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emprendimiento personal, Apuntes de Emprendimiento

parabola sobre el cambio adaptabilidad al cambio

Tipo: Apuntes

2020/2021

Subido el 07/07/2021

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carlos_ec 🇪🇨

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LA NARRACION
¿Quién se ha llevado mi queso?
Erase una vez, hace mucho tiempo, en un país muy lejano, vivían cuatro
pequeños personajes que recorrían un laberinto buscando el queso que los alimentara
y los hiciera sentirse felices.
Dos de ellos eran ratones y se llamaban “Fisgón” y “Escurridizo”, y los otros
dos eran liliputienses, seres tan pequeños como los ratones, pero cuyo aspecto y
forma de actuar se parecía mucho a las gentes de hoy día. Se llamaban “Hem” y
“Haw”.
Debido a su pequeño tamaño, sería fácil no darse cuenta de lo que estaban
haciendo los cuatro. Pero si se miraba con la suficiente atención, se descubrían las
cosas más extraordinarias.
Cada día, los ratones y los liliputienses dedicaban el tiempo en el laberinto a
buscar su propio queso especial.
Los ratones, Fisgón y Escurridizo, que sólo poseían simples cerebros de
roedores, pero muy buen instinto, buscaban un queso seco y duro de roer, como
suelen hacer los ratones.
Los dos liliputienses, Hem y Haw, utilizaban su cerebro, repleto de
convicciones y emociones, para buscar una clase muy diferente de Queso, con
mayúscula, que estaban convencidos los haría sentirse felices y alcanzar éxito.
Por muy diferentes que fuesen los ratones y los liliputienses, tenían algo en
común: cada mañana, se colocaban sus atuendos y sus zapatillas de correr,
abandonaban sus diminutas casas y se ponían a correr por el laberinto en busca de su
queso favorito.
El laberinto estaba compuesto por pasillos y cámaras, algunas de las cuales
contenían un queso delicioso. Pero también había rincones oscuros y callejones sin
salida que no conducían a ninguna parte. Era un lugar donde cualquiera podía
perderse con suma facilidad.
No obstante, el laberinto contenía secretos que permitían disfrutar de una vida
mejor a los que supieran encontrar su camino.
Los ratones, Fisgón y Escurridizo, utilizaban el sencillo método del tanteo para
encontrar el queso. Recorrían un pasadizo y, si lo encontraban vacío, se daban media
vuelta y recorrían otro. Recordaban los pasadizos donde no había queso y, de ese
modo, pronto empezaron a explorar nuevas zonas.
Fisgón utilizaba su magnífica nariz para husmear la dirección general de donde
procedía el olor del queso, mientras que Escurridizo se lanzaba hacia delante. Se
perdieron más de una vez, como no podía ser de otro modo; seguían direcciones
equivocadas y a menudo tropezaban con las paredes. Pero al cabo de un tiempo,
encontraban el camino.
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LA NARRACION

¿Quién se ha llevado mi queso?

Erase una vez, hace mucho tiempo, en un país muy lejano, vivían cuatro pequeños personajes que recorrían un laberinto buscando el queso que los alimentara y los hiciera sentirse felices.

Dos de ellos eran ratones y se llamaban “Fisgón” y “Escurridizo”, y los otros dos eran liliputienses, seres tan pequeños como los ratones, pero cuyo aspecto y forma de actuar se parecía mucho a las gentes de hoy día. Se llamaban “Hem” y “Haw”.

Debido a su pequeño tamaño, sería fácil no darse cuenta de lo que estaban haciendo los cuatro. Pero si se miraba con la suficiente atención, se descubrían las cosas más extraordinarias.

Cada día, los ratones y los liliputienses dedicaban el tiempo en el laberinto a buscar su propio queso especial.

Los ratones, Fisgón y Escurridizo, que sólo poseían simples cerebros de roedores, pero muy buen instinto, buscaban un queso seco y duro de roer, como suelen hacer los ratones.

Los dos liliputienses, Hem y Haw, utilizaban su cerebro, repleto de convicciones y emociones, para buscar una clase muy diferente de Queso, con mayúscula, que estaban convencidos los haría sentirse felices y alcanzar éxito.

