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ROBERTO ARLT: El jorobadito (1935) El jorobadito Los diversos y exagetados rumores desparramados con motivo de la conducta que observé en compañía de Rigoletto, el jorobadito, en la casa de la señora X, apartaron en su tiempo a mucha gente de mi lado. Sia embargo, mis singularidades no me acarrearon mayores des- venturas, de no perfeccionarlas estrangulando a Rigoletto, Retorcerle el pescuezo al jorobadito ha sido de mi parte un acto más ruinoso e imprudente para mis intereses, que atentar contra la existencia de un benefactor de la humanidad. Se ha echado sobre mí la policía, los jueces y los periódicos, Y ésta cz la hora en que aún me pregunto (considerando los ri. gores de la justicia) si Rigoletto no estaba llamado a ser un ca- pitán de hombres, un genio, o un filíntropo. De otra forma no se explican las crueldades de la ley para vengar los fueros de un insigne piojoso, al cual, para pagarle de su insolencia, resultaran insuficientes todos los puntapiés que pudieran suministrarle en el trasero, una brigada de personas bien nacidas. * No se me oculta que sucesos peores ocurren sobre el planeta, ésta no es una razón para que yo deje de mirar con angustia as leprosas parcdes del calabozo donde estoy alojado a espera de un destino peor. Pero estaba escrita que de un deforme debían provenirme tan- tas dificultades. : Recuerdo (y esto a vía de información para los aficionados a la teosofía y la metafísica) que desde mi tierna infancia me lla- maron la atención los contrahechos. Los odiaba al tiempo que me atraían, como detesto y me llama la profundidad abierta bajo la balconada de un noveno pisp, a cuyo barandal me he aproximado más de una vez con el corazón temblando de cautela y delicioso pavor, Y así, como frente al vacío no puedo sustraerme al terror de imaginarme cayendo en el sire con el estómago contraído en la asfixia del desmoronamiento, en presencia de un deforme no puedo escapar al mauseoso pensamiento de imaginarme corcova- do, grotesco, espantoso, abandonado de todos, hospedado en una perrera, perseguido por trafllas de chipos feroces que me clava- «lan agujas cu la giba... 185 Es terrible...., sin contar que todos los contrahechos son seres perversos, endemoniados, protervos..., de manera que al estran- gularlo a Rigoletto me creo con derecho a afirmar que le hice un inmenso favor a la sociedad, pues he librado a todos los cora- zones sensibles como el mío de un espectáculo pavoroso y tepug- nante. Sin añadir que el jorobadito era un hombre cruel. Tan cruel que yo me veía obligado a decirle tados los días: —Mirá, Rigoletto, no seas perverso. Prefiero cualquier cosa a verte pegándole con un látigo a una inocente cerda. ¿Qué te ha hecho la marrana? Nada. ¿No es cierto que no te ha hecho nada?... —¿Qué se le importa? -—No te ha hecho nada, y vos contumaz, obstinado, cruel, des- fogas tus furores en la pobre bestia... —Como me embrome mucho la voy a rociar de petróleo a la chancha y luego le prendo fuego. Después de pronunciar estas palabras, el jorobadito descargaba latigazos en el crinudo lomo de la bestia, rechinando los dientes como un demonio de teatro. Y yo le decía: —Te voy a retorcer el pescuezo, Rigoletto, Escuchá mis pa termales advertencias, Rigoletto. Te conviene. .. Predicar en el desierto hubiera sido más eficaz, Se regocijaba en contravenir mis órdenes y en poner en todo momento en evidencia su temperamento sardónico y feroz, Inútil era que pro- metiera zurrarle la badana o hacerle salir la joroba por el pecho de un mel golpe. El continuaba observando una conducta impura. Volviendo a mi actual situación diré que si hay algo que me teprocho, es haber recaído en la ingenuidad de confesar semejan- tes minucias a los periodistas. Crefa que las interpoetarían, mas heme aquí afiora abocado mi reputación menoscabada, pues esa gentuza lo