en la Italia central, la tradición asegura que Rómulo fundó la ciudad de Roma el 21 de abril del año 753 a. C. La arqueología confirma el establecimiento de una comunidad agropecuaria en el monte Palatino en el siglo VIII a. C. En algún momento del s. VII a. C. los etruscos, un pueblo sumamente civilizado que ocupaba el territorio vecino de la Toscana, cruzó el río Tíber y conquistó el Lacio. Pudo haber sido en ese momento cuando los habitantes de la colina Palatina se juntaron con otros clanes ( gentes ) del territorio para formar una entidad política más amplia en la forma de una ciudad-estado autónoma, conforme al sistema etrusco de organización política.^1 La Roma primitiva era una comunidad agropecuaria: el grueso de la población estaba compuesto por pequeños propietarios y la vida económica se basaba el pastoreo y el cultivo de la tierra. El poder político estaba en manos de una aristocracia terrateniente, los patricios ( patricii ), que dominaban el cuerpo político más importante, el Senado, del cual eran escogidos los magistrados supremos del Estado. La vida social se desenvolvía alrededor de la familia, la unidad social básica, cuyo jefe ( paterfamilias ) tenía una autoridad absoluta sobre todas las personas y todos los bienes del grupo familiar. Un momento decisivo en la historia de ese periodo fue el derrocamiento de la monarquía, la forma de gobierno más antigua de Roma, a finales del s. VI a. C., y el establecimiento de una república aristocrática. Durante el periodo entre el s. VI y med. s. III a. C., la organización social y política de Roma sufrió una serie de cambios importantes derivados de la llamada “lucha de los órdenes”: el enfrentamiento entre la vieja aristocracia, los patricios, y las clases inferiores, los plebeyos ( plebs , plebeii ). A med. s. III a. C. se logró un precario equilibrio entre las clases, y el Estado romano empezó a ser dominado por una nueva aristocracia ( nobilitas ) compuesta tanto por familias patricias como por plebeyas ricas. El desarrollo social y político de la época republicana temprana estaba directamente relacionada con su constante expansión por Italia. En el 493 a. C., Roma firmó un tratado con una liga de ciudades latinas donde cada una de las partes asumía el deber de prestar ayuda a las otras en caso de guerra. Posteriormente, los romanos se concentraron en sojuzgar a las tribus opuestas del norte, mientras iba dominando gradualmente a las ciudades latinas. Durante el s. IV e inicios del III a. C., los romanos libraron una serie de guerras contra los samnitas (una tribu del área de los Apeninos), los latinos que iniciaron una revuelta, los celtas y los etruscos; y, finalmente, las ciudades-estado griegas del sur de Italia. En el momento en que estas guerras acabaron (272 a. C.), los romanos habían logrado el control sobre la mayor parte de la Penísnsula Itálica. Esto no supuso la formación de un Estado único, sino que a las diversas (^1) En época temprana, el clan ( gens ) era el elemento más importante de la sociedad y llevaba a cabo la mayor parte de las funciones políticas, religiosas y económicas que solo gradualmente fueron asumidas por la ciudad-estado. El clan estaba compuesto por unidades familiares ( familiae ) que remontaban su origen a un antepasado masculino común (real o legendario). Aunque con el tiempo la organización estatal centralizada sustituyó al sistema primitivo de las gentes , este continuó desempeñando un papel importante en la vida social y religiosa por un largo periodo de tiempo posterior.
A mediados del s. III a. C., la constitución romana comprendía tres elementos principales: los magistrados ( magistratus ), el Senado ( senatus ) y las asambleas del pueblo ( comitia )^5. Fuentes del Derecho de esta etapa son: los mores maiorum (costumbres), las leyes ( leges publicae , en especial, la ley de las Doce Tablas, 451-450 a. C.), los plebiscitos ( plebis scita ) y la doctrina de los pontífices ( interpretatio pontificum , que interpreta los mores maiorum y las leyes).
