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Funciones del Lenguaje: Representación y Comunicación - Prof. Bernardez, Apuntes de Lingüística

Este texto discute las funciones del lenguaje desde dos perspectivas: representativa y comunicativa. Se aborda la idea de que el lenguaje nos permite poner orden en el mundo y hacerlo más manejable, así como su papel en la comunicación y la formación de habitos sociales. Se mencionan las teorías de chomsky, whorf y sapir, entre otras.

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 03/06/2014

crisalmansita
crisalmansita 🇪🇸

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Funciones del lenguaje
¿De qué nos sirve el lenguaje? Esa es la idea detrás de las “funciones”, aunque el
planteamiento suele hacerse desde el otro lado: ¿para qué usamos el lenguaje? Todas
las escuelas lingüísticas se han planteado este tema, pero se puede hacer una división
en dos grandes grupos: (a) los que ven la comunicación como la función esencial del
lenguaje, y (b) los que defienden la primacía de la representación”. En este
segundo grupo está la mayor parte de las escuelas que fueron surgiendo del
generativismo chomskiano inicial.
¿Qué es la función representativa? Esencialmente, y en su interpretación
“generativista”, se trata de la posibilidad de “representarse” el mundo mediante el
lenguaje. En otras palabras: el lenguaje se entiende esencialmente como un
mecanismo que nos permite poner orden en el aparente caos y en la multiplicidad y
variedad de nuestra experiencia del mundo, haciéndola así más manejable,
permitiéndonos movernos en el mundo.
Un ejemplo simple es el de los árboles. Existen numerosas especies de
árboles, pero cada árbol individual es diferente a todos los demás de la misma
especie: tamaño, disposición de las ramas, características del tronco, abundancia
relativa de hojas en cada parte de cada rama, diferencian a un árbol de otro. Borges
expuso la situación en uno de sus cuentos: Funes el memorioso, relato perteneciente
al libro Ficciones, de 1944. El personaje tiene una memoria absoluta y «no sólo le
costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos
dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres
y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto
(visto de frente).» Pero, como indica el narrador del cuento, «Sospecho, sin embargo,
que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar,
abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.»
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Funciones del lenguaje

¿De qué nos sirve el lenguaje? Esa es la idea detrás de las “funciones”, aunque el planteamiento suele hacerse desde el otro lado: ¿para qué usamos el lenguaje? Todas las escuelas lingüísticas se han planteado este tema, pero se puede hacer una división en dos grandes grupos: (a) los que ven la comunicación como la función esencial del

lenguaje, y (b) los que defienden la primacía de la “ representación ”. En este

segundo grupo está la mayor parte de las escuelas que fueron surgiendo del generativismo chomskiano inicial. ¿Qué es la función representativa? Esencialmente, y en su interpretación “generativista”, se trata de la posibilidad de “representarse” el mundo mediante el lenguaje. En otras palabras: el lenguaje se entiende esencialmente como un mecanismo que nos permite poner orden en el aparente caos y en la multiplicidad y variedad de nuestra experiencia del mundo, haciéndola así más manejable, permitiéndonos movernos en el mundo. Un ejemplo simple es el de los árboles. Existen numerosas especies de árboles, pero cada árbol individual es diferente a todos los demás de la misma especie: tamaño, disposición de las ramas, características del tronco, abundancia relativa de hojas en cada parte de cada rama, diferencian a un árbol de otro. Borges expuso la situación en uno de sus cuentos: Funes el memorioso, relato perteneciente al libro Ficciones , de 1944. El personaje tiene una memoria absoluta y «no sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente).» Pero, como indica el narrador del cuento, «Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.»

Esa es la función representativa: permitir la generalización, la abstracción; el lenguaje, entonces, mediante la agrupación de objetos de la realidad en unas pocas, poquísimas categorías (como perro ), hace posible que nos movamos en un mundo que no consiste solo en “detalles, casi inmediatos”. De ahí que el generativismo y otras escuelas posteriores digan que el lenguaje “nos permite pensar”, y que esta, y no la comunicación, es su función esencial. Incluso se dice que la función comunicativa es secundaria, incluso cronológicamente. Se propone que una mutación genética (casual) produjo en un individuo una modificación de la organización cerebral que le permitió entender el mundo (representárselo) mucho mejor que antes; esa mutación pasaría a los descendientes y se iría extendiendo por toda la especie humana, pues daba grandes ventajas para la supervivencia, hasta el punto de que se extinguieron los que no participaban de ella. En un momento determinado, seguramente milenios después de que se produjera la mutación, algunos individuos empezaron a aprovechar esa capacidad también para comunicar. Pero Chomsky siempre ha dicho que, en realidad, el lenguaje no es bueno para la comunicación, pues resulta demasiado ambiguo^1. No cabe duda de que el lenguaje tiene una función representativa, y que esta es de excepcional importancia. Hay que entenderla, sin embargo, en el sentido de que el lenguaje es universal e idéntico en tiempo y espacio para todos los seres humanos, idea que resulta ya inaceptable para la mayor parte de los estudiosos, no solo en lingüística, también en biología y en las ciencias de la mente. Sin embargo, sigue teniendo influencia, incluso fuera de la lingüística. Por ejemplo, un investigador en psiquiatría, Timothy J. Crow, ve en el lenguaje mismo, como instrumento esencial del pensamiento, el origen de las enfermedades que suelen agruparse bajo la denominación de esquizofrenia. Parte de la constatación de que estas enfermedades afectan a proporciones de la población muy semejantes en todos los grupos humanos conocidos, y en ambos sexos por igual. Además, cree que las ventajas que proporciona el lenguaje superan en tal medida a las desventajas de una enfermedad tan seria

