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Asignatura: Redacción Periodística: Géneros de Opinión, Profesor: Matilde Hermida, Carrera: Periodismo, Universidad: UCM
Tipo: Apuntes
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Fecha: 09/01/ Asignatura: Redacción Periodistica Profesor: Matilde Hermida
En ‘El prisma del lenguaje’, Guy Deutscher, uno de los lingüistas más prestigiosos del mundo, trata de responder a ciertas preguntas acerca del lenguaje a través de un recorrido histórico, científico e intelectual. El autor habla sobre la distinción de idiomas que se hace en el Talmud ('el griego para cantar, el latín para guerrear, el siríaco para honrar a los muertos y el hebreo para hablar'); y de cómo es posible que en los próximos años puedan desaparecer la mitad de los seis mil idiomas que se hablan en la actualidad.
Para entender todas las cuestiones que plantea el autor, ‘El prisma del lenguaje’ es un libro repleto de ejemplos. Deutscher nos hace reflexionar sobre cómo la cultura ingfluye sobre la lengua, la complejidad de las lenguas o la importancia de la lengua materna en las maneras de pensar. La obra está dividida en dos partes (la lengua como espejo y la lengua como prisma) y buena parte de ambas está dedicada al problema de los colores, pero también se trata de cómo las lenguas ubican a los objetos y a los hablantes en el espacio y en el capítulo 8, se habla sobre el sexo y la sintaxis.
El libro se inicia con un prólogo en el que el autor pretende desmentir una sucesión de falsedades de la literatura popular. Por ejemplo, un tópico sostiene que la gramatica alemana es propicia a la metafísica, afirmación que ningún lingüista ha conseguido demostrar. Otra falsedad es que las tribus tropicales sean tan holgazanas que hayan prescindido de la mayoría de consonantes. Esta teoría podría parecer real si no fuera por la lengua danesa, que ha eliminado de su fonética más consonantes que cualquier tribu. Los lingüistas utilizan un mecanismo de perspectiva para combatir estas fábulas, el estudio comparativo de las seis mil lenguas que se hablan en el mundo, de las cuales la mitad está en peligro de extinción.
En la primera parte del libro, se expone uno de los dilemas principales de la lingüística, y es si la lengua refleja las leyes de la naturaleza o es solo un producto de cada cultura. Para encontrar respuesta, el autor analiza el lenguaje de los colores, donde la cultura suele disfrazarse de naturaleza con mayor éxito.
Hay ciertas culturas que utilizan el mismo nombre para llamar al color verde y al azul, por lo que si se les muestra una figura verde y otra azul las ven del mismo color. Y es que, el azul no se convierte en verde en un determinado punto del espectro, sino que poco a poco se va confundiendo con él. Esto no significa que no se distingan ambos colores, sino que consideran que pertenecen a la misma categoría. De hecho, por
estos idiomas los sustantivos tienen género. Esto no quiere decir que los ingleses no entiendan la diferencia entre vecino o vecina, sino que al contrario de un hispanohablante, los ingleses no están obligados a especificar el sexo cada vez que hablan. Dicho de otra forma, que una lengua carezca de una palabra para designar un concepto no significa que sus hablantes no puedan comprender ese concepto.
Luego, Deutscher dedica un capítulo a las diferencias entre las culturas con un sistema lingüístico de referencia espacial relativo o egocéntrico y las que toman como referencia los puntos cardinales, como es el caso de la tribu guugu yimithirr. Estos aborígenes australianos, que poseen un sentido absoluto de la orientación, refieren la situación de un objeto geográficamente. Dicen, tanto si señalan un hecho presente como un recuerdo, el norte, el sur, el este, oeste, nordeste y así sucesivamente, con independencia de dónde se encuentra (o encontraba) el sujeto de la acción: delante del objeto, debajo, detrás, etc. Esta divergencia oral se traduce en la práctica en diferencias perceptivas espaciales que han sido evidenciadas mediante ingeniosas pruebas o “rampas cognitivas”. Dicho de otra forma, nosotros y los guugu yimithirr percibimos y recordamos el espacio, y por tanto cualquier acontecimiento, de forma distinta porque nos referimos a él en términos verbales distintos.
Posteriormente, el autor analiza los efectos del género gramatical en nuestra percepción cognitiva. El género no se corresponde en todas las lenguas con una división sexual y puede representar otras categorías, como sucede con el supyire, lengua africana de Malí, que dispone de cinco géneros: humanos, cosas grandes, cosas pequeñas, colectivos y líquidos. Deutscher centra su análisis, principalmente en los géneros masculino y femenino.
En primer lugar, observa que la clasificación en géneros no responde a una lógica estricta, pues solo la arbitrariedad puede determinar que el sol sea masculino y la luna femenina, géneros que se intercambian si se expresan, por ejemplo, en alemán.
Para acabar el libro encontramos un apéndice sobre la biología de la percepción cromática, donde se habla cómo la mezcla de colores no tiene lugar en la naturaleza sino en nuestros órganos oculares. Es decir, una onda monocromática roja superpuesta a una onda monocromática verde, solo son eso en el universo físico, la suma de dos ondas, mientras que nosotros somos capaces de verlas como una sola onda, es decir,
de convertirlas en una única onda monocromática amarilla. Resumiendo, el color amarillo que nosotros vemos como solo uno, en realidad es la mezcla del rojo con el verde.
Esto es así porque la onda monocromática amarilla excita los dos tipos de células sensibles al color –llamadas conos– que por separado estimularían las ondas rojas, de un lado, y las ondas verdes, de otro. Es decir, porque el ojo responde de la misma forma a una onda monocromática amarilla que a la superposición de una onda roja y otra verde, aunque en rigor se trate de fenómenos físicos distintos. Igualmente, Deutscher explica que la inmensa mayoría de mamíferos solo dispone de dos tipos de conos: unos para los tonos azules y otros para los verdes. De modo que los primates somos las únicas especies que disfrutamos de un tercer tipo de célula, sensible a los tonos amarillos y rojos. La razón es simple: se trata de una estrategia evolutiva que nuestros antepasados arborícolas adoptaron con el fin de distinguir fácilmente los frutos maduros en la espesura de la selva, es decir, con el saludable objeto de alimentarse.
Como broche final, Deutscher habla sobre los colores de los objetos, que en verdad difieren según la luz ambiente y son constantemente ajustados por nuestro aparato perceptivo.