3. La época central o época de la ciudad imperialista 3.1. El periodo preclásico El periodo final de la República asistió a la ascensión de Roma hasta convertirse en la potencia dominante del mundo mediterráneo. A mediados del s. III a. C. los romanos habían conquistado la mayor parte de la península itálica y, para finales del s. I a. C., ejercían el dominio sobre toda la cuenca mediterránea^6. Fue durante este periodo cuando los romanos entraron en contacto directo con el mundo griego y se encontraron totalmente expuestos a la influencia de la cultura griega y helenística. El influjo masivo de las ideas y las prácticas griegas tuvo un profundo impacto en todas las esferas de la vida romana, incluida la educación, la religión, el arte y la ciencia. Cuando la demanda de formación en lengua griega, retórica y filosofía se incrementó, empezaron a fundarse escuelas bajo el patrocinio de sujetos prominentes^7. Además, la expansión de Roma vino acompañada de profundos cambios en la vida económica. En el curso del s. II a. (^5) El rasgo más destacado de la constitución republicana durante el apogeo de su desarrollo (s. III a. C.) era el equilibrio de poderes que presentaba. El historiador griego Polibio ( Historiae VI, 11), inspirándose en la obra de Aristóteles, describía la constitución romana como una constitución mixta: en parte monárquica, en parte oligárquica o aristocrática, y en parte democrática. Esa era, según su opinión, la razón por la que la constitución romana era estable y no se vio obligada a cambiar siguiendo el modelo circular del modo en que Aristóteles había predicho que deberían hacerlo todas las constituciones. Como vio Polibio, el elemento monárquico en la constitución romana lo representaban los magistrados; el oligárquico o aristocrático, el Senado; y el democrático, el pueblo romano y sus asambleas. Había un elaborado sistema de equilibrios y controles entre cada uno de los tres componentes, y en la estabilidad que este sistema producía vio Polibio uno de los principales factores para la conversión de Roma en un imperio mundial. Sin embargo, esta aproximación a la constitución romana puede ser engañosa, ya que el marco de referencia de Polibio era principalmente griego, no romano. Así, en ningún momento fue Roma una democracia en el sentido griego de gobierno del demos o ‘pueblo’. La República romana comenzó, y acabó, como un Estado ampliamente dominado por los estratos superiores de la sociedad, es decir, los senadores y los caballeros. (^6) El s. III a. C. está marcada por las dos guerras que libró por el control del Mediterráneo occidental frente a Cartago, una vieja colonia fenicia del norte de África y gran potencia marítima. A pesar de los éxitos iniciales de sus ejércitos, Cartago fue finalmente derrotada por los romanos y reducida a la posición de Estado cliente de Roma. En el año 188 a. C., después de una guerra de cuatro años, los romanos destruyeron el poder de Antíoco III, rey de Siria y Asia Menor, y extendieron su control sobre el Mediterráneo oriental. En el 148 a. C., tras una prolongada lucha, Macedonia fue derrotada y se convirtió en una provincia romana. Con la disolución de la Confederación Aquea y el saqueo de Corinto en 146 a. C., toda Grecia cayó bajo el dominio romano. El mismo año señala el final de la Tercera Guerra Púnica (149-146 a. C.), de la que resultó la completa destrucción de Cartago y la anexión de su territorio como parte de la provincia romana de África. En el año 88 a. C. Roma se embarcó en una serie de guerras en Oriente contra el rey Mitrídates del Ponto, que se había autodeclarado liberador de los griegos, lanzándose a una campaña dirigida a expulsar a los romanos de Asia Menor y Grecia. Después de la derrota de Mitrídates en 63 a. C., Roma recuperó el control de Grecia y se creó una línea continua de provincias romanas a lo largo de las costas del Mar Negro y del Mediterráneo, desde el norte de Asia Menor hasta Siria y Judea. Esta fase de la expansión de Roma culminó con la conquista de la Galia por Julio César (58-53 a. C.) y la anexión de Egipto por Octaviano en el 30 a. C.