que menos ha escrito es que soy un demente, afirmando con toda seriedad que bajo la troba de mis actos se descubren las características de un cínico perverso, Ciertamente, que mi-actitud en la cesa de la señora X, en compañía del jorobadito, no ha sido la de un miembro inscripto en el almanaque de Gotha. No. Al menos no podría afirmario bajo mi ¿Abra de honor. Pero de este extremo al otro, en el que me colocan mis irre- ductibles enemigos, media una igual distancia de mentira e in- comprensión. Mis detractores aseguran que soy un cenalla mons- *“muoso, basando esta afirmación en mi jovialidad al comentar cier- tos actos en los que he intervenido, como si la jovialidad'no fuera precisamente la prueba de cuán excelentes son las condiciones de mi carácter y qué comprensivo y tierno al fin y al cabo, Por otra parte, si hubiera que tamizar mis actos, ese tamiz a emplearse debería llamarse Sufrimiento. Soy un hombre que ha 126 padecido mucho. No negaré que dichos padecimientos han encon- trado su origen en mi exceso de sensibilidad, tan agudizada que cuando me encontraba frente a alguien he creído percibir hasta +€l matiz del color que tenían sus pensamientos, y, lo más grave es que no me he equivocado nunca. Por el alma del hombre he visto pasar el rojo del odio y el verde del amor, como a través de la . Cresta de una nube los rayos de hana más o menos empalidecidos por el espesor distinto de la masa acuosa. Y personas hubo que me han dicho: —«¿Recuerda cuando usted, hace tres años, me dijo que yo ba en tal cosa? No se equivocaba, —He caminado así, entre ombres y mujeres, percibiendo los furores que encrespaban sus instintos y los deseos que envaraban sus intenciones, sorpren- diendo siempre en las laterales luces de la pupila, en el temblor de los vértices de los labios y en el erizamiento casi invisible de la piel de los párpados, lo que anhelaban, retenían o sufrían. Y jamás estuve más solo que entonces, que cuando ellos y ellas eran transparentes atural bondad convirtiéndome en 'ero me voy apartando, precisa mente, de aquello a lo quiero aproximarme y es la relación del origen de mis desgracias, Mis dificultades nacen de haber conducido a la casa de la señora X al infame corcovado. En la casa de la señora X yo “hacía el novio” de una de las niñas. Es curioso, Fui atraído, insensiblemente, 2 la intimidad de esa familia por una hábil conducta de la señora X, que pro- cedió con un determinado exquisito tacto y que consiste en ne- gamos un vaso de agua para poner a nuestro alcance, y como quien no quiere, un frasco de alcohol, Imagínense ustedes lo que ocurriría con un sediento. Oponiéndose en palabras a mis deseos. Incluso, hay testigos. Digo esto para descargo de mi conciencia. Més aún, en circunstancias en que nuestras relaciones hacían pre- ver una ruptura, yo anticipé seguridades que escandalizaron a los amigos de la casa, Y es curioso. Hay muchas madres que adop- tan este temperamento, en la relación que sus hijas tienen con los novios, de manera que el incauto -—si en un incauto puede admitirse un minuto de lucidez— observa con terror que ha lle. vado las cosas mucha más lejos de lo que permitía la convenien- cia social. Y ahora volvamos al jorobadito para deslindar responsabilida- des. La primera vez que se presentó a visitarme en mi casa, lo hizo en casi completo estado de ebriedad, faltándole el respeto a una vieja criada que salió a recibirlo y gritando a voz en cuello de 187 Mientras - yo desencajaba los ojos asombrados, Rigoletto con- tinuó: —Yo podría ser abogedo ahora, peto como no he estudiado no lo soy. En mi familia fui profesional del betún, —¿Del betún? —31, lustrador de botas. .., lo cual me honra, porque yo solo he escalado la posición que ocupo, ¿O le molesta que haya sido profesional? ¿Acaso no se dice “técnico de lo” el último semendón de portal, y “experto cn cabellos y sus derivados” el