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elecciones, Apuntes de Análisis de Políticas Públicas

Asignatura: analisis de politicas publicas, Profesor: Carlos Alba, Carrera: Derecho + Ciencia Política y Administración Pública, Universidad: UAM

Tipo: Apuntes

2016/2017

Subido el 24/09/2017

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Elecciones generales 2004 Edición a cargo de José Ramón Montero Ignacio Lago Mariano Torcal CIS Centro de Investigaciones Sociológicas CAPÍTULO 1 Introducción: Modelos de voto y comportamiento electoral Ignacio Lago, José Ramón Montero y Mariano Torcal E te libro trata del comportamiento electoral de los españoles, y toma como aso principal el de las elecciones de marzo de 2004; no es el único proceso electo- ral que disente, sin embargo, ya que buena parte de los las anteriores consultas de 1996 o 2000. No parece necesario justificar un libro sobre las elecciones legislativas de capítulos analiza también 2004. Para empezar, las elecciones son la esencia de las democracias. Entre sus va- rías funciones, la más específica e inmediata es la selección del gobierno que diri- ge la política del país. Como es bien conocido, en las democracias representativas contemporáneas las elecciones descansan en una peculiar div ión del trabajo: r constantemente a los unos pocos regulan y dirigen el proceso social sin consult: demás (Ferejohn 1990). Pero no se trata de la división del trabajo que tiene lugar en el mercado económico, puesto que la delegación de las tareas de gobierno va acompañada de la vigilancia periódica de su desempeño o, al menos, de los resul- tados de su desempeño. L: tivo que suscitan todas las elecciones generales. En comparación con las anterio- s de 2004 suman algunas particularidades significativas a este natural atrac- res, tanto la oferta como las demandas electorales. y desde luego los propios resul- tados, sufrieron cambios de largo alcance. En el lado de la oferta, los tres grandes males, el Partido Popular (PP), el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) e Izquierda Unida (1U), estrenaron todos ellos candidato a la presidencia partidos naci del Gobierno. Pero más determinantes fueron sus cálculos estratégicos sobre el curso de acción a seguir tras un acontecimiento crucial y ajeno a la competición política que transformó radicalmente la agenda electoral. Se trata, obviamente, de los atentados terroristas del 11 de marzo en Madrid. Los atentados alteraron el de- sarrollo normal de las elecciones: la campaña electoral fue suspendida el mismo 15 Introducción: Modelos de voto y comportamiento electoral «permite a los votantes influir en las decisiones de sus representantes» (Manin 1998: 215). Si los gobiernos son representativos en las democracias es precisamen- y 1 te porque son elegidos: de acuerdo con la teoría del cumplimiento, basada en el voto prospectivo, las elecciones sirven para seleccionar las mejores políticas o go- bernantes; según la teoría del control, dependiente del voto retrospectivo, valen para hacer a los gobiernos responsables de los resultados de sus acciones pasadas (Manin, Przeworski y Stokes 1999: 29)", aracterizado de un modo minimalista, el estudio del comportamiento electo- ral se centra en la formación y expresión de las preferencias individuales en los pioner: en las primeras décadas del siglo xx (Ogburn y Talbot 1929; Sieg- procesos electorales (Stokes 1977: 537). Aunque algunos de los análisis 's aparecieron y fried 1930; Tingstein 1937), la era modemna de la investigación sobre el comporta- nca en 1944 con la publicación de The People's Choice, de Paul Lazarsteld y sus colegas del Bureau of Applied Social Rescarch, en la Univ miento electoral (y político) rsidad de Columbia: el primer estudio académico centrado en los vo- tantes (Carmines y Huckfeldt 2001: 329). Desde entonces, la evolución de los es- tudios electorales está fundamentalmente relacionada con dos cuestiones de natu- raleza sustantiva y metodológica. La primera hace referencia a los distintos modelos de votante y a su capacidad para manejarse en la política de masa $ que se han sucedido o, más bien, se han ido acumulando, La segunda radica en la revolu- ación del uso de las encuest, ción cuantitativa que ha supuesto la generaliz y la e stadística, a través de aplicaciones informáticas, para analizar el comportamiento del votante. A ambas cuestiones