C., Roma emergió como un importante centro comercial y aparecieron numerosos comercios privados de todas clases que proporcionaron servicios y bienes manufacturados^8. La crecientemente sofisticada vida económica romana exigió hombres emprendedores para dirigir su tráfico comercial, asumir la construcción de obras públicas, manejar los contratos de guerra y recaudar los impuestos. Esto trajo consigo la aparición de una importante nueva clase social de mercaderes y empresarios que se conoció como la clase de los caballeros u orden ecuestre ( ordo equester )^9. Sin embargo, la dramática expansión de Roma también trajo serios problemas y trastornos al Estado romano. El problema central era diseñar un gobierno adecuado para las provincias conquistadas. El sistema de gobierno republicano, configurado originariamente para una pequeña ciudad-estado, era inadecuado para asumir las exigencias organizativas y administrativas del vasto imperio que se estaba desplegando. Esta cuestión central vino acompañada de agudos problemas económicos, sociales y políticos en el interior, mientras la sociedad romana se transformaba de una agrupación relativamente pequeña, compacta y homogénea, en una compleja sociedad estratificada, con intereses diversos y, a veces, en competencia. Al mismo tiempo, la influencia de los modelos griegos tenía un efecto erosivo sobre las antiguas normas éticas y morales ( mores maiorum ) sobre las cuales se asentaba la unidad de la sociedad romana. Cuando los puntales ideológicos del Estrado romano empezaron a desmoronarse con el debilitamiento del viejo sistema de valores, la nobleza senatorial gobernante encontró crecientes dificultades para alcanzar soluciones satisfactorias para los problemas generados por la expansión de Roma. La crisis subsiguiente se manifestó en la intensificación y ampliación de la lucha política de las facciones dentro de la clase dirigente. Esto, combinado con la creciente conflictividad social, dio a ambiciosos líderes políticos y militares una oportunidad de alcanzar el poder ganándose el apoyo de los grupos sociales descontentos que reclamaban diversos tipos de reformas. Los problemas y tensiones en el Estado romano encontraron expresión en una serie de guerras civiles y rebeliones, que se convirtieron en norma durante el s. I a. C. De esta lucha emergió, en el año 31 a. C., Octaviano, sobrino-nieto de Cayo Julio César, que se convirtió en dueño único del mundo romano. En el periodo subsiguiente, el Senado y las asambleas populares legitimaron su control de facto del Estado otorgándole un abanico de poderes que lo colocaron en una posición única. Armado con estos poderes, Octaviano asumió el título honorífico de Augusto (a. 27 a. C.), inaugurando así una nueva forma de gobierno conocida como Principado. Las fuentes del Derecho durante este periodo preclásico son: las leyes ( leges publicae ) y los plebiscitos ( plebis scita ), los edictos ( edicta ) de los magistrados (sobre todo, de los pretores, edictum praetorium ) y la doctrina de los jurisconsultos ( interpretatio prudentium , iuris prudentia ). (^7) El pensamiento filosófico griego, especialmente la filosofía estoica, atrajo a muchos seguidores entre los miembros de las clases dirigentes romanas. El éxito del estoicismo fue debido, en gran medida, al hecho de que era el que mejor reflejaba los ideales cosmopolitas de la época. En particular, el ideal estoico de un Estado mundial basado en la fraternidad de los seres humanos ejerció una fuerte influencia en el pensamiento romano y suministró uno de los fundamentos sobre los que se construyó la filosofía política del Imperio. (^8) El incremento de la actividad económica durante este periodo se manifiesta por el desarrollo y el extenso uso de la moneda y el establecimiento de instituciones financieras en Roma y otras ciudades de Italia y en ultramar. (^9) Una activa y visible minoría dentro de la clase ecuestre adquirió su riqueza suscribiendo contratos con el Estado romano para el cobro de ingresos públicos. Estos contratantes, conocidos como publicanos ( publicani ), asumían el riesgo y los gastos por la explotación de los activos públicos y pagaban una suma anual fija al tesoro público romano.
angular en la historia del Imperio romano: significó el triunfo de la idea del Imperio mundial supranacional sobre la vieja idea de la ciudad-estado y condujo a la gradual nivelación de los habitantes del Imperio con respecto a sus derechos jurídicos y políticos. Las tradiciones republicanas, que Augusto había preservado artificialmente y que con el paso del tiempo se habían ido convirtiendo en una cáscara vacía, estaban prestas a la desaparición. En la segunda mitad del s. II d. C., diversas fuerzas comenzaron a juntarse para completar la transformación del Imperio a partir de su estructura previa creada por Augusto. La más importante de esas fuerzas se originó a partir de las condiciones presentes en el núcleo sociopolítico de la época: la creciente dependencia de los emperadores del ejército como medio para mantener el control del Estado; la creación de un vasto aparato administrativo que, a largo plazo, no podía ser mantenido con los recursos del Imperio; la perpetuación de una estructura de clases que no era capaz de dar a las clases productivas recompensas equivalentes a las cargas que recaían sobre ellas; y la aguda decadencia del espíritu público en un Estado donde la servidumbre a la autoridad imperial había reemplazado a la participación activa en los asuntos públicos. Con el abandono final del principio de la diarquía (el gobierno compartido del emperador y el Senado) durante el reinado del emperador Septimio Severo (183-211 d. C.) y la ulterior militarización del Estado, el ejército abandonó su posición como servidor del Imperio y se convirtió en su dueño. Desde el 235 d. C., la crisis del gobierno central trajo consigo desorden y guerra civil, cuando diferentes ejércitos proclamaron a sus generales como emperadores y usaron su fuerza para saquear los territorios del Imperio. Los continuos motines y luchas entre diferentes aspirantes al trono debilitaron las defensas del Estado en un momento en que nuevos enemigos externos amenazaban crecientemente sus fronteras. A consecuencia de la devastación causada por la guerra y los saqueos, las poblaciones civiles y las economías resultaron severamente dañadas; la ley y el orden se desintegraron; el comercio y la industria entraron en un estancamiento; y los centros urbanos que fueron florecientes cayeron en la decadencia. En los años finales del s. III la crisis finalmente se detuvo gracias a una serie de emperadores competentes, pero solo a costa del establecimiento de un gobierno despótico y una sociedad rígidamente regulada. Las fuentes del Derecho en este periodo clásico fueron: las leyes ( leges publicae ) y los plebiscitos ( plebis scita ), los edictos ( edicta ) de los magistrados (sobre todo, de los pretores, edictum praetorium ), los senadoconsultos ( senatusconsulta ), las constituciones imperiales ( constituciones principum ) y la doctrina de los jurisconsultos ( interpretatio prudentium , iuris prudentia ).