rapabarbas, y profesor de baile el cafishio profesional? ... Indudablemente, era aquél el pillere más divertido que había encontrado en, mi vida, —¿Y ahora qué hace usted? —Levanto quinielas entre mis favorecedores, señor. No dudo que usted será mi cliente. Pida informes... —No hace falta... —«¿Quiere fumar usted, caballero? —¡Cómo no! eespués que encendí el cigarro que él me hubo ofrecido, Rigo- Lo H AU , peto usted me o € una persona muy de bien y quiero ser su amigo —dicho lo cual, y ustedes no lo crecrán, el corcoyado abandonó su silla y se instaló en mi mesa. Ahora no dudarán ustedes de que Rigoletro era el ente más descarado de su especie, y ello me divirtió a punto tal que no pude menos de pasar el brezo por encima de la mesa y datle dos adas emístosas en la giba, Quedóse el contrahecho mirándome gravemente un instante; luego lo pensó mejor, y sonriendo, agregó: — (¡Que le aproveche, caballero, porque a mí no me ha dado ninguna suerte! Siempre dudé que mi novia me quisiera con la misma fuerza de enamoramiento que a mí me hacía pensar en ella durante todo el día, como en una imagen sobrenatural, Por momentos la sentía implantada en mi existencia semejante A un peñasco en el centro de un río. Y esta sensación de set la corriente dividida en dos ondas cada día más pequeñas por el crecimiento del peñasco, resumía mi deleite de enemoramiento y anulación. ¿Comprenden ustedes? La vida que corre en noso- tros se corta en dos raudales al llegar a su imagen, y cómo la corriente no puede destruir la:roca, terminamos anhelando el pe fasco que aja nuestro movimiento y permanece inmutable, Naturalmente, ella desde el primer día que nos tratamos, me 190 hizo experimentar con su frialdad sonriente el peso de su autori- dad. Sin poder concretar en qué consistía el dominio que ejercía sobre mí, éste se traducía como la presión de una atmósfera sobre mi pasión. Frente a elle me sentía ridículo, inferior, sin saber precisar en qué podía consistir cualquiera de ambas cosas. De más está decir que nunca me atreví a besarla, porque se me ocurría que ella podía considerar un ultraje mi caricia. Eso sí, me era más fúcil imaginármela entregada a las caricias de otro, aunque ahora se me ocutte que esa imaginación pervertida era la consecuencia de mi conducta imbécil para con ella. En tanto, mediante esas curiosas trasmutaciones que obra a ve- ces la alquimia de las pasiones, comencé a odiarla rabiosamente a la madre, responsabilizándola también, ignoro por qué, de aque- la situación absurda en que me encontraba. Si yo estaba de novio en aquella casa debíase a las arterías de la maldita vieja, y llegó a producirse en poco tiempo una de las situaciones más raras de que, baya oído hablar, pues me retenía en la casa, junto a mí novia, no el amor a ella, sino el odio al alma taciturna y violenta que envasaba la madre silenciosa, pesando a todas horas cuántas probabilidades existían en el presente de que me casara o no con su hija. Ahora estaba aferrado al semblante de la madre como a una mala injuria inolvidable o a una humillación atroz. Me olví- daba de la-muchacha que estaba a mi lado para entretenerme en estudiar el rostro de la anciana, abotagado por el relajamiento de la red muscular, terroso, inmóvil por momentos, como si estuviera tallado en plata sucia, y con ojos negros, vivos e insolentes, Las mejillas estaban 's por gruesas artugas amarillas, y cuando aquel rostro estaba inmóvil y grave, con los ojos desviados de los míos, ejemplo, detenidos en el plafón de la sala, ema- naba de esa figura envuclta en ropas negras tal implacable yo- luntad, que el tono de la voz, enérgico y recio, lo que hacía era sólo afirmarla. Yo tuve la sensación, en un momento dado, que esa mujer me aborrecía, porque la intimidad, a la cual ella “involuntariamente” me había arrastrado, no aseguraba en su interior las ilusiones que un día se habla