(^1) Pero claro, eso quiere decir en último término que el mejor instrumento de comunicación sería precisamente el lenguaje de la variedad y la multiplicidad de Funes, carente de cualquier ambigüedad. Muchas veces, las afirmaciones de Chomsky sobre los orígenes y la evolución del lenguaje suenan extrañamente apresuradas y carentes de fundamento, incluso rozando el creacionismo de los grupos cristianos fundamentalistas de EEUU y su versión “educada”, el llamado “diseño inteligente”.

garantiza que todos los seres humanos veamos la realidad de la misma forma. Las investigaciones realizadas en años recientes indican que algo sí parece existir de cierto en la hipótesis de la relatividad^3. La interpretación que cuenta con mayor influencia actualmente se debe al psicólogo Dan I. Slobin (n. 1939), catedrático emérito de la U. de California en

Berkeley, que propuso la hipótesis de thinking for speaking (pensar para hablar),

según la cual, aunque nuestra cognición es esencialmente homogénea en todos los humanos, cuando vamos a utilizar la lengua, los “contenidos” de nuestra mente (que serían iguales para todos, por lo dicho) se modularían para adaptarse a las capacidades y preferencias expresivas del idioma en cuestión. Esto sucede con otras muchas actividades; por ejemplo, si un dibujante está pensando en una imagen que va a dibujar, la imagen será la misma que pueda tener cualquier otra persona, pero él (ella) va adoptando una cierta forma de verla que será la que permitan sus instrumentos de dibujo, el espacio disponible, etc.; incluso es más que probable que sus dedos adopten la postura de coger un lápiz, un carboncillo, etc., y que hasta realicen “en miniatura” movimientos como los que tendrá que llevar a cabo a la hora de hacer el dibujo. Con la lengua sucedería lo mismo. Todos vemos de la misma manera la siguiente microescena: una persona camina cojeando y entra en una habitación. Si vamos a expresarlo en inglés, elegiremos verbos que indiquen el tipo de movimiento que realiza, por ejemplo, un verbo como limp , “cojear”, y añadiremos especificaciones sobre la dirección (diríamos, por ejemplo, he limped into the room ). En cambio, un hispanohablante se fijará sobre todo en la dirección del movimiento y elegirá como centro de su mensaje un verbo como entrar ; la forma en que se realiza ese movimiento se especifica por medio de adverbios, gerundios, etc, para acabar con una expresión del tipo entró cojeando en la habitación. De modo que, según esta perspectiva, aunque nuestra cognición sea la misma y podamos expresar las mismas cosas, prestaremos más atención a unas cosas que a otras según las preferencias de nuestra lengua (siempre quedarían posibilidades

(^3) Un resumen de cómo están las cosas puede encontrarse en el libro de Gary B. Palmer (1994): Lingüística cultural. Madrid: Alianza, 2000.

como he entered the room with a limp y en español cojeó hasta adentro de la habitación ). Cada lengua concreta, en consecuencia, modifica nuestras preferencias a la hora de expresar las cosas, aunque no se trata de diferencias radicales. De ahí que siempre sea posible la traducción de una lengua a otra, y que, al mismo tiempo, sea imposible una traducción que recoja el 100%. Esta interesante hipótesis es objeto de trabajo de un nutrido grupo de expertos internacionales sobre varias

lenguas, y es ampliamente aceptada en la Lingüística Cognitiva , aunque no es

aceptada por todos los lingüistas ni por todos los neurocientíficos^4.

Resumiendo (mucho) podemos decir que alguna influencia

sí que ejercen las lenguas individuales sobre la forma en que

sus hablantes ven y organizan el mundo; aunque se trata

fundamentalmente de establecer preferencias, no

limitaciones ni obligaciones absolutas.

Las funciones del lenguaje (bis)

Dejando para otro momento la cuestión de la función representativa, veamos muy brevemente de qué funciones del lenguaje suele hablarse. Existen dos planteamientos o modelos de especial importancia: el debido a Karl Bühler (1879- 1963), llamado Organon-Modell, y la versión del mismo desarrollada por el lingüista ruso Roman Jakobson (1896-1982; el apellido se acentúa en la última sílaba: en ruso no es jákobson sino jakobsón). Jakobson, como Bühler, parte de los que considera elementos fundamentales del proceso comunicativo: hablante, oyente y mensaje. Las funciones se relacionan con cada uno de ellos. Son las siguientes:

  1. Referencial : referida al mensaje, y la relación de este con la realidad exterior al lenguaje.

(^4) Una revisión completa y accesible puede encontrarse en la entrevista publicada (en inglés) en la revista neerlandesa Qualia. Es accesible desde la página web del mismo Slobin: http://ihd.berkeley.edu/Slobin- Language%20&%20Cognition/(2005)%20Slobin%20- %20Thinking%20for%20speaking%20(Qualia%20interview).pdf. Más técnico es este artículo de 2003, del mismo origen: http://ihd.berkeley.edu/Slobin-Language%20&%20Cognition/(2003)%20Slobin%20- %20Language%20&%20%20thought%20online.pdf.