dedicamos ahora muestra atención. Los modelos de votante Los diversos modelos de votante existentes en la investigación sobre comporta- miento electoral se diferencian en base a sus distintos supuestos sobre las habilida- des políticas del electorado, esto es, sobre su nivel de conocimiento, comprensión e interés por los temas políticos (Dalton y Wattenberg 1993: 193-194). Todos estos modelos comparten, en este sentido, una misma preocupación: cuál es la capaci- dad de los ciudadanos individuales para nune) nes y Huckfeldt 2001: 331). Como es sabido, tres son los modelos de votante que se han desarrollado: el + en la políticas de masas (Carmi- sociológico o psicosociológico, el económico y el racional-limitado, En primer lu- gar, los estudios clásicos de los años cuarenta, cincuenta y sesenta, basados en la ' Para una dis usión detallada de cómo se garantiza la representación a través de las elecciones, puede verse el número monográfico de Zona Abierta compilado por Manzano (2002) 17 Inacio Laso, José Ramón MONTERO Y MARIANO TORCAL sociología y en la psicología social, consideraban a los votantes prisioneros de su posición social o de las limitaciones de sus capacidades cognitivas. Por un lado, el modelo psicológico, o de Columbia, desarrollado en los trabajos de Lazarsfeld y sus colaboradores (Berelson, Lazarsfeld y MePhce 1954; Liv 'eld. Berelson y Gan- det 1968), se detenía en la influencia de los medios de comunicación de masas en las decisiones de los individuos Aunque en sus comienzos los estudios de Cohum- bia se preocupaban fundamentalmente por la propaganda y la persrasión, la reali- zación de un análisis de panel durante 1940, el año de las elecciones presidenciales ñas elec- estadounidenses, les permitió constatar la escasa influencia de las camp: torales y de los medios de comunicación sobre las preferencias electorales. Su principal efecto era el refuerzo de cleavages va existentes, tales como la religión, la etnicidad o la clase, que se habían atenuado desde las últimas elecciones. Para ellos la gran mayoría de los votantes tenía una predisposición política o partidista anclada en la tradición familiar vW/o en la identidad social, una predisposición que resultaba inmune a los mensajes de las campañas. El voto era ima cuestión de há- bito o herencia: «una persona piensa políticamente tal como es socialmente. Las características sociales determinan la preferencia política» (La Gaudet 1968: 27). En fin, el supuesto bá cionado por quién uno es que por lo que piensa (Dalton y Wattenberg 1 sfeld, Berelson y ico es que el voto está mucho más condi- 3: 196). De este modo, las variables sociológicas crean intereses de grupo que determinan las coaliciones de partido y definen las imágenes sobre qué partido está mí sintonía con las necesidades de distintos tipos de individuos (Dennis, 1991; Fiori- na, 1997; Visser, 1998)?, Es probable que el principal hallazgo del modelo psicológico fuera la constata s en ción de la distancia existente entre la imagen clásica de los ciudadanos en la demo- cracia y la naturaleza real del electorado, Así, «nuestros datos revelan que ciertos requerimientos comúnmente asumidos para el adecuado funcionamiento de la de- mocracia no se encuentran en el comportamiento del ciudadano medio. (...) Mu- chos votan sin una implicación real en las elecciones. (...) El ciudadano no tiene mucha información sobre los detalles de la campaña. (...) En un sentido riguroso o estricto, los votantes no son muy racionales» (Berelson, Lazarsfeld y McPhee 1954: 307-310). El modelo sociológico facilitaba un esquema útil para la presentación de cier- tas variables que estructuraban las decisiones electorales. Pero tiene algunas limi- taciones importantes, Sólo es capaz. de explicar una modesta proporción del voto en las sociedades europeas, y aún menos en un electorado menos polarizado como at perspectiva sociológica de Columbia tuvo tunbién un notable desarrollo en Europa. Los tra- bajos dle Bemey y otros (1956), Milne y Mackenzio (1954) y. sobre todo, Lipset y Rokkan (1967) expli- ban la estructura de los sistemas partidos como el resultado de una secnencia histórica de conflictos políticos y de los eleavages asociados a ellos (Dalton y Wattenberg 1993: 196). 