hecho respecta a mí, Y 2 medida que el odio crecía, y lanzaba en su interior furio- sas voces, la señora X cra más amable conmigo, se interesaba por mi salud, siempre precaria, tenía conmigo esas atenciones que las mujeres que han sido un poco sensuales gastan con sus hijos varo- nes, y como una monstruosa araña iba tejiendo en redor de mi responsabilidad una fina tela de obligaciones. Séla sus ojos negros e insolentes me espiaban de continuo, revisándome el alma y sope- saudo mis intenciones. Á veces, cuando la incertidumbre se le hacía insoportable, estallaba casi en estas indirectas: —_Las amigas no hacen sino preguntarme cuándo se casan uste- des, y yo ¿qué les voy a contestar? Que pronto—. O si no: —Se- 191 ría conveniente, no le parece a usted, que la “nena” fuera prepa- rando su ajuar. Cuando la señora X promunciaba estas palabras, me miraba fi- jamente para descubrir si en un p: o en un involuntario temblor de un nervio facial se revelaba mi intención de no cum- plír con el compromiso, al cual ella me'había arrestrado con su conducta habilísima. Aunque tenía la seguridad de que le daría una sorpresa desagradable, fingía estar segura de mi “decencia de caballero”, mas cl esfuerzo que tenía que efectuar para revestirso de esa apariencia de tran: vilidad, ponía en el timbre de su voz una violencia meliflua, violencia que imprimía a las palabras una velocidad de cuchicheo, como quien os confía apuradamente un secreto, acompañando la voz con una inclinación de cabeza sobre el hombro derecho, mientras que la lengua humedecía los labios resecos por ese instinto animal que la impulsaba a desear matar- me o hacerme víctima de una venganza atroz, Además de voluntariosa, carecía de escrúpulos, pues fingía ar ticular con mis ideas, que Je eran odiosas en el más amplio sentido de la palabra, : Y aunque aparentemente resulte ridículo que dos personas se odien en la divergencia de in pensamiento, no lo es, que en el subconsciente de cada hombre y de cada mujer dond se alma- cena el rencor, cuando no es posible orro escape, el odio se des- carga como por una válvula psíquica en la oposición de las ideas. Por ejemplo, ella, que odiaba a los bolcheviques, me escuchaba deferentemente cuando yo hablaba de las rencillas de Trotzki y Stalin, y haste llegó al extremo de fingir interesarse por Lenin, ella, ella que se eotusizamaba ardiensemente con los más groseros figurones de nuestra política conservadora. Acomodaricia y flexi- ble, su aprobación a mis ideas era una injuria, me sentía empe- queficcido y denigrado frente a una mujer que si yo hubiera afirmado que el día era noche, me contestara: —Efectivamente, no me fijé que el sol hace rsto que se ha puesto. : Sintetizando, ella deseaba que me casara de una vez. Luego se encargaría de darme con las puertas en lan narices y de resarcirse de todas las dudas en que la había mantenido sumergida mi no- viazgo eterno. En tanto la malla de la red se iba ajustando cada vez más a mi organismo, Me sentía amarrado por invisibles cordeles. Día tras día la señora X agregaba un nudo más a au tejido, y mi tristeza crecía como al ante mis ojos estuvieran serruchando las tablas del ataúd que me ¡ben a sumergir en la nada. Sabla que en la casa, lo poco bueno que persistía en mí iba a naufragar si yo aceptaba la situación que traía aparejada el com- promiso, Ellas, la madre y la hija, me straían a 6us preocupacio- nes mezquinas, a su vids sórdida, sin ideales, vna existencia gris, 192 la verdadera noria de nuestro lenguaje popular, en el que la per- sonalidad a medida que pasan los días se va desintegrando bajo el peso de las obligaciones económicas, que tienen la virtud de convertirlo a un hombre en uno de esos autómaras con cuello Postizo, a quienes la mujer y la suegra retan a cada instante porque no trajo más dinero o no llegó a la hora establecida. Hace mucho tiempo que he comprendido