Por muy diferentes que fuesen los ratones y los liliputienses, tenían algo en común: cada mañana, se colocaban sus atuendos y sus zapatillas de correr, abandonaban sus diminutas casas y se ponían a correr por el laberinto en busca de su queso favorito.

El laberinto estaba compuesto por pasillos y cámaras, algunas de las cuales contenían un queso delicioso. Pero también había rincones oscuros y callejones sin salida que no conducían a ninguna parte. Era un lugar donde cualquiera podía perderse con suma facilidad.

No obstante, el laberinto contenía secretos que permitían disfrutar de una vida mejor a los que supieran encontrar su camino.

Los ratones, Fisgón y Escurridizo, utilizaban el sencillo método del tanteo para encontrar el queso. Recorrían un pasadizo y, si lo encontraban vacío, se daban media vuelta y recorrían otro. Recordaban los pasadizos donde no había queso y, de ese modo, pronto empezaron a explorar nuevas zonas.

Fisgón utilizaba su magnífica nariz para husmear la dirección general de donde procedía el olor del queso, mientras que Escurridizo se lanzaba hacia delante. Se perdieron más de una vez, como no podía ser de otro modo; seguían direcciones equivocadas y a menudo tropezaban con las paredes. Pero al cabo de un tiempo, encontraban el camino.

Al igual que los ratones, Hem y Haw, los dos liliputienses, también utilizaban su capacidad para pensar y aprender de experiencias del pasado. No obstante, se fiaban de su complejo cerebro para desarrollar métodos más sofisticados de encontrar el Queso.

A veces les salía bien, pero en otras ocasiones se dejaban dominar por sus poderosas convicciones y emociones humanas, que nublaban su forma de ver las cosas. Eso hacía que la vida en el laberinto fuese mucho más complicada y desafiante.

A pesar de todo, Fisgón, Escurridizo, Hem y Haw terminaron por encontrar el camino hacia lo que andaban buscando. Cada uno encontró un día su propia clase de queso al final de uno de los pasadizos, en el depósito de Queso Q.

Después de eso, los ratones y los liliputienses se ponían cada mañana sus atuendos para correr y se dirigían al depósito de Queso Q. Así, no tardaron mucho en establecer cada uno su propia rutina.

Fisgón y Escurridizo continuaron levantándose pronto cada día para recorrer el laberinto, siguiendo siempre la misma ruta.

Una vez llegados a su destino, los ratones se quitaban las zapatillas de correr, las ataban juntas y se las colgaban del cuello, para poder utilizarlas de nuevo con rapidez en cuanto las necesitaran. Por último, se dedicaban a disfrutar del queso.

Al principio, Hem y Haw también se apresuraban cada mañana hacia el depósito de Queso Q, para disfrutar de los jugosos nuevos bocados que los esperaban.

Pero al cabo de un tiempo, los liliputienses establecieron una rutina diferente.

Hem y Haw se levantaban cada día un poco más tarde, se vestían con algo más de lentitud y, en lugar de correr, caminaban hacia el depósito de Queso Q. Después de todo, ahora ya sabían donde estaba el Queso y cómo llegar hasta él.

No tenían la menor idea de donde provenía el Queso ni de quién lo ponía allí. Simplemente, suponían que estaría donde esperaban que estuviese.

Cada mañana, en cuanto llegaban al depósito de queso Q, se instalaban cómodamente, como si estuvieran en su casa. Colgaban los atuendos de correr, se quitaban las zapatillas y se ponían las pantuflas. Ahora que habían encontrado el Queso empezaban a sentirse muy cómodos.

–Esto es fantástico –dijo Hem–. Aquí hay Queso suficiente para toda la vida.

Los liliputienses se sentían felices; tenían la sensación de haber alcanzado el éxito y creían estar seguros.

Hem y Haw no tardaron en considerar que el Queso encontrado en el depósito de Queso Q era de su propiedad. Allí había tantas reservas de Queso que finalmente trasladaron sus hogares para estar más cerca y crear su vida social alrededor de ese lugar.

No se sorprendieron. Desde que Fisgón y Escurridizo empezaron a notar que la provisión de queso disminuía cada día que pasaba, se habían preparado para lo inevitable y supieron instintivamente qué tenían que hacer.

Se miraron el uno al otro, tomaron las zapatillas de correr que llevaban atadas y convenientemente colgadas del cuello, se las pusieron en las patas y se anudaron los cordones.