4. La época tardía 4.1 El periodo postclásico El asesinato del emperador Alejandro Severo en el año 235 d. C. marca el inicio de un largo periodo de crisis durante el cual el Imperio romano estuvo próximo a la desintegración. Pero en la última parte del s. III una sucesión de emperadores muy capacitados^12 comenzó la obra de restauración de un Imperio hecho jirones. La obra de estos llamados “emperadores soldados” preparó el camino para los cambios sistemáticos de estructura que tuvieron lugar durante los reinados de Diocleciano y Constantino el Grande a finales del s. III e inicios del s. IV d. C. Diocleciano (284-305) consiguió (^12) Claudio el Gótico (268-270), Aureliano (270-275), Probo (276-282).
restablecer la paz y un gobierno regular dentro del Imperio y fortalecer las fronteras imperiales frente a los enemigos exteriores. Constantino completó la obra de Diocleciano, infundiendo en la organización del Imperio las características básicas que mantendría hasta la caída del Imperio en Occidente y su transición al Imperio bizantino en Oriente. El reinado de Constantino está marcado por dos nuevos desarrollos trascendentales: el ascenso del cristianismo hasta convertirse en la religión dominante en el Imperio y el establecimiento de una nueva capital, Constantinopla, en Oriente (a. 330)^13. Las reformas de Diocleciano y Constantino constituyeron un estadio significativo en el abandono de las formas externas y el espíritu de guía del sistema de gobierno augústeo. Cuando prevalecieron las tendencias autocráticas que se habían fortalecido en los años previos, la fachada republicana del Principado fue remplazada por una monarquía carente de máscaras y límites, apoyada en un aparato burocrático complejo y siempre creciente. Durante el mismo periodo, el predominio de Roma e Italia en el Imperio se desvaneció y las provincias orientales grecohablantes empezaron a verse como una parte separada, y posiblemente la predominante, del Imperio. La transformación del Estado y la sociedad romana que traslució bajo Diocleciano y Constantino inauguró la última fase de la historia romana, conocida como “Dominado” ( dominatus ), y en muchos aspectos marcó también el inicio del mundo medieval. El desarrollo de la sociedad imperial durante la época del Dominado fue una continuación del proceso de cambio que había comenzado ya en la segunda mitad del s. II d. C. Claras indicaciones del cambio en la estructura y dirección de la sociedad romana tardía fueron: la polarización entre las masas empobrecidas y la riqueza y el poder concentrados en manos de unos pocos dignatarios privilegiados; la consolidación del poder de terratenientes senatoriales y la creciente incapacidad del poder central de controlarlos; la institucionalización de castas rígidamente definidas y estrictamente reguladas, cada una con un determinado rango en la sociedad; la rápida decadencia de las clases gobernantes de las ciudades (decuriones, curiales) debido a las incesantes y excesivas exigencias impuestas sobre ellos por el gobierno. La transformación del Estado romano en una maquinaria de poder apoyado por grupos relativamente pequeños y la consiguiente absolutización de los requerimientos del Estado provocaron el rechazo de amplios sectores de la población a identificarse con ese Estado. Así, el mando del emperador y su maquinaria de poder, exaltados hasta niveles sin precedentes por un acrecentamiento artificial del brillante despliegue de fachada del sistema, se acabó convirtiendo en un fin en sí mismo: una pura carga que solo oprimía a la sociedad con sus medidas coercitivas y sus imposiciones. Con creciente indiferencia hacia el destino del Estado y pocos individuos dispuestos a sostener el régimen, las fuerzas de la disolución alcanzaron su momento álgido y la desaparición del Imperio parecía inevitable. Después de un momento de respiro en la primera parte del s. IV, las dificultades del Imperio empezaron a crecer. En particular, las presiones externas en las fronteras del Imperio se incrementaron. Finalmente, después de varios años de intensa lucha contra las tribus germánicas en el norte, la frontera del Rhin y el Danubio se hundió: en el año 378, los visigodos y ostrogodos cruzaron el Danubio, y simultáneamente los francos, vándalos y burgundios descendieron por el Rhin hasta la Galia y las provincias occidentales. Estas invasiones exacerbaron los problemas en el interior del Imperio, en particular los derivados del continuo fracaso en establecer un firme sistema de sucesión en el trono imperial; la escasez de mano de obra cuando los ciudadanos y los dignatarios huyeron de las tareas impuestas sobre ellos; la pesada carga de la imposición establecida (^13) La decisión de Constantino de establecer una nueva capital da testimonio del hecho de que el centro de gravedad del Imperio se había movido inexorablemente hacia el Este.