que no he nacido para semejante esclavitud, Admito que es más probable que mí destino me lleve a dormir junto a los rieles de un ferrocarril, en medio del campo verde, que a la de acarretillar un cochecito con toldo de hule, donde duerme un muñeco que al decir de la gente “debe enorgullecerme de ser padre”. Yo na he podido concebir jamás ese orgullo, y sí experimento un sentimiento de vergiienza y de lástima cuando un buen señor se entusiasma frente a mí con el pretexto de que su esposa lo ha hecho “padre de familia”. Hasta muchas veces me he dicho que esa gente que así procede son simuladores de alegría o unos perfectos estúpidos. Porque en vez de felicitarnos del nacimiento de una criatura debíamos Morar de haber provocado la aparición en este mundo de un mísero y débil cuerpo humano, Que a través de los años sufrirá incontables horas de dotor y escasísimos mi- nutos de alegría. Y mientras la "deliciosa criatura” con la cabeza tiesa junto a mi hombro soñaba corí un futuro sonrosado, yo, con los ojos per- didos en la triangular verdura de un ciprés cercano, pensaba con qué hoja cortante desgarsar la tela de la red, cuyas células a medi- da que crecía se hacían más pequeñas y densas. Sin embargo, no encontraba un filo lo suficientemente agudo para desgarrar definitivamente la malla, hasta que conoct al cor- covado, En esas circunstancias se me ocurrió la “idea” —idea que fue pequeñita al principio como la raíz de una hierba, pero que en el transcurso de los días se bifurcó en mi cerebro, dilatándose, afian- zando sus fibromas entre las células más remotas— y aunque no se me ocultaba que era ésa una “idea” extraña, fui familiarizán- dome con su contextura, de modo que a los pocos días ya estaba acostumbrado a ella y no falraba sino Jlevarla a la práctica. Esa idea, semidiabólica por su naturaleza, consistía en conducir a la casa de mi novia al insolente jorobadito, previo acuerdo con él, y promover un escándalo singular, de consecuencias irrepara- bles. Buscando un motivo mediante el cual podría provocur una ruptura, reparé en una ofensa que podría inferirle a mi novia, sumamente curiosa, la cual consistía: Bajo la apariencia de una conmiseración elevada a su más pura violencia y expresión, el primer beso que ella aún no me había dado a ml, tendría que «dárselo al repugnante corcovado que jamás 193 No había quedado un troza de papel por los suelos. Parecía que la ciudad había sido borrada por una tropa de espectros. Y 4 pesar de encontrarme en ella, creía estar perdido en un bosque. El viento doblaba violentamente la copa de los árboles, pero el maldito corcovado me perseguía en mí carrera, como si no qui- siera perderme, semejante a mi genio melo, semejante a lo mal- vado de mí mismo que para concretarse se hubiera revestido con la figura abominable del piboso, Y yo estaba triste. Enormemente triste, como no se lo imagi- nan ustedes. Comprendía que le iba a inferir un atroz ultraje a la fría calculadora; comprendía que ese Acto me separaría para siempre de ella, lo cual no obstaba para que me dijera. a medida que cruzaba las aceras desiertas: —Si Rigolero fuera mi hermano, no hubiera procedido lo mismo. —Y comprendía que sí, que si Rigoletto hubiera sido mi hermano, yo toda la vida lo hubiera compadecido con angustia enorme. -Por su aislamiento, por su falta de amor que le hiciera tolerable los días colmados por los ultrajes de todas las miradas. Y me añadía que la mujer que me hubiera querido debía primero haberlo amado a él, De pronto me detuve ante un zaguán iluminado: —Aquí es. Mi corazón laría fuertemente. Rigoletto atiesó el pescuezo y, empinado sobre la punta de sus pies, al tiempo que se arreglaba el moño de la corbata, me dijo: —¡Acuérdese! ¡Usted es el único culpable! ¡Que el pecado. ...! Fina y alta, apareció mi novia en la sala dorada. Aunque sonreía, su mirada me escrudiñaba con la misma