Los ratones no se entretuvieron en analizar demasiado las cosas.

Para ellos, tanto el problema como la respuesta eran bien simples. La situación en el depósito de Queso Q había cambiado. Así pues, Fisgón y Escurridizo decidieron cambiar.

Ambos se quedaron mirando hacia el inescrutable laberinto. Luego, Fisgón levantó ligeramente la nariz, husmeó y le hizo señas a Escurridizo, que echó a correr por el laberinto siguiendo la indicación de Fisgón, seguido por éste con toda la rapidez que pudo.

Muy pronto ya estaban en busca de Queso Nuevo.

l l l l

Algo más tarde, ese mismo día, Hem y Haw llegaron al depósito de Queso Q. No habían prestado la menor atención a los pequeños cambios que se habían ido produciendo cada día, así que daban por sentado que allí encontrarían su Queso, como siempre.

No estaban preparados para lo que descubrieron.

–¡Qué! ¿No hay Queso? –gritó Hem, y siguió gritando–: ¿No hay Queso? ¿No hay nada de Queso?, –como si el hecho de gritar cada vez más fuerte bastara para que reapareciese.

¿Quién se ha llevado mi Queso? –aulló.

Finalmente, puso los brazos en jarras, con la cara enrojecida, y gritó con toda la fuerza de su voz:

–¡No hay derecho!

Haw, por su parte, se limitó a sacudir la cabeza con incredulidad. El también estaba seguro de encontrar Queso en el depósito de Queso Q. Se quedó allí de pie durante largo rato, como petrificado por la conmoción. No estaba preparado para esto.

Hem gritaba algo, pero Haw no quería escucharlo. No quería tener que enfrentarse con esta nueva situación, así que hizo oídos sordos.

El comportamiento de los liliputienses no era precisamente halagüeño no productivo, aunque sí comprensible.

Encontrar el Queso no les había resultado fácil, y para los liliputienses significaba mucho más que, simplemente, tener cada día qué comer.

Para ellos, encontrar el Queso era su forma de conseguir lo que creían necesitar para ser felices. Tenían sus propias ideas acerca de lo que el Queso significaba para ellos, dependiendo de su sabor.

Para algunos, encontrar Queso equivalía a tener cosas materiales. Para otros, significaba disfrutar de buena salud o desarrollar un sentido espiritual de bienestar.

Para Haw, por ejemplo, el Queso significaba sentirse seguro, tener algún día una familia cariñosa y vivir en una bonita casa de campo en la Vereda Cheddar.

Para Hem, el Queso significaba convertirse en un Gran Quesero que mandara a muchos otros y en ser propietario de una gran casa en lo alto de Colina Camembert.

Puesto que el Queso era tan importante para ellos, los dos liliputienses emplearon bastante tiempo en decidir qué hacer. Lo único que se les ocurrió fue seguir mirando por los alrededores del depósito Sin Queso, para comprobar si el Queso había desaparecido realmente.

Mientras que Fisgón y Escurridizo se habían puesto en movimiento con rapidez, Hem y Haw seguían con sus indecisiones y exclamaciones.

Despotricaban y desvariaban ante la injusticia de la situación. Haw empezó a sentirse deprimido. ¿Qué ocurriría si el Queso seguía sin estar allí a la mañana siguiente? Precisamente había hecho planes para el futuro, basándose en la presencia de ese Queso.

Los liliputienses no podían creer lo que estaba ocurriendo. ¿Cómo podía haber sucedido una cosa así? Nadie les había advertido de nada. No era justo. Se suponía que las cosas no debían ser así.

Hem y Haw regresaron aquella noche a sus casas hambrientos y desanimados. Pero antes de marcharse, Haw escribió en la pared:

Cuanto más

importante es el

Queso para ti, tanto

más deseas

conservarlo.

Mientras Hem y Haw seguían tratando de decidir que hacer, Fisgón y Escurridizo ya hacia tiempo que se habían puesto patas a la obra. Llegaron más lejos que nunca en los recovecos del laberinto, recorrieron nuevos pasadizos y buscaron el queso en todos los depósitos de Queso que encontraron.

No pensaban en ninguna otra cosa que no fuese encontrar Queso Nuevo.