En el año 527 d. C. un vigoroso nuevo emperador, Justiniano ( Flavius Petrus Sabbatius Iustinianus ), ascendió al trono de Constantinopla. Imbuido de la tradición imperial romana, Justiniano dirigió todas sus energías a cumplir su ambición esencial: la restauración del Imperio romano en su antigua grandeza. Así, inauguró un programa que se focalizó en tres grandes objetivos interrelacionados: el restablecimiento del dominio imperial en toda la cuenca mediterránea; la restauración de la unidad de la Iglesia mediante el reforzamiento de la ortodoxia religiosa; y la reorganización sistemática y la consolidación del Derecho. Tras concluir un tratado de paz con el Imperio persa en oriente, Justiniano organizó una expedición dirigida por el general Belisario contra el reino vándalo del norte de África en el año 533. En menos de un año, los vándalos fueron derrotados y África fue restaurada a su antigua posición como provincia del Imperio. La invasión de Sicilia en 535 señaló el inicio de la reconquista de Italia. Después de un duro enfrentamiento que se alargó por más de dos décadas, el reino ostrogodo fue demolido y Roma, la antigua capital del Imperio, fue recuperada. En el año 544, las ambiciones de Justiniano lo dirigieron hacia el lejano oeste mediterráneo, donde el sureste de Hispania fue arrebatado a los visigodos y anexionado al Imperio. Explotando el aislamiento diplomático de sus oponentes en occidente y asumiendo una posición defensiva en el este, Justiniano consiguió exitosamente convertir el Mediterráneo una vez más en un lago imperial. Sin embargo, la reconquista de África, Italia e Hispania trajo consigo beneficios entremezclados para sus habitantes; su aceptación inicial del gobierno imperial fue pronto atemperada por los recelos suscitados por las obligaciones impuestas sobre la población por las autoridades imperiales. En el interior del Imperio, Justiniano introdujo una serie de reformas administrativas destinadas a proteger a sus súbditos frente a la rapiña de los funcionarios y los soldados imperiales y a frenar la opresión de la población rural por parte de los poderosos señores territoriales. Además, adoptó medidas diseñadas para revitalizar el comercio y la industria; se embarcó en un extenso programa arquitectónico y artístico; y cumplió sus ambiciosos objetivos de codificar el Derecho y transformar la formación jurídica. Sin embargo, encontró obstáculos cuando se empeñó en restaurar la ortodoxia religiosa dentro de la Iglesia, cuya unidad se encontraba amenazada por varios cismas. Los historiadores modernos están generalmente divididos en cuanto a su juicio respecto a Justiniano y su obra. Algunos destacan su autoritarismo y su inmisericorde supresión de toda oposición interna, y el hecho de que su reconquista del Occidente se demostró efímera y agotó al Imperio tanto económica como militarmente (después de su muerte en 565 d. C., nuevos ataques de tribus germánicas redujeron la autoridad imperial en occidente a solo unas pocas plazas fuertes). Otros prestan atención a sus innegables éxitos militares y sus tremendos logros internos, sobre todo en los campos del arte y el Derecho. Destacan que, en un momento en que el mundo antiguo estaba acabando, Justiniano tuvo finalmente éxito en reunir y preservar para la posteridad la herencia del Derecho romano – un inmenso cuerpo de materiales jurídicos que abarcan cientos de años de desarrollo jurídico –. Fuentes del Derecho en este periodo son los libri legales de Justiniano ( Corpus iuris civilis ): el Código ( Codex Iustinianus ), el Digesto ( Digesta o Pandectae ), las Instituciones ( Institutiones – o Instituta – o Elementa ) y las Novelas ( Novellae ).