sere- nidad con que me examinó la prímera vez cuando le dije: “¿me permite una palabra, señorita?”, y esta contradicción entre la son» risa de su carne (pues es la carne la que hace ese movimiento delicioso que llamamos sonrisa) y la fría expectativa de su inte- ligencia discerniéndome mediante los ojos, era la que siempre me causaba la extraña impresión. Avanzó cordialmente a mi encuentro, pero al descubrir al con: trahecho, se detuvo asombrada, interrogándonos a los dos con la mirada. —Elsa, le voy a presentar a mi amigo Rigoletto, —¡No me ultraje, caballero! ¡Usted bien sabe que no me lla- mo Rigoletto! —j¡Á ver si te callás! “Elsa denivo la sonrisa. Mirábame seriamente, como si yo estu- viera en trance.de convertirme en un desconocido para ella. Seña- lándole una butaca dorada le dije al contrahecho: —Sentate allí y no te mueves. Quedóse el giboso con los pies a: dos cuartas del suelo y el 196 sombrero de paja sabre las rodillas y con su carota atezada pa- recta un ridículo ídolo chino. Elsa contemplaba estupefacta al absurdo personaje. Mo sentí súbitamente calmado. —Elsa -—le dije—, Elsa, yo dudo de su amor. No se preocupe Por ese repugnante canalla que nos escucha, Óigame: yo dudo... no sé por qué..., pero dudo de que usted me quiera. Es triste €so..., créalo.., Demuéstreme, déme una prueba de que me Quiere, y seré toda la vida su esclavo. Naruralmente, yo no estaba segura de lo que quería expresar “toda la vida”, pero tanto me agradó la frase que insistí: —31, su esclavo para toda la vida. No crea que he bebido. Sienta el olor de mi aliento, Elsa retrocedió a medida que yo me acercaba a ella, y en ese momento, ¿saben ustedes lo que se le ocurre al maldito cojo? Pues: tocar une marcha militar con el nudillo de sus dedos en la copa del sombrero, Me volví al cojo y después de conminarle silencio, me expliqué: -—Vea, Elsa, y la única prueba de amor es que le dé un beso a Rigolerto, Los ojos de la doncella se llenaron de una claridad sombría, Caviló un instante; Juego, sin cólera en la voz, me dijo muy len- tamente; —¡Retírese! —;Pero!... —¡Retírese, por favor... .;váyasel... Yo me inclino a creer que el asunto hubiera tenido Compos- tura, créanlo, ..., pero aquí ocurrió algo curioso, y es que Rigolor- to, que hasta entonces había guardado silencio, se levantó excla- mando: —:i¡No le permito esa insolencia, señorita, .., no le permito que lo trate así a mi noble amigo! Usted no tiene corazón para la desgracia ajena. ¡Corazón de peñasco, es indigna de ser la novia de mi amigo! Más tarde soucha gente creyó que lo que ocurrió fue una come- dia preparada, Y la prueba de que yo ignoraba lo que iba a ocu- rrrir, es que al escuchar los despropósitos del contrahecho me des- plomé ea un sofá riéndame a gritos, mientras que el giboso, con el semblante congestianado, tieso en el centro de la sala, con su bracito extendido, vociferaba: —¡Por qué usted le dijo a mi amigo que un beso no se pide...., se dal ¿Son conversaciones esas adecuadas para una gue presume de señorita como usted? ¿No le da a usted vergienza? Descompuesto de risa, sólo atiné a decir: —;¡Callate, Rigoletto; callate!... El corcovado se volvió enfático: —¡Permítame, caballero. . .; no necesito que me dé lecciones 197 de urbanidad! —Y volviéndose a Elsa, que roja de vergiienza ha- bía retrocedido hasta la puerta de la sala, le dijo—: ¡Señorita ... la conmino a que me dé un beso! El límite de resistencia de las personas es varisble. Elsa huyó arrojando grandes gritos y en menos tiempo del que podía espe- raxrse aparecieron en la sala su padre y su madre, la última con una servilleta en la mano. ¿Ustedes creen que el cojo se amilanó? Nada de eso, Colocado en medio de la sala, gritó estentóreamente: —¡Ustedes no tienen nada que hacer aquí! ¡Yo he venido en cumplimiento de una alta misión filentrópical... ¡No se acer quen! —Y antes de que ellos tuvieran