No encontraron nada durante algún tiempo, hasta que finalmente llegaron a una zona del laberinto en la que nunca habían estado con anterioridad: el depósito de Queso N.

Lanzaron grititos de alegría. Habían encontrado lo que estaban buscando: una gran reserva de Queso Nuevo.

Apenas podían creer lo que veían sus ojos. Era la mayor provisión de queso que jamas hubieran visto los ratones.

Mientras tanto, Hem y Haw seguían en el depósito de Queso Q, evaluando la situación. Empezaban a sufrir ahora los efectos de no tener Queso. Se sentían frustrados y coléricos, y se acusaban el uno al otro por la situación en que se hallaban.

De vez en cuando, Haw pensaba en sus amigos los ratones, en Fisgón y Escurridizo, y se preguntaba si acaso habrían encontrado ya algo de queso. Estaba convencido de que debían de estar pasándolo muy mal, puesto que recorrer el laberinto de un lado a otro siempre suponía un tanto de incertidumbre. Pero también sabia que, muy probablemente, esa incertidumbre no les duraría mucho.

A veces, Haw imaginaba que Fisgón y Escurridizo habían encontrado Queso Nuevo, del que ya disfrutaban. Penso en lo bueno que sería para él emprender una aventura por el laberinto y encontrar Queso Nuevo. Casi lo saboreaba ya.

Cuanto mayor era la claridad con la que veía su propia imagen descubriendo y disfrutando del Queso Nuevo, tanto más se imaginaba a sí mismo en el acto de abandonar el despósito de Queso Q.

–¡Vámonos! –exclamó entonces, de repente.

–No –se apresuró a responder Hem–. Me gusta estar aquí. Es un sitio cómodo. Esto es lo que conozco. Además, salir por ahí fuera es peligroso.

–No, no lo es –le replicó Haw–. En otras ocasiones anteriores ya hemos recorrido muchas partes del laberinto y podemos hacerlo de nuevo.

–Empiezo a sentirme demasiado viejo para eso –dijo Hem–. Y creo que no me interesa la perspectiva de perderme y hacer el ridículo. ¿Acaso a ti te interesa eso?

Y, con ello, Haw volvió a experimentar el temor al fracaso y se desvaneció su esperanza de encontrar Queso Nuevo.

Así que los liliputienses siguieron haciendo cada día lo mismo que habían hecho hasta entonces. Acudían al depósito de Queso Q, no encontraban Queso alguno y regresaban a casa cargados únicamente con sus preocupaciones y frustraciones.

Intentaron negar lo que estaba ocurriendo, pero cada noche les resultaba más difícil dormir, y al día siguiente les quedaba menos energía y se sentían más irritables.

Sus hogares ya no eran los lugares acogedores y reconfortantes que habían sido en otros tiempos. Los liliputienses tenían dificultades para dormir y sufrían pesadillas por no encontrar ningún Queso.

Pero Hem y Haw seguían regresando cada día al depósito de Queso Q, donde se limitaban a esperar.

–¿Sabes? –dijo un día Hem–, si nos esforzásemos un poco más quizá descubriríamos que las cosas no han cambiado tanto. Probablemente, el Queso esta cerca. Es posible que lo escondieran detrás de la pared.

Al día siguiente, Hem y Haw regresaron provistos de herramientas. Hem sostenía el cincel que Haw golpeaba con el martillo, hasta que, tras no poco esfuerzo, lograron abrir un agujero en la pared del depósito de Queso Q. Se asomaron al otro lado, pero no encontraron Queso alguno.

Se sintieron decepcionados, pero convencidos de poder solucionar el problema. Así que, a partir de entonces, empezaron a trabajar más pronto y más duro y se quedaron hasta más tarde. Pero, al cabo de un tiempo, lo único que habían conseguido era hacer un gran agujero en la pared.

Haw empezaba a comprender la diferencia entre actividad y productividad.

–Quizá debamos limitarnos a permanecer sentados aquí y ver que sucede – sugirió Hem–. Tarde o temprano tendrán que devolver el Queso a su sitio.

Haw deseaba creerlo así, de modo que cada día regresaba a casa para descansar y luego volvía de mala gana al depósito de Queso Q, en compañía de Hem. Pero el queso no reapareció nunca.