18 IéNAcIio LAGO, José RAMÓN MONTERO Y Mariano TORCAL negativas sobre la capacidad de los ciudadanos para manejarse en la política que se reconocían en el modelo psicológico. Así, Campbell y sus colegas (1960: 543) con- cluían también que el electorado es «casi completamente incapaz de juzgar la ra- cionalidad de la lo que ha conducido a ellas, la masa del electorado no es capaz ni de valorar los acciones del gobierno; sabe poco sobre las políticas particulares y objetivos ni la adecuación de los medios para conseguir tales fines». Y ello pese a que The American Voter también constataba que los individuos poseían un amplio conocimiento de los issues en juego. Así, en los Estados Unidos de las elecciones de 1952 y 1956, dos de cada tres individuos tenían una po: ue parti- cular y estaban en condiciones de describir lo que el gobierno había hecho al res- ición en un is pecto. Y entre estos individuos, entre el 40 y el 60 por ciento era capaz de percibir diferencias entre los partidos y señalar cuál estaba más cerca de su posición. En definiti votante informado que supuestamente constituía un prerrequisito de la democra- a, las escuelas psicológica y psicosociológica socavaban el mito del cia ilustrada (Converse 1964). En su lugar emergía un votante cognitivamente im posibilitado, incapaz de organizar y entender los asuntos políticos que le rodean y dependiente de uma elite politizada, más educada y mejor informada (Jones 2001: 78). Durante los años y de la opinión pública estuvo así dominado por la constatación del llamado mini incuenta y sesenta, el estudio del comportamiento electoral malismo: los ciudadanos se caracterizan (1) por su mínimo nivel de atención e in- formación política; (2) por su mínimo dominio de conceptos políticos abstracto: (3) por la mínima estabilidad de sus preferencias, sobre todo aquéllas que no estén basadas en elementos de anclaje: y (4) por sus mínimos niveles de limitaciones en sus actitudes (Sniderman, Brody y Tetlock 1991: cap. 1). La superación de esta visión pesimista sobre las capacidades intelectuales del electorado, que llevaría a la concepción económica del votante, arranca de la revi- sión de la interpretac ón de los datos que se hacía en The American Voter. De acuerdo con el conocido como issue vofing. o voto por temas, que en sus inicios (Key y Munger 1959, por ejemplo) se planteaba como una reconstrucción de la tradición de la sociología política (Carmines y Huckfeldt 200 en la teoría de la elección racional, esta evidencia permitía concluir que, por el 337), luego diluido contrario, «los votantes no son tontos» (Key 1966: 7). Aunque tienen poca infor- mación general, los votante son capaces de estar informados sobre los issues y de utilizarlos en sus deci i siones electorales, con el único límite del contexto político. el contexto no facilita el ¿ Le voting, ello se reflejará en la información que poseen los votantes y en cómo deciden entre los partidos, Pero si el contexto proporciona información sobre los ás sues, entonces el ve-coting estará presente en el electo- rado (Álvarez 1997: 9)*. De muevo en palabras de Kev (1966: 7), «el electorado se Y En este sentido, por ejemplo, Kukliuski contexto para hacer que le otros (2001) han demostrado que la capacidad del s ciudadanos mal informados puedan tomar decisiones políticas competentes 20 Introducción: Modelos de voto y comportamiento electoral comporta tan racional y responsablemente como cabría esperar dada la claridad de alternativas que se le presentan y la naturaleza de la información disponible», Los modelos de voto económico prospectivo y retrospectivo de Kev (1966) o Fiorina (1981). entre otros, recogen la esencia del issue voting. n racional En cualquier caso, el gran salto se produce con la teoría de la elec enunciada originalmente por Downs (1957), y mediante su reformulación de las nociones clás s del funcionamiento de la democracia de acuerdo con el principio de la racionalidad instrumental. La teoría de la elección racional establece que las s sobre los posibles cursos de acción. Los individuos prefieren los resultados que les reportan utilidades (esperadas) de los distintos resultados generan preferenci la mayor utilidad y escogen las acciones que les permiten alcanzar tales resultados. Las acciones son medios para obtener los fines deseados y sólo se valoran como instrumentos (Aldrich 1993: 248). Un actor racional es omnisciente con respecto al dominio de la elección (Kreps 1990: 480): es decir, está en condiciones de colo- car el conjunto de los posibles resultados