tiempo de avanzar para arrojarlo por la ventana, el corcovado desenfundó un revólver, en- cañonándolos. Se enpantaron porque creyeron que estaba loco, y cuando los vi así inmovilizados por el miedo, quedéme a la expectativa, como quien no tuviera nada que hacer en tal asunto, pues ahora la in- solencia de Rigoletto parecíame de lo más extraordinaria y pin- toresca, Éste, dándose cuenta del efecto causado, se envalentonó: — ¡Yo he venido a cumplir una alta misión filantrópica! Y es necesario que Elsa me dé un beso para que yo le perdone a la hu- manidad mi corcova. Á cuenta del beso, sírvanme un té con coñac, [Es una veigienza cómo ustedes atienden a las visitas! ¡No tuerza la nariz, señora, que para eso me he perfumado! ¡Y tráigame el 1é! ¡Ah, inefable Rigoletto! Dicen que estoy loco, pero jamás un cuerdo se ha reído con tus insolencias como yo, que no estaba en mis cabales. —Lo haré meter preso... —Usted ignora las más elementales reglas de cortesía — insistía el corcovado—. Ustedes están obligados a atenderme como a un caballero. El hecho de ser jorobado no los autoriza a despreciarme. Yo he venido para cumplir una alta misión filantrópica. La novia de mi amigo está obligada a darme un beso. Y no lo rechazo, Lo acepto. Comprendo que debo aceptarlo como una reparación que me debe la sociedad, y no me niego a recibirlo. Indudablemente. .. si allí había un loco, era Rigoletto, no les Quede la menor duda, señores, Continuó él: ero... YO BOY... Un vigilante tras otro entraron en la sala. No recuerdo más nada. Dicen los periódicos que me desvanecí al verlos entrar. Es posible. ¿Y ahora se dan cuenta por qué el hijo del diablo, el maldito jorobado, castigaba a la marrana todas las tardes y por qué yo he terminado estrangulándole? 198 Escritor fracasado Nadic se imagina el drema escondido bajo las líneas de mi rostro sereno, pero yo también tuve veinte años, y la sonrisa del hombre sumergido en la perspectiva de un triunfo próximo, Sensación de tocar el cielo con la punta de los dedos, de espiar desde una al- tura celeste y perfumada, el perezoso paso de los mortales en una llanura de ceniza. Me acuerdo... Emprendí con entusiasmo un camino de primavera invisible para la multitud, pero auténticamente real para mí. Trompetas de plata exaltaban mi gloria entre las murallas de la ciudad embadur- nada groseramente y les noches se me vestían en los ojos de un prodigio antiguo, por nadie vivido. Abultamiento de ramajes negros, sobre un canto de luna ama- silla, trazaban, en mi imaginación, panoramas helénicos y el sue surro del viento entre las ramas se me figuraba el eco de ba- cantes que danzaran al son de sistros y laúdes. ¡Oh!, aunque no lo credis, yo también he tenido veinte años soberbios como los de un dios griego y los inmortales no eran som- bras doradas como lo son para el entendimiento del resto de los hombres, sino que habitaban un país próximo y reían con enormes carcajadas; y, aunque no lo creáis, yo los reverenciaba, teniendo que contenerme a veces pera no lanzarme a la calle y gritar a los tenderos que medían su ganancia tras enjalbegados mostradores: —Vedme, canallas. ..; yo también soy un dios rodeado por grandes nubes y arcadas de flores y trompetas de plata. Y mis veinte años no eran deslustrados y feos como los de ciertos luchadores despiadados. Mis veinte años prometían la gloria de una obra inmortal. Bastaba entonces mirar mis ojos lus- trosos, el endurecimiento de mi frente, la voluntad de mi mentón, escuchar el timbre de mi risa, percibir el latido de mis venas para comprender que la vida desbordaba de mí, como de un cauce harto estrecho. El ingenio afluía a cada una de las frases que pronunciaba. Era mi carcaj de flechas y alegremente las disparaba en torno mío, cre- yendo que el arsenal sería inagotable, Los hombres de treinta años me miraban con cierto rencor, mis camaradas me augurában 199