A estas alturas, los liliputienses ya comenzaban a sentirse débiles a causa del hambre y del estrés. Haw estaba cansado de esperar, pues su situación no mejoraba lo más mínimo. Empezó a comprender que, cuanto más tiempo permanecieran sin Queso, tanto más difícil sería la situación para ellos.

Haw sabía muy bien que estaban perdiendo su ventaja.

Finalmente, un buen día, Haw se echo a reír de si mismo.

–Fíjate. Seguimos haciendo lo mismo de siempre, una y otra vez, y encima nos preguntamos por que no mejoran las cosas. Si esto no fuera tan ridículo, hasta resultaría divertido.

A Haw no le gustaba la idea de tener que lanzarse de nuevo a explorar el laberinto, porque sabía que se perdería y no tenía ni la menor idea de donde podría encontrar Queso. Pero no pudo evitar reír de su estupidez, al comprender lo que le estaba haciendo su temor.

–¿Dónde dejamos las zapatillas de correr? –le preguntó a Hem.

Mientras se preparaba para marcharse, empezó a sentirse más animado, sabiendo que finalmente había logrado reírse de sí mismo, dejar atrás el pasado y seguir adelante.

Haw se echo a reír con fuerza y exclamó: –¡Es hora de explorar el laberinto! Hem no se rió ni dijo nada.

Antes de partir, Haw tomo una piedra pequeña y afilada y escribió un pensamiento muy serio en la pared, para darle a Hem algo en lo que pensar. Tal como era su costumbre, trazó incluso un dibujo de queso alrededor, confiando en que eso le ayudara a Hem a sonreír, a tomarse la situación más a la ligera y seguirle en la búsqueda de Queso Nuevo. Pero Hem no quiso mirar lo escrito, que decía:

Luego, Haw asomó la cabeza por el agujero que habían abierto y miró ansioso hacia el laberinto. Pensó en como habían llegado a esta situación sin Queso.

Durante un tiempo había creído que bien podría no haber nada de Queso en el laberinto, o que quizá no lo encontrara. Esas temerosas convicciones no hicieron sino inmovilizarlo y anularlo.

Sonrió. Sabía que, interiormente, Hem seguía preguntándose “¿Quién se ha llevado mi queso?”, pero Haw, en cambio, se preguntaba: “¿Por qué no me levanté antes y me moví con el Queso?”

Al empezar a internarse en el laberinto, miró hacia atrás, en dirección al lugar donde había venido y donde tantas satisfacciones había encontrado. Casi notaba como si una parte de sí mismo se sintiera atraída hacia atrás, el territorio que le resultaba familiar, a pesar de que ya hacía tiempo que no encontraba allí nada de Queso.

Haw se sintió más ansioso y se preguntó si realmente deseaba internarse en el laberinto. Escribió una frase en la pared, por delante de él, y se quedó mirándola fijamente durante un tiempo:

Si no cambias,

te puedes extinguir.

Pensó en ello.

Sabía que, a veces, un poco de temor puede ser bueno. Cuando se teme que las cosas empeoren si no se hace algo, puede sentirse uno impulsado a la acción. Pero no es bueno sentir tanto miedo que le impida a uno hacer nada.

Miró a la derecha, hacia la parte del laberinto donde nunca había estado, y sintió temor.

Luego, inspiró profundamente, giró hacia la derecha y empezó a internarse en el laberinto, caminando lentamente en dirección a lo desconocido.

Mientras trataba de encontrar su camino, Haw pensó que quizá había esperado demasiado tiempo en el depósito de Queso Q. Hacia ya tantos días que no comía Queso que ahora se sentía débil. Como consecuencia de ello, le resultó más laborioso y complicado de lo habitual el abrirse paso por el laberinto. Decidió que, si volvía a tener la oportunidad, abandonaría antes su zona de comodidad y se adaptaría con mayor rapidez al cambio. Eso le facilitaría las cosas en el futuro.

Luego, esbozó una suave sonrisa al tiempo que pensaba: “Más vale tarde que nunca”.

Durante algunos días fue encontrando un poco de Queso aquí y allá, pero nada que durase mucho tiempo. Había confiado en encontrar Queso suficiente para llevarle algo a Hem y animarlo a que lo acompañara en su exploración del laberinto.