El lenguaje, entre la cognición y la cultura

Podemos decir que la prioridad de la función representativa del lenguaje (no en el modelo de Jakobson, sino en lo que vimos más arriba) corresponde a una visión del fenómeno lingüístico centrada en la cognición individual. A fin de cuentas, la percepción del mundo es un proceso que tiene lugar en el cerebro − en la mente − de cada individuo: los cerebros son individuales. Una visión del lenguaje centrada en su función comunicativa tiene en cuenta necesaria y principalmente la relación de unos individuos con otros; sucede lo mismo en el conjunto del modelo de Jakobson, que va más allá del individuo y tiene en cuenta la relación entre al menos dos: hablante y oyente; el modelo de Jakobson es, por tanto, comunicativo. Esta oposición individuo/sociedad es constante en lingüística, como consecuencia de las distintas formas filosóficas o ideológicas de ver los fenómenos del lenguaje. Ya sabemos que Saussure veía la langue como un fenómeno social, mientras que Chomsky entendía la competence , el conocimiento del lenguaje, en términos exclusivamente individuales. La oposición suele presentarse como absoluta: o una cosa, o la otra, sin posibilidad de “negociación”. Sin embargo, ahora sabemos que la cognición individual está modulada, matizada por factores sociales, y que lo social responde en buena medida a aspectos relativos a la cognición individual. Una forma clara de aproximarse a este tema es revisar de forma muy breve la propuesta de un antropólogo y sociólogo francés, Pierre Bourdieu ([piɛɾ buʁdjø] 1930-2002): el habitus , que precisamente enlaza lo individual y lo colectivo o social. Bourdieu parte de su teoría de la práctica: no se fija tanto en lo que sabemos (estilo Chomsky) como en lo que hacemos, cómo y por qué lo hacemos (en un sentido cercano al funcionalismo lingüístico). Hacemos las cosas de determinadas formas porque (a) conocemos esa forma de hacerlas y sabemos, además, (b) que esa forma concreta es aceptada socialmente. Diríamos que la sociedad, la cultura, el grupo social o cultural, opta entre varias formas de hacer una actividad importante; por

ejemplo, si vamos al nivel de la norma lingüística , esta se configura a partir de la

elección entre varias formas existentes: llegastes o llegaste , se me (rompió) o se me (rompió) , etc.; socialmente se opta por una u otra: llegaste , se me. Esta elección social, cultural, se transmite a los individuos por diversos medios: la simple imitación muchas veces, pero también la enseñanza; en el caso de la norma lingüística se aprende mediante la enseñanza formal, la imitación de los hablantes considerados “mejores”, los medios de comunicación^7. Todo ello se afianza en nuestra mente o, en términos más precisos, en nuestro cerebro se refuerzan ciertas conexiones neuronales (las correspondientes a llegaste y se me , por ejemplo), en un proceso bastante bien conocido: las conexiones entre neuronas pueden ser más o menos fáciles de activar según la experiencia, de modo que si una conexión se activa con frecuencia, cada vez será más fácil y más rápida esa activación y se convertirá incluso en automatismo; en cambio, si no se refuerza una conexión, acabará, por así decirlo, “atrofiándose”, será más difícil activarla e incluso imposible. Para un

hablante de la norma estándar (standard), decir llegaste será un automatismo,

mientras que quienes tengan menos asentado ese punto de la norma tendrán que hacer un esfuerzo para no decir llegastes. Esa elección social que pasa a convertirse en parte del sistema cognitivo individual se denomina habitus^8. Sirve para entender cualquier fenómeno que sea a la vez social e individual, cultural y cognitivo^9. Las culturas pueden entenderse como conjuntos de habitus , pero lo mismo puede decirse del lenguaje en general, no solo de la norma: cada lengua es un conjunto de opciones expresivas socialmente aceptadas y cognitivamente “implantadas”. Esto quiere decir, además, que el lenguaje es una forma de actividad, no solo de conocimiento.

(^7) Por eso se concede tanta importancia al “uso correcto” de la norma de la lengua en los medios de comunicación, y se critica tanto el 8 “mal uso” que se hace de ella en los mismos. Bourdieu lo escribe siempre en cursiva; al ser un sustantivo latino de la 4ª declinación, el plural parece igual al singular: habitus. En realidad, la -u- del singular es breve y la del plural es larga, pero no atendemos a esos detalles en la vida cotidiana. 9 Estos temas se tratan con más detalle en E. Bernárdez (2008): El lenguaje como cultura. Madrid: Alianza; ver capítulo 7. También, del mismo autor, ¿Qué son las lenguas? Madrid: Alianza, 1999, capítulo 11.