de sus acciones cn un orden jerárquico completo y no contradictorio de deseabilidad, de modo que elige el curso de ac- ción que produce o permite esperar el mejor resultado posible (Becker 1976: 3 Riker y Ordeshook 1973: 8 ss.). Por el contrario, un actor no es completamente ra- Is acciones. El axioma fundamental de la Teoría económica de la democracia es que los in- cional cuando no comprende perfectamente todas las implicaciones de s dividuos actúan racionalmente en política. Esto es, «cada ciudadano vota al partido que piensa que le reportará más beneficios que los demás» (Downs 1957: 36). Así, el votante reconoce su propio interés, evalúa a los candidatos alternativos según sus intereses personales y vota al que mejor valora (Enelow y Hinich 1984: 3). Como añade Downs (1957: 40), «en consecuencia, la parte más importante de la decisión del votante es la magnitud de su diferencial partidista, esto es, la diferen- cia entre la utilidad que recibe en el período £ y la que hubiese recibido si la oposi- ción hubiera gobernado». Los votantes y los partidos o candidatos pueden inter- pretarse como puntos en un espacio político o en una dimensión de un issue. La ubicación del votante en este espacio es su punto ideal: sus coordenadas nos dicen nes. La localizaci su posición preferida en cada mo de los n del partido o candi- dato en este espacio representa los resultados esperados de sus políticas cuando sea elegido. Según el modelo downsiano de proximidad, el votante escoge al parti- do o candidato más cercano a su punto ideal (Merrill y Grofman 1999: 1-2), Como es evidente, esta concepción del votante no ticne mucho que ver con la anterior. A diferencia de las lamentaciones imperantes sobre la apatía e ignorancia de los votantes, Downs consideraba que el carácter colectivo de las elecciones ha- depende de su motivación. Así, el ambiente sólo consigne mejorar los juicios políticos cuando es capaz de inducir a los ciudadanos para que acometan las tareas seriamente, invi cargas psicolós an esfirerzo y soporten las icas de los procesos de decisión responsables. 21 Introducción: Modelos de voto y comportamiento electoral Tetlock 1991: 19). Es decir, gracias a la heurística, un ciudadano poco informado puede tener un comportamiento político similar al de un ciudadano bien informa- do. Se trata de lo que Popkin (1991: 7) ha definido como racionalidad de baja in- formación. esto es, «am método de combinar aprendizaje e información proceden- ) : triangulan y validan tes de experiencias pasada: la vida diaria, los medios y las campañas políticas. La gente utiliza atajos que tienen mucha información políti sus opiniones en conversa ciones con gente en la que confían y de acuerdo con las opiniones de figuras nacionales cuyos juicios y posiciones conocen. Con estos ata- jos, aprenden a “leer” a los políticos y sus posiciones», Entre los numerosos atajos que se han señalado. destacan la identificación partidista o la ideología (Downs 1957). la historia o el pasado reciente (Downs 1957: Fiorina 1981: Kev 1966). la demografía (Popkin y otros 1976), el apoyo de los grupos de interés (Enpia 1994) o características de los políticos como el género (MeDermott 1997), la raza (Sigelman y otros 1995), la orientación sexual (Gole- biowska 2001) o la ocupación (McDermott 2005). Todos estos atajos se pueden agrupar en cinco grandes categorías: la afiliación de partido, la ideología, los resul- tados de encuestas. las características personales de un político y el apoyo o el res- paldo de organizaciones (Lau y Redlawsk 2001) 1. El concepto de racionalidad limitada destaca la discrepancia entre la racionali- dad humana perfecta que se asume en la teoría económica neoclásica y la realidad del comportamiento humano según se observa en la vida económica o política. No se trata de que los individuos sean consciente y deliberadamente irracionales, aun- que algunas veces lo sean, sino de que ni su conocimiento ni sus apacidades de cálenlo les permiten conseguir la adaptación óptima de medios y fines que postula la economía (Simon 1992: 3). Quiere esto decir que, «aunque los decisores inten- tan ser racionales, están constreñidos por sus limitadas capacidades cognitivas y su información reducida. de modo que sus acciones no resultan completamente 1 fuerzos» (March 1994: 9). El com- portamiento de los humanos es en su mavoría adaptativo, si bien no sólo a las