Pero Haw todavía no se sentía bastante seguro de sí mismo. Tenía que admitir que experimentaba confusión en el laberinto. Las cosas parecían haber cambiado desde la última vez que estuvo por allí fuera.

Justo cuando creía estar haciendo progresos, se encontraba perdido en los pasadizos. Parecía como si efectuara su progreso a base de avanzar dos pasos y retroceder uno. Era un verdadero desafío, pero debía reconocer que hallarse de nuevo

¿Qué harías

si no tuvieras miedo?

Algo más tarde, después de no haber encontrado Queso alguno durante lo que le parecía mucho tiempo, Haw se encontró finalmente con un enorme depósito de Queso que le pareció prometedor. Al entrar en él, sin embargo, se sintió muy decepcionado al descubrir que se hallaba completamente vacío.

“Esta sensación de vacío me ha ocurrido con demasiada frecuencia”, pensó. Y sintió deseos de abandonar la búsqueda.

Poco a poco, perdía su fortaleza física. Sabía que estaba perdido y temía no poder sobrevivir. Pensó en darse media vuelta y regresar hacia el depósito de Queso Q. Al menos, si lograba llegar hasta él y Hem seguía allí, no se sentiría tan solo. Entonces se hizo de nuevo la misma pregunta: “¿Qué haría si no tuviera miedo?”.

Haw creía haber dejado el miedo atrás, pero en realidad experimentaba miedo con mucha mayor frecuencia de lo que le gustaba tener que admitir, incluso para sus adentros. No siempre estaba seguro de saber de qué tenia miedo, pero, en el debilitado estado en que se hallaba, ahora ya sabía que se trataba, simplemente, de miedo a seguir solo. Haw no lo sabía, pero se retrasaba debido a que sus temerosas convicciones todavía pesaban demasiado sobre él.

Se preguntó si Hem se habría movido de donde estaba o continuaba paralizado por sus propios temores. Entonces, recordó las ocasiones en que se sintió en su mejor forma en el laberinto. Eran precisamente aquellas en las que avanzaba.

Consciente de que se trataba más de un recordatorio para sí mismo, antes que de un mensaje para Hem, escribió esperanzado lo siguiente en la pared:

Haw miró hacia el oscuro pasadizo y percibió el temor que sentía. ¿Qué habría allá delante? ¿Estaría vacío? O, lo que era peor, ¿le acechaban peligros ignotos? Empezó a imaginar todas las cosas aterradoras que podían ocurrirle. El mismo se infundía un miedo mortal.

Entonces, se echó a reír de sí mismo. Se dio cuenta de que sus temores no hacían sino empeorar las cosas. Así pues, hizo lo que haría si no tuviera miedo. Echó a caminar en una nueva dirección.

El movimiento hacia

una nueva dirección

te ayuda a encontrar

Queso Nuevo.

Al iniciar el descenso por el oscuro pasadizo, sonrió. Todavía no se daba cuenta, pero empezaba a descubrir que era lo que nutría su alma. Se dejaba llevar y confiaba en lo que le esperaba más adelante, aunque no supiera exactamente qué era.

Ante su sorpresa, Haw empezó a disfrutar cada vez más. “¿Cómo es posible que me sienta tan bien? –se preguntó–. No tengo Queso alguno y no sé a donde voy”

Al cabo de poco tiempo, supo por que se sentía bien.

Se detuvo para escribir de nuevo sobre la pared:

Haw se dio cuenta de que había permanecido prisionero de su propio temor. El hecho de moverse en una nueva dirección lo había liberado.

Ahora notó la brisa fría que soplaba en esta parte del laberinto y que le refrescaba. Respiró profundamente y se sintió vigorizado por el movimiento. Una vez superado el miedo, resultó que podía disfrutar mucho más de lo que hubiera creído posible.

Haw no se sentía tan bien desde hacia mucho tiempo. Casi se le había olvidado lo muy divertido que podía ser lanzarse a la búsqueda de algo.

Para mejorar aún más las cosas, empezó a formarse de nuevo una imagen en su mente. Se vio a sí mismo con gran detalle realista, sentado en medio de un motón de sus quesos favoritos, desde el cheddar hasta el brie. Se imaginó comiendo tanto queso como quisiera y se regodeó con esa imagen. Luego, pensó en lo mucho que disfrutaría con estos exquisitos sabores.

Cuanto más claramente concebía la imagen de sí mismo disfrutando con Queso Nuevo, tanto más real y verosímil se hacía ésta. Estaba seguro de que terminaría por encontrarlo.

Cuando dejas

atrás tus temores,

te sientes libre.

Al cabo de un rato, Haw inició el regreso al depósito de Queso Q y encontró a Hem, a quien ofreció unos trozos de Queso Nuevo, que éste rechazó.

Hem aprecio el gesto de su amigo, pero le dijo:

-No creo que me vaya a gustar el Queso Nuevo. No es a lo que estoy acostumbrado. Quiero que me devuelvan mi propio Queso, y no voy a cambiar hasta que no consiga lo que deseo.

Haw se limitó a sacudir la cabeza con pesar, decepcionado. Algo más tarde, de mala gana, volvió a marcharse solo. Mientras regresaba hasta el punto más alejado que había alcanzado en el laberinto, echó de menos a su amigo, pero esos pensamientos desaparecieron en cuanto se dio cuenta de lo mucho que le agradaba lo que estaba descubriendo. Antes incluso de encontrar lo que confiaba fuese una gran provisión de Queso Nuevo, si es que la encontraba alguna vez, ya sabía que no era únicamente el tener Queso lo que le hacía sentirse feliz.

Se sentía feliz por el simple hecho de no permitir que el temor dictaminara sus decisiones. Le gustaba lo que estaba haciendo ahora.

Consciente de ello, Haw no se sintió tan débil como cuando estaba en el depósito de Queso Q, sin Queso. Experimentó la sensación de tener nuevas fuerzas por el simple hecho de saber que no iba a permitir que su temor le detuviera, y que había tomado una nueva dirección, alimentado por ese conocimiento.

Ahora, estaba convencido de que encontrar lo que necesitaba sólo era cuestión de tiempo. De hecho, tuvo la impresión de haber descubierto ya lo que andaba buscando.

Sonrió al darse cuenta:

Cuanto más

rápidamente te

olvides del Queso

Viejo, antes

encontrarás el

Queso Nuevo

Tal como le sucediera antes, comprendió que aquello de lo que se tiene miedo nunca es tan malo como lo que uno se imagina. El temor que se acumula en la mente es mucho peor que la situación que existe en realidad.

Al principio de su nueva búsqueda experimentó tanto miedo de no encontrar nunca Queso Nuevo que ni siquiera deseó empezar a buscarlo. Pero lo cierto es que, desde que iniciara su viaje, había encontrado en los pasadizos Queso suficiente para continuar la búsqueda. Ahora, esperaba con ilusión encontrar más. El simple hecho de mirar hacia delante ya resultaba estimulante.

Su antigua forma de pensar se había visto nublada por sus preocupaciones y temores. Antes solía pensar en no tener Queso suficiente o en que éste no durase tanto como deseaba. Pensaba más en lo que pudiera salir mal que en lo que podía salir bien.

Pero eso cambio por completo desde que saliera por primera vez del depósito de Queso Q.

Antes pensaba que nunca deberían haberles cambiado el Queso de sitio y que ese cambio no era justo.

Ahora se daba cuenta de que era natural que el cambio se produjese continuamente, tanto si uno lo esperaba como si no. El cambio sólo le sorprende a uno si no lo espera ni cuenta con él.

Al comprender repentinamente que habían cambiado sus convicciones, se detuvo para escribir en la pared:

Es más seguro buscar

en el laberinto que

permanecer en una

situación sin Queso.

Haw sabía ahora que habría estado en mejor forma si hubiera afrontado el cambio mucho más rápidamente y abandonado antes el depósito de Queso Q. Se habría sentido más fuerte de cuerpo y espíritu y podría haber afrontado mucho mejor el desafío de encontrar Queso Nuevo. De hecho, quizá ya lo habría encontrado a estas alturas si hubiese esperado el cambio y permanecido atento, en lugar de desperdiciar el tiempo negando que ese cambio ya se había producido.

Utilizó de nuevo su imaginación y se vio a sí mismo descubriendo y saboreando el Queso Nuevo. Decidió continuar por las zonas más desconocidas del laberinto y encontró pequeños trozos de queso aquí y allá. Haw empezó a recuperar su fortaleza y seguridad en sí mismo.