cir- cionales a pesar de sus mejores intenciones y es sino también a ennstancias objeti s características emotivas y cognitivas, y se encuentra orientado hacia ciertos objetivos. Además, y a causa de límites biológi- cos en las capacidades cognitivas, los humanos son procesadores desproporciona- % Recientemente se ha cuestionado que la heurística sea la panacea para la ignorancia política de los ciudadanos (Bartels 1996; Dellí Carpini y Kecter 1996). En particular. Kinder (1998: 175-176) ha llamado la atención sobre euatro aspectos: (1) amgue los ciudadanos puedan guiarse por las opiniones que expresan los expertos, no debe asumirse que estos expertos siempre aciertan o que los ciudadanos siempre conocen lo que los expertos dicen: (21 mostrar que los ciudadanos mal informados puedes im tar la decisiones de los ciudadanos bien informados no es lo mismo que constatar que lo hacen siempre o normalmente: (3) la hewística tiene poco que decir acerca de las evidentes desigualdades en la infor- mación que tienen los individuos; y (4) enando se emplean atajos. en ocasiones acabamos en el lugar correcto, pero ch otras no, 23 lénacio Laso, José Ramón MONTERO Y MARIANO TORCAL dos de iformación, esto es, su reacción a la misma información es diferente en función de los contextos en los que se presenta: las discrepancias en la atención que la gente presta a partes seleccionada de su entorno y los cambios en esa aten- ción explican que las respuestas sean distintas en situaciones que son idénticas ex- cepto en la interpretación que realizan los decidores (Jones, 2001: cap. 1) Pese a todo, el comportamiento de los individuos persigue, por supuesto, la maximización de la utilidad. Como Boudon (1992: 145) o el propio Simon (1995: 45) han aclarado, todos los comportamientos humanos son virtualmente raciona- les: la gente tiene usualmente buenas razones para hacer lo que hace o pensar lo que piensa, La racionalidad, que no desempeña el papel de una teoría empírica explicativa, es, en este sentido, un principio que no supone otra cosa que la ade- cuación de las acciones de los individuos a l. subrayado en el original). ión racional y la racionalidad limitada difieren, finalmen- tuaciones problemáticas tal como las ven (Popper 1997: 17 Las teorías de la elec is de los te, en el tratamiento de la información. Las primeras, ya sea en su anál procesos de decisión individual o en los de la información, no requieren ningún planteamiento sobre los decisores o los receptores, puesto que todos los comporta- mientos se explican en función de mensajes o señales procedentes del ambiente (Simon 1979: 8). La acción racional es. en este sentido. su propia explicación (Ho- llis 1977). por lo que. en tanto concepción completa de la acción, no hace falta añadir nada más (Coleman 1986). No obstante, la asunción de la racionalidad limi- stencia de constricciones tada en los procesos decisionales de los individuos o la e: cognitivas en el procesamiento de la información convierten en esencial el estudio de la atención que los actores prestan a la información y la interpretación que rea- lizan de la misma. En caso contrario, el modelo de comportamiento electoral o, en general, de decisión se convierte en una caja negra. Si bien está basado en alguna forma de procesamiento de la información, están ausentes los mecanismos que transforman los inputs en outputs (Taber, Lodge y Glathar 2001: 198). Los indivi- duos no son receptores pasivos de estímulos ambientales, sino activos selecciona- dores e intérpretes de los m smos (Kuklinski 2001: 1). En consecuencia, la explica- ción de las decisiones individuales exige la provisión de los mecanismos cognitivos o, en palabras de Jones (2001: 86). el estudio de la arquitectura cognitiva del re- ceptor de la información. Entre los trabajos que inauguran este último modelo de votante se cuentan los de Popkin (1991), Sniderman, Brody y Tetlock (1991), Zaller (1999), Lupta (1994). Lupia, McCubbins y Popkin (2000) o Kuklinski (2001. 2002). A partir de la consta- los hallazgos más recientes de la psicología política revelan que nuestra memoria en el corto plazo es limitada. que gran parte de nuestro procesamiento de la información política se basa en impre- siones, que la extracción de hechos se fundamenta en la importancia de los atributos y que muestras emociones establecen prioridades para la elección política Jones 2001: 97). 24