Al pensar en el lugar del que procedía, se sintió contento de haber escrito frases en la pared, en tantos lugares diferentes de su andadura. Confiaba en que eso sirviera como una especie de sendero marcado que Hem pudiera seguir a través del laberinto, si es que alguna vez se decidía a abandonar el depósito de Queso Q.

Haw sólo confiaba en estar dirigiéndose en la dirección correcta. Pensó en la posibilidad de que Hem leyera las frases escritas en la pared y encontrara su camino.

Escribió en la pared lo que venía pensando desde hacia algún tiempo:

Para entonces, Haw ya se había desprendido del pasado y se estaba adaptando con efectividad al presente.

Continuó por el laberinto con mayor fortaleza y velocidad. Y, entonces, no tardó en suceder lo que tanto anhelaba.

Cuando ya tenía la impresión de estar perdido en el laberinto desde hacía una eternidad, su viaje, o al menos esta parte del mismo, terminó felizmente y con sorprendente rapidez.

Haw siguió por un pasadizo que le resultaba nuevo, dobló una esquina y allí encontró el Queso Nuevo en el depósito de Queso N.

Observar pronto los

pequeños cambios te

ayuda a adaptarte a

los grandes cambios

por venir.

Al entrar en él, quedó asombrado ante lo que vio. Allí amontonado estaba el mayor surtido de Queso que hubiera visto jamás. No reconoció todos los que vio, ya que algunas clases eran nuevas para él.

Por un momento, se preguntó si se trataba de algo real o sólo era el producto de su imaginación, hasta que descubrió la presencia de sus viejos amigos Fisgón y Escurridizo.

Fisgón le dio la bienvenida con un gesto de la cabeza, y Escurridizo hasta lo saludó con una de sus patas. Sus pequeños y gruesos vientres demostraban que ya llevaban allí desde hacía algún tiempo.

Haw los saludó con rapidez y pronto se dedicó a probar bocados de cada uno de sus Quesos favoritos. Se quitó las zapatillas de correr, les ató los cordones y se las colgó al cuello por si acaso las necesitaba de nuevo. Fisgón y Escurridizo se echaron a reír. Asintieron con gestos de cabeza, como muestra de admiración. Luego, Haw se lanzó hacia el Queso Nuevo. Una vez que se hartó, levantó un trozo de Queso fresco e hizo un brindis.

–¡Viva el cambio!

Mientras disfrutaba del Queso nuevo, reflexionó sobre lo que había aprendido.

Comprendió que en aquellos momentos en los que temía cambiar, no había hecho sino aferrarse a la ilusión de que el Queso Viejo ya no estaba allí.

Entonces, ¿qué le había hecho cambiar? ¿Acaso el temor de morir de hambre? No pudo evitar una sonrisa al pensar que, en efecto, eso le había ayudado.

Luego se echó a reír al darse cuenta de que había empezado a cambiar en cuanto aprendió a reírse de sí mismo y de todo lo que hacia mal. Comprendió que la forma más rápida de cambiar consistía en reírse de la propia estupidez, pues sólo así puede uno desprenderse de ella y seguir rápidamente su camino.

Era consciente de haber aprendido algo útil de sus amigos ratones, Fisgón y Escurridizo, algo importante sobre seguir adelante. Ellos procuraban que la vida fuese simple. No analizaban en exceso ni supercomplicaban las cosas. En cuanto cambió la situación y el Queso cambió de sitio, ellos también cambiaron y se trasladaron con el Queso. Eso era algo que nunca olvidaría.

Haw también había utilizado su maravilloso cerebro para hacer aquello que los liliputienses saben hacer mejor que los ratones.

Se imaginó a si mismo, con todo detalle realista, encontrando algo mejor…, mucho mejor.

Reflexionó sobre los errores que había cometido en el pasado y los utilizó para planificar para el futuro. Ahora sabía que se puede aprender a afrontar el cambio.

Se puede ser más consciente de la necesidad de procurar que las cosas sean simples, de ser flexible y moverse con rapidez.

No hay necesidad alguna de supercomplicar las cosas o de confundirse uno mismo con temerosas creencias.